martes, 18 de mayo de 2021
Querer y poder erradicar el mal, a propósito de Dios
lunes, 17 de mayo de 2021
Una estampita de san Expedito
domingo, 16 de mayo de 2021
Confidencias de un paquidermo
¡Ha llegado el circo a la ciudad! ¿El mayor espectáculo del mundo? ¡Pasen y vean, señoras y señores, niños y niñas, querido público, y juzguen por sí mismos! Tigres rayados y melenudos leones atravesando aros de fuego, perritos vestidos de gitana bailando sobre las patitas traseras al son de la música, un oso peludo tocando la pandereta, una foca jugando con una pelota, caballos al galope. ¡Véanme a mí, un elefante haciendo el pino con toda su masa corporal apoyada sobre la trompa y las patas delanteras! Pasen y vean y diviértanse, pero no se crean que los animales del circo somos artistas, sino esclavos obligados a hacer cosas que la naturaleza nunca prescribió que tuviéramos que hacer.
El otro día después de la actuación escuché una conversación entre un abuelo y un nieto que me dio mucho que pensar: "¿Por qué, le preguntó el niño al abuelo señalándome a mí, con lo grande y lo fuerte que es ese elefante, no rompe la cuerda que lo ata a la estaca?" Su abuelo le dio esta respuesta: "El elefante no se escapa porque cuando era pequeño amarraron con cadenas de hierro bien prietas una de sus patas a un árbol enorme. Entonces intentó librarse de su cadena con todas sus fuerzas. Pero no pudo. Y ahora cree que no puede librarse de ninguna atadura... Pero si quisiera, rompería la atadura en un pispás."
Un día vino un hombre. Se me quedó mirando, metió un palo con un gancho metálico entre los barrotes y me pinchó con él. Me hizo daño, así que me defendí y le dí un trompazo, y él se rió: “¡Ya te quitaré yo ese genio, maldito cabrón!”. Al día siguiente empezó lo que él llamaba mi entrenamiento: Si no le obedecía, me ataba, efectivamente, una pata delantera y una trasera con una cadena y me pegaba con el palo del pincho. Yo intentaba librarme con todas mis fueras, pero no podía. Aquel hombre era mi domador, porque se suponía que yo era un animal salvaje que debía ser domesticado. Si no me doblegaba, me amenazó, me arrancaría el marfil de los colmillos...
Vamos de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo. Los traslados son duros. Algunos animales mueren en los viajes. Nuestros domadores se enfadan entonces porque eso les supone perder dinero. Nosotros sólo somos para ellos dinero: su principal fuente de ingresos. Ellos también están amargados porque, como llevan esta vida errante, no pueden disfrutar de la estabilidad de un hogar. El circo tampoco es bueno para ellos. Pero ellos, al fin y al cabo, han elegido ese modo de vida, dentro de lo que cabe, mientras que nosotros no hemos tenido esa opción.
A mí ya sólo me queda la esperanza de que, cuando sea un viejo paquidermo, y ya no sirva para entretener a nadie, me dejen descansar en paz. Sí, quizá podría escaparme. Tal vez podría romper la cuerda que me ata a la estaca, tiene razón ese señor, pero ¿a dónde iba a ir? La vida me ha enseñado, mala maestra, a aprender la lección de la obediencia.
sábado, 15 de mayo de 2021
Crónicas de la Pandemia Universal
El año 2020 será recordado como el año en que la Organización Mundial de la Salud declaró la Pandemia en el universo mundo. Los gobiernos atemorizados y avasallados ante la que se nos venía encima repitieron hasta la saciedad que estábamos en guerra, declarando así implícita- y explícitamente la Guerra. Animaron a toda la población civil a militarizarse y a luchar contra el enemigo invisible. “No pasará”. “Juntos lo paramos”. “Saldremos mejores”. “Todo saldrá bien”... Eran algunas de las consignas de campaña. Hubo confinamientos de la población y se declararon toques de guerra, que el ridículo presidente del Gobierno español rebautizó con retórica de camuflaje “restricciones de movilidad nocturna”, provocando la irrisión general del ruedo ibérico. El enemigo invisible podía estar atrincherado dentro de cualquiera de nosotros mismos, ignorantes, o en el prójimo, al que no había que aproximarse y con el que había que guardar las distancias de seguridad.
