martes, 26 de octubre de 2021
'El Padre de los Santos'
lunes, 25 de octubre de 2021
Crisantemos para los muertos
El poeta Píndaro, muchos siglos antes de que llegara el crisantemo a la vieja Europa, ya cosechó el nombre: ἄνθεμα χρυσοῦ (ánthema chrusoú, flores de oro) en uno de sus epinicios olímpicos. Leemos así en la traducción de Gredos de Alfonso Ortega de la Olímpica segunda: "...Allí con sus soplos / las brisas oceánicas envuelven la Isla / de los Bienaventurados; y flores de oro relucen, / unas de la tierra, nacidas de fúlgidos árboles, / y otras el agua las cría, / con cuyas guirnaldas enlazan sus manos y trenzan coronas".
domingo, 24 de octubre de 2021
La ponzoña del embuste
Ya una vieja fábula de Esopo, conocida como Hermes y los artesanos, la número 103 en la edición de Perry y la 111 en la de Chambry, nos habla de cómo Zeus, el dios supremo que era en un panteón politeísta jerárquico que prefigura ya el futuro monoteísmo triunfante judeocristiano y musulmán, ordena a Hermes, el Mercurio de los romanos, dios de los comerciantes y príncipe de los ladrones, a los que de alguna forma equipara bajo su patrocinio, que infunda a todos los artesanos (τεχνῖται techníitai dice en griego, o sea, los que aplican la τέχνη téchnee la técnica o el arte a la fabricación de cosas) la ponzoña del embuste, lo que en griego se dice ψεύδους φάρμακον (pseúdous fármakon, es decir el fármaco de lo pseudo- o falso, o el virus de lo fake, en la lengua del Imperio).
Hermes, hijo de Zeus y de la ninfa Maya, es un dios en principio ajeno al Olimpo, que nació en una cueva del monte Cileno, de donde le viene el sobrenombre de Cilenio.
Mercurio alado con caduceo y bolsa de dinero ¿Iacopo Zucchi/Lodovico Buti?, ca. 1572
Hermes niño robó a su hermano Apolo, que guardaba como pastor el ganado de Admeto, parte de su rebaño aprovechando el descuido de este, que estaba más atento a sus amores que al ganado. La propiedad es un robo, como sentenció Proudhon. Hermes no la destruye robándola sino que se apropia de ella. Lleva las reses a través de toda Grecia sin dejar huellas de su paso. Astuto como era, se las había ingeniado amarrando una rama a la cola de cada animal para borrar su rastro. Cuando estuvo seguro, sacrificó dos de los animales robados, dividiéndolos en doce partes: una para cada uno de los doce dioses inmortales, a fin de congraciárselos.
Apolo buscaba furioso su rebaño extraviado por todas partes. Zeus ordenó a Hermes que le devolviese el rebaño a Apolo. Hermes, entre tanto, había fabricado con el caparazón de una tortuga y los intestinos tesados de los bueyes sacrificados el primer instrumento musical de cuerda: la lira de Hermes. La lira es, por lo tanto, un objeto técnico que convierte a su fabricante en τεχνίτης (techníitees), es decir, en artesano. Sumaba así Hermes a su incipiente condición de ladrón la de artesano.
La furia de Apolo, que había visto la lira de Hermes y oído su melodía, desapareció por completo como por arte de encantamiento. Seducido por las notas musicales, como los marineros cuando escuchaban los cánticos de las Sirenas, ofreció a su hermano cambiar su ganado por la lira, a lo que Hermes accedió gustoso, estableciéndose así la primitiva forma de intercambio comercial y transacción de propiedades que es el trueque, no mediada todavía por la aparición del dinero.
Volviendo a la fábula esópica, Hermes hizo lo que Zeus le mandó, preparó la poción y la distribuyó en partes iguales entre todos los gremios, aunque la parte que le sobraba al final, que no era poca, se la echó toda a los zapateros, que serían según la fábula los más embusteros de todos los comerciantes, sin que sepamos muy bien a qué se debe esta tirria en particular a ese gremio. ¿Será por la dificultad de que el calzado se ahorme al pie y sea el pie el que deba ahormarse al calzado? Algunos refranes castellanos aluden también a la condición embustera de los zapateros, que eran poco de fiar: Un sastre, un barbero y un zapatero, tres personas distintas y ninguno es verdadero; y Cazadores, sastres y zapateros los más embusteros. Desde entonces, concluye la moraleja de la fábula, todos los artesanos, y en esta denominación hay que incluir a los comerciantes, son falsarios, lo que en griego se dice “pseudólogos”.
