domingo, 8 de marzo de 2020

Zenón dispara otra vez




Se oye sordo disparo, huele la tarde a pólvora. 
Una bala, calibre diez parabellum, rauda, 
disparada, derecha viene a mi corazón
del revólver que Samuel Colt inventó: un moderno
desalmado Zenón, ay, apretó el gatillo,
y esa bala, perdida, no a su destino, llega:
no es por falta ni yerro de puntería el caso:
antes de recorrer toda la trayectoria
desde el arma automática hasta mi pecho abierto
deberá recorrer una mitad del trecho,
y antes de esa mitad otra mitad y aún otra
y otra... ¿Dónde se pierde, dí, el proyectil entonces
en carrera infinita, quieta, por el espacio?
¿Dónde está el proyectil que ha de matarme vivo?
Me has herido, Zenón, sin que me alcance aún
ese tiro de muerte que ha de matarme ahora.
Sordo se oye disparo, huele la tarde a pólvora. 

 
 La flecha de Zenón de Elea

sábado, 7 de marzo de 2020

Del adoctrinamiento universitario

Unas declaraciones de la atolondrada, voy a decir, Ministra de Igualdad del Gobierno de España, doña Irene Montero, que ha defendido a capa y espada el derecho de toda mujer a llegar "sola y borracha" a su casa (mejor hubiera dicho "sola y a altas horas de la madrugada", porque lo de llegar a casa beodo uno o beoda una -igual da, que eso es la igualdad, nombre del ministerio que ella regenta- sin ayuda de nadie es un poco difícil, sobre todo cuando se roza el coma etílico-, sus declaraciones, decía, oídas de pasada en alguna cadena de televisión pública o privada, no recuerdo bien, pero igual da que da lo mismo, me han hecho recapacitar un poco sobre la función de la maltrecha Universidad en estos tiempos que nos corren.

Me explico. Le preguntaban los periodistas su opinión sobre el escrache que había sufrido recientemente el Vicepresidente don Pablo Iglesias, su pareja y padre de sus hijos, a cargo de unos estudiantes izquierdistas en un acto universitario al grito de "¡Fuera vendeobreros de la Universidad!", y ella defendiendo la libertad de expresión de los estudiantes, lo que la honra y me parece muy loable por su parte, alegaba que la Universidad era, lo oí de pasada, pero se me quedó grabado, un "centro de creación de ideas" (sic). Me quedé estupefacto con esta formulación que se le escapó a la ministra, que la soltó allá te va, a topa tolondro, es decir, sin mucha reflexión sobre lo que estaba diciendo -de ahí lo de atolondrada, que decía al principio-, pero por eso mismo es muy significativa y sintomática, aunque los medios no se hayan hecho eco que yo sepa,  de lo que realmente piensa en su fuero interno sobre nuestra alma mater, y analizándola me dije a mí mismo: cuánta verdad ha dicho sin querer decir lo que decía la ministra. 

 Plaza de Feijoo, Facultad de Psicología,  Oviedo

No dijo que la Universidad fuera un centro de difusión de ideas que se someten a la criba de la razón, lo que hubiera sido una expresión acertada y con la que podríamos estar todos muy de acuerdo. Tampoco dijo que fuera un centro de discusión de ideas y de libre pensamiento, donde cabían y se discutían libremente todas las ideologías, que sería mucho más noble y acertado todavía. Dijo que era un centro de "creación", literalmente eso dijo, es decir, de fabricación, de generación, de implementación, como dicen ahora con horrísono palabro de cinco sílabas, es decir, donde va uno con la cabeza vacía y se la amueblan enseguida con la argamasa del ideológico adoctrinamiento. 

Para que le metan a uno ideas en la cabeza no merece la pena, me parece a mí, matricularse en ninguna facultad. Todos tenemos ideas, muchas ideas, demasiadas ideas e ideología, y no tenemos ninguna necesidad de que nos inculquen ninguna más, sino más bien de lo contrario. Lo que debería, precisamente, hacer cualquier Universidad que se precie un poco es ayudarnos a desembarazarnos de los enquistamientos de las muchas que tenemos.

