jueves, 18 de junio de 2020

Un verso de Juvenal: Et propter uitam uiuendi perdere causas

El libro Miseria de la filosofía de Carlos Marx fue la respuesta a Filosofía de la miseria de Proudhon, célebre por haberse preguntado «Qu’est-ce que la propriété?» (¿Qué es la propiedad?) Y haber respondido: «C’est le vol». (Es el robo). La propiedad sería, según Proudhon, una apropiación indebida de algo que naturalmente no nos pertenece. 

En Miseria de la filosofía Marx adorna su texto con una cita latina que le reprocha a Proudhon: "Et propter uitam uiuendi perdere causas". Marx no lo menciona, pero el verso es de Juvenal, sátira VIII, 84. 

Carlos Marx, que tenía una sólida formación clásica y se doctoró con una tesis sobre la diferencia entre la filosofía de la naturaleza de Demócrito y la de Epicuro, hace una traducción libre, según la cual, Proudhon: “Para salvar su sistema, consiente en sacrificar su base”. 

En otra ocasión, vuelve a citar este mismo verso de Juvenal en un artículo periodístico publicado en Neue Oder Zeitung el 12 de junio de 1855 para subrayar la paradoja dialéctica de cómo el capitalismo está abocado con el progreso de su desarrollo a su propia destrucción. 



La traducción literal del hexámetro no es difícil, aunque no conviene desgajarla del verso anterior, del que depende: Summum crede nefas animam praeferre pudori / et propter uitam uiuendi perdere causas (Juzga nefasto lo más preferir la vida a la honra / y la razón perder de vivir por mor de la vida). 

Juvenal criticaba así las desmesuradas pretensiones de la aristocracia de su tiempo, que se vanagloriaba de sus antepasados pero no estaba a su altura. A diferencia de la riqueza y los apellidos, la virtud no puede heredarse. Aquellos son, sin ella, honores vacíos porque, para Juvenal, la virtud es la única nobleza verdadera. 

Byung-Chul Han, en su último libro publicado en España La desaparición de los rituales (2020) escribe: “La vida que se somete al dictado de la salud, la optimización y el rendimiento se asemeja a un sobrevivir. Carece de todo esplendor, de toda soberanía, de toda intensidad. Juvenal, aquel escritor satírico romano, lo formuló de forma muy certera: Et propter uitam, uiuendi perdere causas: A fin de permanecer con vida, perder lo que constituye el sentido de la vida”. 

Byung-Chul Han no toma la cita directamente de Juvenal, sino indirectamente a través  de La felicidad, el erotismo y la literatura de Georges Bataille, que así la comenta: “Perder, con tal de permanecer vivo, lo que es el sentido de la vida, eso es lo que anuncia la soberanía del trabajo, subordinando todas las cosas al miedo a la muerte.” 

Al margen de todos estos válidos contextos, podemos entender la frase en el siguiente sentido: Para conservarnos biológicamente hablando, por puro instinto de conservación, digamos, dejamos de preocuparnos de los motivos que hacen la vida digna de vivirse. Es como si por salvar el cuerpo, hubiéramos vendido el alma, por expresarlo en términos cristianos. O como si nos empeñásemos en vivir a toda costa, sea como sea, por mero instinto de superviencia (ζωή, zoé) cuando la vida (βíος, bíos) ya no merece ni ese nombre ni la pena de vivirla.

martes, 16 de junio de 2020

Cuatro cosas

Hablando nos sobrevino una revelación que, de puro obvia que es, suele pasar desapercibida: ¿No te das cuenta de que siempre son los demás los que se mueren? 

Un intelectual orgánico de la izquierda española celebra el conformismo rebañego y escribe: "Durante el confinamiento hemos descubierto el placer de obedecer". 
La lucha contra la exposición de niños y adolescentes a las pantallas fracasó al decretarse durante la pandemia el distanciamiento social que ya antes existía. 

Bajo la máscara de la razón y la lógica apareció el verdadero rostro de la locura: La prohibición de acercarnos a los demás, considerados enemigos potenciales.

domingo, 14 de junio de 2020

La vida en tiempos de pandemia

Hemos oído hasta la saciedad en los últimos meses la palabra “pandemia”. Las autoridades sanitarias la declararon y los medios de comunicación enseguida la divulgaron a los cuatro vientos. La gente enseguida empezó a decirla. Algunos, los menos alfabetizados, la confundieron con “pandemonio”, que les sonaba  a algo así como a cosa del diablo, y la llamaron la pandemonia: la peste de todos los demonios.  Tiene su gracia el cruce pues un pandemonio es un lugar donde hay mucho ruido y confusión, según la academia lingüística. Según John Milton, que parece que acuñó el término, Pandaemonium era la capital de los infiernos de Satán y sus acólitos, construida por los ángeles caídos en una sola hora por indicación de Mammón.

 El Pandemonio, John Martin (1841)


¿Cómo ha adoptado la gente esta palabra tan inédita y traída por los pelos de “pandemia”, propia de pedantes enterados y cultiparlantes, como si fuera de uso normal y corriente? Pues porque hay que demostrar que uno está al tanto de lo que pasa. Su significado se deduce de su uso, pues viene a ser algo así como una epidemia más grave que las epidemias normales, vamos, gravísima, o, por lo menos, más de temer que una epidemia no pandémica.

