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viernes, 20 de febrero de 2026

Pareceres CI

491.- Mear (o escupir) a barlovento es una expresión náutica que significa orinar en contra de la dirección del viento, lo que provoca que el orín salpique al propio navegante y manche el barco, por lo que se usa metafóricamente para referirse a una acción desafiante o temeraria cuyas consecuencias negativas se derivan de ir en contra de los elementos o de la norma. Barlovento es la parte de donde viene el viento, contrapuesta a sotavento, por lo que hacer algo, ya sea mear, escupir o tirar algo a barlovento, como me sucedió a mí mismo al ir a arrojar unas cenizas fúnebres al mar por deseo del fallecido, implicó que el viento nos las devolviera a la cara como un bumerán. Antiguamente, se decía que tras cruzar el Cabo de Hornos, los marineros tenían derecho a «mear a barlovento» o escupir contra el viento como muestra de destreza o temeridad, lo que puede salpicar de hecho a quien lo hace y a menudo a los que están a sotavento. Popularmente se dice: Al que escupe para arriba, le cae encima la saliva.  
 
492.- El tecnoligarca asesorado. ¿Qué le diría el viejo y reverendo Carlos Marx al magnate del capitalismo tecnológico más importante del planeta, el tecnoligarca, el hombre más rico del mundo? El dinero es el valor universal, constituido por sí mismo, de todas las cosas. Por ello ha despojado a todo el mundo —tanto al mundo humano como al mundo natural— de su valor propio. El dinero es la esencia enajenada del trabajo y de la existencia del hombre; esta esencia extraña lo domina, y él la adora. Aquello que soy y puedo hacer no está determinado por mi individualidad, sino por el dinero. Lo que el dinero puede comprar, eso soy yo mismo, el poseedor del dinero. Tan grande como es la fuerza del dinero, tan grande es mi fuerza. El dinero transforma la fidelidad en infidelidad, el amor en odio, el odio en amor, la virtud en vicio, el vicio en virtud, el siervo en señor, el señor en siervo, la estupidez en entendimiento y el entendimiento en estupidez. Lo dejó escrito en sus Manuscritos Económico-filosóficos del año 1844”, que seguramente el tecnoligarca no ha leído o, si lo ha leído, le resbala. 
Sus palabras, en la lengua de Goethe: Das Geld ist der allgemeine, selbstkonstituierende Wert aller Dinge. Es hat daher der ganzen Welt, sowohl der Menschen- als der Naturwelt, ihren eigentümlichen Wert geraubt. Das Geld ist das entfremdete Wesen der Arbeit und des Daseins des Menschen; dieses fremde Wesen beherrscht ihn, und er betet es an. Was durch das Geld für mich ist, was ich zahlen kann, d. h. was das Geld kaufen kann, das bin ich selbst, der Besitzer des Geldes. So groß die Kraft des Geldes ist, so groß ist meine Kraft. Das Geld verwandelt die Treue in Untreue, die Liebe in Haß, den Haß in Liebe, die Tugend in Laster, das Laster in Tugend, den Knecht in Herrn, den Herrn in Knecht, die Dummheit in Verstand, den Verstand in Dummheit. 
 
 
493.- Vivir el presente. Los libros de autoayuda y los psicagogos de turno y coaches modernos insisten en la importancia de que hay que vivir el presente y es preciso entrenarse para ello. Y la gente, agobiada por el pasado y el futuro, se pregunta cómo se hace eso. Es el viejo tópico literario del carpe diem: atrapa el día, no lo dejes escapar, gózalo. Pero ¿cómo atrapar algo cuya esencia es la fluidez? Escribía Millás en El Periódico Global(ista), alias El País, el otro día su minuto antisistemaEl mercado, que todo lo administra, también gestiona el tiempo. Nos vende la ansiedad en cómodos plazos y la culpa en forma de nostalgia. Corremos hacia el futuro para pagar las deudas del pasado. De este modo, el presente se convierte en un pasillo, no en una habitación. El mercado gestiona el tiempo, porque el tiempo es la moneda corriente del dinero.Y el presente es un lugar de paso, un pasillo, como dice Millás, y no una habitación como es el pasado en la que a veces nos instalamos con nostalgia y como es también el futuro, en la que sobrevivimos con ansiedad.  
 

