martes, 24 de septiembre de 2024

Crematofobia (I)

    Todas las fobias que padecemos podrían reducirse a una sola: el miedo que infunde la propia muerte. Todas son variaciones del miedo fundamental, la tanatofobia que subyace por debajo de todos y cada uno de nuestros múltiples temores. 
 
    Preguntado ChatGPT sobre cuántas fobias existen, responde que no hay un número determinado en la literatura científica, ya que en teoría podrían desarrollarse infinitas. En la práctica clínica se han llegado a registrar, sin embargo, al menos 500 fobias con nombres específicos, pero el repertorio varía según la fuente y los criterios de clasificación.
 
        A todas las fobias se les antepone el nombre griego de la cosa que las causa, como hemos hecho antes con la muerte -thánatos, que es esencial a todas-, para que suene a culto y no se entienda bien lo que hay por debajo y lo que todas y cada una de ellas tienen en común.
 
 
 
    Una de las últimas de que tengo noticia es la crematofobia, que no tiene nada que ver, como pudiera parecer a simple vista, con los hornos crematorios ni con la cremación, sino, como vamos a ver enseguida, con el vil metal de los dineros. También se la llama crometofobia. Me sorprende la doble denominación, que achaco a la confusión vocálica que nos llega al castellano por la vía anglosajona del helenismo. 
  
    El nombre apropiado de los dos es crematofobia, compuesto derivado del griego χρῆμα χρήματος (chrēma chrēmatos), que significa 'dinero', como por ejemplo en crematístico, lo relativo al interés pecuniario de un negocio, y en crematística, que era el nombre antiguo de la economía, y de φόβος (phóbos), sufijo que quiere decir 'miedo' o 'temor'. 
 
    Se lo hago notar a ChatGPT y me da las gracias por la corrección, y reconoce que la forma *crometofobia es incorrecta desde el punto de vista etimológico, ya que no deriva de chrēmatos, confusión que se debe, según él, a la similitud fonética. Se confunde, además, con cromatofobia, que es la fobia al colorido cromatismo.
 
 
 
     El caso es que por lo que veo en la Red esta fobia suele definirse como "miedo a gastar dinero" y como “la ansiedad que produce tener poco dinero”. No sé si son el mismo miedo o son dos distintos el miedo a gastar lo que se tiene, sea poco o mucho, y el miedo a no tener nada que gastar. 
 
    En el segundo caso, los expertos nos alertan de que 'la ansiedad generada por tener poco dinero puede acabar impactando seriamente' en nuestra salud, provocándonos estrés financiero: depresión, problemas de sueño, aumento de la presión arterial,  u obesidad mórbida entre otras afecciones. 
 
 
 
    La manera de superar la crematofobia sería, según los terapeutas, modificar nuestra relación con el dinero. Pero ¿cómo podemos redefinir (sic) nuestra relación con el dinero, que es lo que a nosotros nos define, sin que peligre nuestra propia identidad personal, habida cuenta de que el dinero es lo que nos confiere entidad a cosas y personas?   

lunes, 23 de septiembre de 2024

De-Formación Profesional

   La visita de la Reina a Cantabria el pasado 18 de septiembre para inaugurar el curso escolar 2024-2025 de Formación Profesional en un IES de la comunidad, acompañada de la presidenta de la taifa cántabra y de la ministra de Educación, Formación Profesional y Deportes, Pilar Alegría, me trajo a la memoria el artículo que publicó su ilustre predecesora Isabel Celaá el 29 de agosto de 2019 en el BOE que es el Periódico Global, alias El País, titulado "Una FP contemporánea del futuro". 


    Lo primero que me llamó la atención y que hasta entonces me había pasado desapercibido, era el nombre del Ministerio que  ya no era de Educación y Ciencia, como antaño, o Educación y Descanso como recuerdo que se llamó alguna vez en la oprobiosa dictadura, sino Educación y Formación Profesional (y Deportes), como si la categoría de la efepé no estuviera incluida, como antes, en la de Educación y fuera algo completamente distinto y ajeno, como parece que es también la Cultura, desgajada en otro ministerio. ¿No debería depender la efepé en todo caso del Ministerio de Trabajo y de las propias empresas?

    Citaba Isabel Celaá al arquitecto futurista César Manrique que se consideró a sí mismo un “contemporáneo del futuro”, sea esto lo que sea y signifique lo que signifique, que yo no lo sé ni quiero saberlo, para, acto seguido, afirmar solemnemente: “Ese futuro es nuestro presente”. 

    Después de elogiar lo mucho que había avanzado la ciencia, que era una barbaridad, y la irrupción disruptiva de las nuevas tecnologías en nuestras vidas, anunciaba, visionaria ella como la sibila de Cumas, “transformaciones organizativas y pedagógicas en todas las etapas y enseñanzas, desde la educación infantil hasta la Formación Profesional (las mayúsculas honoríficas son suyas, así como la minúscula siguiente) o el bachillerato”. 

    Y tras su apuesta decidida por la efepé se despachaba con la siguiente afirmación: “Estimaciones de la OCDE nos indican que la robotización podría llegar a afectar al 52% del empleo en España.” ¿Cómo interpretar esto? Entiendo que el verbo “afectar” es aquí sinónimo de “hacer desaparecer”. Si los robots pueden realizar la mitad de los trabajos que hacemos las personas, bienvenidos sean, que trabajen ellos. Así lo entiendo yo. ¿Por qué no celebramos esta liberación del yugo del trabajo, esta conquista del ocio y el tiempo libre, y en suma de la libertad? Si se pierden un 52% de los empleos en España, ¿por qué no repartimos el 48% restante entre quienes quieran desempeñar algún trabajillo, acortando la jornada laboral de todos los trabajadores a un par, como mucho, de horas diarias por ejemplo? Esa sería una óptima reforma laboral que ni aquella ministra en funciones ni esta otra a la que acompañaba ahora la Reina y embajadora de la moda española cual maniquí florero por el ancho mundo iban a emprender. El problema no es el fin del trabajo, sino el trabajo mismo.
 
 
    Su Señoría, sin embargo, apostaba por fomentar la (de)formación profesional, y celebraba que ya atraía más ofertas de trabajo que la universidad, por eso se empeñaba en la “detección de necesidades del mercado laboral, el diseño de nuevas titulaciones de FP y la actualización de las existentes”, y anunciaba -¡toma ya!- quince “nuevas ofertas formativas asociadas a la economía digital”.
 