Los periodistas, haciendo dejadez de sus funciones deontológicas, se convirtieron en propagandistas y con la propaganda del virus coronado sembraron el terror. ¿Cómo se puede distinguir en estos tiempos a un reportero carente de sentido crítico de alguien que se dedica a propagar el terrorismo informativo?
Curiosa palabra, por cierto, esta de propagar, que significaba en la vieja lengua de campesinos que era el latín, amugronar, es decir, acodar los mugrones, que eran los sarmientos de las vides que, sin cortarlos, se enterraban para que arraigaran y produjeran así una nueva planta consagrada a Baco, dios del vino. El término se convirtió enseguida en sinónimo de acrecentar, extender, prolongar tanto en el tiempo como en el espacio. Hay usos clásicos atestiguados en Cicerón de propagare fines imperii (extender las fronteras del imperio) y propagare uitam (prolongar la vida).
El término propagare tiene una curiosa historia: es un compuesto del prefijo pro- con el sentido de delante y del verbo pangere “clavar en tierra, plantar, hincar”, que, con un infijo nasal, se remonta a la raíz indoeuropea *pak, cuyo significado sería “fijar, atar, asegurar”, de donde nos viene derivados tan curiosos como pax, el nombre de la paz, pactum el pacto y pagus, el nombre de la aldea o del pago, en la expresión “por estos pagos”, y en ese sentido sinónimo de región o de lugar en general, pero también, según la docta Academia del “distrito determinado de tierras o heredades, especialmente de viñas u olivares”. Otra vez aparece el simbolismo de la vieja vid. Y es el origen del adjetivo paganus, que da lugar tanto a nuestro paisano como a pagano, que utilizado por los cristianos denominaba a los resistentes a la cristianización, enraizados como estaban en cultos autóctonos más relacionados con el cultivo de la tierra que con el cuidado de las almas. Y también dio origen a pagina, que en la vieja lengua rural del Lacio era el nombre del rectángulo formado por cuatro hileras de vides compaginadas. Volvemos de nuevo a la vid y a los viñedos, de donde sale el vino, que los cristianos adoptarán como materialización de la sangre de Cristo en la eucaristía.
Y la etimología nos sugiere cómo se ha propagado la Pandemia Universal por las ondas y por numerosísimas páginas electrónicas, y de ahí por las conversaciones de la gente. Pero entre los derivados de propagare merece un lugar aparte por su especial trascendencia propaganda, el gerundivo de las viejas gramáticas, que se tomó en 1843 de la locución latina De propaganda fide (sobre la propagación de la fe), título de una congregación del Vaticano. Lo que se propaga en nuestros días y se propala, es decir, se hace público, es la información, que, como los mugrones de las vides, se entierra para que dé origen a una nueva noticia, y esa información no es otra cosa más que un artículo de fe que sustenta la falsa creencia de que la realidad es verdadera.
Sólo un estricto ermitaño anacoreta que se hubiera retirado al desierto como Simón el Estilita podía haber llegado a ignorar la existencia de la crisis sanitaria provocada por la difusión del virus coronado, cuyo impacto, afectó en mayor o menor medida a la inmensa mayoría de habitantes del planeta. Otro término, por cierto, este de impacto que nos retrotrae a pangere con el prefijo intrusivo in-: *inpangere modificado por apofonía vocálica de la raíz en inpingere, y que significa choque con penetración, como el de la flecha en la diana, o la bala en el blanco, en el caso de las armas de fuego.
De uno al otro confín del mundo millones de personas vieron sus vidas instaladas en lo que se denominó la Nueva Normalidad, que es el nombre de la Nueva Era Sanitaria. El Estado de Excepción se convirtió en la regla, como dijo Agamben. No hizo falta afirmar que la humanidad afrontaba la catástrofe de la más peligrosa de las pandemias jamás vividas. No se afirmó, porque si se hubiera dicho, habría sido fácilmente refutado, comparándola, por ejemplo, con la terrible gripe española del siglo XX, pero a los que minimizaban su importancia se les tachó enseguida de negacionistas, porque se consiguió que, sin decirlo, la mayoría de la población de todo el mundo aceptara el relato oficial, la narrativa gubernamental, y se cagara, perdón por la expresión pero no cabe otra, de miedo literalmente, amenazada por un germen invisible como nunca antes lo había sido.