 494.- Señoras y señores, ha surgido un nuevo virus: Se llama Nipah. Su nombre proviene de Sungai Nipah, un pueblo de la península de Malasia donde vivían los criadores de cerdos que enfermaron de encefalitis. Se trata, precisamente, de un virus extremadamente peligroso que causa inflamación del cerebro, lo que provocó más de 100 muertes en humanos, además del impacto económico considerable, ya que hubo que sacrificar más de un millón de cerdos para ayudar a controlar el brote: el remedio suele ser a veces más drástico que la enfermedad. Aunque algunos casos de infección por virus Nipah pueden ser asintomáticos o leves -¿no les suena a los lectores esta historia de un virus con ausencia de síntomas?-, la mayoría de los infectados experimentan encefalitis y una afectación predominantemente respiratoria, ambos con alta mortalidad. Los síntomas iniciales son similares a los de la gripe -¿no le suena esto también?-, con fiebre alta, dolor de cabeza y mialgia, ocasionalmente también somnolencia, desorientación y convulsiones. Hasta el momento, se habían registrado al menos 760 casos de virus Nipah en todo el mundo, con el resultado de 437 muertes en cinco países: Bangladesh, India, Malasia, Filipinas y Singapur. Los murciélagos frugívoros del género Pteropus, los llamados zorros voladores, son los reservorios principales del virus. Pueden transmitir el patógeno a través de los excrementos y de la saliva. La transmisión puede ocurrir de murciélagos a humanos o a través de cerdos, que son los huéspedes intermediarios, pero también de humano a humano, lo que genera preocupación e inflamación del cerebro al pensar en la posibilidad -¿remota?- de que el susodicho virus sea capaz de causar una nueva pandemia universal. Permanezcan atentos a sus pantallas. Hoy en día, el virus Nipah es una amenaza preocupante y por ello ha sido clasificado como patógeno de Grupo de Riesgo 4/ BSL4, el más alto que existe. La situación es preocupante porque en la actualidad, no existen medicamentos ni vacunas específicos aprobados y probados contra el virus. 
 
 
 
495.- Soy Irán. El cantante iraní Shervin Hajipour ha lanzado una nueva canción cantada en farsi, titulada Man Iranam من ایرانم, que quiere decir 'Soy Irán', en la que el cantante se identifica con el nombre moderno de su país, la vieja Persia, dedicada a las víctimas masacradas por la República Islámica durante la represión de los manifestantes a finales del año 2025 y comienzos del 2026. Irán es un país subyugado por una vieja teocracia -las teocracias más modernas occidentales, como la nuestra, donde gobiernan los mercados, suelan pasar más desapercibidas, pero no esta, de cuño más primitivo- que, sin embargo, se rebela contra el Poder. La letra, que traduzco del inglés dado mi desconocimiento del farsi, dice algo así: Soy Irán. La bota en mi garganta. La soga alrededor de mi cuello. La marca del látigo en mis pies. Pero sigo llorando por mis derechos. Presiona con fuerza mi herida abierta. Puede que te canses, pero yo no me rendiré. Estoy de rodillas. Moriré con toda seguridad. Esta última canción mía es mi única arma. Quítame mi tierra, mi casa otra vez. Incluso mi cadáver llorará por sus derechos... ¡Porque soy Irán! Soy Irán. Soy Irán. Soy Irán. Soy Irán... Hajipour ya era conocido internacionalmente por su anterior canción “Baraye…”, que se convirtió en un himno de protesta durante las movilizaciones por la muerte de Mahsa Amini en 2022 y le valió un Grammy en la categoría Best Song for Social Change, que se convirtió en el himno del movimiento "Mujer, Vida, Libertad" de Irán de 2022 y le valió un premio Grammy a la Mejor Canción para el Cambio Social.
 

lunes, 22 de diciembre de 2025

La bomba metafísica

Juan José Millás sacaba el otro día en El Diario Global(ista), alias El País, -que (dicho sea entre paréntesis) raras veces publica cosas interesantes-, una columna titulada 'Detonación metafisica', asombrándose de que cuando el sacerdote católico consagra en la eucaristía la hostia u oblea de pan ácimo y el vino, aquella se convierta en el cuerpo de Cristo y este en su sangre.


