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jueves, 14 de mayo de 2026

Gym o no gym

    Sentemos este principio: la obsesión por el cuerpo perfecto estropea el goce del cuerpo. Es cierto que el ejercicio físico libera endorfinas y relaja, y adelgaza, pero practicado como disciplina no deja de ser un suplicio tortuoso, un sacrificio en aras de la fe en el cuerpo, que sustituye a la fe que otros creyentes tenían (o tienen, si queda alguno todavía) en el alma y, más modernamente, -de estos hay muchos- en el cultivo de la personalidad propia, un tormento que podríamos ahorrarnos. 
 
    Si te asomas a la puerta de un establecimiento gimnástico verás que se parece a una sala de torturas de la inquisición: los modernos aparatos semejan instrumentos de tormento para el sufrimiento y el dolor, aparatos monstruosos para la musculación y el sudor de la gota gorda, bicicletas y cintas estáticas para pedalear y correr sin moverse de sitio como hacen los hámsteres dentro de su rueda inmóvil… Todo eso que fascina a tantos hombres y mujeres, sobre todo jóvenes, a algunos, la verdad, nos da mucha grima: preferimos el goce del olvido del cuerpo (y del alma, sobra decirlo) que trabajar los músculos y sudar copiosamente en el gimnasio o gym, como dicen los horteras, para obtener unos abdominales en forma de tableta de chocolate o unos glúteos prietos y rotundos. 
  
    La etimología de gimnasio es la desnudez del cuerpo. Es lo que significaba el término griego γυμνάσιον, que era el lugar público donde se ejercitaban los cuerpos en sus puros cueros. Los antiguos griegos, como se sabe, hacían ejercicio físico completamente desnudos, sin ningún ridículo calzón encima. Hoy en día se va al gimnasio con la mínima ropa encima que exige el decoro, pero a ser posible con ropa de marca deportiva. Los gimnasios tienen habilitados vestuarios, que en italiano se llaman spogliatoi, algo así como “desnudaderos”: según la palabra española "vestuario" es el sitio donde uno se viste, pero según la italiana "spogliatoio", donde uno se desviste. 
 
    Cada vez se abren más negocios de gimnasios en pueblos y ciudades. En la antigua Grecia el gimnasiarco o gimnasiarca era el funcionario estatal, particularmente en la época helenística, encargado de la dirección de un gimnasio y de la educación física y cultural, de los jóvenes que se ejercitaban por llegar a una perfección que no existe. 
 
  
    Pero más curioso resulta todavía el desplazamiento semántico de la palabra latina gymnasium en los países europeos de tradición educativa germánica, donde es el nombre de un centro de educación secundaria, equivalente a nuestros institutos o liceos orientados a futuros estudios universitarios. Seguramente que detrás de este desplazamiento semántico está aquello de Juvenal de "mens sana in corpore sano", nunca bien entendido por los pedagogos y educadores físicos y psíquicos modernos, que consideran que el objetivo ideal por el que debemos esforzarnos y sufrir es por trabajar la mente y el cuerpo simultáneamente, sin desdeñar ninguno de los dos aspectos, cuando la intención del poeta era muy otra: había que pedir a los dioses, que nos concedan la gracia de un cuerpo sano en una mente sana, no que nosotros tengamos que trabajarnos a nosotros mismos apuntándonos a un gimnasio y simultáneamente una institución académica.

jueves, 28 de marzo de 2024

Culto al cuerpo (body building)

    Una de las características más patéticas de estos beligerantes tiempos que corren es la proliferación de gimnasios donde se rinde un culto fetichista al cuerpo mediante todo tipo de entrenamientos, ejercicios, sacrificios y tormentos físicos fundamentados en la fe fervorosa en la salud. Las dependencias de estos establecimientos parecen salas de tortura de la Inquisición, llenas como están de aparatos que provocan estiramientos y encogimientos. Se da la paradoja de que al gimnasio suelen acudir sus fieles clientes en automóvil para una vez allí montar durante largas horas en una bicicleta estática o caminar o hacer running sobre una cinta móvil sin moverse del mismo sitio en el que están.