La Universidad, al menos la que yo recuerdo y a lo mejor tengo un poco idealizada, lo reconozco, era un centro de discusión, o mejor dicho, de deconstrucción, esto es de "desmontaje de un concepto o de una construcción intelectual por medio de su análisis, mostrando así contradicciones y ambigüedades" según reza la Academia, de las muchas ideas que hay establecidas. 

Pero resulta reveladora, ya digo, la definición de la señora Montero de lo que es la Universidad española actual: un establecimiento donde se crean ideas políticamente corregidas, o, con un lenguaje más acorde al de la ministra, "un taller de ideas". Y es que ella, mucho más joven que yo y víctima que ha sido de la ESO española y del plan Bolonia, ha conocido otra Universidad, sin duda alguna, muy distinta de la mía, donde vas cual tabula rasa y te meten enseguida ideas en la cabeza para comerte el coco,  como en mis tiempos se decía.
 

viernes, 6 de marzo de 2020

Bullshit jobs

Escribía el profesor David Graeber en un artículo publicado en The Guardian el 4 de mayo de 2018 I had to guard an empty room: the rise of the pointless job sobre lo que él denominaba el surgimiento de los trabajos sin sentido, popularmente llamados bullshit jobs, que podríamos traducir como "trabajos de mierda" (la traducción "trabajos de caca-de-vaca" sería demasiado idiomática), es decir, de aquellas ocupaciones que no tienen ninguna razón de ser desde el punto de vista del propio trabajador que tiene que desempeñarlas cada día, pero que exigen que el empleado finja creer -al final todo es cuestión de fe, sea fingida o  sea real- que hay una buena razón para llevarlas a cabo.

 The gold, Stanislav Plutenko (2010)

Y citaba el siguiente testimonio, que no tiene desperdicio, de un vigilante de seguridad que quería quedar en el anonimato encargado de salvaguardar la sala vacía de un museo: Trabajé como guardia de museo para una compañía de seguridad multinacional encargado de una sala de exhibición que había quedado inutilizada. Mi trabajo consistía en proteger esa sala vacía, asegurándome de que ningún visitante del museo tocara, bueno, nada de ella, porque no había nada que tocar, y vigilar que nadie provocara un incendio. Para mantener mi mente despierta y concentrar mi atención, se me prohibió cualquier forma de distracción mental, como libros, móviles, etc. Como nunca había nadie allí, me quedé quieto y moví los pulgares durante siete horas y media, esperando que sonara la alarma de incendios. Si así fuera, debía levantarme con calma y salir. Eso era todo.

Se me ocurre que la definición que da Graeber del bullshit job se puede generalizar a la mayoría de los trabajos y ocupaciones en los que nos empleamos los humanos seres, y no sólo al caso escandaloso del segurata de la sala vacía que cita, lo que me trae a la memoria aquella frase del cómico norteamericano ya fallecido William Melvin Hicks, más conocido como Bill Hicks, que decía que había dos drogas legales -aparte de todos los venenos farmacológicos existentes- que nuestra civilización occidental toleraba -y aún fomentaba, diría yo-: cafeína de lunes a viernes que nos estimule y proporcione la energía suficiente para desempeñar nuestro bullshit job, y alcohol de viernes a domingo para olvidar y mantenerse uno tan abducido por la estupefacción que no se percate del círculo vicioso en el que vive.





Se le atribuye, por cierto, a David Graeber la siguiente e ingeniosa ocurrencia que revela el engaño del sistema democrático en el que vivimos: Pregunta: ¿Cuantos votantes hacen falta para cambiar una bombilla? Respuesta: Ninguno. Porque los votantes (y sus votos) no pueden cambiar nada.

jueves, 5 de marzo de 2020

Antivirales

Hay un virus peor que el coronavirus, peor que el trancazo que arrastra uno semanas enteras todos los inviernos, peor que la gripe española de 1918, la asiática, la aviaria, la mexicana, la porcina, o la china del siglo XXI,  cuya amenaza se cierne ahora sobre todos nosotros como espada de Damoclés: es el virus del miedo. 

Esa epidemia o, mejor dicho, pandemia porque amenaza al conjunto de toda la población, que está ahora tan de moda, hace que nos pongamos mascarilla hasta para besarnos en la boca: el miedo a la muerte, que se traduce en el miedo a contraer el susodicho virus de gripe o cualquier otro que se inventen y se tercie y pueda arrastrarnos hasta el otro barrio en la barca de Caronte. Pero es mentira: mi muerte, la mía propia, ni es inmediata ni está presente ni es mía propiamente hablando, sino siempre ajena y siempre por venir, aunque no se sepa a dónde ni cuándo. 


