sábado, 23 de mayo de 2020

Del poder igualitario de la muerte

Tengo noticia gracias al estupendo blog de Michael Gilleland Laudator Temporis Acti de una inscripción griega (XIV.2131), encontrada en Anzio, en la región italiana del Lacio, y conservada actualmente en el Museo Británico de Londres, labrada en el siglo II de nuestra era, compuesta por dos hexámetros, de los que doy cuenta: εἰπεῖν τίς δύναται σκῆνος λιπόσαρκον  ἀθρήσας, // εἴπερ Ὕλας  ἢ Θερσείτης ἦν, ὦ παροδεῖτα; 

La traducción podría ser la siguiente: ¿Quién es capaz de decir viendo un descarnado cadáver, / si Hilas fuera o bien Tersites, eh caminante ? 

ΕΙΠΕΙΝΤΙΣΔΥΝΑΤΑΙ
ΣΚΗΝΟΣΛΙΠΟΣΑΡΚΟΝ
ΑΘΡΗΣΑΣ  ΕΙΠΕΡΥΛΑΣ
ΗΘΕΡΣΕ
ΙΤΗΣΗΝΩ
ΠΑΡΟΔΕΙΤΑ 


Debajo de la inscripción está tallado en relieve un esqueleto. 

Si quisiera en mi versión aclarar el significado de la alusión a los dos nombres propios de Hilas, prototipo de belleza juvenil masculina, y Tersites, colmo de la fealdad, me vería obligado a sustituirlos por otros, como por ejemplo: ¿Quién es capaz de decir viendo un descarnado cadáver, / si era más feo que Picio o si Adonis, eh caminante ?

Hilas, en efecto, fue un hermoso mancebo del que estaba enamorado Heraclés. Participó junto al héroe en la expedición de los argonautas capitaneada por Jasón en pos del vellocino de oro, y cuando desembarcaron en Misia desapareció de improviso al ir a buscar agua a un manantial, donde fue raptado por las ninfas enamoradas de su belleza irresistible. Heraclés lo buscó inútilmente. De todo ello da cuenta entre otros Apolodoro. 

 Hilas y las ninfas, J. W. Waterhouse (1896)

Tersites, por otra parte, era el hombre más feo que participó en la guerra de Troya.  Homero lo describe en la Ilíada, II, verso 216 y siguientes: ...y era el hombre más feo que a Ilio viniera: / bizco era él, y cojo de un pie, y los hombros en chepa / corvos adentro del pecho encogidos, mas la cabeza / de colmo picuda, y de ella brotando rala la greña (en la espléndida traducción en hexámetros castellanos con rima asonante de Agustín García Calvo). 

 Tersites aborda a Aquiles (1886?)

Lo que viene a decirnos el epigrama -calco griego del término latino  inscriptio, inscripción- que nos ocupa es que el poder igualitario de la muerte no sólo equipara al rico y al pobre, como se ha dicho tradicionalmente, sino también al hermoso y al feo, reduciendo la belleza y la fealdad a un esqueleto descarnado, un puro amasijo de huesos.

viernes, 22 de mayo de 2020

CORONARIVM VIRVS

El coronarium virus ha sido propagado a lo largo y a lo ancho de todo el globo terráqueo por los medios de comunicación de masas, que han sido sus agentes pestíferos que nos han infectado con sus miles de informaciones pestilentes: sin ellos no habría existido ni aterrorizado no ya a medio mundo, sino a todo el universo mundo global.



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ETS (Enfermedades de Transmisión Sexual, actualización del término obsoleto “venéreas” o relacionadas con la diosa romana Venus, griega Afrodita, por lo que también "afrodisíacas"). El sexo, la "S" de esta sigla, no es ya una fuente de pecado o, lo que es lo mismo, de placer, sino de transmisión de enfermedades... sexuales.

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Las autoridades sanitarias sacaron hace años un lema “póntelo, pónselo”, que se refería al profiláctico por excelencia, el condón preservativo. Algunos, ante la urgencia de tan imperativo mandato que se repetía hasta la saciedad, llegaron incluso a ponérselo hasta para orinar.

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No se sabe muy bien si fue Madame de Sévigné o Madame De Staël quien definió el preservativo como: “coraza contra el placer” y “tela de araña contra el peligro”, dada su rudimentaria factura en aquellos tiempos. Es posible que hoy, cuando la técnica ha avanzado que es una barbaridad, sean ya también una coraza contra el peligro de contraer una enfermedad o un embarazo no deseado, pero siguen siendo, igual que entonces, una "cuirasse contre le plaisir". 

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En estos momentos de virus coronario el lema se actualiza: “póntela, pónsela”. Ahora se refieren a la mascarilla, claro. Un comité de expertos sexólogos aconseja a los amantes que se salten en la refriega amorosa los besos en la boca (o, en su defecto, que se besen con las mascarillas puestas). 

 
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Nueva actualización del eslogan: Póntelos, pónselos (los guantes). ¿A qué fin ponerse unos guantes supuestamente asépticos que son un verdadero nido de virus y bacterias cuando nuestra piel es lo suficientemente inteligente y sensitiva como para saber lo que se toca y lo que no? 

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Una periodista y escritora del Régimen que escribe en el "periódico global", antes "diario independiente de la mañana", cuyo nombre propio omito por gentileza, el de ella y el del diario, a los que debería caérseles la cara, si la tuvieran, de vergüenza, escribe con alma de cántaro puritano que es necesaria “una información especializada y esencial para construir una nueva identidad” (sic), y exige que las mascarillas sean obligatorias cuanto antes en los espacios públicos y, esto es lo mejor de todo, “comenzar una pedagogía de su uso en la intimidad”. 

