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miércoles, 29 de julio de 2026

Hijos e hijas de papá y de mamá

    En su afán por proteger a sus vástagos de un mundo que consideran hostil y atiborrado de peligros indefinidos, muchos progenitores, cegados por un concepto mal entendido de paternidad responsable, es decir, por un exceso de rol paternofilial, como dicen los psicagogos, y movidos  por el amor que sin duda sienten por sus tiernas criaturas y por el miedo de que les suceda algo malo, logran amparándolos sobremanera lo contrario de lo que que pretendían, y dejan a sus retoños indefensos e incapaces de sufrir la más mínima contrariedad que les sobrevenga sin derrumbarse, como polluelos que no acaban de romper nunca el cascarón protector del huevo y salir de él a enfrentarse con el mundo y con la vida.

    Conocí a una profesora que hacía siempre los deberes con sus hijos desde muy pequeños, y que, bien entrados ellos ya en la adolescencia, seguía tomándoles la lección y estudiando con ellos y terminando muchas veces sus tareas, a la vez que organizaba sus tiempos y técnicas de estudio; por lo que ella, como madre,  y no ya como profesora, estaba en contra de los deberes escolares y mostraba una férrea oposición mayor aun, si cabe, que la de sus hijos. Muchas veces decía que los profesores, y entonces hablaba como madre exclusivamente y no como enseñante,  no eran conscientes del ingente trabajo que suponían los deberes escolares para los alumnos y no eran conscientes de que las vacaciones y los fines de semana eran para descansar y recargar las pilas a fin de poder reincorporarse al trabajo del estudio con nuevos bríos y energía. 

    No es raro que desde las hodiernas Jefaturas de Estudios de los Institutos de Educación (y no Enseñanza, que es palabra más noble) Secundaria se recuerde a los profesores que no deben mandar tareas a los alumnos para los períodos vacacionales, no vayan a provocarles algún traumatismo craneal o psicológico: el ocio es el ocio, o sea la otra cara del negocio.  
     Cuando el primogénito de la profesora de marras logró licenciarse -hoy, después del plan Bolonia, decimos graduarse- en la Uni, no sin algún esfuerzo, pues era un vago redomado, nos comentó a sus allegados y conocidos que ella también había acabado, por fin, la carrera de derecho y se había laureado y conseguido una segunda licenciatura.

    Los hijos e hijas -cedamos a lo políticamente correcto como hacen los políticos y las políticas- de papá y de mamá, cuando ya son un poco  mayorcitos y mayorcitas, son incapaces de orientarse en la calle sin la aplicación del mapa de su dispositivo,  tienen una rabieta al menor contratiempo si no consiguen lo que quieren y sienten frustración ante el menor cambio en lo previsto, no saben atarse los cordones de los zapatos, y ante cualquier problema necesitan recurrir a papá y a mamá mediante el móvil, ese moderno cordón umbilical inalámbrico que les une al claustro materno y que asegura su dependencia del pesebre del portal de Belén. 

 Adoración de los Magos, Durero (1504)

    En inglés ‘to spoil’, que deriva del latín spoliare ('desnudar'), significa ‘mimar’, y también ‘estropear’, de modo que los anglosajones saben muy bien que los niños mimados y consentidos están echados a perder, estropeados, espoliados o expoliados, que de ambas formas se puede decir en castellano, es decir despojados de su independencia, privados de autonomía y libertad a fuerza de tanto cariño. Los “spoilers” son, obviamente, sus padres, que les han contado cómo iba a  acabar la película de sus vidas, desentrañándoles el nudo del argumento y el final,  antes de vivirla.

    Las familias modernas, reducidas a su mínima expresión –monoparental o formadas por una pareja heterosexual u homosexual, da igual- siguen siendo la encarnación de la Sagrada Familia, con el menor número de hijos: ninguno -en su lugar crían alguna mascota canina o felina-, un infante o, a lo sumo dos, la parejita,  por aquello de que uno no es ninguno y dos son uno, muy alejadas del concepto de familia numerosa fomentada con premios y alicientes a la natalidad en tiempos pasados, tienen como eje gravitatorio a sus crianzas, que se constituyen en el centro sobre el que giran y orbitan sus vidas.
 
     Algunos padres están tan ocupados que el poco tiempo libre que dedican a sus tiernas criaturas quieren dedicarlo a «hacerles felices» a toda costa, y, reaccionando contra la educación autoritaria de su propia niñez,  no saben decirles a nada que ‘no’, esa palabra mágica que es la primera que aprendemos todos y que olvidamos enseguida, como fruto de nuestra mala educación,  cuando lo que deberían hacer es enseñarles a los niños y niñas a decir que nones a todas las imposiciones y no, como hacen, a todo que sí.

    Muchos progenitores gestantes y no gestantes, la inmensa mayoría,  confían la educación de sus hijos a la escuela, es decir, al Estado, que se encarga de su formación manu militari desde los seis hasta los dieciséis años; en la práctica desde los tres años hasta los dieciocho, en que alcanzan la mayoría de edad legal que les permite votar y sacar, cómo no, el permiso de conducir. El hecho de que sean mayores de edad legalmente no significa que sean autónomos, independientes, adultos en el sentido en que creen serlo sus progenitores, sino, precisamente, todo lo contrario, ya que una de las características de nuestra sociedad es, pese a su misopedia o pedofobia, o, si se prefiere en román paladino, odio a la infancia,  su infantilismo galopante, su eterna minoría de edad. 


    Estos niños, tan amparados, mimados y estropeados por sus padres que resultan completamente desprotegidos cuando no están bajo la tutela paterna y estatal, estos adolescentes tan consentidos, van a tener seguramente muchas dificultades a la hora de resolver los conflictos por nimios e insignificantes que sean los que se les presenten en la vida, porque están acostumbrados a que lo hagan sus mayores en vez de ellos, incapaces de afrontar  los inevitables contratiempos de la existencia, con lo que, sin querer tal vez, sus papás y sus mamás los han hecho menos autónomos, más dependientes y manipulables, menos responsables de sus actos y consecuencias, e incapaces de tomar decisiones propias por lo tanto. Antes los niños gozaban de una temprana autonomía que les dejaba cierta libertad de movimientos que ahora no tienen; hoy se desenvuelven en un ámbito de vigilancia, control y supervisión constante de padres y de adultos. 

    Niños mimados y estropeados por unos padres que les han concedido el privilegio envenenado de todos sus caprichos; niños echados a perder por el sistema educativo que ha hecho de ellos no más que unos perfectos futuros consumidores, votantes y contribuyentes sin sentido crítico, incapaces de enfrentarse a la realidad y de intentar cambiarla para que siga igual, futuros esclavos sumisos, eternos menores de edad.

sábado, 16 de mayo de 2026

¡Qué buenos son, que nos llevan de excursión!

