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martes, 27 de enero de 2026

Lo de los trenes

    Antes de que se sepa la causa, si es que llega a saberse algún día, del accidente de los Trenes de Alta Velocidad del domingo 18 de los corrientes en Adamuz, descarrilando uno, invadiendo la vía contigua y chocando con otro que circulaba en sentido contrario, con su consiguiente número de muertos y heridos, a los que el Estado pretende homenajear con un funeral de Estado -laico, por supuesto, no faltaba más, ya que el Estado es la versión laica de Dios-  como hizo con las víctimas del virus coronado y con las de las inundaciones por las lluvias torrenciales de Valencia, conviene analizar el hecho en sí, que se debe a la necesidad del sistema de ir cada vez más raudo y veloz, a mayor velocidad so pretexto de “ganar tiempo”, cosa que no reporta ningún beneficio al pueblo llano, vamos a llamarlo así, más que el económico, porque “ganar tiempo” es ecuación de “ganar dinero”, dado que el tiempo, como se ve enseguida, es dinero y viceversa, un tiempo que incrementa la productividad laboral y que crea, al mismo tiempo, un ocio o tiempo vacío abocado a un consumo ya desenfrenado.
 
 
     El Tren de Alta Velocidad es un ejemplo de esa codicia de “ganar tiempo” que se traduce en ánimo de lucro dinerario, una ganancia de la que está excluida la gente corriente y moliente, y la gente que no vive en las grandes ciudades porque el susodicho no para en los pueblos, aunque pase por ellos a una velocidad vertiginosa. Estos trenes, so pretexto de acortar tiempos y distancias, matan el placer del viaje, que no consiste, como sabe el buen viajero, en llegar lo antes posible al destino, sino en disfrutar de su trayecto todo lo posible. 
 
    ¿Qué necesidad hay de ir tan deprisa? Para eso ya teníamos aquellos viejos expresos. Ya decía, creo recordar, la canción popular de finales de los años cincuenta del siglo pasado: Al compás del chacachá, / Del chacachá del tren / ¡Qué gusto da viajar / Cuando se va en exprés! Aquellos eran otros tiempos, y otros trenes. Los expresos realizaban pocas o casi ninguna parada entre las estaciones de origen y destino, a diferencia de los trenes locales de cercanías que paraban en todas las que había, y así minimizaban el tiempo que duraba el viaje limitando las paradas, no aumentando la velocidad. 
 

    Para que el bicharraco este pueda alcanzar las altas velocidades que persigue de trescientos y pico quilómetros por hora debe hacer pocas paradas, como los antiguos expresos,  los trazados ferroviarios tienen que ser prácticamente rectilíneos, lo que supone que haya que eliminar los accidentes orográficos arrasando allá por donde pasa con el atentado paisajístico que supone, por no hablar del consumo energético, la magnitud de la obra ferroviaria con el movimiento de tierras que conlleva y la peligrosidad de los accidentes. 
 
    Al ánimo de lucro, se une el hecho de que las medidas de seguridad pueden relajarse a menudo en aras de un mayor rendimiento económico, y más en un estado como el español, cuya red de alta velocidad es la segunda mayor del mundo.  «Sólo nos supera en quilómetros China», se jactaba no hace mucho el impresentable ministro del ramo. Al parecer el mantenimiento en buen estado de los tramos del trazado ferroviario de la alta velocidad cuesta sus muchos euros a los bolsillos de los contribuyentes, como dicen los políticos. Si se relajan dichos controles, aumentan las incidencias, como se ha visto a lo largo de estos últimos años, ocasionando infinidad de retrasos. Además, en algunos puntos complicados los trenes altavelocistas tienen que abandonar sus pretensiones para evitar accidentes, no pasando de los cien por hora. 
 

     Hay quien opina que la liberalización que se produjo en 2021 en la alta velocidad ferroviaria, que supuso la entrada de nuevos operadores,  ha agravado la situación haciendo que se redujeran más aún los costes para aumentar las ganancias de estos trenes entrenados, valga la redundancia etimológica, para volar, según la lógica capitalista, repercutiendo en el empeoramiento de las medidas de seguridad del servicio, de su control de calidad y de las condiciones laborales de sus trabajadores. Lo que está claro es que la maquinaria capitalista, pública o privada, da igual,  no puede dejar de avanzar en su huida desesperada hacia adelante, exterminando todo lo que se le ponga en su camino. 
 
