martes, 10 de febrero de 2026
Un peligroso precedente
viernes, 15 de marzo de 2024
Encima, con recochineo.
Se ríen de nosotros a la puta cara desde La Moncloa, es decir, desde el Gobierno de las diecisiete Españas, con este vídeo propagandístico y bochornoso de la pésima gestión gubernamental que peor no pudo ser de la pandemia. Nos muestran cómo el día 14 de marzo, cuando se decretó el estado de alarma que iba a durar quince días, nos salvaron la vida haciendo que nos muriéramos de asco. Pero ¡cómo nos venden la encerrona como un autentico paraíso, algo idílico, ecológico y hasta liberador! Sí, porque el gobierno nos liberó del mal. Resulta escandaloso cómo el Poder se ha apoderado del discurso libertario para justificar su ejercicio impositivo de ordeno y mando en pro de nuestra libertad y nuestra vida.
El anarquismo en el Poder ¿Cuando se había visto tal desfachatez? Pues aquí y ahora mismo, por ejemplo, cuando se cumplen cuatro años de la infamia de aquel Real Decreto-de la realeza y de la realidad- 463/2020, de 14 de marzo, por el que se declara el estado de alarma para la gestión de la situación de crisis sanitaria ocasionada por el COVID-19, y, encima, se celebra con recochineo.
El confinamiento de la población sana y la parafernalia de las mascarillas y demás se decretó sin
ningún fundamento científico ni ético que lo avalara y con toda la impunidad del
mundo, por la pura crueldad salubrista de la barbarie paternalista
del Estado terapéutico que vela por la salud de sus súbditos. La soberbia
sanitaria del ogro filantrópico -algo había que hacer porque había que hacer algo, aunque no se supiera qué, porque de lo contrario íbamos todos a morir- queda impune. Y si la Iglesia se empeñaba antaño en salvar almas para el Cielo, el Estado se empeña hogaño en salvar vidas para el mundo.
No deberíamos olvidar a poca memoria histórica que conservemos lo que hizo el Gobierno con los niños y con los adolescentes, cometiendo un auténtico crimen de Estado. No se me ocurre otro nombre. Mintieron descaradamente para hacernos creer que las tiernas criaturas infantiles eran “bombas” de infecciones a fin de vacunarlas sin ninguna garantía ni beneficio de su salud, sino todo lo contrario, encerrarlas en casa, con absurdas normas y protocolos demenciales, sin ninguna ética ni humanidad.
Y ahora nos lo pintan desde la Moncloa con imágenes tan idílicas que no hay violencia doméstica, no hay depresión, no hay malos tratos, sino solo arte, deporte, teletrabajo, armonía familiar y conyugal..., y dan ganas de decir que venga, que vuelva otra pandemia y volvamos a encerrarnos todos, cada cual en su casita, y Dios, que es el Estado, en casa de todos.
Querían salvar a los vejestorios sacrificando a los jóvenes. ¡Qué lástima que no se hubiera proclamado una ley transespecífica que hubiera permitido a los niños declararse especie canina para poder gozar del asueto de un paseo diario como ellos! En España desde el 14 de marzo la infancia y la adolescencia estuvieron confinadas en sus domicilios, castigadas por su propio bien sin poder salir de casa para nada. ¡Quién fuera perro, soñaban algunos!
Explícales a los enanos que no vean a sus abuelos si no es por video conferencia y, cuando los vean de cuerpo presente, que no
los abracen ni besen ni los toquen. Ciérrales la calle y los parques
infantiles, que se pongan bozal hasta en el patio del colegio cuando vayan al cole y que
no se acerque a sus compañeros y amigos. Háblales del mágico suero que quizá les enferme a ellos un poquito nada más pero que podrá evitar que muera una viejecita o un ancianito que no conocen, a los que salvarán la vida si se dejan
poner un indoloro pinchacito. Y cuando estén tristes y deprimidos y les duela el alma, les dices que es por su propio bien y por el bien de todos y de todas.