Para la inmensa mayoría de la gente la lucha contra el virus coronado, nueva guerra mundial, trastornó sus vidas y ocupó día y noche la atención de los medios de (in)comunicación. Durante meses vivimos en un clima apocalíptico en el que seguimos inmersos: muerte instalada en las pantallas, miedo por todas partes a la infección, miedo a la reinfección, miedo a las secuelas persistentes, miedo a la enésima ola, variantes y mutaciones, miedo a la muerte, y en definitiva, miedo a la vida. Durante meses vivimos una histérica psicosis colectiva y angustia existencial, millones de personas confinadas en sus casas bajo arresto domiciliario: algo nunca antes visto, con la única oportunidad de asomarse al mundo a través de la televisión o de las ventanas de la Red. Ni siquiera la segunda guerra "mundial" del siglo XX, pese a su nombre, afectó tanto al mundo como esta Pandemia Universal, que ha logrado que tantos países cerraran a cal y canto sus fronteras, apareciendo incluso algunas que no habían existido nunca. Se llamaron cierres perimetrales. Se establecieron controles barriales, municipales, regionales, autonómicos, nacionales. Renacieron los viejos salvoconductos.
El pasaporte “verde”, color de la esperanza, está llamado a ser el moderno Certificado de Buena Conducta que expiden las autoridades sanitarias y que otorgan a los que han recibido la gracia divina de la inoculación. El Estado reveló su verdadera cara dura, que es su esencia policial y, todo hay que decirlo, militar. Y en eso estamos. Es decir, contra eso.
Lo que ha hecho que esta pandemia no tenga precedentes no es el virus, sino las respuestas autoritarias de los gobiernos y sus ministerios sanitarios, unas respuestas no sólo desproporcionadas, sino fundamentalmente contraproducentes y, por lo tanto, irracionales.
El año 2021 en el que
estamos inmersos será recordado como el año 1 después de la
Pandemia. Hemos abandonado el cómputo de la era cristiana, e
inauguramos la Era Sanitaria pospandémica.
viernes, 14 de mayo de 2021
Jacques Attali, teórico de la conspiración
Jacques Attali, que fuera asesor de Mitterand y ayudó a Macron a llegar al poder en el país vecino, escribió el 3 de mayo de 2009 un artículo titulado “Cambiar, por precaución”, publicado en L'Express, que comienza diciendo: “La Historia nos enseña que la humanidad sólo evoluciona significativamente cuando tiene verdaderamente miedo”. Resulta curioso que comience mencionando el miedo como motor significativo que hace que la humanidad evolucione, como fuerza motriz de la Historia, que él escribe con inicial mayúscula.
Attali no podía saber entonces si aquella incipiente pandemia iba a ser más grave que las anteriores o iba a quedarse en agua de borrajas, como al final se quedó, pero si fuera más grave, lo que era posible, traería consecuencias planetarias tanto económicas como políticas; y si no era más grave que las anteriores, como cabía esperar, no había que desaprovechar las lecciones que había que sacar de ella “antes de la próxima, inevitable” (“avant la prochaine, inévitable”.) Se refería a la próxima pandemia, claro está, que él, autor de un libro titulado “Una breve historia del futuro”, publicado tres años antes en 2006, ya estaba vaticinando.
Y hacia el final del artículo decía: “Entonces se llegará, mucho más rápidamente de lo que hubiera permitido la sola razón económica, a sentar las bases de un verdadero gobierno mundial.”
Leído ahora, doce años después, este texto resulta visionario y apocalíptico, en el sentido etimológico del término, esto es: revelador. Pero sobre todo profético: Ante la incipiente pandemia fallida de entonces, vaticinaba con un sorprendente oximoro a modo de traca final: “Una pandemia mayor hará entonces surgir, mejor que ningún discurso humanitario o ecológico, la toma de conciencia de la necesidad de un altruismo, por lo menos interesado”.
