Mostrando entradas con la etiqueta Bertolt Brecht. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Bertolt Brecht. Mostrar todas las entradas

domingo, 24 de septiembre de 2023

Corpus sanum?

     Rafael Sánchez Ferlosio escribió lo siguiente sobre el fomento del deporte y la educación física en nuestro sistema educativo:   

    Al lado de la espuria enseñanza de la historia como interés de Estado, hay que poner el cultivo escolar de los deportes, con mucha más acrisolada tradición de neto interés de Estado, agigantado hoy en día hasta un extremo nunca conocido. Una vez más, doña Esperanza Aguirre, en la ya repetida conferencia, reco­mienda el deporte en la enseñanza, encareciéndolo nada menos que como «una excelente escuela de vida», prime­ro porque «nos enseña a respetar un reglamento» y después porque «el deportista entrega siempre lo mejor de sí mismo sin escatimar esfuerzos ni sacrificios». Lo de que enseñe a respetar un reglamento bien se comprende en una adicta al liberalismo hayekiano, que no es capaz de imaginar más reglas que las de la pura y dura competen­cia, sin concebir que pueda haberlas no competitivas, como las de la lealtad, el socorro o la colaboración. Y en cuanto a que el deportista entrega lo mejor de sí mismo, ¿hay que pensar que lo mejor de uno mismo son las pata­das, que es lo que entrega en el más popular de los depor­tes? Pero, además, ¡qué «humanidades», tanto ganar, ganar, ganar!, humano no es medirse con los otros hombres, sino ocuparse de las cosas. Finalmente, en lo que atañe a los esfuerzos y los sacrificios, siempre me ha parecido a medias incomprensible y a medias indecente que el vacío furor de ganar por ganar les lleve a algunos a tratar su cuerpo a latigazos, como si fuese su propio caba­llo de carreras. «Cuando el diablo no tiene qué hacer, con el rabo mata moscas», dice el refrán; «Cuando el santo no tiene en qué pensar —parafraseo—, se desuella la espalda a zurriagazos». Y, sobre todo, tan sólo una mentalidad to­talmente aberrante puede considerar educativa y «de interés nacional» una asignatura que llega a dar lugar a si­tuaciones como la de «partido de alto riesgo». (Rafael Sánchez Ferlosio: “Borriquitos con chándal” en “Pedagogos pasan, al infierno vamos”, incluido en “La hija de la guerra y la madre de la patria”, editorial Destino, Barcelona 2002). 



    -¿Para qué, me pregunto yo,  tanta gimnasia, o educación física,  como se prefiere llamar ahora? ¿Sirve para algo? ¿No sería mejor dedicar ese tiempo a las matemáticas, a la lengua, al inglés o a cualquier otra asignatura o disciplina más útil para el día de mañana?

    -Claro que sirve para algo, y no poco, sino mucho: la educación física, el ejercicio físico sirve muchísimo para el día de mañana tanto como las matemáticas, la lengua, el inglés, o la "espuria enseñanza de la historia como interés de Estado", que dice Ferlosio, porque su objetivo es lograr que los niños no se descuiden nunca, que se cuiden desde bien pequeños para que cuando sean mayores no dejen de ser votantes y contribuyentes sanos y saludables que harán ejercicio físico hasta que les llegue la hora en que llame la Parca a su puerta, porque no se trata de esperarla uno sentado, llevando una vida sedentaria, sino un ritmo dinámicamente enérgico y activo. 

    La moderna preocupación por la salud corporal, tanto física como mental, se ha convertido en el síntoma enfermizo predominante de nuestra época, una obsesión similar a la búsqueda de la salvación del alma en la Edad Media. De hecho la palabra latina salutem, de la que procede nuestra "salud", antes que salud, que en latín se decía sanitas o ualetudo, significaba “salvación”.


