Para todo el mundo supone un duro palo el hecho de que hoy sea el día que es, 9 de septiembre del año del Señor de 2026, cuando se publica esto, y que haya que volver al cole por lo tanto, una vez salvado el pequeño escollo del calendario gregoriano que nos impuso el papa Gregorio XIII en el siglo XVI para corregir el leve error de cálculo del juliano, que había decidido que el año duraba 365,25 días, con su correspondiente bisiesto cada cuatro años para redondear la edad del mundo, sin tener en cuenta que el año solar duraba unos once minutos menos. Once minutos, una insignificancia, pensaría cualquiera; pero, cuando esos minutos se acumulan anualmente durante siglos, hasta los minutos acaban pasando factura, y, sumados, se hacen horas, y las horas días. Así fue como aquel leve error llegó a convertirse en diez días de desfase respecto del año astronómico. De modo que, para poner las cosas en su sitio -porque el tiempo, al parecer, también necesita que lo pongan en su sitio, que es el espacio-, el 4 de octubre del año del Señor de 1582 no dio paso al 5, como habría sido de esperar, sino al 15 de octubre, comiéndose diez días de golpe y sopetón.
En el mundo 'educativo' hay un aspecto novedoso en esto de la vuelta al cole: cuadernos nuevos, lápices nuevos, aulas nuevas, profes nuevos, amigos que se reencuentran y otros nuevos que se hacen... La novedad puede hacer que algunos niños, pervertidos por el sistema, deseen la vuelta al cole y la rutina para liberarse temporalmente de sus padres entregándose a sus maestros. Pero la adaptación nunca será fácil en todo caso. Hasta ayer tenían verano: dormir sin despertador, la playa, jugar, días interminablemente largos sin la imposición de horarios establecidos. Y de repente vuelve el despotismo del reloj: "despierta", "vístete", "vamos, anda". Vuelta al colegio, leer, escribir, actividades, deberes, acostarse temprano, madrugar... Los progenitores suelen estresarse tanto como sus vástagos, y los profesores tanto como sus alumnos: "Tenemos que establecer un horario". "Tenemos que limitar el tiempo frente a las pantallas". "Tenemos que acostarnos más temprano." "Tenemos que poner un poco más de freno"...
¿Y qué hacemos los mayores cuando nuestras adorables criaturas nos dicen a veces con las lágrimas en los ojos: "No quiero ir a la escuela"? "Tienes que ir, hijo para ser algo el día de mañana y para ganarte la vida honestamente, como se decía antaño con la coletilla de la honestidad, que ahora ya no se dice, porque se ignora lo que es y porque lo que se quiere decir con lo de ganarse la vida es que la vida no es un don que se nos da gratis y con amor, sino que hay que trabajar duramente y sufrir para ganársela, convertida en dinero, dinero, como sea, equiparando lo uno con lo otro, la vida con el dinero.
Es duro porque es la voz del corazón la que nos está interpelando y diciendo que algo se revuelve en nuestro interior, porque nosotros hemos pasado también por eso, y la voz que oímos los adultos es el eco de nuestro niño interior.
«No quiero ir a la escuela» no es necesariamente un capricho, sino un mensaje que merece ser escuchado porque es nuestra propia voz la que nos habla y la que nos dice que no quiere volver a eso que llaman la "normalidad", que se confunde con la melancolía que suele acompañar al verano que concluye.













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