lunes, 22 de noviembre de 2021
Mensajería breve para tiempos confusos
domingo, 21 de noviembre de 2021
¡Que viva la Concha!
sábado, 20 de noviembre de 2021
Sacrificios humanos: la razón de la sinrazón del sacrificio (y II)
Uno de estos ideales abstractos actuales o abstracciones que han venido a sustituir a los dioses de antaño, y no la menos importante, es la Sanidad Pública, que no la salud de la gente, que es cosa bien distinta, como se ha podido comprobar a raíz de la proclamación de la pandemia y la instauración del covi, o sea del virus coronado, en cuyas aras se sacrifica la salud y la vida de los súbditos de las democracias modernas.
Se han reportado algunas muertes de jóvenes en buen estado de salud a causa de la doble inoculación milagrosa que iba a salvar a la humanidad, y que ahora resulta que tiene una validez inmunitaria no superior, dicen, a seis meses, por lo que se hace necesaria la revacunación. Podría ser casualidad o causalidad. Parece que hay cierta relación de inmediatez entre la inyección y la muerte en los casos a los que me refiero, y no hay otros antecedentes que las expliquen tratándose de personas jóvenes sanas sin antecedentes personales ni familiares conocidos. ¿Por qué nadie se escandaliza de esas muertes? Muy sencillo, porque se consideran sacrificios necesarios. Porque lo que subyace detrás de esto es la razón del sacrificio, el asesinato ritualizado de un chivo expiatorio, que canaliza la violencia de toda la sociedad en una sola víctima expiatoria, un pensamiento mágico, en el peor sentido de la palabra, es decir, una razón irracional.
El covi o virus coronado ha servido para renovar un miedo ancestral, el miedo a lo invisible, a la peste negra contagiosa. Desde las pantallas los telepredicadores y locutores decían que estábamos en guerra. Es verdad que nosotros no hemos sacrificado cruelmente a ningún individuo para salvarnos. De hecho nuestra sociedad reemplazó el sacrificio humano cruento por el animal, y el animal por el vegetal, y este por el simbólico. Pero en realidad lo que subyace en el fondo es que no hay más que sacrificios humanos porque son los hombres los que los hacen, bien sacrificando a sus congéneros o a los animales y flores u otros símbolos como sustitutos, o bien sacrificándose a sí mismos.
Aunque ya no hay sacrificios humanos cruentos
propiamente dichos, la razón del sacrificio está siempre vigente en
el inconsciente individual y colectivo. Lo vemos en el caso de las
acciones militares, denominadas a veces 'misiones humanitarias', con
sus víctimas y hostias* colaterales para referirse a mujeres, ancianos y niños.
¿En qué consiste la razón del sacrificio? Es preciso que algunos
mueran, si acaso unos pocos, para que otros vivan. Pero también
dentro de uno mismo: es preciso que yo me sacrifique hoy (trabajando
por ejemplo como un negro, que suele decirse como sinónimo de
esclavo, o como un cabrón, no sé si aludiendo al chivo expiatorio o
al marido cornudo), para poder yo -el yo del futuro, otro que no el yo actual- disfrutar mañana, de la jubilación o el jubileo, por ejemplo. Es lo que debe denominarse sacrificar el
presente en aras del siempre incierto porvenir, por más que se nos
asegure su certeza. Por lo tanto, para inmunizar a toda la población,
hay que aceptar que haya algunas víctimas y efectos colaterales en
número no despreciable, incluso dentro de uno mismo: son los efectos
secundarios.
La salud de todos depende en la confianza ciega, es decir, de la fe, en la ciencia, que no deja de ser una creencia, un ideal abstracto. Arremangándose en los grandes centros ceremoniales que son los así llamados vacunódromos, los ciudadanos occidentales han abandonado su libre albedrío en manos de sacerdotes laicos de bata blanca, agentes de la autoridad que fomentan el miedo y que nos obligan coaccionándonos de formas muy diversas.
