martes, 23 de noviembre de 2021

Cruzando el Rubicón (La suerte está echada)

    Dicen que Gayo Julio César, cuando cruzó el Rubicón, pronunció la frase: iacta alea est o lo que es lo mismo alea iacta est: 'la suerte está echada', o más exactamente: 'el dado, que es metáfora de la suerte, ha sido lanzado al aire', dando a entender con esa frase que había tomado una decisión que no tenía vuelta atrás, irrevocable declaración de guerra como era ya que el Rubicón, río del norte de Italia que desemboca en el Adriático, señalaba el límite que un general romano no debía cruzar con su ejército en armas en dirección a Roma, y César volvía de las Galias sin haber licenciado sus tropas... 


     Lucano en su poema épico histórico Farsalia, no nos transmite esa frase, sino otra muy significativa: utendum est iudice bello: 'se tome por juez a la guerra'. El pasaje que la contiene dice así (Farsalia, I vv. 223-227: César, habiendo cruzado el río, la opuesta ribera / cuando tocó y puso el pie en vedadas itálicas tierras, / dijo: 'Paz dejo y leyes violadas aquí que se quedan; / voy, Fortuna, tras ti. Lejos ya los pactos que sean. / Mucho fiamos en ellos; se tome por juez a la guerra.'

    César, que es la cumplida representación de la forma del Estado moderno, necesita declarar la guerra, porque la guerra es el juez que dictaminará con su veredicto de victoria y derrota quién debe ostentar el poder. A César le perjudicaba como él mismo reconoce la falta de enemigos. Cuando ya no le quedan fuera de Roma, después de haber sometido las Galias, debe buscarlos dentro de ella, porque César, el Estado, necesita enemigos externos o internos, bien extranjeros, otros Estados, o bien sus propios ciudadanos, para lo que es preciso dividirlos (diuide et impera, divide y vence): y así discriminarlos:  varones/mujeres, ciudadanos/no-ciudadanos, libres/esclavos, patricios/plebeyos, ricos/pobres...


     Como bien saben todos los césares que han venido después de aquél, para ejercer el poder, hace falta sembrar el miedo a un enemigo externo o interno. Si no lo hay, se inventa. El miedo es fundamental para el sostenimiento del Estado. Nos lo recordaba el personaje de aquella memorable película de Ridley Scott titulada Blade Runner: '-Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad? En eso consiste ser esclavo'.  Y al mismo tiempo que el miedo hay que sembrar la mentira, que es la falacia del Bien Común, que consiste en la identificación del Estado, el más frío de todos los monstruos fríos según Nietzsche, y el pueblo, haciendo creer al pueblo que el bienestar del pueblo es el bienestar del Estado y  el Estado del Bienestar, como se ha llamado modernamente. Dividiendo a los súbditos entre judíos y no judíos, nacionales y extranjeros, judeocristianos y mulsulmanes, vacunados y no-vacunados los césares o modernos Káiseres logran que sus súbditos se enfrenten entre ellos en un guerracivilismo que sólo beneficia al propio Estado, en defensa siempre del fetiche del Bien Común, actualizado entre nosotros últimamente bajo la denominación de Sanidad Pública. 

Ilustración francesa de una Farsalia (1657) 
 

    Una vez que hay ya dos bandos en lid, el resultado decidirá el gobierno del mundo. Las modernas guerras se establecen declarando crisis: crisis sanitarias, crisis energéticas, crisis climáticas, crisis humanitarias, crisis económicas... que son amenazas de futuras catástrofes cuyo objeto es sembrar el miedo en su forma más álgida de pánico entre la gente. 

    Para César la causa mejor será la del bando que resulte vencedor, no porque crea que los dioses apoyan la causa justa, sino porque los dioses aprueban la causa victoriosa, a los vencedores independientemente de su catadura moral. Los césares son muy pragmáticos. Creen erróneamente que la obtención del éxito es señal de la bondad de una causa. Pero hay algo en el fondo que todos sabemos: El mejor jugador no es el que gana, sino, como su nombre indica, el que juega mejor, al margen de que gane o de que pierda el partido o la partida.

Julio César cruzando el Rubicón, Francesco Granacci (1494)
 

lunes, 22 de noviembre de 2021

Mensajería breve para tiempos confusos

La importancia de un acontecimiento es inversamente proporcional al espacio que le dedican los periódicos (Nicolás Gómez Dávila). Y la Red y la tele sobre todo. 
 
Desde hace cuarenta años todos los gobiernos liberales -sean de izquierdas o de derechas- persiguen el mismo fin irrenunciable con el nombre de “globalización”. 
 
  El éxito de la sociedad de consumo capitalista está garantizado desde el momento en que alguien muy avispado inventó la obsolescencia programada de los bienes. 
 
A imagen del rey Midas que transformaba en oro todo lo que tocaba hasta poner en peligro las condiciones de su propia supervivencia, esta sociedad capitalista.
 
  Hay un prejuicio muy arraigado en el ámbito pedagógico de que lo nuevo por nuevo es mejor que lo viejo, y no es cierto: lo nuevo no es necesariamente lo mejor.
 
  En la lucha contra toda discriminación (sexual, laboral, racial...) no se combate lo suficiente y se olvida la que nos divide en ricos y pobres: la económica.
 
 Como Orfeo, el príncipe de los poetas, cuando descendió a los infiernos, estamos condenados a caminar siempre hacia delante por la senda tortuosa del Progreso.
 
  El Gran Apagón despierta en el subconsciente colectivo el temor primitivo a una noche fría, larga y oscura que tememos al amor del fuego a la vez que deseamos. 
 
 
 Vivimos en un mundo hipertecnológico en el que estamos hipercomunicados gracias a la conexión a internet que paradójicamente genera más ruido que comunicación.
 