    Siguiendo con su talante visionario de astróloga trasnochada quería crear “en cinco años, de entre 250.000 y 300.000 nuevas plazas de una FP moderna y dinámica, capaz de adaptarse a los cambios productivos y tecnológicos”, que suena como aquella vieja cantilena de los ochocientos  (o) mil nuevos puestos de trabajo... bajo las farolas de las esquinas. La razón sigue siendo el maldito futuro: en 2025, y ya falta poco,  “la mitad de los empleos ofertados en España corresponderán a cualificaciones que requerirán un título de FP media o superior y, a día de hoy, solo tenemos un 25% de profesionales con estos niveles de cualificación”. 
  
    Acababa aquel artículo, que ahora desempolvo porque de aquellos polvos vinieron estos lodos, haciendo las siguientes afirmaciones gratuitas y harto discutibles: 
-“Hoy, la FP compite con éxito y dibuja un futuro de prestigio”. ¿Con quién compite, señora ministra, si no es con el no mencionado bachillerato y con la universidad, como si el objetivo de estos competidores fuera el mercado laboral y no la formación intelectual, artística, creativa, crítica y humana? Aunque no lo reconozca explícitamente, Su Señoría es una seguidora incondicional de Bryan Caplan y de impartir “habilidades laborales específicas” para el desempeño de una profesión. Su silencio sobre el bachillerato y la formación universitaria de índole humanística es muy elocuente y significativo de su desprecio, por la misma razón, porque no preparan para la inserción en el mercado del trabajo y sus demandas de futuro. Lo que quiere su gobierno -todos los gobiernos-, reconózcalo ya y deje de vendernos la burra de la efepé, es trabajadores especializados y sumisos, por eso fomentan la efepé en cualquiera de sus modalidades y en detrimento de las llamadas humanidades. 

-Las altísimas tasas de empleabilidad e inserción laboral atestiguan que es una formación de primera calidad”.
La empleabilidad e inserción laboral no son testimonio de que la formación que se imparte sea de primera calidad, porque puede ser pésima -no voy a decir que lo sea, voy a ser generoso, sino que puede serlo... en el futuro- y tener unas “altísimas tasas de empleabilidad e inserción laboral” porque es lo único que hay. A Su Señoría sólo le interesa la inserción en el mundo del trabajo o mejor y más propiamente dicho en el mercado laboral. 

-“Y es un derecho de ciudadanía al que ni empresas ni trabajadores pueden renunciar y que como país debemos colocar como la piedra de clave de un sistema educativo moderno”.
Aquí se ve claramente que Su Señoría considera la efepé, que ella escribe siempre FP con mayúsculas honoríficas como corresponde a los acrónimos,  como la “piedra de clave”, que, como se sabe, es el elemento constructivo que remata el arco o la bóveda en su centro, pieza clave sin la que se desmoronaría la estructura toda “de un sistema educativo moderno”. Resulta ahora que la efepé es la piedra angular de la educación y por lo tanto de su ministerio: es decir que el Estado nos educa para emplearnos, es decir, para utilizarnos e insertarnos en el mercado laboral única y exclusivamente, es decir, para convertirnos en modernos esclavos asalariados, dóciles contribuyentes y votantes. 

 -Por eso, estamos todos convocados a impulsarla, porque el futuro solo será gobernable si convertimos los grandes desafíos del presente en oportunidades de construir un futuro más justo”.
¿A quién apunta lo de “impulsarla”? Lógicamente, a la efepé. Lo mejor de la frase es la convocatoria a todos y la repetición de la palabra futuro que hace la señora ministra, no poco futuróloga ella: el futuro sólo será gobernable -¿qué querrá decir esto?- si convertimos los grandes desafíos del presente... en oportunidades de construir un futuro más justo. En resumidas cuentas: gobernaremos en el futuro si ajustamos el presente a las necesidades del futuro, es decir, si seguimos gobernando ahora mismo nosotros que somos “contemporáneos del futuro”, es decir, contemporizamos no con el día de hoy, que es el único que hay, sino con el incierto día de un mañana que está siempre por venir y no acaba nunca de llegar. Mañana es siempre pasado mañana.

domingo, 22 de septiembre de 2024

Identidad nacional y personal

    Un histórico líder sindicalista y socialista que fuera secretario general de la Unión General de Trabajadores durante más de veinte años (1994-2016) aboga por recuperar el servicio militar obligatorio en España, la vieja mili, como una manera de “repasar los rasgos que nos unen” a todos los españoles, ya que se "se está deshilachando la identidad nacional". 
 


    Llama mi atención enseguida el uso de dos metáforas costureras: el deshilachamiento de la identidad nacional, y la necesidad de repasarla, en el sentido de recoser o remendar la ropa que lo necesita, zurciéndola.  En una entrevista concedida a la prensa a raíz de la publicación de su ensayo titulado “Por una nueva conciencia social” (Deusto, 2024), decía literalmente: "Defiendo la recuperación de la mili; una mili diferente de la de mi época, de unos meses y que evidentemente sea paritaria". Con lo de 'paritaria' supongo que se refiere a que no discrimine a las mujeres, es decir, que sea obligatoria para los varones, como lo era antaño, y para las féminas. Ahí tenemos a la princesa dando ejemplo y formándose militarmente en ardor guerrero para ser la futura jefa del Estado.
 
    Habría que especificar también que, como contempla la constitución española, se reconozca el derecho a la objeción de conciencia, y por lo tanto aquellos españoles que se declaren objetores no podrán ser obligados a empuñar las armas, aunque podrán desempeñar un servicio social alternativo que sirva también para recoser nuestra deshilachada identidad, por seguir con la metáfora del sastre.
 
 
    El líder sindicalista que ya ha pasado a la historia porque ya es histórico pone como ejemplo de país europeo y moderno donde los haya que ha recuperado el servicio a las armas a Suecia, que siempre nos ha dejado con la boca abierta a los españolitos por los ojos azules y blondos cabellos de los suecos y las suecas, que cuando venían a España a veranear en los años oprobiosos de la dictadura no dudaban en exhibir sus carnes al sol y sus osados biquinis.
 
    El sindicalista ugetero se ha mostrado partidario de recuperar -no sé si dijo exactamente 'restaurar'- dicho servicio, aunque ha reconocido que “los primeros que están en contra son los militares profesionales, porque quieren dirigir el gasto hacia la inversión tecnológica”.
 