Hemos visto, pues, cómo Hermes suma, a la condición de astuto ladrón que robó el ganado que cuidaba su hermano y a la de ingenioso artesano que inventó la lira, la de comerciante, que trocó el instrumento que había fabricado por el ganado que había robado, legitimando así la propiedad, es decir, el robo. Nadie, pues, más indicado que él para distribuir el fármaco de la falsedad entre los fabricantes y los mercaderes, y convertirse en el moderno dios y símbolo del comercio.
sábado, 23 de octubre de 2021
Ultimísimas noticias
viernes, 22 de octubre de 2021
Cuatro días santanderinos
El Ejército de Tierra, el Clúster(*) de la Industria de Defensa(**) de Cantabria de reciente creación, el Comité Olímpico Español, y el Ayuntamiento de Santander, faltaría más, organizan de cara al verano del año que viene lo que han denominado en la lengua del Imperio Santander Four Days, o sea Cuatro Días Santanderinos, cuatro jornadas de confraternización cívico-militar (nótese, entre paréntesis, la contradictio in terminis que supone juntar los adjetivos “cívico-militar”, una contradicción que quiere pasar desapercibida cuando justamente de lo que se trata, como veremos, es de aunar ambos términos no en el sentido de civilizar lo militar desmilitarizando la sociedad sino en el de militar lo civil hasta confundirlo en una sola y misma argamasa), ahora que comienza a hablarse de la necesidad de creación de un ejército europeo en que se integraría el 'soldadito español, soldadito valiente' del pasodoble.
Serán 4 días de marchas por los alrededores y la propia ciudad de Santander, la 'novia del mar' según el empalagoso bolero de Jorge Sepúlveda, en los que marcharán -quedaría muy mal decir 'desfilarán'- conjuntamente al unísono civiles y militares, no sólo españoles, sino también de toda Europa -de ahí suponemos el reclamo del nombre de las jornadas en la lengua del Imperio- para confraternizar, y, por un lado, proyectar una buena imagen del ejército como si fuera un convento de hermanitas solidarias de la caridad con un par de pistolas al cinto por si acaso, y de penetrar en la sociedad civil por el otro lado, promoviendo la adhesión de esta a los valores militares y nacionalistas supranacionales que amplían el concepto de “estado-nación” al marco de la Unión Europea y la necesidad apuntada de creación de un ejército paneuropeo.
He aquí la propaganda del evento: Cuatro días. Cuatro marchas. Un objetivo: caminar juntos. Por primera vez en España un evento único al alcance de todo el mundo. Mirándonos en el espejo de las grandes marchas cívico-militares de Europa que cada año reunen a miles de marchadores, nace 'Santander four days', un evento al aire libre, no competitivo, que fomenta valores (ESFUERZO, RESPETO, AMISTAD, SOSTENIBILIDAD). Cuatro días para convivir y compartir experiencias. Un evento social, deportivo, cultural, turístico y festivo de alcance internacional en un marco inigualable: Santander y su bahía. Cuatro etapas que discurrirán por la Costa Quebrada, Peña Cabarga, el arco sur de la bahía, y las calles de la ciudad con recorridos adaptados a todo tipo de participantes, desde personas con discapacidad o que se conformen con disfrutar del ambiente, el paisaje y la experiencia, hasta los que quieran ponerse a prueba en las condiciones más exigentes.
Marchadores civiles y militares se dan la mano.
Marchadores civiles y militares de diferentes países compartiendo esfuerzos y fomentando el espíritu de convivencia y los valores comunes. Un evento sostenible que contribuirá al cumplimiento de los objetivos de desarrollo para transformar el mundo (3: SALUD Y BIENESTAR; 5: IGUALDAD DE GÉNERO; 11: CIUDADES Y COMUNIDADES SOSTENIBLES; 12: PRODUCCIÓN Y CONSUMO RESPONSABLES; 13: ACCIÓN POR EL CLIMA; 15: VIDA DE ECOSISTEMAS TERRESTRES), organizado por el Clúster de Industria de Defensa en colaboración con el Ayuntamiento de Santander, el Ejército de Tierra y el Comité Olímpico Español. El éxito está asegurado. Solo nos falta contar con tu participación. ¿Te apuntas? Serán cuatro días inolvidables. Ponte en marcha hacia Santander. Te esperamos.