Mejor que tratar de resolver los numerosos problemas que se nos plantean resulta disolverlos mediante la pregunta corrosiva como la sosa cáustica de ¿qué es...?
 
  La depresión, la melancolía y la tristeza son anatemas, enfermedades que deben ser rápidamente erradicadas a fin de no entorpecer el funcionamiento del sistema. 
 
 De un viejo adagio latino: “Quidquid recipitur, secundum modum recipientis recipitur” Todo lo que se recibe se recibe según el formato que tenga el recipiente. 
 
El mandamiento psicológico de “sé feliz” choca con el escollo de la realidad, a saber: que el ser humano es un bicho que no puede ser feliz para desgracia suya. 
 
 Sócrates empleó la dialéctica para derruir la seguridad del saber de los hombres, sembrando el desconcierto en los dogmas y la duda en las verdad establecida.  
 
¿Comunidad virtual? Internet no une a personas, sino que, al contrario, las aísla e incita a publicar sus soledades, creyendo que de su suma surgirá comunidad. 
 
 No diré que otros distorsionan la realidad, cuando albergo la sospecha de que yo también lo hago al verla con mis propios ojos y juzgarla sensata y objetiva.
 
 Cualquier cosmovisión es engañosa y distorsiona la realidad, por ello es menester que venga alguien no a arrojar luz a nuestros ojos ciegos, sino a abrírnoslos. 
 

domingo, 21 de noviembre de 2021

¡Que viva la Concha!

    Recibo con fecha 12 de noviembre una carta del Presidente de la Junta Vecinal* del pueblo de La Concha, en el término municipal de Villaescusa (Cantabria) donde vivo, informando de que la población, que “carecía de símbolos propios” al igual que las restantes localidades del municipio, ha adoptado oficialmente un escudo heráldico y una bandera, después de un proceso que se inició el 2 de septiembre de 2019 para la adopción de una simbología que nos individualice, por lo que estamos de enhorabuena, porque ¿cómo habíamos podido vivir hasta ahora sin símbolos que nos representen, que nos identifiquen, que recojan nuestras señas identitarias e historia conectándonos con nuestro pasado y a la vez con nuestro futuro y destino, que mantengan la ilusión del fetiche de que somos un pueblo unido con una singularidad propia, como si no tuviéramos bastante con la identidad mundial, la europea, la nacional y la autonómica que llevamos a cuestas y necesitásemos ahora de golpe y sopetón una identidad municipal y, más aún, una identidad juntavecinal? 

     *Según la inevitable Güiquipedia, que cito cuando la consulto: Junta vecinal es el nombre que legalmente reciben en la comunidad autónoma de Cantabria las entidades de ámbito territorial inferiores al municipio.
 
     Según dicha carta, la adopción de símbolos propios “es una iniciativa de relevancia”, con la que nos situamos en cabeza, maldita la falta que nos hacía ser los primeros en eso, ya que “en la comunidad autónoma de Cantabria de las más de 500 Juntas Vecinales y Concejos Abiertos que existen solo 4 disponen de ellos” (se entiende de Símbolos Propios). 
 
    Parece que no hay asunto más importante que este de tener un escudo heráldico y una bandera, a falta como estamos también de un himno, no se le olvide al Presidente de la Junta Vecinal, un himno que podría resonar en ciertas solemnidades cuando se reúnan el Presidente y los cuatro vocales en la sala de juntas del local vecinal, donde ya luce el escudo, y oírse también en la bolera del pueblo, donde ya ondea la bandera, en las ocasiones señaladas al efecto. 
 
    La citada carta se acompaña de dos trípticos con ilustraciones y fotografías a todo color, sufragados con fondos públicos. En el primero de ellos se da cuenta de los citados Símbolos Propios que hemos adoptado, y que son un escudo con una Corona Real, una concha o venera -qué original- y una representación del Puente de Solía, siendo sus colores rojo, blanco y azul los de nuestra gloriosa bandera. 
 
 
      El segundo tríptico, del que se han editado 10.000 ejemplares, estuvo al parecer en FITUR,  la Feria Internacional del Turismo, "una de las ferias de turismo más importantes del mundo", con la que se pretendía, supongo, atraer a los turistas peregrinos a conocer este lugar "encantado por la magia de sus paisajes naturales, por los duendes de sus caminos, rutas y sendas, por la fantasía y hospitalidad de sus personas y personajes que aquí habitan, por su historia y el patrimonio que nos han legado." 
 
  
    Habida cuenta de que, como decíamos arriba, sólo nos falta el himno para completar la tríada simbólica de nuestra esencia, sugiero para la letra, a la que otro tendría que poner la adecuada música de marcha guerrera y triunfal, las siguientes rimas en versos reizianos, cuyo esquema es  - + - - + (-), donde el signo "+" quiere decir sílaba rítmicamente marcada (las segundas y las quintas de cada hexasílabo o pentasílabo agudo), y el signo"-" sílaba no marcada: ¡Que viva La Concha / que alzó el pabellón, / bandera que ondea, / pendón tricolor, / La Concha que luce / escudo y blasón / con una corona / real! ¡Qué ilusión!  / ¡Que el himno resuene / que nunca se oyó, / la falta que hacían  / platillo y tambor! / ¡Que viva la historia / jamás que pasó! / ¡Que viva el destino / que no se cumplió! / ¡Que viva La Concha / que nunca existió!  / ¡Que viva la madre / que no la parió! / Metida en su valva, / rompió el cascarón. /  ¡Se troncha de risa / La Concha de Dios!

sábado, 20 de noviembre de 2021

Sacrificios humanos: la razón de la sinrazón del sacrificio (y II)

    Uno de estos ideales abstractos actuales o abstracciones que han venido a sustituir a los dioses de antaño, y no la menos importante, es la Sanidad Pública, que no la salud de la gente, que es cosa bien distinta, como se ha podido comprobar a raíz de la proclamación de la pandemia y la instauración del covi, o sea del virus coronado, en cuyas aras se sacrifica la salud y la vida de los súbditos de las democracias modernas. 