    Detengámonos un poco en la metáfora que ha empleado el líder sindicalista: La identidad española debe ser algo muy frágil, ya que ha perdido las hilachas que se desprenden del tejido que hemos de suponer raído por el uso. La identidad nacional se nos rompió como el amor de tanto usarlo, que decía la canción, lo que pone de relieve que no era muy consistente su tejido. La identidad nacional viene a ser en la imaginería de la metáfora así algo como un trozo de tela, una prenda con la que recubrimos la desnudez de nuestros propios cueros. Imaginemos que se trata, por ejemplo, de una bandera, que según él "en España, a diferencia de Estados Unidos, no nos emociona", bandera que no deja de ser un trozo de tela que se emplea como enseña de una nación. Y a ese pendón, que representa nuestra identidad, se le jura fidelidad, en el acto solemne de la jura de fidelidad a la bandera. Con la bandera se ha recubierto muchas veces el ataúd de los que han caído en defensa de la tierra de su padre, la madre patria.
 
 
    La defensa de la identidad nacional me recuerda un poco a la defensa de esa otra identidad, que es la personal, que hace por ejemplo que una fundación privada que lleva el nombre de un político catalán dedique sus fondos económicos a investigar que la enfermedad que diagnosticó el doctor Alzheimer deje de arrebatarnos la identidad a las personas, olvidando que esa pérdida no deja de ser una ganancia, ya que como escribió el sabio Aristóteles los viejos “viven más del recuerdo que de la esperanza, porque de la vida lo que les queda es poco y lo pasado mucho, y la esperanza es del futuro, mas la memoria del pasado. Lo cual es causa de su locuacidad, pues pasan su tiempo hablando del pasado, porque con los recuerdos se complacen”.
 
    No hay nada de malo en que se deshilache la máscara de nuestra identidad personal o nacional. No hace falta que venga ningún alfayate a remendar nuestra identidad haciéndonos empuñar el chopo. No hace falta que vuelva la puta mili, porque el servicio militar obligatorio no se ha ido nunca, ya está implantado y es paritario desde hace tiempo en las Españas con una duración de diez años, desde los 6 hasta los dieciséis,   bajo los nombres de EP, Educación Primaria, y ESO, Educación Secundaria Obligatoria.

sábado, 21 de septiembre de 2024

Micrópolix

    Hay un parque temático en San Sebastián de los Reyes, en los Madriles, donde las tiernas criaturas de cuatro a catorce años pueden divertirse jugando al no poco aburrido juego de ser mayores antes de tiempo y adultos responsables. 

    Este centro de ocios y negocios infantiles, llamado Micrópolix -al parecer es palabro esdrújulo por lo que se oye en el vídeo promocional, aunque han olvidado la obligatoria tilde diacrítica-, es el sitio ideal para educar al niño, es decir para que deje de ser un infante y para que, muerto y enterrado lo vivo que haya en él, se convierta antes de tiempo en un adulto hecho y derecho: en un(a) self-made-(wo)man.

    Aquí pueden ser lo que vayan a ser cuando sean mayores anticipándose al porvenir que nunca llega, como dice la copla: aprenden a trabajar consagrándose a actividades laborales de su elección y a ganar y manejar dinero, adquiriendo cultura financiera, económica, que es lo mismo que decir política, y emprendedora, así como hipotecando el momento presente en las aras ensangrentadas del futuro, con la esperanza de venideras metas y tierras de promisión inexistentes. Ahí es nada.
 
    
 Micrópolix es una ciudad (πόλις, polis, ciudad en griego) en miniatura (μικρός, micrós, pequeño en la misma lengua) con la originalidad de la equis final, cuyo sentido se me escapa, que acuña su propia moneda, que se llama eurix. ¿Por qué será? Aquí las tiernas criaturas juegan a ser los adultos que van a ser cuando sean mayores: trabajan, abren cuentas bancarias como sus mayores... Y sobre todo pueden, acudiendo a la autoescuela y haciendo las correspondientes prácticas de conducción y educación vial, obtener el preciado Permiso para poder conducir autos, como en los coches de choque de las ferias, y circular por el parque temático micropolitano... No podía faltar una Oficina de Empleo para que se vayan acostumbrando a hacer cola los desempleados, donde se apuntan para realizar una veintena de oficios: veterinario, banquero, dependiente, policía... 


    A la par que se preocupan por administrar el dinero que van adquiriendo como mano de obra barata, los niños aprenden a regirse por los horarios y a subordinarse a sus dictados, de modo que si llegan tarde al laburo, por ejemplo, pierden los eurix del jornal. 

    Puede parecer poco ético que todo gire en torno al dinero, y algún pedopsicagogo moderno podría poner el grito en el cielo y venir con la cansina monserga y obsoleta prédica de que los niños también deben aprender a cooperar buscando soluciones solidarias en equipo y aportando cada cual sus talentos a la sociedad de consumo, pero no nos engañemos: el mundo real es poco ético y en él todo gira en torno al vil metal. No seamos hipócritas: Micrópolix prepara estupendamente a los pequeños para enfrentarse a Macrópolix,  que es lo que les espera fuera cuando salgan del ignominioso parque temático de ocios infantiles donde pueden celebrar sus cumpleaños. 

    Efectivamente, las actividades que se realizan en este centro de ocio con miras al negocio -nada de humanidades, que no sirven para nada y eso es lo bueno que tienen- son muy educativas: ayudan a preparar al niño para elegir una (de)formación profesional y solventar los retos que encontrará en la vida adulta, para que sea un emprendedor el lejano e inasequible día de mañana.


viernes, 20 de septiembre de 2024

La didascalia del capitán

    El geógrafo Eliseo Reclus pronunció en 1894, ante la logia masónica “Los Amigos Filántropos” de Bruselas, una conferencia titulada La Anarquía. Después de haber trazado un sucinto cuadro histórico del anarquismo y presentado lo que el autor concebía como la moral libertaria, Eliseo Reclus, al que se le atribuye la definición de la anarquía como la más alta expresión del orden, narra una anécdota sucedida en el curso de una travesía marítima, en la que el capitán del navío demuestra que la autoridad jerárquica de la que goza no tiene ninguna utilidad en el barco, donde lo que resulta más eficiente es la colaboración de todos los que viajan en él. De alguna manera, este capitán estaba rememorando la vieja metáfora de la nave del Estado que aparece en Platón y que compara la sociedad con un barco, y si no viene a desmentir el dicho popular de que "donde hay capitán, no manda marinero", porque jerarquía sí que hay, sí que viene a sugerir que el mando no es necesario para que single el barco en el que todos navegamos. Le cedemos la palabra a don Eliseo Reclus (1830-1905): 
 

     Voy a permitirme aquí contarles a ustedes un recuerdo personal. Navegábamos en uno de esos hermosos buques modernos que cortan las olas soberbiamente con una velocidad de quince a veinte nudos por hora, y que trazaba de continente a continente, a pesar del viento y la marea, una línea recta -una línea que es una pura abstracción del espíritu, otra quimera como el punto matemático, que no existe más que para los geómetras como, a su modo lo es sin serlo de oficio, el piloto que lleva el gobernalle, que es el otro nombre del timón
 
    El aire estaba sosegado, la noche era templada y las estrellas se encendían una tras otra en la oscuridad del cielo. Charlábamos en la toldilla -que es la cubierta parcial que tienen algunos navíos a la altura de la borda, desde el palo de mesana al coronamiento de popa, por si ustedes no lo sabían, y que recibe otros nombres como chupeta o sobrecámara y castillo o tabladillo de popa-,  ¿y de qué podíamos charlar sino de esa eterna cuestión que es el problema social que nos atenaza, que nos agarra por el pescuezo como la esfinge de Edipo? 
 