Pero entonces hay que definir primero qué es una epidemia. Y aquí vienen los listillos a decirnos que es una palabra griega ἐπιδημία epidēmía compuesta de epí 'sobre' y y dēmía 'el pueblo',  que se aplica a una enfermedad infecciosa que se propaga sobre un país y que ataca a mucha gente. No nos extraña mucho porque es un término que desde Hipócrates por lo menos se utiliza con ese significado en la jerga médica. Pero hay que decir que antes que sustantivo era un adjetivo y que su sentido más antiguo era el de estancia en una población o llegada a ella. Podemos remontarnos hasta el divino Homero, que acuñó la expresión πόλεμος ἐπιδήμιος pólemos epidémios con el significado de “guerra civil” como aparece en la Ilíada IX, 64 ὃς πολέμου ἔραται ἐπιδημίου ὀκρυόεντος Que arda en amor de la guerra, heladora, peste de pueblos

A nadie le gusta quedar como un tonto preguntando qué significa y en qué se diferencia una pandemia de una epidemia, pero los mencionados pedantes, a los que les gusta pasar por listillos y enterados, van y nos lo explican, aparentando que saben algo de la lengua de Homero que ya nadie estudia, y entonces nos cuentan que la palabra ‘pandemia’ viene de πανδημία pandēmía compuesto de pan 'todo' y dēmía 'el pueblo' y que significa ‘todo el pueblo’. Era un vocablo que ya estaba depositado y disponible en el diccionario, y que nuestro diccionario de la Academia lo define como término médico con una doble acepción “Enfermedad epidémica que se extiende a muchos países o que ataca a casi todos los individuos de una localidad o región”. O sea que a una enfermedad o a un virus lo llamamos “todo el pueblo” y nos quedamos tan anchos: 'pandemia' es una "epidemia de alcance mundial", universal o global, como dicen ahora, sin especificar la extensión que debe tener para que se considere su tamaño, tan totalitaria que parecería que no se salva ni Dios. 

Hay que decirles a esos listillos que en griego antiguo la palabra pandemia, a diferencia de epidemia, no se usó nunca para referirse a enfermedades. El significado actual de la palabra remonta al siglo XIX dentro del léxico médico anglosajón. En la lengua del Imperio, en efecto, aparece por primera vez como adjetivo pandemic en 1825 y en 1846 ya es claramente un sustantivo: pandemic: an epidemic which attacks the whole population





Remontándonos más atrás, encuentro sólo una vez la palabra en latín tardío, tomada como helenismo y no está muy claro si como sustantivo o como adjetivo aplicado a lues, que en la lengua del Lacio quería decir 'enfermedad contagiosa', 'peste', 'plaga', y que entró en castellano como lúe o lúes a finales del siglo XIX como sinónimo, tal vez eufemístico, de sífilis. Se halla en Amiano Marcelino, un historiador romano del siglo IV de nuestra era, que en el capítulo cuarto del libro XIX de su Historia narra la peste que surge en Amida (Siria) por la putrefacción de los cadáveres no enterrados unida al calor sofocante y a la debilidad de la gente. Dicha pestilencia se apaciguó a los diez días a causa de una llovizna. 

Amiano Marcelino hace a propósito un pequeño excursus sobre causas y tipos de pestes, distinguiendo tres: et prima species luis pandemus appellatur, quae efficit in aridioribus locis agentes, caloribus crebris interpellari, secunda epidemus, quae tempore ingruens, acies hebetat luminum, et concitat periculosos umores, tertia loemodes, quae itidem temporaria est, sed uolucri uelocitate letabilis. Pues bien, el primer tipo de peste es el “pandémico”, que hace que los que viven en lugares muy secos se vean afectados con frecuencia por la fiebre. El segundo tipo es “epidémico”, que ataca en determinadas estaciones debilitando la vista y que produce unas secreciones peligrosas. El tercero es “loemodes” (es decir “infeccioso”) que es también periódico, y que produce la muerte casi en un instante” (Traducción de Mª Luisa Harto Trujillo). 

Pero fuera de este uso marginal, la palabra, que no conllevaba la connotación totalitaria de epidemia universal, como el diluvio de Noé, que se le ha dado en la actualidad, no se había vuelto a oír ni a escribir referida a una enfermedad contagiosa hasta casi nuestros días, en que ha sido resucitada por doquier a fin de amedrentarnos en una operación mundial de terrorismo.  

sábado, 13 de junio de 2020

Final feliz (happy end)

Deseamos que llegue el finde, el fin de semana, el fin de mes, el fin de año, el fin del curso, el final feliz de la película de nuestra vida: 

 -que llegue el fin de semana para descansar, desconectar de la rutina y recargar las pilas, libres de la condena del trabajo, que es la cara moderna de la antigua esclavitud abolida de la faz del mundo para seguir subsistiendo bajo nuevas formas; 



-que llegue el fin de mes, que económicamente hablando supone la recompensa del asalariado, el estipendio, es decir, aquello en que se convierte nuestra vida cuando cobramos por nuestra prostitución a mes vencido el sueldo que debería alcanzarnos hasta el próximo fin de mes y que sólo nos durará unos días… 

