“España va a enviar armas
directamente a Ucrania”, dijo la portavoz del Consejo de Ministros
y Ministras, “...dentro del Fondo Europeo de Apoyo... a la Paz”.
La guerra sin tregua que
valga está en la esencia misma del sistema y es poco menos que
imposible que haya paz en la Tierra mientras haya como hay
dominación.
La
creciente medicalización de la vida cotidiana fuerza a muchos
ancianos a consumir de forma crónica, España en cabeza, mogollón
de fármacos tranquilizantes.
La
OMS prohibió los tratamientos tempranos efectivos y promovió,
subvencionada por la farmacopea, la vacunación masiva seguida por la
inmensa mayoría acojonada.
Ayer
el coronavirus, hoy la guerra de Ucrania, mañana quizá el cambio
climático; siempre hallarán una coartada que justifique su desmedido afán de gobernarnos.
Von
Clausewitz sentenció que la guerra es la continuación de la
política por otros medios. ¿No será la política la continuación
de la guerra, dándole la vuelta?
Proclaman
la guerra para que creamos que esto, en contraposición, es paz, y
envían armas ofensivas al frente al objeto de apagar el incendio
echando gasolina.
Hemos heredado esta preciosa glosa de
Tácito vía Jean-Jacques Rousseau: et miserrimam seruitutem pacem
appellant: y llaman paz a una harto miserable esclavitud.
Mientras
meten miedo ante una potencial guerra nuclear que utilizan como
tapadera del fraude sanitario, siguen apretando los grilletes de
nuestra servidumbre.
El 14 de abril de 2018 se perpetró un bombardeo franco-británico-norteamericano sobre la ciudad de Damasco y, acto seguido, en tiempo real, llegaron las primeras imágenes a nuestras micropantallas.
Esta foto de un reguero de luz sobre la noche damascena, como si fuera el
rastro luminoso de una estrella fugaz, fue tomada por Hassan Ammar de Associated Press la noche de autos.
Bombardeo norteamericano de Damasco, abril 2018
¿Dónde están
las otras imágenes, las que no nos han llegado? ¿Por qué no nos llegan las fotografías
de los daños colaterales o efectos secundarios, que en realidad, no nos
engañemos, son los primarios? La difusión de esa estela luminosa en la noche de
la capital de Siria, como si fuera la cola del cometa que siguieron los
Reyes Magos o la estela que deja un avión a reacción durante el día en el cielo azul, minimiza el bombardeo, hace que no
parezca tal, sino una sesión de fuegos artificiales completamente inofensiva.
No cabe duda de que, desterrada la palabra, lo que manda es la imagen. Tiene la ventaja de que no
hace falta traducirla a los diversos idiomas, es universal, por eso la noticia
se reduce a una fotografía. Sin palabras. La imagen impacta igual que la bomba.
En enero de 1991 los Estados Unidos de
América y sus aliados entre
los que se contaba por cierto el Gobierno español, un gobierno que aunque no participó en el bombardeo de Damasco lo aplaudió
sin ningún atisbo de vergüenza, bombardearon Bagdad y
comenzó lo que luego se denominó la
Guerra del Golfo. Las imágenes que sirvió al mundo la CNN entonces eran
unos
rastros luminosos sobre un fondo verde. Parecía una sesión de
pirotecnia, pero eran las estelas de los misiles. Aquellas imágenes no
mostraban daños materiales ni humanos. Eran fotogramas
asépticos de una película muda, casi neutros, que revelaban en todo caso
la superioridad y
sofisticación del armamento del Imperio frente a las supuestas y
temibles “armas
de destrucción masiva” del déspota mesopotámico. Igual que ahora.
Bombardeo norteamericano de Bagdad, enero 1991
No
hay imágenes
del enemigo, ni de las víctimas humanas por lo que parece que tampoco
hay
responsabilidad sobre ellas ni crímenes de guerra, como si la guerra de
por sí no fuera un crimen de lesa humanidad. La guerra se desarrollaba en
un escenario remoto y
casi legendario de las mil y una noches: Oriente, al otro lado del mar,
lejos
del Imperio. Hay, obviamente, censura y control sobre las imágenes:
sólo se difunden las que interesan, nada de población civil malherida ni
cadáveres humanos, sino ruinas de aeródromos e instalaciones militares,
arsenales tecnológicos,
centros estratégicos de fabricación de armas químicas, malévolos
laboratorios de Fu Manchú, el villano que odia la civilización
occidental y quiere destruirla... Si hay víctimas humanas, son
lamentables e inevitables accidentes
y efectos colaterales no deseados que no es necesario sacar a la luz
pública
para no regodearse con el espectáculo de la danza macabra de la muerte
ajena. Son imágenes, nos advierten, que pueden herir la sensibilidad del espectador, no vaya a ser que la gente
piense que no está bien lo que hacemos y, más aún, que está mal, muy
mal. Entonces es cuando vienen las palabras
en ayuda de las imágenes, que son el auténtico soporte de la noticia, a
justificar la atrocidad de la guerra, a justificarla. Guerra justa, guerra santa. La población civil se reduce a la
categoría de daño accidental, aunque supuestamente se la bombardea para
defenderla
de sí misma, por su propio bien y a fin de preservar sus derechos
humanos y destruir
las crueles armas que almacenan para provocarnos una muerte lenta y
dolorosa, como si las convencionales no matasen de igual modo.
Nueva serie audiovisual.
Si
por algún
azar nos llegan fotos tremebundas de inocentes criaturas muertas, ahora
que es tan sencillo
compartir imágenes por la Red, enseguida serán
desacreditadas y se considerarán "fake images", por decirlo con un
término de la lengua del Imperio. O nos acostumbramos a verlas,
inmunizados ante el sufrimiento y el dolor ajenos, sin que
nos afecten lo más mínimo o, para que no nos afecten, nos decimos a
nosotros
mismos que están manipuladas.
