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domingo, 22 de febrero de 2026

La mente, la vasija y el fuego.

    Me sorprendió en la librería londinense Hatchards una máxima atribuida a Plutarco enmarcada en un cuadro y escrita con hermosa caligrafía sobre un montón de libros pestilentes de autoayuda. Decía así en la lengua de Chéspir: The mind is not a vessel to be filled but a fire to be kindled, cuya traducción viene a ser algo como “la mente no es una vasija que haya que rellenar sino un fuego que encender”.
 
 
    Buscando la fuente de la máxima supuestamente plutarquea (o plutarquiana) encuentro que efectivamente es una paráfrasis abreviada de una frase suya que se encuentra al final del tratado moral “Sobre cómo se debe escuchar” (retitulado en latín De recta ractione audiendi o simplemente también De auditu). 
 
    Leyendo el breve opúsculo de Plutarco dedicado a su joven amigo Nicandro se da uno cuenta de la importancia que tenía la transmisión oral de toda la cultura griega antigua, basada en unos textos que hasta la época clásica corrían de boca en boca sin que mediara ningún soporte escrito como el libro de Plutarco donde encuentro yo la cita. Es muy significativo de lo mucho que ha cambiado el mundo el hecho de que hagamos una reflexión como esta en una librería de esas que por otro lado cada vez quedan menos porque sus dueños echan el cierre del negocio.  
 
    De ahí que fuera importante en la antigüedad el arte de la escucha, destacándose que siempre es más provechoso oír que hablar, siendo el silencio una de las virtudes que más pueden adornar al joven. Por eso el propio Plutarco nos recuerda aquello que suele atribuírsele en otra parte a Zenón de Cicio de que la naturaleza nos dio a cada uno de nosotros dos orejas y en cambio una sola lengua para que hablemos menos y escuchemos más, porque es más importante la escucha activa que la locuacidad y el, como se dice a veces, hablar por hablar que se reduce a expresar meras opiniones personales a tontas y a locas, o el hablar por no callar.
      La frase plutarquiana (o plutarquea) dice literalmente en su versión original: οὐ γὰρ ὡς ἀγγεῖον ὁ νοῦς ἀποπληρώσεως ἀλλ᾽ ὑπεκκαύματος μόνον ὥσπερ ὕλη δεῖται, ὁρμὴν ἐμποιοῦντος εὑρετικὴν καὶ ὄρεξιν ἐπὶ τὴν ἀλήθειαν. Y en román paladino, traducido por José García López reza así: “Pues la inteligencia no necesita de relleno como un vaso, sino como la madera sólo de alimento, que crea impulso investigador y deseo hacia la verdad”. El término griego que el traductor ha vertido como 'alimento', a saber, ὑπέκκαυμα, significa, materia combustible, todo aquello que sirve para encender el fuego y, por extensión, para calentar el cuerpo y alimentar el deseo de saber. 
 
    Esto nos lleva inevitablemente a establecer dos conexiones con Heraclito de Éfeso: la primera es la crítica de la polimatía o sabiduría que abarca conocimientos diversos -Heraclito dijo que la diversidad de conocimientos no enseñaba a tener seso-, y la segunda es la metáfora de la razón como fuego siempre vivo que destruye las ideas concebidas que nos dominan, un fuego que alimenta la actividad de un pensamiento crítico que no se somete ni a la ciencia ni a la filosofía ni a quedarse nunca estanco.
 
    Relaciono enseguida yo la máxima de Plutarco con la mayéutica socrática. La mayeútica es literalmente, como se sabe, el “arte de la partería” que Sócrates, decía irónicamente, habría heredado de su madre, que fue comadrona. Plutarco en esa frase presenta la mente o la inteligencia (ὁ νοῦς) no como depósito de contenidos, sino como potencia latente que debe ser estimualda para que ardan dichos contenidos. Sócrates, en los diálogos juveniles de Platón que conservamos, nunca enseña contenidos positivos ni transmite doctrina alguna. Interroga y con sus preguntas desestabiliza las certezas de su interlocutor, al que lleva a reconocer que no sabía lo que creía saber.
  
    La verdad es combustión interior, o en palabras del prólogo aquel de Agustín García Calvo a la traducción de sus “Diálogos socráticos”:[Estos diálogos, -la Apología, Teages, Los enamorados, Cármides y Clitofonte-] dejarán siempre insatisfechos y quejosos de su inutilidad y falta de fin y de soluciones a todos los que crean todavía que lo eficaz -Dios sabrá para qué- es adquirir ideas y verdades, y no ver la mentira de las ideas que ya tenemos. 
 
    La verdad que se da a luz gracias al arte de la partería u obstetricia no es un saber positivo, sino la constatación de que lo que se sabe no es verdad, cuyo elemento clave es la aporía, el callejón sin salida, el momento en el que la inteligencia se ha encendido y ha prendido fuego a todas sus certezas. La aporía sería la chispa que prende el fuego de la razón. Aquí viene Plutarco a sugerirnos que llenar la mente de certezas impide que arda y cumpla su función combustible.