Constata Attali, como buen historiador del pasado, que en el siglo XVII comenzó en Francia gracias al “hospital” (sic) la “mise en place”, expresión que le es especialmente grata y repite hasta cinco veces en el texto y que podríamos traducir como el “establecimiento”, de un verdadero Estado. ¿No estaremos ahora, a comienzos del siglo XXI, invirtiendo las tornas y haciendo que el Estado se convierta en un verdadero hospital donde todos los ciudadanos somos tratados como pacientes objetos de vigilancia intensiva y de control? ¿No es, pregunto yo, Jacques Attali un teórico de la conspiración? Desde luego, si lo hubiera dicho otro habría sido tildado enseguida de conspiranoico o, como dicen los franceses, de “complotiste”.
jueves, 13 de mayo de 2021
¿Para qué sirve la utopía?
Cuenta el llorado Eduardo Galeano que la utopía tiene sentido en el mundo de hoy. Cita a propósito una frase que dijo Fernando Birri, el director de cine argentino, gran amigo suyo, y que los lectores de Galeano injustamente se la ha atribuido a él.
En uno, en efecto, de sus libros Galeano citó una frase de Birri diciendo que era de Birri. Ambos daban una charla mano a mano en la Universidad de Cartagena de Indias, la bellísima ciudad de la costa colombiana, y los estudiantes les hacían preguntas unas veces al uno y otras al otro.
De pronto se levantó un estudiante y le hizo a Birri, recuerda Galeano, la pregunta más difícil de todas las que les formularon en aquel coloquio: ¿Para qué sirve la utopía? Galeano dice que miró con lástima a su amigo compadeciéndose de él porque a él le había tocado la pregunta y le correspondía responderla.
El director de cine argentino, sin embargo, la contestó estupendamente, de la mejor manera. Dijo que él se hacía esa misma pregunta todos los días. ¿Para qué sirve la utopía, si es que sirve para algo? Dijo que la utopía estaba en el horizonte y que si estaba en el horizonte “yo nunca voy a alcanzarla”. Y añadió: “Yo sé muy bien que nunca la alcanzaré, que si yo camino diez pasos, ella se alejará diez pasos. Cuanto más la busque menos la encontraré, porque ella se va alejando a medida que yo me acerco. Buena pregunta, pues la utopía sirve para eso: para caminar”.
Pese a la belleza de esta definición, que me recuerda a Machado (Caminante, no hay camino / se hace camino al andar...) y en cierto modo también a Cavafis en su Viaje a Ítaca, hay que decir que esa respuesta también habría servido si le hubieran preguntado para qué sirve la zanahoria que se le pone por delante de las orejeras al borrico. Sirve para hacer que este arree, es decir, para que camine y para que así tire del carro. La zanahoria está lo bastante cerca como para que crea que puede alcanzarla y a la vez lo bastante alejada como para lograrlo alguna vez.
La historia de la palabra utopía nos lleva a la isla imaginaria que describió Tomás Moro en 1516 que gozaba de un sistema político, social y legal perfecto. La etimología nos dice que es un término griego compuesto de οὐ (ou), que es la negación 'no', y τόπος tópos, que es un sustantivo que significa 'lugar' y que aparece en otros helenismos como tópico o topografía.
Por otro lado, las definiciones de la docta Academia insisten ambas en determinarla como un proyecto de futuro de difícil realización (“Plan, proyecto, doctrina o sistema deseables que parecen de muy difícil realización” y “Representación imaginativa de una sociedad futura de características favorecedoras del bien humano”), por lo que puede servir para promover un cambio en la sociedad que puede ser superficial o profundo. Pero si ese cambio se institucionaliza, deja de ser una utopía y se convierte en un estado: el proceso se estabiliza, cuando su esencia era la inestabilidad.
Si, guiados por la Tierra Prometida de esa utopía, se produce algún cambio social, lo que se conseguirá es que todo cambie para seguir indefectiblemente igual. La utopía debe servir para negar la realidad siempre, sin afirmar ningún sustituto suyo a cambio. En la definición de la palabra no deberían entrar las notas de “proyecto”, “plan”, que implican cambio para que todo siga igual, para que perdure la sociedad actual, que es una distopía y no una utopía, y que por lo tanto no favorece el bien humano, el bienestar de la gente.
Para caminar sirven la zanahoria inalcanzable y la utopía, que es la promesa de una Tierra Prometida en el futuro, ya sea en esta vida o en la otra. Pero Moisés, que es el borrico y somos nosotros, nunca entra en esa Tierra de promisión.