Ha pasado ya una buena ristra de años desde que siendo yo mozalbete entonaba con alborozo aquella canción, cuyo estribillo me viene ahora a las mientes, de «qué buenos son los padres escolapios, que buenos son que nos llevan de excursión», agradeciéndoles infinitamente la salida del colegio (eso es lo que sugiere el prefijo ex- de la palabra ex-cursión con toda su fuerza centrífuga) a los profesores que nos sacaban por un tiempo prudencial de la jaula de las aulas, para que recargáramos las pilas y pudiésemos volver con energía renovada a la incursión (el prefijo in-, aquí de claro valor centrípeto, señala la vuelta a la normalidad y enclaustramiento; tras la excursión se impone la incursión en la  machadiana “monotonía / de lluvia tras los cristales”). 

Que conste que yo no estudié en los escolapios ni en los agustinos ni en los  salesianos ni en ningún otro colegio de pago tampoco, sino en un centro público, y no me pesa, sino todo lo contrario.  El caso es que todos cantábamos aquella cantilena de agradecimiento a nuestros profes “majos y enrollaos” equiparándolos con los padres escolapios, lo que no les gustaba demasiado, la verdad sea dicha. 


Ya por entonces los centros públicos comenzaban a competir con los privados y concertados en la organización de las llamadas “actividades extraescolares”, hasta el punto de que en la actualidad todos disponen prescriptivamente de un Departamento a ellas consagrado, y de un Jefe encargado de hacer su programación y el seguimiento de dichas actividades fundamentales para el normal funcionamiento del 'currículo educativo' (sic) de un centro escolar de primaria y secundaria que se precie, cuya obligatoriedad sin ellas resultaría intolerable, igual que un calendario sin festividades, un trabajo sin vacaciones o una semana sin finde. (Cuando hablamos aquí de "actividades extraescolares" no nos referimos a las clases de natación, ballet, artes marciales y encaje de bolillos con las que los padres complican las agendas de sus hijos fuera del horario escolar privándoles así de juego libre, sino a las que organizan los propios centros escolares, dentro de su horario lectivo,  para proyectarse en la sociedad escurriéndose de sí mismas a fin de volver corriendo al redil y hacer más soportable la reclusión obligatoria).

Hemos ido viendo desde entonces cómo también rivalizan unos y otros establecimientos en la organización de diversos saraos como posados para orlas conmemorativas del inolvidable curso académico, organización de eventos deportivos y concursos de misses y misters -parece que estos últimos han pasado afortunadamente ya a la historia-, bailes de primavera y de graduación, ceremonias de comienzo y fin de curso, y cómo llegan a fletar  autobuses y chóferes para que se vayan turnando en los largos trayectos por las autopistas de Dios devorando quilómetros a toda pastilla, trenes, cruceros y hasta aviones para poner en circulación por tierra, mar y aire por el ancho mundo no pocas cohortes de estudiantes que vitorearán eufóricamente a la Madre Superiora (“¡Viva la Madre Superiora!”), por lo tolerante y comprensiva que es organizando la excursión, que ella preferirá denominar “salida didáctica y pedagógica”, quien, defensora como es de la realización de ese “viaje de estudios” (sic) y por su trascendencia espiritual como una de las señas de identidad irrenunciables de “su” convento, perdón, quería decir, de su colegio, y de “su” proyecto curricular educativo, celebrada año tras año desde tiempos inmemoriales, acompañará a los novicios y novicias  como mayoral que vela por el rebaño pastoreándolo para que no se descarríe y pueda recibir la bendición del sumo pontífice en la Basílica de San Pedro en el Vaticano, donde se les dará suelta y día libre para que visiten, por su cuenta y riesgo, si así lo consideran, los museos. 

Otro de los cánticos de aquellos autobuses que me viene al hilo de esto a la memoria exhortaba al conductor a pisar el acelerador de un modo bastante irresponsable e imprudente. Creo que decía algo así: Para ser conductor de primera, / acelera, acelera... Ignoro si se siguen cantando canciones en los autobuses. Imagino que no, que a lo sumo se entretendrá a los alumnos con películas de acción o de risa para que no se aburran con el paisaje, o se pondrá algún tipo de música para todos que acabará disgustando a la mayoría, ahora que cada cual cultiva sus gustos musicales personales. A tal efecto, supongo, cada uno llevará sus auriculares puestos para escuchar “su” tachunda, y se distraerá publicando y leyendo chorradas con su móvil en sus redes sociales, por lo que ya no se entonarán aquellos cantos corales más propios de una taberna que de un autobús escolar. 

Si los alumnos estudian Historia del Arte, por caso, parece muy justificado y hasta oportuno que visiten la Capilla Sixtina in situ, aunque luego allí no puedan permanecer más de cinco minutos, tal es la avalancha de turistas que suele haber, ni puedan atender a las explicaciones de los profesores, en el caso de que estos les expliquen algo, dado que se exige un silencio religioso por ser un lugar de oración, por lo que resulta casi preceptivo acompañarse de una audioguía, pero esa actividad carece de todo valor pedagógico si no se acompaña de un trabajo previo y posterior en el aula, y si los alumnos no realizan durante su visita algún tipo de tarea complementaria, y se limitan a fotografiar sin ton ni son y al tuntún las cosas -incluidos ellos en los inevitables selfis de las "cosas que hay que ver"- que no tienen tiempo de ver con detenimiento y recreación para enseñarlas después aburriendo a familiares y amigos. 

 Capilla Sixtina repleta de turistas

Parece a fin de cuentas como si las Actividades Extraescolares, por lo tanto, se hubieran convertido en las auténticas actividades del Centro Escolar, las que más lo caracterizan y definen, siendo las intraescolares, por emplear este término para las clases magistrales y cada vez menos magistrales, poco más que un breve paréntesis entre una y otra extraescolar y una disculpa para realizar las que realmente promocionan al Centro, las que rompen con la reclusión claustrofóbica, sin las que esta sería insoportable. Los profesores que critiquen la excesiva realización de dichas actividades, por su parte, serán ellos mismos tachados de intransigentes cavernícolas y carcas chapados a la antigua por pretender tener a los alumnos "amarrados al duro banco" de las galeras turquescas que siguen siendo, pese a todos los pesares, las aulas. Como consecuencia de todo esto, la mayoría de los centros escolares han cambiado y se han convertido en centros de actividades extra-escolares: organizan excursiones, intercambios de "inmersión lingüística" (sic) y viajes que hacen la competencia a las agencias del gremio; hacen turismo para dar una vuelta -eso es el "tour"-  y volver tras el garbeo del giro de Copérnico a lo de siempre y a lo mismo.

jueves, 19 de febrero de 2026

Una falsa etimología: educación.