Los medios de manipulación de masas remueven el fantasma de la guerra, porque es su alimento. Crean noticias e informaciones para llenar páginas de periódicos y horas de telediarios y comentarios en las redes sociales, creando la ficción espectacular de que pasa algo.
Frente al silogismo clásico que dice “Todos los
hombres son mortales, Sócrates es un hombre, luego Sócrates es
mortal”, que opera como una sentencia efectiva de muerte que
condena a Sócrates a morir una y otra vez siempre que se formula,
Sexto Empírico nos transmite un razonamiento que
libra a Sócrates, como veremos, de morir y deja que de alguna manera
siga vivo. Dice así: Por ejemplo, Sócrates muere o cuando es o
cuando no es. Son, en efecto, dos momentos distintos: uno en el que
es y está vivo, y otro en el que ya no es sino que ha fallecido; por
lo que debe morir necesariamente en uno de los dos. Pues bien, cuando
es y está vivo, no muere, puesto que vive sin duda; pero cuando ha
muerto no muere otra vez, ya que estaría muriendo dos veces, lo cual
es absurdo. Por tanto, Sócrates no muere. (*)
Sexto Empírico desarrolla este razonamiento
basándose en el argumento contra el movimiento que atribuye a
Diodoro Crono, y que este tomó del presocrático Zenón de Elea, en,
donde negándose el movimiento se niega también la muerte, lo que nos libera a también a todos los mortales de morir. Dice así:
En efecto, lo que se mueve o bien se mueve en el lugar en que está
o bien en el que no está; pero ni lo primero ni lo segundo; por lo
tanto nada se mueve. Y si nada se mueve de ello se sigue que nada se
destruye. Pues así como nada se mueve, ya que no se mueve en el
lugar en que está ni tampoco en el que no está, del mismo modo el
ser vivo no muere ni en el momento en que está vivo ni tampoco en el
que no lo está, y en consecuencia no muere nunca. Y si esto es así,
viviendo siempre según él (sc. Diodoro) «seguiremos viviendo».(**)
¿Cómo
podemos resolver esta contradicción de que Sócrates, como dice el
silogismo aristotélico perfecto, sea mortal y por lo tanto haya
muerto como tal personaje histórico que fue, y sin embargo no muera
y siga vivo de alguna manera según el razonamiento que Sexto
Empírico le atribuye a Diodoro Crono?
Pues la manera de
resolverla es renunciando a hacerlo y planteándola una y otra vez. Sócrates, como nombre
propio de un personaje histórico, fue condenado a muerte en Atenas por un tribunal democrático
en el año 339 antes de Cristo y murió bebiendo la cicuta, como
sabemos, pero sin embargo “sócrates”, convertido en nombre
común, con minúscula, sigue vivo y no puede morir nunca, cada vez
que alguien haga como él y haga caso a su demonio interior que le
dice que diga que no y se pregunte qué son las cosas, o sea las
ideas, poniéndolas siempre en tela de juicio.
Discutíamos el otro día en tertulia sobre la traducción de Die Verwandlung de Franz Kafka. En opinión de algunos
críticos como Jordi Llovet, debería haberse sido “La
Trasformación” (él escribe 'traNsformación'), y no “La Metamorfosis” como parece que ha quedado definitivamente. La discusión surgió a propósito del artículo de Ignacio Vidal Folch, publicado en El País el
28 de septiembre de 1988 titulado precisamente que un tertuliano sacó a relucir “La
metamorfosis” fue mal traducida, donde se critica la
mala costumbre de traducir al español a escritores alemanes según
traducciones existentes en otras lenguas más asequibles, inglesas o francesas, y no directamente del alemán.
Al parecer Borges, que hizo una versión de la
obra al castellano, también pensaba que debía haberse titulado “La
TraNsformación”, aunque su editor prefirió mantener “La
Metamorfosis”. Kafka, en efecto, pudo haber titulado su narración Die
Metamorphose, que es palabra culta de raíz griega de la que también dispone la lengua alemana en la que escribe, pero prefirió Die
Verwandlung, que es vocablo del más corriente alemán.
La palabra
alemana “Verwandlung”, cuyo campo semántico es el cambio en el sentido de mutación, puede traducirse tanto por "trasformación", que tiene un significado más genérico, como por "metamorfosis", que apunta por un lado al lenguaje de la mitología
clásica, pensemos en Las metamorfosis de Ovidio, por ejemplo, y por el otro al de la zoología, como en el caso de la mutación del renacuajo en rana o de la oruga en mariposa.
Quizá sea La Trasformación mejor traducción que
La Metamorfosis, por ese valor genérico que tiene en castellano la palabra latina transformatio pero en todo caso no deja de ser una discusión un tanto
bizantina de esas a las que se entregan los tertulianos ociosos cuando no
tienen otra cosa mejor que discutir. Si la palabra alemana significa
ambas cosas, la elección a la hora de traducir es una cuestión meramente literaria o de
preferencia personal. Y ya se sabe que traduttore, traditore, como dicen los italianos, o sea que todo
traductor a la hora de hacer una traducción comete, muy a su pesar, una traición.
Ilustración de José Hernández para La Metamorfosis
A mí personalmente me gusta más "La
trasformación" como traducción de "die Verwandlung",
porque me parece una palabra más nuestra, más trasparente, más de andar por casa, ya
que es un término patrimonial castellano, mientras que
"metamorfosis" es una palabra culta, un helenismo del
ámbito de la zología y la mitología clásica. Pero es una cuetión de gusto personal.