A los que se niegan al sacrifico se les denomina negacionistas, y como ya no se trata de sacrificar a estos pharmakoí -término griego que designa a la vez a la víctima expiatoria y el remedio, confundiendo ambas cosas-, lo que hacen es marginarlos, ponerlos al margen de la sociedad, culpabilizarlos de la peste, pese a su buen estado de salud, ya que no padecen los efectos secundarios adversos y el riesgo que tienen de contraer la supuesta peste es el mismo que los demás, a fin de convertirlos en ciudadanos de segunda clase recluidos en un apatheid o cordón sanitario: los Untermenschen o infrahombres de los nazis.
viernes, 19 de noviembre de 2021
Sacrificios humanos: la razón de la sinrazón del sacrificio (I)
Aunque se quiere relativizar la importancia de los sacrificios humanos desde la óptica moderna y relegarlos a una pre-historia bárbara y salvaje, a un pasado más o menos remoto, legendario e inmemorial que se pierde en la noche brumosa de los tiempos, conviene replantearse la cuestión: ¿Hubo alguna vez sacrificios humanos? Y otra pregunta algo más inquietante: ¿Los hay?
Podemos distinguir dos modalidades de ritos sacrificiales. La primera, los rituales de carácter cruento, donde se sacrifica a una víctima cuya sangre es ofrecida a la divinidad o a las instancias superiores, entiéndase, los ideales abstractos que ocupan su lugar, por ejemplo los millones de pavos que se sacrifican en los Estados Unidos el Thanksgiving Day con motivo del Día de Acción de Gracias, por referirnos al mundo actual. La segunda clase serían los sacrificios incruentos, que son una sublimación de los primeros y que aunque no conlleven derramamiento de sangre pueden ser tanto o más crueles que los cruentos.
Suovetaurilia, sacrificio de un cerdo, un cordero y un toro.
Los sacrificios cruentos, en época histórica grecorromana, tenían como víctimas a los animales y entre estos los más codiciados fueron cabras, cerdos, ovejas, caballos y toros. Las vísceras se quemaban y ofrecían a los dioses y la carne se consumía entre los asistentes, salvo en el caso del holocausto en que se quemaba la víctima entera y se ofrendaba toda a las divinidades, o a cualquier otro ideal, como el de la Pureza de la Raza Aria en el caso nazi que se ha hecho proverbial entre nosotros a la hora de emplear este término.
Si bien es cierto que al final de la república romana los cultos y ritos tradicionales entraron en franca decadencia porque la sociedad se había vuelto más escéptica, quizá por influencia de ideas griegas, como las del filósofo Epicuro, que no negaba la existencia de los dioses pero decía que no se ocupaban de los asuntos humanos, de lo que se deducía que los hombres tampoco debían ocuparse de los divinos, no por ello dejaron de realizarse sacrificios y de consumirse la carne de los animales inmolados. Simplemente se hacían con ocasión de otras 'divinidades', ideales abstractos o celebraciones. Para que haya un sacrificio es necesario que haya un destinatario sobrenatural. Si no hay tal destinatario, no hay sacrificio. Ese destinatario eran los dioses de antaño, y son los ideales abstractos de hoy, la reencarnación de los antiguos dioses.
Sacrificio de Isaac, Tiziano Vecellio c. (1543)
La 'communis doctrina' considera que el sacrificio humano cruento no está históricamente atestiguado en la Grecia y Roma antiguas, pero sí aparece como motivo en los mitos, que son propiamente preliterarios y prehistóricos, y en la literatura que se hace eco de ellos, y que de alguna manera viene a sugerirnos que esa prehistoria sigue aún viva en nuestra historia, y que los sacrificios humanos, aunque no sean cruentos, no dejan de ser crueles y estar a la orden del día. Veamos dos ejemplos.
El sacrificio humano cruento en el mundo griego aparece, por ejemplo, mencionado ya en la Ilíada de Homero, cuando Aquiles decide separar a un grupo de doce prisioneros troyanos para sacrificarlos como ofrenda fúnebre en la tumba de su amadísimo Patroclo, a los que degüella personalmente.
El espíritu del sacrificio lo encontramos también en la inmolación de Ifigenia, a la que su propio padre, el rey Agamenón sacrificó para que la flota griega pudiera hacerse a la mar y partir hacia la guerra de Troya, cuando se hallaba varada porque el rey había ofendido a Ártemis dando caza a una cierva a ella consagrada, y la diosa había castigado la partida de la armada griega haciendo que no soplara ningún viento favorable. La diosa finalmente se apiadará de su víctima y la sustituirá por una cierva, lo que sugiere que el sacrificio animal es un sustituto del humano.