    Los gimnasios son los templos donde se rinde culto al cuerpo practicando lo que en la lengua del Imperio se llama body building:  la construcción del cuerpo, como si uno fuera su propio arquitecto y al mismo tiempo su obra escultórica, como si el cuerpo nos perteneciera -¿a quién?- y fuéramos sus dueños y responsables de su mantenimiento;  poseedores y poseídos a la vez, diseñadores y diseños al mismo tiempo. Algo de eso sugiere ese horrible palabro que es "culturismo", derivado de "cultura" es decir de cultivo, que da a entender que uno mismo es el cultor y el campo que cultiva, sin olvidar la connotación religiosa que conlleva la palabra "culto" y la fe ciega y fervorosa que subyace detrás de todo ello y por debajo.
 


    La fiebre de los gimnasios no es sino un síntoma de lo que en la lengua del Imperio se llama fitness, que es el sustantivo derivado del adjetivo fit ('sano, saludable'): la obsesión por la salud del cuerpo y lo saludable, que va irremediablemente unida a la mal llamada educación física, que es  una contradictio in terminis ya que físico quiere decir 'natural' y la educación no es natural, sino lo más antinatural y más social que puede haber.



    Algunos filósofos antiguos opinaban que ocuparse continuamente del cuerpo constituía un síntoma de pobreza espiritual. No vamos a lamentar aquí que el culto al cuerpo haya desplazado al del alma, más propio de épocas pretéritas, y que los ejercicios corporales hayan desbancado a los espirituales, y lo físico a lo psíquico como si fueran dos cosas radicalmente distintas. A fin de cuentas cuerpo y alma no son sino una y la misma cosa, dos caras de la misma moneda: el alma no es más que la conciencia del propio cuerpo, por lo que ambos cultos son en esencia la misma religión: el culto al ego, egolatría, egoísmo,  o yoísmo,  que dicen ahora los que han olvidado el latín.


    Este culto al cuerpo, que está intrínsecamente unido a la exaltación de la juventud y el consiguiente menosprecio hacia las personas mayores y la senectud, tiene algo, y no es poco, de fascista. No en vano Giovinezza, esto es, juventud en italiano, era el himno de la Italia de Mussolini. 

 


    La escritora Anaïs Nin escribió en sus diario, recién llegada a Nueva York en la década de los años 40 del pasado siglo: La tragedia es que cuando precisamente estábamos a punto de disfrutar de la madurez en Europa, que ama y valora la madurez, fuimos todos desarraigados y colocados en un país que sólo ama la juventud y la inmadurez. Se refiere evidentemente a los Estados Unidos de América, de donde nos llegan igual que Santa Claus, Jálogüin, los Viernes Negros, las fiestas y hasta ceremonias y bailes ahora también de graduación en los institutos, el culto a la juventud y a la falta de madurez, relacionado todo como está con el body building.


    El entusiasmo que despiertan los profesionales del deporte es otro de los síntomas que denota que los ídolos de nuestra sociedad y época no son como en otros tiempos los héroes épicos y legendarios que nos liberaban de los monstruos más perniciosos, sino unos mentecatos que baten récords, ganan competiciones, acumulan medallas, triunfan en la vida, llenan estadios y se forran de dinero a costa de unos idiotas como nosotros, reducidos a la condición de meros telespectadores de sus gestas. Muchas veces se ha dicho, y hoy es siempre todavía como cantó Machado, que esto se parece mucho a la antigua Roma del pan y circo, y que hoy los gladiadores son los futbolistas u otros deportistas profesionales cuya máxima aspiración son las olimpiadas... pero eso es poco.
 
 
 El deporte, Claude Serre (1977)

    Si relacionamos esto con la tesis de Ortega y Gasset sobre el origen deportivo del Estado, es decir, que el deporte es la fuerza que dio origen a la organización social que padecemos, estaremos de acuerdo con Rafael Sánchez Ferlosio, que es uno de nuestros escritores que más ha despotricado contra el deporte con toda la razón del mundo, en que "el deporte es desde siempre lo que más cabalmente cumple la función primaria de toda cultura como instrumento de control social".

domingo, 24 de septiembre de 2023

Corpus sanum?

