domingo, 1 de febrero de 2026

En el tren expreso

Volvía de París. Por la noche. Al arrancar el tren de la estación de Austerlitz subió a mi coche, seguida de un matrimonio de ancianos, una joven de una belleza singular y radiante que no me dejó indiferente, alta, rubia, delgada y muy pálida. Yo, sentado junto a la ventanilla, había empezado a leer un poema de Campoamor que se titulaba precisamente El tren expreso, que, como comprobé enseguida, presentaba alguna curiosa coincidencia con el tren nocturno en el que viajábamos. 
 Estación de Austerlitz (París)
Al abandonar la estación el expreso lanzó un gemido y comenzó a rugir. La joven se sentó a mi lado. Al cabo de un rato: 
-¿Eres español? –Me preguntó con ligero acento francés. 
-Sí, y ¿tú? 
-Yo soy francesa
 
E intercambiamos algunas preguntas y respuestas breves. Enseguida comprendí que al lado de una joven tan seductora, yo no iba a poder dormir. Mil veces intenté quedarme dormido pero fue inútil el empeño: admiraba a la chica que tenía a mi lado y, estaba claro que la admiración me quitaba el sueño. Leía a Campoamor: “como el tren no corría, que volaba, / eran tan vivo el viento, era tan frío, que el aire parecía que cortaba...” 
 
Sentados el uno frente al otro junto a la ventanilla como estábamos, saqué una manta zamorana para cubrirme y, como vi que mi compañera tenía frío, la extendí para poder taparnos los dos. La joven, de aspecto sencillo, parecía una Venus de Botticelli. Me llamaron la atención, además de sus ojos azules que me recordaban el cielo, unas manos largas y espirituales, delicadas, hermosas manos. 
 
 
Después de pasar el revisor al cabo de un buen rato, mi compañera, que tampoco podía dormir, salió del compartimento al pasillo so pretexto de fumar un cigarrillo. Yo salí a continuación tras ella. Abrió la ventanilla y se quedó embelesada mirando la luna y recibiendo el aire fresco en la cara: esa sensación inigualable de libertad. Estuvimos charlando de París, la ciudad que ambos habíamos dejado atrás, donde se va a olvidar y donde se dejan, sin embargo o por eso mismo, tantos recuerdos. Me contó vagamente sus penas: me habló de una relación muy destructiva que acababa de dejar. Yo, siguiéndole el juego, le pregunté si un nuevo amor no le ayudaría a olvidar el viejo: un clavo saca otro clavo, le dije. Me dijo que no quería complicarse la vida con otra relación como la que había padecido. 
 
El tren no corría, volaba. El aire era tan frío que mi compañera cerró la ventanilla. De pronto llegamos a una estación que parecía una feria por la gritería del vulgo. Me fijé en los destellos del rubio dorado de su pelo, un oro que brilla como paja de trigo calcinada por agosto en los campos de Castilla, y destacaba ante la palidez gótica de su rostro. El tren arrancó de nuevo. Nuevos pasajeros entraron a nuestro compartimento, dos chicos mochileros, uno de los cuales cargaba con una guitarra. 
 
 
Nosotros, en el pasillo, charlábamos ahora de literatura. No nos habíamos presentado pero era como si nos conociéramos de toda la vida. Yo le hablé de mi pasión por la poesía francesa y ella me citó el comienzo unos versos: 
-O toi, le plus savant et le plus beau des Anges, / Dieu trahi par le sort e privé de louanges. / O Satan, prends pitié de ma longue misère! 
-'Las letanías de Satán' de Baudelaire, sans doute, dije yo enseguida haciéndole un guiño literario. 
-Viens avec moi, suive-moi! –me dijo ella de pronto corriendo al final del coche y casi arrastrándome. La seguí. Entramos los dos en el WC con el corazón palpitante y nos encerramos en aquel espacio tan reducido echando el pestillo. 
 
Comenzó el traqueteo del tren que, entretanto, atravesó un túnel que horadaba la montaña. Iba con tanta premura que bajaba del monte a la ladera, dejaba la colina por una llanura, y ésta, en fin, por la ribera. Entraba en una estación. Se detenía. Ahora estaba detenido. Se oía la gritería de la gente como enjambre de colmena. Nosotros, que todavía no habíamos concluido, seguíamos encerrados en el retrete. Volvía a ponerse en marcha el viejo expreso desperezándose. Comenzaba a traquetear otra vez con renovado brío. Gemía largamente el tren. 
 
De cuando en cuando algún pasajero llamaba a la puerta: 
-C'est occupé. Decíamos ella o yo indistintamente, y seguíamos con lo que estábamos haciendo. 


Salimos al cabo no sé de cuánto tiempo. No sabría decir con exactitud si tardamos media hora, una hora o dos horas. Primero salí yo y al cabo de un rato ella. Mi compañera con los cabellos rubios enmarañados ajustándose la falda. Yo, abrochándome la bragueta. Volvimos al compartimento.
 
Faltaba poco ya para llegar a Hendaya, donde nos separaríamos. Nuestras trayectorias no volverían a encontrarse como habían hecho aquella noche nunca más en la vida. Se habían cruzado una vez y esa vez era para siempre.