 

    Se han reportado algunas muertes de jóvenes en buen estado de salud a causa de la doble inoculación milagrosa que iba a salvar a la humanidad, y que ahora resulta que tiene una validez inmunitaria no superior, dicen, a seis meses, por lo que se hace necesaria la revacunación. Podría ser casualidad o causalidad. Parece que hay cierta relación de inmediatez entre la inyección y la muerte en los casos a los que me refiero, y no hay otros antecedentes que las expliquen tratándose de personas jóvenes sanas sin antecedentes personales ni familiares conocidos. ¿Por qué nadie se escandaliza de esas muertes? Muy sencillo, porque se consideran sacrificios necesarios. Porque lo que subyace detrás de esto es la razón del sacrificio, el asesinato ritualizado de un chivo expiatorio, que canaliza la violencia de toda la sociedad en una sola víctima expiatoria, un pensamiento mágico, en el peor sentido de la palabra, es decir, una razón irracional. 


    El covi o virus coronado ha servido para renovar un miedo ancestral, el miedo a lo invisible, a la peste negra contagiosa. Desde las pantallas los telepredicadores y locutores decían que estábamos en guerra. Es verdad que nosotros no hemos sacrificado cruelmente a ningún individuo para salvarnos. De hecho nuestra sociedad reemplazó el sacrificio humano cruento por el animal, y el animal por el vegetal, y este por el simbólico. Pero en realidad lo que subyace en el fondo es que no hay más que sacrificios humanos porque son los hombres los que los hacen, bien sacrificando a sus congéneros o a los animales y  flores u otros símbolos como sustitutos, o bien sacrificándose a sí mismos. 

     Aunque ya no hay sacrificios humanos cruentos propiamente dichos, la razón del sacrificio está siempre vigente en el inconsciente individual y colectivo. Lo vemos en el caso de las acciones militares, denominadas a veces 'misiones humanitarias', con sus víctimas y hostias* colaterales para referirse a mujeres, ancianos y niños. ¿En qué consiste la razón del sacrificio? Es preciso que algunos mueran, si acaso unos pocos, para que otros vivan. Pero también dentro de uno mismo: es preciso que yo me sacrifique hoy (trabajando por ejemplo como un negro, que suele decirse como sinónimo de esclavo, o como un cabrón, no sé si aludiendo al chivo expiatorio o al marido cornudo), para poder yo -el yo del futuro, otro que no el yo actual- disfrutar mañana, de la jubilación o el jubileo, por ejemplo. Es lo que debe denominarse sacrificar el presente en aras del siempre incierto porvenir, por más que se nos asegure su certeza. Por lo tanto, para inmunizar a toda la población, hay que aceptar que haya algunas víctimas y efectos colaterales en número no despreciable, incluso dentro de uno mismo: son los efectos secundarios.                   

    La salud de todos depende en la confianza ciega, es decir, de la fe, en la ciencia, que no deja de ser una creencia, un ideal abstracto. Arremangándose en los grandes centros ceremoniales que son los así llamados vacunódromos, los ciudadanos occidentales han abandonado su libre albedrío en manos de sacerdotes laicos de bata blanca, agentes de la autoridad que fomentan el miedo y que nos obligan coaccionándonos de formas muy diversas.

    A los que se niegan al sacrifico se les denomina negacionistas, y como ya no se trata de sacrificar a estos pharmakoí -término griego que designa a la vez a la víctima expiatoria y el remedio, confundiendo ambas cosas-, lo que hacen es marginarlos, ponerlos al margen de la sociedad, culpabilizarlos de la peste, pese a su buen estado de salud, ya que no padecen los efectos secundarios adversos y el riesgo que tienen de contraer la supuesta peste es el mismo que los demás, a fin de convertirlos en ciudadanos de segunda clase recluidos en un apatheid o cordón sanitario: los Untermenschen o infrahombres de los nazis.

   


    La elección sacrificial que se ha hecho es en apariencia la menos sangrienta y por eso parece que la más aceptable -no se les mata como a los judíos del ghetto de Varsovia, a los que Goebbels acusó de propagar el tifus-, pero no deja de ser un acto irracional y criminal. La exposición al peligro de los niños viene detrás de la de los adolescentes. Hay quien ha dicho que hay que inocularlos, a ellos que no tienen ningún riesgo de muerte que no sea la propia amenaza que les echan encima, para que vivan sus padres y sus abuelos, con lo que se trata de colocar a los niños o, mejor dicho, a los menores de edad, en un estatuto de inferioridad, sacrificándolos a Moloch, el viejo dios feroz y sanguinario. 
 
    *Utilizo aquí los términos 'víctima' y 'hostia' con el significado primigenio que tenían en latín: 'víctima' (persona o animal sacrificado o destinado al sacrificio, según la docta Academia) y 'hostia' (cosa que se ofrece en sacrificio, según la misma Academia, pero en Roma animal de pequeño tamaño específicamente, como un cordero, y en la versión cristiana el agnus Dei).

viernes, 19 de noviembre de 2021

Sacrificios humanos: la razón de la sinrazón del sacrificio (I)

    Aunque se quiere relativizar la importancia de los sacrificios humanos desde la óptica moderna y relegarlos a una pre-historia bárbara y salvaje, a un pasado más o menos remoto, legendario e inmemorial que se pierde en la noche brumosa de los tiempos, conviene replantearse la cuestión: ¿Hubo alguna vez sacrificios humanos? Y otra pregunta algo más inquietante: ¿Los hay?