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No es lo mismo elegir encerrarse y aislarse voluntariamente que la obligación de hacerlo que nos ha impuesto manu militari, por Real Decreto Ley, el Gobierno declarando el Estado de Alarma. No es lo mismo elegir dejar de verse con la gente que la prohibición del contacto por amenaza de contagio, que es una contradicción etimológica in terminis contacto/contagio. 

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Hemos perdido la libertad de entrar y salir y circular a la hora que uno quiera por donde uno quiera a cambio de la inexistente seguridad, que nos garantiza supuestamente la existencia, esa sí, real y palpable, de las denominadas Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. 



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La expresión “guardar la distancia de seguridad” procedente del ámbito del tráfico rodado aconsejaba que entre un vehículo y otro que circulan en el mismo sentido había que guardar un espacio mínimo a fin de evitar la colisión con el vehículo en caso de frenada que se tiene por delante y con el que se tiene por detrás. También se decía que había que “guardar las distancias”, con los desconocidos, y que de entrada no había que permitirles mucha o ninguna familiaridad en el trato. Ahora nos dicen que, por nuestro propio bien, debemos guardar con todo quisque hijo de vecino, conocido o no, una distancia mínima de seguridad... de dos metros, por lo que habría que cambiar de acerca -mucha gente ya lo hace- cuando vayamos a cruzarnos con alguien conocido o desconocido. 

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¿Cómo darse la mano, un abrazo o un beso sin guardar la distancia social (o física, como prefieren decir otros) mínima de dos metros? ¿Cómo hacerlo llevando mascarilla a modo de bozal o mordaza y enfundándose unos guantes de nitrilo, vinilo o látex? ¿Cómo estando enmascarillado dirigirle una sonrisa a alguien y leer un estremecimiento en sus labios? ¿Cómo fumar un cigarrillo y más, cómo compartirlo "fumando un cigarrillo a medias" como cantaba la otra?  Hemos pasado de demonizar el plástico, a plastificarnos completamente metiéndonos dentro de una burbuja protectora y asfixiante "por nuestro propio bien y por el de los demás". 

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Del sano escepticismo popular: un anciano le confiesa a otro que no quiere ir al médico, no vaya a ser que le haga unos análisis y le encuentre “algo que no tiene”, o sea, no vaya a ser que coja allí alguna enfermedad que se le diagnostique. Mientras no hay diagnóstico, en efecto, no hay enfermedad. Puede haber un conjunto de síntomas inconexos que forman parte de la propia vida de uno, pero en cuanto se diagnostica la enfermedad, los síntomas adquieren un sentido, que son fruto no de la enfermedad sino de la con-sciencia o con-ciencia de ella. 



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De un editorial de El País, de fecha 20 de mayo de 2020: Pero, aunque hayamos dejado atrás el periodo más agudo de la epidemia, el virus asesino sigue ahí y, si se le da la oportunidad, mientras no haya una vacuna, continuará expandiéndose, con el riesgo de nuevos y peligrosos rebrotes. Además de alarmarnos con la expresión “nuevos y peligrosos rebrotes” para que cunda el pánico y prosiga el Estado de Alarma cuando el propio editorialista acaba de reconocer que el punto álgido de la epidemia ya ha pasado, el párrafo es tremendamente injusto con el virus. Me parece que es faltarle al respeto calificar al virus de “asesino”. Podría cuadrarle mejor “mortal” o “letal”, como prefieren decir otros para camuflar la idea de muerte, pero no dejaría de ser una exageración hipérbolica, porque no mata a todo el que contagia, sino a un pequeño porcentaje. Nunca “asesino”. El virus, si queremos atribuirle la voluntad propia de un ser vivo y consciente, de un peligroso sicario, querría no matarnos, sino que viviéramos para poder él alojarse dentro de nosotros. No quiere matarnos, quiere que vivamos y que le hospedemos.

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Policía pedagógica.- Se oye mucho en los medios de masificación últimamente la expresión de que la policía hace pedagogía cuando, sin hacer uso de la legítima violencia policial,  se dedica a recordar a la población las normas de obligado cumplimiento "por el bien propio y de los demás" que emanan del Ministerio de Sanidad. La labor pedagógica es el paso previo a la sanción económica de los ciudadanos y, en caso de resistencia a la autoridad, la detención de estos. La pedagogía consiste, pues, en inculcarnos el cumplimiento de lo que llaman la "nueva normalidad", que no deja de ser una anormalidad, una ἀνωμαλία o anomalía.

jueves, 21 de mayo de 2020

Del sacramento de la Confirmación

Es la Confirmación uno de los siete sacramentos que imprime carácter indeleble de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana por el cual la persona que ha sido bautizada se integra de forma plena y consciente como miembro de esa comunidad,  reafirmando por propia voluntad la fe que le impusieron sus padres al nacer con el sacramento del bautismo.

El signo de la Confirmación es la “unción”. La unción se realiza en la frente mediante la crismación o “santo crisma”, aceite de oliva mezclado con bálsamo, óleo consagrado por el obispo el día del Jueves Santo. Hay otra unción, la "extrema unción", que se lleva a cabo en el momento de la muerte. La Iglesia recomienda la sagrada unción de los enfermos con el santo óleo

La palabra “crisma” nos llega, a través del latín chrisma, del griego χρῖσμα, un neutro del tipo -μα -ματος derivado del verbo χρίω “ungir”, por lo que significa resultado de la acción de ungir. 

En relación con el término “crisma” están las palabras “cristiano” y “Cristo” que significa, precisamente, “ungido”.  Y, derivado de esta palabra tenemos el femenino “(la) crisma”, que se emplea vulgarmente en el sentido de “cabeza”, por ejemplo en la expresión “romperse uno la crisma”, por ser esta parte del cuerpo, concretamente la frente, donde se realiza la unción. 