-que llegue el fin de año para celebrarlo con burbujas espiritosas de champán con las que damos carpetazo y hacemos borrón y cuenta nueva, dispuestos a que el año que comienza sea de verdad un año nuevo y no, lo que acabará inevitablemente siendo, una repetición de lo mismo de siempre;



-que llegue el fin de curso para celebrar la ceremonia de graduación con la que nos autoengañamos creyendo que hemos llegado a la meta final del tópico "merecido descanso";

...cuando lo que en realidad queremos y estamos pidiendo a gritos desde las entrañas del alma y el fondo del corazón es el fin del tiempo que es esencialmente futuro: el fin de la semana, el fin del mes y el fin de todos los años que pretenden computar el paso del tiempo, así que ¡feliz fin de semana, por lo pronto, y feliz fin de mes y feliz fin de año, todo junto, y, si fuera posible, ojalá lo sea, feliz fin del tiempo también cronometrado!

viernes, 12 de junio de 2020

La lengua suelta

Los Apotegmas de los padres del desierto son las sentencias ascéticas de los antiguos "abbas" egipcios que huyeron al desierto. La búsqueda de la soledad, el retiro espiritual y el silencio eran los medios que utilizaban estos monjes (μοναχός monachós, en griego, solitario) para alcanzar la salvación. Aunque vivían aislados, había una relación de discipulato entre el maestro y su pupilo, así como con los otros ermitaños. 

Gracias a Michael Gilleland y su estupendo blog Laudator temporis acti, he conocido un apotegma de los padres del desierto, aquellos  monjes (μοναχός monachós, en griego, solitario) que huyeron al desierto egipcio del mundanal ruido buscando la soledad, el silencio y el retiro espiritual y su salvación,   sobre la inconveniencia de la parresia y de la risa, que me ha recordado inevitablemente al personaje inolvidable de Jorge de Burgos, el bibliotecario de la novela El nombre de la rosa de Umberto Eco. 

 

La sentencia está tomada de la colección sistemática de los  "Apophthegmata Patrum" III, 55, (traducción propia):  

Dijo uno de los santos sobre la lengua suelta*: La lengua suelta es como un viento caliente que destruye los frutos del monje. Y oye ahora sobre la risa: La risa echa fuera la bendición del dolor. La risa no edifica, no protege, sino que destruye y derriba lo edificado. La risa apena al Espíritu Santo,no ayuda al alma, y corrompe el cuerpo. La risa ahuyenta las virtudes, no respeta el recuerdo de la muerte ni la práctica de los castigos.

Εἶπέ τις τῶν ἁγίων περὶ τῆς παρρησίας· Ἡ παρρησία ὡς ἀνεμοκαύσων ἐστὶ διαφθείρουσα τοὺς καρποὺς τοῦ μοναχοῦ. Περὶ δὲ τοῦ γέλωτος νῦν ἄκουε· ὁ γέλως τὸν μακαρισμὸν τοῦ πένθους ἔξω βάλλει· ὁ γέλως οὐκ οἰκοδομεῖ, οὐ φυλάσσει, ἀλλὰ καὶ ἀπόλλει καὶ τὰ οἰκοδομηθέντα καταλύει· ὁ γέλως τὸ πνεῦμα τὸ ἅγιον λυπεῖ, ψυχὴν οὐκ ὠφελεῖ, σῶμα δὲ διαφθείρει· ὁ γέλως τὰς ἀρετὰς ἐκδιώκει, οὐκ ἔχει μνήμην θανάτου οὐδὲ μελέτην τῶν κολάσεων. (Texto griego de Jean-Claude Guy, ed., Les Apophthegmes des Pères: Collection systématique, Chapitres I-IX (Paris: Éditions du Cerf, 1993). 

Fotograma de El nombre de la rosa,  Jean Jacques Annaud (1986)

 *En la versión del griego παρρησία, que M. Gould traduce con el anacronismo “freedom of speech” o libertad de expresión y John Wortley por "loose talk" o habla libre, me inclino más por la opinión de Jean-Claude Guy, el editor y traductor francés, que lo vierte por “familiarité”, con sentido peyorativo, referido a la relación entre los monjes. Por mi parte, buscando un equilibrio entre ambas interpretaciones,  he optado por la castiza expresión castellana “lengua suelta”, que alude, por una parte a decir todo lo que a uno se le ocurre, dejándose hablar sin ningún impedimento ni miramiento, y por otra parte a que eso sólo se hace cuando hay cierta camaradería entre las personas que permite la licencia de que, se diga lo que se diga, no se va a herir la sensibilidad de los demás. 

jueves, 11 de junio de 2020

El drama del emigrante

Ante el lío que se hacen algunos con las formas prefijadas “e-migrantes” (e/ex, prefijo centrífugo, como en exportar o exhumar) e “in-migrantes” (in, prefijo centrípeto como en importar o inhumar), que dependen de la situación que adopte el hablante, se ha impuesto la moda de hablar simplemente de personas “migrantes”, a imitación de “aves migratorias”. El verbo latino migrare, origina el castellano migrar, que significa trasladarse. Además de los citados compuestos emigrar e inmigrar tenemos transmigrar
 
Emigrar significa, dicho de una persona, abandonar el propio país para instalarse en el extranjero.
Inmigrar significa, referido a la misma persona, llegar a un país extranjero e instalarse en él.
Migrar quiere decir, simplemente, trasladarse, como hacen, por ejemplo, las aves migratorias.
Transmigrar, que tanto nos cuesta pronunciar, y por eso preferimos decir y escribir trasmigrar, indica que toda una nación o gran parte de ella se instala en otro país, pero también para los que creen en la metempsicosis que el alma de un cuerpo se reencarna en otro cuerpo.