Sacrifico de Ifigenia, Domenichino (1609)
El espíritu del sacrificio humano es inherente también al judeocristianismo: recuérdese el sacrificio de Isaac a manos de su padre Abraham por mandato divino, detenido en último extremo no por desacato del padre a la voluntad de Dios sino por la divina intervención de un ángel del Señor, dándole a entender que bastaba con la intención, y que no era preciso llegar al acto. En uno u otro caso, lo que define al sacrificio es que se hace en aras de un ideal abstracto, llámese Dios o, más llanamente, la Causa, cualquier otra abstracción.
Habría que distinguir entre el sacrificio forzoso y la ofrenda voluntaria, pero a menudo es difícil establecer la diferencia. ¿Hasta qué punto, por ejemplo, los yihadistas islámicos que se autoinmolan lo hacen voluntariamente o por coacción ya sea física o psicológica? Es difícil trazar el límite fronterizo entre lo uno y lo otro, máxime desde la cultura occidental cristiana que tiene una actitud contradictoria ante el sacrificio que parece por un lado rechazarse pero por otro es glorificado en la figura de Jesucristo, por ejemplo, que murió, es decir, se sacrificó para salvarnos a todos nosotros, pecadores.
El sacrificio de niños, incluso de recién nacidos, fue bastante practicado dentro de la cultura púnico-fenicia mediterránea. Es el caso de los tofets, en los que restos de niños se han interpretado como el contenido de urnas funerarias, lo que hace que algunos crean que los sacrificios de niños en Cartago, la actual Tunicia, solo son un mito realzado por el talento literario de Flaubert en su novela Salambó. Sin embargo, la mención de votos en las inscripciones indica que había un culto, y la presencia de restos infantiles y de animales, echa por tierra la interpretación fúnebre, y parece dar a entender que, en efecto, se realizaron sacrificios de niños a Moloch.
A las dos preguntas que nos hacíamos al principio de esta entrada deberíamos contestar que los sacrificios humanos han existido siempre, y no sólo pre-históricamente, sino precisamente en época histórica, aquí y ahora mismo, hoy mismo, sin ir más lejos, que es siempre, todavía, como cantó el poeta, más que nunca. Se nos exige constantemente, desde nuestra más tierna infancia, el sacrificio del presente en aras del día de mañana. Y ese sacrificio, aunque no conlleve derramamiento de sangre, no deja de ser una crueldad exigida por Moloch, en cuyas aras inmolamos nuestra vida, la matamos, convirtiéndola en existencia, es decir, en su futuro.
jueves, 18 de noviembre de 2021
"Por las buenas o por las malas, por lo civil o por lo militar"
El presidente la taifa de Cantabria ha eructado que hay que vacunar a todo el mundo "por las buenas o por las malas, por lo civil o por lo militar". Nótese el efecto especial del paralelismo retórico que emplea y que equipara las buenas maneras al civismo, y las malas al militarismo del estado policial. Muy significativo.
¿Cuál es su 'razonamiento'? Argumenta, si se puede
llamar argumentación a esto, que “no hay derecho a que unos
señores pongan en peligro al resto porque no se quieran vacunar”.
Según él no tiene que quedar nadie vivo sin vacunar porque es un
peligro público para los inmunizados aunque no desde un punto de vista sanitario, sino
desde el político, porque el no vacunado es un ciudadano irresponsable y que no
obedece a “lo que está mandado” o, como se decía en otro
tiempo, “a lo que Dios manda”.
No se entiende desde la lógica común y corriente cómo alguien que no está vacunado puede poner en peligro al que está vacunado y, se supone, aunque es mucho suponer, que inmunizado. En todo caso se pondría en peligro a sí mismo. Y no es el caso. Pero lo que no se le puede consentir, desde luego, es que goce de buena salud y no padezca los efectos secundarios de los que se han pinchado con convencimiento o sin él, porque es un ejemplo de mal ciudadano insolidario. Es como si yo voy caminando sin paraguas por la calle bajo la lluvia y alguien, protegido con su chubasquero y su paraguas, me acusa a mí de ser el responsable de la lluvia que está cayendo y que hará que muchas personas se empapen, cojan una pulmonía, colapsen las UCI,s de los hospitales y, acto seguido, se mueran, o, en el colmo del absurdo, me quiera responsabilizar de estar mojándose él por mi maldita e irresponsable culpa.
