El Concilio de Trento de
la Iglesia Católica en 1551 prohibió la lectura de la obra de Lucrecio De rerum natura ("Sobre la naturaleza de las cosas") porque se trata de un largo poema subversivo, que
presenta una visión materialista del mundo sin recurrir al Dios cristiano o, en
su defecto, a Júpiter y a los dioses paganos para explicarlo.
Según la física
materialista de Epicuro que sigue fielmente su discípulo Lucrecio, los hombres y las cosas están
formados por partículas diminutas que, moviéndose, determinan la vida. Estas
partículas son los átomos, palabra griega que significa “in-divisibles”, y que
Lucrecio, que se queja de la penuria de la lengua latina, patrii sermonis egestas, traduce al latín como “elementa” o “primordia”.
Tito Lucrecio Caro
La única noticia que
tenemos de la vida de Lucrecio es la que nos brinda san Jerónimo:“T. Lucretius poeta nascitur, qui postea
amatorio poculo in furorem uersus cum aliquot libros per interualla insaniae
conscripsisset, quos postea Cicero enmendauit, propria se manu interfecit anno
aetatis XLIIII.” Lo que puede traducirse como Nace el poeta T. Lucrecio,
quien, después de haberse vuelto algo así como loco por haber bebido una pócima
amorosa, habiendo escrito algunos libros a lo largo de los intervalos de su
enfermedad, que después enmendó Cicerón, se dio muerte a sí mismo a los 44 años
de edad.
San Jerónimo, El Greco (1609)
Resulta
muy sospechosa esta noticia. ¿Cómo es posible que el poeta que maldijo la
obsesión amorosa como fuente de sufrimiento que amarga la vida se vuelva loco por haber tomado un
filtro erótico? ¿Fue víctima acaso de lo que él mismo denunciaba? ¿Cómo es
posible que el poeta que escribió Mas conviene huir y evitar simulacros e
imagen / que le dé alimento al amor; conviene el olvido, / descargar el humor
amasado contra otro cuerpo, / no guardarlo para un solo amor solamente / por no
sufrir y dolor no procurarse uno mismo, / pues se aviva la llagay con alimento no muere, / y la locura crece
y se agranda, y se agrava la pena / si la primera herida no borras con nuevos
flechazos / y no la curas con vagabunda Venus cualquiera / o desviar no puedes
tu alma a otras mujeres, no haya evitado el amor siguiendo su propio consejo y haya perdido la razón enamorándose?
También resulta
sospechosa la noticia de san Jerónimo porque según él Lucrecio, que denunció el
miedo a la muerte como fuente de sufrimiento y angustia vital, fruto de la ignorancia, se quitó
la vida a la edad de44 años. ¿Cómo iba
a suicidarse el poeta que dijo que el temor a la muerte inspira a los hombres
un odio tal a la vida y tal hastío de ver la luz del sol, que con el pecho
afligido se dan ellos mismos la muerte, olvidándose de que el miedo a ella era
la fuente de todas sus cuitas?
Según nuestro poeta es el miedo a la muerte lo que envenena
la vida, porque de la muerte en sí nada sabemos al no tener ninguna experiencia previa. El miedo a la muerte nace de creencias vanas, es decir de nuestra
ignorancia. Pensamos que es algo malo porque creemos saber en qué consiste. La
muerte no es nada porque cuando ella es nosotros ya no somos, y cuando nosotros
somos ella no es: somos incompatibles, como sentenció el divino Epicuro.
Primeros versos de De rerum natura
Parece
que san Jerónimo quiso vengarse de Lucrecio volviéndolo loco y haciendo que se
suicidara, es decir, escribiendo para la posteridad que se suicidó, lo cual se contradice con su obra,
una de las más lúcidas que nos ha dejado la antigüedad grecolatina.
Aunque
la práctica del suicidio no estaba moralmente mal vista en Roma,
conviene decir que la palabra “suicidio” no existía como tal en latín, que
prefería la expresión “mors uoluntaria”. En la nota de san Jerónimo se dice que
Lucrecio “propria se manu interfecit”,
es decir, se mató por su propia mano.
Los filósofos griegos, Giorgio di Chirico (1925)
Dante en el canto décimo de la Divina
Comedia condena a Epicuro y a todos sus secuaces (¡pobre Lucrecio!) al
Infierno. Rafael, sin embargo, en su fresco La Escuela de Atenas revalorizó a su
maestro Epicuro al colocarlo entre las mentes más privilegiadas de la antigüedad
que más han aportado al género humano.
Los
gobiernos pretenden, seguramente
con la mejor intención del mundo, salvar a sus súbditos de la
muerte, cosa que no pueden hacer porque los mortales no tenemos el don
de la
inmortalidad. Sin embargo insisten en su misión de “salvar vidas” con
una expresión que recuerda a la que esgrimía la Iglesia de “salvar almas
(del purgatorio)”. Tanto el argumento de “salvar vidas” que aduce el
Estado Terapéutico ahora como el de “salvar almas” que aducía
la Iglesia antaño son la coartada perfecta que sirve para justificar la
razón de ser de ambas instituciones benéficas, que, so pretexto de
hacer el bien velando por nuestra
integridad corporal y espiritual respectivamente, hacen el mal y
no poco, sino mucho. En aras de salvar nuestra vida y nuestra alma matan a la gente, condenándonos a
la peor de las muertes en vida, aterrorizándonos con el espantajo de la
señora inmortal de la guadaña, y a la desesperada salida del suicidio.