El gran Van Gogh, Bruno Catalano (2013)

Una vieja fábula de Esopo presenta como ninguna otra el drama del emigrante. Se trata de El grajo y los cuervos, la número 123 según la numeración de Perry (125 Hausrath y 161 Chambry). 

Oigámosla: Un grajo que aventajaba a los demás grajos en tamaño, lleno de desprecio por los de su raza, se marchó con los cuervos y les pidió que le dejaran compartir su vida con ellos, pero los cuervos, que desconocían su forma y su voz, lo echaron a golpes. Y éste, rechazado por ellos, marchó de nuevo con los grajos que, indignados por su ofensa, no quisieron admitirlo. Y así ocurrió que fue excluido de ambas comunidades.

Igual pasa con los hombres que abandonando su patria prefieren otra tierra, en ésta son mal considerados por ser extranjeros y son rechazados por sus compatriotas por haberlos despreciado. (Traducción de P. Bádenas de la Peña).

La fábula la imitó Fedro en latín (I 3) en dieciséis senarios yámbicos cambiando los cuervos por los pavos: un grajo se adorna con las plumas de un pavo real para mezclarse con ellos y pavonearse, nunca mejor dicho. Pero estos lo despluman y expulsan a picotazos. Regresa con los de su especie, que también lo rechazan por haber menospreciado su naturaleza.

La fábula la imitó también Valerio Babrio en coliambos griegos (101), cambiando los animales: un lobo corpulento se cree el rey de la selva y, abandonando a los suyos, se va a vivir con los leones. Una zorra le advierte de que entre lobos parece un león, pero entre leones siempre será un lobo. 

La fábula esópica la remedó Lafontaine en francés (IV 9), que sustituyó al grajo por un arrendajo que quiere imitar a los pavos, dándole un nuevo sesgo, dirigiendo su censura moral contra los plagiarios,  y Samaniego entre nosotros (IV 18), que siguió la orientación de La Fontaine, desvirtuando la moraleja original, que no insistía tanto en la emulación como en el desarraigo.

La española que emigró a Francia nunca logrará afrancesarse tanto como para ser francesa. Allí siempre será “la española”. A su vuelta a España de vacaciones o definitivamente tras la jubilación no logrará tampoco españolizarse, como aquella tía mía que cruzó la frontera ilegalmente por Lérida, y que siempre llamamos “la francesa”.

miércoles, 10 de junio de 2020

El pueblo

La palabra latina POPVLVS es el origen de nuestra palabra patrimonial pueblo, y sus derivados puebla, poblar, despoblar, repoblar, población, y de numerosos cultismos como popular, populacho, populismo, populoso... 


En las lenguas romances hermanas tenemos: francés PEUPLE, italiano POPOLO, portugués POVO, rumano POPOR, gallego POBO, catalán POBLE. En alemán tenemos PÖBEL, con el significado de "plebe, vulgo", y en la lengua del Imperio tenemos PEOPLE, como préstamo del francés, y también los cultismos POPULAR, POPULOUS y POPULACE, sin olvidar la denominación POP (pop singer, cantante pop; pop festival, festival de música pop, pop art, arte pop). ¿De dónde viene este monosílabo? Obviamente, es una abreviatura de POPULAR, que llegó a la lengua inglesa indirectamente a través del francés y directamente del latín POPVLARIS, y que aparece atestiguado como adjetivo aplicado a "song" en 1819: popular song, canción popular, es decir, que gusta al pueblo. La expresión popular culture está documentada en 1846, y la abreviatura pop culture a partir de 1959. Pop art, por su parte, está registrada en 1957, aunque oralmente entre los artistas de esta corriente desde 1954, según el online etymology dictionary.

La O de POPVLVS es breve y tónica, por lo que diptonga en castellano en -ue-, pero en latín hay otro POPVLVS con O larga y tónica, de género femenino, que era el nombre del álamo o chopo, cuya evolución, conservando la O larga, desemboca precisamente en chopo, a través del intermedio del latín vulgar *PLOPPVS, con geminación expresiva de la P que resistió a la sonorización, en francés PEUPLIER, en italiano PIOPPO, en rumano PLOP gallego y portugués CHOUPO, en catalán POLL, CLOP, XOP. En inglés tenemos POPLAR álamo, y en alemán PAPPEL, igualmente álamo.