Tengo para mí que cuando alguien dice coloquialmente en castellano "(esto) es la hostia" para referirse a algo extraordinario, increíble o muy sorprendente, se refiere sin ningún género de duda a la transubstanciación eucarística, 'una operación ontológica de primer orden, un cambio radical de sustancia', como escribe Millás. Es algo que, dado que no es una metáfora ni un símbolo, sino un milagro, atenta contra el dicho popular de que a las cosas hay que llamarlas por su nombre: al pan, pan; y al vino, vino. Da igual que el pan sea ácimo no. Si es pan, es pan y así hay que llamarlo porque si el pan deja de ser pan y el vino deja de ser vino para ser otra cosa, eso, efectivamente, es la Hostia.
 
Se pregunta irónicamente Millás: ¿Cómo es posible que no haya ambulancias en la puerta ni cardiólogos de guardia para atender a los celebrantes y al público? No se explica el columnista cómo el sacerdote que oficia el misterio se lo cree y cómo la señora de la primera fila, que habrá asistido a muchas eucaristías a lo largo de su beata vida, bosteza en medio del santo ritual, y el niño que está al lado se aburre. Pero, razona Millás, la Iglesia ha resuelto este asunto hace siglos con una pedagogía eficaz: creer sin sentir. 
 
  
Algo más habría que decir a tal propósito: el éxito de esta detonación metafísica es el credo quia absurdum: el lo creo porque es absurdo, según la máxima atribuida a Tertuliano para expresar que la fe en los misterios cristianos (como este de la eucaristía o la resurrección de Cristo) es una aceptación de lo que la razón humana considera irracional o imposible, y precisamente por eso es un acto de fe, que trasciende la lógica. Y habría que añadir: credo quia absurdissimum: cuanto más absurdo es más lo creo. 
 
La institución de la eucaristía, según escribe Pablo en 1 Corintios 11, la recibió él personalmente del Señor -es decir, tuvo una visión, ya que él no estuvo presente en dicho ágape. Él era un perseguidor de cristianos que, más tarde, cuando se cayó del caballo rumbo a Damasco, recibió la revelación de Jesús y se convirtió en uno de aquellos a los que perseguía, en el creador, de hecho, del cristianismo: fue quien transmitió el relato a la Iglesia, ya que él, aunque fue un apóstol, no era uno de los doce originales del grupo de Jerusalén presentes en la Última Cena. 
 
La Última Cena, Leonardo da Vinci ( 1495-1498)
 
El relato es suficientemente conocido: “el Señor Jesús, la noche en que iba a ser entregado, lo partió y dijo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced lo mismo en conmemoración mía”. Después de cenar, hizo igual con la copa, diciendo: “Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre; cada vez que bebáis, hace lo mismo en conmemoración mía...” El Apóstol estaba transmitiendo una visión que tuvo. Intenta así acercar el cristianismo a los paganos, entre los cuales había ritos de comunión con la divinidad, una divinidad que muere y luego resucita, mediante la ingestión de algo que simboliza a esa divinidad, como escribíamos en Nada del otro jueves
 
Los adeptos de Dioniso ingerían carne de cabrito que simboliza al dios, y entre los misterios de Atis se ingería una mezcla de pan y líquido... Como escribe Antonio Piñero en Ciudadano Jesús, Respuestas a casi todas las preguntas  (2012), esta concepción paulina tuvo éxito porque respondía “a las demandas espirituales de un amplio número de personas en la notable minoría dentro del Imperio romano que buscaba ansiosamente la salvación”. Y el cristianismo, que es obra de Pablo más que de Cristo, que, como se ha dicho muchas veces no era propiamente cristiano, sino judío, transforma al Mesías del pueblo judío en un salvador universal, que el lo que significa propiamente 'católico', ofreciendo a los paganos lo que más deseaban, una esperanza desesperada de salvación.