Al parecer la incidencia en la piel de toro que es España ha aumentado diez puntos hasta sumar 82 casos por cada 100.000 habitantes, lo que es una barbaridad que escandaliza al gerifalte cántabro porque, según el criterio aleatorio de las autoridades sanitarias si se producen más de 50 casos pasamos del riesgo “bajo”, al “medio”, que es hasta 150 personas por cada 100.000, aunque no todavía “alto” ni “extremo”? ¿Se trata de casos de enfermos ingresados en UCI,s o de fallecidos? No, ni siquiera se trata de pacientes, sino de resultados positivos, la mayoría asintomáticos, a la prueba de Reacción en Cadena a la Polimerasa o PCR, todo un chiste, una prueba que no es diagnóstica ni específica, y que su inventor, el premio Nobel Kary Mullis dijo que no servía para detectar una infección vírica. Desde la declaración de la pandemia, ese baremo de riesgo o semáforo, como lo llaman a veces, (bajo, medio, alto, extremo) ha sido uno de los marcadores que determinaba las decisiones políticas.
Pero lo más interesante políticamente de sus
declaraciones no son esos exabruptos sino la consideración que hace
de la necesidad de que “se creen instrumentos jurídicos para que
sea obligatorio vacunarse”, ya que no lo es, y que los tribunales
garanticen que “eso es posible”, porque ahora no lo es dado que
la vacunación no es obligatoria. Según dicho gerifalte, “para eso
está el poder legislativo del país”. Analicemos esta afirmación, que es lo
más relevante desde el punto de vista de lo político.
El poder legislativo de un país está para adecuar las leyes a los designios del poder ejecutivo, de forma que el poder judicial no pueda poner obstáculos a los caprichos de los gobernantes. Toda una maquiavélica lección de alta
política: el poder legislativo debe subordinarse al poder
ejecutivo, porque “para eso está”, para que yo pueda ordenar y
mandar sin que los jueces me pongan trabas legales lo que me dé la gana, y decretar como el canciller austriaco, por ejemplo, que si usted no se vacuna no
sale de su casa, se queda allí confinado hasta que ceda y se someta, por las buenas o por las malas, convencido o sin convencer.
miércoles, 17 de noviembre de 2021
Leyendo a Lucano con Unamuno
Ya en el primer verso de su epopeya histórica que lleva por título Farsalia nos anuncia Lucano que va a cantar guerras más que civiles —“bella… plus quam ciuilia”. Con esta afortunada expresión se refiere el cordobés a la guerra civil entre César y Pompeyo que acabó con la república romana, que efectivamente fue una guerra fratricida entre compatriotas, pero en la que se vieron involucrados muchos otros ejércitos extranjeros, sin ir más lejos varios monarcas orientales en la batalla de las llanuras de Farsalia. Pero, al mismo tiempo, es una expresión afortunada porque sugiere que todas las guerras son de algún modo civiles aunque las hagan militares o ciudadanos en armas de naciones enfrentadas.
No hay que olvidar que los muros de la futura Roma se regaron con la sangre de dos hermanos. Sus fundadores Rómulo y Remo, que habían sido amamantados por una loba, se enfrentaron y Rómulo dio muerte a Remo, constituyendo la monarquía y estableciéndose como primer rey de Roma. Roma misma, pues, nace de una guerra civil o, si se quiere, precivil porque todavía no existía la ciudad, entre dos hermanos. Otro fratricidio hay en la Biblia judeocristiana en el origen de la humanidad: el asesinato de Abel a manos de Caín.
Lucano, el cordobés, canta al vencido, a Pompeyo, y execra, pero admira, al vencedor, a César, al instaurador del cesarismo, que no es ni más ni menos que el fajismo, como dice a propósito Unamuno, que intentó sin mucho éxito introducir el término en castellano para adaptar el italiano “fascismo”. Unamuno empleó, quizá lo acuñó él mismo, el término fajismo, derivado de 'fajo' con el sentido de haz, gavilla o manojo. Y es que “fascismo” deriva del italiano “fascio” que es una continuación del latín 'fascis', que conservamos en el diminutivo fascículo -'haz de fibras musculares, en anatomía'-, convertido en un tema en -o: *fascium, que sería el origen de nuestro 'fajo', por ejemplo en la expresión 'fajo de billetes' pero también era el nombre de las haces de varas que llevaban los lictores de las que salía el filo de una segur o hacha, que entre nosotros se ha convertido en símbolo de la Guardia Civil.
