En España, las clases se reanudan tras las vacaciones de Navidad en la mayoría de las comunidades hoy miércoles 7 de enero de 2026, por lo que algunos niños, como los personajes de la viñeta de Gabriel Pérez-Juana, les han pedido a los Reyes Magos que les traigan el virus de la gripe para evitar la irremediable vuelta al cole:

¿Qué aprenden los niños en la escuela? Podríamos contestar a esta pregunta diciendo, como decía el otro, que básicamento cuentos y cuentas, y quedarnos tan anchos, lo que sería una respuesta seguramente cierta, pero no por ello verdadera.
Nos explicamos: Eso se enseña en la escuela, y eso las más de las veces se aprende, es cierto. Pero no es verdad que sólo se aprenda eso, porque es una verdad a medias. Y ya se sabe: las verdades a medias son también mentiras a medias, ya que les falta la otra mitad.
En la escuela se aprende algo más, mucho más importante que los cuentos y las cuentas, algo que se interioriza enseguida, muy pronto, desde los primeros años, y que se interioriza antes en la escuela que en el seno familiar, algo tan evidente que, precisamente por eso mismo, suele pasarnos desapercibido.
Podríamos decir, empleando una expresión que ha hecho fortuna entre los pedopsicagogos, algo que forma parte del currículo oculto.
Quizá algún lector podría, llegado a este punto, anticiparse a la respuesta y contestar que se aprende a obedecer el principio de autoridad indiscutible que representa el maestro de turno. Y es cierto, pero es algo muy trivial, y algo que no sólo se aprende en la escuela sino, antes, quizá, en la familia.
El aprendizaje del respeto y la obediencia debida a los mayores no es exclusivo de la escuela, aunque allí a la vez que el niño se adentra en sus primeras letras obedece también la voz del maestro que le grita que guarde silencio, o que no salga del patio del colegio cuando vaya al recreo. Es evidente que el niño aprende a obedecer en la escuela. Y este aprendizaje conlleva muchas veces la pérdida de la curiosidad innata en él...
Pero lo que se aprende en la escuela, lo que forma parte de ese currículo oculto que decíamos, lo que es tan evidente que, oh paradoja, por eso mismo no se ve y pasa casi completamente desapercibido, es la inculcación de la noción del tiempo por la vía de la sumisión efectiva a él de dos maneras:
1ª- Con la imposición del calendario escolar anual, que señala unas fechas lectivas y otras, las vacaciones, que no lo son, que determina también el principio y el fin de un curso escolar, dividiendo el tiempo en tiempo de ocio y tiempo de trabajo (algo que será vital, es decir, mortal de necesidad para el niño que será el futuro adulto), y con la imposición más concreta de la semana con sus días laborables y su fin de semana sabático: al niño se le está inculcando, semana tras semana, la institución artificial de la semana, que pasará a ser algo natural en él: es decir acabará viendo que una imposición social de un calendario escolar conlleva la futura sumisión a la semana laboral;
2ª- Con la imposición cotidiana del horario escolar aplicado a cada jornada; con los timbres de entrada y de salida, los horarios rígidos que establecen el comienzo de una clase o actividad a una determinada hora y el final de otra a otra hora, el tiempo de trabajo y de recreo.
Resulta curioso cómo los niños escolarizados antes de la edad obligatoria ya llaman trabajos a tareas tan sencillas y placenteras como colorear, dibujar, modelar con plastilina, o cosas por el estilo, familiarizándose ya de hecho con el futuro mundo laboral.
Una de las primeras cosas que aprenden los niños es a decir la hora que es. Es fundamental la lectura del reloj, saber la hora que es, pero más aún la sumisión al horario y al calendario escolar.
Dentro de la reificación o cosificación del tiempo a que estamos sometidos en el sistema educativo español, a imitación del norteamericano y otros europeos, se maneja la noción de Crédito universitario, palabra significativa donde las haya, tomada del ámbito de la economía de la banca, como equivalente za unas 25 ó 30 horas de trabajo total del estudiante, lo que incluye clases, estudio personal, prácticas y preparación de exámenes, siendo 25 horas el mínimo establecido por la normativa común europea y común,gracias a lo que el estudiante acredita sus horas de formación, es decir, las horas invertidas en a) Someterse al tiempo cronometrado del reloj y a la propia institución académica, y b) Hacer que hace algo provechoso en ese tiempo.
Contra esta nueva imposición del tiempo queremos levantar también nuestra protesta más enérgica.
La enseñanza inconsciente más importante de la escuela, desde nuestro punto de vista, es, pues, la inculcación de la noción del tiempo, de la división entre el tiempo de trabajo y el del ocio, entre la clase y el recreo.
Este aprendizaje, se argumentará, no forma parte del programa oficial de ningún curso específico. Es cierto, pero subyace a la programación de todos ellos: es la estructura profunda, digamos, de la institución escolar: es la primera lección que se aprende, es lo que hay detrás de cualquier programación: un intento de domesticación del tiempo, una imposición rítmica de un segmento de trabajo que se complementa con otro de ocio, que se contraponen y se complementan.
De esta manera se llena el vacío del tiempo: una carga lectiva y otra que no lo es, su descarga que posibilita una nueva carga: clase y recreo, negocio y ocio, Lunes y Domingo. Un tiempo de aburrimiento y otro de diversión que al final concluyen en lo mismo: del tiempo vacío que en principio podía servir para lo que fuera hemos pasado a un tiempo previamente destinado al trabajo y otro a la diversión.
Este trabajo no tendría por qué ser aburrido necesariamente, pero acabará resultándolo a pesar de que tanto el maestro como los discípulos pongan de su parte todo su empeño en que así no sea: es el resultado de la institución del tiempo.
Las actividades, en sí, son divertidas; el deseo de aprender y la curiosidad inicial del niño son ilimitadas. El tiempo de ocio, al estar previamente destinado a ello, programado, no resultará siempre divertido, a pesar de los esfuerzos del niño. Al final, uno y otro tiempo podrán resultar de una u otra forma o de las dos a la vez, indistintamente: es decir, será aburrido ir a clase aunque en algunos momentos haya destellos de diversión; y será divertido ir al recreo o ir a jugar, aunque en algunos momentos cunda el aburrimiento, como les sucede a veces a los niños en épocas de vacaciones cuando no saben qué hacer y, claro, se aburren. Son consecuencias de la división o especialización previa del tiempo. De esta manera el niño se somete al hombre y el hombre a la institución del Sábado.



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