    Bertolt Brecht en el breve apólogo El esclavo de sus fines, incluido dentro de sus "Historias de almanaque", formula una tremenda pregunta retórica en relación con la educación física, la gimnasia y el deporte y, en general, con la poco saludable preocupación por la salud. Leámosla:

El señor K. formuló en una ocasión las preguntas siguientes: —Todas las mañanas mi vecino pone música en un gramófono. ¿Por qué pone música? Dicen que para hacer gimnasia. ¿Por qué hace gimnasia? Porque, según dicen, necesita fortalecer sus músculos. ¿Para qué necesita fortalecer sus músculos? Porque, como él mismo asegura, ha de vencer a los enemigos que tiene en la ciudad. ¿Por qué necesita vencer a sus enemigos? Porque, según he oído decir, no quiere quedarse sin comer. Tras enterarse de que su vecino ponía música para hacer gimnasia, hacía gimnasia para fortalecer sus músculos, fortalecía sus músculos para vencer a sus enemigos y vencía a sus enemigos para comer, el señor K. preguntó: —¿Y por qué come?

miércoles, 13 de septiembre de 2023

Reflexión sobre la violencia

    A Bertolt Brecht (1898-1956) le debemos algunas, muchas y muy buenas ocurrencias. Una de ellas es esta reflexión que hace sobre la violencia estructural o sistémica que me he entretenido traduciendo del alemán y versificando en dos cuartetas de arte menor.

    Dice Brecht que lo escandalosamente violento no es el río que se desborda, sino los márgenes que lo constriñen y encorsetan. Asimismo, lo escandalosamente violento no es el temporal que azota los árboles, sino el que doblega a las personas haciendo que se agachen doblando el espinazo.
 
 El río que se desmadra / dícese que es truculento; / más del lecho que lo encauza / nadie dice que es violento.
 
 Der reißende Strom wird gewalttätig genannt. Aber das Flußbett, das ihn einengt, nennt keiner gewalttätig.
 
 Es el temporal que dobla / los abedules violento; / mas ¿qué decir del que encorva / espaldas de jornaleros? 
 
Der Sturm, der die Birken biegt, gilt als gewalttätig. Aber wie ist es mit dem Sturm, Der die Rücken der Straßenarbeiter biegt?

jueves, 2 de marzo de 2023

Odio a España

     Recuerdo la polvareda que levantó Rafael Sánchez Ferlosio, (1927-2019) el entrañable cascarrabias y prosista más acendrado de nuestras letras, cuando confesó en la presentación de su libro “God & Gun” (2008), que odiaba de siempre a España, sobre todo, matizó, cuando pensaba en los toros o en la fiesta del Rocío. Se lanzaron enseguida sobre él como perros rabiosos y furiosos los defensores a ultranza de la patria y sus sacrosantas tradiciones, los patriotas de pacotilla, que olvidaban, sin duda, lo que dijo Samuel Johnson de que el patriotismo era el último refugio de los canallas. 

     Alguno llegó a decir que si don Rafael odiaba a España era un incoherente, porque era como si un sabueso odiase la mano que le daba de comer, porque el octogenario novelista y ensayista vivía por aquel entonces de sus libros y sus libros se vendían y se compraban fundamentalmente en España. Como muestra, un botón: El Jarama era novela de lectura obligatoria para tantas generaciones de bachilleres españoles, de cuyos derechos de autor vivía el premio Cervantes, que, sin embargo, siempre renegó públicamente de su obra narrativa en general y de esta en particular. 


     Se le tachó de hipócrita y se comparó su caso con el de Noam Chomsky, el intelectual estadounidense más lúcido, conspicuo y crítico con la política internacional de los Estados Unidos y con la mayoría de sus compatriotas, argumentando que tanto uno como otro vivían a costa de sus criticados conciudadanos, que pagaban por sus libros y sus conferencias.

     Creo yo que don Rafael es un patriota al estilo del señor Keuner de Bertolt Brecht, que, desde su óptica laica y atea, definió el patriotismo o, más literalmente el amor (Liebe) a la patria (Vaterland) como el odio a las diversas patrias (Vaterländer, en plural), porque precisamente ese odio está motivado por amor a la patria que no existe en la realidad, dado que ninguna de las que existen, y menos la nuestra propia, entre tantas como hay,  es la verdadera de verdad.  