El crismón o lábaro, es decir, el monograma de Cristo,  también está relacionado con el verbo χρίω.

Las palabras que acompañan a la unción y a la imposición individual de las manos son: “Recibe por esta señal de la cruz el don del Espíritu Santo”. Cuando la lengua de la Iglesia era, como Dios manda, el latín, se decía: Accipe signaculum doni Spiritus Sancti. La cruz es el arma con que cuenta un cristiano para defender su fe. El candidato a la Confirmación que ya ha alcanzado el uso de razón debe profesar voluntariamente la fe que se le impuso al poco tiempo de nacer en la pila bautismal, estar en estado de gracia, tener la intención de recibir el sacramento y estar preparado para asumir su papel de discípulo y de testigo de Cristo, en la comunidad eclesial y en los asuntos temporales. 

Obispo administrando el sacramento de la confirmación, 1679

¿Qué es eso de la unción? La palabra procede de unctionem, un derivado del verbo ung(u)ere, origen de nuestro ungir, cuya raíz ung(u)- se modifica ensordeciéndose la oclusiva en unc- al recibir el sufijo -tus del participio (unctus) y -tio del sustantivo de acción verbal (unctio), precisamente de esta modificación derivan nuestro untar, y unto. De hecho en latín vulgar está atestiguado unctare, originado a partir de ungere. En relación con esta raíz ung-/unct-, tenemos, además de los términos mencionados, untura, untuoso, untuosidad, sacaúntos (coco infantil también denominado "sacamantecas") e incluso ungüento (ya en latín mismo unguentum). 

En el Antiguo Testamento eran ungidos los reyes, los profetas y los sacerdotes. Ungir a un rey era sinónimo de coronarlo o de investirlo: el rey David fue ungido por el profeta Samuel.  En el Nuevo Testamento el aceite se aplicaba a las heridas y a los enfermos.  

El origen de la unción, además de los usos cosméticos que se servían del aceite para conservar perfumes y de los usos de los atletas, que se ungían en el gimnasio con aceite de oliva a fin de quitarse el polvo de la piel,  podría venir, al parecer, según una teoría de una práctica de los pastores. Los piojos y otros ácaros a menudo entraban en la lana de las ovejas, y cuando hacían su madriguera en sus orejas y se atrincheraban allí, podían llegar a matarlas produciendo la sarna. Entonces, los antiguos pastores untaban con aceite la cabeza de sus ovejas para protegerlas. Esto hacía resbaladiza la lana, de forma que los ácaros no podían cobijarse allí y se deslizaban, lo que liberaba al animal de sus ataques. A partir de aquí, según esta teoría, la unción llegó a ser símbolo de bendición, protección y empoderamiento.

miércoles, 20 de mayo de 2020

Varia uariorum

Una cantilena infantil, la vieja letanía de la nidada o nialada: «Marzo, nialarzo; abril, güeveril; mayo, pajarayo; y por san Juan, péscalos por el rabo, que ya se van». Lo que viene a decir que en el mes de marzo los pájaros hacen los nidos, en abril ponen los huevos, en mayo nacen los pollos y en junio, por san Juan, se echan a volar.

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Rescato unos versos de dos estrofas de un poema (“Una tarde”) de un poeta cántabro del que no había oído hablar, don Evaristo Silió y Gutiérrez (1841-1874): Triste, obscuro estaba el monte, / Triste el valle, triste el cielo, / ¡Triste yo! / … Sola estaba la montaña, / Solo el bosque, solo el llano, / ¡Solo yo! 

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Tan importante como el despliegue de tropas en una guerra es el despliegue mediático. Casi un centenar de profesionales de la información: redactores, técnicos, cámaras y reporteros gráficos enviaron las cadenas de televisión y radio españolas a las principales zonas del “conflicto”  (curioso eufemismo para omitir la palabra “guerra”). Sin el despliegue mediático no hay guerra que valga. No existiría. 

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El célebre verso de Shakespeare (Hamlet, III, esc. IV): To die, to sleep..., to sleep... perchance to dream. Lo tradujo nuestro Unamuno como “Morir... dormir... dormir... soñar acaso”, un perfecto hendecasílabo castellano. Se trata de un pentámetro yámbico inglés, es decir, de cinco yambos: - + - + - + - + - +. Podemos reproducir así su ritmo original: Morir, dormir..., dormir... quizá soñar. 



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Don Quijote y Sancho Panza se necesitan porque se complementan. El primero cree que la bacía del barbero era el yelmo de Mambrino y la zafia Aldonza Lorenzo, la encantadora Dulcinea. El segundo percibe que la bacía es una bacinilla y se percata enseguida del pelo de la dehesa de Aldonza. Y ambos se equivocan. Aldonza no es Dulcinea, desde luego, aunque podría serlo, pero tampoco es Aldonza Lorenzo. 

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La participación es un modo de integración mucho más eficaz y efectivo que la imposición mediante la represión de antaño. Por eso la democracia es mucho más eficaz y efectiva como forma de gobierno que la dictadura: es la mejor dictadura. 

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Las creencias se imponen, no se exponen. Y deberían exponerse, o sea, deponerse, abandonarse como las armas. 
 
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Henry Ford dixit (1903): Pondré la tecnología al alcance de todos. Y lo que hizo fue ponernos a todos delante de un automóvil para que se llevara por delante arrasándolos campos y ciudades y nos avasallara a nosotros convirtiéndonos no en señores de esas máquinas, sino en sus chóferes en el mejor de los casos;  en el peor,  atropellándonos como peatones.