De
todas formas, se quedará para siempre, me temo, con el título de
"La metamorfosis" porque la primera versión española del
relato en la célebre Revista de Occidente eligió esa traducción, evocando así "Las metamorfosis" de
Ovidio, un poema didáctico que tiene muchísima solera literaria
sobre trasformaciones mitológicas de personajes legendarios como, por
ejemplo, la de Narciso, un joven muy bello que se enamora de su propia
imagen reflejada en un lago y cuando va a besarla se precipita al agua y se ahoga, trasformándose en un
narciso, la flor que crece junto a los estanques. O la de Aracné, más cercana de la narración kafkiana, de la joven que castigada por la diosa Minerva por su soberbia desafiante, se convirtió en araña, encogiéndosele brazos y piernas y alargándosele los dedos a la vez que se hinchaba su cuerpo y quedaba recubierto por una capa de pelo corto y negro, condeanda a vivir colgada de un hilo toda su vida prisionera de la telaraña que ella misma tejería. Por seguir la
tradición este título ovidiano se ha mantenido hasta la fecha.
La primera frase de la novela de Kafka acaba precisamente utilizando el verbo verwandln, de donde deriva el sustantivo que da título a la novela: Als Gregor Samsa eines Morgens aus unruhigen Träumen erwachte, fand er sich in seinem Bett zu einem ungeheuren Ungeziefer verwandelt. En la versión de Jorge Luis Borges se traduce por 'convertir': Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto. Una traducción más literal es la de Carlos Fortea (editorial Octaedro): Cuando Gregor Samsa despertó una mañana de una noche llena de sueños inquietos, se encontró en su cama, convertido en un bicho monstruoso. (Nótese la diferencia entre el "monstruoso insecto" de Borges y el "bicho monstruoso" de Fortea para ungeheuren Ungeziefer.)
Según Joseph Gabel, el
protagonista de la novela, Gregor o Gregorio Samsa, como se prefiera, que sabe que es hombre, y a quien sus
semejantes rechazan como a una mala bestia, diríamos nosotros, es el símbolo
trasparente del judío en busca de asimilación. Pero quizá no haga falta ir tan lejos en las interpretaciones. ¿Acaso no nos hemos sentido todos alguna vez, como el protagonista de la narración kafkiana, un 'bicho raro'?
Una pancarta, colocada en un paso elevado sobre una autovía madrileña, suscita la siguiente reflexión en medio de una caravana debida a un embotellamiento a la entrada de la gran ciudad en una llamada hora punta: “Me encanta ir a trabajar en bici”.
Seguro que más de un conductor de utilitario, es decir, un chófer de su propio auto, que es quien le exige utilizarlo y sacarlo de paseo y aparcarlo aquí y acullá, se ha cabreado al leerla.
Sí, sobre todo porque hubiera bastado para suscitar la sonrisa reflexiva de la intención irónica que dijera: “Me encanta ir en bici”. Sin más. No hacía falta especificar a dónde.
Porque, vamos a ver, a mí, aunque no soy un vago redomado ni un perezoso indecente, no me gustaba ir a trabajar, ni que me recordaran que tenía que ir... ¡Uf, qué sudores fríos me entran de sólo recordarlo! ¡Afortunadamente ya estoy jubilado! Y me encanta ir en bici a cualquier sitio, aunque no practicar el ciclismo, que es un deporte, cosa harto distinta y, como tal deporte, un trabajo, por supuesto. Pero lo primero que dice la pancarta es "Me encanta ir a trabajar..." y eso no le gusta a casi nadie, salvo a los masoquistas. No pone "Me encanta ir en bici" sin más. Reza: "Me encanta ir a trabajar en bici". Es como si hubiera puesto: "Me encanta ir al matadero en bici". Y eso no. Ahí precisamente no le encanta ir a nadie de ninguno de los modos.
Diógenes Laercio atribuye a Zenón de Elea el
argumento que anula el movimiento, que dice: “El móvil no se mueve
ni en el lugar en el que está ni en el que no está”. (Diógenes
Laercio, Vidas y opiniones de los filósofos ilustres, IX, 72)
Ζήνων δὲ τὴν κίνησιν ἀναιρεῖ λέγων,
“τὸ κινούμενον οὔτ᾿ ἐν ᾧ ἐστι
τόπῳ κινεῖται οὔτ᾿ ἐν ᾧ μὴ ἔστι”
A Sexto Empírico hay que agradecerle que nos haya
transmitido este mismo argumento que él atribuye a Diodoro Crono, uno de los grandes lógicos de la
escuela de Mégara “que exponía argumentos sofísticos en contra
del movimiento así como en contra de muchas cosas.” El movimiento no puede según él darse en ningún sitio y, por
lo tanto, en rigor es imposible. Diodoro Crono habría, pues, retomado y reformulado el razonamiento de Zenón contra el movimiento. En los Esbozos pirrónicos
II, 242 lo presenta así: Si algo se mueve, o
se mueve en el sitio en el que está o en el que no está. Pero ni en
el que está, pues permanece, ni en el que no está, pues ¿cómo
actuaría algo en donde de entrada no está? Luego nada se mueve. (En
el texto original:“εἰ
κινεῖταί τι, ἤτοι ἐν ᾧ ἔστι τόπῳ
κινεῖται ἢ ἐν ᾧ οὐκ ἔστιν. οὔτε δὲ
ἐν ᾧ ἔστιν, μένει γὰρ, οὔτε ἐν ᾧ
μὴ ἔστιν· πῶς γὰρ
ἂν ἐνεργοίη τι ἐν ἐκείνῳ ἐν ᾧ μηδὲ
τὴν ἀρχὴν ἔστιν; οὐκ ἄρα κινεῖταί
τι.”)
Aquiles y la tortuga
Un poco más adelante
(II, 245) nos cuenta la réplica del médico Herófilo, que era
contemporáneo de este Diodoro. Diodoro, a la sazón, se
había dislocado un hombro y acudido a Herófilo para que se lo curara.
El médico se burló de él diciéndole: “El hombro se ha dislocado
o estando en el sitio en el que estaba o en el que no estaba; luego
no se ha dislocado”. Era la manera que tenía Herófilo de decirle
al sofista que se dejara de tales argumentos, que lo único que
hacían era impedir que le aplicara el tratamiento médico para
curarle su dolencia.
