¿Debo ir vestida de tiros largos, llevar traje de etiqueta como Dios manda y corbata o quizá pajarita, maquillarme, ir a la
peluquería, afeitarme tal vez? ¿Puedo ir de sport? Ya se encargan los
demás de responder a estos interrogantes adolescentes, a veces con respuestas que son otras preguntas como: ¿Cómo
vas a ir así, sin depilarte las axilas, hija mía, si es una ocasión especial,
si sólo te gradúas una vez en tu vida, si es como la celebración de tu
mayoría de edad y la entrada en la sociedad y puesta de largo que
había antes?
Yo, cuando ejercía como profesor, siempre disuadí a mis alumnos de asistir a la ceremonia de graduación. Estos eventos made in USA empezaron a ponerse de moda en los últimos años y supongo que continúan celebrándose por estas fechas, tal es la estupidez que nos invade. Suma y sigue. Ellos casi nunca me hacían caso y se graduaban con sus mejores galas. Me vi obligado en una ocasión a asistir yo también, que no asistía nunca aunque siempre me invitaban, a una de estas ridículas ceremonias en calidad de tutor de un grupo de segundo de bachillerato que me había tocado en suerte y desgracia a entregar los diplomas correspondientes.
Yo, cuando ejercía como profesor, siempre disuadí a mis alumnos de asistir a la ceremonia de graduación. Estos eventos made in USA empezaron a ponerse de moda en los últimos años y supongo que continúan celebrándose por estas fechas, tal es la estupidez que nos invade. Suma y sigue. Ellos casi nunca me hacían caso y se graduaban con sus mejores galas. Me vi obligado en una ocasión a asistir yo también, que no asistía nunca aunque siempre me invitaban, a una de estas ridículas ceremonias en calidad de tutor de un grupo de segundo de bachillerato que me había tocado en suerte y desgracia a entregar los diplomas correspondientes.
En varias ocasiones les había hablado a mis alumnos, sin mucho éxito, la verdad sea dicha, de mi desagrado con la degradación de conocimientos que suponía la enseñanza, reducida a mera educación de buenos modales y poco más, y la importancia de desaprender lo mal aprendido, lo que se aprende porque le interesa al Estado y al Mercado, que vienen a ser lo mismo, recordándoles una y otra vez que la inteligencia no tiene nada que ver con aprobar exámenes y no se mide con diplomas ni títulos académicos. Ellos me decían que tenía razón, pero que debía yo entender lo importante que era para sus padres, familiares y conocidos, y en última instancia para ellos mismos también, la graduación.
Desde
hace algunos años se han puesto de moda las ceremonias de graduación que
clausuran al final del curso escolar el término de un ciclo académico, y que supongo que estarán celebrándose a estas alturas, en las
que se entrega un diploma o título a los alumnos que se han hecho merecedores
de él, y que ese día suelen ir vestidos de gala para la ocasión. Esto nos
viene, como casi todo lo malo de los Estados Unidos de América, del mismísimo
corazón del Imperio donde el acto concluye con el baile de graduación (graduation
dance), que constituye un rito de paso difundido hasta la saciedad en numerosas
películas americanas sobre adolescentes que pierden, si no lo han hecho antes, ipso facto su virginidad, películas como la inolvidable e iconoclasta Carrie, cuya
protagonista destruye el gimnasio donde se celebra el acto con sus
poderes mentales para vengarse de la institución y de sus propios compañeros y profesores,
desatando toda la ira y dando rienda suelta al odio que lleva dentro acumulados contra la institución académica.
Esta ceremonia venida del otro lado del charco se imita en el resto del mundo, como sucede con tantos otros norteamericanismos, por ejemplo con el Jálogüin o Jalogüín, o con el dichoso Santa Claus/Papá Noel, que casi desbanca, si nos descuidamos y no hacemos algo para remediarlo, a nuestros entrañables Reyes Magos: es el triunfo del american way of life, hasta el punto de que en nuestra sufrida piel de toro toreado y sacrificado en el ruedo ibérico no sólo se celebran estos actos al concluir un grado, como llaman ahora a las antiguas diplomaturas y licenciaturas, que antes duraban tres y cinco años respectivamente, y ahora cuatro en el mejor de los casos ambas, sino también al acabar el bachillerato, los ciclos formativos y hasta la ESO y si nos descuidamos la EPO, que sería la Educación Primaria Obligatoria.
Y
yo me pregunto: ¿Por qué ese afán de clausurar un curso escolar? La
respuesta
es evidente: para poder empezar otro. Hasta tal punto se nos ha metido
en la
cabeza aquello de que NON PROGREDI EST REGREDI, o sea que no progresar
es
regresar, que no caminar hacia delante es hacerlo hacia atrás que sólo
nos
planteamos seguir adelante a cualquier precio sin quedarnos nunca
quietos un momento y pararnos a reflexionar y cuestionar a dónde vamos y
la
nefasta idea del progreso y del futuro que lleva implícito.
Hay una frase muy bella de Borges, el ilustre retrógrado, que no puedo dejar de citar en este punto entresacada del Libro de los Seres Imaginarios o Manual de Zoología Fantástica: "No olvidemos el Goofus Bird, pájaro que construye el nido al revés y vuela para atrás, porque no le importa adónde va, sino dónde estuvo." ¿No sería mejor dejar indefinidamente abierto el curso, este mismo por ejemplo, sin conclusión, como de hecho es el recorrido de nuestra vida en la que tenemos tantas cosas que aprender y, sobre todo, tantas tan mal aprendidas que desaprender, y no graduarnos nunca?



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