Los pedagogos suelen arrimar el ascua a su sardina y amoldan la etimología del término “educación” al campo semántico propio de su especialidad, previamente definido. Suelen decir que se remonta al latín educere que significa educir, es decir, sacar algo, hacer que salga del interior, como por ejemplo en la frase educere uagina ferrum ('desenvainar el sable' o 'desenfundar la espada'). Pero resulta que la acción de educere es en latín eductio, y en castellano la acción de educir es la educción, a imagen y semejanza de inducción, deducción, traducción y demás compuestos.
 
Hay en latín otro verbo muy parecido que es educare. Y la acción de educare es, propiamente, la educatio, de donde deriva nuestra educación. Ambos verbos, educere y educare, están precedidos del mismo prefijo centrífugo e(x)- que indica el movimiento “de dentro hacia afuera”; ambos proceden de una misma raíz indoeuropea, que significa grosso modo “conducir, llevar”, pero resulta que no son sinónimos sino en cierto modo antónimos: uno es 'sacar' y el otro 'meter'.
 
 
Un romano como Varrón nos explica la diferencia: educit obstetrix, educat nutrix: la obstetra o comadrona se ocupa del parto; la nodriza, de la alimentación y la crianza (del élevage que se diría en francés).
 
La educación, pues, está más relacionada con la gastronomía que con la tocología. Prueba de ello son los términos 'alumno' y alma mater, los dos emparentados precisamente con el verbo alere, que significa “alimentar”: alumnus es el alimentado, el nutrido, el criado, y alma mater, la madre nutricia o nodriza, como se denominó en principio a la Iglesia y a la Virgen María y posteriormente a la Universidad de Bolonia, la más vieja de Europa, fundada en 1088, que adoptó el lema: Alma mater studiorum. La metáfora es evidente la Universidad sería la madre que amamanta a su hijo.
 

 En castellano la palabra 'educación' es un neologismo documentado en el siglo XVII, aunque debió de comenzar a usarse a finales del XVI, según Corominas, como sinónimo de crianza, instrucción y adoctrinamiento. Los primeros educadores fueron los obispos en el seno de la Iglesia, que se veía a sí misma como la Madre Iglesia, de la que los fieles, concebidos como alumnos, no deberían destetarse porque fuera de la Alma Mater no había ninguna salvación (extra ecclesiam nulla salus). 
 
Es ahora el Estado el que ha adquirido la función de madre nutricia, y ha considerado a toda la humanidad educanda, esto es, “que debe ser educada”, es decir, amamantada con el bolo alimenticio y la sopa boba del adoctrinamiento y adiestramiento canino. La educación se reservó para que la impartiesen los funcionarios del Estado, y la educción, para la mayéutica de Sócrates, el hijo de la partera, perito en partos.

domingo, 15 de febrero de 2026

Soldadito español, soldadito valiente

No sé si aquella primer Ministro de Defensa del reino de las Españas, q. e. p. d.,  que declaró una vez a la prensa sin rebozo ni sonrojo alguno por su parte «Soy una mujer pacifista», era consciente de la contradicción lógica que suponía decir esas palabras y regentar a la vez el Departamento de  la Guerra, que es como antaño se llamaba. Supongo que sí lo era, pero ella iba más lejos aún y afirmaba sin empacho: «…y el Ejército también es pacifista». 

 Napoleón como Marte pacificador, Antonio Canova (1810)

Quería convencernos la mujer con la mejor intención sin duda del mundo -pero de las mejores intenciones está empedrado el infierno, como bien sabe don Pedro Botero-,  de que el Ejército era una piadosa y sacrificada hermanita de la caridad armada con dos pistolas al cinto para caso de apuro, cuya misión era defender –de ahí el nombre ominoso y apotropaico que oculta la verdad la convivencia de los pueblos en paz y armonía así como el escrupuloso respeto a los derechos humanos. Y lo decía muy seria, como si no fuera consciente del oximoro o estúpida agudeza que entrañaban sus palabras, convencida como sin duda estaba de que tenía que proclamar una cosa así por las exigencias del guion del cargo que ostentaba. 
 
El oximoro, según los manuales de retórica clásica, es una contradictio in terminis consistente en armonizar dos conceptos opuestos, como si dijéramos una tesis y una antítesis hegelianas, en una sola expresión formando así una síntesis o concepto nuevo fruto de la contradicción, cuyo significado se desprende no de su sentido literal, que sería absurdo (por ejemplo, «un dolor placentero»), sino del sentido metafórico o traslaticio creador de un nuevo concepto que trasciende los dos contrapuestos.


Un eximio oximoro es “La paz es la guerra”, que formuló Órgüel en 1984. La idea no es extraña. Es la “pax Romana” o, más modernamente, “pax Americana”. Ya los romanos decían Si uis pacem para bellum, que significa "si quieres la paz, prepara la guerra". Y en ese sentido al dios de la guerra, el fiero y viejo Mavorte, el padre Marte, que da nombre al planeta rojo por el color de la sangre derramada en todas las batallas, y que era según la mitología padre, efectivamente, de Rómulo y Remo, fruto de la violación de la vestal Rea Silvia, su madre,  y por lo tanto de todos los romanos,  le aplicaban estos el controvertido epíteto de “pacifer”: MARS PACIFER: Marte portador de la paz, Marte pacificador, el pacifista Marte, igual de pacifista que Napoleón Bonaparte y que, mutatis mutandis,  nuestra Ministro de entonces y seguramente que la actual también.

Llamemos a las cosas por su nombre: el Ministerio de Defensa es el Ministerio de la Guerra, como ha quedado dicho, cuando las cosas se denominaban por su nombre y al pan se le decía "pan" y al vino "vino". Y la paz que supuestamente defiende ese Ministerio es, en palabras de la poeta Isabel Escudero, una "guerra disimulá": Tú crees que esto es la paz: esto es la guerra disimulá.  Viene aquí muy a cuento aquella vieja sabiduría presocrática de Heraclito de que la guerra es el padre de todo esto (y la madre, por lo tanto, que lo parió todo), que a unos los hizo esclavos y a otros libres, a unos dioses y a otros seres humanos.

Pues bien, un borrador que consta de 240 páginas y de diez unidades temáticas, antiguamente llamadas 'lecciones', elaborado por el Ministerio de Educación (y adoctrinamiento) y el de Defensa (the best defense is a good offense) del Gobierno de España, y dirigido a las tiernas criaturas que padecen la educación primaria desde los 6 hasta los 12 años de edad a lo largo y ancho de seis cursos escolares consecutivos, lleva por título “Proyecto Conocimiento de la Seguridad y la Defensa en los centros educativos”, y pretende reforzar la imagen de las Fuerzas Armadas y de la monarquía españolas. 

Materiales curriculares para educación primaria.