    Al Estado y a las empresas responsables del último accidente va a resultarles económicamente más rentable indemnizar económicamente a las familias de las víctimas que mejorar la seguridad de sus trenes, los cuales, como se ve en el acrónimo AVE (Alta Velocidad Española) aspiran a volar como si fueran aviones. Pero lo que está meridianamente claro es que la compensación económica no va a devolver la vida a los fallecidos, porque el dinero, ese dinero que se gana a la vez que el tiempo, porque son dos caras de la misma moneda,  no nos devuelve la vida a los mortales, sino que nos la quita. 

sábado, 1 de febrero de 2025

Pareceres LXVII

326.- Tiempo libre. En la era digital en la que nos desenvolvemos, los teléfonos inteligentes nos mantienen constantemente conectados, es decir, amarrados al duro banco de una galera turquesca, que diría Góngora. Los correos electrónicos nos persiguen día y noche, y la línea divisoria entre la vida personal y la laboral, máxime con el advenimiento del teletrabajo, se ve cada vez más difuminada. El tiempo libre que se contrapone al tiempo de trabajo no es lo que su nombre indica, un tiempo libre del cómputo, sino un tiempo muerto en realidad. El capital ha encontrado dentro de la tercera y cuarta revolución industriales, con la digitalización y las inteligencias artificiales, nuevas formas de incrementar la servidumbre laboral. La diferencia que hay con épocas pasadas  es que hoy muchos trabajadores abrazan voluntariamente estas cadenas digitales, autoexplotándose a sí mismos, considerándose falsamente autónomos porque son sus propios jefes, olvidando que también son sus propios empleados, su amo y su esclavo. Por tanto, el verdadero desafío de nuestro tiempo es reconocer estas nuevas formas de explotación y restaurar el valor del tiempo libre y la liberación del tiempo. No se trata como predican los sindicatos apesebrados y verticales del Régimen de reducir la jornada laboral, sino de eliminarla definitivamente y acabar con el trabajo asalariado. George Gurdjieff solía comentar a sus alumnos, según cuenta Ouspensky, su discípulo más conspicuo, que el hombre no podrá escapar nunca de la prisión en la que vive si no se da cuenta de que está recluido en una prisión penitenciaria. Mientras no comprenda esto y crea que es libre, y que lleva viviendo en España, por ejemplo, si es el caso , cincuenta años de libertad, no podrá nunca liberarse. 

 
327.- Damos paso a la publicidad. A primera vista, parece que no hay nada malo en la publicidad, a juzgar por lo que sugiere la palabra. Parece que todo es positivo porque supone lo contrario de privacidad:, hacer público, o sea del común de la gente, algo que en principio era privado, es decir, reservado a unos pocos (referido a un producto de una empresa destinado a la compraventa y al consumo). Cuando vemos, además, que la publicidad lo invade todo, que ocupa las calles, que se mete contra nuestra voluntad en nuestros hogares por la televisión y la radio antes a todas horas, machaconamente, día y noche, y que se incrusta en nuestra vida privada por la Red ahora, ya vemos su auténtica y poco positiva cara. Recibimos al día cientos de miles de mensajes publicitarios no deseados, flechazos que nos dejan malheridos. Incluso en la Red, en cualquier página, se infiltra cada vez que entramos en ella la publicidad omnipresente. No se puede ver en la televisión una película sin cortes publicitarios. Se diría que interrumpen la publicidad para emitir unos instantes de programación y no al revés, porque lo que realmente estaba programado no era otra cosa que los espacios publicitarios que subvencionan el programa. Sobran los espacios publicitarios que cada vez acaparan más el ámbito de lo público y sólo dejan expresarse al dinero que los mueve, y faltan los espacios públicos. Pero ¿cómo sabríamos lo que nos gusta si no nos lo dictara la publicidad? 
 