    El reaccionario del grupo estaba siendo vivamente vapuleado por sus interlocutores, todos más o menos socialistas. De repente se volvió hacia el capitán, el jefe, el patrón, esperando hallar en él un defensor nato de los buenos principios: "Usted manda aquí; díganos, su poder, ¿no es sagrado? ¿Qué sería del barco si no estuviese dirigido por la constancia de su voluntad?". 
 
  The missionary boat, Henry Scott Tuke (1894)
 
    "¡Qué ingenuo es usted! -respondió el capitán-; Entre nosotros, puedo decirle que de ordinario yo no sirvo absolutamente para nada. El timonel mantiene el buque en su recta trayectoria; en algunos minutos otro piloto le relevará, luego otros más, y seguiremos regularmente sin intervención mía el rumbo acostumbrado. Abajo los fogoneros y maquinistas trabajan sin mi ayuda, sin mi opinión, y mejor que si yo me metiese a darles mi consejo. Y todos los gavieros -que son los grumetes al cuidado de la gavia o vela colocada en el mastelero mayor de la nave, encargados de registrar lo que desde allí puede alcanzarse con la vista-, todos los marineros saben también qué tarea tienen que hacer, y llegado el caso, yo no tengo más que conciliar mi pequeña porción de trabajo con la suya, más ardua aunque menos retribuida que la mía. Sin duda, se considera que yo gobierno el buque. ¿Pero no ve usted que eso no es más que una mera ficción? 
 
    Aquí están los mapas, y yo no los he cartografiado. La brújula nos guía, y yo no la inventé. Han dragado el canal del puerto del que procedemos, y el del puerto al que arribaremos. Y yo no he construido este soberbio trasatlántico que lentamente se inclina sobre sus cuadernas -que son las costillas del casco, encajadas en la quilla del buque desde donde arrancan a derecha e izquierda, en dos ramas simétricas-. bajo la presión de las ondas, balanceándose con majestad en el oleaje, impulsado poderosamente por el vapor. ¿Qué soy yo aquí, entre los grandes muertos, los descubridores y los sabios, nuestros precursores, que nos enseñaron a atravesar los mares? Somos todos sus socios, nosotros, mis camaradas, los marineros, y ustedes también, los pasajeros, porque por ustedes surcamos las olas, y en caso de peligro contamos con ustedes para ayudarnos fraternalmente. Nuestra obra es común, y somos solidarios los unos de los otros." 
 
    Todos callaron y yo guardé cuidadosamente en el tesoro de mi memoria las palabras de ese capitán como no se ve ningún otro. De este modo este buque, este mundo flotante donde, por lo demás, se desconocen los castigos, lleva una república modelo a través del océano, a pesar de los jerárquicos engorros.
 
(Extracto de la conferencia de Eliseo Reclus, pronunciada en Bruselas en 1894).

jueves, 19 de septiembre de 2024

Educación en valores y competencias

    Las competencias, en la jerga pedodemagógica vigente, son las supuestas demandas que “la vida moderna” o “la sociedad” en general hacen a los futuros ciudadanos. Han sido elaboradas por la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico), organismo que agrupa a los 30 estados más poderosos del universo mundo, dentro del marco del proyecto DeSeCo (Definición y Selección de Competencias), elaborado a partir de 1997.

    Allí se define el término competencia como sigue: Capacidad de responder a demandas complejas y llevar a cabo tareas diversas de forma adecuada. Supone una combinación de habilidades prácticas, conocimientos, motivación, valores éticos, actitudes, emociones y otros componentes sociales y de comportamiento que se movilizan conjuntamente para lograr una acción eficaz


    No hace falta decir que los parámetros bajo los que se insertan las competencias son funcionales y están subordinados a la dominación política del Estado y económica del Capital, y a la inserción de los niños y adolescentes en la sociedad y edad adultas, es decir, en lo que suele denominarse con un eufemismo sangrante "el mundo laboral".
 
 

    Estas propuestas están guiadas por un enfoque economicista de la educación, dado que responden únicamente a las demandas del mercado: ¿Qué habilidades, por ejemplo, deben poseer los jóvenes para encontrar y retener un trabajo? ¿Qué cualidades se requieren para estar al día en las nuevas tecnologías? ¿Qué deben tener los ciudadanos para funcionar bien en la sociedad tal y como está establecida? 

    Si los conocimientos son muy complejos, se hacen adaptaciones o ajustes curriculares simplificadores para que los educandos puedan obtener el título que les permita llegar a ser mercaduría laboral. No se persiguen espíritus críticos, sino todo lo contrario: gente sumisa que se amolde a la explotación, a la precariedad, y que no sueñe con transformar la realidad que le ha tocado vivir, sino que se acomode sin rechistar a lo que está mandado.

    A los profesores, que antes han sido alumnos, se les consulta, en el mejor de los casos, para saber su ópinión, una opinión que se les dicta de antemano, pero no se tienes en cuenta sus criterios; acaban imponiéndoseles unos cambios educativos desde las altas esferas pedagógicas de los poderes políticos y económicos, si cabe hacer distingo tan inepto, tendentes a formar ciudadanos empleados, es decir, utilizados, pues no en vano se hacen sinónimos "empleo" y "trabajo",  que participen votando en la feria de la democracia y que contribuyan económicamente al sostenimiento del Estado a través de sus aportaciones directas a la Agencia Tributaria y de los impuestos indirectos.