¿Para qué sirven entonces los virus? Aventuro algunas respuestas antivirales que no se excluyen sino que se complementan entre sí poliédricamente.

Para inocularnos el miedo, en primer lugar, que es el peor de todos los virus. El pánico es la auténtica epidemia que se convierte en pandemia que afecta a todo Cristo y de la que no se salva ni Dios, la más perniciosa de las pestes: virus que están sembrando los medios que se dicen de comunicación y que lo que hacen es todo lo contrario, incomunicarnos, porque lo realmente doloroso de la situación que atravesamos no es la gripe en sí, que es tan vieja o más que el catarro, sino la cobertura mediática desproporcionada que la Red convierte, además, en instantánea sembrando información cancerígena constantemente "en tiempo real". 

Para exorcizar una serpiente de verano en pleno invierno y cambio climático que nos haga olvidarnos de otros problemas más graves como el paro, el trabajo, la crisis, y demás, que eran virus más endémicos y pandémicos que la epidemia susodicha. 

Para alimentar a los mencionados y sedicentes medios de comunicación que, so pretexto de informarnos, nos incomunican, crean el fantasma de la opinión pública, generando masas alarmadas consumidoras de noticias y proporcionando temas de conversación cuando se agotan los consabidos y siempre recurridos de la crónica de sucesos y el tiempo atmosférico. 

Para enriquecer a los laboratorios y empresas farmacéuticas, o multiplicar la producción de las fábricas de preservativos como sucedió a raíz del SIDA, que se frotan ya las manos con el negocio de preparar millones de dosis de vacunas, mascarillas...

Para salvaguardar a los gobiernos y autoridades sanitarias, dejándolos en buen lugar, ya que ellos se preocupan de salvaguardarnos a los electores y contribuyentes suministrándonos los consejos profilácticos y las inyecciones que parece que van a salvarnos de una enfermedad grave o muerte inmediatas "por razones de salud pública y seguridad". 

Esto no es una teoría de la conspiración, sino la conspiración de la teoría y del pensamiento y el sentido común contra la sinrazón: pretenden silenciarnos con la mordaza de una mascarilla higiénica para que no abramos la boca y no hagamos uso de nuestra libertad de expresión y expresemos nuestra rebeldía contra el miedo que nos inculcan y la cuarentena que nos quieren imponer a todos en el cuerpo y en el alma. ¿Pandemia? La única pandemia que hay es la de la estupidez reinante y viralmente coronada.

miércoles, 4 de marzo de 2020

Una epidemia viral

Raro era el año en que no se publicaba alguna noticia sobre alguna nueva gripe, virus, peste o epidemia que los creadores de la opinión pública se sacaban de la manga  y que resultaba al fin y a la postre más vieja que el catarro de Matusalén. 

Los que tenemos algo de memoria histórica, por poca que sea, recordamos aquellas gripes de la primera década del siglo, en primer lugar, la aviar con flagrante anglicismo, o aviaria, mejor llamada,  y después la que empezó llamándose "mexicana", luego "porcina" y al final, con una denominación más científica y aséptica, gripe A o, más técnicamente, gripe H1N1. 

Se dijo que esas gripes eran una pandemia como en otro tiempo se hubiera dicho que eran una maldición de Dios como la peste. Y recuerdo que todo un jefe de Estado se dirigió a toda una nación y le habló de un virus “nuevo e incurable” que ya había causado varios muertos, y les pidió a los ciudadanos que no salieran a la calle, que no fueran a la escuela, ni al cine, ni a misa, ni a ninguna parte, imponiéndole una suerte de efectivo arresto domiciliario a todo un país de cien millones de habitantes como era México entonces, clausurando la vida pública y recluyéndola en el retrete de la privacidad para que la ciudadanía no se diera cuenta de lo que pasaba en la calle, y lo que pasaba en la calle era que en la calle, al fin y a la postre, no pasaba nada que no hubiera pasado ya, salvo el pánico que habían sembrado la alocución del presidente del gobierno, las autoridades sanitarias y los medios de comunicación. 