 
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Se sabía día y hora del comienzo antes de que comenzara. Se sabe, con todo lujo de detalles, cómo se está desarrollando y se va a desarrollar antes de que se desarrolle. Conocemos de antemano quién va a ser el ganador. Las víctimas sólo son “efectos colaterales” en la película bélica de acción que vemos en la pequeña pantalla con alguna que otra interrupción para los espacios publicitarios. “¡No a la guerra!” De acuerdo. Pero habría que discutir las condiciones de paz, porque la “pax Americana” es una guerra camuflada.

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En griego moderno, “trabajo” se dice δουλειά “duliá”,  término con acento agudo que procede del griego clásico δουλεία “dulía” que significaba y significa aún, conservando su acentuación llana en griego moderno, lo que es el trabajo: una esclavitud. Subsiste en nuestra lengua el término griego "dulía" en las expresiones "culto de dulía", que era el culto que se rendía a los ángeles y a los santos, y culto de "hiperdulía", que veneraba a la Virgen, madre de Dios, donde la palabra conserva su valor original de "servidumbre". Frente a estos cultos se hallaba el culto de latría, que se tributaba a Dios.  

martes, 19 de mayo de 2020

¿La excepción confirma la regla?

En latín se decía “exceptio confirmat regulam” o también “exceptio probat regulam”: la excepción confirma la regla. Pero tiene un añadido en cualquiera de los casos que es “in casibus non exceptis”: en casos no exceptuados, es decir, cuando no hay excepciones. Sin embargo, no figura en ninguna fuente clásica latina, porque se trata sin duda de una glosa medieval al parágrafo XIV del Pro Balbo de Cicerón. 


Veamos el ejemplo. Cicerón, el más ilustre de los abogados, defiende en ese discurso al gaditano Lucio Cornelio Balbo que había obtenido la ciudadanía romana por sus servicios prestados a Roma. Los acusadores de Balbo argumentaban que no estaba justificada la concesión de la ciudadanía romana porque entre su ciudad natal, Gades, y Roma había un tratado de amistad. Cicerón, por el contrario, señala que sí se pueden admitir a la ciudadanía romana a aquellos que proceden de ciudades con tratados con Roma. El único caso en el que no sería posible ocurriría cuando el tratado entre ambas ciudades estableciera una excepción a esta regla general. Cicerón argumenta que hay algunos tratados, como los firmados con algunos pueblos bárbaros de la Galia, en los que se estipula por excepción que no sean admitidos como ciudadanos romanos. Haciéndose esto por excepción se deduce necesariamente que donde la excepción no exista, la admisión es lícita. 

Así dice el comienzo del parágrafo XIV del Pro Balbo en traducción de don Marcelino Menéndez Pelayo. Pero existen algunos tratados, como los hechos con los Germanos(?), Insubrios, Helvecios, Iapidos y otros pueblos bárbaros de la Galia, en los que se estipula, por excepción, que no sean admitidos por nosotros como ciudadanos romanos. Haciéndose esto por excepción se deduce necesariamente que donde la excepción no exista, la admisión es lícita. ¿Dónde está prohibido en el tratado con los gaditanos que pueda ser ciudadano romano cualquiera de ellos? En ninguna parte.” (etenim quaedam foedera exstant, ut Cenomanorum, Insubrium, Heluetiorum, Iapydum, non nullorum item ex Gallia barbarorum, quorum in foederibus exceptum est ne quis eorum a nobis ciuis recipiatur. quod si exceptio facit ne liceat, ubi non sit exceptum, ibi necesse est licere. ubi est igitur in foedere Gaditano, ne quem populus Romanus Gaditanum recipiat ciuitate? nusquam.).

Lo más parecido a la frase susodicha que hay en el párrafo ciceroniano es quod si exceptio facit ne liceat, ubi non sit exceptum, ibi necesse est licere, que don Marcelino traduce bien como Haciéndose esto por excepción se deduce necesariamente que donde la excepción no exista, la admisión es lícita. O más literalmente: Pero si la excepción hace que no sea lícita (sc. la ciudadanía), donde no haya sido exceptuado, es necesario que allí sea lícita. 

En esa frase se menciona la “excepción” pero no aparece ninguna mención explícita a “regla”, aunque sí a lo que es lícito o ilícito, que se glosa con la palabra “regula”: lo que está estipulado, lo que está mandado. Es importante remarcar que “ubi non sit exceptum” se glosa en “in casibus non exceptis” 



¿Qué uso se hace aquí de la excepción y de la regla? Pues el de la mutua exclusión. O hay excepción o hay regla general. Cicerón razona que, como no hay excepción, entonces vige la regla general. Como no se establece nada en contra en el tratado entre Gades y Roma, entonces Balbo puede ser ciudadano romano. Con este razonamiento, Cicerón ganó el juicio. 

Para el romano –al menos aquí y en este sentido- no es pensable que una excepción otorgue validez a una regla general. O hay excepción o hay regla general, pero no ambas cosas al mismo tiempo y en el mismo sentido. Lo cual, así explicado parece razonable. 

