En Tetuán, palomita blanca que no alza el vuelo,
sufro yo, condenado, pena de cautiverio.
Me han caído diez años, uno tras otro, encima,
con sus noches en vela y envilecidos días.
A la sombra me pudro de un calendario y tacho
cada día que cumplo y hora que ya ha pasado.
En la lóbrega cárcel, mugre, humedad y ratas,
sufrimiento a raudales, plaga de cucarachas.
Entre cuatro paredes tristes, cincuenta y nueve
prisioneros llevamos vida de mala muerte.
Suena fuera, lejana, voz de llamada al rezo;
yo, cerrados los párpados, oigo ulular el viento.
la fragancia aromática que hace que me estremezca.
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Corre el tiempo, gotean en la clepsidra aciaga
los minutos que nunca colman la alberca de agua.
Logro a veces dormir algo en el duro suelo,
y un silencio elocuente oigo que clama al cielo:
"Para que otros se crean libres, nosotros presos.
¿Cómo pueden quitarnos algo que no tenemos?
Fuera no hay libertad, menos aún la hay dentro
del penal de Tetuán, centro de cautiverio".


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