El Ogro Filantrópico nos ama tanto que se
dedica a hacernos imposible la vida que
tenemos, es decir, a suministrarnos la Muerte por nuestro bien después
de aterrorizarnos con la amenaza de la muerte que
pende como espada de Damoclés sobre nuestras cabezas coronadas.
Las condiciones que se imponen reducen el mero vivir a un subsistir o
existir desprovisto de vitalidad y de libertad, que es lo
que hace una vida digna de vivirse. El distanciamiento social que nos
aleja de nuestros semejantes porque son peligrosos, acercándonos a
la fantasmagoría de la World Wide Web donde los contactos
no son contagiosos como los carnales y gozosos, el uso de mascarillas
que nos impiden respirar adecuadamente, y la interminable soledad que
nos empuja al consumo de todo tipo de fármacos legales e ilegales.
oOo
Qué bueno lo que dice la subdirectora
general esa de la OMS de que es "normal que haya personas que
han sido inmunizadas y mueren". Vaya, vaya... Según
parece, la inmunización como le dicen a la presunta vacunación
no nos da la inmortalidad que casi nos prometían a cambio del chute del
suero mágico... Los afirmacionistas de la letalidad del virus
coronado decían que cuando moría una persona con patologías
previas y CON el virus coronado (es decir con PCR positiva) había
muerto POR causa del virus siempre, mientras que los negacionistas
decíamos que el virus era casual, no causal, y que los
fallecimientos se debían más bien a las patologías previas unidas
a lo avanzado de la edad de la mayoría de los fallecidos y a las
medidas de contención del presunto virus. Pues bien, ahora se han
cambiado las tornas. Cuando muere alguien después de haber recibido
la presunta vacuna, es decir, cuando muere CON la presunta vacuna
puesta, los que defienden la letalidad del virus, dicen que es casual
y no causal la relación con los casos de trombosis cerebrales, por
ejemplo, que se están investigando, mientras que nosotros, los
negacionistas de la letalidad del virus coronado, decimos que ha
muerto POR la presunta y que la relación es causal, o, por lo menos,
concomitante. ¿Mucha coincidencia, no? Convencidos como estamos de
la maldad intrínseca de la presunta vacuna, nos hacemos eco del
escepticismo popular que ha razonado que muchas veces suelen ser
peores los remedios, como este de matar pulgas a cañonazo limpio,
que las enfermedades que se pretenden combatir. No nos entra en la
cabeza la terca fe de carbonero que están poniendo los medios, con
la televisión a la cabeza, en su defensa a pesar de, como cacarean
ellos, toda evidencia científica. Permítasenos, al menos, dudar de
la seguridad de la presunta.
Unas
declaraciones de un veterano periodista español, Iñaki
Gabilondo, llaman mi atención porque dicen más verdad de la que suelen decir los periodistas, dedicados como cariátides (no en vano algunos se llaman columnistas), a sostener y no enmendar el templo de la realidad, o, como ellos prefieren decir, la actualidad.
Tras
medio siglo de actividad profesional, que se dice pronto, este hombre decide
retirarse paulatinamente de los medios de creación y manipulación
de la opinión pública a los que ha servido fielmente durante tanto tiempo descolgándose con unas jugosas confesiones.
Al
comentario no exento de cierto amable reproche del entrevistador
de “usted parece el periodista que huye de la actualidad porque ya no
la soporta”, responde: “Para
hacer este trabajo hay que tener fe (y yo la estaba perdiendo)”.
Respuesta con la que le da la razón en parte,
reconociendo que ya no soporta la actualidad, y razonando el motivo de
su incomodidad personal de tener que salir todos los días a la
palestra con un "escepticismo excesivo".
Con
eso ya está dicho todo: el trabajo del periodista es defender la
realidad, la actualidad como él dice. Su labor
improbus consiste en
sostener que la actualidad es la verdad, y para eso hace falta mucha fe
porque si la actualidad fuera verdad se sostendría por
sí misma ella sola y no necesitaría de la periódica charlatanería impresa y expresa de los reporteros que dé
cumplida cuenta de ella.
El sano escepticismo o falta de fe hace que
a uno le entre el gusanillo de la duda, la duda razonable que, a su vez, hace
que uno se sienta incómodo con su trabajo y de algún modo
empachado, como sostenía en declaraciones a otro medio: “Me
retiro de este territorio a petición propia porque deseo dejar de
hacer comentarios y análisis políticos. (…)
El problema es que estoy empachado. Sé
defender mis opiniones, pero cada vez me cuesta más tenerlas”.
Reconoce el afamado comentarista político que tiene, como todo hijo
de vecino, sus opiniones particulares, pero cada vez le cuesta más
“tenerlas”, es decir, albergarlas y asumirlas como propias, como si la razón
común que le asiste a él como nos asiste a todos le estuviera
liberando de la necesidad de defender a capa y espada lo menos común que tenemos, nuestras convicciones, dentro de lo común que es que cada cual tenga sus propias opiniones. Por eso reconoce,
confidencialmente: “Para
asomarse día a día hacen falta unas fuerzas que ya no tengo y una
fe que flaquea. No quiero ser el cenizo pesimista de las 8:30. Antes
de que se apague la luz, prefiero iluminar otros rincones”.
Es
una lástima que el desengaño, por así llamarlo, les llegue a las
personas a una edad tan avanzada, que necesitemos tantos años,
setenta y ocho en su caso, para que, como él dice, nos flaquee la
fe, para que la obesa mórbida que es esa virtud teologal se nos quede en los puros
y desnudos huesos. Pero así como no hay razones para el optimismo,
tampoco debe haberlas para el pesimismo ceniciento.