La utopía sirve, pues, para engañar al pueblo, como la zanahoria que motiva o incentiva al burro. Pero también sirve para decir que no, y eso no es ningún engaño. Eso es, creo, lo que quería decir Galeano, que citaba la respuesta de su amigo Birri, cuando afirmaba que la utopía servía para caminar. Sirve para no quedarse quieto, para no estabilizarse, para estar siempre de paso, para decir que no al Estado en el que estamos y que se nos impone, como dice el primer elemento constitutivo de la palabra, que es la viva negación, y niega precisamente la “topía”, lo establecido, el establecimiento, lo que tiene lugar, es decir por otro nombre: la Realidad.
Sirve para espolearnos rumbo a lo desconocido y para que huyamos de la realidad, con la que no estamos conformes, porque como dice una pared anónima que habla y que expresa la voz del pueblo: “Estar conformes con esta realidad es estar ya muertos”.
Si
le decimos que no a la Realidad, falsa como es, ya estamos echando a andar. Y en ese
sentido lo que decía Galeano que decía Birri me recordaba a mí a Machado y a Cavafis: no importa la meta,
porque en realidad no hay ninguna meta. Lo que importa es el camino,
pero no el camino del burro hacia el mercado o lo que es lo mismo al matadero. El camino no establecido hacia donde no sabemos,
es verdad, porque no sabemos a dónde vamos, pero sí sabemos dónde
estamos y de dónde queremos huir, y a dónde no queremos volver.
miércoles, 12 de mayo de 2021
Espectáculo de variedades
El fin del Estado de Alarma no supone el fin del Estado. El virus, o lo que es lo mismo, el Estado, sigue ahí, igual que el dinosaurio de Augusto Monterroso.
Una pancarta de un manifestante en la que se puede leer una verdad despiadada: “Nos están matando”. Era el 4 de mayo de 2021, durante una protesta en Bogotá.
Si uno quiere descubrir al responsable de haber cedido sus datos y dado su consentimiento para procesarlos, sólo tiene que hacer una cosa: mirarse en el espejo.
Hannah Arendt señaló la debilidad política del argumento del mal menor: quien opta por él suele olvidar que, prescindiendo del adjetivo, ha optado por el mal.
Dicen que dijo Napoleón, pero, si no fue él, pudo ser cualquier otro mandamás, que la buena política consiste en hacer creer al pueblo que es libre y soberano.
oOo
“¡Disuélvanse! Esta manifestación no está autorizada”-Vocea la policía por el megáfono. Alguien pregunta: “¿Tengo yo también que disolverme? ¿Cómo me disuelvo?”
martes, 11 de mayo de 2021
Byungchulhania
El último libro publicado en España del filósofo coreano que escribe en alemán Byung-Chul Han lleva por título “La sociedad paliativa” (Herder, 2021). Se trata de un breve opúsculo de 90 páginas, donde abundan las frases cortas de estilo aforístico que hacen fácil su lectura y resultan muy sugerentes.
No aporta gran cosa a las que son sus obras más significativas “La sociedad del cansancio” y, sobre todo, “Psicopolítica”. A lo que escribía allí se une aquí el análisis que hace de la pandemia.
Caracteriza el tiempo que nos toca vivir con el término “algofobia”, un miedo generalizado al sufrimiento y al dolor, que acarrea una sociedad analgésica, que no tiene el valor de enfrentarse al dolor. De ahí el título del libro: “La sociedad paliativa”.

La
sociedad que describe, nuestra sociedad, ha olvidado que el “dolor
purifica”, que opera una catarsis, y que el arte tiene que
perturbarnos y hacer que nos duela la herida.
Critica la obligación que nos hemos impuesto de “ser felices”, el imperativo “sé feliz”. Y repite la tesis que ya aparecía en su “Psicopolítica” de que el sometido no es consciente de su sometimiento. “Se figura que es muy libre. Sin necesidad de que lo obliguen desde afuera, se explota voluntariamente a sí mismo creyendo que se está realizando. La libertad no se reprime, se explota. El imperativo de ser feliz genera una presión que es más devastadora que el imperativo de ser obediente.”