En España y en el mes de agosto del año 2009, el Colegio Oficial de Médicos de Madrid se cubrió de gloria colgando aquella memorable pancarta de casi treinta metros de largo en la fachada de su sede en la madrileña calle de Santa Isabel "en prevención de la gripe A" que decía: "No beses, no des la mano, di hola".


Incluso la presidenta de aquella institución llegó a declarar a la sazón que los españoles "afortunada o desafortunadamente" éramos muy propensos “a tocarnos y besarnos, incluso con las personas poco conocidas". Y llegó a proponer que imitáramos el saludo japonés, que resultaría, digo yo, no sólo más respetuoso y reverencial, sino también más saludable, y que, como se sabe, se hace inclinando la cabeza, a no menos de un metro de distancia, sin contacto corporal. 

Raro es el día a fecha de hoy en que no se publica alguna noticia sobre la gripe china, italiana, o más técnicamente coronavirus o COVID-19, para no estigmatizar a los chinos ni a los italianos, cuántos contagiados, cuántos muertos van cayendo... Se lo llamó, por cierto, coronavirus o virus coronario -lo de virus es obvio, veneno en latín-  porque, observado al microscopio, ya que a simple vista no hay quien lo vea y hay que verlo para creerlo, guardaba semejanzas con la imagen de la corona solar, siendo sus protuberancias como rayos solares.

 El virus a la izquierda y la corona solar a la derecha.


La palabra procede del latín corona con el significado actual de diadema, y esta del griego κορώνη (corone) que era el nombre específicamente de la corneja (cornix en latín) y genéricamente del cuervo (corvus corax). ¿Cuál era la relación entre nuestra corona y estas aves? No otra que la característica forma curva de su pico. 

Pero preguntémonos: cui bono prosit?  ¿A quién le beneficia? ¿Para qué sirvió en aquel entonces -y para qué sirve ahora- la información alarmista que proclamaba la universalidad y globalización de aquellas primeras pandemias del siglo XXI con consecuencias y efectos devastadores, que obligaban a la sociedad y a los gobiernos a ponerse mascarillas, tomar toda clase de medidas higiénicas y profilácticas como lavarse compulsivamente las manos y prepararse para combatirla mediante provisión de vacunas para la población? 

¿Para qué sirvió después la dosis de información tranquilizante que aseguraba que la gripe A tenía síntomas muy leves, que era mucho más benigna incluso que la gripe común y que podíamos inmunizarnos contra ella en casa mediante cualquier antiviral ya existente, o resignarnos a pasarla sin ninguna grave consecuencia durante una semana, pues ya se sabe lo que se dice de la gripe: que dura una semana con tratamiento y siete días sin él? 


Inventan una epidemia que se viraliza y hace pandemia globalizándose enseguida para imponer medidas restrictivas de la libertad a la población. 

Como dice Giorgio Agamben en un lúcido análisis sobre la incidencia del coronavirus titulado La invención de una epidemia publicado en versión original en italiano el 26 de febrero aquí: Parecería que, habiendo agotado el terrorismo como causa de las medidas excepcionales, la invención de una epidemia puede ofrecer el pretexto ideal para extenderlas más allá de todos los límites. 



Todas las enfermedades que se han considerado epidemias en las dos décadas recientes, incluido el Covid-19 o coronavirus, han producido muchos menos muertos que enfermedades comunes y corrientes, como la gripe –de la cual, según la Organización Mundial de la Salud, mueren hasta 650 mil personas cada año en todo el mundo mundial. No obstante, estas nuevas epidemias sirven de pretexto a los gobiernos y autoridades sanitarias para declarar el estado de emergencia "por razones de salud y seguridad pública" con graves restricciones de la libertad por decreto ley.

martes, 3 de marzo de 2020

Faldas y pantalones

Antes el varón era el único que llevaba los pantalones: el cabeza de familia, el que ganaba el pan con el sudor de su frente prostituida al trabajo asalariado, el que iba a la guerra a morir por la patria y a pelear como macho por la propiedad y el usufructo del coño de la hembra, mientras que la mujer se ocupaba de “sus labores”, un cajón de sastre donde entraban las que se consideraban tareas propias de su sexo: cocinar, fregar platos, parir y criar a los niños, planchar y lavar los calzoncillos realmente sucios de su querido esposo y vástagos varones y un largo etcétera.  



