Hay un adagio latino muy
célebre que ha sido proclamado por muchas personalidades que dice:
RES, NON VERBA. (Cosas, no palabras).
El dicho contrapone, por un lado, las cosas, es decir, las
realidades, con las palabras, y, por el otro lado, se exige que haya
cosas y no palabras, como si los hechos y los dichos fueran cosas
-digo bien 'cosas'- diametralmente distintas. Tanto las palabras como
las cosas son cosas, y tanto las unas como las otras son palabras.
Cuando alguien, por lo
tanto, dice algo como: Déjate de palabras, y
vamos a los hechos, por ejemplo, establece
una división entre la teoría y la práctica que no se sostiene,
porque la teoría también es una forma de práctica, y esta última
admite también la teoría.
Pero puede tener algo de
reclamación popular cuando se les exige a los políticos que cumplan
sus promesas electorales, que se dejen de palabrería con la que nos
envuelven, seducen y engañan, y que hagan el cambio que han prometido y que
no pueden hacer porque ellos no son la solución del problema, sino
parte importante de él, y solo pueden hacer lo que ya está hecho.
En este sentido resultaba
sarcástica aquella pintada creo que era argentina que decía: Basta
de realidades, queremos promesas, que vendría
a ser lo contrario del adagio latino que citábamos al principio: VERBA, NON RES. El pueblo ya no
quiere realidades, quiere palabras, porque la palabra, como dijo el
sofista Gorgias en su Encomio de Hélena,
es un poderoso soberano (λόγος δυνάστης μέγας
ἐστίν), que puede llevar a cabo acciones divinas, como hacer,
por ejemplo, que cese el terror, matar las penas, infundirnos
alegría, y acrecentar la compasión, pero también puede hacer todo
lo contrario, porque es una poderosa droga que puede curarnos o
envenenarnos. No en vano se decía en la antigüedad que los sofistas
podían hacer ver lo blanco negro y lo negro blanco.
Se desprecia a veces el
valor de la palabra política, contraponiéndola a los hechos, pero
la palabra política es el fundamento de la acción política misma,
es el hecho que fundamenta todo el sistema. La palabra, o el
discurso, o el relato, o la narrativa, no es un sustituto de la
acción, es acción ella misma. Decir, lo saben bien los políticos
profesionales, es sinónimo de hacer. Gobernar, lo saben bien todos
los gobiernos, es mentir, y para mentir hay que hablar, y, si es
posible, mucho y haciendo uso de una jerga incomprensible para el pueblo. Vana
palabrería. Lo de menos es lo que se diga.
Hay un chiste clásico de
Gila, que apareció en Hermano Lobo, aquel semanario de humor “dentro
de lo que cabía”, que no era mucho, en el año 1974, en la que un
político está hablando -abriendo la boca y gesticulando- desde una tribuna, y un
paisano le pregunta a su vecino: “-¿Qué dice?” El otro le
responde: “-No sé, es un discurso.” Y el primero, que ha
entendido la respuesta, exclama: “¡Ah!” Con muy pocas palabras
está dicho todo. El político no está diciendo nada sustancial, nada relevante, nada importante, pero está
hablando, está haciendo uso de la palabra -y por lo tanto,
quitándosela a los demás- pronunciando un discurso que no se
entiende, por eso el paisano reconoce que no sabe qué está
diciendo, porque los discursos son palabrería.
Pero no debemos
despreciar esa palabrería, porque es la que sostiene al sistema: el discurso político sostiene a la polis, es decir, al Estado. En
la era del espectáculo, los gobiernos hacen permanentes
comparecencias a través de los medios de (in)formación de masas a
su servicio porque son conscientes de que la política es básica- y
exclusivamente apariencia y palabrería.
En sus discursos hacen
uso de la palabra, una palabra que actúa como un placebo, porque
saben que el sistema se sostiene con ella. Es un hablar afirmativo
que trata de fomentar la fe en el propio sistema.
Basándonos en la premisa
de que la palabra es acción, cabe suponer que se pueda hacer un uso
de ella para hacer algo como desmentir al que nos engaña, desestabilizando así el sistema todo que sostiene su discurso y el discurso que sostiene el sistema. Si el
sistema se sostiene gracias a la palabra, también gracias a ella
puede quizás -¿quien sabe? Pero ahí radica nuestra desesperada
esperanza- tal vez tambalearse. Nada nos lo asegura, por supuesto,
pero tampoco hay certeza de lo contrario.