Facta
non uerba
(hechos, no palabras)
dice el proverbio clásico, pero no hay facta
sin uerba,
no hay actualidad sin un periodismo que la sostenga. La actualidad no
deja de ser una de las hipóstasis de la eternidad, al igual que los
bancos son la hipóstasis del capitalismo.Y
el hecho de que los hechos, valga la redundancia, necesiten palabras muestra de alguna manera
su vulnerabilidad e inconsistencia, y revela que quizá no estén tan hechos como parece a simple vista. Tal vez los hechos no estén tan hechos como su
nombre indica, o "hacidos", como diría un niño que está aprendiendo a hablar. Acaso no estén tan hechos como para que, a falta
de palabras que los justifiquen, no puedan deshacerse. Esto último
no está garantizado por nada ni por nadie, desde luego. Pero por eso mismo puede merecer la pena intentarlo, por
si acaso.
Aquí va un titular de un periódico digital.
En la portada aparece una pregunta que despierta nuestra curiosidad
enseguida, planteada a modo de antiguo catecismo: ¿Qué dice la ciencia
sobre los contagios en el interior de los bares? Si clicamos ahí,
para conocer el veredicto de la respuesta de tan docta señora como es la Santa Madre
Iglesia de la Ciencia, nos sale esto: La ciencia avala el cierre
del interior de los bares para frenar los contagios en lugares con
altas tasas de incidencia. El
cierre de la hostelería, según el aval de la ciencia, "es
una de las medidas más efectivas para disminuir la incidencia y
mortalidad". El aval, para quien lo entienda, se basa en una concluyente “revisión
global de estudios (sic) sobre cómo afectan las limitaciones de la
hostelería a la pandemia”. Hoy en día sentarse en la mesa de un bar o acercarse a la barra -...bares,
qué lugares / tan gratos para conversar. / No hay como el calor /
del amor en un bar, que cantaban Gabinete Caligari-... se han
convertido en delitos y para algunos en crímenes de lesa humanidad.
El interés que tienen en chapar los bares, cafés y restaurantes
se debe a que en esos establecimientos la gente se relaciona y
habla, y a eso es a lo que más miedo le tienen, porque hablando se
entiende la gente y si la gente habla y se entiende se les acaba la
tontería en cuatro días. Por eso la imposición del tapabocas y las
progresivas prohibiciones de reunirse y hasta de acercarse a los
prójimos.
oOo
“Sanidad planea modificar los
indicadores para cerrar el interior de los bares con una tasa de
incidencia de 150”. Aquí está la madre del cordero y la clave de
todo: si Sanidad modifica los indicadores, puede decretar el cierre
de lo que se le antoje. Sin querer identificamos dos palabras que no
deberían igualarse ni coordinarse, que son “incidencia” y
“mortalidad”, porque no son lo mismo. En cuanto a la incidencia,
se nos da un dato numérico y como tal apabullante: incidencia de 150
casos, que, aparentemente, debe de ser la hostia. Acostumbrados como
estamos a que nos den los datos en tantos por ciento, 150 parece que
es muchísimo. Pero hay que tener en cuenta cuál es el parámetro
que utilizan, que no es el tanto por ciento (100) sino el tanto por
cien mil (100.000). La famosa indicencia de 150 casos, reducida a
tanto por ciento, no llega ni siquiera a un (1) caso, dado que es 0,15%. ¿Y qué
decimos de la mortalidad? Pues que es muchísimo menor que la de la incidencia. La tasa
de letalidad de 0,05% en toda la población es menor que la de la
gripe estacional. Está claro que quieren chapar los bares, lo
que no está tan claro es la razón. No puede ser, desde luego, la
gravedad de la situación que no es tan grave en absoluto. Como decía
Ferlosio, mientras no cambien los dioses -en este caso los
parámetros científicos- nada habrá cambiado. Los umbrales
epidémicos, definidos según criterios inalcanzables, dibujan un
horizonte sanitario imposible de lograr, el covid cero, alimentado por la utopía higienista
de la seguridad total sin riesgo. Una vez que hemos mencionado a la bicha, ya la hemos creado y dado la
existencia. No podemos pretender ahora que desaparezca así como así
por las buenas si no dejamos de conjurarla y de creer en ella y en la
Ciencia que la justifica y que la ampara.
oOo
Pero todavía hay que decir algo sobre la famosa incidencia de contagio y los famosos "casos" sensacionalistas. El triunfo de esta pandemia ha sido el carácter asintomático de la mayoría de sus contagios, que de una manera capciosa se han identificado con enfermos apestados como los antiguos leprosos. Hay gente sana a la que le ha entrado la paranoia de someterse voluntariamente a sofisticadas y caras pruebas de laboratorio y análisis para ver si estaba enferma y por lo tanto era contagiosa. En una situación normal a nadie le da por ir una vez a la semana al cementerio o consultar a diario las esquelas o notas necrológicas de los periódicos y tanatorios para saber si uno mismo ya está muerto y no se había percatado. Claro, pero no estamos en una situación normal. Y por eso a mucha gente le ha dado la psicosis paranoica de querer saber si estaba enferma y no se había enterado y tenía que ponerse en tratamiento enseguida quedándose en casa y tomando, si le subía al pensarlo la fiebre, paracetamol. Ya se han encargado los que nos gobiernan democráticamente, con la colaboración inestimable de los medios de formación y manipulación de la opinión pública a su servicio, de declarar el Estado de Alarma y de implementar, como dicen ellos, el concepto vacío de Nueva Normalidad para que esto no fuera una situación normal. Y nos lo recuerdan todos los días, desde hace ya algo más de un año. Y ya está bien, me parece a mí y a mucha gente que ya está empezando a hartarse, de tanta tontería.