“La causa vencedora —nos dirá Lucano en un verso inmortal— plugo a los dioses, pero la vencida a Catón.” En otro pasaje Lucano nos presenta a Catón, al que ha parangonado con los dioses, como un santo estoico: nec sancto caruisset uita Catone: “Y la vida no se habría quedado sin el santo Catón”. La frase tiene su miga paradójica: con la muerte de Catón, que se suicidó haciendo suyo aquello que alguien dirá después que él de “vale más morir de pie que vivir de rodillas”, es la vida la que ha perdido a Catón y no Catón el que ha perdido la vida. Catón, el sabio, no sufre ninguna pérdida perdiendo la vida, porque esa pérdida no le afecta. Son los contemporáneos de Catón quienes pierden al mejor ejemplar del género humano.
Ve Unamuno a Catón, por su parte, como una suerte de Don Quijote romano y pagano, que supo desafiar al Hado. Catón es el auténtico héroe de la Farsalia, Catón de Útica, 'que se suicidó por no rendirse al cesarismo, al estatismo'. Hay un verso (VII, 350) que dice: Causa iubet melior superos sperare secundos: El servir a la causa mejor nos exige esperar que los dioses del cielo nos sean favorables. Vana esperanza. La batalla de Farsalia echará por tierra la llamada 'mística de la victoria' que aseguraba que eran los mejores los que vencían y gozaban del favor de los dioses. En Farsalia sucederá lo contrario, ganarán los que defendían la peor causa, el cesarismo, el fajismo, y por ser los vencedores, no los mejores, gozarán del favor de los dioses inmortales, o lo que es lo mismo, de la Historia Universal.
¿Y César? -Se pregunta Unamuno-. ¿O sea el Estado, el Estado todopoderoso y absorbente? César necesita enemigos para ejercer su actividad guerrera, le daña el que le falten enemigos —“sic hostes mihi desse nocet” (III, 364)—, y así, cuando no los encuentra los inventa, u hostiga a los resignados a que se le rebelen. Duro trance cuando se nos rinde a primeras aquel contra quien vamos. Hay que provocarle a que nos provoque. Y acudir luego a una ley de supuesta defensa.
Unos versos de Unamuno de un poema titulado 'Fascismo' dicen: No un manojo, una manada / es el fajo del fajismo; / detrás del saludo nada, / detrás de la nada abismo. Se quejaba por cierto Unamuno de que había fajistas que empezaban 'a tomar como emblema, no el fajo, no el haz de varas de los lictores, sino la cruz del Cristo', en lo que luego sería en la España de Franco el nacional-catolicismo. El nacional-catolicismo es un oximoro más grande que una casa, porque el catolicismo es por definición universal, que es lo que quiere decir καθολικός katholikós en griego, y malamente puede ser nacional y patriótico cuando aspira a lo universal, de ahí que para el cristianismo sólo haya una patria verdadera, Jerusalén, que no es la real, sino la celestial.
martes, 16 de noviembre de 2021
¿Pandemia? ¿Qué pandemia?
¿Por qué me pongo yo a hacer un ejercicio de
“deconstrucción” a la francesa siguiendo los manes deconstructivistas de Jacques
Derrida, y no, más llanamente, un ejercicio de “destrucción” de la pandemia?
Muy sencillo, porque trato de destruir algo que está previamente
prefabricado y muy bien construido desde que la Organización Mundial de la Salud eructó el 11 de marzo de 2020 por boca de su Director General: Nunca antes
habíamos visto una pandemia generada por un coronavirus. Esta es la
primera pandemia causada por un coronavirus. Al mismo tiempo, nunca
antes habíamos visto una pandemia que pudiera ser controlada. Lo curioso es que en aquella misma alocución se advertía contra el mal uso o uso indebido del término que allí mismo se estaba empleando: ”Pandemia» no es una palabra que deba utilizarse a la ligera o
de forma imprudente. Es una palabra que, usada de forma inadecuada,
puede provocar un miedo irracional o dar pie a la idea injustificada
de que la lucha ha terminado, y causar como resultado sufrimientos y
muertes innecesarias.
