La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha pretendido legitimar de iure el golpe de Estado mundial que le permitiría concentrar todo el poder en sus manos
con total impunidad en lo referente a la salud pública. Sus últimas propuestas, que han sido vetadas de momento por algunos países africanos miembros y por Brasil, relativas a su
facultad de prescribir la conducta que deben seguir los Estados son
claras

La Organización, -si no existiese habría que inventarla, dicen sus defensores-, decidiría lo que hay que hacer y los Estados cumplirían religiosamente, algo que de facto ya ha sucedido con la declaración de la pandemia del virus coronado. Por
lo tanto, el biopoder, por emplear el término
fucoltiano, se afianzaría globalmente en nombre de la
prevención sanitaria de epidemais y pandemias: confinando y poniendo en cuarentena, vacunando, imponiendo tratamientos preventivos, sometiendo a la gente a todo tipo de pruebas, dictando conductas, organizando campamentos de
aislamiento, y un largo y penoso etcétera.
El proyecto de biopoder es conocido desde al menos 1935, año en que se publicó el libro
de Alexis Carrel, convertido enseguida en un superventas, donde se
afirma que la medicina necesita instituciones que le permitan llevar
a cabo su función: Hace
falta, pues, una institución capaz de dirigir de manera
ininterrumpida las investigaciones de las cuales depende el porvenir
de nuestra civilización. Debemos procurar encontrar el medio de dar
a la humanidad una especie de alma, de cerebro inmortal, que
integrase sus esfuerzos y diese un fin a su marcha errante. La
creación de tal institución constituiría un acontecimiento de gran
importancia social. Este centro de ideas estaría compuesto, como la
Corte Suprema de los Estados Unidos, de un número muy pequeño de
hombres. Se perpetuaría indefinidamente, y sus ideas permanecerían
siempre jóvenes. Los jefes democráticos, como los dictadores,
podrían extraer de esta fuente de verdad científica las
informaciones de las cuales necesitan para desarrollar una
civilización realmente humana.

Los políticos, que tienen el poder (la vieja
potestas romana) no tienen sin embargo la competencia
científica necesaria (la vieja auctoritas), por lo que
Carrel propone empoderar a la casta médica haciendo que la política se
subordine a sus designios. A
estos sabios (dice
él, pero expertos es la palabra hoy en boga)
se les debe dar una posición tan elevada, tan libre de intrigas
políticas y publicidad como la de los miembros de la Corte Suprema.
En verdad, su importancia sería mucho mayor aún que la de los
juristas encargados de velar por la Constitución.
Para Carrel la salud es mucho más que la ausencia
de la enfermedad. Llega a decir que los hombres y las mujeres que
parecen gozar de buena salud “tienen constantemente necesidad de
pequeñas reparaciones”, lo que nos recuerda el célebre aforismo
de Knock: Los que gozan de buena salud son enfermos que se
ignoran. Escribe Carrel: No se hallan ni demasiado bien ni demasiado fuertes como
para desempeñar con felicidad su papel de seres humanos.
El biopoder se está convirtiendo potencialmente en una
dictadura que legitima la administración de vida (eugenesia) y de muerte (eutanasia). En este sentido escribe Carrel cosas tan preocupantes como:
Las enfermedades del espíritu
se tornan amenazantes. Son bastante más peligrosas que la
tuberculosis, el cáncer, las afecciones del corazón y de los
riñones, y aún que el tifus, la peste y el cólera. Su peligro no
proviene sólo de que aumentan el número de criminales, sino y
especialmente, de que deterioran más y más las razas blancas.
Habla varias veces de la construcción de la élite,
y de una aristocracia racial hereditaria: la oligarquía iluminada y poseedora de la verdad científica. La ideología científica
se funde en él con la fe religiosa: La
ciencia que ha transformado el mundo material, nos ha dado el poder
de transformarnos a nosotros mismos. Nos ha revelado el secreto de
los mecanismos de nuestra vida, y nos ha enseñado cómo provocar,
artificialmente, su actividad; cómo modelarnos según la forma que
deseemos. Gracias al conocimiento de sí misma, la humanidad, por
primera vez desde el comienzo de su historia, ha llegado a ser
árbitro de su destino. Pero ¿será, capaz de utilizar con provecho
la fuerza ilimitada de la ciencia? Para crecer de nuevo se encuentra
obligada a rehacerse y no puede rehacerse sin dolor, porque es a la
vez el mármol y el escultor.
Insiste
varias veces a lo largo de su obra en el concepto de que la humanidad
debe rehacerse, lo que nos recuerda a la teoría del Great Reset de ese otro peligroso visionario, el señor Klaus Schwab, presidente del Foro Económico Mundial que se reúne periódicamente en la estación suiza de esquí de Davos. Repite, en efecto, Carrel a menudo expresiones
como “restauración del hombre”, “rehacer nuestro marco
material y mental”, “renovación del individuo”, “seremos
capaces de reconstruirnos”, “es preciso que el ser humano...
recupere su personalidad”, “reconstruir la personalidad” o "ha
llegado el momento de comenzar la obra de nuestra renovación".
Para la perpetuación oligárquica de la élite que preconiza,
el eugenismo -siempre voluntario en Carrel- es indispensable, “porque
es evidente que una raza debe reproducir sus mejores elementos.”
Reconoce que el eugenismo demanda el sacrificio de muchos individuos,
y que el concepto de la necesidad absoluta del sacrificio “debe ser
introducido en el espíritu del hombre moderno”.
Pero también
defiende la pena de muerte, que él califica de eutanasia, en los
siguientes y preocupantes términos para los “que han asesinado,
que han robado a mano armada, que han raptado niños, despojado a los
pobres, engañado gravemente la confianza del público”, para ellos propone: “un establecimiento eutanásico, provisto de gases
apropiados, permitiría disponer de ellos en forma humana y
económica”.