    Podemos distinguir dos modalidades de ritos sacrificiales. La primera, los rituales de carácter cruento, donde se sacrifica a una víctima cuya sangre es ofrecida a la divinidad o a las instancias superiores, entiéndase, los ideales abstractos que ocupan su lugar, por ejemplo los millones de pavos que se sacrifican en los Estados Unidos el Thanksgiving Day con motivo del Día de Acción de Gracias, por referirnos al mundo actual. La segunda clase serían los sacrificios incruentos, que son una sublimación de los primeros y que aunque no conlleven derramamiento de sangre pueden ser tanto o más crueles que los cruentos.

 

 Suovetaurilia, sacrificio de un cerdo, un cordero y un toro. 

    Los sacrificios cruentos, en época histórica grecorromana, tenían como víctimas a los animales y entre estos los más codiciados fueron cabras, cerdos, ovejas, caballos y toros. Las vísceras se quemaban y ofrecían a los dioses y la carne se consumía entre los asistentes, salvo en el caso del holocausto en que se quemaba la víctima entera y se ofrendaba toda a las divinidades, o a cualquier otro ideal, como el de la Pureza de la Raza Aria en el caso nazi que se ha hecho proverbial entre nosotros a la hora de emplear este término.

    Si bien es cierto que al final de la república romana los cultos y ritos tradicionales entraron en franca decadencia porque la sociedad se había vuelto más escéptica, quizá por influencia de ideas griegas, como las del filósofo Epicuro, que no negaba la existencia de los dioses pero decía que no se ocupaban de los asuntos humanos, de lo que se deducía que los hombres tampoco debían ocuparse de los divinos, no por ello dejaron de realizarse sacrificios y de consumirse la carne de los animales inmolados. Simplemente se hacían con ocasión de otras 'divinidades', ideales abstractos o celebraciones. Para que haya un sacrificio es necesario que haya un destinatario sobrenatural. Si no hay tal destinatario, no hay sacrificio. Ese destinatario eran los dioses de antaño, y son los ideales abstractos de hoy, la reencarnación de los antiguos dioses. 

 

 

Sacrificio de Isaac, Tiziano Vecellio c. (1543) 

     La 'communis doctrina' considera que el sacrificio humano cruento no está históricamente atestiguado en la Grecia y Roma antiguas, pero sí aparece como motivo en los mitos, que son propiamente preliterarios y prehistóricos, y en la literatura que se hace eco de ellos, y que de alguna manera viene a sugerirnos que esa prehistoria sigue aún viva en nuestra historia, y que los sacrificios humanos, aunque no sean cruentos, no dejan de ser crueles y estar a la orden del día. Veamos dos ejemplos.

    El sacrificio humano cruento en el mundo griego aparece, por ejemplo, mencionado ya en la Ilíada de Homero, cuando Aquiles decide separar a un grupo de doce prisioneros troyanos para sacrificarlos como ofrenda fúnebre en la tumba de su amadísimo Patroclo, a los que degüella personalmente.

    El espíritu del sacrificio lo encontramos también en la inmolación de Ifigenia, a la que su propio padre, el rey Agamenón sacrificó para que la flota griega pudiera hacerse a la mar y partir hacia la guerra de Troya, cuando se hallaba varada porque el rey había ofendido a Ártemis dando caza a una cierva a ella consagrada, y la diosa había castigado la partida de la armada griega haciendo que no soplara ningún viento favorable. La diosa finalmente se apiadará de su víctima y la sustituirá por una cierva, lo que sugiere que el sacrificio animal es un sustituto del humano.

  

Sacrifico de Ifigenia, Domenichino (1609)

     El espíritu del sacrificio humano es inherente también al judeocristianismo: recuérdese el sacrificio de Isaac a manos de su padre Abraham por mandato divino, detenido en último extremo no por desacato del padre a la voluntad de Dios sino por la divina intervención de un ángel del Señor, dándole a entender que bastaba con la intención, y que no era preciso llegar al acto. En uno u otro caso, lo que define al sacrificio es que se hace en aras de un ideal abstracto, llámese Dios o, más llanamente, la Causa, cualquier otra abstracción. 

       Habría que distinguir entre el sacrificio forzoso y la ofrenda voluntaria, pero a menudo es difícil establecer la diferencia. ¿Hasta qué punto, por ejemplo, los yihadistas islámicos que se autoinmolan lo hacen voluntariamente o por coacción ya sea física o psicológica? Es difícil trazar el límite fronterizo entre lo uno y lo otro, máxime desde la cultura occidental cristiana que tiene una actitud contradictoria ante el sacrificio que parece por un lado rechazarse pero por otro es glorificado en la figura de Jesucristo, por ejemplo, que murió, es decir, se sacrificó para salvarnos a todos nosotros, pecadores.

    El sacrificio de niños, incluso de recién nacidos, fue bastante practicado dentro de la cultura púnico-fenicia mediterránea. Es el caso de los tofets, en los que restos de niños se han interpretado como el contenido de urnas funerarias, lo que hace que algunos crean que los sacrificios de niños en Cartago, la actual Tunicia, solo son un mito realzado por el talento literario de Flaubert en su novela Salambó. Sin embargo, la mención de votos en las inscripciones indica que había un culto, y la presencia de restos infantiles y de animales, echa por tierra la interpretación fúnebre, y parece dar a entender que, en efecto, se realizaron sacrificios de niños a Moloch. 