    Esto y no otra cosa es la moderna educación basada en competencias (ya ni siquiera en valores, on values, como decían antes de convertir los valores morales en bursátiles), que forman parte del currículo oficial y oculto de preparación de la ciudadanía para la vida moderna y que transmite e inculca nuestro sistema educativo  (con los medios audiovisuales e interné a la cabeza), según el estilo de uno de nuestros más geniales humoristas, el entrañable Quino. Al parecer las viñetas no son originales de él, aunque imitan su estilo a la perfección:
(Medios de transporte. Ya no se hace camino al andar, como cantó el poeta, sino al transportarse uno en cualquier vehículo privado mejor que público, de ahí el auge del automóvil rodado, que ahora se prefiere eléctrico como lo fue en sus orígenes, y entre los más jóvenes el patinete igualmente eléctrico).
  (El desarrollo del cerebro humano y la actividad de pensar se sustituyen por la Inteligencia Artificial que nos ofrecen las modernas TIC Tecnologías de la Información y la Comunicación para el fomento de nuestra competencia digital).
(El teléfono inteligente, móvil o esmarfon, que nos aleja de los que tenemos cerca y nos acerca a los que están lejos manteniendo con ellos un contacto sin tacto, aséptico y frío, que se impuso durante la pandemia por la orden del distanciamiento social, pero cuyo uso venía ya apuntando maneras de antes, sustituye al contacto humano por el virtual on line. Los besos, apretones de manos y los abrazos quedan reducidos off line a palabras y estúpidos pictogramas o emoticones).
  (La cultura se reduce a la basura que nos echan por las pantallas de las redes para pasto de pedantes y entretenimiento de idiotas).
 (El mandamiento cristiano "Amarás a tu prójimo como a ti mismo" se reduce a "Amarás al único prójimo que tienes, que eres tú mismo". El narcisismo halla así su más cumplida realización en los modernos selfis).
  (Los únicos valores que cuentan son los económicos o bursátiles, que son los que cotizan en bolsa, a lo que se reducen nuestras auténticas acciones).
(Dios es el dinero, su más cumplida y moderna epifanía monoteísta, cuya fe secularizada y laica no tiene ateos).
(Esta es la educación pública, privada y concertada, que favorece por encima de todo la inserción en la sociedad y la (de)formación profesional como preparación para la prostitución laboral).

miércoles, 18 de septiembre de 2024

Sexo y género

    El constructivismo social posmoderno que predica Judith Butler y afirma que son una convención o construcción social el sexo (o cuerpo), y el género (o alma, en su versión secularizada, según el certero análisis de Juan Manuel de Prada, que cita a Santiago Armesilla), concede paradójicamente a la llamada 'disforia de género' la categoría de hecho natural. 
 
 
    La expresión 'nacido en un cuerpo equivocado' es la narrativa más socorrida por la que se trata de explicar la disforia o desazón y molestia por el hecho de que el sexo biológico 'asignado al nacer' no se corresponda con la identidad de género. Esta versión del dualismo más rancio del alma atrapada en la cárcel del cuerpo de nuestros místicos la encontramos continuamente vulgarizada en los medios de comunicación. El dualismo alma-cuerpo de la teoría cuir (adaptación a nuestra ortografía del anglicismo queer 'persona que no es heterosexual o cisgénero y rechaza ser clasificada por sus prácticas sexuales o su género para no limitar su experiencia personal') tiene implicaciones prácticas en la medida en que fundamenta intervenciones fármaco-quirúrgicas para «liberar» la identidad transgénero sentida del supuesto cuerpo equivocado. 
 
    La identidad sentida viene a ser el alma innata con la que uno nace y que permanece atrapada en ese cuerpo incorrecto. Después de tanta insistencia en la construcción social del género y del sexo, nos encontramos aquí con que la identidad transgénero sería una entidad natural no construida que, sin embargo, se puede reconstruir farmacológica- y quirúrgicamente. Como escribe De Prada: La 'autodeterminación de género' no sería otra cosa, a la postre, sino la afirmación de un individuo soberano que se yergue contra la propia biología, en su búsqueda narcisista de felicidad personal. (...) la 'autodeterminación de género' destruye el cuerpo humano hormonándolo y mutilándolo de forma irreversible, o bien lo niega irracionalmente, como pretende la llamada 'ley trans', que considera mujeres a los hombres que así se declaran ante el registro civil (Juan Manuel de Prada, Alma y género, en 'Animales de Compañía', XLSemanal, 6 de septiembre 2024).  
 

    Nadie está atrapado en un cuerpo equivocado. Para empezar, éste es un concepto él mismo equivocado, «atrapado» en el dualismo gnóstico alma-cuerpo. Tampoco es sostenible en su versión cerebro-cuerpo cuando se habla por ejemplo de un cerebro de mujer en un cuerpo de varón o al revés. No existe un tal cerebro de varón o mujer, si acaso un mosaico de aspectos convencionalmente considerados masculinos y femeninos. 
 
    Se escucha que el sexo se asigna, y que en realidad no existe. Llamo «delirio cuir» a algo fácil y señalable: a mantener que el sexo no tiene existencia real, sino que es un constructo, más específicamente, una construcción performativa. Pero, a la vez, no dejaría de ser una revelación espiritual que, desde el interior de cada quien, no cabe negar. 
 
    Resulta asimismo curiosa la deriva de la izquierda política hacia las identidades subjetivas y sentidas, en detrimento de las realidades y contradicciones objetivas de la sociedad capitalista, y el aprovechamiento que el capitalismo neoliberal, que es el mayor productor de subjetividades, realiza capitalizando dichas políticas consideradas de izquierdas. 
 
 
    Estamos hablando de un movimiento, el movimiento cuir que tiene presencia en la filosofía y en los platós de televisión, en la legislación nacional e internacional y, por supuesto, en el gallinero de las redes sociales telemáticas. 
 
    Dice la falsa etimología popular que la expresión 'reinas drag' se explica porque drag sería el acrónimo del inglés DRessed As A Girl “vestido como una chica”, y aunque el término significa eso -chico travestido- su origen no es esa ingeniosidad, sino que remonta, al parecer, al verbo inglés to drag, que significa 'arrastrar', en concreto "un ancla a lo largo del fondo de un río, lago, etc., en busca de algo", y que hemos adaptado en castellano, quizá por intermedio francés, como “dragar”, con el significado de ahondar y limpiar con una draga, que sería un mecanismo específico para extraer y arrastrar de los puertos, ríos, lagos, estanques el fango, piedras, arena, etc. Drag, como sustantivo, significó en inglés desde el siglo XIV 'red de arrastre' y a partir del XVIII "cualquier cosa adjunta a un cuerpo en movimiento que retarda su progreso". 
 