Explicación
de esta estampa del manuscrito del Museo del Prado: El que viva
entre hombres será jeringado irremediablemente: si quiere evitarlo
habrá de irse a habitar a los montes y cuando esté allí conocerá
también que esto de vivir solo es una jeringa.
...del
manuscrito de la Biblioteca Nacional: No le echan mala lavativa a
cierto Juan Lanas unos frailes que galantean a su mujer, y le ponen
un taleguillo al cuello a manera de reliquia para que se cure y
calle. La mujer se ve detrás cubierta por un velo, y un monstruo de
enorme cornamenta preside la función autorizándolo todo nuestro
Padre Prior.
...del
manuscrito de Ayala: Intentan unos frailes curar a un pobre
Marcos, colgándole al cuello una reliquia y echándole lavativas por
fuerza.
Goya
en este Capricho presenta, en primer término, a un fraile que sujeta
una enorme jeringa preparada para el hombre arrodillado y suplicante,
un Juan Lanas o un pobre Marcos, es decir, uno cualquiera, un buenazo
y bobo que se somete y se presta sin oponer resistencia a todo
lo que se quiere hacer de él, por muy vergonzoso y humillante que
sea, al que va a administrar una lavativa.
Al parecer Goya se
inspiró en un suceso de la época. Un marido cornudo, engañado por un fraile, pretendió burlarse de su burlador y resultó burlado. Aquí no nos interesa mucho
ahora porque el autor hace abstracción del caso particular y lo hace universal desarrollando la sátira de la sociedad española de su tiempo que es este nuestro todavía, en la que un
estamento, la clerigalla, abusa de la gente obligándola a “tragar”
lo inaceptable. El pueblo, por su parte, representado por el Juan
Lanas o pobre Marcos arrodillado representa al
inculto y supersticioso pueblo español.
Si
donde el manuscrito de la Biblioteca Nacional dice “frailes”
entendemos ahora “personal sanitario” y Juan Lanas o el pobre Marcos se
quedan como símbolo de quienes padecemos las recomendaciones de las
autoridades del Ministerio de Sanidad del Gobierno,
tenemos una radiografía perfecta de lo que está sucediendo en
España, sometida a la dictadura sanitaria decretada por una
organización filantrópica (hay amores que matan, dice el refrán) como es la
Organización Mundial de la Salud, que nos quiere tanto que nos hará
sufrir por nuestro bien, como reza otro refrán.
De poco vale, como aquí vemos, que el
humillado Juan Lanas o pobre Marcos junte sus manos y suplique clemencia o caridad. De nada le sirve el taleguillo colgado del
cuello a modo de reliquia para que se cure, es decir, la mascarilla obligatoria en el exterior a la vista de todos, que ya está preparada la descomunal jeringuilla, es decir la inyección del suero milagroso y purgativo, que el frailazo va a endilgarle por salva sea la parte de su anatomía.
Algo hay de sádico en la expresión de los frailes que deja corto al marqués de Sade. Estos, en efecto, disfrutan sintiendo el gozo que están cometiendo y la atrocidad que van a llevar a cabo, gritando "¡Trágala, perro!", como leemos en el texto. Es los que los ministros de sanidad de los gobiernos nos espetan. El pobre Marcos o Juan Lanas -da igual su nombre, mutato nomine de te -es decir,de nosotros- fabula narratur- acabará dando gracias a Dios por la merced que el personal sanitario le ha infligido inyectándole el suero milagroso que aliviará sin duda su enfermedad inexistente.
Goya
nos ha legado, quizá sin querer, quizá queriendo, en este grabado con su lenguaje simbólico la descripción magistral no de un hecho concreto de un momento
histórico y los actores que en él intervinieron, sino el retrato universal y atemporal de lo que estamos viviendo ahora, jeringados como
estamos en aras de la Salud, ese enfermizo ideal que nos enferma. Hay un macho cabrío en el trasfondo que preside la escena. ¿A quién
representará? De algún modo es el Padre Prior que no sólo no impide que esto suceda, sino que lo autoriza.
El comentario del Museo de El Prado viene a decirnos que así es nuestra vida: esto del vivir es una geringa (sic). El argumento que utilizan las autoridades sanitarias es que es por nuestro bien y nuestra quebrantada salud, y de rebote, por el bien y la salud de los demás, que se antepone como ideal perverso a la libertad y dignidad de la propia vida de todos y de cada uno. Encima, tendremos que darles las gracias por obligarnos a comulgar con piedras de molino.
¡Bulo! Titular periodístico más falso que Judas: “Las
vacunas devuelven la vida a las residencias
(de ancianos)”.
No son los sueros inyectados en sí lo que les devuelve la vida a los
residentes que han sobrevivido a duras penas, sino el efecto placebo
que provocan. Dicen, los supervivientes: “Estábamos esperándolo como agua
de mayo”. Estos pueden volver a la vida, los que han muerto no. El
titular del periódico aclara innecesariamente: La
movilidad interna de los residentes fue restringida durante muchos
meses, no han podido recibir visitas y no se les ha permitido salir.