Sacrifico a Moloch, ilustración de Charles Foster (1897)

    A las dos preguntas que nos hacíamos al principio de esta entrada deberíamos contestar que los sacrificios humanos han existido siempre, y no sólo pre-históricamente, sino precisamente en época histórica, aquí y ahora mismo, hoy mismo, sin ir más lejos, que es siempre, todavía, como cantó el poeta, más que nunca. Se nos exige constantemente, desde nuestra más tierna infancia, el sacrificio del presente en aras del día de mañana. Y ese sacrificio, aunque no conlleve derramamiento de sangre, no deja de ser una crueldad exigida por Moloch, en cuyas aras inmolamos nuestra vida, la matamos, convirtiéndola en existencia, es decir, en su futuro.

jueves, 18 de noviembre de 2021

"Por las buenas o por las malas, por lo civil o por lo militar"

    El presidente la taifa de Cantabria ha eructado que hay que vacunar a todo el mundo "por las buenas o por las malas, por lo civil o por lo militar". Nótese el efecto especial del paralelismo retórico que emplea y que equipara las buenas maneras al civismo, y las malas al militarismo del estado policial. Muy significativo.

    ¿Cuál es su 'razonamiento'? Argumenta, si se puede llamar argumentación a esto, que “no hay derecho a que unos señores pongan en peligro al resto porque no se quieran vacunar”. Según él no tiene que quedar nadie vivo sin vacunar porque es un peligro público para los inmunizados aunque no desde un punto de vista sanitario, sino desde el político, porque el no vacunado es un ciudadano irresponsable y que no obedece a “lo que está mandado” o, como se decía en otro tiempo, “a lo que Dios manda”.

    No se entiende desde la lógica común y corriente cómo alguien que no está vacunado puede poner en peligro al que está vacunado y, se supone, aunque es mucho suponer, que inmunizado. En todo caso se pondría en peligro a sí mismo. Y no es el caso. Pero lo que no se le puede consentir, desde luego, es que goce de buena salud y no padezca los efectos secundarios de los que se han pinchado con convencimiento o sin él, porque es un ejemplo de mal ciudadano insolidario. Es como si yo voy caminando sin paraguas por la calle bajo la lluvia y alguien, protegido con su chubasquero y su paraguas, me acusa a mí de ser el responsable de la lluvia que está cayendo y que hará que muchas personas se empapen, cojan una pulmonía, colapsen las UCI,s de los hospitales y, acto seguido, se mueran, o, en el colmo del absurdo, me quiera responsabilizar de estar mojándose él por mi maldita e irresponsable culpa. 


     Si la vacuna funciona, el que la ha recibido no tendría nada que temer. Y si no funciona, ¿por qué ese afán totalitario de “vacunar a todo el mundo”? A su juicio, que no es mucho, si la vacuna fuese obligatoria este repunte que se ha producido a nivel nacional e internacional de aumento de los casos de virus coronado se hubiera “ahorrado”. 

    Al parecer la incidencia en la piel de toro que es España ha aumentado diez puntos hasta sumar 82 casos por cada 100.000 habitantes, lo que es una barbaridad que escandaliza al gerifalte cántabro porque, según el criterio aleatorio de las autoridades sanitarias si se producen más de 50 casos pasamos del riesgo “bajo”, al “medio”, que es hasta 150 personas por cada 100.000, aunque no todavía “alto” ni “extremo”? ¿Se trata de casos de enfermos ingresados en UCI,s o de fallecidos? No, ni siquiera se trata de pacientes, sino de resultados positivos, la mayoría asintomáticos, a la prueba de Reacción en Cadena a la Polimerasa o PCR, todo un chiste, una prueba que no es diagnóstica ni específica, y que su inventor, el premio Nobel Kary Mullis dijo que no servía para detectar una infección vírica. Desde la declaración de la pandemia, ese baremo de riesgo o semáforo, como lo llaman a veces, (bajo, medio, alto, extremo) ha sido uno de los marcadores que determinaba las decisiones políticas. 

 

 
     Y claro está que lo que le molesta al personaje mediático que es el Jefe Supremo de la taifa cántabra, es que el discurso negacionista “ha calado”, dice él, en la sociedad, por lo que mucha gente rechaza la vacuna. Y añade con tono intolerante: "No lo podemos tolerar, porque si no, no acabamos con la pandemia". Con la pandemia, señor presidente, entérese ya, hemos acabado hace muchísimo tiempo. Ahora bien, con las decisiones políticas autoritarias que toman nuestros gobernantes fundamentándose en ella, con esas todavía no, desgraciadamente.

    Pero lo más interesante políticamente de sus declaraciones no son esos exabruptos sino la consideración que hace de la necesidad de que “se creen instrumentos jurídicos para que sea obligatorio vacunarse”, ya que no lo es, y que los tribunales garanticen que “eso es posible”, porque ahora no lo es dado que la vacunación no es obligatoria. Según dicho gerifalte,  “para eso está el poder legislativo del país”. Analicemos esta afirmación, que es lo más relevante desde el punto de vista de lo político. El poder legislativo de un país está para adecuar las leyes a los designios del poder ejecutivo, de forma que el poder judicial no pueda poner obstáculos a los caprichos de los gobernantes. Toda una maquiavélica lección de alta política: el poder legislativo debe subordinarse al poder ejecutivo, porque “para eso está”, para que yo pueda ordenar y mandar sin que los jueces me pongan trabas legales lo que me dé la gana, y decretar como el canciller austriaco, por ejemplo, que si usted no se vacuna no sale de su casa, se queda allí confinado hasta que ceda y se someta, por las buenas o por las malas, convencido o sin convencer.

miércoles, 17 de noviembre de 2021

Leyendo a Lucano con Unamuno

    Ya en el primer verso de su epopeya histórica que lleva por título Farsalia nos anuncia Lucano que va a cantar guerras más que civiles —“bella… plus quam ciuilia”. Con esta afortunada expresión se refiere el cordobés a la guerra civil entre César y Pompeyo que acabó con la república romana, que efectivamente fue una guerra fratricida entre compatriotas, pero en la que se vieron involucrados muchos otros ejércitos extranjeros, sin ir más lejos varios monarcas orientales en la batalla de las llanuras de Farsalia. Pero, al mismo tiempo, es una expresión afortunada porque sugiere que todas las guerras son de algún modo civiles aunque las hagan militares o ciudadanos en armas de naciones enfrentadas.

