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martes, 6 de enero de 2026

Carta de Sus Majestades, los Reyes Magos de Oriente

    Cuando era yo pequeño, escribía todos los años una carta a sus Majestades los Reyes Magos de Oriente, quienes la madrugada del 6 de enero me dejaban los regalos. Pero cuando me enteré de que los Reyes eran los padres, me llevé una desilusión y dejé de hacerlo. Recuerdo como si fuera ahora mismo especialmente una mañana del día de Reyes, cuando yo ya no era un niño. Recién levantado, no podía dar crédito a lo que veía, porque había nevado como no ha vuelto a nevar nunca igual desde entonces: una fina nevada cubría todo el paisaje descubriéndolo ante mis ojos, como nunca hasta entonces. Sobre la nieve, unas misteriosas y numerosas huellas y pisadas... 

     Yo, lo repito, ya no era un niño. Pero algo me decía que la noche de Reyes, a pesar de todos los pesares, seguía siendo una noche mágica. Aquella mañana encontré una misteriosa carta al pie del árbol de navidad dirigida a mi nombre:
 
    “Querido niño, pues, mal que te pese sigues siendo un niño todavía y lo seguirás siendo toda tu vida. Este año no nos has escrito como hacías hasta ahora y eso nos ha hecho comprender que ya eres un mozalbete, y que ya no crees en nosotros... Y es que tú, amiguito, como muchos otros de tu edad, ya conoces lo que muchos niños, ingenuos e ilusos, todavía ignoran. Has oído decir que Melchor, Gaspar y Baltasar son... los padres. Por eso no has puesto el calcetín y la zapatilla al lado de la chimenea, ni has permanecido toda la noche en duermevela con el corazón palpitante para sorprendernos a nosotros, a nuestros pajes o a los camellos dejándote los regalos, ni has madrugado y te has levantado temprano a ver qué te habíamos dejado... 
 
    Pero, aunque te parezca mentira, eso no nos duele a ninguno de nosotros tres: eso es bueno y nos alegramos de ello. Significa que estás creciendo y haciéndote mayor. Es bueno desengañarse porque eso supone que uno estaba engañado y que se ha dado cuenta y librado del engaño.  
 
Los Reyes Magos despertados por el ángel, maestro Gislebertus de Autun (siglo XII)
 
    Lo malo, querido niño, es que enseguida empezáis, según vais creciendo y entrando en la sociedad adulta, a creer en otras cosas, sustituyendo una ilusión o un error por otro. Empezáis a creer entonces en cosas mucho menos inocentes que nosotros como en vuestra identidad personal, el nacionalismo, Dios, la democracia o la trasmigración de las almas, o cualesquiera otras ideas que se te ocurran. Y al volver a creer en algo, después del desengaño, los que os vais haciendo mayores volvéis a engañaros. 
 
    ¡Lástima que las cosas  tengan que ser siempre así! Qué pena que cuando nos desengañamos de algo volvamos enseguida a engañarnos con otra cosa. Es triste que tengamos que sustituir un error por otro, una creencia por otra, y que no nos conformemos con el desengaño radical, que sería lo mejor de todo para todos… En fin, así son las cosas de la vida, según parece. 
 
     Por eso mismo, hoy vamos a decirte una cosa a ti especialmente y, a través de ti, a todos los que conserváis algo del niño que habéis sido. Vamos a revelarte uno de los secretos mejor guardados a lo largo de toda la historia, nuestro secreto, el mismo que le dijimos al niño aquel que nació en Belén hace muchos años y que fuimos a adorar siguiendo el curso de la estrella. Sus Majestades los Reyes Magos de Oriente, Melchor, Gaspar y Baltasar, proclaman, proclamamos solemnemente que nosotros no somos los padres porque los padres... no existen, ni tampoco la familia sacrosanta. Firmado: Melchor, Gaspar y Baltasar".

viernes, 6 de enero de 2023

Dos 'spoiler alerts'

   Primera alerta de revelación: El panel central del tríptico del altar de Santa Columba es un retablo pintado al óleo sobre tabla hacia 1455 por Rogier van der Weyden para el altar de dicha iglesia de Colonia, representa con vivo colorido, detallismo y minuciosidad, la Adoración en el portal de Belén del niño Jesús por los Reyes Magos, a donde les ha guiado la estrella que se vislumbra en la parte superior izquierda del tejado del portal. 