 
    El sentido actual de ropa de mujer usada por un hombre remonta a 1870, y se supone nacido en la jerga teatral por las faldas largas que arrastraban los actores que encarnaban papales femeninos por por el suelo. Podría también explicarse a través del yiddish trogn 'vestir', del alemán tragen, con el mismo significado. El sentido moderno de travesti masculino o reinona con el sentido de hombre, general- pero no exclusivamente homosexual, que se disfraza de mujer de una manera muy llamativa, que tiene en la expresión drag queen remonta a 1941, y sería 'reina que arrastra su vestido”.

martes, 17 de septiembre de 2024

Pareceres LVIII

281.- Prevención de riesgos potenciales:  La medicalización o medicación innecesaria de la sociedad, que va pareja al proceso de infantilización general, no hay quien la pare, fomentada como está por la industria farmacéutica que encuentra curas para males que no existen todavía. Nos hemos convertido todos de la noche a la mañana en el enfermo imaginario de Molière, y ya solo estamos sanos si nos lo certifica una analítica de un laboratorio sin asteriscos de color rojo, que son cada vez más numerosos habida cuenta de la constante modificación de los parámetros a fin de que la normalidad sea cada vez más anormal. Es el concepto de new normal. Hacer creer a la gente que tiene una enfermedad que no tiene es una sustanciosa fuente de ingresos para los profesionales de la salud y la farmacia. Se medicalizan la vejez, el embarazo, la menopausia, los problemas personales y sociales, y se venden como enfermedades meros indicadores de riesgo, no siempre fiables, como la hipercolesterolemia o la osteoporosis... Bajo el dominio del doctor Knock, no hay personas sanas, en buen estado de salud, porque todos somos enfermos en potencia aristotélica, la mayoría de las veces ignorantes de los males lavados o latentes que presuntamente nos aquejan, pero la enfermedad no es otra cosa más que la conciencia que tenemos del propio cuerpo, de que el cuerpo es propiedad nuestra y, por lo tanto, podemos donarlo a la Ciencia. La medicina preventiva es una aberración que va en detrimento del carácter curativo que debería tener el oficio hipocrático. Los reconocimientos médicos a personas sanas deberían desaparecer de la faz de la tierra porque apenas aportan nada. Hacen más mal que bien, pero de eso se trata. La medicina ya no tiene como lema el primum non nocere, sino solo el nocere, el hacer daño para poder luego si acaso remediarlo.


282.- La predicción del oráculo para los próximos 25 años: La predicción del sibilino Bill Gates para los próximos 25 años, que estrenará una miniserie en Netflix de cinco capítulos que se titulará: What's next? ¿Y ahora qué? El futuro según Bill Gates, es, atención, porque sabe de lo que habla: Una gran guerra u otra pandemia, Comenta, además, que el problema número uno al que se enfrentan los jóvenes es la desinformación. Le preocupan al filántropo milmillonario las tensiones vividas en muchas regiones del mundo tales como la invasión rusa de Ucrania o la israelí de Gaza, así como los conflictos comerciales entre Estados Unidos, la vieja Europa y la pujante China, tensiones que pueden derivar en un conflicto armado a gran escala en los próximos años. En concreto utiliza la expresión “gran guerra”, en clara alusión a las dos guerras mundiales acontecidas en la primera mitad del siglo XX. Sin embargo, en caso de que se evite el enfrentamiento armado, el futuro no será mucho mejor, según el magnate. Lo dice bien claro. Sabe de lo que habla: “Incluso si evitamos una gran guerra... habrá otra pandemia, muy probablemente en los próximos 25 años”. No hay que olvidar que Bill Gates escribió y publicó un libro en 2022 titulado Cómo evitar la próxima pandemia. En él criticó a varios gobiernos y presentó una serie de recomendaciones que podrían frenarla como invertir en el seguimiento de enfermedades, impulsar la investigación y el desarrollo de vacunas y establecer políticas de cuarentena mucho más estrictas. 
 
 283.- La Corona. Un titular del periódico monárquico ABC dice: “La Corona se consolida entre los españoles”. La sinécdoque hace que enseguida entendamos que se refiere a la monarquía. Es una noticia, basada en una encuesta que revela que el 54% de los españoles creen que el Rey ha fortalecido la Monarquía (con mayúscula). Al leer el titular sentimos enseguida que la mayoría de los españoles apoya la monarquía, es decir, el régimen establecido, por lo que si uno no la apoya siente enseguida que está equivocado y tiene que aceptar democráticamente, la opinión mayoritaria, porque es la que se impone democráticamente, aunque sea por muy poca diferencia, se nos hace creer que lo que la mayoría quiere es lo que quiere el pueblo, y eso es mentira: creemos lo que nos dicen que creamos. Las encuestas no reflejan la opinión que la gente tiene, sino la que tiene que tener. 
 
 
 284.- Gasto militar español. El gasto militar del gobierno español ha pasado de unos dieciochomil millones (18.000.000.000) de media anual con el gabinete conservador, a veinticincomil millones (25.000.000.000) durante 2022 y veintiochomil millones (28.000.000.000) durante el año pasado 2023 con el gobierno que se autodefine como “el más progresista de la historia”, desde que hay registros, obviamente. Pero es más que probable que el gasto militar real sea muy superior al reconocido. Hay gasto militar, en efecto, oculto en otras partidas paramilitares, lo que hace que el gasto efectivo sea muy superior al oficial declarado del Ministerio de Defensa. Por ejemplo el gasto concerniente a la Guardia Civil, que no depende del Ministerio de Defensa, sino del de Interior; las pensiones de jubilación de los militares, que otros países occidentales registran como gasto militar, en nuestro país se consideran un gasto social. El Ministerio de Asuntos Exteriores se encarga de financiar las operaciones en el extranjero de nuestras tropas, y eso no se considera gasto militar estricto porque no va al presupuesto de Defensa sino de Asuntos Exteriores. El gasto militar español, muy superior al que se declara, que ya resulta escandaloso, es como un iceberg: lo que se ve es solo la punta, mientras que el grueso se oculta a la vista. ¿Cómo se justifica este considerable aumento? Se recurre al argumento del ambiente prebélico que se respira a raíz de la guerra de Ucrania, pero antes de la invasión rusa, iniciada a últimos de febrero de 2022, el gasto militar ya se había disparado argumentando que había que modernizar y profesionalizar nuestros ejércitos, un argumento muy peligroso porque nunca se acaba de modernizar en sentido estricto, porque lo que hoy es moderno, mañana ya no lo es, es una antigualla que se ha quedado atrás. La modernización tiene que ser, por lo tanto, permanente, creciente como el gasto, que le va a la zaga. 
 