     Rafael Sánchez Ferlosio escribió lo siguiente sobre el fomento del deporte y la educación física en nuestro sistema educativo:   

    Al lado de la espuria enseñanza de la historia como interés de Estado, hay que poner el cultivo escolar de los deportes, con mucha más acrisolada tradición de neto interés de Estado, agigantado hoy en día hasta un extremo nunca conocido. Una vez más, doña Esperanza Aguirre, en la ya repetida conferencia, reco­mienda el deporte en la enseñanza, encareciéndolo nada menos que como «una excelente escuela de vida», prime­ro porque «nos enseña a respetar un reglamento» y después porque «el deportista entrega siempre lo mejor de sí mismo sin escatimar esfuerzos ni sacrificios». Lo de que enseñe a respetar un reglamento bien se comprende en una adicta al liberalismo hayekiano, que no es capaz de imaginar más reglas que las de la pura y dura competen­cia, sin concebir que pueda haberlas no competitivas, como las de la lealtad, el socorro o la colaboración. Y en cuanto a que el deportista entrega lo mejor de sí mismo, ¿hay que pensar que lo mejor de uno mismo son las pata­das, que es lo que entrega en el más popular de los depor­tes? Pero, además, ¡qué «humanidades», tanto ganar, ganar, ganar!, humano no es medirse con los otros hombres, sino ocuparse de las cosas. Finalmente, en lo que atañe a los esfuerzos y los sacrificios, siempre me ha parecido a medias incomprensible y a medias indecente que el vacío furor de ganar por ganar les lleve a algunos a tratar su cuerpo a latigazos, como si fuese su propio caba­llo de carreras. «Cuando el diablo no tiene qué hacer, con el rabo mata moscas», dice el refrán; «Cuando el santo no tiene en qué pensar —parafraseo—, se desuella la espalda a zurriagazos». Y, sobre todo, tan sólo una mentalidad to­talmente aberrante puede considerar educativa y «de interés nacional» una asignatura que llega a dar lugar a si­tuaciones como la de «partido de alto riesgo». (Rafael Sánchez Ferlosio: “Borriquitos con chándal” en “Pedagogos pasan, al infierno vamos”, incluido en “La hija de la guerra y la madre de la patria”, editorial Destino, Barcelona 2002). 



    -¿Para qué, me pregunto yo,  tanta gimnasia, o educación física,  como se prefiere llamar ahora? ¿Sirve para algo? ¿No sería mejor dedicar ese tiempo a las matemáticas, a la lengua, al inglés o a cualquier otra asignatura o disciplina más útil para el día de mañana?

    -Claro que sirve para algo, y no poco, sino mucho: la educación física, el ejercicio físico sirve muchísimo para el día de mañana tanto como las matemáticas, la lengua, el inglés, o la "espuria enseñanza de la historia como interés de Estado", que dice Ferlosio, porque su objetivo es lograr que los niños no se descuiden nunca, que se cuiden desde bien pequeños para que cuando sean mayores no dejen de ser votantes y contribuyentes sanos y saludables que harán ejercicio físico hasta que les llegue la hora en que llame la Parca a su puerta, porque no se trata de esperarla uno sentado, llevando una vida sedentaria, sino un ritmo dinámicamente enérgico y activo. 

    La moderna preocupación por la salud corporal, tanto física como mental, se ha convertido en el síntoma enfermizo predominante de nuestra época, una obsesión similar a la búsqueda de la salvación del alma en la Edad Media. De hecho la palabra latina salutem, de la que procede nuestra "salud", antes que salud, que en latín se decía sanitas o ualetudo, significaba “salvación”.


    Bertolt Brecht en el breve apólogo El esclavo de sus fines, incluido dentro de sus "Historias de almanaque", formula una tremenda pregunta retórica en relación con la educación física, la gimnasia y el deporte y, en general, con la poco saludable preocupación por la salud. Leámosla:

El señor K. formuló en una ocasión las preguntas siguientes: —Todas las mañanas mi vecino pone música en un gramófono. ¿Por qué pone música? Dicen que para hacer gimnasia. ¿Por qué hace gimnasia? Porque, según dicen, necesita fortalecer sus músculos. ¿Para qué necesita fortalecer sus músculos? Porque, como él mismo asegura, ha de vencer a los enemigos que tiene en la ciudad. ¿Por qué necesita vencer a sus enemigos? Porque, según he oído decir, no quiere quedarse sin comer. Tras enterarse de que su vecino ponía música para hacer gimnasia, hacía gimnasia para fortalecer sus músculos, fortalecía sus músculos para vencer a sus enemigos y vencía a sus enemigos para comer, el señor K. preguntó: —¿Y por qué come?