Todo ello bajo un policromado anagrama, un pin multicolor que lucen autoridades y políticos en sus solapas, que recuerda su compromiso de cumplir los Objetivos de Desarrollo Sostenibles de Naciones Unidas para mejorar la vida de los habitantes de la Tierra (sic, literal). Objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas (ODS), concretamente de la Agenda 2030 de la ONU. Hay 17 colores porque hay 17 objetivos que se han marcado a nivel internacional para el año 2030, especialmente destacables el 1: Fin de la pobreza (acabando con los pobres) y el 2: Hambre cero (que nadie se muera de hambre, sino de asco, aburrimiento y virus cronado). Todos ellos muy loables, tanto como las buenas intenciones de las que está empedrado el suelo del infierno.
Uno no puede dejar de mostrar su preocupación por la organización de estas iniciativas o 'eventos', como prefieren sus organizadores, y preocupación por tan complaciente consenso como hay a la hora de mirar para otro lado ante el problema que supone para las exiguas arcas del Estado el incremento del gasto militar, que es por otra parte cada vez mayor y deliberadamente opaco, y, lo que es más preocupante, la creciente militarización de la sociedad civil a la que venimos asistiendo. Durante el año pasado y el presente, en efecto, la estrategia, nunca mejor empleada esta palabra que nos viene precisamente del ámbito militar, de legitimación del militarismo ha crecido. Recordemos cómo desde la declaración de la pandemia nos han metido al ejército hasta en la sopa: desde el Jefe aquél del Estado Mayor uniformado y condecorado que predicaba por la televisión que estábamos en guerra contra un enemigo muy peligroso como era el virus, y que todos éramos soldados en esa guerra -se le olvidó decir “civil”- y exaltaba las virtudes militares, hasta los propios soldados desinfectando calles y residencias de ancianos y patrullando por las ciudades como hemos visto, y los rastreadores militares, por no hablar del resto de las fuerzas armadas que, pese a que luego se hayan declarado anticonstitucionales los estados de alarma que decretó el gobierno, han perseguido, multado y acosado a todos aquellos que se saltaban los protocolos ilegales. También hemos visto, de la mano de aquello, cómo se incrementaban las políticas de control social que ya se venían practicando, quizás mas tímidamente, encontrándonos ante la paradoja de que nos venden la sensación de libertad cuando nos hallamos ante un sometimiento mayor al control y a la vigilancia en este nuevo feudalismo tecnológico.
*Este anglicismo, totalmente innecesario y aceptado internacionalmente, vale sin embargo tanto para un roto como para un descosido. A propósito del virus coronado se habló de clústeres con el sentido de “brotes”; aquí parece que se utiliza como sinónimo de “agrupación”, “conjunto”, “conglomerado”, “agrupamiento” o simplemente “grupo”.
**Según informan en su página electrónica “El Clúster de la Industria de Defensa (CID) es una iniciativa pionera en España, nacida formalmente el 10 de julio de 2019, coincidiendo con el 920 aniversario del fallecimiento de El Cid (10 de julio de 1099)”. Nótese la coincidencia entre el acrónimo CID y el apodo de origen árabe de Rodrigo Díaz de Vivar, alias el Cid campeador. Según allí se lee: El CID se caracteriza por la diversidad de las empresas, entidades e instituciones que lo conforman, de diferentes tamaños y distintas áreas de actividad (...) Algunos de los grupos trabajan en la puesta en marcha y el desarrollo de proyectos de I+D+i acogiéndose a los fondos que la Unión Europea va a destinar en el período 2021-2027 para el desarrollo de sistemas que contribuyan a fortalecer las base tecnológica e industrial de la defensa común. Otros centran su trabajo en aspectos complementarios de interés común para las entidades y empresa asociadas (subrayado mío).
jueves, 21 de octubre de 2021
La historiografía como género literario
Los vencidos no podían haberla escrito porque habían sido derrotados, sencillamente, y la inmensa mayoría yacía bajo tierra. Y César, el vencedor, la escribe con el fin de justificar la guerra que emprendió, para lo que utiliza algunos insidiosos recursos como hablar de sí mismo en tercera persona, como si el narrador fuera distinto del protagonista principal de su informe. El sujeto gramatical de la mayoría de sus comentarios es él mismo: César, pero nunca utiliza la primera persona del singular para referirse a sí mismo, sino siempre la tercera, que no es ni la del hablante ni la del oyente, sino la que despersonaliza a los interlocutores convirtiéndolos en cosas o temas de conversación, es decir, alejándolos de las personas gramaticales, como si estuviera hablando objetivamente de alguien ajeno a él, igual que haría un supuesto historiador neutral, si lo hubiese, que no formara parte de ninguno de los dos bandos en liza o que no tomara partido, lo que en rigor es imposible, por unos u otros, por los romanos o por los helvecios, que, constreñidos por la naturaleza del lugar donde vivían, habían decidido huir de sus valles y montañas y embarcarse en una gran migración en busca de mejores pastos y más benignos horizontes siguiendo el consejo de Orgetórige.
