Cuando era yo pequeño, escribía todos los años una carta a sus Majestades los Reyes Magos de Oriente, quienes la madrugada del 6 de enero me dejaban los regalos. Pero cuando me enteré de que los Reyes eran los padres, me llevé una desilusión y dejé de hacerlo. Recuerdo como si fuera ahora mismo especialmente una mañana del día de Reyes, cuando yo ya no era un niño. Recién levantado, no podía dar crédito a lo que veía, porque había nevado como no ha vuelto a nevar nunca igual desde entonces: una fina nevada cubría todo el paisaje descubriéndolo ante mis ojos, como nunca hasta entonces. Sobre la nieve, unas misteriosas y numerosas huellas y pisadas...
Yo, lo repito, ya no era un niño. Pero algo me decía que la noche de Reyes, a pesar de todos los pesares, seguía siendo una noche mágica. Aquella mañana encontré una misteriosa carta al pie del árbol de navidad dirigida a mi nombre:
“Querido niño, pues, mal que te pese sigues siendo un niño todavía y lo seguirás siendo toda tu vida. Este año no nos has escrito como hacías hasta ahora y eso nos ha hecho comprender que ya eres un mozalbete, y que ya no crees en nosotros...
Y es que tú, amiguito, como muchos otros de tu edad, ya conoces lo que muchos niños, ingenuos e ilusos, todavía ignoran. Has oído decir que Melchor, Gaspar y Baltasar son... los padres. Por eso no has puesto el calcetín y la zapatilla al lado de la chimenea, ni has permanecido toda la noche en duermevela con el corazón palpitante para sorprendernos a nosotros, a nuestros pajes o a los camellos dejándote los regalos, ni has madrugado y te has levantado temprano a ver qué te habíamos dejado...
Pero, aunque te parezca mentira, eso no nos duele a ninguno de nosotros tres: eso es bueno y nos alegramos de ello. Significa que estás creciendo y haciéndote mayor. Es bueno desengañarse porque eso supone que uno estaba engañado y que se ha dado cuenta y librado del engaño.
Lo malo, querido niño, es que enseguida empezáis, según vais creciendo y entrando en la sociedad adulta, a creer en otras cosas, sustituyendo una ilusión o un error por otro. Empezáis a creer entonces en cosas mucho menos inocentes que nosotros como en vuestra identidad personal, el nacionalismo, Dios, la democracia o la trasmigración de las almas, o cualesquiera otras ideas que se te ocurran. Y al volver a creer en algo, después del desengaño, los que os vais haciendo mayores volvéis a engañaros.
¡Lástima que las cosas tengan que ser siempre así! Qué pena que cuando nos desengañamos de algo volvamos enseguida a engañarnos con otra cosa. Es triste que tengamos que sustituir un error por otro, una creencia por otra, y que no nos conformemos con el desengaño radical, que sería lo mejor de todo para todos…
En fin, así son las cosas de la vida, según parece.
Por eso mismo, hoy vamos a decirte una cosa a ti especialmente y, a través de ti, a todos los que conserváis algo del niño que habéis sido. Vamos a revelarte uno de los secretos mejor guardados a lo largo de toda la historia, nuestro secreto, el mismo que le dijimos al niño aquel que nació en Belén hace muchos años y que fuimos a adorar siguiendo el curso de la estrella. Sus Majestades los Reyes Magos de Oriente, Melchor, Gaspar y Baltasar, proclaman, proclamamos solemnemente que nosotros no somos los padres porque los padres... no existen, ni tampoco la familia sacrosanta. Firmado: Melchor, Gaspar y Baltasar".



Hay niños que creen en los Reyes Magos, y adultos que creen que un tal Donald Trump ha liberado Venezuela a fin de restaurar la democracia. (Joaco)
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