Antes de que se sepa la causa, si es que llega a saberse algún día, del accidente de los Trenes de Alta Velocidad del domingo 18 de los corrientes en Adamuz, descarrilando uno, invadiendo la vía contigua y chocando con otro que circulaba en sentido contrario, con su consiguiente número de muertos y heridos, a los que el Estado pretende homenajear con un funeral de Estado -laico, por supuesto, no faltaba más, ya que el Estado es la versión laica de Dios- como hizo con las víctimas del virus coronado y con las de las inundaciones por las lluvias torrenciales de Valencia, conviene analizar el hecho en sí, que se debe a la necesidad del sistema de ir cada vez más raudo y veloz, a mayor velocidad so pretexto de “ganar tiempo”, cosa que no reporta ningún beneficio al pueblo llano, vamos a llamarlo así, más que el económico, porque “ganar tiempo” es ecuación de “ganar dinero”, dado que el tiempo, como se ve enseguida, es dinero y viceversa, un tiempo que incrementa la productividad laboral y que crea, al mismo tiempo, un ocio o tiempo vacío abocado a un consumo ya desenfrenado.
El Tren de Alta Velocidad es un ejemplo de esa codicia de “ganar tiempo” que se traduce en ánimo de lucro dinerario, una ganancia de la que está excluida la gente corriente y moliente, y la gente que no vive en las grandes ciudades porque el susodicho no para en los pueblos, aunque pase por ellos a una velocidad vertiginosa. Estos trenes, so pretexto de acortar tiempos y distancias, matan el placer del viaje, que no consiste, como sabe el buen viajero, en llegar lo antes posible al destino, sino en disfrutar de su trayecto todo lo posible.
¿Qué necesidad hay de ir tan deprisa? Para eso ya teníamos aquellos viejos expresos. Ya decía, creo recordar, la canción popular de finales de los años cincuenta del siglo pasado: Al compás del chacachá, / Del chacachá del tren / ¡Qué gusto da viajar / Cuando se va en exprés! Aquellos eran otros tiempos, y otros trenes. Los expresos realizaban pocas o casi ninguna parada entre las estaciones de origen y destino, a diferencia de los trenes locales de cercanías que paraban en todas las que había, y así minimizaban el tiempo que duraba el viaje limitando las paradas, no aumentando la velocidad.
Para que el bicharraco este pueda alcanzar las altas velocidades que persigue de trescientos y pico quilómetros por hora debe hacer pocas paradas, como los antiguos expresos, los trazados ferroviarios tienen que ser prácticamente rectilíneos, lo que supone que haya que eliminar los accidentes orográficos arrasando allá por donde pasa con el atentado paisajístico que supone, por no hablar del consumo energético, la magnitud de la obra ferroviaria con el movimiento de tierras que conlleva y la peligrosidad de los accidentes.
Al ánimo de lucro, se une el hecho de que las medidas de seguridad pueden relajarse a menudo en aras de un mayor rendimiento económico, y más en un estado como el español, cuya red de alta velocidad es la segunda mayor del mundo. «Sólo nos supera en quilómetros China», se jactaba no hace mucho el impresentable ministro del ramo. Al parecer el mantenimiento en buen estado de los tramos del trazado ferroviario de la alta velocidad cuesta sus muchos euros a los bolsillos de los contribuyentes, como dicen los políticos. Si se relajan dichos controles, aumentan las incidencias, como se ha visto a lo largo de estos últimos años, ocasionando infinidad de retrasos. Además, en algunos puntos complicados los trenes altavelocistas tienen que abandonar sus pretensiones para evitar accidentes, no pasando de los cien por hora.
Hay quien opina que la liberalización que se produjo en 2021 en la alta velocidad ferroviaria, que supuso la entrada de nuevos operadores, ha agravado la situación haciendo que se redujeran más aún los costes para aumentar las ganancias de estos trenes entrenados, valga la redundancia etimológica, para volar, según la lógica capitalista, repercutiendo en el empeoramiento de las medidas de seguridad del servicio, de su control de calidad y de las condiciones laborales de sus trabajadores. Lo que está claro es que la maquinaria capitalista, pública o privada, da igual, no puede dejar de avanzar en su huida desesperada hacia adelante, exterminando todo lo que se le ponga en su camino.