La justificación del  despropósito pedagógico la encuentran sus promotores en nuestra sacrosanta Constitución, dado que uno de sus artículos, el número 30, prescribe el derecho y el deber de todo españolito (y toda españolita) de defender a España, por si a alguien le había pasado desapercibido. El Gobierno de España, cuyo jefe de Estado es el Rey y, a la sazón, Jefe de las Fuerzas Armadas, quiere llevar estos materiales curriculares a todos los colegios de primaria públicos, privados y concertados asociándolos a las diversas áreas y asignaturas, ejes transversales de inculcación de valores así como a las actividades extraescolares.
 
Cualquier día volverán nuestros hijos del colegio a casa cantando aquello de “soldadito español, soldadito valiente”, y diciendo rebosantes de ardor guerrero que quieren inmolarse y aun crucificarse como Jesucristo en aras de la patria, reviviendo el ominoso verso horaciano dulce et decorum est pro patria mori, y canturreando: Por ti, Patria, por ti sola mi vida a los mares di, por ti al peligro ofrecí mis obras y pensamientos ¡en la Rosa de los Vientos me crucifico por ti!  Y cuando les preguntemos qué han aprendido ese día en la escuela nos contarán que han estado jugando en el patio del colegio a la guerra con armamento ligero... "-¿Con qué?" Preguntaremos incrédulos y horrorizados nosotros. Y nos responderán orgullosos: -Con pistolas, papá, con pistolas, que no te enteras. Parece mentira que no sepas qué es armamento pesado y armamento ligero...Y a nosotros nos dará un pasmo y nos preguntaremos, horrorizados e incrédulos, ¿cómo es posible que se les enseñe eso ahora en la escuela a nuestras tiernas criaturitas?

Los responsables de semejante desaguisado pedagógico justifican la inclusión de contenidos militaristas y belicistas en la educación de los niños desde su más tierna infancia en el nombre, faltaría más, de la defensa de la paz a tiro limpio, si hace falta, en todos los rincones del mundo donde actúan nuestras Fuerzas Armadas. 

 
El Gobierno de España también contempla que los profesores, cómo no, reciban formación que mejore sus conocimientos relacionados con la paz, la seguridad y la defensa de España, acreditándose a tal fin (un crédito se traduce en 10 horas de adoctrinamiento y de deformación profesional). 

Ya habíamos asistido algunos de nosotros perplejos e impotentes hace algunos años a la presencia eventual de algunos militares en algunos de nuestros centros educativos de secundaria. Recibíamos de cuando en cuando la visita de algún mílite glorioso, organizada generalmente por el Departamento de Orientación, que venía a informar  para captar  a nuestros alumnos y alumnas de las bondades que ofrecía el Ejército de cara a la incorporación al mercado laboral, ofreciéndoles una salida pro-fe-sio-nal, insistían mucho en este palabro, y una vida de emocionante aventura y servicio a los demás...
Materiales curriculares para educación primaria

La apuesta por una cultura de paz en la educación pasa, contra lo que pretenden estos materiales, por denunciar esta lógica militar que nos quieren ahora inculcar, pasa también por llamar a las cosas por su nombre (por ejemplo "invasión" y no "asistencia", sarcástico y sangriento eufemismo, como hacen insidiosamente en el temario del anteproyecto a la invasión de Iraq que perpetraron, entre otras, las tropas españolas),  y pasa también por proclamar que si civil se contrapone a militar, civilizado es lo contrario de militarizado, desmontando así los supuestos valores de la llamada “Cultura de la Defensa”.

domingo, 24 de agosto de 2025

Clásico

    Puede que resulte provechoso recurrir a la etimología de la palabra “clásico”, que se aplica, por ejemplo, como adjetivo que califica al sustantivo Cultura en la denominación "Cultura Clásica", nombre de una asignatura o materia del segundo ciclo de la Educación Secundaria Obligatoria del sistema educativo español. En algunas comunidades autónomas como en Castilla y León, según tengo entendido, es una materia obligatoria para todo el alumnado en 3º de ESO. En Cantabria, sin embargo, es una asignatura optativa que en algunos institutos como por ejemplo en el que yo trabajaba no se impartía porque los alumnos no la elegían, o lo hacían tan pocos que no se consideraba oportuno 'ofertarla' y se les invitaba a optar por otra materia. 


    Se emplea también en expresiones como filología clásica, música clásica, estilo clásico... donde parece que se opone al adjetivo moderno, al modo hodierno, contraponiéndose de alguna manera, además, con ello lo nuevo a lo viejo, lo vivo a lo muerto. Recordemos que la palabra clásico procede de clase y aparece en expresiones como primera clase y también en es la primera de la clase; se dice asimismo tener o no tener clase, donde el término es sinónimo de prestigio, categoría, y en este sentido se habla también de clase obrera, clase media o clases pasivas por ejemplo, como división de la sociedad, pareciendo este significado el más antiguo.

    Conviene pues tener en cuenta que clase procede a su vez del latín classem, que es como llamaban los romanos a la ciudadanía susceptible de ser llamada a incorporarse a filas para servir a las armas en general, como si dijéramos la clase de tropa, y a la armada, flota o infantería de marina en particular cuando la palabras exercitus se especializó en ejército de tierra, por lo que el término en su primera acepción hace referencia a la organización, esto es, a la clasificación de los niños en escuadras, batallones o cohortes para recibir la instrucción. 

 Cariátide vista por detrás, Museo de la Acrópolis (Atenas)

    Algunos pedagogos modernos, por cierto, han resucitado este ominoso término militar de la legión romana de "cohortes" para referirse a los estudiantes con una metáfora que sugiere la militarización difusa, pero real, del sistema educativo, ese nuevo servicio militar obligatorio para ambos sexos, basado en la jerarquía y en la homogeneidad, en el adoctrinamiento y uniformidad cultural que impone la transmisión vertical de unos saberes programados y, sobre todo, la imposición del tiempo, horario y calendario escolar, como programa.

    En relación con esta clasificación de los niños como conjunto de los que reciben un mismo grado de enseñanza o cursan una misma asignatura se explican los usos de clase como lección o asignatura e incluso como aula donde se imparte. 

    Clásicos eran en Roma los ciudadanos de la primera clase que poseían una renta al menos de 120000 ases y en ese sentido la expresión de scriptores classici designará a los clásicos de la literatura, es decir, a los escritores de primera fila, como se dice a veces, para cuyo reconocimiento es preciso, entre otras cosas, el requisito imprescindible de que estén muertos y bien enterrados. 

    Esto mismo les sucede a las llamadas lenguas clásicas, al latín y al griego antiguo, a las que a veces se llama descaradamente lenguas muertas, pues parece que una de las condiciones del prestigio de lo clásico es la necrofilia, el amor por lo que no está vivo: que sean lenguas que no se hablan o escritores consagrados que no se leen.