Una sugerente intuición de Agustín García Calvo relaciona ambas palabras. El lat. populus, una palabra estraña a la formación regular sobre "raíz" normal indoeuropea (estrañez bien mantenida en it. popolo, no tanto en esp. pueblo, y más asimiladas a norma las germánicas correspondientes, ingl. folk, al. Volk) suena por ello mismo tan persuasivamente a onomatopeya, que no puedo por menos de pensar que es una variante de poopulus, el nombre de los álamos, y que ha surgido para designar lo primero el bullicio de gente juntándose, sin mucha sujeción a ordenamiento, en alguna plaza o campo; en cuanto a puublicus, que ha venido a funcionar más o menos como el Adjetivo correspondiente, debió de surgir por una conflación del derivado normal, que aparece en lat. arc. poplico con otro sacado de puubees, que lejos ya de designar algo tan indefinido como "gente", significaba el conjunto de los (masculinos) llegados a "edad de consentimiento" y preparados por tanto para el ejército y la votación. (A. García Calvo, ¿Qué es lo que pasa?, edit. Lucina 2006, págs. 124-125)




El pensador rumano E. M. Cioran (1911-1995) publicó en 1960 en lengua francesa Histoire et Utopie, donde incluye esta reflexión sobre el pueblo:   Et le peuple? dira-t-on. Le penseur ou l'historien qui emploie ce mot sans ironie se disqualifie. Le "peuple", on sait trop bien à quoi il est destiné: subir les événements, et les fantaisies des gouvernements, en se prêtant à des desseins qui l'infirment et l'accablent. Toute expérience politique, si "avancée" fût-elle, se déroule à ses dépens, se dirige contre lui: il porte les stigmates de l'esclavage par arrêt divin ou diabolique. Inutile de s'apitoyer sur lui: sa cause est sans ressource. Nations et empires se forment par sa complaisance aux iniquités dont il est l'objet. Point de chef d'Etat, ni de conquérant qui ne le méprise; mais il accepte ce mépris, et en vit. Cesserait-il d'être veule ou victime, faillirait-il à ses destinées, que la société s'évanouirait, et, avec elle, l'histoire tout court.

«¿Y el pueblo?», se preguntarán. El pensador o el historiador que emplea esta palabra sin ironía se desacredita. El «pueblo» se sabe muy bien a qué está destinado: a sufrir los acontecimientos y las fantasías de los gobernantes, prestándose a designios que lo invalidan y lo abruman. Cualquier experiencia política, por «avanzada» que sea, se desarrolla a sus expensas, se dirige contra él: porta los estigmas de la esclavitud por decreto divino o diabólico. Es inútil apiadarse de él: su causa no tiene apelación. Naciones e imperios se forman por su complacencia en las iniquidades de las que es objeto. No hay jefe de Estado ni conquistador que no lo desprecie, pero él acepta este desprecio y vive de él. Si el pueblo dejara de ser endeble o víctima, si flaqueara ante su destino, la sociedad se desvanecería, y con ella la historia sin más.»

martes, 9 de junio de 2020

Dos apuntes

Efecto nocebo
El efecto placebo (“agradaré” en latín), por el que conferimos a una sustancia generalmente inocua poderes curativos inexistentes en la realidad pero funcionales en nuestra imaginación, tiene su contrario, el efecto nocebo (“perjudicaré” en latín), que le confiere a una sustancia igualmente inofensiva unos poderes malignos y perjudiciales para nuestra salud que no posee. Ambas formas son futuros imperfectos que expresan, por lo tanto, no un tiempo futuro que, como tal no existe, sino un deseo (el placebo) y un temor (el nocebo), pero no una realidad, nunca un hecho futuro porque no hay, por definición, hechos futuros. El futuro no es más que el fruto de nuestro deseo o de nuestro temor. Existir, existe, porque lo creamos nosotros con nuestras expectativas y temores. Pero no nos engañemos. Haber, no hay futuro.




¿Viajar o hacer turismo?

Hoy ya no se viaja para descubrir territorios ignotos, terra incognita de nuevos mundos, ni islas vírgenes y paradisíacas, porque hemos descubierto que no existen los paraísos. Cualquiera puede ver en cualquier momento en la pantalla de su teléfono móvil imágenes del rincón más recóndito del mundo. Hoy, en realidad, ya no se viaja. Sin más. Se hace turismo, que no es lo mismo que viajar. El primer descubrimiento que hace el turista es que no existe el viaje. El viajero de verdad, el viajero romántico, no sabía a dónde iba, viajaba para descubrir lo que nadie había visto nunca y él no conocía. El turista de hoy se traslada para ver lo que ya han visto y documentado los demás y lo que él ya conoce antes de verlo. Se hacen públicos los traslados -no vamos a decir viajes, por lo tanto- en las redes sociales para demostrar que existe el movimiento y que soluitur ambulando, se demuestra andando, lo que es falso. Andando puede mostrarse pero no demostrarse el movimiento, pero ya hablaremos de Zenón de Elea en alguna otra ocasión... 


Templo de Posidón en el cabo de Sunio con la luna roja de fondo.