Al Estado y a las empresas responsables del último accidente va a resultarles económicamente más rentable indemnizar económicamente a las familias de las víctimas que mejorar la seguridad de sus trenes, los cuales, como se ve en el acrónimo AVE (Alta Velocidad Española) aspiran a volar como si fueran aviones. Pero lo que está meridianamente claro es que la compensación económica no va a devolver la vida a los fallecidos, porque el dinero, ese dinero que se gana a la vez que el tiempo, porque son dos caras de la misma moneda, no nos devuelve la vida a los mortales, sino que nos la quita.



Esa foto (Juan Manuel de Prada):
ResponderEliminar"Ya sé que la foto no es posada; pero hay imágenes que llevan dentro una carga de dinamita tan feroz que no importa su intrahistoria. Muerte de un miliciano, la celebérrima fotografía de Robert Capa, fue repetida cien veces, con decenas de milicianos fingiendo ser alcanzados por un tiro mientras brincaban con ímpetu hacia una imaginaria posición enemiga; pero esa fotografía falsa se ha convertido en el emblema máximo de la Guerra Civil y nada nos importa que sea un montaje, porque el arte no tiene por qué atenerse a la realidad, puede falsificarla o inventarla para imponer otra realidad más verdadera. Y del mismo modo que la foto de Capa es el emblema máximo de nuestra Guerra Civil, la foto que hace unos días se divulgó, con un grupo de gerifaltes impostando un gesto de 'pesadumbre de Estado' en un andén, mientras al fondo un tren descarrilado parecía retorcerse en la agonía, es el emblema máximo del Régimen del 78 en su fase terminal. Si llego a viejo y tengo la oportunidad de escribir un esperpento sobre los estertores del Régimen del 78, al estilo de lo que Valle hizo con la 'corte de los milagros de Isabelona (no lo escribo todavía porque no quiero unas vacaciones a la sombra), pediré que ilustren la portada con esa fotografía impremeditadamente genial y demoledora, con algo de humorada macabra y algo de retablo de la farsa.
Impresiona esa falange de luto riguroso y fotogenia ensayada, figurones de mirada clínica y ceños de consternación hueca, baronaje periférico de perfil moderado y dolor comedido, ministrillas chonis aupadas sobre zapatos de cuña (como aupadas sobre una vanidad de baratillo) y ministrones mohínos porque no podrán gargajear en 'tuiter' mientras dure el luto, más el picoleto colado de rondón, como un guiño lorquiano (tienen, por eso no lloran, de plomo las calaveras), todos bajo el cielo berroqueño de Adamuz, con la nube de Dios pesando sobre sus conciencias en blanco, mientras el tren malherido da las últimas boqueadas al fondo, embarazado de muerte, como el emblema de una España monda y lironda como un esqueleto, la España que a los miembros del grupo les ha servido de pitanza, dejándolos a todos orondos de consensos, ahítos de constituciones que les trepan a la boca como un reflujo gástrico, todos juntos y arracimados, en comunión de intereses y en silencio unánime, un silencio como de moho o verdín creciendo sobre un cadáver.
Tal vez la foto no fuera posada. Pero hay en ella una fuerza alegórica que no se habría logrado si la hubiesen estado preparando durante meses; también una atmósfera tétrica, realzada por la luz solar, mucho más sobrecogedora que si hubiese sido tomada en un cementerio gótico una noche de truenos y relámpagos. Desconcierta que una fotografía así se colase en el reportaje oficial de la visita, denotando una magnífica desidia o una socarronería de colmillo retorcido. Esa foto es la necrológica más brillante del Régimen del 78 que uno imaginarse pueda".