    El problema viene por la penalización del odio, por el llamado delito de odio que ha entrado en nuestra legislación. Tanto el odio como el amor son sentimientos humanos que nunca se dan químicamente puros, y que en ningún caso deberían estar penalizados judicialmente. Suelen darse  la mayoría de las veces, confundidos, como en el famoso 'Odi et amo' de Catulo, que le dice a su amada: "Te odio y te quiero, que cómo lo hago quizá me preguntes. // No lo sé pero así / siento y es esa mi cruz."  

 


    A nadie que odiara a su jefe de oficina como Ferlosio odia a España, se le ocurriría considerar un delito ese odio y renunciar al sueldo que le paga. Porque si el jefe le contrató como empleado fue porque decidió utilizarlo -eso quiere decir empleado: utilizado- y porque encontró seguramente un beneficio en el trabajo que él desempeñaba. El empleado, pues, no le debe ningún agradecimiento a su jefe. Es más: se lo debe el jefe a él, que cumple religiosamente con su trabajo. Puede exigirle eso: cumplimiento. Lo que no puede exigirle de ninguna manera es cariño, porque en el corazón no manda nadie. ¿Donde está su incoherencia? ¿Dónde la incoherencia de Ferlosio? ¿No se puede, además, odiar a la madre que lo ha parido a uno? ¿Por qué iba a amarla, porque madre sólo hay una? No es razón suficiente. ¿Es obligatorio amar a la madre de uno solo porque sea la madre de uno, la que lo ha parido, aunque sea una hija, por su parte, de la grandísima chingada?


jueves, 29 de septiembre de 2022

Giro a la derecha

    Mucho se habla últimamente en los foros políticos de la vieja Europa del “giro a la derecha” que ha dado el pueblo italiano o, mejor dicho, el electorado de ese país que acudió a las urnas -no hay que confundir pueblo con electorado, porque no es lo mismo-, eligiendo a la candidata de la extrema derecha como futura presidente del gobierno.
 
    Se habla en definitiva de ascenso al poder de la derecha y aun de la extrema derecha, olvidando que los gobiernos, sean del partido y del signo político que sean, son todos, velis nolis, de derechas, quieran o no quieran reconocerlo. La derecha, pues, aunque no se reconozca con esa denominación, ya estaba gobernando en Italia antes de las últimas elecciones de hecho bajo el anterior y anteriores gobiernos. 
 
    Algunos se han llevado las manos a la cabeza y rasgado las vestiduras exclamando: ¡Socorro! ¡Que viene la derecha! Y más enfáticamente: ¡Que viene la extrema derecha! ¡Vuelve Benito Mussolini! Pero la derecha, extrema o no, no viene, no ha venido porque nunca ha dejado de estar en el poder. Por eso cuando despertó Italia, la derecha -el Gobierno- todavía estaba allí, igual que el dinosaurio del microrrelato de Augusto Monterroso.
 
 
 
    Dicen que hay que ponerle un cordón sanitario al auge de la extrema derecha. Pero a quien habría que ponerle uno de esos cordones es al gobierno en general, sea del signo que sea. Como ya denunció Pasolini, el moderno fascismo es la sociedad de consumo, no la trasnochada estantigua del fascismo histórico en Italia, el nazismo en Alemania o el nacionalcatolicismo en las Españas. 
 
    Hay un poema sarcástico de Bertolt Brecht, Die Lösung, ("La Solución"), escrito en 1954, poco después de la represión por el régimen comunista del levantamiento obrero del 17 de junio de 1953, que viene muy al caso, donde se propone ante lo que hoy llamaríamos la desafección política de los ciudadanos hacia sus  representantes democráticos no la disolución del parlamento y del gobierno, sino la disolución del pueblo: que el gobierno, en quien recae la soberanía nacional, disuelva al pueblo y elija otro pueblo a fin de gobernarlo:  Tras el levantamiento del 17 de Junio / el secretario de la Unión de Escritores / mandó repartir panfletos en la avenida Estalin / en los que se leía que el pueblo / había perdido la confianza del gobierno / y que sólo con redoblado esfuerzo / podría recuperarla. ¿Pero no sería / más simple que el gobierno / disolviera al pueblo y / que eligiera a otro?( Nach dem Aufstand des 17. Juni / ließ der Sekretär des Schriftstellerverbands / in der Stalinallee Flugblätter verteilen / auf denen zu lesen war, daß das Volk / das Vertrauen der Regierung verscherzt habe / und es nur durch verdoppelte Arbeit / zurückerobern könne. Wäre es da / nicht doch einfacher, die Regierung / löste das Volk auf und / wählte ein anderes?)