Con la llamada “liberación” femenina, las féminas se han puesto también los pantalones, convirtiéndose en hombres de hecho, pero los hombres no nos hemos puesto faldas, ojo, o sólo lo hemos hecho en carnavales, por lo que no dejan de ser un disfraz en nuestro caso. La igualdad sólo se ha dado en un sentido. La mujer se equipara al hombre pero no el hombre a la mujer. El hombre que se pone faldas si no es carnaval es por lo menos un travestido, si no un degenerado o un marica, mientras que la mujer que se pone pantalones es una mujer moderna, una chica de hoy día. 

Actualmente los progres(istas), que se consideran paladines libertadores de las princesas, ven con buenos ojos que las féminas puedan mandar y adoptar cargos públicos, siendo copartícipes activas de la represión y del mantenimiento del orden establecido.

Bien mirado, no hemos avanzado mucho: lo único que ha progresado es la represión, por eso resulta un tanto sarcástico declararse progres(ista) en ese sentido de la palabra: porque lo que progresen son las formas de dominación.  No menos sarcástico resultaría considerarse conservador, sin aclarar qué es lo que uno considera digno de conservación.




La realidad es que tanto varones como hembras pueden gobernarnos  a los demás hombres y mujeres como quieran, lo que tiene que ver con el autoritarismo existente en la sociedad, que obedece a la voz de mando tanto de Isabel como de Fernando, igual da ya el timbre masculino o femenino de la voz.

Antes el autoritarismo era únicamente viril, militar, machista, patriarcal; ahora puede ser también feminista: es algo independiente del hecho de tener pene o vulva, lo que no deja de ser una falsa liberación. Sólo nos hemos librado del prejuicio de que la autoridad era masculina, porque ahora puede ser también femenina, pero no nos hemos liberado de lo que más importaba, que era de la propia autoridad. 

No nos hemos librado del Poder, con mayúscula, que ha resultado a la postre así, con la incorporación y el llamado   empoderamiento de la mujer, fortalecido.

lunes, 2 de marzo de 2020

El sueño de Asfalión

Cuenta Teócrito de Siracusa, o, si no fue él, a él se le ha atribuido la historia, que dos viejos pescadores muy pobres compartían una humilde choza a la vera del mar donde guardaban sus escasas pertenencias y los aparejos de la pesca. Uno de ellos, llamado Asfalión, se despertaba siempre en plena noche varias veces porque no lograba conciliar el sueño, atormentado por constantes pesadillas e inquietudes. Aunque era verano y las noches estivales eran cortas, a él se le hacían sin fin, interminables. Un sueño recurrente le asaltaba cada vez que los párpados se le cerraban. Soñaba que echaba al mar el anzuelo con el cebo desde una roca y que de pronto picaba un gran pez resplandeciente y brillante como un sol. Tras no pocos esfuerzos, lograba sacarlo y resultaba ser un pez de oro macizo digno del mismísimo Posidón, dios y señor de todos los océanos, que guardaba en el fondo del mar todos los tesoros de cientos de navíos hundidos, o una joya del ajuar de su cónyuge Anfitrite. 


La alegría de Asfalión era inmensa, porque se veía de repente inmensamente rico, como el rey Midas, que todo lo que tocaba lo convertía en oro, el noble metal de una pureza extraordinaria que no admitía mixtura ni corrupción ni podía ser falsificado. Juraba entonces solemnemente no volver a pescar más; y en ese mismo instante despertaba. 

Había comprendido que su sueño, el sueño de todo pescador, era verse libre de la pesca, como el sueño o expresión del deseo de todo trabajador es librarse del trabajo, y que gracias al pez de oro que había pescado quizá lo lograría... Le contó el sueño a su amigo, a fin de recabar su opinión, preocupado como estaba por si debía mantener la promesa que se había hecho a sí mismo en el curso de su sueño. Su compañero interpretó que el juramento no tenía ningún valor, igual que el pez de oro que había soñado, y que era mentira e ilusión,  un pez falso como la falsa moneda(1), por lo que más le valía echar la caña al mar como todas las mañanas y pescar un pez corriente y moliente, carnal, con sus espinas y escamas, que ese era el mayor tesoro del fondo marino, y olvidarse del oro y sus riquezas si quería llevarse algo a la boca a la hora del almuerzo. 

