Publicaba Irene Vallejo en El Diario Global(ista), alias El País, el pasado domingo 28 de junio de 2026 “El último misterio”, un artículo donde reflexionaba sobre la profecía y decía: “En realidad, las afirmaciones sobre el porvenir son por definición suposiciones, no hechos, porque los hechos futuros aún no existen”. Como hemos dicho muchas veces por aquí, no es que los hechos futuros no existan, como dice Vallejo, sino que no hay, sencillamente, hechos futuros, porque es una contradicción en sus términos: si son hechos no son futuros, si son futuros no son hechos. Es algo que de puro lógico y evidente corre el peligro, si no lo formulamos claramente, de pasarnos desapercibido.
Sin embargo, esas afirmaciones sobre el porvenir, las profecías, adquieren a fuerza de formularse el poder de realizarse. Citando a Clarissa Véliz, la filósofa mexicana autora del ensayo Profecía (2026), y antes de Privacidad es poder. Datos, vigilancia y libertad en la era digital (2021), y The Etics of Privacy and Surveillance (2023), donde propone la defensa de la privacidad frente a la exposición de nuestros datos, dice que las profecías aspiran a la realización, al control y no al conocimiento. Un ejemplo son las encuestas electorales, que moldean las percepciones de los votantes. ¿Son una predicción o persuasión: una instantánea o un cincel? Se pregunta Vallejo, y añade: “Cuando el director ejecutivo de una marca tecnológica anuncia que en unos años todo el mundo utilizará sus productos, en realidad trata de empujarnos a consumirlos por miedo a quedarnos atrás, y de esas forma, hacer realidad su visión”.

Trae a cuento Irene Vallejo en el artículo la película Minority Report, de Steven Spielberg, basada en la novela de Philip K. Dick, que conecta con el mito griego de Edipo en el sentido de que el héroe trata de evitar el cumplimiento de la profecía, provocando así lo contrario: que se cumpla. Es la profecía que se autorrealiza (self-fulfilling prophecy), que Karl Popper denominó 'efecto Edipo' : “A este tipo de
influencia lo he llamado el efecto Edipo (Oedipus effect), porque
la profecía contribuye a producir el evento predicho; al saberla, los
actores modifican su conducta de modo que el acontecimiento termina
realizándose”. Al darse a conocer una predicción puede hacer que la
conducta humana que pretende evitarla se convierta en su causa. Y hace que nos preguntemos: ¿Cómo podemos defendernos si nos acusan de lo que aún no hemos hecho?
Carissa Véliz en Profecía, informa Vallejo, propone una tesis audaz: “Los algoritmos predictivos de nuestros flamantes dispositivos tecnológicos no son sino la versión contemporánea de los oráculos de antaño.(...) Descreídos de los adivinos, hoy las cifras, los cómputos y las estadísticas nos cautivan con su espejismo de máxima objetividad. Confiamos en los números porque hemos dejado de confiar en las personas, olvidando que son personas quienes elaboran esos números. Nuestras vidas dependen de las profecías que unos pocos —ayudados o no por máquinas— proyectan sobre nosotros. Esas predicciones cierran caminos y mutilan encrucijadas. Seremos elegidos o descartados para una hipoteca, un puesto de trabajo, un trasplante. Nos niegan oportunidades —préstamos, empleos, becas— como resultado de lo que otros vaticinan. No por lo que hemos hecho, sino por lo que alguien decide que llegaremos a ser”. Y concluye: “Frente a las promesas de libertad, el pronóstico tecnológico se ha convertido en una barrera insalvable que amuralla horizontes”.
La conclusión de Vallejo, siguiendo a Véliz, resulta finalmente contradictoria: “Los oráculos de internet, las redes sociales y la inteligencia artificial prometieron nuevos territorios de libertad al tiempo que construían sistemas de espionaje y dominio. Proclamaron un mundo más democrático y cooperativo, pero han gestado monopolios con liderazgos despóticos (...) Necesitamos ser previsores, pero también entender las predicciones como actos de poder: toda profecía es un intento de fabricar un mañana a medida. Así, creer en los algoritmos predictivos equivale a obedecer órdenes. Ante los vaticinios tecnológicos, cabe elegir entre la resignación o la rebeldía. No queremos el guion minucioso de nuestra vida, sino un cuaderno con espacios en blanco. El futuro no se prescribe: se escribe”.
La frase final es una forma literaria de decir "no permitas que se escriba tu futuro, escríbelo tú", pero si el futuro "se escribe" es porque hay un proceso de escritura, porque alguien o algo lo está redactando y convirtiendo así en historia antes de que suceda, lo que suena a que se está generando en realidad, porque ¿cómo puede algo que "no se pre-escribe", porque no está pre-determiando, "escribirse" sin que esa escritura sea, en sí misma, una forma de determinación?
No sabemos lo que nos depara el futuro porque no está escrito. De eso se aprovechan las empresas tecnológicas para convertirse en las máquinas de predicción que están llegando a ser. Como no hay ninguna base de datos sobre el futuro, sino solo sobre el pasado, los modernos oráculos, los chatbots o robots de conversación, falsos profetas y máquinas de vaticinios que son -pero las predicciones no son hechos-, formulan sus profecías, y así crean el futuro en lugar de predecirlo.

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