     
    Andrés Rábago, alias El Roto, acertó a expresar la indiferencia del sesgo político del gobierno en una viñeta genial que dice: "El que no haya derecha ni izquierda no significa que no haya arriba y abajo"; o, en aquella otra, en la que se lee: "Derecha e izquierda ya no sirven para orientarse. Hay que volver a los puntos cardinales", en el que aparece una brújula donde el Norte señala lo de "arriba" y el Sur lo de "abajo".



    O también, más expresiva, aquella otra viñeta que dice: "Utilizaban la izquierda y la derecha para frotarse las manos". Se utiliza aquí el frote de manos no para combatir el frío, sino como señal de expectativa positiva y satisfacción en el lenguaje corporal o no verbal ante el lucro o logro de algún beneficio en el sentido económico del término, por ejemplo el negocio rentable del Poder.
 
 
 

martes, 7 de diciembre de 2021

CORPVS SANVM?

    CORPVS SANVM: Ya lo dijo el poeta Juvenal en un verso que se convirtió enseguida en un proverbio: Mens sana in corpore sano, que suele malinterpretarse. Los que más cacarean este latinajo lo hacen enfatizando el hecho de que hay que cultivar por igual la mente y el cuerpo, como ya preconizaba el sabio Aristóteles, que incluía la gimnasia o educación física, con término más moderno, entre las disciplinas fundamentales de la paideia antigua. 

    Muchos son los que piensan como el estagirita que una buena educación debe procurar tanto el vigor intelectual como el  físico, y muchos más los que opinan que el segundo es indispensable para el primero, por lo que fomentan el deporte entre la juventud, exaltando sus valores como escuela de la vida donde los jóvenes compiten entre sí y aprenden a respetar un reglamento y, por lo tanto, a obedecer, además de  por el espíritu de sacrificio, superación personal y esfuerzo que conlleva...

    Han llegado incluso a acuñar las expresiones "deportividad" y "espíritu deportivo" como sinónimos de "resignación". Tomarse algo, generalmente una contrariedad, con espíritu deportivo o deportividad es como hacerlo "con filosofía", que se decía antaño, es decir, con resignación, que es lo que fomenta la educación: una actitud conformista ante la realidad que se nos impone, en lugar de ocuparse de las cosas para intentar mejorarlas.  


 Mens sana in corpore sano, Georg Pauli (1912)
 
    La frase de Juvenal completa era: Orandum est ut sit mens sana in corpore sano (Sátira  10, verso 356), que propiamente significa: “hay que pedir a los dioses que haya (que nos den, que dispongamos de) una mente sana en un cuerpo sano”. No dice el poeta que haya que cultivar el cuerpo y la mente, como si nuestro bienestar físico y psíquico dependiera de nosotros mismos y de nuestra voluntad, sino que hay que rezar para rogarles a los dioses que nos concedan la gracia de la salud sin que tengamos que responsabilizarnos de ella ni ocuparnos en procurárnosla. En ningún momento se refería a la conveneincia de fomentar el deporte.

    Las apologías del deporte y de la educación física se hacen hoy día desde el punto de vista subjetivo y privado de la salud y el fomento de hábitos higiénicos, es decir desde la obsesión por el buen estado físico y psíquico que cada individuo debe procurarse por su propio bien, del que se le hace responsable, no ya por el bienestar de la comunidad, como se hacía en la antigüedad, cuando se pensaba que uno debía mantenerse en forma desde un punto de vista militar y entrenarse para defender a su patria y compatriotas. 

