martes, 24 de febrero de 2026

El dedo y la luna

    Una vieja parábola budista de origen zen, muy difundida en la tradición oriental, cuenta que un maestro señaló la luna con el dedo a su discípulo para que la contemplara. El discípulo, en lugar de mirar hacia el cielo, se quedó observando embelesado el dedo índice del maestro. Entonces el maestro le amonestó dándole un bastonazo para que prestara atención, recriminándole que cuando alguien nos muestra algo con el dedo, no hay que mirar el dedo como hacen los necios sino lo que señala. 
 
    Pero hay otro discípulo, mucho más avispado, podríamos argüirle al maestro de la parábola, que mira de reojo la luna y repara en el dedo que la señala porque desconfía del maestro. Por eso cuando este le señala a la blanca y resplandeciente Selene, musa de lunáticos y poetas, se pregunta qué le estará ocultando ese dedo subrepticio por detrás. 
Viñetas de Pol Leurs (Poleurs)  
    
     Esto último es lo que hace a fin de cuentas la industria muy avispada ella de fabricación de noticias, ávida de novedades que nos impidan ver la constatación del Eclesiastés de que no hay nada nuevo bajo el Sol, una actividad tan importante que ha llegado a denominarse “el cuarto poder”. 
 
    Frente a los tres poderes tradicionales del Estado (legislativo, ejecutivo y judicial) hay un cuarto poder fáctico y no menos importante que es el informativo, que consiste en señalar unas determinadas noticias en detrimento de otras para configurar la actualidad, es decir, la ilusión de que pasan cosas en un continuo carrusel de novedades que se solapan las unas con las otras. 
 
  
    El señalamiento conlleva a veces algo más: la fabricación del suceso que se quiere indicar. Es decir se provoca la noticia: el hecho y la palabra que da cuenta de él. Los hechos hablan por sí solos, pero las palabras también son acciones contantes y sonantes, de modo que no pueden separarse cabalmente los unos de las otras. 
 
     Algo de esto discurríamos por aquí en El rabo del perro de Alcibíades o la estrategia de la distracción, a propósito de la anécdota que cuenta Plutarco. ¿Pero vamos a desconfiar de un maestro que quiere abrirnos los ojos y enseñarnos a ver una luna que, resplandeciente en el cielo de la fría noche estrellada, nos sugiere que la palabra no es la cosa, que el mapa no es el territorio, que la existencia no es la vida? ¿Desconfiaremos, por ejemplo, de un poeta como Paul Valéry que nos dice que ver es olvidar el nombre de la cosa que se ve («Voir, c’est oublier le nom de la chose que l’on voit»), y que hay que desprenderse, por lo tanto, de la palabra y de la idea que pesa como la losa de una lápida fúnebre sobre la cosa?
 
 
 

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