No es difícil hacer el recuento de víctimas: aproximadamente dejaron detrás doscientos cincuenta y ocho mil cadáveres, algo más de las dos terceras partes de la población. Los helvecios, derrotados y obligados a volver, habían entrado en el libro de la Historia Universal por la puerta grande. Así es como se escribe la Historia. Con tinta y sangre, que viene a ser lo mismo.
Repárese en la contradicción lógica existente en los términos “hechos presentes y futuros”, porque si son presentes no son hechos dado que no se han cumplido todavía, sino que se están haciendo en todo caso, y si son futuros no han pasado todavía ya que si son hechos son, por definición, pretéritos y no pueden ser presentes ni futuros, por lo que lo pasado “pasado está”, como la gente dice. La historia, en definitiva, es un intento de dotarle a la vida de un sentido, del que lógicamente carece.
Así lo vieron los clásicos griegos y romanos, que situaron la historiografía como un género literario comparable con la moderna novela, el género prosaico por excelencia, inspirado por la musa Clío, la grandilocuente, la mentirosa. Si te cuento la historia, convierto la historia en un cuento.
miércoles, 20 de octubre de 2021
'El Triunfo de la Muerte' de Pencz
El Triunfo de la Muerte, Georg Penz (1539)
Lo que pretende la estampa de Georg Pencz titulada El Triunfo de la Muerte es inculcarnos la idea de que todos vamos a morir, de que hemos de morir y, por lo tanto, morir hemos: moriremos, y a quí no se salva ni Dios. Es un claro memento mori o recordatorio de nuestra condición mortal, por si se nos había olvidado nuestro destino y en lugar de vivir aterrorizados a la sombra perniciosa de la idea de la muerte, falsa como todas las ideas pero real, nos habíamos descuidado un poco y dedicado a vivir sin saber muy bien tampoco en qué consiste la vida.
La palabra "triunfo" en el título del grabado es una clara referencia a la ceremonia de entrada solemne en la ciudad de un general vencedor con una corona de laurel en la frente, símbolo de la victoria, en un carro tirado por cuatro caballos, llevando delante de él el botín, y detrás una selección de sus tropas en un desfile que iba hasta el templo de Júpiter en el Capitolio. Pero no estamos aquí ante un desfile pacífico para conmemorar una victoria después de una gran batalla, sino ante la mismísima batalla en la que un esqueleto, que simboliza a la Muerte, blande la guadaña con la que siega las vidas de todos los que encuentra a su paso. Que la Muerte esgrima una guadaña es herencia de la iconografía de Saturno, el viejo dios agrícola romano, confundido desde muy pronto con el tiempo cronometrado. Y que el Tiempo sea una epifanía de la Muerte no debería extrañarnos.
El esqueleto parece sonreír llevándose por delante los cadáveres de todos los estamentos de la sociedad, incluida la corona real y la tiara de un papa, atropellados bajo las ruedas de su carro tirado por dos siniestros y no precisamente muy pacíficos bueyes.
Al
fondo del grabado está implícito el Juicio Final y la moral del premio y el castigo que quiere inculcarnos: se abren dos
planos que anuncian el destino de los hombres después de la muerte,
y del Juicio Final que condena a unos y regala a otros con la vida
eterna. A la derecha, y entre llamas, la boca de Leviatán, que es la mismísima puerta de los infiernos, a la que
entran irremisiblemente las almas de los condenados tras atravesar la laguna
estigia en la barca de Caronte. A la izquierda,
las almas salvadas ascendiendo hacia la luz del Empíreo para llegar a la fuente
de la vida, a la inmortalidad.
En el pie del grabado aparecen dos versos latinos: un hexámetro tomado del poema astronómico de Manilio nascentes morimur, finisque ab origine pendet (Astronomicon IV 16) y un pentámetro tomado de una elegía de Propercio longius aut propius mors sua quemque manet.(II, 28, verso 58). Con ambos se forma un dístico elegíaco híbrido, que podemos traducir rítmicamente así: Cuando nacemos morimos, y el fin corresponde al inicio; / tarde o temprano a su vez va cada cual a morir.
martes, 19 de octubre de 2021
Vencedores y vencidos: una lección de historia.