    Pero ya Aristóteles, como decíamos, recomendaba el cultivo escolar de los deportes en la enseñanza. Para muchos el deporte es una excelente escuela para la vida, porque nos enseña a respetar las reglas del juego, porque algunos deportes fomentan el trabajo en equipo y la colaboración, desarrollan el espíritu competitivo y de constante superación,  y porque el deportista entrega siempre lo mejor de sí mismo sin escatimar esfuerzos ni sacrificios. Habría que preguntarse, como hacía Rafael Sánchez Ferlosio, si lo mejor de uno mismo era dar patadas al esférico, como dicen los locutores deportivos, aludiendo al más popular de los deportes, es decir, al balompié, lo que levanta tales pasiones entre los espectadores que no pocas veces llegan a las manos convirtiendo los estadios en auténticos campos de batalla. 

    No deberíamos considerar educativa la Educación Física, que nos convierte en esclavos de nuestros propios fines, como en aquellas preguntas que se formulaba el señor K. de Bertolt Brecht, que cito de memoria, si no recuerdo mal: -Todas las mañanas mi vecino pone música. ¿Por qué pone música? Dicen que para hacer gimnasia. ¿Por qué hace gimnasia? Porque, según dicen, necesita fortalecer sus músculos. ¿Por qué necesita fortalecer sus músculos? Porque, como el mismo asegura, tiene que trabajar para ganarse la vida. ¿Por qué necesita ganarse la vida? Porque, según he oído decir, tiene que comer... Tras enterarse de todo esto, el señor K. preguntó: -¿Y por qué come?

viernes, 12 de noviembre de 2021

Patriotismo: odiar las patrias

    Existen millones de personas –de once a quince- en el mundo que no son reconocidas por ningún país como ciudadanos: son apátridas. Pero digámoslo al revés: existen, o mejor aún, hay millones de ciudadanos del mundo, entre los que modestamente me incluyo, que no reconocemos a ningún país realmente existente como su patria, porque no somos nacionalistas, o si lo somos de algún modo, nuestro nacionalismo es de una intensidad tan baja, tan baja que no tenemos ni himno ni bandera ni nación ni gobierno que nos gobierne y que nosotros reconozcamos como legítimo.
    Somos como Diógenes el Cínico, o sea el Perro, quien cuándo fue preguntado por su nacionalidad respondió, creando una palabra nueva que luego ha sido devaluada “cosmopolita”, que en griego antiguo, que era su lengua, quiere decir ciudadano del mundo mundial, es decir, ciudadano de ningún país realmente existente.
¿Nacionalidad? Desconocida.
 
    La apatridia en los países europeos con altas tasas de inmigración es habitual en el caso de los inmigrantes ilegales que se niegan a revelar de qué país provienen cuando se lo preguntan en los interrogatorios policiales para ficharlos. Así, al no saber cuál es su procedencia, las autoridades locales no pueden establecer a dónde deben deportarlos o expatriarlos. Estos inmigrantes ingresan en el circuito de la ilegalidad.
    Extranjeros, todos somos extranjeros. O lo que es lo mismo: ninguno de nosotros debe serlo en ningún lugar de este mundo. Porque los problemas no los crean los extranjeros, sino la existencia de los Estados y fronteras.
    En un mundo donde, teóricamente, las fronteras tienden a desaparecer, una persona sin una nacionalidad es, paradójicamente,  un ente sin derechos. Los apátridas son un colectivo invisible, y no son un problema en tanto que no son considerados como tal en el imaginario social, lo que es lo mismo que decir directamente que no existen.

    Aunque, como en el caso de las meigas, no existirán, admitámoslo, pero haberlas haylas. Y hay muchos más que sin ser apátridas renunciamos gustosos a la nacionalidad: nuestro patriotismo consiste en odiar todas las patrias.  El verdadero patriotismo, escribió Bertolt Brecht en sus “Historias del señor Keuner”, consiste en odiar las patrias. El patriotismo o, más literalmente el amor (Liebe) a la patria (Vaterland, o tierra del padre) consiste en el odio a las diversas patrias realmente existentes, porque precisamente ese odio está motivado por amor a la patria auténtica que no existe, dado que ninguna de las que hay, y menos la nuestra propia que nos haya tocado en suerte o desgracia, habiendo tantas como hay,  es la verdadera de verdad que nos corresponde. 
     
