Una superchería es un engaño que consiste en
sustituir una cosa verdadera por otra falsa, que se pone por encima de ella (super). Superchería, pues, es sinónimo
de fraude, y de paparruchas o “noticias falsas y desatinadas de un suceso, esparcidas entre el vulgo”, como
reza el Diccionario de la docta Academia, que remonta la palabra a “páparo”, miembro
de una tribu panameña ya extinguida, y también, en su segunda acepción,
“aldeano u hombre del campo, simple e ignorante, que de cualquier cosa que ve,
para él extraordinaria, se queda admirado y pasmado”. Por cierto, esta palabra de "paparruchas" bien podría sutituir al anglicismo que se oye tanto de "fake news", del que no tenemos ninguna necesidad en castellano, donde también disponemos de otros términos como "bulos" o "trolas" para referirnos a las noticias falsas.
domingo, 18 de abril de 2021
Fact checking
sábado, 17 de abril de 2021
Hombre precavido vale por dos (y III)
En muchos órdenes se va imponiendo la idea de la precaución, de forma que lo que en principio podía ser una característica individual del carácter de algunas personas, adquiere una dimensión colectiva perseguida por gobiernos y gobernantes, que prefieren anticiparse a los problemas, creándolos a menudo, que solucionarlos cuando se presenten, por lo que el principio de prevención se extiende más allá del ámbito individual al sostenimiento del orden social.
En el ámbito de la medicina, por ejemplo, asistimos a la sustitución de la medicina tradicional curativa por la preventiva. El cardenal de Richelieu había escrito una máxima de Estado que decía que «un médico que puede prevenir las enfermedades es más estimado que el que trabaja curándolas» (Maximes d’État, 1623).
La Organización Mundial que dice velar por la Salud, haciéndose eco de esta sentencia y otras por el estilo, avisa, de hecho, de que más vale prevenir que curar, porque para ella tratar a los pacientes “ya no es suficiente” (¡!) y aboga por empezar a prevenir las enfermedades, lo que no deja de ser una forma de anticiparlas y aun de crearlas para justificar existencia de dicho organismo "protector".
En la justicia, se habla de una justicia preventiva que es preferible a otra punitiva, es decir que es preferible evitar que sucedan los delitos que tener que castigarlos una vez que han sucedido. Sir Edward Coke aplica la regla del médico para la seguridad del cuerpo a la justicia, y dice melior est enim iustittia uere praeueniens, quam seuere puniens, tomándolo al parecer de Hugo Grocio: pues es mejor la justicia que previene verdaderamente que la que castiga severamente. Este principio se generalizará en los regímenes totalitarios siguiendo a Napoleón Bonaparte, que escribió en sus Maximes et pensées: «la severidad previene más faltas de las que reprime.»
En el ámbito laboral, se habla de la “prevención de riesgos laborales”, olvidando que es el propio trabajo, y no las eventualidades que pueden sucedernos en él, el auténtico riesgo de muerte para la vida y que la mejor prevención sería no trabajar.
En el ámbito doméstico se generalizan los llamados seguros del hogar para prevenir los accidentes domésticos, así como en la conducción se hace obligatorio un seguro de accidentes de tráfico en previsión de los riesgos que pueden producirse como efecto de la conducción.
Incluso en el ámbito militar se habla a veces de guerra preventiva, como desarrollo del célebre adagio si uis pacem para bellum de los antiguos romanos. Según la inevitable güiquipedia: La guerra preventiva (preventive war) es aquella acción armada que se emprende con el objetivo (real o pretextado) de repeler una ofensiva o una invasión que se percibe como inminente, o bien para ganar una ventaja estratégica en un conflicto también inminente. Aunque se suele presentar como forma de autodefensa, la legitimidad de la guerra preventiva es objeto de disputa moral, sobre todo por la dificultad de ponerse de acuerdo acerca de si la amenaza es real y, en caso de serlo, de si se trata de un peligro inminente que justifique el ataque, o bien se utiliza como pretexto para atacar primero.