Ahora, con la llegada de la vacuna, las medidas de control se relajan
poco a poco.
Hasta ahora no se les dejaba salir a no ser que fuera, como suele
decirse, con los pies por delante a fin de aumentar estadísticamente el número de muertos y la tasa de mortalidad. A partir de ahora, ya pueden
entrar y salir de los tanatorios..., ¡perdón!, quería decir geriátricos, o, más políticamente corregido, residencias de mayores cuando y como quieran. Una enfermera reconoce:
“Estoy contenta. La vacuna era uno de los objetivos de la
pandemia." Yo no voy a negar que la sanitaria esté contenta. Si ella lo dice, será cierto. Es algo que depende de su estado de ánimo, en donde yo ni entro ni salgo, pero sí voy a matizar y corregir su razonamiento: La
vacuna, por así llamarla, no se inventó para la pandemia, sino al revés: la pandemia para la
vacuna.
oOo
El 24 de marzo de 2021, publicaba El País un
editorial titulado “Vacunas: última llamada”, que recuerda al
último aviso que se da en un aeropuerto a los pasajeros para que
procedan al embarque, a riesgo, si no lo hacen, de perder el avión.
A continuación advierte el periódico global, uno de los más
influyentes, si no el que más, en lengua española, y lacayo como el
que más del Régimen: “Es imperativo acelerar la vacunación ya
para salvar vidas y la fe en la UE”. ¿Por qué tanta prisa y con tanta urgencia? ¿Por
qué hay que acelerar la inoculación del suero ya, con esa exigencia
perentoria? ¿Por qué es tan imperativo? Las dos razones que esgrime el editorialista son muy distintas: porque estamos a punto, dice, de perder nuestra última oportunidad de salvar nuestras vidas, que corren peligro de muerte, y, en segundo y no menos importante lugar, porque hay que salvar la fe en la UE, que supongo que son las siglas de la sacrosanta Unión Europea. Esto último no lo había oído nunca hasta ahora. Y me llama la atención por su carácter
teológico y porque me parece muy significativo que se compare con la
primera razón y de alguna manera se equipare a ella, como si tuvieran algo que ver nuestras vidas con la existencia de ese engendro político. ¿Por qué es tan importante la
salvaguarda de la fe, esa vieja virtud teologal, en el esperpento ese
de la UE, maldita la falta que le hace a nadie, y se pone al mismo nivel que nuestras propias vidas? ¿A
quién le va la vida en ello para exigir imperativamente que
aceleremos la comunión salvífica con el elixir de la eterna juventud si no es a la propia industria
farmacológica que nos convierte de ese modo a todos sin excepción en sus conejillos de Indias, y en sus
pacientes o, lo que es lo mismo, sus clientes como si fuéramos enfermos crónicos?
La distancia interpersonal ya no será
determinante para obligar al uso de la mascarilla, como al parecer era hasta
ahora y no nos habíamos enterado muy bien... El Boletín Oracular
del Estado (BOE) promulga una ley que obliga a llevar el tapabocas en
cualquier espacio público, sin importar la distancia a la que uno se
encuentre de sus congéneres.
Hasta ahora, en la vía pública o
en los espacios al aire libre era obligatorio el uso de mascarilla
si no se podía mantener una distancia mínima de un metro y medio con el resto de la humanidad, según la
norma estatal, aunque las comunidades autónomas, más papistas que el papa, es decir que
papá Estado, habían establecido exigencias más duras con sus
propias excepciones que confirmaban la regla y que chocaban con la
legalidad vigente de ámbito estatal.
El Ejecutivo ha hecho los deberes y se
ha puesto al día, actualizando su página güeb para incluir que el cubrebocas* es obligatorio “siempre”. Y eso quiere decir que
también en la playa, ahora que llega el buen tiempo. Y esto
significa que también en las playas nudistas donde se permite a los
naturistas tomar el sol in puris naturalibus,pero con la mascarilla puesta en su
sitio... Se convierte así esta prenda en un complemento playero
imprescindible junto con el traje de baño, las chanclas, las gafas
de sol, la sombrilla... y los arenales de las playas, por su parte, se convierten en quirófanos y clínicas donde cada toalla es una cama de hospital de campaña atiborradas de enfermos imaginarios con máscaras quirúrgicas, gracias al Estado Terapéutico que vela por nuestra óptima salud.
No dice nada el BOE sobre el baño. Se
admite como exención de la mascarilla la práctica del deporte
individual, pero bañarse en la playa sorteando las olas y sumergiendo de vez en cuando la cabeza en el agua no es practicar la natación, que es un deporte olímpico, por lo que el baño de olas, como se decía antaño, no nos eximiría de llevar el embozo. Pero aquí empiezan los problemas:
si uno decide pegarse un chapuzón con la mascarilla obligatoria puesta, es muy
probable que esta dificulte su respiración, y si se empeña en meter la cabeza debajo del agua pueda provocar su propia asfixia. Claro que si uno se ahoga con el barbijo no habrá contagiado afortunadamente a nadie, gracias a lo que se habrá logrado lo que se pretendía con esta medida profiláctica, que era que descienda la tasa de contagios.
Si uno no se ahoga bañándose con el bozal reglamentario, es probable que este se deteriore y pierda su
funcionalidad y se venga abajo por su propio peso, desprotegiéndonos a nosotros y a los
demás, lo que acrecentará sin duda la incidencia de los contagios estivales. Uno se arriesga así, además, a que algún agente de policía que patrulle por allí para vigilar el cumplimiento de la legalidad vigente le
proponga amablemente para una sanción...