    ¡Qué triste que para la inmensa mayoría de los jóvenes y no tan jóvenes españoles lo más clásico que hay, el Clásico español por excelencia, conocido entre los medios de formación de masas y los fanáticos aficionados sea el partido de balompié que enfrenta al Real Madrid Club de Fútbol y al Fútbol Club Barcelona!   Panem et ποδόσφαιρο (podósfero), o lo que es lo mismo: pan y fúzbol con zeta de rebuzno para el pueblo. 

jueves, 10 de octubre de 2024

Mujeres uniformadas en el aula magna

    Leo en la prensa local que cinco mujeres, profesionales de las Fuerzas Armadas nacionales, visitan varios IES, Institutos de Educación (y no enseñanza) Secundaria de Cantabria “contando sus vivencias y las vías para acceder a la carrera militar”. Uno de ellos ha sido el José María de Pereda, nombre que me ha traído a la memoria que allí estuve trabajando durante el curso 1983-1984, si no recuerdo mal, como profesor de lenguas clásicas en el bachillerato nocturno, cuando dirigía el centro el catedrático de griego don Eduardo Obregón Barreda. 
 
    Una fotografía a todo color de cinco mujeres uniformadas y sonrientes, y como fondo el salón de actos del instituto repleto de alumnos y alumnas, como dicen ahora innecesariamente para "visibilizar" a las mujeres. Representan, por lo que colijo de sus uniformes militares, los tres ejércitos. La Capitana de Corbeta de la marina abrió el acto programado por la Consejería de Educación, en concreto por la Unidad Técnica de Igualdad y Coeducación, actividad que lleva a estas cinco mujeres de gira por varios institutos a presentar al alumnado de ESO -Educación -y no enseñanza- Secundaria Obligatoria-, Bachillerato y  de Formación Profesional con un proyecto que pretende “romper estereotipos y visibilizar el trabajo de las mujeres”. 
 
 
    Me resulta curioso que comiencen por las militares, a las que seguirán científicas y especialistas de Formación Profesional, porque vienen a equiparar a unas y otras, y en concreto a presentar a la juventud la milicia, o sea sin ambages, la Guerra, como la salida profesional de un trabajo más. Cosa que me escandaliza tanto como si trajeran a varias estríperes con un nuevo ciclo profesional consistente en realizar bailes exóticos en lugares públicos donde se consume alcohol a la vez que se desnudan de modo provocativo al ritmo de una melodía sensual, dentro del módulo profesional de prostitución asistida. Porque, vamos a ver, la putería, el oficio más viejo del mundo, como dice a veces la gente, viene a demostrar, tomado por otro lado, que todos los trabajos tienen algo de aquella, a saber, su condición asalariada. Y, claro, algo dentro de uno se rebela contra la consideración de que el ejército sea un trabajo -al fin profesionalizado y profesional- como otro cualquiera, aunque bien claro está que los soldados, como revela la palabra a poco que se analice e investigue su etimología, están a sueldo, igual que todo quisque asalariado, lo que indica que hacen lo que hacen, vamos a llamarlo trabajo, no por el gusto y la gracia de hacerlo, gratis et amore, digamos, sino por la gratificación económica, que cada vez más necesita también de lo que llaman el salario emocional.
 
    Hay al parecer en torno a un 12% de mujeres en las Fuerzas Armadas españolas, aunque hay ramas como el Ejército del Aire y del Espacio (sic), donde su presencia es aún menor. 
 
    Resulta a este respecto muy motivador el ejemplo que da la princesa doña Leonor, la futura reina, si Dios quiere,  en plena fase formativa por las diferentes ramas de las Fuerzas Armadas españolas. 
 
 
    Lo que les venden estas cinco mujeres a los estudiantes es la aventura. Una de ellas recuerda la mejor experiencia de su vida a bordo del crucero Juan Sebastián Elcano, el barco más antiguo y emblemático de la armada nacional. Otra les cuenta su participación en varias misiones internacionales en Afganistán y Nepal, países remotos y lejanos que ha conocido gracias a su profesión. Otra les cuenta cómo se convirtió en piloto de helicóptero, y les dice que su profesión es algo más que eso, es una forma de vida, donde está presente la aventura y la acción humanitaria. 
 
    La presencia de mujeres con uniformes militares en las aulas rompe sin duda estereotipos. Viene a demostrar que el uniforme no es atributo exclusivo del sexo masculino, sino que puede serlo también del femenino, equiparándose ambos en el servicio de las armas. Pero quizá sería más interesante y pedagógico romper otro estereotipo: el del uniforme. Contra lo que se dice a veces de que el hábito no hace al monje, y de que no hay que fiarse, por lo tanto, de las apariencias, hay que plantear la cosa al revés: las apariencias son la realidad y el monje, en este caso el soldado, hace al hábito, el cual, para ser él uno más y realizarse como tal persona e individuo, tiene que ser y vestir igual que todos y mirarse en los ojos de los demás para verse reflejado como en un espejo.
 
    Podría hacerse, frente a eso, otra cosa para romper estereotipos de género: no equipararnos a varones y mujeres uniformándonos a todos por el mismo rasero y bajo el mismo patrón, sino cuestionar la existencia misma de los ejércitos y los uniformes; no limitarnos a incluir en ellos a las mujeres, sino excluirlas, como estaban hasta ahora salvo en el mito de las amazonas guerreras, y excluir también a los varones, rompiendo en definitiva todas las lanzas y las filas de todos los ejércitos. Pero, objetarán algunos, ¿quién nos defenderá? Porque los ejércitos estaban para defendernos, pero ¿de quién van a defendernos?, ¿de nosotros mismos acaso?, ¿de nuestros enemigos? Pero ¿quiénes son nuestros enemigos?

lunes, 23 de septiembre de 2024

De-Formación Profesional

   La visita de la Reina a Cantabria el pasado 18 de septiembre para inaugurar el curso escolar 2024-2025 de Formación Profesional en un IES de la comunidad, acompañada de la presidenta de la taifa cántabra y de la ministra de Educación, Formación Profesional y Deportes, Pilar Alegría, me trajo a la memoria el artículo que publicó su ilustre predecesora Isabel Celaá el 29 de agosto de 2019 en el BOE que es el Periódico Global, alias El País, titulado "Una FP contemporánea del futuro". 


    Lo primero que me llamó la atención y que hasta entonces me había pasado desapercibido, era el nombre del Ministerio que  ya no era de Educación y Ciencia, como antaño, o Educación y Descanso como recuerdo que se llamó alguna vez en la oprobiosa dictadura, sino Educación y Formación Profesional (y Deportes), como si la categoría de la efepé no estuviera incluida, como antes, en la de Educación y fuera algo completamente distinto y ajeno, como parece que es también la Cultura, desgajada en otro ministerio. ¿No debería depender la efepé en todo caso del Ministerio de Trabajo y de las propias empresas?

    Citaba Isabel Celaá al arquitecto futurista César Manrique que se consideró a sí mismo un “contemporáneo del futuro”, sea esto lo que sea y signifique lo que signifique, que yo no lo sé ni quiero saberlo, para, acto seguido, afirmar solemnemente: “Ese futuro es nuestro presente”. 