Pero hay también una pre-emptive war. No es lo mismo prevention, que quivale a nuestra prevención o precaución, que pre-emption, que es etimológicamente una “compra previa”, es decir, una acción que evita que otra se produzca, y que llamaríamos en castellano pre-ención. La diferencia es muy sutil y de hecho muchas veces se confunden ambos términos anglosajones y se traducen los dos por nuestro "prevención". La pre-ención es una acción militar contra un objetivo cuando hay pruebas irrefutables de que el objetivo está a punto de iniciar un ataque militar, es un anticiparse a la jugada que va a realizar el contrincante. La prevención es la adopción de una acción militar contra un objetivo cuando se cree su ataque inevitable, aunque no necesariamente inminente, y cuando la demora en el ataque implicaría un riesgo mayor. Tanto las prevenciones como la pre-enciones lo que hacen es que las desgracias, es decir las guerras y los ataques, vengan antes. Al menos a nuestras mentes. Al prevenirlas las atraemos, y nos enfrentamos a ellas antes de tenerlas delante, y con la preención lo que hacemos es adquirirlas.
Reelaborada y versificada por nuestro Samaniego, núm. 22 del libro V de sus Fábulas en verso castellano para el uso del Real Seminario Vascongado (1826), ilustra la idea de la prevención, haciéndose eco en uno de sus versos del ideal romano del si uis pacem, para bellum, si quieres la paz, prepara la guerra, y del refrán de que el hombre prevenido vale por dos: Sus horribles colmillos aguzaba / un jabalí en el tronco de una encina. / La zorra, que vecina / del animal cerdoso se miraba, / le dice: «Extraño el verte, / siendo tú en paz señor de la bellota, / cuando ningún contrario te alborota, / que tus armas afiles de esa suerte.» / La fiera le responde: «Tengo oído / que en la paz se prepara el buen guerrero, / así como en la calma el marinero, / y que vale por dos el prevenido.»
viernes, 16 de abril de 2021
Hombre precavido vale por dos (II)
¿Dónde está el origen de la interpretración previsora del dicho praestat cautela quam medela? Quizá en el hecho de que se cita antes la cautela que la medela, y se da a entender que si antes hay caución no hace falta recurrir después a la curación.
Pero no es lo mismo decir que predecir, ni sentir que presentir. No puede ser lo mismo la caución que la precaución. Pero la docta Academia a la hora de definir "caución" pontifica “prevención, precaución o cautela”, entrando así en la confusión de un círculo vicioso, equiparando caución y precaución sin tener en cuenta el valor del prefijo pre-, procedente del latín prae-, que indica anticipación, anterioridad, y que aparece en el verbo prae-stat, que literalmente significa “estar delante, aventajar, ser superior”.
Habría que decir que lo que vale más que la medicación es la caución, y no tanto la pre-caución. Y frente a la idea omnipresente de precaución habría que enarbolar la de la mera cautela: Una cosa es tener cuidado, tener visión de las cosas, y otra es anticiparse a la visión, que es un error que nos impide ver lo que tenemos delante.
Se dice a veces que a los niños hay que advertirles de que hay cosas que ellos no ven y que pueden hacerles daño, como por ejemplo meter la corriente eléctrica si meten los dedos en un enchufe. Es cierto. El problema viene cuando, una vez adultos, se les sigue tratando como a niños dado el paternalismo del Estado moderno.
En este sentido ha triunfado en nuestros días la idea de que hay que prevenir los males antes de curarlos, y eso lo dice el Estado Terapéutico que vela por nuestro bien. El problema es que el Estado Terapéutico es como el Ogro filantrópico que decía Octavio Paz: un monstruo filántropo, es decir, que ama tanto la humanidad que por eso mismo la hará sufrir, como reza aquel otro refrán de “quien bien te quiere te hará sufrir”.
Nos hará mal por nuestro bien, dándonos el cambiazo: un mal presente, que no vemos, pero que está aquí haciéndonos la vida imposible, por un bien futuro, que tampoco vemos porque no está aquí pero nos impide ver lo que hay delante de nuestras narices.
Por eso están "triunfando" las llamadas vacunas del coronavirus, porque previenen la enfermedad que causa dicho virus haciendo que sus síntomas se atenúen y sean más leves. Son las tiritas que se ponen antes de la herida. En lugar de ocuparse de la curación de las heridas cuando se produzcan, nos ocupamos de la profilaxis para que no se produzcan, confiando en la magia de que podemos ahuyentarlas.