El sufrimiento que genera la sociedad “se privatiza” y se convierte en un problema psicológico. Y quizá el hallazgo más importante que expone aquí es que (pág. 25): “Los analgésicos, prescritos masivamente, ocultan las situaciones sociales causantes de dolores. Reducir el tratamiento del dolor exclusivamente a los ámbitos de la medicación y de la farmacia impide que el dolor se haga lenguaje e incluso crítica.”
El análisis que hace de la pandemia no deja de ser sugerente (pág. 29): “El virus invade la zona paliativa de bienestar transformándola en una cuarentena en la que la vida se anquilosa por completo en una supervivencia. Cuanto más se reduce la vida a mera supervivencia tanto más miedo se tiene de morir. La algofobia es en último término una tanatofobia. La pandemia vuelve a hacer visible la muerte, que meticulosamente habíamos reprimido y desterrado. La omnipresencia de la muerte en los medios de masas pone nerviosa a la gente”.
La pandemia nos ha llevado a la histeria por sobrevivir. Constata que “Acatamos sin rechistar el estado de excepción, que reduce la vida a la mera supervivencia (…) Somos demasiado vitales para morir, y estamos demasiado muertos como para vivir”. Vuelve sobre su tesis de la autoexplotación del individuo, donde se da una flagrante lucha de clases en la que uno guerrea contra sí mismo y “la explotación por otros da paso a la autoexplotación voluntaria”, y uno es al mismo tiempo explotador y explotado.
En el último capítulo, titulado “El último hombre”, critica la tesis de Fukuyama de que el triunfo del liberalismo pondría fin a la historia. La sociedad paliativa no presupone necesariamente la democracia liberal. “A raíz de la pandemia nos encaminamos hacia un régimen biopolítico de control policial... Se acabará imponiendo la evidencia de que, para combatir la pandemia, conviene centrar la mirada en el individuo particular. Pero esta vigilancia biopolítica del individuo es incompatible con los principios del liberalismo.”
Ya
estamos viendo cómo la gestión de la pandemia nos está llevando a
renunciar a los principios liberales. “Ya el régimen de vigilancia
digital, que entre tanto está asumiendo rasgos totalitarios, socava
la idea liberal de libertad”. Y concluye diciendo que el último
hombre “no es ningún defensor de la democracia liberal. El
confort representa para él un valor superior a la libertad (...)
Cuando la dictadura interior se topa con la vigilancia biopolítica,
esta última no se percibe como opresión, pues viene en nombre de la
salud. Por eso el último hombre se siente libre en el régimen
biopolítico. Dominación y libertad coinciden aquí de nuevo (…)
Pero una vida sin muerte ni dolor ya no es una vida humana, sino una
vida de muertos vivientes. El hombre abjura de sí mismo para
sobrevivir. Posiblemente llegue a alcanzar la inmortalidad, pero
habrá sido al precio de la vida”.
lunes, 10 de mayo de 2021
Iconoclasia
2. Actitud iconoclasta.
Las imágenes no sólo nos ciegan, sino que atrofian además nuestra imaginación; son el velo de Maya que, puesto a modo de pantalla, no nos deja ver la realidad.
Paul Valéry nos ha brindado una preciosa definición de “mirada”. Mirar, escribió a propósito de Blas Pascal, es olvidar los nombres de las cosas que se ven.
Las imágenes son fotogramas inmóviles en nuestra mente: no vemos el árbol con sus hojas zarandeadas por el viento, sino la idea previa que teníamos.
Las ideas preconcebidas nos impiden ver los árboles y el bosque que se nos ofrecen a la vista. Ni los árboles nos dejan ver el bosque ni el bosque los árboles.
Si queremos ver de verdad, debemos cerrar los ojos a la realidad, que, ideal como es y constituida de ideas como está, es esencialmente falaz y mentirosa.
Hay que desconfiar de las cosas que vemos con nuestros propios ojos, porque lo que vemos no es la cosa misma, sino la imagen y la idea de la cosa que tenemos.
Casi nadie rinde culto a los íconos, pero paradójicamente toda imagen, cualquiera que sea, se considera sagrada y digna de crédito: el vulgo cree en lo que ve.




