    Después de elogiar lo mucho que había avanzado la ciencia, que era una barbaridad, y la irrupción disruptiva de las nuevas tecnologías en nuestras vidas, anunciaba, visionaria ella como la sibila de Cumas, “transformaciones organizativas y pedagógicas en todas las etapas y enseñanzas, desde la educación infantil hasta la Formación Profesional (las mayúsculas honoríficas son suyas, así como la minúscula siguiente) o el bachillerato”. 

    Y tras su apuesta decidida por la efepé se despachaba con la siguiente afirmación: “Estimaciones de la OCDE nos indican que la robotización podría llegar a afectar al 52% del empleo en España.” ¿Cómo interpretar esto? Entiendo que el verbo “afectar” es aquí sinónimo de “hacer desaparecer”. Si los robots pueden realizar la mitad de los trabajos que hacemos las personas, bienvenidos sean, que trabajen ellos. Así lo entiendo yo. ¿Por qué no celebramos esta liberación del yugo del trabajo, esta conquista del ocio y el tiempo libre, y en suma de la libertad? Si se pierden un 52% de los empleos en España, ¿por qué no repartimos el 48% restante entre quienes quieran desempeñar algún trabajillo, acortando la jornada laboral de todos los trabajadores a un par, como mucho, de horas diarias por ejemplo? Esa sería una óptima reforma laboral que ni aquella ministra en funciones ni esta otra a la que acompañaba ahora la Reina y embajadora de la moda española cual maniquí florero por el ancho mundo iban a emprender. El problema no es el fin del trabajo, sino el trabajo mismo.
 
 
    Su Señoría, sin embargo, apostaba por fomentar la (de)formación profesional, y celebraba que ya atraía más ofertas de trabajo que la universidad, por eso se empeñaba en la “detección de necesidades del mercado laboral, el diseño de nuevas titulaciones de FP y la actualización de las existentes”, y anunciaba -¡toma ya!- quince “nuevas ofertas formativas asociadas a la economía digital”.
 
    Siguiendo con su talante visionario de astróloga trasnochada quería crear “en cinco años, de entre 250.000 y 300.000 nuevas plazas de una FP moderna y dinámica, capaz de adaptarse a los cambios productivos y tecnológicos”, que suena como aquella vieja cantilena de los ochocientos  (o) mil nuevos puestos de trabajo... bajo las farolas de las esquinas. La razón sigue siendo el maldito futuro: en 2025, y ya falta poco,  “la mitad de los empleos ofertados en España corresponderán a cualificaciones que requerirán un título de FP media o superior y, a día de hoy, solo tenemos un 25% de profesionales con estos niveles de cualificación”. 
  
    Acababa aquel artículo, que ahora desempolvo porque de aquellos polvos vinieron estos lodos, haciendo las siguientes afirmaciones gratuitas y harto discutibles: 
-“Hoy, la FP compite con éxito y dibuja un futuro de prestigio”. ¿Con quién compite, señora ministra, si no es con el no mencionado bachillerato y con la universidad, como si el objetivo de estos competidores fuera el mercado laboral y no la formación intelectual, artística, creativa, crítica y humana? Aunque no lo reconozca explícitamente, Su Señoría es una seguidora incondicional de Bryan Caplan y de impartir “habilidades laborales específicas” para el desempeño de una profesión. Su silencio sobre el bachillerato y la formación universitaria de índole humanística es muy elocuente y significativo de su desprecio, por la misma razón, porque no preparan para la inserción en el mercado del trabajo y sus demandas de futuro. Lo que quiere su gobierno -todos los gobiernos-, reconózcalo ya y deje de vendernos la burra de la efepé, es trabajadores especializados y sumisos, por eso fomentan la efepé en cualquiera de sus modalidades y en detrimento de las llamadas humanidades. 

-Las altísimas tasas de empleabilidad e inserción laboral atestiguan que es una formación de primera calidad”.
La empleabilidad e inserción laboral no son testimonio de que la formación que se imparte sea de primera calidad, porque puede ser pésima -no voy a decir que lo sea, voy a ser generoso, sino que puede serlo... en el futuro- y tener unas “altísimas tasas de empleabilidad e inserción laboral” porque es lo único que hay. A Su Señoría sólo le interesa la inserción en el mundo del trabajo o mejor y más propiamente dicho en el mercado laboral. 

-“Y es un derecho de ciudadanía al que ni empresas ni trabajadores pueden renunciar y que como país debemos colocar como la piedra de clave de un sistema educativo moderno”.
Aquí se ve claramente que Su Señoría considera la efepé, que ella escribe siempre FP con mayúsculas honoríficas como corresponde a los acrónimos,  como la “piedra de clave”, que, como se sabe, es el elemento constructivo que remata el arco o la bóveda en su centro, pieza clave sin la que se desmoronaría la estructura toda “de un sistema educativo moderno”. Resulta ahora que la efepé es la piedra angular de la educación y por lo tanto de su ministerio: es decir que el Estado nos educa para emplearnos, es decir, para utilizarnos e insertarnos en el mercado laboral única y exclusivamente, es decir, para convertirnos en modernos esclavos asalariados, dóciles contribuyentes y votantes. 

 -Por eso, estamos todos convocados a impulsarla, porque el futuro solo será gobernable si convertimos los grandes desafíos del presente en oportunidades de construir un futuro más justo”.
¿A quién apunta lo de “impulsarla”? Lógicamente, a la efepé. Lo mejor de la frase es la convocatoria a todos y la repetición de la palabra futuro que hace la señora ministra, no poco futuróloga ella: el futuro sólo será gobernable -¿qué querrá decir esto?- si convertimos los grandes desafíos del presente... en oportunidades de construir un futuro más justo. En resumidas cuentas: gobernaremos en el futuro si ajustamos el presente a las necesidades del futuro, es decir, si seguimos gobernando ahora mismo nosotros que somos “contemporáneos del futuro”, es decir, contemporizamos no con el día de hoy, que es el único que hay, sino con el incierto día de un mañana que está siempre por venir y no acaba nunca de llegar. Mañana es siempre pasado mañana.

sábado, 21 de septiembre de 2024

Micrópolix

    Hay un parque temático en San Sebastián de los Reyes, en los Madriles, donde las tiernas criaturas de cuatro a catorce años pueden divertirse jugando al no poco aburrido juego de ser mayores antes de tiempo y adultos responsables. 

    Este centro de ocios y negocios infantiles, llamado Micrópolix -al parecer es palabro esdrújulo por lo que se oye en el vídeo promocional, aunque han olvidado la obligatoria tilde diacrítica-, es el sitio ideal para educar al niño, es decir para que deje de ser un infante y para que, muerto y enterrado lo vivo que haya en él, se convierta antes de tiempo en un adulto hecho y derecho: en un(a) self-made-(wo)man.