La palabra excepción proviene del latín exceptionem, término compuesto integrado por el prefijo centrífugo ex-, que se refiere al movimiento de dentro hacia fuera, como en las parejas inhumar/exhumar o importar/exportar, donde se opone al prefijo centrípeto in-, y captionem, donde encontramos el verbo capere, que significa tomar, coger, y el sufijo de acción -tion-em. La /a/ de la raíz verbal cap sufre alteración de timbre, y así el infinitivo del verbo en latín de *ex-capere pasó a ex-cipere, de donde por ejemplo procede nuestro término médico excipiente, que se define como “sustancia inerte que se mezcla con los medicamentos para darles consistencia, forma, sabor u otras cualidades que faciliten su dosificación y uso”, y el participio evoluciona, también con apofonía vocálica, de *ex-captum a ex-ceptum, origen de nuestro excepto

La palabra exceptionem, por lo tanto, significaba limitación, restricción o reserva. Y entró en nuestra lengua hacia 1384, donde ya está documentada. El diccionario de la Academia la define como “Cosa que se aparta de la regla o condición general de las demás de su especie”. 



Los derivados del verbo capere, origen de nuestro caber son muy numerosos y presentan además unas veces vocalismo “e” (a-cep-tar, con-ceb-ir, con-cep-tuar, de-cep-cionar, ex-cep-tuar, inter-cep-tar, pre-cep-tuar), otras veces vocalismo “i” (re-cib-ir, re-cip-iente, per-cib-ir, aper-cib-ir, desaper-cib-ido, anti-cip-ar, parti-cip-ar, prin-cip-iar), alguna vez vocalismo “o” (re-cob-rar, cob-rar), a veces vocalismo “u” (o-cup-ar, deso-cup-ar, re-cup-erar, preo-cup-ar), sin olvidar la pervivencia del vocalismo original “a” (cap-tar, caz-ar -procedente de *cap-tiare-, cap-turar). En cuanto al consonantismo, hemos comprobado como el fonema oclusivo labial sordo /p/ aparece muchas veces sonorizado en /b/. 

El término por lo anto “exceptionem” significa etimológicamente que está fuera del ancance de algo porque ha salido de ello, porque ha dejado de estar dentro, donde ya no cabe. La excepción, por definición, es una ruptura de la regla. Hay algo o alguien que se sale de la regla, algo excepcional que no confirma la regla, sino que la desmonta desbaratándola.

Confirmare, en latín, es un compuesto de firmare, como affirmare e infirmare. El verbo firmare, origen de nuestro firmar, está fundado sobre el adjetivo firmus que en principio significa fuerte, seguro, firme. De ahí que su contrario etimológico sea enfermar, con el prefijo negativo IN- y apofonía vocálica. Resulta asimismo curioso que de ahí proceda nuestra firma, porque el verbo que en principio significaba “dar firmeza a algo”, ya desusado con ese sentido, acaba siendo según la Academia poner “nombre y apellidos escritos por una persona de su propia mano en un documento, con o sin rúbrica, para darle autenticidad o mostrar la aprobación de su contenido.” Nos llevaría lejos ahora relacionar el valor añadido que la firma personal de un artista imprime a una obra, pero queda apuntado porque a veces el único valor de la obra es la propia firma. 

El caso es que confirmare en latín y en castellano significa en primer lugar corroborar la verdad, certeza o el grado de probabilidad de algo, o, más etimológicamente, corroborar la firmeza de algo, ponerlo a prueba, por lo que la excepción no valida la regla, sino lo contrario: la invalida. Pero lo que sí puede hacer la excepción y de hecho es lo que hace algunas veces es regularizarse y convertirse en la nueva regla.

La excepción pone a prueba la regla, lo que no quiere decir que la apruebe, sino todo lo contrario: la desaprueba: su propia existencia desautoriza la regla -etimológicamente la reja- que se había tratado de imponer. 

¿Qué puede querer decir que la excepción confirma la regla? Que si hay una excepción es porque, por definición, había una regla que, por la propia excepción, ha quedado demostrado que no era perfecta y que no se podía generalizar. Eso es lo que confirma la excepción: que había, pero que ya no hay, ninguna regla, porque alguien o algo se ha salido de ella, de la cárcel conceptual que era su celda. 

De hecho, la mejor formulación de la frase sería exceptio probat regulam, donde el término probat (prueba, en castellano) tiene dos acepciones similares pero muy diferentes en este caso: pone a prueba y aprueba. Y no es lo mismo poner a prueba que aprobar. La acepción correcta a la luz de todo esto es pone a prueba, por lo que la mejor traducción del proverbio latino es La excepción pone a prueba la regla.

lunes, 18 de mayo de 2020

Taller de métrica (II)

Los versos más frecuentes del teatro antiguo tanto griego como romano, teatro siempre en verso y nunca en prosa, son el trímetro yámbico (senario yámbico en su versión romana), y el tetrámetro trocaico cataléctico (“cataléctico” quiere decir que ha sufrido catalexis, es decir, que se le ha amputado el último medio pie al esquema rítmico del verso), que es el setenario trocaico romano, también llamado “uersus quadratus”. 

En los esquemas que vamos a utilizar, el signo “+” indica que la sílaba es portadora del ritmo, y el signo “-” que no está marcada rítmicamente. 

El ritmo yámbico sería como el tic-tác del reloj: - +, un tiempo no marcado seguido de otro marcado. 

El ritmo trocaico sería a la inversa, como si dijéramos tíc-tac: + - sílaba marcada, seguida de sílaba no marcada. 

¿Qué se puede decir de la elección de uno u otro de estos ritmos? El ritmo yámbico se siente como el normal y es por lo tanto el propio de la narración y del diálogo; el trocaico se interpreta como más exaltado, por lo que se utiliza para los trances dramáticos más líricos, como el ejemplo que vamos a leer de Plauto. 

Vamos a ocuparnos, en efecto, de estos últimos, los setenarios trocaicos. Si el tetrámetro trocaico tiene ocho pies, ocho troqueos (+ - ), el cataléctico tiene siete y medio. Aunque llamemos setenario a su adaptación latina o, más a lo culto, septenario, el nombre del verso engaña porque tampoco tiene siete troqueos, sino siete y medio. 