miércoles, 25 de septiembre de 2024

Crematofobia (y II)

  Resulta muy sugerente al respecto de la crematofobia la lectura del artículo "Identidad y dinero" que Juan José Millás publicó en El Periódico el 23 de agosto de 2023, del que extraigo unos párrafos por su interés (el énfasis en negrita es mío):

    Hay personas que salen a la calle sin el carné de identidad convencidas de que la identidad se lleva en la cara. Yo, además del DNI, suelo llevar el de conducir, el pasaporte, la cartilla de la Seguridad Social, la tarjeta de la biblioteca pública y el bonobux. Todo a mi nombre, para demostrar que yo soy yo si fuera necesario. Significa que en el fondo no me creo que soy Juan José Millás, aunque tampoco me creería ser José Pérez, en el caso de que me hubiera llamado de este modo. Pero ya que nos obligan a ser alguien, digo que soy Juan José Millás (...)

 

      
    Y es que nadie lo lleva escrito en la cara. Tienes que demostrarlo con un documento que es, por cierto, un documento falso. Todos los que expide el Estado son falsos, y no porque los expida el Estado, sino porque no hay documento intrínsecamente verdadero. Nos hemos puesto de acuerdo en que lo falso es verdadero y ya está. Se llama consenso. No hay nada más falso que un billete de 50 euros y es falso porque no tiene otro respaldo que el de la fe. Creemos en él como otros creen en Dios y punto. Pero si tú vas por la vida con muchos billetes de 50 euros te sobran hasta el DNI, el pasaporte y el libro de familia, te sobra todo porque lo que más identidad proporciona en este mundo es la pasta (...). 
 
     La manera de atajar nuestra incipiente crematofobia, según los psicagogos, sería buscar la ayuda de un experto, ya sea un médico de salud mental o un gestor financiero. No obstante, llamar a un amigo, salir a caminar o leer un libro prestado de la biblioteca pública son sin duda estrategias más comunes y baratas que pueden ayudarnos a sentirnos un poco mejor cuando estemos abrumados por la extrema pobreza de nuestra personalidad individual. 

    Según el proverbio inglés "money makes the man", o sea, el dinero hace al hombre (y no al revés, ya que el hombre no hace dinero por muy self-made man y emprendedor que sea y por mucho que se crea), es decir, el dinero le confiere al ser humano su identidad, le hace ser el hombre que es. No es menos acertado el proverbio griego, que también lo clava y que nos transmite el poeta Píndaro: dinero, dinero el hombre, es decir, el hombre es dinero (χρήματα, χρήματ᾽ ἀνήρ). 
 
 

     La crematofobia se manifiesta en mayor o menor escala cuando tenemos miedo a salir de casa y perder el dinero, que es nuestra identidad,  a que nos roben la cartera, a ir a comprar algo que necesitamos o queremos y descubrir, a la hora de pagarlo, que no tenemos ni efectivo ni tarjeta, o que esta no tenga saldo porque nos hemos quedado sin blanca. ¿Qué sería de nosotros? No seríamos nada, no seríamos nadie, lo que no dejaría de ser por otra parte, si fuera posible, una bendición.

lunes, 5 de febrero de 2024

El beduino que no sabía quién era

     A Bagdad desde el desierto llegó un joven nómada beduino,  y el tráfago enseguida de la ciudad lo dejó al pobre muchacho aturdido y perplejo. En medio de tanto estrépito y  ruidoso bullicio de gentes que iban y venían de acá para allá, decidió, fatigadísimo como estaba de la larga travesía tomar un baño para quitarse el polvo del desierto e irse a descansar enseguida, confiándose al sueño reparador. Pero le entró entonces una más que razonable duda en la posada: Cuando me despierte, entre tanto gentío, se dijo, ¿cómo voy a reconocerme a mí mismo y no confundirme con otro?; ¿cómo sabré que soy yo y no otro vecino?; ¿cómo sabré quién soy?