 285.- El clúster del Maestrazgo. El pasado martes 23 de julio el Consejo de Ministros y Ministras aprobó la autorización para construir el conocido como Clúster del Maestrazgo. Clúster es un término inglés que podría expresarse en castellano con una palabra propia equivalente de la índole de «agrupación», «conglomerado», «agregado», «(a)cúmulo», «haz», «racimo», «brote», pero el anglicismo oculta mejor el significado... Y el Maestrazgo es una comarca aragonesa situada al este de Teruel. Este es el macroproyecto eólico que surcará las comarcas turolenses del Maestrazgo y Gúdar-Javalambre y se coloca a su vez como uno de los mayores parques eólicos de España. El proyecto, que se desarrollaría en uno de los espacios naturales de mayor envergadura de España, supondrá la implantación de 20 parques eólicos. Entre todos ellos sumarían 125 aerogeneradores de unos 200 metros de altura, siendo de los más grandes existentes. Además, se sumarían 173 quilómetros de líneas de alta tensión y 327 quilómetros de carreteras. En total se afecta una superficie total de cerca de 72.000 hectáreas. Son más altos que las torres del Pilar de Zaragoza, y van a colocarse, si nadie lo remedia, en el Maestrazgo. Podemos imaginar el destrozo ambiental que van a suponer en una de las zonas más privilegiadas de Teruel y de todo Aragón, que el gobierno de las Españas vende a las empresas de energías macrorrenovables. Los propios macroproyectos de energías renovables aseguran el deterioro medioambiental, con esa inevitable 'predisposición', recurrente y renovada con su afán modernizante, de los grandes proyectos empresariales.
 

lunes, 16 de septiembre de 2024

Fascistas y antifascistas

    En septiembre de 1921, un año antes de la marcha de Mussolini sobre Roma, Errico Malatesta publicaba un artículo en Umanità Nova titulado “La guerra civile” en el que defendía que la guerra civil era la única guerra justa y razonable que podía emprenderse.  Estaba muy reciente aún el recuerdo de la carnicería que había sido la Primera Guerra Mundial (1914-1918), aquella que iba a poner fin a todas las guerras, en la que la vieja Europa se había desangrado. 
 
    A mí y a muchos de mi generación nos resulta en principio algo escandalosa una afirmación como la que hace Malatesta. Cuando éramos niños y preguntábamos en casa por la guerra civil que había sufrido España de 1936 a 1939 veíamos cómo nuestros mayores guardaban silencio, nadie quería hablar de aquello. Todo el mundo quería pasar página enseguida y olvidar, porque en todas las familias había víctimas de ambos bandos, y muchas heridas abiertas no habían cicatrizado todavía. Aquella había sido una guerra fratricida, como en el fondo lo son todas. 
 
    Pero Errico Malattesta acota enseguida el significado de la expresión que utiliza: «por guerra civil entendemos la guerra entre oprimidos y opresores, entre pobres y ricos, entre obreros y explotadores del trabajo ajeno, no importa si los opresores y los explotadores son o no de la misma nacionalidad, si hablan o no la misma lengua que los oprimidos y explotados». 
    
 
Errico Malatesta (1853-1932)
 
    El veterano anarquista decía que cuando hay una guerra entre estados -capitalistas todos por esencia-, los pueblos deben negarse a matarse entre ellos y, en su lugar, deben emprender una 'guerra civil' contra sus patrones y gobernantes que los llevan a la guerra.
 
    Se preguntaba en ese artículo Errico Malatesta si la guerrilla que entonces ensangrentaba Italia era una guerra civil en el sentido amplio que él había definido: una guerra del pueblo contra el gobierno, de los trabajadores contra los capitalistas, una guerra de los de abajo contra los de arriba o un enfrentamiento entre los de abajo, divididos desde arriba para que se mataran entre ellos. Y su respuesta era muy clara, le parecía que  “la guerrilla entre fascistas y subversivos -i.e. antifascistas-, como se ha sostenido en los últimos diez o doce meses y como se combate todavía, no sirve más que para hacer derramar sangre y lágrimas, para sembrar semillas de odios duraderos sin poder luego servir a ninguna causa, a ningún partido, a ninguna clase”. 
 
    Escribe Malatesta algo que hoy sin duda escandalizaría a muchos sedicentes antifascitas: “Pero al mismo tiempo que se organiza la resistencia, hay que reconocer que en el fascismo no es todo escoria, no es todo malo”. Y añade que entre los fascistas había muchos jóvenes sinceros, trabajadores incluso, que creían que estaban "defendiendo una causa justa y no se han dado cuenta todavía de que son instrumentos de unos pocos criminales y de unos pocos tiburones: es preciso abrirles los ojos invitándolos a amables discusiones”. Por supuesto, esto no significa que para Errico el fascismo no fuera un problema, que no hubiera que combatirlo. No ocultaba que era un producto «de los agrarios y los capitalistas» y que «es necesaria una resistencia organizada para acabar con la aventura fascista». El objetivo es entonces derrotar al fascismo, pero ciertamente no para defender el status quo, sino para asegurarse «que esta lucha absurda termine, para poder empezar a combatir una lucha clara». La lucha clara a la que se refiere es su "guerra civile".
 

    Viniendo a lo de hoy, más de un siglo después, esta lucha absurda entre fascistas y antifascistas en ausencia de fascismo, que no es más que un recuerdo histórico y una amenaza que algunos sitúan en un futuro más o menos inmediato contra el que hay que combatir, aún no ha terminado. Nos dicen que hay que acudir a las urnas a derrotar el fascismo e incluso, como en Francia, se constituye un Frente Popular cuyo objetivo es, como la coalición que gobierna en las Españas, que no gobierne la extrema derecha, posponiendo de ese modo o procrastinando, según la palabra de moda, hasta las calendas griegas, es decir, hasta nunca, la “guerra civil” en el sentido que le da Malatesta de enfrentamiento entre los de abajo contra los de arriba. 
 
    ¿Qué sentido tiene alarmarse como hacen algunos rasgándose las vestiduras por el ascenso de la extrema derecha, o en general por el retorno del fascismo y el nazismo a la vieja Europa, cuando son las democracias los regímenes más autoritarios y «fascistas» en el sentido más amplio de la palabra? Conste que no se está haciendo aquí con lo que se acaba de decir ninguna apología del fascismo, Dios o quien sea nos libre, sino todo lo contrario: se está ampliando su campo semántico para incluir también, dentro del fascismo, el antifascismo. No se defiende a ningún partido, sino al contrario, se condena a todos ellos por igual. 