Encuentro la sugerencia de la maldad de la precaución en un paso de Séneca, la epístola núm. 5, a Lucilio (7-9), una formulación que me ha resultado bastante esclarecerdora, es decir, reveladora de la mentira en la que habitualmente vivimos, que es que solemos valorar más la previsión que la propia visión, la precaución que la caución, hasta el punto de equipararlas erróneamente. Así dice el sabio cordobés: Por ello la previsión, el bien máximo de la condición humana, se ha convertido en un mal. (Itaque prouidentia, maximum bonum condicionis humanae, in malum uersa est).
Nos torturamos con el porvenir y con el pasado (nos et uenturo torquemur et praeterito). Es decir que nosotros, a diferencia de las fieras, nos sentimos inseguros por peligros que no vemos porque pertenecen al pasado y al reino de la memoria o al futuro y la suposición, en lugar de acomodarnos a los que tenemos por delante, que son los únicos que hay.
¿Por qué la prouidentia es mala, si la uidentia es buena? Porque la prouidentia impide la uidentia al ser una anticipación. Digamos que frente a la previsión de las cosas, hay que proponer la sencilla visión, porque la previsión puede cegarnos, y no dejarnos ver, si nos ciega, lo que tenemos delante.
jueves, 15 de abril de 2021
Hombre precavido vale por dos (I)
miércoles, 14 de abril de 2021
"Por mí y por todos mis compañeros"
El Consejo General de Colegios Oficiales de Farmacéuticos (CGCOF), partidario incondicional como es de la presunta “vacuna” del covid-19 (que no ha sido aprobada todavía sino autorizada provisionalmente para experimentación por razón de “emergencia sanitaria”), ha sacado un eslogan propagandístico que dice “Me vacuno por mí y por todos”, que me chirría un poco por la razón que luego explicaré, pero me trae a la memoria a mí el juego infantil al que todos seguramente hemos jugando alguna vez: el escondite. Les recuerdo un poco a los lectores cómo lo jugaba yo.
Pero me chirría un poco el eslogan farmacéutico porque no es lo mismo que el juego. Si me vacuno yo, lo hago sólo por mí, para, si me contagio pese a la presunta vacuna -y es posible que me suceda-, atenuar los efectos en mi persona, no para, contagiado yo, dejar de contagiar a los demás. El eslogan de que hacerlo por mí es también hacerlo por mis compañeros, por todos los demás, es por lo tanto mendaz y responde a lo que yo llamaría un egoísmo altruista, valga la contradicción: Es un egoísmo -salvarse uno a sí mismo atenuando los síntomas de su contagio- que se vende con la coartada del altruismo, como que uno lo hace también para redimir a los demás.
Las autoridades sanitarias no dejan de advertir a los inoculados de que no están inmunizados y por lo tanto deben seguir manteniendo distancias de seguridad, usando mascarillas y demás gaitas, como si no lo estuvieran, porque de hecho no lo están. Lo que han recibido no es una vacuna que los inmunice, sino un fármaco que se está experimentando en la actualidad no con enfermos, lo que podría entenderse, sino con población sana, cosa inadmisible.
Se trata con ese lema de fomentar la idea de que si uno decide inocularse el tratamiento que proponen los farmacéuticos está haciendo algo no sólo por sí mismo, librándose del mal, sino también por el resto de la sociedad. Lo que se hace por la salvación de uno, egoísmo puro, se presenta como acto solidario que se hace también por los demás, altruismo desinteresado. Y eso es lo que falla porque, según dicen las autoridades sanitarias que dicen los expertos y cacarean los periodistas, la vacuna -vamos a llamarla así para entendernos, aunque no sea una vacuna y todavía no esté aprobada al no haberse acabado los ensayos que se están realizando ahora en la gente que se somete a ella voluntariamente- no inmuniza, es decir no evita que uno se contagie e infecte a los demás, simplemente aligera los síntomas de la infección en quien ha recibido el tratamiento farmacológico.
