Ha concluido el simulacro empalagoso de paz, amor y felicidad. Pueden regresar a sus hogares conduciendo con prudencia y cumpliendo con la normativa vigente que ha entrado en vigor con el año nuevo de llevar la baliza V-16 homologada por la DeGeTé, cuyo afán recaudatorio es proverbial, bajo sanción de 80 euros que irán a parar a las arcas del Estado y que se reduce graciosamente a la mitad si pagan el importe en el plazo volungatorio de veinte días naturales. (Pueden, ya saben, cometer infracciones de tráfico tales como exceso de velocidad, conducir bajo los efectos del alcohol y las drogas o no llevar puesto el cinturón de seguridad, pero si son sorprendidos in fraganti crimine serán multados y, en su caso, podrán perder los puntos del permiso que graciosamente se les concede para circular por las vías públicas ya sean automovilistas, peatones o ciclistas).
Congelen los langostinos sobrantes, si ha sobrado por ventura alguno, para las próximas celebraciones y futuras mariscadas, así como las no poco estúpidas sonrisas de condescendencia que exhiben ordinariamente para el año venidero.
Pueden ya insultar (o sea decir lo que piensan y sienten de verdad en su fuero interno) a sus familiares, vecinos, jefes, compañeros de trabajo y allegados, sin necesidad de desearles prosperidad y toda suerte de felicidades que compre el dinero. Pueden incluso desearles a algunas personas lo peor, que es que se cumplan todos sus sueños, para que de esa forma dejen de soñar.
A continuación, hagan el favor de disolverse pacíficamente hasta el próximo año recogiendo, si hacen el favor, los restos del botellón.
La
Dirección General de Salud Pública del Estado que vela por su seguridad y bienestar, por su parte, les alerta sobre las bajas temperaturas que marcan los termómetros durante estas señaladas fechas y les recomienda mucha precaución, que siempre es poca, ante las heladas y enfermedades
respiratorias invernales que pueden contraer pese a haberse si es el caso innecesariamente vacunado.
El Estado y el Capital (y de paso la Iglesia, institución ya algo trasnochada pero fundamental en la creación e institución histórica del evento mitológico que han celebrado) les agradecen su participación en el montaje navideño y en la celebración de estas entrañables festividades tradicionales, si prefieren la versión laica del asunto, y les desean un feliz y próspero año nuevo, que de nuevo no tendrá más que el número (pero eso ya lo irán descubriendo ustedes un poco más adelante), recordándoles que pronto comenzarán las rebajas de enero, en las que podrán seguir consumiendo y consumiéndose a precios asequibles.
Todos ustedes han podido comprobar que las fiestas navideñas, saturnales o del solsticio de invierno, si prefieren la definición alternativa, han sido la perfecta excusa para incrementar alrededor de pantagruélicas cenas y comilonas que se nos indigestan a todos y a todas el volumen de compraventa de artículos inútiles con nuestras tarjetas de débito y crédito, esos regalos convencionales que nos meten por los ojos en la cabeza los publicitarios a sueldo de las multinacionales, que ni siquiera salen de nuestro corazón sino de los reclamos propagandísticos que intercambiamos una vez al año para intentar olvidar nuestra frustración. Por eso estas festividades que ahora concluyen celebran el consumismo que nos consume a los consumidores empujados a consumir(nos).
Por otra parte, como habrán podido comprobar las almas piadosas que esperaban el Adv(enim)iento, ya ha pasado la fecha y no se ha producido el milagro en el mundo, así que tendrán que esperar un año más, otro año más, con la misma fe inquebrantable con que lo hacen desde hace dos mil años, que se dice pronto, la llegada del Redentor, el Salvador, el Amado, el Mesías, en suma, la venida de Aquel Que No Viene Nunca.

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