En la misma obra III 66 de Sexto Empírico, leemos
la siguiente anécdota cuyo
protagonismo atribuyen algunos a Diógenes de Sinope, el cínico, que
se ha hecho bastante célebre dando lugar a la frase proverbial de
“el movimiento se demuestra andando”, que no es ninguna demostración propiamente hablando porque no es lo mismo mostrar algo ante los ojos que demostrarlo mediante la razón. Nada más real, en efecto, que el movimiento y, sin embargo, nada más falso: (…) preguntado uno de
los cínicos por el argumento del movimiento, no respondió nada,
sino que se puso de pie y caminó estableciendo de hecho y mediante
la evidencia que el movimiento era consistente realmente. (…)
τῶν κυνικῶν τις ἐρωτηθεὶς κατὰ τῆς
κινήσεως λόγον οὐδὲν άπεκρίνατο, ἀνέστη
δὲ καὶ ἐβάδισεν, ἔργω καὶ διὰ τῆς
ἐναργείας παριστὰς ὅτι ὑπαρκτή ἐστιν
ἡ κίνησις.
En Esbozos pirrónicos III, 71 vuelve Sexto a presentar un
poco más desarrollado el razonamiento: “Si algo se mueve: o se
mueve en el sitio en el que está o en el que no está. Pero no en el
que está, pues en él está quieto si de verdad está en él. Y tampoco
en el que no está, pues una cosa no puede actuar ni sufrir efectos
allí donde no está. Por consiguiente, nada se mueve.” He aquí
el texto en la versión original griega que concluye diciendo οὗτος
δὲ ὁ λόγος ἔστι μὲν Διοδώρου τοῦ
Κρόνου: “Este es el argumento de Diodoro Crono”: εἰ
κινεῖταί τι, ἤτοι ἐν ᾧ ἔστι τόπῳ
κινεῖται ἢ ἐν ᾧ οὐκ ἔστιν. οὔτε δὲ
ἐν ᾧ ἔστιν· μένει γὰρ ἐν αὐτῷ, εἶπερ
ἐν αὐτῷ ἔστιν· οὔτε ἐν ᾧ μὴ ἔστιν·
ὅπου γάρ τι μὴ ἔστιν, ἐκεῖ οὐδὲ
δρᾶσαί τι οὐδὲ παθεῖν δύναται. οὐκ
ἄρα κινεῖταί τι.
Ya casi nadie cree en la vieja Europa en la idea utópica de la emancipación social y el fin de la dominación del hombre por el hombre que predicaban el marxismo y anarquismo decimonónicos. Sin embargo muchos sustituyen el viejo credo por nuevas creencias y defienden a capa y espada lo que consideran la esencia de su propia identidad, o sea, lo que antes se llamaba idiosincrasia, ya sea nacional, sexual, lingüística, religiosa, étnica o de la clase que sea, sin percatarse de que no hay nada más opresor que la propia identidad, cualquiera que sea, por muy oprimida que haya estado o esté.
La antigua lucha por la justicia social se ha transformado en múltiples reivindicaciones por el reconocimiento de las identidades oprimidas, identidades que, una vez reconocidas, acaban convirtiéndose oficialmente en opresoras, víctimas que se trasforman en verdugos; pero que también, por el simple hecho de ser identidades, nos obligan a ser iguales a nosotros mismos, y, por lo tanto, nos esclavizan y privan de la libertad de no reconocernos en el espejo.
La identidad se ha convertido en un concepto abstracto que, buscando integrar a unas minorías, excluye a las mayorías, de forma que si alguna vez se enarboló como bandera para la liberación es hoy, como el DNI electrónico o digital, una camisa de fuerza, un arma de dominación, de sometimiento de esas mismas minorías a una categoría ideológica, a una casilla o compartimento estanco que se impone como un fetiche para que la defendamos como paladines, a fin de que se nos vaya la vida, ay, que se nos va, en ese empeño de defensa de etiquetas.
El carácter represor y no liberador de las identidades se percibe en la orden ejecutiva del policía que, identificado él por su uniforme y por su placa, que lo acredita como miembro de las fuerzas armadas y cuerpos represivos del Estado, nos detiene y nos exige que nos identifiquemos ante él: “Identifíquese”.
El principio de identidad suele expresarse A=A. Pero nada más formularlo caemos en la cuenta de que no puede ser verdad porque no podemos decirlo ni escribirlo sin que A, que era uno, se nos desdoble inmediatamente y se convierta en dos: A y A.
La lucha por la liberación consiste, por lo tanto, no en ser fieles a lo que somos defendiendo nuestras raíces y peculiaridades, no consiste en conocernos a nosotros mismos, empresa que se revela enseguida harto imposible, sino en desconocernos y liberarnos de nuestras señas identitarias, de nuestra propia identidad y del documento pertinente que la acredita. Deberíamos abandonar el viejo lema del oráculo de Delfos de "Conócete a ti mismo" y sustituirlo por su contrario: ἀγνῶθι σεαυτóν: "Desconócete a ti mismo". Ni más ni menos.
Publicaba nuestro ilustre premio Nobel don Mario Vargas Llosa el domingo 20 de febrero de
2022 en El País una tribuna titulada La muerte de Sócrates. Decía
que había leído recientemente el libro de Antonio Tovar La vida de
Sócrates, que había comprado en los años ochenta porque le dijeron
que era un libro magnífico, que lo es, pero que no había leído hasta ahora
porque también le advirtieron de que su autor era “un franquista”, que probablemente lo fue.