Su esquema mínimo sería de quince sílabas, siendo la última marcada: + - + - + - + - + - + - + - +. Ahora bien, la riqueza de este verso consiste en que no presenta casi nunca el esquema “puro”, porque, comparable al compás ternario de la música, admite sustituciones: cada troqueo (+ -) puede disolverse: en tres sílabas sin marca rítmica ninguna - - - ; en tres sílabas con marca en la primera, convirtiéndose de hecho en un dáctilo: + - -; o con la marca rítmica al revés de lo normal en la tercera sílaba, convirtinéndose en un anapesto: - - +. Tanto en el primer caso, en el que no hay ninguna marca rítmica, como en el tercero en el que el ritmo cae a contratiempo, el verso se siente igual, como respondiendo al mismo esquema, lo que le proporciona una gran riqueza y variedad expresiva. 


Es característico, además, de este verso una diéresis medial, que vamos a marcar con el signo “ // ”, por lo que su esquema puro, sin sustituciones, sería: + - + - + - + - // + - + - + - +, como en los octosílabos de algunos de nuestros romances, que alternan el final llano, con lo que el verso cuenta ocho sílabas, con el agudo, que entonces tiene siete: “cuando canta la calandria // y responde el ruiseñor”. 

Tomemos, por ejemplo estos del comienzo del monólogo de Carino (vv 469-473), del Mercator de Plauto, en el que el protagonista lamenta lo mucho que está sufriendo, y se compara con el rey Penteo, que fue destrozado por las bacantes,  y habla de quitarse la vida, para lo que por cierto recurrirá al médico. Esta alusión al médico podemos verla como cómica, ya que el médico es el matasanos, el enterrador, o como el asistente del suicidio que ayuda a morir, porque Carino está tan desesperado que piensa en quitarse la vida. 

Cito el texto latino según la edición de Lindsay de Oxford Classical Texts 1936. 
Pentheum diripuisse aiiunt Bacchas: nugas maxumas
fuisse credo, praeut quo pacto ego divorsus distrahor.
qur ego ueiuo? qur non morior? quid mihist in uita boni? certumst, ibo ad medicum atque ibi me toxico morti dabo, 
quando id mi adimitur, qua caussa uitam cupio uiuere. 

Así los traduzco con alguna libertad, pero rítmicamente:   Descuartizaron las bacantes, dicen, a Penteo: fue / nada, creo, comparado con lo que estoy sufriendo yo. / ¿Por qué vivo y no me muero? ¿Qué hay de bueno en mi vida? Voy, / cierto, al médico a ir y la muerte con veneno a darme allí, / ya que me quitan la razón de que quiera la vida yo vivir. 

domingo, 17 de mayo de 2020

NOLI ME TANGERE

NOLI ME TANGERE: No me toques. Son las palabras que Jesucristo le dirige a María Magdalena, que lo había reconocido una vez resucitado y le había llamado "Maestro", según el Evangelio de Juan 20, 17: Jesús le dijo: No me toques, porque aún no he subido al Padre. Cito como de costumbre por la traducción que manejo de Nácar-Colunga.


Noli me tangere, Correggio (c. 1525)

Me llamaba la atención que Jesús no permitiera a la Magdalena que lo tocara, como si fuera a contaminarlo con su tacto impuro, sobre todo cuando, en la segunda aparición a los discípulos, le permite hacerlo al incrédulo Tomás, que había dicho que necesitaba ver para creer en las manos del Señor la señal de los clavos y "meter el dedo en el lugar de los clavos" y su mano "en su costado". Jesús entonces le dijo aquello de Porque me has visto has creído; dichosos los que sin ver creyeron

Por otra parte, Jesús no se muestra tampoco enemigo del contacto físico cuando los niños se acercaban a él ut eos tangeret, para que los tocara. Los celosos discípulos del Maestro querían impedirlo y les decían a los niños que guardaran las distancias, pero entonces es cuando Él, en un gesto de noble y platónica pedofilia, en sentido literal de "amor por los niños",  les dijo: Dejad que los niños se acerquen a mí (Sinite pueros uenire ad me), y no se lo prohibáis (et nolite uetare eos); pues de ellos es el reino de Dios (talium est enim regnum Dei).

No me toques es la traducción literal del Noli me tangere. De eso no cabe duda. Pero el evangelio de Juan no fue escrito originalmente en latín, sino en griego, y la expresión original griega que se ha traducido al latín por noli me tangere es μὴ μoυ ἅπτoυ (mè mu háptu). Dicit ei Jesus: Noli me tangere, nondum enim ascendi ad Patrem meum: λέγει αὐτῇ ὁ Ἰησοῦς· μή μου ἅπτου· οὔπω γὰρ ἀναβέβηκα πρὸς τὸν πατέρα μου· 

La incredulidad de Tomás, Caravaggio (c. 1602) 
El verbo  ἅπτομαι, que rige genitivo, significa en voz media "atar para sí" antes que "tocar, coger, tener comercio carnal", por lo que una traducción alternativa directa del griego, sin pasar por el latín, podría ser no te me acerques, no te ates o aferres a mí o incluso no me retengas, lo que cuadra mejor con lo que viene a continuación: porque aún no he subido al Padre

En todo caso, NOLI ME TANGERE es, desgraciadamente, un lema muy apropiado para estos tiempos que corren de uirus coronarium o, mejor dicho, de coronarium uirus, en que el Estado nos impone como rasgo definitorio de esa "nueva normalidad" que pregona el distanciamiento social, guardar las distancias con el prójimo, la distancia de seguridad de dos metros, prohibiéndonos el acercamiento físico, es decir, natural, el contacto para evitar el contagio.