El viajero romántico podía extasiarse como lord Byron con la puesta de sol en el cabo de Sunio en Grecia. El turista del siglo XX, cámara japonesa en ristre, tomaba una fotografía del evento para contemplarla tiempo después en casa, con lo que se perdía el espectáculo que fascinó a Byron y que él posponía en el momento de retratarlo, porque no miraba lo que estaba viendo. El turista actual del siglo XXI da la espalda al majestuoso sol poniente en la línea del horizonte donde se confunden el cielo y la mar salada, y con su teléfono siempre a mano se hace eso que llaman un selfi autista o autorretrato, que acto seguido publica en todas sus redes sociales para mostrar dónde está en sus redes sociales: el centro de la imagen no es la puesta de sol ni el templo de Posidón, que quedan en un segundo plano, sino el careto sonriente del fotógrafo que parece que quiere decirnos que él está allí y nosotros no, como si quisiera darnos envidia. Pero lo malo de esa costumbre narcisista de hacerse selfis y publicarlos en las redes sociales es que se ha generalizado a todos los ámbitos de la vida privada y de nuestra rutina cotidiana.

lunes, 8 de junio de 2020

De los bagaudas

Según la inevitable Güiquipedia, los bagaudas eran los integrantes de numerosas bandas que participaron en una larga serie de revueltas o rebeliones, que se dieron en las Galias y las Hispanias durante el Bajo Imperio, y que continuaron desarrollándose hasta el siglo X. Sus integrantes eran principalmente soldados desertores de las legiones romanas o colonos que querían librarse de sus obligaciones fiscales, esclavos huidos, forajidos o indigentes que se enfrentaban a la opresión laboral tanto del sistema militar como del «prefeudal» de grandes propietarios que surgió en el Bajo Imperio. 

La primera noticia de estas revueltas se tiene en la Galia, a finales del siglo III, concretamente en el año 284, recién nombrado emperador Diocleciano. Nos informa escuetamente, como es habitual en él, Eutropio (Breuiarium ab urbe condita IX, 20, traducción de Emma Falque en Biblioteca Clásica Gredos) Ita rerum Romanarum potitus cum tumultum rusticani in Gallia concitassent et factioni suae Bacaudarum nomen inponerent, duces autem haberent Amandum et Aelianum, ad subigendos eos Maximianum Herculium Caesarem misit, qui leuibus proeliis agrestes domuit et pacem Galliae reformauit  (Habiendo tomado así Diocleciano el Imperio Romano, se encontró con que los campesinos habían iniciado una revuelta en la Galia, y que habían dado a su facción el nombre de bagaudas, y tenían como jefes a Amando y Eliano, por lo que envió a Maximiano Herculio como César para someterlos. Este venció a los campesinos con ligeras escaramuzas y restauró la paz en la Galia).

 Busto del emperador Maximiano Herculio

Otra fuente histórica es Aureliano Víctor, quien en su De Caesaribus 39, 17 dice, hablando de Diocleciano (traducción propia): Namque ubi comperit Carini discessu Helianum Amandumque per Galliam excita manu agrestium ac latronum, quos Bagaudas incolae uocant, populatis late agris plerasque urbium tentare, Maximianum statim fidum amicitia quamquam semiagrestem, militiae tamen atque ingenio bonum imperatorem iubet (Pues cuando descubre tras la partida de Carino que Heliano y Amando habiendo formado en la Galia una tropa de campesinos y salteadores de caminos, a los que los naturales del lugar llaman bagaudas, una vez asolados ampliamente los campos, querían tomar la mayoría de las ciudades, ordena emperador inmediatamente a Maximiano en quien confía por su amistad aunque medio campesino, sin embargo bueno en la milicia y por su carácter). 

Y también (19) Sed Herculius in Galliam profectus fusis hostibus aut acceptis quieta omnia brevi patraverat (Pero Herculio (es decir, Maximiano) habiendo partido hacia la Galia, una vez ahuyentados los enemigos o hechos prisioneros, hubo dejado en poco tiempo todo tranquilo).

De los bagaudas escribirá un elogio, o al menos una justificación, Salviano de Marsella en el siglo V d. C. en su Sobre el gobierno de Dios (Hay traducción española de José Francisco Escribano Maenza, Xeito ediciones, 2019): Malunt enim sub specie captivitatis uiuere liberi quam sub specie libertatis esse captiui (Prefieren en efecto vivir libres bajo apariencia de cautiverio que ser cautivos bajo apariencia de libertad). Y continúa: Itaque nomen ciuium Romanorum aliquando non solum magno aestimatum, sed magno emptum, nunc ultro repudiatur ac fugitur; nec uile tantum sed etiam abominabile paene habetur: (Así pues la condición de ciudadanos romanos, que fue en alguna ocasión no sólo estimada, sino apreciada en mucho, ahora de por sí es rechazada y evitada; y no se considera sólo despreciable sino además casi abominable). 

El contexto histórico es que la presión fiscal imperial era tal, en plenas invasiones bárbaras, que para muchos eran preferibles los bárbaros, a los recaudadores de impuestos imperiales. El momento de auge de los bagaudas coincide con el de mayor incidencia de las invasiones germánicas del siglo V, en plena decadencia del Imperio, cuando se produce el segundo movimiento bagáudico. 

Estas revueltas se trasladan también a la provincia Tarraconense y a territorio vascón, dentro de nuestra península, en el marco de la crisis social y económica del Bajo Imperio Romano. Los enfrentamientos se produjeron precisamente en un momento en el que el mundo romano se afrontaba una presión que no conocía parangón en los límites occidentales, desempeñando un importante papel en la desintegración del Imperio. 