A raíz de la reciente lectura de este libro, se aprovecha nuestro premio Nobel para publicar en el periódico oficial del Régimen un artículo donde reivindica la dignidad de la muerte de Sócrates. En el subtítulo que le pone sentencia de un plumazo que lo único que importa de Sócrates no
es su vida, ni qué es lo que defendía o atacaba el filósofo griego, sino su
suicidio, dejándonos perplejos a sus lectores.
En primer lugar, hay que decir que Sócrates no se
suicidó. Fue condenado a muerte por un tribunal democrático en el
año 339 antes de Cristo. Sentencia Vargas Llosa que su muerte es más
importante que su vida, y que de Sócrates lo que queda es su
ejemplo. Lo repite varias veces en su penoso artículo: Lo
realmente ejemplar en él tuvo que ver más con su muerte que con su
vida. Ese es el mayor ejemplo que nos ha dejado. Al final lamenta, no sé si haciendo uso de la ironía socrática, que no hayan seguido ese ejemplo muchos dictadores que en el mundo han sido, aunque se me escapa por completo la comparación de Sócrates con los déspotas de este mundo.
Sócrates había vivido setenta años cuando fue
juzgado en Atenas de los cargos de corromper a los jóvenes y de no
creer en los dioses de la ciudad. Se había dedicado toda su vida a preguntarse qué
son las cosas, una pregunta que cuestiona la realidad y que cuando
afecta a la política y al gobierno puede
resultar muy molesta a los gobernantes, independientemente del
régimen político.
La pregunta socrática de ¿qué es...? inicia un diálogo
interminable con el que no se trata de responder al problema que
plantea y dar por zanjado el asunto llegando a una conclusión y anulando la preguntacon el cierre en falso de la respuesta, sino
haciendo que la interrogación viva y se renueve constantemente. Practicaba un diálogo
filosófico, lo cual quiere decir que perseguía apasionadamente la verdad que no poseía y que, en consecuencia, tampoco creía poseer, lo que resultaba una provocación pública cuando chocaba como hacía habitualmente con los numerosos creyentes poseedores de ella.
Es cierto que una vez pronunciada la sentencia que lo condenaba a la pena capital podía haberse zafado de la muerte. Tuvo la oportunidad de
recurrir y proponer una contrapropuesta consistente en pagar una
elevada multa aceptando el dinero que le ofrecían sus jóvenes
discípulos a los que, a diferencia de los sofistas, que eran los
intelectuales de su época, nunca había cobrado un céntimo. Prueba
de ello era su pobreza.
Ya Jenofonte, que es una
de las fuentes junto con Platón que tenemos sobre su vida, nos dice que Sócrates
comparaba a los sofistas con prostitutos que vendían su sabiduría
por dinero, lo que le parecía poco decente, tan poco honroso como
vender la hermosura por dinero, como hacían algunos efebos, cuando
lo decoroso era que un muchacho se entregara a su amante gratis et
amore. No me entretengo ahora en el tema de la pederastia homosexual
ateniense.
Sócrates, pues, rechazó el dinero de sus acaudalados
discípulos en aquel trance como lo había rechazado durante toda su vida. El jurado
seguramente lo hubiera aceptado. Pero él, en su discurso de
apelación, proclamó que la ciudad, en cambio, debería pagarle una
pensión como agradecimiento por sus servicios, lo que a la mayoría
le pareció una provocación intolerable. Finalmente, se avino, para evitar la condena, a pagar una multa acorde con sus haberes, que eran pocos y que resultaba, por lo tanto,
ridícula a oídos de sus jueces. La segunda y definitiva votación arrojó una mayoría
mucho más aplastante que la primera a favor de la pena de muerte.
La muerte de Sócrates, Jacques-Louis David (1787)
Todavía en la cárcel, pues trascurrió un mes
entre la sentencia de muerte y la ejecución consistente en la bebida
de una pócima de cicuta, Sócrates siguió recibiendo a sus
discípulos y charlando con ellos como si no pasara nada,
preguntándose interminablemente por las cosas. Y claro está,
preguntándose, cómo no, qué era la muerte a la que sus
conciudadanos lo habían condenado, y reconociendo que “aquello que
no sé tampoco creo saberlo”, como bien dice en su discurso de
defensa ante el jurado que nos ha trasmitido Platón.
Conviene, por cierto, desmentir aquí aquello que
todos hemos oído alguna vez que dijo Sócrates de “Sólo sé que
no sé nada”. Comparándose con otros conciudadanos suyos, como, por ejemplo, con algún prestigioso sofista que cobraba y mucho por sus enseñanzas, Sócrates decía, que era probable que
ninguno de los dos, ni él ni el otro, supiese nada de provecho “pero ése se cree que lo sabe, no
sabiéndolo. Mientras que yo, así como no lo sé, tampoco me lo
creo.” En ese pequeño punto podría decirse que Sócrates era el
hombre más sabio, como había proclamado el oráculo de Delfos, no
porque supiera mucho, ni siquiera porque sólo supiera, como se ha hecho proverbial,
que no sabía nada, sino porque, sencillamente, no creía saber lo
que no sabía. Saber, incluso que uno no sabe nada, es mucha
presunción sapiencial. Por eso, en su último discurso ante el jurado, cuando
ya conoce la sentencia condenatoria de los jueces, sus últimas
palabras fueron: “Pero, sí, ya es hora de
que nos marchemos, yo a morir, vosotros a vivir; pero cuáles de
nosotros vamos a mejor negocio, cosa es oscura para todo ser, salvo
si acaso para el dios”.
Sócrates, pues, no se suicidó. Su muerte,
obligado a suicidarse, fue una ejecución. No puede ser, pues, ningún ejemplo para nadie. Afirma
Vargas Llosa que sus ideas no convencerían a nuestros
contemporáneos, pero ¿qué ideas tenía Sócrates, alguien que
cuestionaba constantemente todas las ideas?, sin embargo todos,
prosigue nuestro ilustre Nobel, reverencian cómo murió. Esa reverencia, señor Vargas Llosa, es una manera de
renovar su condena a muerte, y solo sirve para certificar su defunción y desentenderse de su vida, que es lo único que importa.
