625.- La misma milonga. Cada año por estas fechas, cuando entra la temporada otoño-invierno en el Corte Inglés, soportamos la misma cantilena. Entro en uno de esos Centros Sanitarios de Salud de Dios y lo primero que me sale al encuentro es el siguiente cartel: “POR FAVOR, LOS PACIENTES CON SÍNTOMAS RESPIRATORIOS PÓNGANSE UNA MASCARILLA”. Al lado del cartel, un paquete abierto con varias mascarillas quirúrgicas disponibles para enmascararse y respirar con mayor dificultad si cabe todavía... Al lado del aviso, la trinitaria y salvífica oferta vacunatoria contra la gripe, la covid-19 remasterizada y el virus sincitial, porque va a haber, si no los hay ya, más contagios que el año pasado y porque la enfermedad del virus coronado circula, dicen, otra vez como caballo apocalíptico desbocado con fuerza inusitada. Volvemos, una vez más, a las andadas. En el cartel que me asalta, una mujer mayor, en el centro otra más joven, ¡embarazada!, y al lado un varón de mediana edad. El lema de la campaña es “Por mí, por todos mis compañeros y por las personas que más quiero. YO ME VACUNO”.
626.- Toxicidad. En tan solo unos años, el adjetivo tóxico ha pasado de calificar a sustancias químicas peligrosas, residuos ponzoñosos y toxinas a comportamientos y personas, dando el salto a la política, donde unos lo utilizan para estigmatizar a sus oponentes pretendiendo distanciarse así de ellos. La palabra es sombría: una sustancia tóxica es nociva y no puede dejar de serlo. Además, algo tóxico es peligroso e infeccioso, y amenaza con erosionar el medio ambiente si no se elimina. Mediante una simple elección retórica, unos políticos descalifican a sus oponentes calificándolos de tóxicos, de negacionistas, de buitres carroñeros, de extrema ultraderecha a los que hay que poner un 'cordón sanitario' y eliminar. Lo más curioso del caso es que las mismas personas que denuncian la toxicidad de otras personas están contribuyendo directamente a la toxicidad general con su retórica, por aquello que decíamos los niños de pequeños de "el que lo dice lo es". Pero ni los unos ni los otros se salvan. Una viñeta de Tomás Serrano me trae a la memoria aquella otra de Ramón que publicó la revista Hermano Lobo en 1975 del político que decía desde la tribuna: "O nosotros o el caos", y los oyentes le decían "¡¡El caos, el caos!1", a lo que él respondía: "Es igual, también somos nosotros".
628.- Acampadas juveniles: Estas acampadas de las que nos informan puntualmente en tiempo real los medios a los consumidores de noticias informativas que somos nosotros, contribuyentes y votantes, le recuerdan a uno los campamentos juveniles que la OJE, creo que era, la Organización de la Juventud Española, dentro del Frente de Juventudes, organizaba en los años sesenta, dirigidas a los niños y a los jóvenes, que se libraban así de la tutela familiar durante el verano y las vacaciones escolares, convirtiéndose en menores afortunadamente no acompañados por sus progenitores que, por su parte, se libraban así también periódicamente de sus tiernas criaturas. Yo no fui nunca a ninguno de esos campamentos, pero algunos de mis amigos que fueron me informaban de las actividades de ocio que se realizaban en dichas acampadas y de los fuegos de campamento y demás marchas y actividades de convivencia, siempre bajo la atenta mirada de los monitores juveniles.
629.- El humor de Gila: La imagen es una parodia de una viñeta clásica del humorista gráfico español Miguel Gila, adaptada para abordar de forma satírica el genocidio palestino. Una viñeta genial de Gila, publicada en la revista Hermano Lobo en 1973, un diálogo que podría parecernos surrealista sobre la violencia donde un personaje recrimina a otro que apuñale a alguien, que justifica su acción diciendo que el apuñalado le ha llamado asesino, ha sido actualizada por Skake, tomada de Skakeo Fanzine, añadiéndole símbolos políticos y nacionales -la estrella de David y la quipá en la cabeza al agresor que sostiene el cuchillo ensangrentado y una cufiya o pañuelo tradicional palestino al agredido que además lleva los colores verde, rojo y blanco de la bandera, para ironizar sobre el uso de la violencia en el conflicto de Oriente Próximo. El agresor le contesta al que le recrimina que lo hace porque le ha llamado asesino, y le acusa indirectamente de ser antisemita por pedir simplemente que cese la violencia. De este modo se utiliza el adjetivo antisemita como una herramienta retórica o un escudo moral para deslegitimizar la crítica legítima a la violencia contra la población palestina.





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