(O bien: *Más apropiado resulta tu cuerpo al amor que a la guerra)
EXTRANJERO. -Me parece por cierto ver clara una gran y terrible especie de ignorancia, equivalente a todas las demás por sí misma.
TEETETO.- ¿Cuál es?
Verde que te quiero verde.
Lo que importa es el verde: los prados, la hierba. Ha alcanzando tanto prestigio del adjetivo de “verde” como sinónimo de ecológico, natural, limpio, no contaminado ni contaminante, etc. que mucho vacacionismo nacional se dirige al norte, que abusa del color verde para promocionarse en publicidad, redes sociales y otros reclamos turísticos: se han puesto de moda sobremanera Galicia, Asturias (Paraíso natural) y Cantabria (Infinita), y el País Vasco para huir de las construcciones verticales de Benidorm; regiones que, dedicadas como estaban a la industria, tras el proceso de desindustrialización, no habían sido explotadas todavía por el colonialismo turístico durante la gran explosión de sol y playa como nuevas vías de ingresos económicos.
Ya no se busca tanto el sol y las playas de Levante y el sur, donde se concentra el turismo extranjero, sino el verde norteño: paisaje, buena gastronomía, clima más fresco... Se huye de la masificación del litoral mediterráneo, y se busca algo más exclusivo: naturaleza, calma, soledad, tranquilidad, ejercicio, andar, leer o quedarse en casa si llueve, que de vez en cuando, pese al calentamiento global, llueve, porque se busca el fresco, y los cielos encapotados que no nos dejan ver una puesta de sol, huyendo del pernicioso Lorenzo que puede cegarnos si nos exponemos mucho a él. Se ha reinventado el norte para venderse al dinero del turismo.
Ante tanto calentamiento planetario, el norte se ha convertido en un refugio climático -ojo al concepto-. Un andaluz, por ejemplo, dice que huye del marrón, que es el color del secarral meridional, y busca el verde septentrional, que es el color de la naturaleza. Recuerda un poco a la semántica del semáforo. A la vista de los mapas de predicción meteorológica: los colores rojo y naranja indican peligro, el verde todo lo contrario.
El paisaje se ha convertido en paisaje de fondo de
los selfis, lejos de la mitificación de la vida rural, prácticamente
desaparecida. Encareciéndose sobremanera el precio de las viviendas
en las regiones del norte, donde han comenzado a pulular los
apartamentos extrahoteleros turísticos, hasta el punto de que algunos lugareños alquilan sus viviendas habituales a los turistas y se van a vivir de alquiler barato durante los meses de verano.
Hay algo que me rechina y no sólo hiere el oído sino que incluso me repugna y ofende al corazón en lo que canta esta jota titulada “Te quiero, morena”, con música de José Serrano, y letra de Arniches y García Arias, incluida en la zarzuela, o más propiamente "Humorada cómico-lírica en un acto, El trust de los tenorios", que compara el amor que el maño siente por una mujer zalamera y morena, baturra como él, con el amor que se siente por una madre, lo que es comprensible habida cuenta del complejo de Edipo del hijo varón y tal, pero también, y eso ya me cuesta más entenderlo, con la gloria y aun, 'last but non least', con el dinero, haciendo que rimen “dinero” con “te quiero”.
Y eso me suena a falso, más falso que Judas, que delató a Jesús a cambio de treinta monedas en el huerto de Getsemaní mediante un beso, en esta declaración baturra del amor. Algo nos dice que ese amor no puede ser bueno ni verdadero. La letra de la jota sería mucho más noble, y más popular, en el buen sentido de la palabra 'popular' que es el que se refiere a lo surgido del pueblo, si dijese "te quiero más que al dinero", como muchas otras canciones dicen "te quiero más que a mi vida". Pero no es eso lo que dice, sino precisamente todo lo contrario: “Te quiero... como se quiere al dinero”.