sábado, 16 de mayo de 2020

Cada loco con su tema

A propósito del refrán "Cada loco con su tema", o " Cada uno con su cadaunada", como ya decía don Miguel de Unamuno, o "Caúno con su caunada", en forma popular, traigo un texto literario -considerado poema en prosa, porque no está en verso-  del poeta francés Charles Baudelaire titulado "Cada cual con su Quimera", donde se menciona este monstruo híbrido de la mitología griega de cabeza y cuerpo de león, cola que es una serpiente y una segunda cabeza de cabra ignívoma -es decir, que vomita fuego- que sale de su lomo, propiamente imposible por lo que, como nombre común, designa también "aquello que se propone a la imaginación como posible o verdadero, no siéndolo"

Cada cual con su Quimera


Bajo un amplio cielo gris, en una amplia llanura polvorienta, sin senderos, sin hierba, sin un cardo, sin una ortiga, tropecé con muchos hombres que caminaban encorvados. 

Cada uno de ellos llevaba a sus espaldas una Quimera enorme, tan pesada como un saco de harina o de carbón, o la impedimenta de un soldado romano de infantería. 

Pero la monstruosa bestia no era un peso inerte; al contrario, envolvía y ahogaba al hombre, con sus músculos elásticos y poderosos; se prendía con sus dos vastas garras al pecho de su montura; y su cabeza fabulosa coronaba la frente del hombre, como uno de aquellos cascos horribles con que los guerreros antiguos esperaban infundir terror al enemigo. 

Interrogué a uno de aquellos hombres y le pregunté adónde iban de aquel modo. Me contestó que no sabía nada, ni él ni los demás; pero que, sin duda, iban a alguna parte, ya que les empujaba una necesidad invencible de caminar. 

 Quimera de Arezzo (circa 400 a. de C.)

Cosa curiosa que notar: ninguno de aquellos viajeros parecía irritado contra la bestia feroz, colgada de su cuello y aferrada a su espalda; se hubiera dicho que la consideraba como que formaba parte de sí mismo. Todos aquellos rostros fatigados y serios no mostraban ninguna desesperación; bajo la bóveda esplinética* del cielo, hundidos los pies en el polvo de un suelo tan desolado como ese cielo, caminaban con la fisonomía resignada de los condenados a esperar siempre. 

Y el cortejo pasó a mi lado, y se perdió en la atmósfera del horizonte, por el lugar donde la superficie redondeada del planeta se sustrae a la curiosidad de la humana mirada. 

Y durante algunos instantes me obstiné queriendo penetrar aquel misterio; pero pronto la irresistible Indiferencia se dejó caer sobre mí, y me quedé más profundamente agobiado que ellos mismos con sus abrumadoras Quimeras. 

Charles Baudelaire, Petits poèmes en prose (Publicado en La Presse, el 28 de agosto de 1862, bajo el título A cada cual la suya.)

NOTA*.- El Diccionario de la RAE recoge el anglicismo “esplín” (spleen, tomado del griego σπλήν splḗn “bazo”), adoptado por el propio Baudelaire en su El spleen de París, con el significado de “melancolía, tedio de la vida”. Asimismo, se recoge el término médico esplenético/esplénico como “perteneciente o relativo al bazo”, pero no la connotación inglesa y bodeleriana de “melancólico” que tiene aquí, porque se pensaba que la atra bilis residía en el bazo, que segregaba la bilis negra o “melancolía”. 

 Cada uno con su Quimera, Henri Martin (1891)

Inspirado sin duda en el texto de Baudelaire, y con el mismo título, este lienzo del pintor francés Henri Martin, que representa una procesión de gente diversa caminando sin rumbo fijo y condenados, como dice el poeta, "a esperar siempre", cada cual con su personal "cadaunada", "tema", o "Quimera".  El cortejo va presidido por un hombre desnudo que lleva una victoria alada en la mano y una rama quizá de laurel, por lo que su Quimera puede ser la victoria deportiva, pues podría tratarse de un atleta olímpico. Tras él un monje, cuya Quimera es un ángel alado, lo que sugiere, como su mirada al cielo, la preocupación por la salvación de su alma. Tras ellos otras gentes, cada cual con su cadacualada.


viernes, 15 de mayo de 2020

Monstrum horrendum, ingens

La Opinión Pública no existe naturalmente. Es un engendro  de los medios de comunicación que se impone a las masas a fuerza de repetición y de ampliación. El poeta Virgilio la personificó en la Eneida, donde nos presenta su célebre alegoría (libro IV, versos 173-190). 

Virgilio, obviamente, no la denominó con el término moderno “Opinión Pública”, sino “Fama”, pero es básicamente lo mismo: la información selectiva y distorsionada de la realidad, la producción y el producto de los media,  entre los que descuella en la actualidad interné y sus llamadas redes sociales, vasta maquinaria de propaganda y de difusión de bulos y noticias -noticias que son bulos y bulos que son  noticias- para conformar la opinión mayoritaria, convencional y dominante que se le impone a la gente.

La Fama, como dice Pierre Grimal, más que un mito antiguo es una alegoría moderna, creación del propio Virgilio, de la que luego se aprovecharán otros poetas latinos,  como Ovidio, que recargó algunos de sus atributos en sus Metamorfosis. Su morada, por ejemplo, es un palacio sonoro, entero de bronce, abierto de par en par, con mil aberturas por las que penetran todas las voces, incluso las más leves, y salen amplificadas.