Los historiadores relacionan los bagaudas con la crisis que vive el Bajo Imperio Romano, acentuada con las invasiones bárbaras. En este contexto no era de extrañar que algunos campesinos, sobre todo pequeños propietarios, intentasen librarse de la opresión fiscal y  abandonasen los cultivos y se dedicaran al pillaje y al saqueo de los grandes latifundios imperiales, lo que explica que un diccionario de latín como el de Félix Gaffiot se refiera a los Bagaudae (o Bacaudae) como "brigands qui ravagèrent la Gaule", o sea, "bandidos que saquearon la Galia". 

El movimiento bagáudico, que se va a dar a lo largo del siglo V tanto en la Galia como en algunos puntos de la península ibérica, no deja de ser una reacción de resistencia y de oposición a un orden político y económico que era perjudicial. Para algunos son los primeros revolucionarios de la era cristiana.

domingo, 7 de junio de 2020

Del éxito del confinamiento o encierro de la gente

Hasta ahora habíamos oído hablar de dos medidas sanitarias ante las enfermedades infecciosas: aislamiento de pacientes para no contagiar a personas sanas,  y cuarentena, que es la separación cautelar de quienes proceden de áreas infectadas para comprobar si están enfermos o sanos. 

En el año 2020, y por primera vez en la historia de la humanidad y los anales de la medicina, hemos asistido a la introducción de un nuevo término en nuestro vocabulario y a la imposición de una realidad inédita en nuestra agenda: el confinamiento (confinement en inglés;  también llamado en lenguaje llano y castellano: encierro de la gente, lockdown en la lengua del Imperio). Toda la población permanece bajo “arresto domiciliario en libertad condicional”, independientemente de si están sanos, enfermos o expuestos a alguna enfermedad. No se trata de una medida médica, sino política y policial, camuflada como sanitaria y saludable, que quede claro.

De hecho el diccionario de la RAE define confinamiento, como era de esperar, como acción y efecto de confinar y confinar, aparte de como sinónimo de lindar, que ahora no nos interesa, como Desterrar a alguien, señalándole una residencia obligatoria. Y también como Recluir algo o a alguien dentro de límites. Y más aún: Pena por la que se obliga al condenado a vivir temporalmente, en libertad, en un lugar distinto al de su domicilio.

Hasta ahora no se había usado ese vocablo con el nuevo significado, según tengo entendido, excepto en un tratado de antropología de Lorna A. Rhodes publicado por primera vez en 2004 por la California University Press y titulado en la lengua del Imperio: "Total Confinement: Madness and Reason in the Maximum Security Prison", lo que en la nuestra sería: Confinamiento total: Locura y Razón en la Prisión de Máxima Seguridad,  donde se analizaba la vida de los reclusos dentro de los muros de una prisión de máxima seguridad estadounidense y los problemas de las condiciones de vida y el tratamiento de los enfermos mentales en las cárceles bajo una tecnología cada vez más sofisticada de aislamiento y vigilancia. 


Si esta medida de “¿salud pública?”, entre comillas y con signos de interrogación, se ha llevado a cabo en casi todo el entero mundo durante esta primavera, habría que averiguar la razón, y la razón parece que ha sido, a primera vista, el miedo rayano en el pánico total de la población amedrentada por la televisión y la decisión irresponsable de los gobiernos de seguir las instrucciones de los “¿expertos?” -doctores tiene la Santa Madre Iglesia- de la Organización Mundial de la Salud y del Imperial College londinense. 

El Presidente del Gobierno de las Españas ha declarado a propósito del confinamiento impuesto en nuestras tierras desde el 14 de marzo lo siguiente: "Asumimos uno de los confinamientos más estrictos de Europa y Occidente; el más estricto". Y ha añadido: "Ha sido tremendamente duro, pero también tremendamente eficaz. Hoy estamos ya francamente mejor, saliendo del túnel".


El Presidente ha asegurado en sede parlamentaria cual falso profeta que si no se hubiera decretado el Estado de Alarma y el consiguiente confinamiento (o encierro de la gente, ya decimos nosotros con expresión más castiza), España habría sufrido "30 millones de contagiados, 300.000 muertos y el colapso total del sistema sanitario". Daba así por hecho, en realidad por supuesto, algo que no había sucedido pero que, esgrimido como dato real, venía a justificar las medidas draconianas aplicadas, lo cual no es cierto ni razonable. No es ciencia, sino ciencia-ficción. Es pura y ciega fe contrafactual basada no en hechos empíricos y verificables sino en improbables cálculos probabilísticos de astrología y futurología.

Nuestro encierro nacional ha sido “tremendamente duro” como reconoce el Presidente, de eso no cabe ninguna duda. Ahora bien, cuando afirma que “ha sido un éxito” tremendamente eficaz, la palabra “éxito” no deja de resonarme a mí en su boca sarcásticamente en el sentido médico de exitus letalis o salida mortal. 


Ni la Organización Mundial de la Salud ni el Imperial College londinense ni Dios mismo todopoderoso y omnisciente puede saber lo que habría pasado si no se hubiera hecho lo que se ha hecho porque eso pertenece al futuro, y el futuro se teme o se desea, pero nunca se sabe. El futuro, que es tierra de nadie, no se sabe nunca hasta que deja de serlo y ha pasado. 