Parece que está disponible en Youtube la espléndida película que Roberto
Rossellini rodó en 1970 para la RAI sobre el proceso y la muerte de
Sócrates, que le recomendaría ver al señor Vargas Llosa si no la ha visto. Hasta la fecha sólo
disponíamos de la versión original italiana (nunca estrenada en España, a
pesar de haber sido rodada en un pueblecito de Madrid, Patones de
Arriba), pero ahora podemos verla en V.O. subtitulada en español.
También le ofrezco, por mi parte, aunque usted no va a leer esto probablemente porque tendrá cosas mucho más importantes que leer, el dossier que preparé en su día para los alumnos de segundo curso de bachillerato sobre la figura de Sócrates, donde aparece entre otros materiales el oportunísimo texto "¡Viva Sócrates!" que Agustín García Calvo publicó en El País en 1999, en el que, al contrario que usted, pretendía reivindicar la vida y no la muerte del último de los presocráticos.
El zar ruso lanza una ofensiva militar,
operación especial, dice él, a fin de “desmilitarizar y
desnazifizar Ucrania”, tachando al régimen de Kiev de genocida.
Derribaron
el Ideal Cinema donde vi las películas que me hicieron soñar cuando
era pequeño y levantaron un bloque de pisos y una sucursal bancaria
en su lugar.
Han convertido el espacio natural donde correteábamos cuando éramos chiquillos en Parque de Conservación de la Naturaleza, destruyéndolo a fin de conservarlo.
Han
construido viviendas unifamiliares levantando bloques de pisos de gran
envergadura que se asemejan a nichos funerarios de un cementerio y
celdas colmeneras.
Pretende
el consistorio que los peatones circulen sólo por las aceras y que ni
perros ni gatos ni chiquillos deambulen libremente sin atender a los
semáforos.
Un presente, en el sentido de un don, no es un recuerdo inmaterial ni la tierra prometida del futuro, sino una cosa que está ahora y aquí, delante de nosotros.
Muchos comerciantes no quieren manejar monedas ni billetes, no aceptan dinero en metálico, que rechazan por su suciedad, en favor del dinero puro, espiritual.
Dijo Teócrito en griego γεράων δὲ θεοῖς κάλλιστον ἀοιδάι, lo que viene a ser en nuestra lengua: De las ofrendas para los dioses son la más bella los cantares.
Agamenón le rebana el pescuezo a Ifidamante, y él, derribado allí, se hundió en un sueño de bronce. Un sueño muy profundo y homérico cayó sobre sus párpados.
Contra el oráculo de Delfos: Desconócete a ti mismo. Reconoce el misterio que habita en ti; rechaza, falso como es, el autoconocimiento que te han inculcado.
Del amor posesivo. Cuando la persona amada se resiste a la posesión, aparece la denominada violencia de género: la maté porque era mía: a fin de que lo fuera.
oOo
Ministerio de Felicidad y Bienestar Social: ¿Estás deprimido y has perdido las ganas de vivir y lo último que se pierde, la esperanza? Consulta a tu psiquiatra.
La psiquiatría en colusión con la industria farmacéutica fabrica constantemente pacientes para el mercado so pretexto de curar el mal psíquico que provoca.
La infelicidad es psicológicamente un fracaso indivudal, y moral- y religiosamente, un pecado, por lo que no es un problema social sino un problema personal.
La
psiquiatría es la especialidad médica que diagnostica trastornos
mentales que ella misma genera, tal héroe que crea su propio monstruo a
fin de combatirlo.
Anatomía
de una epidemia: la tristeza. El consumo de psicofármacos ansiolíticos y
antidepresivos sirve para hacer crónica la depresión en lugar de
erradicarla.
oOo
No
hay nación que carezca de mitos fundacionales que se remontan a los
tiempos históricos de Maricastaña y le otorgan carta de naturaleza
y supuesta dignidad.
La construccicón de una nación se hace no sin sangre por contraposición a las demás en el campo de batalla de la identidad en el que seguimos debatiéndonos.
La
interpretación de la historia en función de los intereses políticos
y económicos es la materia prima con que se construyen las naciones
y los nacionalismos.
A comienzos del año 2020, Canadá modificó dos palabras de la letra de su himno nacional para hacerlo más políticamente correcto y más inclusivo sexualmente hablando, es decir, para no discriminar a las mujeres, benditas ellas que, como veremos, estaban excluidas del amor patriótico.
El himno nacional O Canada, oficial desde 1980, cuando sustituyó a God Save the Queen, contenía el siguiente pentámetro yámbico en la lengua del Imperio: “True patriot love in all thy sons command”, que tiene un valor yusivo dirigido a la patria canadiense y puede traducirse, como Infunde un verdadero amor patriótico en todos tus hijos (varones).
La nueva versión, políticamente correcta, será: “True patriot love in all of us command”: Infunde un verdadero amor patriótico en todos nosotros (y todas nosotras). Se ha eliminado el posesivo arcaico “thy” y el término “sons”, opuesto en inglés a “daughters”.
El promotor del cambio razonaba su propuesta argumentando que el himno nacional no debería ignorar a las mujeres, quienes representaban un 52% de la población canadiense. El primer ministro de dicho país, el señor Justin Trudeau, y la célebre escritora Margaret Atwood celebraron dicho cambio políticamente correcto que equipara a las mujeres a los hombres y acaba con la discriminación sexual que las excluía del espíritu patriótico.
La letra de Oh Canadá fue escrita en 1908 por el juez y poeta Robert Stanley Weir. En realidad, su versión original no contaba con la frase “True patriot love in all thy sons command”, pero Weir la agregó al final de la Primera Guerra Mundial como homenaje a los soldados muertos en combate.
