Uno de los aforismos de Friedrich Nietzsche más agudos que conozco es el que lleva el número 146 de su obra Más allá del bien y del mal (1886), que dice literalmente: "Quien con monstruos lucha cuide de no convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, también éste mira dentro de ti".
Cuando uno se entrega a combatir algo que considera “monstruoso” como puede ser, por ejemplo, el fascismo, fachismo o fajismo, como prefería Unamuno (que derivaba el término de "fajo", adaptación del fascio italiano, el haz de los lictores romanos, y se preguntaba en un artículo de 1932, titulado ¿Fajismo incipiente? si en España estaba cuajando por entonces algo similar al fascismo italiano de Mussolini y al nacionalsocialismo de Hitler), corre el riesgo que es un peligro de adoptar el comportamiento del enemigo que pretende derrotar. Uno odia tanto un patrón que, a fuerza de odiarlo, acaba por parecerse demasiado a él y repetirlo.
Me ha parecido ingeniosa e inteligente esta viñeta de Puebla que representa a unos antifas en plena guerrilla urbana que en su lucha contra el fascismo acaban golpeándose a sí mismos, es decir, a lo que de hay de fascistas dentro de ellos mismos, en su interior que se declara contrario a ello, y que son auténticos y coherentes con sus ideas.
Lleva como título: "Práctica del antifascismo ultraviolento con coherencia". En plena guerrilla callejera, uno de estos jóvenes se da puñetazos en el pecho a sí mismo, otro se golpea con un garrote en la cabeza y un tercero, que lleva la cara tapada, arroja un adoquín que se vuelve contra él como si fuera un bumerán. Es como si el explotado quisiera combatir al explotador sin percatarse de que él mismo es a la vez ambas cosas, la víctima y el verdugo de sí mismo, como sugiere Byun-Chul Han. Estos antifas combaten el fascismo, fachismo o fajismo, que diría Unamuno, que hay dentro de sí mismos, por lo que resultan ridículos, emulando, en la práctica, los métodos autoritarios y las tácticas violentas que dicen combatir.
Sobre los fajistas escribía Unamuno: "He podido mirar a los ojos de algunos de esos fajistas. Su mirada es sin alegría, sin aire, sin donaire. Se lee en su mirada el resentimiento. Y el reconcomio. Y hasta el rencor. ¿A qué? ¿Lo saben ellos mismos? Es el morbo nacional sansoncarrasqueño. Porque digan lo que dijeren no es el heroísmo cidiano, el del Cid, lo que sienten, sino la bachillería rencorosa -quisquillosa y recelosa- de Sansón Carrasco." Y sobre la violencia fajista: "Y luego la violencia. La violencia querida más que sentida; la violencia del medroso. Y esta violencia no está al servicio de la doctrina -de una u otra doctrina-, sino que son doctrinas las que se ponen al servicio de la violencia; son causas perdidas las que buscan en ella amparo, y buscándolo hallan su última perdición".
El aforismo nietzscheano me recuerda la reflexión que se hacía Pier Paolo Pasolini en una entrevista de 1974 recogida en el volumen El fascismo de los antifascistas, donde distingue un fascismo arqueológico prácticamente inexistente que sirve como pretexto para procurarse una patente de antifascismo que presenta batalla a un enemigo muerto y enterrado, arqueológico como dice él, es decir, arcaico, incapaz de asustar a nadie, que da pie a un antifascismo light que presenta, como dice el refrán castellano “a moro muerto gran lanzada”.
Viene a cuento este refrán a que durante los combates entre moros y cristianos durante la reconquista en la península ibérica, algunos soldados se mantenían a salvo lejos de la refriega del combate, y solo cuando el enemigo yacía ya sin vida, se acercaban a clavar su lanza en el cadáver para manchar sus armas de sangre y alardear después ante los demás de haber participado en la parte más dura y peligrosa del combate contra los sarracenos.
Y es que, como dice otro refrán, a todo pasado, todos son valientes, o, como dice otro, a burro muerto, cebada al rabo. Hemos abordado el tema en El franquismo del antifranquismo.
Escribía Pasolini: He aquí por qué buena parte del antifascismo actual, o al menos eso que ha dado en llamarse antifascismo, es o bien ingenuo y estúpido, o bien presuntuoso y de mala fe: porque presenta o finge presentar batalla a un fenómeno muerto y enterrado, arqueológico, incapaz ya de asustar a nadie. (Y, sin embargo, añadiríamos nosotros, no presenta batalla a lo que tenemos delante, aquí y ahora, que da mucho más miedo, y es lo que nos toca, que el director italiano denominó, con una terminología que ya nos suena pasada de moda "la sociedad de consumo").


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