    No hay que olvidar que los muros de la futura Roma se regaron con la sangre de dos hermanos. Sus fundadores Rómulo y Remo, que habían sido amamantados por una loba, se enfrentaron y Rómulo dio muerte a Remo, constituyendo la monarquía y estableciéndose como primer rey de Roma. Roma misma, pues, nace de una guerra civil o, si se quiere, precivil porque todavía no existía la ciudad, entre dos hermanos. Otro fratricidio hay en la Biblia judeocristiana en el origen de la humanidad: el asesinato de Abel a manos de Caín.

César cruza el Rubicón, Adolphe Yvon (1875)

     Lucano, el cordobés, canta al vencido, a Pompeyo, y execra, pero admira, al vencedor, a César, al instaurador del cesarismo, que no es ni más ni menos que el fajismo, como dice a propósito Unamuno, que intentó sin mucho éxito introducir el término en castellano para adaptar el italiano “fascismo”. Unamuno empleó, quizá lo acuñó él mismo, el término fajismo, derivado de 'fajo' con el sentido de haz, gavilla o manojo. Y es que “fascismo” deriva del italiano “fascio” que es una continuación del latín 'fascis', que conservamos en el diminutivo fascículo -'haz de fibras musculares, en anatomía'-, convertido en un tema en -o: *fascium, que sería el origen de nuestro 'fajo', por ejemplo en la expresión 'fajo de billetes' pero también era el nombre de las haces de varas que llevaban los lictores de las que salía el filo de una segur o hacha, que entre nosotros se ha convertido en símbolo de la Guardia Civil.

    “La causa vencedora —nos dirá Lucano en un verso inmortal— plugo a los dioses, pero la vencida a Catón.” En otro pasaje Lucano nos presenta a Catón, al que ha parangonado con los dioses, como un santo estoico: nec sancto caruisset uita Catone: “Y la vida no se habría quedado sin el santo Catón”. La frase tiene su miga paradójica: con la muerte de Catón, que se suicidó haciendo suyo aquello que alguien dirá después que él de “vale más morir de pie que vivir de rodillas”, es la vida la que ha perdido a Catón y no Catón el que ha perdido la vida. Catón, el sabio, no sufre ninguna pérdida perdiendo la vida, porque esa pérdida no le afecta. Son los contemporáneos de Catón quienes pierden al mejor ejemplar del género humano.

 

    Ve Unamuno a Catón, por su parte, como una suerte de Don Quijote romano y pagano, que supo desafiar al Hado. Catón es el auténtico héroe de la Farsalia, Catón de Útica, 'que se suicidó por no rendirse al cesarismo, al estatismo'. Hay un verso (VII, 350) que dice: Causa iubet melior superos sperare secundos: El servir a la causa mejor nos exige esperar que los dioses del cielo nos sean favorables. Vana esperanza. La batalla de Farsalia echará por tierra la llamada 'mística de la victoria' que aseguraba que eran los mejores los que vencían y gozaban del favor de los dioses. En Farsalia sucederá lo contrario, ganarán los que defendían la peor causa, el cesarismo, el fajismo, y por ser los vencedores, no los mejores, gozarán del favor de los dioses inmortales, o lo que es lo mismo, de la Historia Universal.

    ¿Y César? -Se pregunta Unamuno-. ¿O sea el Estado, el Estado todopoderoso y absorbente? César necesita enemigos para ejercer su actividad guerrera, le daña el que le falten enemigos —“sic hostes mihi desse nocet” (III, 364)—, y así, cuando no los encuentra los inventa, u hostiga a los resignados a que se le rebelen. Duro trance cuando se nos rinde a primeras aquel contra quien vamos. Hay que provocarle a que nos provoque. Y acudir luego a una ley de supuesta defensa. 

Lictor y fasces con segur

    Unos versos de Unamuno de un poema titulado 'Fascismo' dicen: No un manojo, una manada / es el fajo del fajismo; / detrás del saludo nada, / detrás de la nada abismo. Se quejaba por cierto Unamuno de que había fajistas que empezaban 'a tomar como emblema, no el fajo, no el haz de varas de los lictores, sino la cruz del Cristo', en lo que luego sería en la España de Franco el nacional-catolicismo. El nacional-catolicismo  es un oximoro más grande que una casa, porque el catolicismo es por definición universal, que es lo que quiere decir καθολικός katholikós en griego, y malamente puede ser nacional y patriótico cuando aspira a lo universal, de ahí que para el cristianismo sólo haya una patria verdadera, Jerusalén, que no es la real, sino la celestial.

martes, 16 de noviembre de 2021

¿Pandemia? ¿Qué pandemia?