Ocultan nombre y número de placa en el uniforme para evitar su identificación
Lo que ha hecho Canadá eliminando el lenguaje sexista de su himno nacional no consigue engañarnos, porque todos los himnos, como acertó a decir Rafael Sánchez Ferlosio son declaraciones de guerra: “La verdad de la patria la cantan los himnos: todos son canciones de guerra”.
Hasta ahora las hijas de Canadá estaban excluidas de la infusión del amor patriótico, bienaventuradas ellas, como digo, que, a lo sumo, se limitaban, algunas como madres, a parir hijos varones a los que la madre patria infundiera el amor patriótico para luchar y morir por ella.
Ahora también las mujeres pueden morir (y matar) por la patria. A partir de 1989 las féminas pudieron incorporarse a las CAF o Canadian Armed Forces, es decir, las Fuerzas Armadas Canadienses, exceptuando el servicio submarino, que se abrió también para ellas en 2001.
La policía desaloja uno de los vehículos que se oponen al Régimen en Ottawa.
Todos los himnos, sean o no sean sexistas, son deleznables. Igual que todas las patrias. Canadá, que ha reprimido brutalmente las protestas contra el Régimen sanitario imperante, no es ninguna excepción, pese a su maquillaje democrático, progresista y políticamente correcto. El primer ministro canadiense, el señor Trudeau, no ha tenido empacho en hacer uso de la Ley de Emergencias que le otorga poderes extraordinarios para sofocar violentamente la protesta ciudadana comenzada por los camioneros contra el Régimen que él preside, desalojando a los camiones que protestaban contra los confinamientos, cuarentenas y el pasaporte 'sanitario' que obliga a la vacunación contra el virus coronado, paralizando el tráfico de Ottawa. La policía detuvo el fin de semana pasado a dos centenares de manifestantes, una minoría de canadienses, según el señor Trudeau, "alimentada por grupos de extrema derecha" -también ha dicho que esos camioneros son racistas y misóginos, lo que esgrime para justificar la violenta represión.
Sea como sea, el Estado, en este caso el canadiense, por muy liberal que se pretenda, ha mostrado una vez más su verdadera cara dura, violenta y autoritaria. Las imágenes de la contundente represión han dado la vuelta al mundo y no engañan a nadie. Hemos visto incluso a la legendaria policía montada a caballo de Canadá en traje de faena patrullando por las nevadas calles de Ottawa, atibrorrada sin duda de ardor patriótico, atropellando y pisoteando a la ciudadanía "por el bien común de todos".
El gaudeamus igitur
(Alegrémonos, pues) es una vieja cantilena estudiantil europea anónima de la Edad Media que
se ha convertido en la actualidad en un himno universitario y que suele
interpretarse en casi todas las ceremonias de graduación y actos
oficiales académicos del universo mundo que se precien.
La primera estrofa reza así en latín: Gaudeamus igitur, iuuenes dum sumus; post iucundam iuuentutem, post molestam senectutem nos habebit humus. Cuya traducción sería más o menos: Disfrutemos jóvenes hoy de nuestra suerte. Tras la juventud gozosa y vejera enojosa nos tendrá la muerte.
En la segunda estrofa aparece el tópico tema inevitable en la poesía medieval del ubi sunt: ¿Dónde están los que antes que nosotros vivieron en el mundo? Vete a los infiernos, dirígete al cielo si quieres verlos. Ubi sunt qui ante nos / in mundo fuere?/ Adeas ad inferos, / transeas ad superos / hos si uis uidere.
Y en la última estrofa se entona el inevitable panegírico del mundo académico: Viva la academia y vivan los profesores...Viuat Academia, / uiuant professores!/ Viuat membrum quodlibet, / uiuant membra quaelibet, / semper sint in flore.
He aquí una versión moderna del himno a cargo del grupo Kundala para la Universitat Oberta de Catalunya:
Agustín
García Calvo compuso en latín una versión peculiar a la contra en una
de las numerosas reclusiones que padeció en las celdas de la Dirección
General de Seguridad, los célebres calabozos de la Puerta del Sol, por
apoyar el pronunciamiento estudiantil madrileño desde su estallido en
febrero de 1965, adelantándose al mayo del 68 francés hasta su
reintegración al orden en 1969, lo que motivó su expulsión de la cátedra
y su posterior exilio a París en plena dictadura franquista.
Escribió en Actualidades (Editorial Lucina, 1980), donde publicó su versión del clásico Gaudeamus,
que "repetirse a sí mismo interminablemente ritmos y tonadas era uno de
los modos más placenteros que podía tomar el Tiempo", y así compuso
este antihimno, cuyo lenguaje es similar al de la versión tradicional
estudiantil, que es el latín medieval de los clerici uagantes, siguiendo su esquema rítmico y métrico.
La
letra arranca de una leve modificación de la primera estrofa, que en la
versión original viene a decir que debemos alegrarnos mientras seamos
jóvenes porque después de los gozos placenteros de la juventud y de los
molestos achaques de la vejez nos tendrá la tierra, es decir, la huesa, o
sea, la fosa del cementerio.
Gaudeamus igitur, / iuvenes dum sumus; / post iucundam iuventutem,/ post molestam senectutem, /nos habebit humus. La última palabra de la estrofa, humus, no tiene nada que ver con el humo (que se dice fumus en latín), ya que significa tierra, suelo, terruño, de donde nos vienen a nosotros las palabras cultas y con hache intercalada inhumar y exhumar, que valen por enterrar y desenterrar respectivamente, y también la tra(n)shumacia, que viene a ser el pastoreo itinerante, pero también el adjetivo humilis -e, origen de nuestro humilde, y el verbo humiliare, de donde nuestro humillar,
proviene de ese árbol genealógico con el significado original de "a
ras de tierra", y también tiene relación con esta palabra, qué le vamos a
hacer, el género humano característico del animal rationale, toda una lección de humildad etimológica.