¿No recordamos los aplausos a las ocho, el Resistiré, que se convirtió en el himno de la sumisión que ellos denominaron 'resiliencia', la policía de los balcones, las ruedas de prensa con las Fuerzas del Orden, virólogos y militares, las noticias a todas horas de muertos y contagiados, el terrorismo informativo a que nos sometían día y noche, los vergonzosos salvoconductos para entrar en lugares públicos y para viajar y un larguísimo etcétera...?
Si volviera otra pandemia (y es muy posible que la Organización de la Mala Salud nos tenga preparada otra bien pronto), repetirían los mismos errores uno a uno, desde el arresto domiciliario al cierre de la enseñanza, pasando por la imposición de mascarillas y el pasaporte de vacunación. No han aprendido nada de Suecia, el único país que se libró de tanta barbaridad.
En
las diecisiete Españas lo que tenemos son un gobierno central muy progresista e izquierdista de salón y sus sucursales autonómicas que no saben nada de salud pública, que no estuvieron a la altura porque lo último que hay que hacer ante una epidemia es encerrar a las personas sanas, que deben exponerse a ella para inmunizarse naturalmente, lección de primero de inmunología. Tenemos un gobierno que persiste, para más inri, en
su manipulación para ocultar la brutalidad del arresto domiciliario y las mascarillas obligatorias, incapaz de reconocer sus errores, el error de haber hecho un terrible experimento cuyas consecuencias e increíbles daños no han evaluado ni quieren evaluar. Encima se van de rositas porque lo hicieron por nuestro bien, y por el suyo, como está empezando a verse ahora.
jueves, 14 de marzo de 2024
Cuarto aniversario del 14M
Tanto que les gusta a los medios de fabricación de noticias señalar efemérides del calendario para recordar aniversarios de sucesos importantes con el número correspondiente al día del mes y la letra con la que empieza el mes (11M, 11S, 23F, 15M, 20N, 8M, 12O...), propongo uno más para que no se nos olvide: 14M.
Hoy, 14 de marzo de 2024, pridie Idus Martias, fecha que en el antiguo calendario romano era la víspera de las fatídicas idus de marzo, hace ahora exactamente cuatro años, el presidente del gobierno de las Españas se dirigía al país en estos lamentables términos: “Buenas tardes, estimados compatriotas, en el día de hoy acabo de comunicar al Jefe del Estado la celebración mañana de un consejo de ministros extraordinario para decretar el estado de alarma en todo nuestro país, en toda España, durante los próximos quince días...” Nótese cómo el presidente del Ejecutivo ya sabía lo que iba a pasar al día siguiente antes de que pasara, futurólogo avezado que era, y comunica al Jefe del Estado que al día siguiente, mañana, decía él, el consejo de ministros extraordinario iba a tomar una decisión irreversible que ya estaba previamente tomada -¿por quién, si no fue por él, que ahora se apunta el tanto de haber salvado millones de vidas secuestrándolas?-, siguiendo el ejemplo de Italia, que la había tomado una semana antes. Ya sabían las dos más altas autoridades del Estado la decisión que se iba a tomar porque lo exigía la excepcionalidad de la coyuntura.
Se anunciaba así el
primer confinamiento o arresto domiciliario de toda la población que iba a extenderse a los "próximos quince días" -iba a ser solo la puntita, como suele decirse, lo que nos iban a meter por detrás, pero acabaron metiéndonosla toda entera y vera- y se fue prolongando hasta el 21 de junio del mismo año (a lo largo de tres meses y ocho días, exactamente 100 días), y que se denominó "estado de alarma", bajo ridículos eslóganes
como "todo saldrá bien", que resultó ser una patochada irrisoria de pésimo gusto, o "yo me quedo en casa" e imperativamente "¡quédate en casa!" y con los vergonzosos aplausos de los afectos al Régimen a las ocho en punto de la tarde, que se asomaban a las ventanas y balcones a vitorear con recochineo a los sanitarios y a las fuerzas armadas. Más tarde llegaría la "reducción de movilidad nocturna", ridículo eufemismo con que se maquillaba el bélico 'toque de queda'.