Nos hallamos, por lo tanto, ante un constructo o quimera semántica pura y simple: “Hay un virus devastadoramente letal que amenaza a todo el planeta matando al 0,04% de su población, esencialmente a personas que ya han sobrepasado su esperanza de vida”. Esta afirmación no tiene ningún sentido, se cae por su propio peso, es una falacia. Pero la cosa no se queda en lo que es la mayor y más grave manipulación política de masas perpetrada en nuestra historia, sino que se suma y continúa.
Resulta que también, con datos oficiales que están comenzando a aparecer poco a poco, se puede deconstruir el dato de los cinco millones de muertos que acabamos de dar, porque sólo una mínima parte de ellos han muerto a causa de la pandemia del coronavirus nunca antes vista. La mayoría de esos cinco millones han muerto de otra cosa: cáncer, leucemia, insuficiencia cardíaca, diabetes, etc. Los CDC norteamericanos, que son los Centros para el Control y la Prevención de las Enfermedades, reconocen que de todas las muertes que oficialmente han sido catalogadas y certificadas como 'covid-19' sólo el 6% estaban sin comorbilidades o patologías previas graves, es decir que el 94% de los muertos covid han muerto de otra cosa.
Si comparamos esta enfermedad con la difteria, la tuberculosis, la poliomielitis o el sarampión, enfermedades letales de por sí, la del virus coronado “19” en realidad es una risa y no mata a casi nadie, como mucho les da el tiro de gracia (ese que se da a una persona o animal herido de gravedad cuando está sufriendo para que muera rápidamente y deje así de padecer) a personas que había sobrepasado ya su esperanza de vida.
No
porque digamos que no hay pandemia estamos diciendo que la pandemia no
exista. Existe y ¡cómo existe! Algunos hablan ya de pandemia persistente,
y ya va casi para dos años... Sobre cómo acabar con ella de una vez por todas sin morir en el intento, ya escribimos una entrada aquí mismo hace tiempo. Está claro que la receta que dábamos allí no se ha seguido, lo que se debe sin duda a la poca proyección que tiene este arcón donde cabe todo, ya que me consta que sólo ha tenido dos visitas contadas, y eso no significa tampoco que hayan sido dos lecturas y que, de haberlo leído, hayan hecho uso de la aplicación práctica que allí se proponía. Pero no por ello deja de ser una buena receta y de estar vigente y disponible para quien quiera así desengañarse. No caduca.
No porque sean muchos los equivocados van a tener muchísima razón.
lunes, 15 de noviembre de 2021
Algunos ríos
domingo, 14 de noviembre de 2021
Mensajería vírica breve
El virus, el enemigo perfecto, endógeno y exógeno, interno y externo, invisible y proteico como Proteo, el Viejo del Mar, que muta constantemente y se replica.
sábado, 13 de noviembre de 2021
Un patriota es un idiota
Desde el siglo XV disponemos en castellano de la palabra patria. Tenemos también los compuestos expatriar, repatriar, patriota y compatriota (a través del griego patriṓtēs), patriotismo, patriotero, apátrida.
En latín tenemos algunas buenas definiciones de patria:
-Patria mea tōtus hic mundus est: Mi patria es todo este mundo. Lo dijo Séneca.
Y tenemos también algún verso de Horacio bastante despreciable, por cierto, y tristemente célebre, el hendecasílabo alcaico: dulce et decōrum est prō patriā morī. Es por la patria dulce y cabal morir. Lo escribió Horacio que no murió precisamente en combate defendiendo la república, sino que abandonó no muy decorsoamente su escudo, relicta non bene parmula, como Arquíloco, porque prefirió salvar el pellejo a convertirse en un héroe de epopeya.
Pasando a nuestras lenguas modernas, tenemos:
Rilke ha dicho cosas muy bellas sobre la infancia, y le ha dedicado muchos versos a ese "camarín que guarda el tesoro de los recuerdos", pero nunca dijo que fuera la verdadera patria del hombre como se ha hecho proverbial entre nosotros.