NOTA BENE.- La docta Academia de la lengua aclara que "los términos tapaboca(s) y cubreboca(s),
referidos a la mascarilla sanitaria, son igualmente válidos y se
documentan en el español americano, con diversa preferencia según las
áreas". Cubreboca(s) me parece a mí más políticamente correcto porque insiste en la cobertura protectora que supuestamente ofrece la prenda, mientras que tapaboca(s), más realista, aporta a la idea de "cubrir" la de cerrar lo que está descubierto o abierto. Además, la propia Academia recoge la locución verbal, de uso coloquial, "tapar la boca a alguien" y la define como "cohecharlo con dinero u otra cosa para que calle", y también "citarle un hecho o darle una razón tan concluyente que no tenga qué responder".
Vino una ola
era una canción deManolo Díaz (1967),
dramática y alarmista en su fondo y forma como ella sola. Alertaba de la llegada inminente de una ola gigantesca y peligrosa para los bañistas desprevenidos, como la persona
querida que se estaba bañando con el cantante. Éste le ruega, tendiéndole la mano, que se aferre a él después de repetir cuatro veces que viene una ola y que le dé la mano.
Viene una ola, viene una ola, viene una
ola, viene una ola, y su corriente te aparta de mí. / Dame la mano, dame la mano, dame la
mano, dame la mano, haz un esfuerzo y agárrate a mí.
Y, aunque no se nos dice porque hay una elipsis u omisión intencionada de un segmento narrativo importante, la ola se lleva a la persona querida. El
cantante le ruega entonces a Dios encarecidamente que salve a la persona amada, perdonándole la
vida, que no permita que se ahogue ya que se ha arrepentido...
¡Oh no, por Dios! ¡vuelve aquí!, ¡oh
Señor, por favor, sálvala! Yo te lo pido: ¡ayúdala, sé
buen amigo, perdónala, se ha arrepentido ya!
Pero sucede lo
inevitable, lo que el Señor no pudo o no quiso evitar, pese a la
encarecida súplica del cantante: vino la ola, lo repite cuatro veces, y se llevó a esa
persona querida; cuatro veces repite "algo querido". Nunca había sentido el cantante, que había visto
venir la tragedia, tantísima impotencia y tanto dolor.
Vino una ola, vino una ola, vino una
ola, vino una ola, y sin motivo el mar me robó algo querido, algo querido, algo
querido, algo querido; nunca he sentido yo tanto dolor.
Vuelve a repetirse el estribillo, que es la plegaria contrafactual del cantante al Señor para que no suceda lo que ha sucedido: ¡Oh no, por Dios! ¡vuelve aquí!, ¡oh
Señor, por favor, sálvala! Yo te lo pido: ¡ayúdala, sé
buen amigo, perdónala, se ha arrepentido ya!
Y secuatripite"viene una ola" como colofón de la canción y como advertencia para futuras oleadas.
Según algunos se trataba de una canción protesta por la ausencia de socorristas dedicados a salvar las vidas de los intrépidos bañistas en las playas españolas de aquellos años.
La gran ola de Kanagawa, Katsushika Hokusai (1830-1833)
Recordaba esa canción cuando leía esta mañana en un periódico cualquiera este titular: “Las restricciones de Semana Santa, claves para frenar
la cuarta ola.” Los periodistas recurren habitualmente a la metáfora de las olas para hablar, por ejemplo, de temperaturas muy elevadas, alertándonos de una “ola
de calor”. También recuerdo que en las postrimerías de la dictadura franquista y durante la
transición, con la denominada “apertura”, se hablaba, sobre todo en los medios más conservadores, de la “ola de creciente inmoralidad y de
pornografía y erotismo que nos invade”. Ahora nos alertan de que viene una ola, como en la canción de Manolo Díaz, pero esta vez pandémica, más propiamente epidémica, que es la cuarta según su cómputo. Por otra parte nos tranquilizan, porque hay unas "restricciones" que pueden frenarla.
Cada vez que se avecina un período vacacional
se intensifican las restricciones gubernativas supuestamente
“sanitarias”. En realidad no tienen que ver con nuestra salud física y mental, no menos
importante la una que la otra, sino con el Ministerio de Sanidad del Gobierno de España del que emanan, y de sus consejerías y versiones autonómicas vasallas y
adláteres. Al hacer de la salud el valor supremo de la vida por
encima de la libertad, nos restringen esta en nombre de la
seguridad y aquella en aras de la salvación de futuras vidas, lo que resulta
incongruente. Puede afirmarse sin empacho que hemos asistido a la
mayor represión de la libertad y de la sociedad a lo largo de nuestra vida sin que
la mayoría democrática y sumisa de la gente haya protestado ni levantado la voz.
No es extraño, pues, que
un periódico cualquiera del Régimen -y todos lo son de un modo u
otro- justifique las limitaciones gubernativas, encaminadas a
frenar la presunta cuarta ola con el fin supremo de “salvar vidas”. Su saludable, bienintencionado y salvífico propósito justificaría los medios,
en este caso unas medidas represivas que impiden nuestra movilidad
tanto en el tiempo como en el espacio, y que nos fuerzan a llevar
mascarilla para “filtrar” los supuestos virus que pululan en el
exterior y el interior de nosotros mismos así como a pedir cita
previa hasta para hacer nuestras necesidades fisiológicas más
elementales.