Hemos aprendido a lo largo de estos años que si se nos infunde convenientemente por todos los medios el miedo a la muerte estamos dispuestos a dejar de vivir y a morir, poniendo entre paréntesis nuestro modo de vida y nuestra relación con las personas y las cosas, so pretexto de proteger nuestra salud que, al parecer, estaba teóricamente en gravísimo peligro.
Pensar como creen algunos mentecatos todavía que no se han bajado del guindo que aquello se acabó gracias a las medidas farmacológicas -libertad es vacunar y vacunar y vacunar, decía nuestro "querido presi, te queremos" tripitiendo la palabra 'vacunar' porque había que ponerse la tercera dosis ya que no había dos sin tres- o gracias a las medidas sanitarias no propiamente farmacéuticas tales como la mascareta, el propio confinamiento y la distancia social y todas las ridiculeces de la 'new normal' como el salvoconducto sanitario equiparable al antiguo certificado bochornoso de buena conducta que vino para quedarse es algo que ya ni los virólogos sostienen porque sería tan ingenuo como creer que la gripe estacional se acaba todos los años gracias a la vacuna...
Y también hemos aprendido que lo que sucedió una vez y que parecía imposible que pudiera pasar, más propio de una película terrorífica de ciencia ficción que de la realidad, puede tranquilamente volver a suceder porque se ha sentado precedente instalándose sin rechistar en el inconsciente colectivo.
Lo que hemos vivido ha sido sobre todo un gran experimento de
laboratorio social, político y económico, en el que se han puesto en evidencia nuevos paradigmas que vamos a llamar neoliberales, aunque no sean nuevos ni liberales propiamente dichos, de gobernar cosas y personas con el beneplácito de la mayoría de la población y éxito notable.
jueves, 7 de diciembre de 2023
2020, el año en que la Tierra dejó de girar
Circula por la red un vídeo inquietante que se titula: “2020, el año en que el planeta se paró”. Ese año la tierra dejó de moverse, como creía Galileo, y se detuvo en efecto como por arte de magia durante un período que visto tres años después parece muy lejano, sacado de una película de ciencia-ficción, la pesadilla de una distopía. Uno tiene la sensación, viendo esas imágenes de grandes ciudades del mundo deshabitadas, de que es algo tan lejano en el tiempo y olvidado, que parece que han pasado décadas desde entonces, y no es así...
Los más ecologistas pueden creer, incluso, que este período pandémico, que marca un antes -prepandemia- y un después -pospandemia-, fue bueno para el planeta en lo concerniente a la recuperación de la naturaleza, a la que le dimos una breve tregua dejando de explotarla, lo que, de paso, nos hizo recluirnos en el retrete de nuestra intimidad y vida privada de vida bajo arresto domiciliario y cambiar nuestras rutinas revisando algunos de nuestros hábitos, pero esa visión romántica e idealista no deja de ser falsa cuando se analiza la razón de ese parón, de esa guerra inexplicable que se desencadenó contra un virus invisible, es decir, contra la naturaleza precisamente.
Es lo que trajo la coronación del virus, que reinó entre nosotros, entronizado por los gobiernos y los medios de (in)formación de masas a su servicio, supeditados a la solución de la industria farmacéutica, que ha resultado un fracaso estrepitoso, hasta tal punto que son más los muertos posteriores a la inoculación generalizada que los anteriores, que serían las víctimas directas del virus susodicho.
Los que recuerdan y añoran el año en que los animales salvajes salían de los bosques e invadían el centro de las ciudades y pueblos, descuidados ante la ausencia humana, no quieren ver que nunca hemos estado más cerca de un estado policial y una dictadura totalitaria so pretexto de procurar nuestra salud y la de los demás.
No fue un año de muerte y dolor provocado por un virus asesino, sino por las medidas autoritarias que se tomaron contra él, tanto farmacológicas como no farmacológicas, cuyas secuelas siguen todavía vivas, perviven.