     Si no vemos mayor peligro en el ascenso del fascismo es porque no creemos que pueda establecerse un régimen más autoritario y "fascista" en sentido amplio que el que ya tenemos encima y padecemos, que es el régimen demotecnocrático y neoliberal que defienden a capa y espada las élites financieras y los políticos y militares tanto de derechas como de izquierdas. 
 
    No viene mal recordar aquí la máxima del que fuera primer secretario del Partido Comunista de Italia, Amadeo Bordiga (1921): «El antifascismo se convertirá en el peor producto del fascismo». La cuestión principal para los comunistas y anarquistas de hace cien años no era la guerra contra los fascistas, sino, por decirlo en términos marxistas, contra la burguesía, o, en palabras más actuales, contra el Estado y el Capital.  
 
    Quizá no esté de más releer lo que escribíamos por aquí en Vuelve 'il fascio'

domingo, 15 de septiembre de 2024

Guerra por doquier

    Conviene recordar la advertencia que hacía Calino de Éfeso a sus contemporáneos porque sigue vigente ya que 'hoy es siempre todavía' allá por el siglo VII antes de la era cristiana: en paz creéis / estar pero la guerra domina toda la Tierra. Él lo decía para insuflar a los jóvenes ardor guerrero y ánimo de lucha, pero, aparte de su intención, no dejaba de formular una verdad o, por lo menos, algo que no era una falsedad. Aunque nosotros vivimos bajo el reinado de la paz, la guerra, como cantaba el poeta, que es el padre de todas las cosas, como dijo el efesio, es lo que está mandado y lo que manda por doquier. 
 
    ¿No vemos todas las guerras y guerrillas en el sentido tradicional  que se desarrollan ahora en Ucrania, en Gaza y en tantos otros puntos lejanos del planeta? Tienen su utilidad, sirven, además de para disparar la inversión de dinero en armas, para que creamos que nosotros, por contraposición, disfrutamos de presunta paz, como el hecho de que haya cárceles y prisioneros sirve para que creamos que nosotros, que estamos fuera de esos recintos, somos libres... por ahora.  La creencia de que estamos en paz se ve enturbiada por la amenaza apocalíptica, perturbadora y constante de una nueva guerra mundial, la tercera y última porque a la tercera va la vencida, o sea, la definitiva, que se cierne sobre todos nosotros como espada de Damoclés, que sería nuclear.
 
 
    Pero la guerra tiene numerosas epifanías y metáforas. Una sucesión de guerras conforma nuestra realidad que a veces se ha denominado neonormalidad (new normal, en la lengua del Imperio que se nos impone).
 
    La cosa, por lo que concierne a este siglo XXI, debió de comenzar en 2001 con la declaración de guerra al terrorismo (war against terrorism, global war on terror), a raíz de la destrucción de los rascacielos iguales neoyorquinos que todavía colea en los controles aeroportuarios en los que todos somos considerados terroristas potenciales, mientras no se demuestre lo contrario, por lo que se nos controla aleatoriamente.
 
 
    La cosa siguió en 2016 con la guerra al populismo (war against populism), una guerra que se hizo “global”. El Washington Post calificó aquel año como el año en que la ola de populismo revolucionó el mundo -Brexit, auge populista europeo y Donald Trump en los EE. UU-. Se apellida a veces esta guerra añadiéndole la coletilla "de extrema derecha", hasta el punto de que algunos gobiernos justifican su gobernanza diciendo que acceden al gobierno para impedir que lo haga la ultraderecha, olvidando que ellos mismos son el monstruo que dicen combatir.
 
    La cosa siguió en 2020 con la guerra al virus coronado, que duró hasta 2023 (war against virus), con la declaración de estado de emergencia, que nos obligaba a enmascarillarnos, guardar las distancias y observar cuarentenas y toques de queda porque todos podíamos ser portadores del virus. El presidente francés lo dijo claramente: “Nous sommes en guerre”. Y el presidente español, que no iba a ser menos y quedarse a la zaga, lo corroboró afirmando que estábamos “librando una guerra” contra el virus Covid-19, un “enemigo que nos golpea a todos” y “no entiende de fronteras, colores, ni idiomas”, por lo que es “el momento de la coordinación, de la cooperación y de la solidaridad”. 
 
 
    Una nueva forma de guerra se declaraba simultáneamente: la guerra contra la desinformación o contra los bulos, que por ejemplo enarboló la Unión Europea (war against misinformation and disinformation).​ Esto es, por ejemplo, lo que dice nuestro Ministerio de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación, que prefiere el término “lucha” en vez de “guerra”: La desinformación constituye una de las mayores preocupaciones de los países democráticos. Detrás de las noticias falsas o fake news se articulan, en numerosas ocasiones, estrategias para manipular la opinión pública y erosionar la estabilidad de los Estados y de sus instituciones. Los bulos y la desinformación representan desde hace tiempo una amenaza global para la libertad y para la democracia. Sin embargo, es en la actualidad, dada la velocidad de propagación de las campañas debido a los medios digitales, cuando más acuciante resulta. En los últimos años se ha acelerado tanto el flujo de información como el de desinformación, como lo demuestra la infodemia producida en las redes en el contexto de la pandemia de la COVID-19. Una guerra que ha sido llevada a cabo por los fact checkers o verificadores de datos y promovida por los gobiernos, que ven así en peligro el monopolio informativo de sus 'verdades oficiales' o mentiras. 
 
 
    Pero habría que retrotraerse a la segunda mitad del siglo XX para datar una guerra que todavía colea, la declarada contra el cambio climático (war against climate change), que se renueve con continuas campañas contra el calentamiento global, contra el dióxido de carbono o CO2, contra las emisiones GEI de Gases de Efecto Invernadero con renovados eslóganes como: Controla tu huella, Net Zero Coalition, Emisiones Cero... El origen de esta guerra podría datarse en el año 1972, cuando se celebró en Estocolmo la Primera Cumbre para la Tierra. 
 
    Estas son las nuevas guerras que junto a las tradicionales y convencionales conforman la realidad que padecemos, guerras que el capitalismo nos declara en su afán totalitario a todos y cada uno de nosotros porque a) somos terroristas en potencia, b) somos populistas o partidarios del pueblo y, por lo tanto, enemigos del gobierno, c)  somos portadores de virus, d) somos divulgadores de bulos e informaciones falsas y malintencionadas y d) somos responsables del deterioro del medio ambiente y del planeta; en definitiva, somos pecadores, como decía la vieja religión.