328.- Indulto preventivo (preemptive pardon). El indulto es una figura jurídica que dispensa o conmuta la pena a una persona condenada por el sistema de justicia: es un oximoro, pues, utilizar el adjetivo preventivo para calificar al sustantivo indulto, porque se trata de una medida de gracia que se otorga antes de que se realice o concluya un proceso penal con una sentencia firme, por lo que se anticipa a la condena. En muchos sistemas jurídicos, el indulto o amnistía solo se concede a personas ya condenadas, por lo que se trata de una interferencia del poder ejecutivo en el judicial que atenta contra la separación de poderes, por lo que se hace un uso político para proteger a funcionarios o aliados del gobierno antes de que se enfrenten a posibles consecuencias penales. El caso que ha saltado a la actualidad es que el expresidente del gobierno americano ha otorgado, por ejemplo, el indulto preventivo a allegados y familiares para evitar que sean condenados si se les juzga y prueba su culpabilidad en el futuro. Es pues una medida política de gracia y un abuso de poder que pone de relieve que no todos somos iguales ante la ley, como se pretende, y que hay impunidad. Puede relacionarse este concepto con el de crimen preventivo, que castiga a alguien antes de que cometa un crimen, catalogándolo como criminal en potencia aristotélica, basándose en la presunción de que va a cometer un crimen en el futuro. Ambos conceptos, igual que el de guerra preventiva, plantean dilemas éticos, en un caso porque se perdona sin juicio y en el otro se castiga sin comisión efectiva del delito. 
 
 
 329.- “No tengo oxígeno”. El 28 de febrero de 2023 se produjo en el valle de Tempe, cerca de Larisa, en el norte de Grecia, un choque frontal de trenes en el que murieron 57 personas y decenas resultaron heridas, en su mayoría jóvenes estudiantes que viajaban de Atenas a Tesalónica después de la cuaresma de la iglesia ortodoxa griega. El tren de pasajeros en el que viajaban 350 personas chocó con un tren de carga que venía por la misma vía. El trágico accidente se achacó a un lamentable error humano, y los políticos decidieron pasar página rápidamente dejando el asunto en manos de la justicia. El accidente provocó numerosas protestas y una huelga general. Pero los familiares de las víctimas han sabido ahora que treinta de los muertos no fallecieron a causa de la colisión, sino carbonizados por el líquido inflamable que trasportaba el tren comercial. Δεν έχω οξυγόνο: "No tengo oxígeno" Esta es la dramática frase que quedó grabada la fatídica noche del accidente durante la transcripción de las llamadas realizadas por las víctimas al teléfono de urgencia. El audio muestra que la mitad de las víctimas mortales murieron no por la colisión de los trenes sino por la explosión que siguió, cuya causa sigue bajo investigación. 
 
"No tengo oxígeno" 
 
330.- Leyes draconianas. Plutarco nos cuenta que una de las primeras cosas que hizo Solón en Atenas fue derogar todas las leyes de Dracón por la dureza y magnitud desproporcionada de sus penas. Pues para casi todos los delitos había Dracón fijado una sola pena: la de muerte. Y así, cualquier delincuente, ya fuera reo de holgazanería o ladrón de poca monta sufría el mismo castigo que un asesino: pena capital. Por eso llegó a decirse que las leyes draconianas habían sido escritas con sangre y no con tinta. Cuando le preguntaron a Dracón,  por qué había decretado la pena de muerte para la mayoría de los delitos, respondió que consideraba los pequeños dignos de ella, y que para los más graves no conocía otra pena mayor, así que para todos: pena capital. Todas las leyes, sin embargo, tienen algo de draconianas en el sentido de crueles y desproporcionadas, dado que pretenden reparar castigando al culpable algo de por sí irreparable porque lo que ha sucedido no puede, ni siquiera Dios todopoderoso, deshacerlo. Es el problema de la justicia punitiva: castiga dando por sentado que puede repetirse el hecho para que el delincuente no vuelva a delinquir: por un perro que maté me llamaron mataperros. Por no recurrir a la paremia vasca, mucho más cruda y antropófaga: Haur bat jan nezan, haur jale deitha nentzan: 'Comí un niño, me llamaron comeniños'. Un hecho aislado se generaliza creando una reputación: qui semel est malus semper praesumitur malus: 'al que es malo una vez se le presume ya siempre malo'.