Muchos, que se vieron afectados significativamente, no quieren revivir esos momentos dolorosos. Muchos también sufrieron los efectos postraumáticos después de los confinamientos, especialmente los más jóvenes, aquejados de depresiones y de instintos suicidas.
miércoles, 19 de julio de 2023
A toro pasado

miércoles, 15 de marzo de 2023
La guerra contra el Virus
Hace hoy mismo tres años que el Gobierno español decretaba el confinamiento de la población que iba a durar en principio quince días y se extendió -gobernar es mentir- hasta casi tres meses, finalizando el 21 de junio, una cuarentena, que no sólo se duplicó convirtiéndose en ochentena, sino que llegó a la noventena, durando noventa y nueve días. Sólo faltó uno para la centena.
Se pretendía con el confinamiento luchar contra el virus coronado, el virus asesino, al que nuestro Gobierno había declarado la guerra, una guerra sin cuartel que recluía a la población sana al arresto domiciliario, y que decretando la distancia social daba nueva vida al prefijo griego τῆλε (têle, de lejos) e imponía el teletrabajo, la teleeducación y la telemedicina, que llegaron para instalarse.

Aquella guerra, no poco quijotesca, es como la que sostiene la Pantera Rosa (the Pink Panther) contra una mosca burlona, en este corto de animación: una guerra contra sí misma que acabará destruyéndola: dibujos animados para reírse un poco de aquella ridícula campaña militar y civil contra el Virus que nos forzaba a no salir de casa, a ponernos mascarilla nasobucal -imposible de mantener cuando uno iba al dentista- si salíamos por alguna razón justificada, a mantenernos alejados de los demás no convivientes, y a inocularnos una supuesta sustancia que llamaron falsamente 'vacuna' y que no inmunizaba ni impedía el contagio, si queríamos disponer de un salvoconduto para viajar y entrar en algunos establecimientos públicos, pero el virus -la mosca cojonera en este caso- siguió campando por sus fueros vivita y coleando.
jueves, 1 de diciembre de 2022
Miniconfinamientos en Viena
lunes, 11 de abril de 2022
La locura de Changái
Mientras tanto, el presidente de la República Popular de China brinda satisfecho alzando una copa de vino. El gobierno chino que él representa es la envidia de todos los ejecutivos occidentales por el control cuasi absoluto que ejerce sobre sus ciudadanos.
miércoles, 30 de marzo de 2022
Changái, castigados sin salir de casa.
Los habitantes de media ciudad de Changái, en concreto de la zona este, están confinados, o sea obligados a permanecer entre las cuatro paredes de su domicilio hasta las cinco de la mañana del 1 de abril. A partir de esta fecha le tocará el turno a la zona oeste. La capital económica china, que cuenta con la friolera escandalosa de 25 millones de habitantes, afronta su peor crisis sanitaria de Covid-19 desde hace dos años.
Se trata de un arresto domiciliario en dos fases con el que las autoridades sanitarias pretenden poner coto a la epidemia. Hasta ahora habían tomado medidas más ligeras como confinamientos de 24 horas en determinados edificios o complejos residenciales, pero ahora se trata, como se ha dicho, de confinar media ciudad, una medida drástica que considera enfermos potenciales a millones de ciudadanos sanos.
La metrópolis asiática se ha convertido en el epicentro de una nueva ola de contagios relacionados con la variante Ómicron del virus coronado, que ha puesto en jaque la estrategia china de reducir el número de casos a cero absoluto, un ideal imposible de alcanzar. La guerra contra el bicho emprendida no pretende paliar sus efectos aplicando medicina curativa, sino eliminar el virus, matándolo como si se tratase de un ser vivo, de la faz de la Tierra para siempre. Esta medida se aplica porque según el ministerio de Sanidad el lunes se produjeron 3.500 nuevos casos positivos en Changái, lo que supone un 3,5 por ciento de casos. Estos casos no son casos clínicos, es decir, enfermos que necesiten cuidados hospitalarios leves o intensivos, sino que la mayoría son falsos positivos, es decir, casos asintomáticos.