    Aquí pueden ser lo que vayan a ser cuando sean mayores anticipándose al porvenir que nunca llega, como dice la copla: aprenden a trabajar consagrándose a actividades laborales de su elección y a ganar y manejar dinero, adquiriendo cultura financiera, económica, que es lo mismo que decir política, y emprendedora, así como hipotecando el momento presente en las aras ensangrentadas del futuro, con la esperanza de venideras metas y tierras de promisión inexistentes. Ahí es nada.
 
    
 Micrópolix es una ciudad (πόλις, polis, ciudad en griego) en miniatura (μικρός, micrós, pequeño en la misma lengua) con la originalidad de la equis final, cuyo sentido se me escapa, que acuña su propia moneda, que se llama eurix. ¿Por qué será? Aquí las tiernas criaturas juegan a ser los adultos que van a ser cuando sean mayores: trabajan, abren cuentas bancarias como sus mayores... Y sobre todo pueden, acudiendo a la autoescuela y haciendo las correspondientes prácticas de conducción y educación vial, obtener el preciado Permiso para poder conducir autos, como en los coches de choque de las ferias, y circular por el parque temático micropolitano... No podía faltar una Oficina de Empleo para que se vayan acostumbrando a hacer cola los desempleados, donde se apuntan para realizar una veintena de oficios: veterinario, banquero, dependiente, policía... 


    A la par que se preocupan por administrar el dinero que van adquiriendo como mano de obra barata, los niños aprenden a regirse por los horarios y a subordinarse a sus dictados, de modo que si llegan tarde al laburo, por ejemplo, pierden los eurix del jornal. 

    Puede parecer poco ético que todo gire en torno al dinero, y algún pedopsicagogo moderno podría poner el grito en el cielo y venir con la cansina monserga y obsoleta prédica de que los niños también deben aprender a cooperar buscando soluciones solidarias en equipo y aportando cada cual sus talentos a la sociedad de consumo, pero no nos engañemos: el mundo real es poco ético y en él todo gira en torno al vil metal. No seamos hipócritas: Micrópolix prepara estupendamente a los pequeños para enfrentarse a Macrópolix,  que es lo que les espera fuera cuando salgan del ignominioso parque temático de ocios infantiles donde pueden celebrar sus cumpleaños. 

    Efectivamente, las actividades que se realizan en este centro de ocio con miras al negocio -nada de humanidades, que no sirven para nada y eso es lo bueno que tienen- son muy educativas: ayudan a preparar al niño para elegir una (de)formación profesional y solventar los retos que encontrará en la vida adulta, para que sea un emprendedor el lejano e inasequible día de mañana.


martes, 10 de septiembre de 2024

La lección de un profesor

    Un profesor de Alicante arrancó tres cámaras de videovigilancia, que habían sido colocadas por orden de la dirección del instituto donde impartía clase,  en un arrebato de santa indignación,  sana cólera e ira racional. El profesor, filmado por las propias cámaras que desmontó, fue detenido y pasó una noche en comisaría.


    ¿Cómo es posible que haya cámaras de videovigilancia en los sedicentes centros "educativos"? ¿No tenemos una Ley Orgánica 1/1982 de  grandilocuente Derecho al Honor, la Intimidad y la Propia Imagen que protege especialmente a los menores, benditos sean esos angelitos,  de semejantes atropellos y tropelías orgüelianas propias del estado policial del Gran Hermano, y no hablo del concurso de la telebasura?

    Muy sencillo: Los centros "educativos", aunque se llamen Institutos de Educación Secundaria con rimbombante apelación, no son tales centros educativos, porque no pretenden educar, ni siquiera, más modestamente, enseñar e instruir, como cuando se hablaba  humildemente de centros de Enseñanza -que no Educación- General Básica o de Institutos de Enseñanza Media, sino controlar a la población infantil y juvenil forzosamente escolarizada o recluida, mejor dicho, en ellos.
 

    La dirección justifica la instalación de las cámaras diciendo que se pretendía evitar los robos, y que esta medida había sido decidida y aprobada por los órganos de gobierno colegiados y unipersonales del centro elegidos democráticamente. Se pone como justificación de algo injusto su carácter democrático, decidido por el órgano representativo de una mayoría, como si la mayoría fuese totalidad y como si fuese más legítimo porque lo pide la mayoría. Sin embargo, una elección democrática por muy mayoritaria que sea no tiene por qué ser justa. Es más: Esta no lo es, porque no se ajusta a derecho ni al más común de los sentidos. 
 
    Además, si hay robos es porque hay desigualdad económica, si hay desigualdad económica es porque hay dinero y no hay justicia en la sociedad. La sociedad, por lo tanto, debería procurar que hubiera justicia -y no dinero ni propiedad privada- para que no hubiera robos. Pero ¿cómo va a haber justicia si cuando hay crisis económica, por ejemplo, se destina dinero público de las arcas del Estado a los bancos privados, o sea, a los  ricos usureros que menos lo necesitan?


    En todo caso, el daño que se hace a la libertad es mayor que el que se hace a la propiedad. ¿Quién controla a los controladores? Ya formuló la pregunta Juvenal: quis custodiet ipsos custodes? Y la pregunta sigue flotando en el aire, sin respuesta ninguna que valga.

    La educación debería basarse en la libertad y en la responsabilidad y no en el control ajeno, pero algunos prefieren pagar sofisticados sistemas de videovigilancia y seguridad porque, por muy caros que sean, son más baratos que la ímproba tarea de educar, que además no se sabe muy bien en qué consiste. Preguntémonos socráticamente: ¿Qué es la educación? A ver qué pasa. Al fin y a la postre esos aparatos sólo cuestan dinero, dinero de todos los contribuyentes.
 
     ¡Contribuyentes! ¡Qué palabra más ominosa ésta, pero qué reveladora de que todos estamos contribuyendo democráticamente a que se instalen estas cámaras, y fomentando la vigilancia y el control ajenos en lugar de la libertad y la responsabilidad -y la justicia- para que no sucedan los hechos que se pretenden vigilar y castigar! ¡Cuánto mejor hubiera sido que el dinero –público, no se olvide- que se ha invertido en cámaras que fomentan el voyeurismo y el exhibicionismo se hubiera destinado a la compra de libros, esos objetos tan raros y antiguos que se guardan en las bibliotecas y que ya no lee casi nadie!

    Lejos de considerar la actitud de este profesor una locura extemporánea o un delito, deberíamos todos decidirnos si no a hacer lo mismo so pena de pasar una noche en comisaría, a denunciar y exigir al menos que se retiren las cámaras de vigilancia de nuestros lugares de ocio y de trabajo. Deberíamos aplaudir a ese profesor, que le ha dado una lección a toda la sociedad.

viernes, 28 de junio de 2024

¿Calidad docente?