Pero una cosa es cierta:
desde la orilla no se ve ningún oleaje porque no hay cuarta ola, que no es más que una metáfora, aunque sí que existe mucha resignada expectación por su llegada. Son los que dictan las medidas restrictivas para evitar la
catástrofe los que paradójicamente conjuran, airean y
crean la catástrofe de la que después darán cumplida cuenta periodística. Juegan las autoridades sanitarias, con la ayuda
inestimable de los medios de manipulación y creación de la opinión
pública a su servicio y con el apoyo de los científicos a sueldo de los gobiernos
e industrias farmacéuticas, a hacer profecías falsas y apocalípticas para
justificar medidas que restringen nuestras libertades formales y
burguesas, que son las únicas que tenemos, aunque tampoco sean gran cosa.
Si no pasa nada después
de Semana Santa se dirá que ha sido gracias al seguimiento obediente
de dichas restricciones. Si pasa algo, cacarearán que "estaba cantado" y lo achacarán a nuestro
incumplimiento y falta de responsabilidad. Nos reprocharán como a niños pequeños que hemos sido malos y ahora tenemos que pagar el impuesto revolucionario en muertes e incidencias de casos y más casos cuya tasa subirá como la espuma a su conveniencia, por seguir con la metáfora marina, tras la resaca de la ola.
El lema de la
canción, que repetía machaconamente “viene una ola”, alcanzó
tanta popularidad en España en los años sesenta y setenta que los
hermanos Calatrava hicieron una versión bufa de ella que llegó a
tener tanta fama o más que la original. Uno de los hermanos canta la canción original, y el otro hace sus comentarios satíricos. No viene nada mal recordarla para reírnos un poco de tanto alarmismo alarmante y maldecir el estado de alarma (del italiano all(e) arme "¡a las armas!") a la espera del armisticio o supresión de hostilidades.
Iron Maiden, el legendario grupo
británico de heavy metal, cuyo nombre, la Doncella de Hierro, evoca una
terrible máquina de tortura medieval, dedicó una canción a la figura de
Alejandro Magno en su álbum Somewhere in Time, publicado en 1986.
La
letra refleja bastante bien algunas de las facetas más importantes que la historiografía le ha atribuido a
la figura de este personaje: la conquista de Asia Menor, la
difusión del helenismo, la fundación de Alejandría en Egipto, ciudad que
todavía lleva su nombre, y de tantas otras Alejandrías, la anécdota del nudo gordiano... No se
entiende sin embargo muy bien la afirmación que hace la canción de He
paved the way for Christianity ("¿allanó el camino a la Cristiandad?").
Se pueden afirmar muchas cosas sobre Alejandro, pero esa, precisamente, y
en sentido riguroso, no, a no ser que consideremos que la cruz se propagó por el mundo gracias a la espada. Alejandro es pagano, vivió y murió
en el siglo IV antes de Cristo (366-323), y bajo ningún concepto puede
considerarse un precursor del cristianismo.
La letra de la canción comienza
con una cita de Plutarco, que pone en boca de Filipo de
Macedonia, padre de Alejandro, cuando este cumplió 16 años: My son, ask for thyself
another Kingdom, for that which I leave is too small for thee: "Hijo
mío, reclama para tí otro reino, porque este que te dejo es demasiado
pequeño para ti".
He aquí un vídeo que subtitula la
letra de la canción en castellano sobre imágenes de la fallida y
espléndida película que Oliver Stone consagró a la figura de Alejandro
en el año 2004.
Frente al fenómeno de mitificación de la figura de Alejandro de la citada película y de la susodicha canción como difusor del helenismo a la que hemos asistido en la modernidad, se alza contra la opinión de estos papanatas el criterio de Séneca,
el filósofo cordobés, quien en una carta a su amigo Lucilio, la epístola
núm. 94, arremete contra la figura histórica del macedonio,
que propagó la guerra por el mundo entero.
De Alejandro Magno escribe: La locura de devastar
las tierras ajenas incitaba al desdichado Alejandro y lo impulsaba
hacia lo desconocido. ¿Piensas acaso que está cuerdo quien comienza
por realizar sus matanzas precisamente en Grecia, donde ha sido
educado? ¿Quien arrebata a cada uno lo que le es más querido: a
Esparta le impone la servidumbre y a Atenas el silencio? No
satisfecho con la ruina de tantas ciudades que Filipo había vencido
o comprado, abate a otras en otros países y propaga la guerra por el
mundo entero sin que, agotada, se detenga su crueldad en parte
alguna, al modo de las fieras salvajes que muerden más de lo que su
hambre reclama.
Ya tiene reunidos muchos reinos en uno solo, ya
los griegos y los persas temen al mismo déspota, ya sufren el yugo
hasta los pueblos que eran libres del poder de Darío; con todo, va
más allá del océano y del Oriente y se indigna de que la victoria
lo aparte de las huellas de Hércules y de Baco; se dispone a
violentar a la misma naturaleza. No es que quiera andar, es que no
puede detenerse, como las pesas arrojadas al precipicio que no se
detienen hasta yacer en el fondo.
El juicio que emite sobre
Alejandro es implacable: estaba loco. Su ira devastadora comienza por
Grecia. Alude Séneca, aunque no lo menciona expresamente, a la
destrucción de Tebas en el 355 ante porque la ciudad se había
rebelado ante el falso rumor de la muerte del macedonio, y menciona
el castigo que le infligió a Esparta, dominándola por el terror, y
a Atenas, a la que ofreció condiciones más favorables de rendición
privándola de su parresía o libertad de expresión. No pudo, sin
embargo, emular a Hércules y a Baco que, según la leyenda, habían
llegado hasta la India, porque cuando arribó con sus huestes al Indo, sus soldados, fatigados, le obligaron a volver sobre sus pasos
y a abandonar su loca carrera hacia adelante.