    ¿Por qué me pongo yo a hacer un ejercicio de “deconstrucción” a la francesa siguiendo los manes deconstructivistas de Jacques Derrida, y no, más llanamente, un ejercicio de “destrucción” de la pandemia? Muy sencillo, porque trato de destruir algo que está previamente prefabricado y muy bien construido desde que la Organización Mundial de la Salud eructó el 11 de marzo de 2020 por boca de su Director General: Nunca antes habíamos visto una pandemia generada por un coronavirus. Esta es la primera pandemia causada por un coronavirus. Al mismo tiempo, nunca antes habíamos visto una pandemia que pudiera ser controlada. Lo curioso es que en aquella misma alocución se advertía contra el mal uso o uso indebido del término que allí mismo se estaba empleando: Pandemia» no es una palabra que deba utilizarse a la ligera o de forma imprudente. Es una palabra que, usada de forma inadecuada, puede provocar un miedo irracional o dar pie a la idea injustificada de que la lucha ha terminado, y causar como resultado sufrimientos y muertes innecesarias.


    Trato aquí sencillamente de desmontar el cuento chino de la pandemia analíticamente, o sea, analizándola, desatando el nudo gordiano al modo de Alejandro Magno de un tajo con la espada dialéctica: tanto monta, monta tanto cortar como desatar.  Si consulto su base de datos el día en que escribo, cualquiera puede hacerlo con un artilugio tecnológico a mano, estas son las cifras oficiales que nos brindan: los muertos hasta la fecha de la pandemia son en el mundo 5.100.000 es decir, aproximadamente un 0,04% del total de la población mundial actual, lo que es irrisorio teniendo en cuenta que esas muertes no se han producido en un día ni en dos ni en tres, sino a lo largo de un año y ocho meses. Más irrisorio aún es cuando se conoce la media de edad de las víctimas: 84 años. Es decir, personas que en su mayoría han sobrepasado con creces su esperanza de vida, que en España ronda en torno a los 82 años, un poco más alta en las mujeres, un poco más baja en los varones.

    Nos hallamos, por lo tanto, ante un constructo o quimera semántica pura y simple: “Hay un virus devastadoramente letal que amenaza a todo el planeta matando al 0,04% de su población, esencialmente a personas que ya han sobrepasado su esperanza de vida”. Esta afirmación no tiene ningún sentido, se cae por su propio peso, es una falacia. Pero la cosa no se queda en lo que es la mayor y más grave manipulación política de masas perpetrada en nuestra historia, sino que se suma y continúa.

    Resulta que también, con datos oficiales que están comenzando a aparecer poco a poco, se puede deconstruir el dato de los cinco millones de muertos que acabamos de dar, porque sólo una mínima parte de ellos han muerto a causa de la pandemia del coronavirus nunca antes vista. La mayoría de esos cinco millones han muerto de otra cosa: cáncer, leucemia, insuficiencia cardíaca, diabetes, etc. Los CDC norteamericanos, que son los Centros para el Control y la Prevención de las Enfermedades, reconocen que de todas las muertes que oficialmente han sido catalogadas y certificadas como 'covid-19' sólo el 6% estaban sin comorbilidades o patologías previas graves, es decir que el 94% de los muertos covid han muerto de otra cosa.

    Si comparamos esta enfermedad con la difteria, la tuberculosis, la poliomielitis o el sarampión, enfermedades letales de por sí, la del virus coronado “19” en realidad es una risa y no mata a casi nadie, como mucho les da el tiro de gracia (ese que se da a una persona o animal herido de gravedad cuando está sufriendo para que muera rápidamente y deje así de padecer) a personas que había sobrepasado ya su esperanza de vida. 


     Si la premisa es falsa, todo el discurso es falso, por supuesto, pero no debemos quedarnos ahí, en la mera denuncia, sino que debemos interrogarnos por su intencionalidad y utilidad: cui bono prosit? ¿Qué pretendía la OMS engañándonos, haciendo “sonar la alarma de forma alta y clara”, como regoldó su Director General? Llevarnos sin duda a la iatrocracia universal del doctor Knock, es decir, al gobierno de las autoridades sanitarias auxiliadas por los expertos y la casta médica a su servicio, y llevarnos también, por aquello de que estábamos ante un gran mal, y a grandes males hay que aplicar grandes remedios, a la vacunación universal antitanática, o sea, contra la muerte misma: Vacúnate, vienen a decirnos, y evitarás la enfermedad en su forma grave -sólo te sobrevendrá, si acaso, en una forma muy liviana y casi imperceptible- y, lo que es más importante, evitarás la muerte, esa que te espera y te tienen prometida desde que naciste, logrando la inmortalidad. Los Estados han gastado ingentes sumas de dinero en vacunas que son innecesarias en el mejor de los casos, por no decir que inútiles y hasta contraproducentes en la peor de las casuísticas, como dicen los pedantes. ¿Quién se beneficia económicamente, ya que sanitariamente no parece beneficiarse nadie, de todo esto? ¿La población que las ha pagado con sus impuestos de los llamados fondos públicos diciendo amén a las directrices de sus gobiernos?

    No porque digamos que no hay pandemia estamos diciendo que la pandemia no exista. Existe y ¡cómo existe! Algunos hablan ya de pandemia persistente, y ya va casi para dos años... Sobre cómo acabar con ella de una vez por todas sin morir en el intento, ya escribimos una entrada aquí mismo hace tiempo.  Está claro que la receta que dábamos allí no se ha seguido, lo que se debe sin duda a la poca proyección que tiene este arcón donde cabe todo, ya que me consta que sólo ha tenido dos visitas contadas, y eso no significa tampoco que hayan sido dos lecturas y que, de haberlo leído, hayan hecho uso de la aplicación práctica que allí se proponía. Pero no por ello deja de ser una buena receta y de estar vigente y disponible para quien quiera así desengañarse. No caduca.