(1) Las primeras monedas fueron acuñadas en el antiguo reino de la Lidia. Pero enseguida comenzaron a proliferar las falsificaciones. Para detectarlas se utilizó la llamada piedra de toque, piedra de Lidia o lidita, un jaspe de color negro que servía para distinguir el oro verdadero y no confundirlo con el falso. La moneda falsa, hecha con plomo, tenía un baño dorado que imitaba al oro puro y de ley de veinticuatro quilates, que a simple vista confundía. Rayándola con la piedra de toque y echando un ácido se revelaba enseguida la falsedad de la moneda. 

En nuestra época moderna y contemporánea apenas circulan ya monedas ni billetes, lo que se llama dinero metálico o efectivo. El dinero material está en vías de extinción, si no ha desaparecido ya. La piedra de toque en nuestros días no puede ser otra que la inteligencia que dé razón a lo que todos sentimos en nuestro corazón.  ¿De qué podría servirnos la piedra de Lidia aquí y ahora si no es para denunciar la falsedad, que todos sospechábamos en nuestro fuero interno, de todas las monedas y billetes de banco tanto falsos como verdaderos, que circulan por el mundo todavía, y de todo el inmenso caudal de dinero inmaterial, no por espiritual menos real que el otro, el físico y tangible? 


"Los hombres tienen una piedra de toque con la que probar el oro, pero el oro es la piedra de toque con la que probar a los hombres", escribió el clérigo e historiador británico Thomas Fuller en el siglo XVII y en la lengua del imperio haciendo un significativo juego de palabras: ("Men have a touchstone whereby to try gold, but gold is the touchstone whereby to try men"). 

Los hombres no deberían preferir, como suelen hacer, el oro a las cosas adquiridas con él, porque las cosas, incluidas todas las personas en ese común denominador, siempre valdrán más que el oro, por muy pobres y humildes que sean, porque el oro no deja de ser un valor de cambio, un medio y no un fin, con que se compran y se venden. Serían hombres de poca valía si prefieren el oro a las cosas y personas, porque la posesión de este metal precioso, que es el más noble, envilece a aquél que lo posee, como el ejercicio del poder corrompe al que lo ejerce. Por eso se denomina "vil metal" al más puro y acrisolado de todos los metales. 

sábado, 29 de febrero de 2020

Lectura política del evangelio según san Lucas

Lectura del santo evangelio según san Lucas (18, 11): ὁ Φαρισαῖος σταθεὶς ταῦτα πρὸς ἑαυτὸν προσηύχετο Ὁ Θεός, εὐχαριστῶ σοι ὅτι οὐκ εἰμὶ ὥσπερ οἱ λοιποὶ τῶν ἀνθρώπων, ἅρπαγες, ἄδικοι, μοιχοί, ἢ καὶ ὡς οὗτος ὁ τελώνης· 

Versión Vulgata: Pharisaeus stans haec apud se orabat: Deus gratias ago tibi quia non sum sicut ceteri hominum raptores iniusti adulteri uel ut etiam hic publicanus.

Traducción a la lengua de Cervantes: El fariseo oraba de pie para sí de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni como este publicano tampoco. 

La moral del fariseo consiste en definirse como bueno por contraposición a los demás, que considera malos. El fariseo necesita que los demás sean malvados para erigirse él como bueno. Construye su bondad no sobre méritos propios, sino sobre la maldad ajena. 

El fariseo y el publicano, Anton Robert Leinbewer (1845-1921)

El fariseo te dice yo soy mejor que tú porque yo no soy como tú, que eres malo. El fariseo da gracias a Dios por ser así, pero en realidad se está dando gracias a sí mismo, se está divinizando y considerando divino él mismo por ser como es, es decir, por no ser como el otro, que es el malo, cuando en realidad él es igual o peor que el otro. 

El fariseo fundamenta su identidad negando la de los otros. Es algo habitual en política donde los unos se definen en relación contraria con los otros. El malo es el otro, porque es otro: sobre él proyectamos nuestros demonios interiores. El héroe necesita crear el trampantojo del monstruo para justificar su existencia liberándonos de él heroicamente.  