    Los Reyes de este retablo, como se ha hecho notar a menudo no representan aquí las distintas razas de la humanidad, por lo que no hay un rey negro, sino las tres edades del hombre: vejez, sugerida por las canas del rey arrodillado, madurez del segundo, que se inclina ligeramente y porta una copa, y la juventud del tercero, que está erguido y quitándose el turbante, y que aún no se ha despojado de sus armas y de sus espuelas, como si no fuera consciente todavía de la importancia del acontecimiento que contempla, y saluda simplemente a la madre del recién nacido con cortesía. El hombre maduro se interroga y ya se inclina postrándose ante el niño. El anciano, plenamente consciente de hallarse ante el divino niño se arrodilla con una actitud completamente respetuosa y reverente, sosteniendo los pies del infante desnudo y acercando su manecita hasta sus labios.


Panel central del tríptico de Santa Colunga, Rogier van der Weyden (c. 1455)

    En el centro de la composición hay un detalle anacrónico que despierta nuestras alarmas. Es un detalle muy significativo, que prefigura el futuro de ese niño que nace anticipando el propósito y la finalidad de su vida: un crucifijo, que es su destino fatal, pues el niño está llamado a ser un adulto y, como tal, a morir. 

    Pero no solo es anacrónico el crucifijo central, sino toda la escena por la rica vestimenta de los personajes -San José, por ejemplo, a la izquierda de la Virgen María y el niño, que sostiene su cachava y su sombrero, y contempla la escena vestido de un rojo purpúreo que sugiere su dignidad regia, descendiente del rey David-, la ciudad que se ve al fondo que es una ciudad flamenca típica de la Edad Media. 


    El detalle que se ha mencionado de la estrella de Belén semioculta en el tejado del portal se debe a que son ahora la Virgen, con su manto azul, y el Niño desnudo los que desprenden un halo luminoso de sus cabezas. En el caso del Niño Jesús, se trata, además, de una aureola crucífera, otro detalle que revela el desenlace futuro de la historia. Todas las miradas, hasta la de la mula y el buey, convergen en el niño que acaba de nacer, que es la nueva estrella, y está abocado a morir bajo pena de muerte.

    Algo parecido nos sugiere aquel villancico flamenco que, en el momento del nacimiento del niño que está en la cuna, menciona su muerte siempre futura, siempre porvenir, como la nuestra: Pastores de la laguna, / ponerse todos a llorar, / que el niño que está en la cuna, / en una cruz morirá.

    Segunda alerta de revelación: Otra revelación importante y apocalíptica, en el sentido etimológico de la palabra (descubrimiento) es la que se da en la Epifanía o manifestación del Niño a sus Majestades los Reyes Magos de Oriente, que han venido a adorarle y a entregarle sus preciosos dones: el oro, el incienso y la mirra. Los Reyes Magos le rinden pleitesía y vienen a decirle: Los Padres, como tales, no existen. Si José de Nazaret es el "pater putativus", el Niño no puede ser otra cosa más que el "filius putativus". Estamos, en efecto, ante el hijo de Dios, y como tal no tiene padre: una criatura divina, ajena de alguna forma a la Sagrada Familia en la que ha nacido.

     
    Tampoco tiene madre, pese al dicho medieval de que nunca se sabe quién es el padre (pater incertus), pero la madre es siempre bien sabida y consabida (mater certissima).  El propio Jesús, ya hecho un hombre, lo proclamará en el evangelio de Marcos (3, 31-35) dejando bien clara cuál es su verdadera familia y que no era hijo único. Cito por la traducción que manejo de Nácar-Colunga: Vinieron su madre y sus hermanos, y desde fuera le mandaron a llamar. Estaba la muchedumbre sentada en torno de Él y le dijeron: Ahí fuera están tu madre y tus hermanos, que te buscan. Él les respondió: ¿Quién es mi madre y mis hermanos? Y echando una mirada sobre los que estaban sentados en derredor suyo, dijo: He aquí a mi madre y a mis hermanos. Quien hiciere la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.  
 
    Los evangelistas Mateo y Marcos hablan abiertamente de los hermanos de Jesús, cuatro varones (cuyos nombres eran Santiago, José, Simón y Judas) y dos hermanas, cuyos nombres no nos han sido transmitidos. La palabra que se utiliza en los evangelios, escritos originalmente en griego, es "adelphós", que significa siempre 'hermano carnal' en sentido propio y no figurado.