Es verdad que los periodistas usan el verbo “inmunizar” como sinónimo de “vacunar” y como todo el día están hablando de lo mismo, para no repetir siempre la misma matraca -es algo que estudian, supongo, en primero de periodismo-, utilizan sinónimos y publican titulares como este que recojo al azar de El diario de Huelva del 2 de abril a título de ejemplo: “Unos 30.400 onubenses ya se han inmunizado frente al coronavirus”. Inmunizados, pese a lo que dice el periódico, no están esos 30.400 onubenses. ¿Debería el periodista haber dicho “vacunado”? Tampoco es verdad. Lo que está recibiendo la población no es una vacuna, sino un tratamiento farmacológico, pero no médico, propiamente hablando, porque no se receta bajo prescripción médica individual. Y lo está recibiendo voluntariamente, aunque haya mucha presión, tanta que mucha gente cree que es obligatorio someterse.
Luego no me sirve el eslogan farmacéutico que me recordaba al juego del escondite. Lo hago sólo por mí (y por los laboratorios farmacéuticos que están detrás rivalizándose entre sí y haciéndose la competencia). Y eso es lo que se está escondiendo y ocultando. Y lo hago por las compañías y emporios farmacéuticos, que a ese escondite juegan, ya que me estoy prestando voluntariamente a ser su conejillo de Indias sin recibir ninguna compensación a cambio más que la vaga promesa de un pasaporte vacunal que me dará la posibilidad de poder viajar y alguna que otra ventaja en restaurantes y grandes almacenes asociados... Y lo hago por el CGCOF que decía al principio, y que afirma que "la campaña de vacunación frente al covid-19 es el reto sanitario, social y económico más importante y urgente que tiene España en estos momentos" (el subrayado es mío).
martes, 13 de abril de 2021
Desahucio de las entidades bancarias
Las entidades bancarias, como gustan de denominarse los bancos con expresión rimbombante, se percatan del peligro de que sus clientes pudieran acostumbrarse a vivir con menos, y de que descubrieran de paso que menos pufede ser a la larga más y mejor.
Puede que lo peor de la crisis no sea el aumento del paro, ni el declive del P.I.B. ni el hundimiento de las bolsas nacionales e internacionales. Según la Asociación de la Banca Española (A.B.E.) , lo peor que podría pasar “sería que la gente se diera cuenta de que puede vivir con menos dinero, menos bienes y menos servicios, y de que no pasa absolutamente nada. Si los ciudadanos se acostumbran a estar igual de bien gastando ahora 20 cuando antes gastaban 80, entonces apaga y vámonos”.
El miedo que subyace por debajo del miedo que tienen los banqueros es que la gente descubra que se puede vivir no ya "con menos dinero", sino sin dinero.
Los tiempos de incertidumbre económica han provocado que la gente ahorre en el supermercado, use la ropa que se compra durante unos meses más y posponga sine die decisiones como la de cambiar de coche o de televisión o adquirir una segunda residencia. Si descubrimos que realmente no necesitamos un pack de televisión por cable y ADSL de alta velocidad que cuesta 90 euros al mes, pues se acaba el negocio de la televisión por cable y del ADSL. No digamos ya si descubrimos que se puede vivir sin televisión sin más... Si reciclamos la ropa, regalándosela a familiares y amigos, se acaba el negocio de la moda.
Mucha gente que durante el fin de semana se encerraba en los centros comerciales, y siempre acababa comprándose lo que menos necesitaba, ahora se va a dar un paseo por el campo, que es más barato y, además, más saludable para los pulmones y la faldriquera. Mucha gente, que antes se gastaba un dineral en unas vacaciones, ahora se queda en casa y descubre que no necesitaba irse de vacaciones a ningún destino turístico para descubrir que no existe el viaje y pasárselo igual de bien o mejor.
Al fuego, Stanislav Plutenko (2009)
El portavoz de la
A.B.E. reconoció a micrófono cerrado: “si la gente deja de gastar
más de lo que puede permitirse, a ver qué cojones inventamos los
Bancos para no hundirnos en la miseria, viviendo como vivimos de la
usura de los préstamos”. Ahí se ve clara la estrategia bancaria: Hay que hacer que la gente gaste "más de lo que pueda permitirse", porque la Banca vive de la deuda que contraemos con ella.