Llevemos la parábola al terreno político. Un Estado, por ejemplo, que en algún momento de su historia ha sido fascista, puede asimilar sin ningún problema ahora el antifascismo y fortalecerse con poderes extraordinarios gracias a esa asimilación, creando así una casta dirigente que se considera superior a los gobernados gracias a su pedigrí antifascista. 

Para lo cual es menester que el propio Estado avive el fantasma del fascismo, igual que hace la psiquiatría, que genera las enfermedades y trastornos mentales que dice combatir con psicoterapia y psicofármacos. El Estado necesita crear un enemigo inexistente, histórico, para enfrentarse a él por contraposición, cuando el auténtico enemigo es el propio Estado.

A moro muerto, gran lanzada. Dice el refrán que hace referencia a la cobardía inherente al que aparenta un gran mérito -esa es la gran lanzada- por atacar a un enemigo que ya está vencido, neutralizado, muerto, pero que resucitamos para celebrar nuestra heroica y ridícula hazaña.

jueves, 27 de febrero de 2020

El cosmos y el caos

Durante mucho tiempo creí, ingenuo de mí, que existía un orden total en el universo que Dios había creado que se basaba en la teoría de que todo respondía a una relación de causa a efecto. De hecho, impregnado de esa obsesión, lo reducía todo a causas y a efectos, lo que llevado al terreno moral creaba en mí el concepto y sentimiento de “culpa” y de responsabilidad jurídica. 

¿No era esta la forma ortodoxa de ver la realidad? Sin embargo, poco a poco he ido desengañándome, perdiendo la fe, descreyendo de las verdades que me inculcaron y en las que creía, aprendiendo a ver las cosas de otra forma, lejos del dualismo maniqueo de términos que se oponen. 

Así en vez de ver el orden, por un lado, de la creación y por otro el desorden que lo amenaza, como hacía antes, veo ahora el orden dentro del desorden, el caos dentro del cosmos, por decirlo con palabras griegas, porque no mantengo un pensamiento dual que opone dos términos antitéticos bueno/malo, blanco/negro, cosmos/caos… lo que no deja de ser un reduccionismo a una dicotomía intolerable, sino que ahora veo lo uno dentro de lo otro.


No creo ya que el Sistema político, económico, social en el que vivimos inmersos, como quieren hacernos creer, el mundo en definitiva, esté amenazado por ningún virus o caos total exterior de origen terrorista y anarquista que intente destruirlo, sino que constato y reconozco que el caos no está fuera del sistema, el caos es este sistema caótico todo: un caos cósmico o, si lo prefieren, tanto monta, un cosmos caótico. 

Es probable que jamás estemos en condiciones de obtener una verdad total sobre nuestro mundo. O, por lo menos, que cuanto más avancemos en el conocimiento, más nos demos cuenta de las limitaciones de nuestra vastísima ignorancia. 

Ya lo dijo el oráculo de Delfos: El hombre más sabio del mundo era un tal Sócrates. El primer sorprendido fue él mismo, hasta que descubrió en qué consistía su sabiduría: “Solo sé que no sé nada”.

miércoles, 26 de febrero de 2020

Seguidillas para Federico García Lorca

¿Dónde encontrará su hora, 
verde aceituna? 
¿Dónde a la negra Parca, 
su última Musa? 

¿Dónde hallará la muerte
 si no en Granada, 
donde escupe el fusil
rabia de balas?

Le entran en el costado
cuatro puñales
dando en claveles rienda
suelta a la sangre; 

cruz de cuatro balazos
que se le clavan
y hunden entre las telas
rotas del alma. 



Han matado al chiquillo,
y hecho un hombre;
malditos asesinos, 
no tienen nombre. 

Se tiñen los alcores 
de roja sangre: 
la negra tierra, herida, 
abre sus carnes. 

Ya se viste la lira
toda de luto
y en el silencio se hunde, 
crótalo oscuro. 

Llora la seguidilla. 
Las plañideras
mudas de espanto mesan
sus cabelleras: 

Que han fusilado a Lorca, 
allá, en España, 
donde pintan ahora 
bastos y espadas.