    No porque sean muchos los equivocados van a tener muchísima razón.

lunes, 15 de noviembre de 2021

Algunos ríos

    El río, que es metáfora del tiempo, fluye, corriente que huye de mis ojos y mis manos, y al mismo tiempo permanece y deja algo: si el agua pasa, queda el cauce y queda el nombre. Lo escribe Séneca en una carta donde cita y comenta al tenebroso Heraclito: “Al mismo río dos veces bajas y no bajas”. No hay dos veces: ni tú ni el río ni sus aguas sois los mismos, cambiáis, dejáis de ser para poder seguir siendo los mismos, los idénticos Proteos, versátiles metamorfosis inmutables, reencarnaciones en un ciclo interminable: se vive sólo una vez, ahora o nunca, se baja sólo una vez, que no es ninguna, que ni siquiera es una en un sentido propio, a la vida, el turbio y claro arroyo que te arrolla ahora mismo. ¿Qué hora es? La misma hora, a todas horas, la misma en punto, exactamente siempre es la misma hora, ahora mismo, inmensa que se divide y subdivide y multiplica en muchas otras horas, días, noches, años... En esta incierta hora en la que escribo yo ahora, caben las inciertas horas todas de mi vida, las pasadas y las porvenir, proyectando una vasta sombra milenaria que nunca acaba de pasar ni de contarse... 
 
 
    Por eso mismo ahora estoy aquí, en Toledo, de paso, en donde el Tajo fluye, peregrino, con sus estrofas permanentes de agua clara, cruzando el puente de Alcántara, suspirando manso buscando sin querer el mar que no conoce, el mar al fin de su trascurso, su destino, el mar, que es el morir, la muerte rediviva; el mar, la muerte, el mar recomenzado siempre. La mer, la mer toujours récommencée: la mar.
 
  
    Y el Ebro fluye grande y bello, pescadero, (Catón el Viejo lo dejó en latín escrito), a orillas de esta Zaragoza del olvido en donde yo, si no era algún antepasado mío, soldado raso, sin graduación alguna, marcando el paso desfilaba torpemente, contando el tiempo que faltaba interminable; contándolo y creándolo en el mismo acto de computarlo y dividirlo en mil fragmentos, ciudad que, como el río, pasa y no se mueve quedándose pasmada en su reflejo de agua igual que en la fotografía, ahora mismo.
 
 
 
    También el Júcar fluye, aquí y ahora, en Cuenca, la ciudad encantadora de mi desencanto, flanqueado por los chopos de oro en sus riberas en medio de esta luz radiante, que llueve intensa con mansedumbre, y me abre el alma al horizonte convaleciente del amor y de su olvido. 
 

    También estoy ahora mismo en Roma, aquí, en la Ciudad Eterna, entre tantas ruinas y sombras y ecos milenarios de un ayer que se vislumbra eterno ahora todavía en este instante, donde caben los recuerdos y las visiones de un futuro inexistente, a orillas de este viejo padre nuestro Tíber que baja raudo y turbulento, como si quisiera ya precipitarse al mar Tirreno, llevándose los siglos y milenios y años de historia furibunda universal consigo: el Tíber pasa, deja atrás las milenarias y silenciosas piedras, lápidas funerarias. 
 
 
    También el Sena, que cantaba Apollinaire, también el Sena, bajo el puente Mirabeau, discurre ahora mismo, lánguido, en París dejando estelas largas de melancolía, arrastrando días que no volverán y amores, nuestros amores... Y también me arrastra a mí, que lo contemplo desde el puente, con su flujo, llevándose mi reflejo en su corriente de agua fugitiva, especular, evanescente acaso, la imagen propia, que es la sombra que proyecto y se difumina en la pantalla de la noche. 
 
    Los nombres propios de estos ríos Tajo y Ebro, Júcar, Tíber y Sena, son conjuros contra el olvido donde se embosca, agazapado, el viejo monstruo de tres cabezas, cancerbero del infierno, el tiempo, que es metáfora de todos ellos.

domingo, 14 de noviembre de 2021

Mensajería vírica breve



El virus, el enemigo perfecto, endógeno y exógeno, interno y externo, invisible y proteico como Proteo, el Viejo del Mar, que muta constantemente y se replica. 
 
El objetivo 'virus cero' es la nueva tierra prometida del futuro inalcanzable por definición de la pureza de la raza, libre al fin de enfermedades y de muerte. 
 
Un estudio científico asegura que monedas y billetes que circulan de mano en mano son fómites de bacterias y virus: el dinero mata todo, el electrónico también. 
 
Resucitaron un viejo término latino “fómite”, nombre de la yesca que arde, para meternos el virus del miedo en el cuerpo y en el alma, o sea, en las entrañas. 
 
Las autoridades sanitarias, que nos han expropiado la salud diagnosticándonos como enfermos imaginarios en potencia aristotélica, pretenden ahora inocularnos. 
 
La batida feroz contra el enemigo invisible que es el virus autoriza la persecución de los individuos en tanto que organismos portadores del germen susodicho. 
 
 Prometen, si obedecemos, el retorno al paraíso perdido, el fin del calvario y la vuelta al mundo de antes, una tierra purificada de la maldición de la pandemia. 
 
 ¿Hay que ser psiquiatra para diagnosticar a la sociedad un delirio colectivo que la lleva por la Calle de la Amargura sin número en forma de psicosis paranoica? 
 
Diseñaron un enemigo exterior e interior a la vez, un virus que amenazaba la vida, del que éramos vectores, y estalló entre nosotros una guerra pluscuancivil. 
 
Hay que erradicar el virus del mundo reduciendo a cero absoluto su incidencia. El problema radica en que el virus soy yo, yo soy el virus que hay que erradicar. 
 
Resulta que la doble inyección, objeto fetiche y talismán mágico, que iba a inmunizarnos de por vida caduca ahora a los seis meses: obsolescencia programada.