  Ahora que se acaba el curso académico con la llegada de las oleadas de calor extremo, o sea, el verano al hemisferio norte -aestate pueri si ualent satis discunt 'en verano los niños estando bien bastante aprenden'-, que escribió nuestro Marcial-, saco a relucir un viejo editorial de El Periódico Global, alias El País, que conservo del sábado 14 de septiembre de 2019 y que no tiene desperdicio pedodemagógicamente hablando por su tremenda actualidad pese a lo llovido desde entonces. Llevaba por título “calidad docente”, y como subtítulo “Más tiempo en el aula no es garantía de mejor educación”, a lo que se añadía más adelante la coletilla especificativa “ni en el caso de los profesores ni en el de los alumnos”. 

    El editorial mencionaba el siguiente dato: Los escolares españoles de secundaria (…) tienen 1.054 horas lectivas al año, 246 más que los finlandeses y, en cambio, estos figuran desde hace años en los primeros puestos en los resultados de las pruebas de PISA, mientras que los españoles, pese a las mejoras de los últimos años, siguen en los puestos medios de la tabla. El hecho, sin entrar a juzgar la idoneidad de dichas pruebas, es incontrovertible: los escolares españoles tienen 246 horas lectivas al año más que los finlandeses, lo que a razón de 30 horas semanales supone ocho semanas y media o, lo que viene a ser lo mismo, dos meses al año más de clase, y no por ello obtienen mejores resultados que los nórdicos, sino, diría yo, peores precisamente por lo mismo. 



    En el citado párrafo hay un mensaje subliminal capcioso muy importante que no quiero que pase desapercibido. Se dice que los finlandeses figuran en los primeros puestos mientras que los españoles siguen en los puestos medios, pese a las mejoras de los últimos años. ¿A qué mejoras se refiere el periódico si los resultados siguen igual? ¿Qué mejoras son esas que no se ven por ninguna parte no sólo a juzgar por los rendimientos sino porque ni siquiera se mencionan para que podamos conocerlas? Se supone que los resultados de los españoles eran peores años atrás, pero se afirma que "siguen en los puestos medios", es decir, siguen siendo mediocres, pero se oculta que ni siquiera eran ni son los mismos ni muy parecidos en unas comunidades autónomas que en otras, observándose grandes diferencias y desigualdades entre ellas, como sigue habiendo todavía. El editorialista se ha sacado de la chistera, como vulgar taumaturgo ilusionista, el conejo inexistente de “las mejoras de los últimos años” para consuelo de los malos resultados. 

    Si es verdad que “más tiempo en el aula no es garantía de mejor educación”, como parece, quizá deberíamos cortar por lo sano y decir sin más: el tiempo de reclusión en las aulas o barracones no supone ninguna calidad docente per se, sino sólo más cantidad de tiempo invertido en el encierro forzoso -no se olvide la O de obligatorio, en el acrónimo de la ESO española-. Y deberíamos concluir: la educación no se imparte en las aulas o barracones, sino en casa, en la calle y en cualesquiera otros espacios ajenos a la enseñanza reglada. 
 

    Lo que sucede es que las aulas, que no dejan de ser jaulas -sólo hace falta ver los modernos recintos de los centros educativos españoles de primaria y secundaria, vallados como campos de concentración, conventos o cuarteles y vigilados por maestros y profesores que montan guardia de patios de recreo, y es que, como en la vieja mili española, los profesores y maestros hacen guardias, para quien no lo sepa- sirven para que los niños no estén tanto en casa y en la calle, sino para que pasen más tiempo entretenidos y aburridos en las jaulas y aprendan en consecuencia menos, cosa que no se debe, como insinúa el mentado editorial, al “envejecimiento acelerado” de la plantilla de docentes del sistema educativo español “que hace que en estos momentos dos de cada tres profesores tengan más de 40 años”, ya que, como se afirma más adelante, “la edad no es ningún impedimento para una excelente labor docente”, sino en muchos casos, digo yo, todo lo contrario, ya que, como dice el refrán popular, “más sabe el diablo por viejo que por diablo”. 

    Y si bien es verdad que “la entrada de profesores jóvenes bien preparados es un elemento especialmente importante” para conectar mejor e interactuar con las nuevas generaciones, como dice el editorial, es bastante discutible que los profesores españoles menores de 30 años, víctimas todos ellos a su pesar de la LOGSE y sucesivas actualizaciones y apepés prácticas como la LOCE, LOE, LOMCE, y LOMLOE estén en su mayoría y salvo honrosísimas y muy contadas  excepciones bien preparados.  

    La LOGSE, en efecto, estableció la escolaridad obligatoria hasta los 16 años, reduciendo el bachillerato de cuatro a dos años y permitiendo constitucionalmente a los reinos de democráticas taifas que eran las diversas comunidades autónomas construir sus propios currículos educativos, algunos en su lengua vernácula, lo que genera grandes y graves desigualdades, hasta el punto no ya de que no tengan el mismo nivel dentro de una misma asignatura unas y otras comunidades, sino de que ni siquiera se impartan las mismas materias. 
 


    Por poner un solo ejemplo que me resulta conocido de lo que estoy diciendo, en Castilla-León todos los alumnos (y alumnas, como añadiría innecesariamente por postureo feminista políticamente correcto la responsable de igualdad del centro, innecesariamente, digo, porque el género masculino, gramaticalmente hablando, es el no marcado, general o genérico de la oposición binaria) de 2º de Educación Secundaria Obligatoria cursan tres horas semanales de Cultura Clásica, que allí es una materia troncal, mientras que en Cantabria, y en el instituto donde yo trabajaba, sin ir más lejos, no la cursa a lo largo de toda la ESO nadie, y no estoy hablando de un centro pequeño. ¿Por qué? Porque aquí es una materia de las que llaman optativas de oferta obligatoria, sí, pero que nadie elige, porque prefieren otras de nombres y contenidos más atractivos, o que eligen muy pocos, como una alumna de Bachillerato de Humanidades que me contó, contrariada, que le dijeron que como sólo la había elegido ella en 3º de ESO, no podía cursarla dado que con un alumno no se formaba grupo: un grano no hace granero. 
 
We dont need no education, Gerald Scarfe


    El caso es que aquella alumna llegó al Bachillerato de Letras (o de Humanidades, como se llama ahora) sin haber cursado una materia fundamental para su formación cultural y para esos estudios como Cultura Clásica, cosa que no les importaba mucho a nuestros gestores, es más, que no les importaba en absoluto lo más mínimo, porque lo que pretendía el Ministerio de Educación y Formación Profesional y Deportes, como se llama ahora, según declaró la ministra que entonces lo regentaba, ignoro si sigue siendo la misma, es fomentar la efepé y, como decíamos el otro día, la educación física, para que nuestros futuros currantes estén sanos y saludables a fin de poder votar las veces que haga falta hasta que se les ocurra formar gobierno, y contribuir religiosamente al fisco con el diezmo de lo poco que ganen en el mercado de trabajo.