   

VATERLANDSLIEBE, DER HASS GEGEN VATERLÄNDER

Herr K. hielt es nicht für nötig, in einem bestimmten Lande zu leben. Er sagte: „Ich kann überall hungern“.
Eines Tages aber ging er durch eine Stadt, die vom Feind des Landes besetzt war, in dem er lebte. Da kam ihm entgegen ein Offizier dieses Feindes und zwang ihn, vom Bürgersteig herunterzugehen.
Herr K. ging herunter und nahm an sich wahr, dass er gegen diesen Mann empört war; und zwar nicht nur gegen diesen Mann, sondern besonders gegen das Land, dem der Mann angehörte; also dass er wünschte, es möchte vom Erdboden vertilgt werden.
– „Wodurch“, fragte Herr K., „bin ich für diese Minute ein Nationalist geworden? Dadurch, dass ich einem Nationalisten begegnete. Aber darum muss man die Dummheit ja ausrotten; weil sie dumm macht, die ihr begegnen.’


PATRIOTISMO: ODIAR LAS PATRIAS.
El señor K. no consideraba necesario vivir en un país determinado. Decía:
– “Puedo morirme de hambre en cualquier parte”
Pero un día iba por una ciudad que estaba ocupada por el enemigo del país en el que él vivía. Entonces se topó con un oficial del enemigo y le obligó a bajar de la acera.
El señor K. se bajó, y se dio cuenta de que odiaba a este hombre, y no solamente a ese hombre, sino sobre todo al país al que pertenecía el hombre; hasta tal punto que deseaba que fuese borrado de la faz de la tierra por un terremoto.
-“¿Por qué, preguntó el señor K. me he convertido en este instante en un nacionalista? Porque me he topado con un nacionalista. Pero por eso hay que erradicar la estupidez, porque vuelve estúpidos a los que se topan con ella.”

      ¿Papeles para todos? No, papeles para nadie: que no haya papeles ni fronteras, ni patrias, que es lo peor que hay. Estamos contra las patrias, las grandes y las chicas. Pero si hay que elegir nos quedamos con las chicas, las que son tan chicas que ni siquiera existen; o con las grandes, tan grandes que no caben en el mundo porque se extiendan más allá de este ridículo planeta donde nos empeñamos en decir que hay vida.
     

    Samuel Johnson definió el patriotismo como el último refugio de un canalla: Patriotism is the last refuge of a scoundrel; a lo que Ambrose Bierce en su Diccionario del Diablo añade un importante matiz: PATRIOTISMO- Basura combustible adherida a la antorcha de cualquiera que quiera iluminar su propio nombre. En el famoso diccionario del Dr. Johnson, el patriotismo es definido como el último recurso de un granuja. Con el debido respeto a un lexicógrafo tan iluminado, aunque inferior, me atrevo a afirmar que es el primero. 

    De otro lado, autores cristianos mucho más antiguos que Bertolt Brecht, Samuel Johnson y Ambrose Bierce también nos invitan al antipatriotismo. Santo Tomás de Aquino, por ejemplo. Cuando estos autores hablan de la patria no se refieren a la terrenal, sino a la celestial, la “caelestis patria”, ya que la patria terrena tiene poca importancia. Es más, algunos invitan a abandonarla e incluso a despreciarla para poder alcanzar la celestial. 

    San Ambrosio de Milán, por citar otro autor, llega a escribir en sus Comentarios al Cantar de los Cantares: “Huyamos entonces a la patria más verdadera. Allí nuestra patria, y el padre por el que hemos sido creados, donde está la ciudad de Jerusalén, que es la madre de todas": Fugiamus ergo in patriam uerissimam. Illic patria nobis, et pater a quo creati sumus, ubi est Hierusalem ciuitas quae est mater omnium. 

    En términos cristianos el patriotismo más acrisolado consiste en odiar todas las patrias terrenales porque ninguna de ellas es la Jerusalén celestial, que es la verdadera; y en términos platónicos, odiar las patrias materiales porque ninguna es la espiritual. 