Está claro, si no volvemos a consumir masivamente productos que luego no usaremos ni gastaremos, la Banca pierde mucho dinero, tanto que podría acabar perdiendo la Banca, contra el adagio de que siempre gana la Banca. Y si pierde la Banca, se declara la bancarrota.
¿Quien le dará al banco el dinero y los intereses del préstamo del coche del hijo si ese hijo aguanta con el popó de papá o se compra uno de segunda mano en vez de un flamante último modelo, o prefiere, más sensato todavía, prescindir del coche y utilizar el transporte público, los pies y la bicicleta?
El endeudamiento generalizado es un estímulo intrínseco y ya permanente para la revalorización de “activos“ y la creación de los pasivos, La mayoría endeudada fía su redención en la politiquería orquestada mientras el endeudamiento instituido consigue asignar valor al patrimonio que esa deuda genera. Ya no hay 'valor' ni se consigue revalorizar sin un endeudamiento global.
lunes, 12 de abril de 2021
De la mascarilla como sustituto del velo islámico
Resulta sarcástico cómo un Estado moderno y democrático como el francés, surgido de una revolución que hizo que todo cambiara para seguir igual, y que hizo del laicismo una de las señas de identidad de su república, después de prohibir en el ámbito público y político el uso del velo islámico femenino, obliga ahora a toda la ciudadanía por razones sanitarias a llevar una mascarilla, que no deja de ser un sucedáneo del velo del islam.
La mascarilla no despersonaliza a los seres humanos, deshumaniza a las personas. Su única ventaja, si se puede llamar así, es su carácter igualitario que no discrimina sexualmente, ya que se impone a los dos sexos. Pero el mal de muchos es, ya se sabe, el consuelo de los tontos.
Alguien replicará que no es lo mismo una razón religiosa que una sanitaria a la hora de una imposición. No lo es y sí lo es. No lo es porque obviamente son razones de distinta índole; y sí lo es porque en ambos casos se trata de justificar una obligación. Poco importa que el argumento de la coartada sea religioso o sanitario, desde el momento en que la Sanidad se ha convertido en la nueva Religión y nuevo culto, y su credo es la Ciencia vulgarizada y dogmática. En ambos casos se le ordena a la gente lo que debe y lo que no debe hacer.
Ya no se trata de salvar las almas como en los viejos tiempos medievales, sino los cuerpos. 'Salvar vidas' es el eslogan o grito de guerra ahora de la mayoría de los Estados democráticos.
El laicismo es la condición del laico. Y laico, etimológicamente, significa “del pueblo, popular”. El término procede del griego λαϊκός (laïkós), adjetivo derivado del sustantivo λαός (laós) a través del intermedio latino. En griego λαός (laós) significa pueblo en cuanto reunión de hombres y se opone a δῆμος (démos), que es el pueblo en cuanto organización política. El laicismo es la independencia de la gente de cualquier organización o confesión religiosa. De lo que no se libra el pueblo como λαός (laós) es de su dominación estatal, que no deja de ser una organización religiosa desde el momento en que el Estado es la nueva Iglesia y los ciudadanos sus feligreses, identificándose así torticeramente con el pueblo como δῆμος (démos). La expresión "estado laico", por lo tanto, no deja de ser una contradicción en sus términos: no puede haber un estado verdaderamente popular porque si hay Estado no hay pueblo, en el sentido griego de λαός (laós) y, viceversa, si hay pueblo no hay Estado.
En este sentido el Estado moderno, a través de sus autoridades sanitarias, nos impone, como el viejo clero, una serie de obligaciones. Una de ellas es el uso de las mascarillas que deben tapar nuestra boca y nariz para que no contagiemos con las más sencillas y económicas, aunque no estemos infectados, a nuestros congéneres al respirar. Las hay más complicadas que, además de evitar que contagiemos, nos defienden como un escudo protector del contagio exterior. Prácticamente herméticas, resulta no ya costoso, sino imposible respirar con ellas sin que uno padezca hipoxia y sienta que se ahoga y asfixia. Parece obvio que cuanto menos respiremos menos contraeremos un virus respiratorio, por lo que en último extremo de lo que se trata es de dejar de respirar.
De alguna
manera el Estado francés, volviendo a él, y la mayoría de los otros Estados
modernos, nos están imponiendo el velo islámico, el velo de la
sumisión, que es lo que significa originariamente “islam”, como se sabe. Me refiero al niqab, no al hiyab.