La versión de García Calvo de esta primera estrofa sólo modifica los adjetivos que se aplican a la juventud ("rebellem" en vez de "iucundam") y a la vejez, ("pacatam" en lugar de "molestam").
A continuación hace una parodia de las demás estrofas, con unas
cuantas proclamaciones "críticas y ardorosas" de lo que representó aquel
movimiento estudiantil para que queden como recuerdo vivo.
Ofrezco
una traducción al castellano un tanto libre, si no libérrima, de su
versión que permite sin embargo que pueda cantarse según se hace
comúnmente. La letra es por cierto, muy apropiada, como se verá si se
lee, para entonar a contracorriente en todas las graduaciones y
ceremonias de aperturas y cierres de cursos académicos y escolares.
I. Gaudeamus igitur, / iuvenes dum sumus. / Post rebellem iuventutem, / post pacatam senectutem, /nos habebit humus.
1. Disfrutemos jóvenes / hoy de nuestra suerte. / Tras la juventud guerrera / y resignada vejera, /nos tendrá la muerte.
II. Vbi sunt qui ante nos / in mundo fuerunt? / Ossa sub terra crepant,
miseri nos increpant, / quod numquam vixerunt.
2.
¿Dónde están los que anteayer / en el mundo fueron? / Bajo la tierra
sus huesos / se revuelven cual posesos / porque no vivieron.
III. Nos autem iam nolumus / obsequi isti legi, / neque argentum pro labore, / nec laborem pro amore, / neque regere nec regi.
3. Pero no queremos ya / esa penitencia, / ni dinero por labores, / ni trabajo por amores, / mando ni obediencia.
IV. Si nescimus forsitan / quae fieri velimus, / at ea quae nos premunt, / at ea quae falsa sunt, / ea satis scimus.
4.
Si no sabemos quizá / qué es lo que queremos, / lo que no queremos que
haya, / lo que es falso de esa laya / sí que lo sabemos.
V. Cui prodest ista iam / negotiorum rota, / tot consortia fabricarum, / tot commercia catenarum? / Ipsamet sibi tota.
5.
¿Para qué nos sirve ya / que gire la rueda / del progreso y sus
promesas, / del comercio y sus empresas, / sin parar que pueda?
VI. Cui prosunt, quaesumus, / saecla gubernantum, / et imperia militaria / et officia statutaria? / Ipsamet sibi tantum.
6.
Preguntamos el porqué / de tantos gobiernos, / los imperios y su
gloria, /y los siglos de la historia. / ¡Que ardan en los infiernos!
Vivat Academia, Hans Crepaz (1938-...)
VII. Pereat ergo Dominus / nummorum et fascium, / et rex qui mortificat / et lex quae iustificat, / et qui colunt mendacium.
7. Muera, por tanto, el Señor / Capital y Estado, / muera el rey que mortifica, / y la ley que justifica / y nos ha engañado.
VIII. Pereat Accademia, / pereant professores, / et cathedrae quaelibet / et decani quilibet, / simul ac rectores.
8. Muera la Universidad / y los profesores, / los exámenes, abajo, / los diplomas, al carajo, / rector y doctores.
IX. Sed et scholae pereant / ingeniariorum, / pereat technica fatalis,
pereat scientia venalis, / opium populorum.
9. No haya escuela nunca más / ni reloj que cuente, /
muera la tecnología, / y la ciencia que la guía, / opio de la gente.
X. Vivat liber amor et / fratrum et sororum, / vivat et inmunitas, / libertas, communitas / omnium conservorum.
10. Viva libre el libre amor / de hermanas y hermanos. / Viva la comunidad, / y la amable libertad / en libertas manos.
XI. Vivat ars dialectica, / mors religionis; / nam quae ratio construit, /
ratio ipsa destruit. / Vivat ius negationis!
11. Viva la dialéctica / negación tozuda; / lo que la razón construye, / ella misma lo destruye / al sembrar la duda.
XII. Vivat vita hominum, / si quid erit tale; / sin minus, vel pereat /
et ad umbras transeat / animal rationale.
12. Viva la vida si la hay / y se da tal cosa; / pero si no, que perezca, / y el ser racional fallezca / en sombría fosa.
En
la segunda estrofa, donde aparece el tema del "ubi sunt?", se pregunta
la cantilena dónde están los que vivieron, y se responde que unos han
ido a los infiernos y al cielo. García Calvo, por su parte, la modifica
prescindiendo del cielo y del infierno metafísicos: sus huesos yacen
bajo tierra, donde los muertos se revuelven porque constatan que nunca
han vivido, porque han muerto sin haber vivido, recordándonos el
contrahimno del maestro zamorano el dicho atribuido a Marcello Marchesi "L' importante è che la morte ci trovi vivi" (Lo importante es que la muerte nos encuentre vivos).
A
propósito de la cuarta estrofa, escribía García Calvo en su quinceava
entrega de "Para internet destinado a alumnos de istituto y a sus
profesores" que lo que dice allí más o menos de si tal vez no sabemos
qué queremos que suceda, en cambio, lo que nos oprime, en cambio, lo
que es falso, eso lo sabemos bastante bien, es lo que poco después
escribió algún estudiante en alguno de los muros de París: "Nous ne savons pas ce que nous voulons, mais nous savons bien ce que nous ne voulons pas", o sea: no sabemos lo que queremos, pero sabemos muy bien lo que no queremos.
Encuentro,
por otra, parte, un paralelo entre el comienzo de la octava estrofa de
García Calvo con lo que escribió el escritor y filósofo ruso Alexander
Herzen (1812-1870), recién graduado por la Universidad de Moscú en 1833:
Pereat Academia! Pereant Professores! (¡Muera la Academia! ¡Mueran los profesores!)
parodiando y contradiciendo los canturreados versos del Gaudeamus donde
se lanzan vivas pelotilleros al infame mundo académico.