    Hemos, pues, de denunciar toda forma de patriotismo, incluido el patriotismo de baja intensidad de la patria chica, y desenmascarar la más sibilina de todas ellas, el último reducto del patriotismo, que es el egoísmo, el creer que el hombre encarnado en mí mismo,  es el centro del universo, la criatura formada a imagen y semejanza de su creador, que es Dios, con el que se identifica, porque esa fe, esa creencia arraigada e incrustada en nosotros, ha arrasado a lo largo de la Historia campos y ciudades, ha declarado guerras contra los otros y lo otro, ha talado selvas y bosques, ha matado bestias criadas en cadena, ha sacrificado todo poniéndolo al servicio del humanismo y del Hombre encarnado en el Ego, ese ser monoteísta, que se ha proclamado como el único ser racional, quitándoles la razón a los demás seres, a todas las cosas.

domingo, 4 de julio de 2021

THX 1138 o La parábola budista de la casa en llamas

    THX 1138, la ópera prima de George Lucas, el director de la setentera y comercial Guerra de las Galaxias, es hoy una película ya de culto que pertenece al género de la ficción científica, que es como debe llamarse propiamente la science-fiction (y no ciencia-ficción, como aquí se tradujo mal en su momento sin tener en cuenta que el orden de palabras del nombre y su complemento inglés es inverso al del español), que proyecta en el futuro una distopía o utopía negativa, en la línea de las grandes novelas pesimistas y al fin y a la postre realistas del siglo XX, también llevadas a la pantalla, Un mundo feliz de Aldous Huxley o 1984 de George Orwell, donde la humanidad vive subyugada por el poderoso Estado y por una religión a su servicio que invita al consumo, a ser feliz y a creer en las masas, o sea, en la democracia. 
 
 
    En ese mundo del futuro, la dominación del hombre por el hombre, lejos de haber desaparecido de la faz de la Tierra, se ha acentuado hasta extremos increíbles que dejan muy atrás a los regímenes totalitarios fascistas, comunistas y capitalistas clásicos de nuestra reciente historia. Cincuenta años después de rodada la película, se puede decir que no es una cinta visionaria, como se dice a veces, sino clarividente. 
 
    En la sociedad que él entrevió, los sedantes -los tranquilizantes nuestros, desde la tila al valium o el lexatín- son fundamentales, y existe una sedación legal pero también drogas ilegales, justamente como en nuestro mundo. Según los críticos cinematográficos se trata de “una estremecedora exploración del futuro y un examen del presente”, claro está, porque esta exploración del futuro no deja de ser una proyección no muy exagerada del presente en la pantalla ficticia del siglo XXV, un mundo dirigido por los ordenadores donde los seres humanos están programados, donde nadie tiene un nombre propio, sino sólo un número de serie, como nuestro protagonista THX 1138 que da título a la película y que encarna un jovencísimo Robert Duvall, un hombre cuyo cuerpo y mente están controlados por un gobierno que ha implantado una religión personificada por Om, la sílaba sagrada del hinduismo y una imagen del rostro de Cristo, que actúa de confesor y sirve de utilidad para controlar mejor a la población, y que sólo exige, como todos los credos religiosos, fe: una fe inquebrantable en la producción y en el consumo. 
 
    La virtud del filme no es que esté hablando del futuro, sino que nos habla de nuestra realidad, por aquello de que el futuro está aquí, siempre ha estado aquí, muy presente, en la que la mayoría de la gente necesita sedación para poder soportar lo insoportable: que su vida se sacrifique inmolada en aras de ese futuro omnipresente. No es ficción científica, sino un espejo donde nos reflejamos nosotros mismos y nuestro mundo circundante. 
 
 
    Es lógico que nuestro protagonista, que no sabe lo que le pasa porque ha perdido la fe en el sistema, quiera huir de la ciudad, que es como la casa en llamas de la parábola budista, aunque no sepa si podrá sobrevivir o no en el exterior. Eso no lo sabe, pero sí sabe, en cambio, que donde no puede seguir viviendo ya ni sobreviviendo siquiera ni un momento más es dentro, en la ciudad y en la cárcel en la que vive él y vivimos con él nosotros, los espectadores de su tragedia, que es la nuestra, condenados. 
 