     Imbuido en la preocupación de sus cavilaciones, decidió hacerse una señal atándose un lazo de fina seda de Damasco en la verga. Y más tranquilo, se entregó al sueño más reparador y al olvido de Bagdad, de sus gentes y de todas las fatigas del viaje y las cosas del mundo. Pero un mercader avaricioso, que yacía cerca de él y había visto lo que había hecho el joven, sospechando que quería esconder algún secreto, esperó a que se durmiera el beduino, y,  tendiéndose a su lado, cuando cerró los ojos, comenzó a meterle mano bajo la chilaba sin que se diera cuenta, le desató la lazada con cuidado y robó el lazo de seda sin despertar a su dueño que dormía despreocupado. Grande fue su decepción al comprobar que aquel lazo de seda no ocultaba el plano de ningún tesoro ni ningún mensaje importante ni tenía por lo tanto ningún valor.  

Mezquita de Ahmed Khiaga y plaza del mercado, Bagdad

    Al despertarse a la mañana siguiente el árabe precavido, su primera preocupación fue buscar, llevándose las manos a sus verijas, su personal distintivo. ¡Cuál no sería su sorpresa al ver que no halló el lazo en donde lo había ocultado!

    Ah, me encuentro en la tesitura de no saber quién soy, pues si yo soy yo ¿cómo es que no está en mi verga mi personal distintivo? Y si yo soy otro distinto de mí ¿dónde estoy yo, que me hago esta pregunta?  Y ¿quién soy yo, si ahora mismo he perdido el norte y el rumbo y mis señas propias de identidad?

    oOo 

En la Casa de la Moneda se fabrica a Dios. (Juan José Millás)



"Lo que más identidad proporciona en este mundo es la pasta" (Juan José Millás)

domingo, 7 de agosto de 2022

Realidades reales e imaginadas

    En una entrevista que el periodista Henrique Mariño le hacía al escritor Juan José Millás el 10 de julio de 2020, en plena pandemia, en el periódico Público, que llevaba por título “El capitalismo es un delirio que en cualquier momento se puede venir abajo”, el columnista y escritor reflexionaba sobre el coronavirus, el capitalismo y el futuro.

    En un momento de su trascurso el entrevistador le hacía la interesantísima pregunta siguiente: ¿La economía y las finanzas son una cuestión de fe? A la que Juan José Millás respondía, equiparando fe y confianza: -“Absolutamente. Son una cuestión de confianza. El Corte Inglés existe porque creemos en él. Si dejásemos de hacerlo, duraría una o dos semanas. Sin embargo, si dejas de creer en el virus, seguirá existiendo. Insisto: esa es la diferencia entre las realidades reales y las realidades imaginadas.”

    Según Millás El Corte Inglés sería una realidad imaginada, mientras que el (corona)virus sería una realidad real, valga la redundancia... Pero ahí está, en la redundancia, la trampa dialéctica: no hay realidades reales, todas las realidades son ideales, todas son imaginadas. Es cierto que El Corte Inglés existe porque creemos en él, pero el Cóvid también.


     Cóvid, como tal nombre propio, es un acrónimo de COronaVIrus Disease: enfermedad del virus coronado. Pero esta "nueva" enfermedad no tiene nada de nuevo: su patología es más vieja que el catarro de Matusalén. De hecho no presenta síntomas, que es lo más sospechoso de todo. La enfermedad cursa generalmente asintomática. Y si presenta algún síntoma clínico como fiebre, cansancio, neumonía, tos, pérdida de olfato o cualquier otro de los muchos que se le han atribuido no es exclusivo de esa supuesta nueva enfermedad o síndrome, cuya existencia sólo la revela una prueba que, por otra parte, no prueba nada en absoluto.

    La única novedad de la supuesta 'enfermedad del virus coronado' o Cóvid, es la ausencia de síntomas o la presencia de los síntomas de toda la vida de cualquier gripe, catarro o neumonía. La única novedad de esta nueva enfermedad es el nombre: Cóvid, el nuevo artículo de fe, la pesadilla mortífera de una realidad imaginada, tan real como El Corte Inglés, no menos mortífero.