A pesar de todas las aplicaciones móviles y los rastreos de los que llegaban al país y de las cuarentenas y confinamientos impuestos, la variante Ómicron pone en jaque la política ridícula de cero Cóvid emprendida por las autoridades sanitarias del país.
Cuando parecía que se había acabado la pesadilla vírica, resulta que despierta el dragón chino, le hacen una PCR y sale positiva. ¿Qué le vamos a hacer? Pues lo que está mandado: arrestar a la gente, castigarla cuatro días sin salir de casa por su mal comportamiento.
domingo, 7 de junio de 2020
Del éxito del confinamiento o encierro de la gente
El Presidente ha asegurado en sede parlamentaria cual falso profeta que si no se hubiera decretado el Estado de Alarma y el consiguiente confinamiento (o encierro de la gente, ya decimos nosotros con expresión más castiza), España habría sufrido "30 millones de contagiados, 300.000 muertos y el colapso total del sistema sanitario". Daba así por hecho, en realidad por supuesto, algo que no había sucedido pero que, esgrimido como dato real, venía a justificar las medidas draconianas aplicadas, lo cual no es cierto ni razonable. No es ciencia, sino ciencia-ficción. Es pura y ciega fe contrafactual basada no en hechos empíricos y verificables sino en improbables cálculos probabilísticos de astrología y futurología.
Nuestro encierro nacional ha sido “tremendamente duro” como reconoce el Presidente, de eso no cabe ninguna duda. Ahora bien, cuando afirma que “ha sido un éxito” tremendamente eficaz, la palabra “éxito” no deja de resonarme a mí en su boca sarcásticamente en el sentido médico de exitus letalis o salida mortal.
Ni la Organización Mundial de la Salud ni el Imperial College londinense ni Dios mismo todopoderoso y omnisciente puede saber lo que habría pasado si no se hubiera hecho lo que se ha hecho porque eso pertenece al futuro, y el futuro se teme o se desea, pero nunca se sabe. El futuro, que es tierra de nadie, no se sabe nunca hasta que deja de serlo y ha pasado.
Y lo que ha pasado es que, dándole la vuelta al argumento, gracias (y pese) al confinamiento hemos tenido las muertes que hemos tenido. No está muy claro de ninguna de las maneras, sin embargo, si los fallecidos eran víctimas DE virus coronado o CON virus coronado. Es decir si la causa del óbito ha sido el virus y no su avanzada edad, muerte natural, u otras patologías, como llaman ahora a las enfermedades, subyacentes.
No se está alimentando aquí ninguna teoría de la conspiración de las muchas que circulan, sino, en todo caso, la conspiración de la teoría contra las prácticas y hábitos autoritarios que están llevando a cabo nuestros gobiernos, que quizá no han planificado conscientemente, pero que han emergido automáticamente como resultado del ejercicio del poder.
Se necesitaba un enemigo, como señaló Giorgio Agamben, porque el terrorismo basado en el miedo de que te estallara una bomba delante de las narices ya no amedrentaba a casi nadie. Hacía falta un enemigo poderoso que pudiera aterrorizar hasta a los propios terroristas. Y como enemigo, nada comparable a un virus invisible y ubicuo, como Dios mismo: el adversario perfecto omnipresente.
Si todos, tirios y troyanos, tenemos un mismo y común enemigo, que no reside sólo en los otros, sino que puede agazaparse dentro de nosotros mismos sin saberlo y a nuestro pesar; si todos creemos en lo mismo, estamos alimentando el fanatismo de una nueva fe religiosa y universal por encima de todas las religiones al uso, que dividen a las poblaciones. El enemigo es el virus coronado, encarnación del Mal, mucho más efectivo que la vieja peste bubónica, y su contrario es la medicina, la ciencia, el Estado, que es el Bien, que vela más que nosotros mismos por nuestra salud pública y privada.


