«(…) la creencia de que las causas que triunfan tendrían que ser las únicas de interés para los historiadores conduce, como James Joll observó recientemente, al menosprecio de muchos aspectos del pasado que son estimables y tienen interés, y reduce nuestra visión del mundo.»
lunes, 18 de octubre de 2021
El precio justo
El recurso que hacen los comerciantes y mercachifles de poca monta
del engaño y la falsedad para vendernos sus mercancías, a las que
previamente ponen un precio que deben justificar, recorre como un
verdadero leit-motiv toda la literatura antigua. Y es que las cosas
tienen siempre el valor que queramos darles para su uso, pero el
precio que se les pone para su comercio nunca es, como en el infame concurso televisivo, un precio justo. Para
justipreciar hay que mentir necesariamente. No hay ningún precio justo. Recordemos, a este propósito además, aquello que don Antonio Machado dijo tan bien en pocas palabras: "Todo necio confunde valor y precio".
Frente a la costumbre occidental del precio fijo, que nunca es tal, pese a su nombre, sujeto como está según la disposición y demanda del producto a subidas y bajadas, la costumbre oriental del regateo en que se debate el precio parece un poco más sensata. El comprador y el vendedor discuten el precio hasta llegar a un acuerdo satisfactorio para ambos, lo que no anula tampoco la noción de que el producto tiene un precio, es decir un valor de cambio medido por el dinero en términos cuantitativos, al margen de su valor de uso.
Según el tetimonio que Platón le hace decir a Sócrates en el Protágoras, el sofista o intelectual, que hace publicidad y venta de bienes inmateriales como son sus conocimientos, haciendo de ellos también un comercio para el alma, se comporta igual que cualquier comerciante o mercachifle, a diferencia del propio Sócrates que no cobraba por sus enseñanzas. Tanto los comerciantes como los intelectuales que comercian con la cultura y las obras de arte engañan a la contraparte comercial gracias al elogio desmesurado de lo que venden para justificar el precio que le ponen.
Oigamos a Sócrates (313 c-e): “De modo que, amigo, cuidemos de que no nos engañe el sofista con sus elogios de lo que vende, como el traficante y el tendero con respecto al alimento del cuerpo. Pues tampoco ellos saben, de las mercancías que traen ellos mismos, lo que es bueno o nocivo para el cuerpo, pero las alaban al venderlas; y lo mismo los que se las compran, a no ser que uno sea un maestro de gimnasia o un médico. Así también, los que introducen sus enseñanzas por las ciudades para venderlas al por mayor o al por menor a quien lo desee, elogian todo lo que venden; y seguramente algunos también desconocerán, de lo que venden, lo que es bueno o nocivo para el alma. Y del mismo modo también los que las compran, a no ser que por casualidad se encuentre por allí un médico del alma”.
La publicidad, siempre engañosa, es el instrumento que en primer lugar crea la apetencia de una cosa, lo que a menudo se ha llamado la “necesidad”, es decir, la creencia de que esa cosa es necesaria o conveniente, y, en segundo lugar, la propaganda persuade al comprador de que el valor de esa cosa se corresponde con el precio con el que se ha tasado, incitándole a participar en el proceso de compraventa. La publicidad era, entonces como hoy, el medio empleado para atraer a la gente a la compraventa. Pero no sólo eran los bienes materiales de consumo como el pan y el vino los objetos de la publicidad, como queda dicho, sino que también la cultura, sólo aparentementre extraña a la lógica del mercado, era un bien vendible, sin que los que comercian con ella sepan si es buena o mala, pese a lo mucho que la elogian.
Igualmente sucede en nuestros días con la salud y con los medicamentos que supuestamente la procuran. Los fabricantes y expendedores deben engañarnos para que procedamos al consumo de los productos diciéndonos que son buenos y saludables, lo que se consigue a veces repitiendo una y mil veces una consigna, que suele ser mentira. La mentira, mil veces repetida, suena a verdadera. Se nos asegura, por ejemplo, que un fármaco es seguro, cuando no se sabe a ciencia cierta que lo sea. Nos repite por todos los medios a su alcance, que no son pocos, que un medicamento o una vacuna no tiene efectos secundarios especialmente preocupantes a corto, medio y largo plazo cuando no se ha experimentado nunca antes.
Lo triste de todo es que muchos de los que se dedican a vendernos el producto elogiando su bondad, como le dice el bueno de Sócrates a su interlocutor, desconocen lo que es nocivo tanto para el cuerpo como para el alma. Igual que nosotros, los compradores que, como dice la voz popular, “hemos sido engañados”.