La Fama es calificada por Virgilio de “monstrum horrendum, ingens”. La imaginería de este monstruo -todo ojos, bocas y oídos- resalta su doble capacidad receptora, ve y oye, y difusora, pregona sin descanso todo lo que ve y lo que oye transmitiendo y mezclando en batiburrillo toda la información tanto verdadera como falsa, sin distinción ninguna. Por eso, como dice el poeta de Mantua, cuenta “pariter facta atque infecta”; a la vez lo que ha sucedido y lo que no, lo que fue y lo que no era. Sin descanso. Día y noche. Sus efectos son devastadores. Oigamos ya esos versos.

Sale de pronto la Fama por todas las plazas de Libia; 
no hay ningún otro mal más raudo y veloz que la Fama. 
Vive de su movimiento y cobra andando su fuerza; 
débil con miedo al comienzo, se alza luego a los aires, 
pisa el suelo y esconde su testa entre las nubes. 

 Alegoría de la Fama según Virgilio Hans Weigel el Viejo (segunda mitad del siglo XVI)

 La hubo la madre Tierra, airada contra los dioses, 
-la última, cuentan que fue, de Ceo y Encédalo hermana- 
a ella parido, veloz en sus pies y sus rápidas alas, 
monstruo gigante, atroz; cuantas plumas hay en su cuerpo, 
hay tantos ojos en vela debajo y (pasma decirlo), 
hay tantas lenguas y bocas parlantes y orejas atentas. 
Vuela de noche en medio del cielo y la tierra, en tinieblas 
zumba que zumba, y no cierra al dulce sueño sus ojos; 
por el día se sienta, vigía en lo alto del techo 
o en torreones y a grandes ciudades aterroriza: 
firme contando lo falso y lo malo como lo cierto. 
Ella entonces llenaba los pueblos de dichos volubles
 ebria de gozo, y cantaba a la par lo que fue y lo que no era. 


La Fama,  grabado núm. 44 de la Eneida, Sebastian Brand (1502) .

jueves, 14 de mayo de 2020

El colmo del eufemismo

Si no era ya harto ridículo llamar a los ciegos invidentes, como hacen algunos con no poca pedantería, empleando el lenguaje para ocultar la realidad, y no llamando a las cosas por su nombre (al pan pan, y al vino vino), vicio que ya denunció Quevedo entre nosotros (“Por hipocresía llaman al negro, moreno; trato a la usura; a la putería, casa; al barbero, sastre de barbas y al mozo de mulas, gentilhombre del camino”*), he aquí el eufemismo políticamente corregido, mejor que “correcto”, o sea, la corrección política aplicada al eufemismo: discapacitados visuales

Y dando un paso más aún, en pro del lenguaje incluyente, para que no se sientan excluidas las mujeres, que no tendrían por qué sentirse así ni ofenderse, habida cuenta de que nos hallamos ante un uso no marcado del género gramatical masculino que incluye al femenino, pero algunas se sienten privadas de mención e invisibilizadas, según afirman: personas discapacitadas visuales, o su variante estilísticamente alternativa: personas con discapacidad visual

 Viñeta de Alberto Montt

Así, podemos leer aberraciones escritas como esta joya: “Por suerte, la naturaleza que es sabia, hace que las personas discapacitadas visuales desarrollen mucho más el resto de sus sentidos, el del oído, el del olfato y, por supuesto, el del tacto.” O esta otra: “En España, son 70.000 las personas discapacitadas visuales afiliadas a la ONCE”, en la que, por cierto, es de agradecer que se mantenga el acrónimo ONCE, cuya “c”, como se sabe, es la letra inicial de “ciegos”: Organización Nacional de Ciegos de España

Supongo que, aplicando el mismo criterio, a los sordos se les acabará llamando discapacitados auditivos, y para que quede claro que no excluimos a las sordas cuando hablamos de “discapacitados” usando el masculino como término marcado, mejor: personas discapacitadas auditivas o con discapacidad auditiva, expresiones que, feas como ellas solas como demonios, atentan a todas luces contra el principio de economía del lenguaje y contra el buen gusto y la sencillez a la hora de hablar y de escribir.

oOo

NOTA.- Hurgando en la obra de Quevedo no encuentro esta frase, tan repetida en interné, escrita como tal. Se trata de una abreviación de este párrafo de los Sueños, que prefiero citar completo: Pues todo es hipocresía. Pues en los nombres de las cosas ¿no la hay la mayor del mundo? El zapatero de viejo se llama entretenedor del calzado. El botero, sastre del vino, porque le hace de vestir. El mozo de mulas, gentilhombre de camino. El bodegón, estado; el bodegonero, contador. El verdugo se llama miembro de la justicia; y el corchete, criado. El fullero, diestro; el ventero, güésped; la taberna, ermita; la putería, casa; las putas, damas*; las alcagüetas, dueñas; los cornudos, honrados. Amistad llaman al amancebamiento; trato a la usura; burla a la estafa; gracia, la mentira; donaire, la malicia; descuido, la bellaquería; valiente al desvergonzado; cortesano al vagamundo; al negro, moreno;  señor maestro al alabardero; y señor doctor al platicante. Así que ni son lo que parecen ni lo que se llaman: hipócritas en el nombre y en el hecho.    (Francisco de Quevedo, El Mundo por Dedentro, Sueños). Como puede comprobarse, todos los eufemismos de la primera cita  están en este párrafo salvo el de "barbero, sastre de barbas", que sin embargo es también creación del propio Quevedo, quien en La vida del buscón don Pablos, Pablos presenta a su padre como barbero que se avergüenza de que le llamen así y prefiere denominarse "tundidor de mejillas y sastre de barbas".

Nota*.- Le haría sin duda gracia a don Francisco de Quevedo que hoy a las putas se las denomine trabajadoras sexuales.