    Pero THX 1138, al que veremos luchar desnudo en una escena de combate contra las fuerzas del orden que tratan de impedir la celebración del coito con su compañera, se rebelará como todos nosotros en nuestro fuero interno, e intentará escapar de un mundo donde todo está controlado, desde los pensamientos hasta los sentimientos y donde el amor, por lo tanto, es un crimen, el acto sexual un hecho delictivo, y la libertad sólo un sueño imposible. 
 
 Fotograma de la película THX 1138, George Lucas (1971)
 
     A algún espectador del público puede no gustarle mucho el final de la película, que es decepcionante y no muy convencional porque no se sabe si lo que hay fuera de la ciudad de la que consigue al fin escapar THX es bueno o malo, mejor o peor que lo que ha dejado dentro y atrás… A mí me ha gustado mucho su final, porque es, desde mi punto de vista, un final abierto, nunca mejor dicho: un luminoso rayo de luz arrojado sobre el mundo tenebroso que es nuestro mundo, o, mejor dicho, la realidad en la que vivimos. Nuestro protagonista consigue emerger de la ciudad subterránea y de la cárcel blanca en la que había sido encerrado por su mala conducta, cárcel que destaca por su claridad enceguecedora y deslumbrante por sus espléndidos fondos blancos y su minimalismo donde no hay ningún objeto que distraiga nuestra atención; sólo desentonan los robots-policías negros que no quieren hacernos daño, que trabajan por nuestra seguridad y por nuestro bien, que nos van a proteger de nosotros mismos y de nuestros malos pensamientos -¿os suena la argumentación? ¿no habéis oído nunca aquello de "vamos a haceros mal por vuestro propio bien"?-… 
 
    Los protagonistas (ciudadanos productores y consumidores, prisioneros) llevan un uniforme igualmente blanco y se caracterizan por su completa depilación. Me recuerda la parábola budista de la casa en llamas que cuenta Bertolt Brecht en sus Historias de almanaque (1949): «—Vi no hace mucho una casa que ardía. Las llamas / devoraban el tejado. Al acercarme advertí / que en su interior quedaba aún gente. Fui / a la puerta y les grité que el fuego llegaba ya al tejado y que debían / por tanto salir inmediatamente. Mas allí nadie / parecía tener prisa. Uno me preguntó, / mientras le chamuscaba el fuego las dos cejas, / qué tal tiempo hacía fuera, si llovía, / si hacía viento, si existía otra casa / y cosas por el estilo. Sin responder, / salí de nuevo. Estos, pensé, se abrasarán mas / seguirán preguntando. En verdad, amigos, / a quienes el suelo que pisan, la planta de los pies no queme tanto / que sientan deseos de cambiarlo por otro cualquiera, / nada tengo que decirles—. Así habló Gautama, el Buda» (versión de Jesús López Pacheco sobre traducción de Vicente Romano)Lo que hay fuera no puede ser peor que lo de dentro: cuando se quema nuestra casa es absurdo preocuparse de cuál será el tiempo que hace fuera, si bueno o malo, de por qué se quema, quién ha sido el autor del incendio, si fue un accidente o la obra de un pirómano, cómo se inició el fuego, etc.; lo que procede, en vista de que no podemos apagar las pavorosas llamas, es salir huyendo cuanto antes sin preocuparnos de qué gracias o desgracias pueden esperarnos fuera. 
 
 Fotograma de la película THX 1138, George Lucas (1971)
 
    Si estamos dentro no podemos saber lo que hay afuera hasta que hayamos salido y nos hayamos librado del peligro interior. Me gusta el final con ese momento en que THX 1138 consigue escapar de la ciudad agobiante, y presencia la puesta de sol. 
 
    No es cierto lo que reza el refrán, pensé, de que vale más lo malo conocido que lo bueno por conocer. No es verdad. Esto es lo que nos enseña la parábola budista de la casa en llamas, su moraleja: lo bueno, conocido o no, siempre valdrá más que lo malo aquí y en Afganistán. La verdad te hace libre; la fe creyente.