Al hablar del velo islámico hay que hacer alusión al inevitable burka afgano, que cubre totalmente el cuerpo femenino de pies a cabeza, y que sólo deja traslucir los ojos a través de una rejilla. El burka afgano es lo más parecido al traje de un astronauta o al Equipo de Protección Individual médico.
Los franceses durante la colonización de Argelia organizaron ceremonias de desvelamiento forzoso de mujeres musulmanas. Un cartel propagandístico incitaba a las musulmanas argelinas a desvelarse voluntariamente y no ocultar su belleza a los ojos del colono invasor. Se difundió en Argelia durante la ocupación francesa, distribuido por el ejército como arma de guerra psicológica. Era como si no contentos con el dominio del país, quisieran poseer también a sus mujeres, desvelarlas, desnudarlas porque, como decía el mariscal francés Thomas Robert Bugeaud (1784-1849), colonizador de Argelia: “Los árabes se nos escapan, porque esconden a sus mujeres de nuestras miradas”. "¿No es, pues, usted hermosa?" Decía el cartel en la lengua de Molière. "Descúbrase (o desvélese)".
domingo, 11 de abril de 2021
El pájaro en la jaula
El canario, enjaulado; / la jaula, abierta; / pero el pobre no sabe / volar que pueda.
No falta nunca alpiste / ni agua en su celda. / Se siente muy seguro / cautivo en ella.
El pájaro cantando / ahuyenta penas. / Sus trinos de oro puro / revolotean.
Ha perdido una pluma / amarillenta. / Un soplo de aire fresco / lejos la lleva.
Atrofiadas sus alas, / no se despliegan, / y en su confinamiento / sueñan que vuelan.
Así nosotros mismos, / almas en pena, / no vemos, encerrados, / que hay una puerta.
viernes, 9 de abril de 2021
¡Trágala (la realidad)!
El Trágala era la canción con la que los liberales españoles escarnecían a los partidarios del gobierno absolutista durante el primer tercio del siglo XIX. La docta Academia define “trágala” como, coloquialmente, un “hecho por el que se obliga a alguien a aceptar o soportar algo a la fuerza”. La copla que les cantaban repetía el imperativo “trágala”, y daba a entender a los realistas la obligación que tenían de admitir por ley tenían o soportar -tragar popularmente- aquello que rechazaban y de lo que eran enemigos declarados: la constitución de Cádiz de 1812.
El estribillo decía así: «Trágala, trágala, / tú, servilón, / tú que no quieres / Constitución». Lo de servilón, aumentativo de servil, era el dicterio con que los liberales calificaban justamente a los partidarios de la monarquía absoluta de Fernando VII.
Y los realistas, que eran los partidarios del rey, por su parte respondían a aquellos con esta contrarréplica «Trágala, trágala / tú, liberal, / tú que no quieres / corona real»).
Lo que los reaccionarios tenían que tragar era la Constitución; los
liberales, por su parte, la Corona Real. ¿Qué
les diríamos, en el primer tercio del siglo XXI, doscientos años después, nosotros que hemos tragado y seguimos tragando la realidad y la realeza por un tubo a los unos y a los otros?
Y ¿qué nos cantaríamos a nosotros mismos, que hemos tragado tantos trágalas hasta atragantarnos -la mascarilla, la distancia social, el Estado de Alarma, el toque de queda, los cierres perimetrales, los enfermos asintomáticos, los "casos" de enfermos imaginarios de Molière que tienen que hacerse una prueba de laboratorio para saber si están enfermos porque no tienen ningún síntoma, los geles hidroalcohólicos, las estadísticas con sus curvas planas, los hospitales colapsados, el virus coronado y la televisión y la interné por un tubo, una lista interminable de mentiras y más mentiras-, tantos trágalas que básicamente pueden resumirse en uno que sería la estúpida expresión "Nueva Normalidad", que es como llaman ahora al hecho de aceptar la Realidad, porque "es lo que hay"? Trágala, trágala / ya la tragué; / ¡las tragaderas / que yo tendré!





