I can't breathe (No puedo respirar)

Y lo que ha pasado es que, dándole la vuelta al argumento, gracias (y pese) al confinamiento hemos tenido las muertes que hemos tenido. No está muy claro de ninguna de las maneras, sin embargo, si los fallecidos eran víctimas DE virus coronado o CON virus coronado. Es decir si la causa del óbito ha sido el virus y no su avanzada edad, muerte natural,  u otras  patologías, como llaman ahora a las enfermedades, subyacentes.



Nos han invitado a dejar de vivir para así poder salvaguardar, paradójicamente, la vida, y ahora nos invitan a dejar de razonar para poder conservar de esa forma la cordura. ¿Qué podemos hacer? Cuestionemos no la realidad, cuya existencia nadie niega, sino la verdad de la pandemia, y atrevámonos a decir, como el niño aquel del cuento, que el emperador está desnudo.



Veamos las cosas al revés de cómo nos las presentan, porque en política, y, ya se sabe, todo es política en esta vida, los medios, como advirtió Albert Camus contradiciendo a Maquiavelo,  justifican el fin y no a la inversa. Los medios son, en realidad, los fines, que llevan inscritos en sí mismos. Nos hacen creer que las medidas contra el virus coronado eran el medio y que el fin era combatir la grave enfermedad que no nos deja respirar. Sospechemos lo contrario: que la grave enfermedad respiratoria, presentada como una plaga apocalíptica que anunciaba el fin del mundo, era el pretexto (la justificación que han esgrimido en este caso prácticamente todos los gobiernos del mundo), y el fin era implementar, como dicen ellos, los protocolos y unas medidas que no son sanitarias, sino políticas y policiales, es decir, cuyo fin no era otro más que el control policial y político de la población mundial, por si acaso no estuviera ya suficientemente controlada. 

No se está alimentando aquí ninguna teoría de la conspiración de las muchas que circulan, sino, en todo caso, la conspiración de la teoría contra las prácticas y hábitos autoritarios que están llevando a cabo nuestros gobiernos, que quizá no han planificado conscientemente, pero que han  emergido automáticamente como resultado del ejercicio del poder. 

Se necesitaba un enemigo, como señaló Giorgio Agamben, porque el terrorismo basado en el miedo de que te estallara una bomba delante de las narices ya no amedrentaba a casi nadie. Hacía falta un enemigo poderoso que pudiera aterrorizar hasta a los propios terroristas. Y como enemigo, nada comparable a un virus invisible y ubicuo, como Dios mismo: el adversario perfecto omnipresente.

Si todos, tirios y troyanos, tenemos un mismo y común enemigo, que no reside sólo en los otros, sino que puede agazaparse dentro de nosotros mismos sin saberlo y a nuestro pesar; si todos creemos en lo mismo, estamos alimentando el fanatismo de una nueva fe religiosa y universal por encima de todas las religiones al uso, que dividen a las poblaciones. El enemigo es el virus coronado, encarnación del Mal, mucho más efectivo que la vieja peste bubónica, y su contrario es la medicina, la ciencia, el Estado, que es el Bien,  que vela más que nosotros mismos por nuestra salud pública y privada. 




¿Hará falta recordar a los citados "¿expertos?", por citar algunos datos científicos de esos que ellos  manejan, que el virus de la gripe mata anualmente a 650.000 personas en el mundo y que la tuberculosis, que figura entre las diez primeras causas de fallecimiento en el planeta y que es mucho más contagiosa (un paciente no tratado puede contagiar de 10 a 15 personas), causa diez millones y pico de casos y mata casi a dos millones de personas? Sí, es menester recordarlo, porque en estos casos no se hablaba de crisis ni emergencia sanitaria. 

El anuncio del Ministerio de Sanidad del Gobierno de las Españas del 1 de junio de que era el primer día sin muertos por el virus coronado  desde que estalló la crisis sanitaria no demuestra que se haya “aplanado” la curva epidémica gracias al encierro de la gente, ni, mucho menos, que se haya erradicado la muerte de nuestra sufrida piel de toro. Resulta sarcástico porque, pese al confinamiento, no ha dejado de morirse la gente, de vieja, como suele decirse, o por causas naturales,  o por otras “patologías” como dicen ahora en vez de “enfermedades”, que es palabra más castiza y popular. 


 Jardín de la muerte, Hugo Simberg (1896)

Si sopesamos en una balanza los pros y los contras del encierro ¿qué pesa más? ¿Los supuestos beneficios de haber evitado miles de muertes que no sabemos, porque están en el aire de las suposiciones, o las consecuencias sobrevenidas de depresiones, enfermedades mentales, miedo a salir a la calle, a respirar sin mascarilla,  a contagiar a los seres queridos, y, en último término, a morir? ¿No habrá sido peor el remedio, como dice la gente con muchísima razón, que la enfermedad respiratoria?

La mayoría de los países del mundo, aunque afortunadamente no todos, han tomado, mal asesorados por los "¿expertos?", medidas desproporcionadas y seguido ciegamente las recomendaciones de la OMS confinando a sus poblaciones. Los medios han alimentado igualmente el terror y la psicosis achacando al peligrosísimo virus coronario una alta mortandad, que es palabra más nuestra que mortalidad, cuando ese no es el caso en absoluto. A la vista de lo que está pasado y después del precedente de la gripe porcina de 2009, ¿se puede confiar en la OMS y seguir todas sus recomendaciones? La respuesta parece muy clara: no. Obviamente.