Concluye Séneca su
reflexión sobre este personaje, después de cargar también contra los romanos Pompeyo, Julio César y Mario: Éstos, mientras lo
trastornaban todo, eran trastornados ellos mismos a la manera de los
torbellinos, que hacen dar vueltas a los objetos que han arrebatado,
pero son ellos mismos los que dan vueltas primero y su acometida es
tanto más violenta por cuanto no pueden controlarse en absoluto; de
ahí que, habiendo ocasionado el mal a muchos, también ellos
experimentan aquella fuerza destructora con la que han dañado a
tantos. No hay que pensar que uno puede ser feliz a costa de la
infelicidad ajena.
“Que un jefe sea hombre o mujer no es algo que sea
relevante”. Esto lo ha declarado la primera fémina que alcanza el grado de
Teniente Coronel (“¿Tenienta Coronela?”) en el Ejército de España y que lucirá,
por lo tanto, las dos estrellas de ocho puntas en las hombreras de su guerrera,
recibiendo el tratamiento correspondiente, si todavía se estila, de Usía, abreviatura de Vuestra Señoría.
Y tiene razón la mujer (no menciono su nombre propio,
porque no viene al caso: lo que dice ella lo podría decir cualquiera, y,
por
usar su misma expresión, "no es relevante"): ya no importa el sexo
biológico de quien ejerce el mando. Lo mismo da que da lo mismo que la
jefatura
la ejerza el macho o la hembra. Como dijo el rey católico de Aragón
fascinado por la anécdota de Alejandro Magno y el nudo gordiano “Tanto
monta,
monta tanto”. Contaba la leyenda que quien desatara
el nudo que se hallaba en el templo de Gordio dominaría Asia.
Impaciente Alejandro, no lo desanudó sino que lo cortó de un tajo de su
espada, como si diera lo mismo la manera de hacerlo con tal de lograr el
objetivo. Se adelantó a Maquiavelo: el fin justificaría los medios. El caso
es que el lema fernandino era algo así como "Tanto monta cortar como
desatar", abreviado "Tanto monta" a lo que luego se añadió la coletilla popular "... monta tanto / Isabel como Fernando", creando un pareado de octosílabos con rima asonante.
Algunos feministas consideran esto un
progreso. Y tienen razón en parte: es un progreso en la historia de la
dominación del hombre (incluida la mujer en el mismo saco) por el
hombre. Pero
no se puede hablar de un progreso en el sentido contrario de la
liberación de ese dominio, en el de la lucha
del pueblo contra el yugo que le impone el poder, el yugo que cantó
Miguel Hernández (“Yugos os quieren poner, / gentes de la tierra mala, /
yugos que habéis de
dejar, / rotos sobre sus espaldas”).
Efectivamente. Ya no es relevante que el jefe de la manada humana sea macho o hembra. Lo que
sigue siendo bastante relevante es que haya
jefes, tengan o no tengas testículos, y que haya ejércitos
profesionales, porque lo que no se cuestiona, pese al feminismo, es la
jerarquía y la propia existencia de las fuerzas armadas, sino la
participación de las mujeres en dichas fuerzas y jerarquía, que comenzaron a integrarse voluntariamente en el
ejército español a partir de 1988, haciendo realidad así el mito de las
amazonas.
(Heraclés luchando contra las amazonas)
La palabra jefe entró en castellano según Corominas a mediados del siglo XVII como préstamo del francés chef, que a su vez deriva del latín CAPVT CAPITIS cabezade
donde ya teníamos en castellano "cabo" y "capitán" y "capataz", y en
italiano "capo". A partir de 1843 está documentado en nuestra lengua su
femenino "jefa".
Fuera del ámbito militar, tener un jefe o una jefa
es algo que comienza a estar mal visto, cuando es una característica
de todas las personas que trabajan por cuenta ajena, o propia, si son
sus propios jefes o jefas. Últimamente se habla mucho de que el jefe
(boss en la lengua del Imperio) debe tratar de ser un líder
(leader, que es anglicismo). ¿En qué consiste eso? Se
supone que en ser empático, comunicador, en no mandar, sino en
conseguir que sus subordinados hagan las cosas sin necesidad de que
se les ordene cómo y cuándo hay que hacerlas, tan motivados que se
identifiquen con la empresa y sean capaces de sacarla adelante, en un
estado de total felicidad.
Hay que huir del jefe a la vieja usanza,
autoritario, que sólo sabe dar órdenes. El moderno jefe ha de
procurar ser uno más, un compañero y amigo, agradable, que no dice
una palabra más alta que otra, un líder carismático que ejerce una jefatura trasformadora o
liderazgo transformacional (vil traducción de transformational
leadership en la lengua del
Imperio), el nuevo estilo que tiene como objetivo influir
positivamente en las forma de ser o actuar de las personas
subordinadas -“personas subordinadas” es término inclusivo y
políticamente correcto en lugar de “subordinados”-,
logrando que el equipo -idem-
trabaje con entusiasmo hacia el logro de sus metas. Esta
tendencia, no poco patética, no deja de ser el viejo cuento
del lobo que aclara la voz y enseña por la puerta la patita
enharinada a los cabritos para hacerse pasar por mamá cabra...