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jueves, 17 de septiembre de 2026

Más migas...

¿VIP o LIP? El Estado y el Capital etiquetan a algunos de sus súbditos, miembros por lo general de la farándula, de la política -los que mandan son los más mandados- y ejecutivos de las altas fianzas y alto nivel, es decir de la sociedad del espectáculo,  como VIP,s, Very Important Persons, reservando en los los aeropuertos salas especiales para el bienestar de dichas personalidades que cruzan los controles de seguridad como si fueran pisando la alfombra roja que se extiende en el suelo a su paso para recibirlas, guiarlas y darles relieve entre amables sonrisas que les dan la bienvenida, mientras que la fila de la inmensa mayoría se alarga más que un día sin pan, y avanza lentamente al paso de la polca bajo la atenta mirada de guardias armados que, en cualquier momento, pueden ficharte y hacerte un cacheo y chequeo aleatorio. Esa inmensa mayoría somos los LIP, que sería el acrónimo anglosajón de todo lo contrario de los VIP: los Less (y aun Least) Important Persons: personas de poca monta, nada importantes, completamente irrelevantes, ciudadanos de a pie, frente a los ilustres personajes de las estatuas ecuestres. Somos también, en el idioma de Chéspir, a bunch of nobodies, un montón de nadies o donnadies; a nonentity, una nulidad absoluta que ni siquiera goza del privilegio de tener entidad propia; commoners,  hombres de la calle, normales y corrientes, gente del montón o del común. 

MONOLOGUISTAS. ¿Cómo sobrevivir en un mundo en el que no hay verdadero diálogo, sino monólogo de quien acapara la palabra desarrollando así su inflación egocéntrica y su narcisismo conversacional? El típico monologuista es el que te pregunta el lunes por la mañana ¿Qué tal te fue el fin de semana?Una pregunta falsa donde las haya, que no espera respuesta alguna, en realidad una artimaña para poder presumir de todas las cosas increíbles que ha hecho el que fingía interesarse por ti. No hay que confundir la comunicación con la conexión: La conversación por Guasap y las notas de voz son en realidad una serie de monólogos de gente que rechaza el diálogo y que no habla por teléfono, porque eso supone tener que dialogar, dejar hablar al interlocutor y dejarse uno de ideas y prejuicios personales. Los monologuistas, cuando se enfrentan a una conversación presencial, cara a cara, hablan atropelladamente, sin pausas naturales. No hay intercambio, sino sobrecarga de opinión personal. Si se les afea el hecho, exigen respeto por su opinión. Sienten la imperiosa necesidad de dominar la conversación, acaparando la palabra, inundándonos la mayoría de las veces de temas completamente irrelevantes. El diálogo inexistente es entonces un juego de pimpón monologante. 


MALDITO TRABAJO. Hemos aceptado que el trabajo en sí mismo es algo bueno, un bien. Se dice a veces de alguien que "por lo menos tiene trabajo", ensalzamos el sacrificio y el esfuerzo que habita en la ética del trabajo y que toma estrambóticas formas en el relato de influencers y gurús. Recuerdo a alguien que decía que renunciaría a cobrar su sueldo y, si tuviera dinero para hacerlo sin necesidad prostituirse, pagaría por desempeñarlo. El trabajo es una bendición, dijo un papa de la iglesia católica, trafulcando el mensaje cristiano y bíblico y el sentimiento de cualquiera de que el trabajo es una maldición, consecuencia de nuestra expulsión del paraíso. Fue Juan Pablo II quien al otro lado del charco, en Méjico lindo y bonito,  pronunció ante los obreros y sus familias en el año del Señor de 1979 lo siguiente: «El trabajo no es una maldición, es una bendición de Dios que llama al hombre a dominar la tierra y a transformarla, para que con la inteligencia y el esfuerzo humano continúe la obra creadora y divina». Y tres años después, en Barcelona, añadió: «El trabajo no constituye, pues, un hecho accesorio ni menos una maldición del cielo. Es, por el contrario, una bendición primordial del Creador». Esta doctrina eclesiástica fue ratificada en su encíclica Laborem exercens (1981), dedicada íntegramente al trabajo, donde habla de la «originaria bendición del trabajo, contenida en el misterio mismo de la creación». 

 

QUÉ ABURRIDO DIVERTIRSE.- José Bergamín (1895-1983) es una de las figuras más brillantes y complejas de nuestras letras, además de gran poeta, un maestro absoluto del aforismo que juega con la paradoja. Como muestra, un botón:  «Vale más un pájaro volando que ciento en la mano», contra el pedorro refrán popular que dice "Más vale pájaro en mano que ciento volando". Otro aforismo: «La puerta secreta del Paraíso terrenal se llama aburrimiento. El aburrimiento de la ostra produce perlas». Se revuelve aquí contra el tópico de «aburrirse como una ostra», él que sufrió el ostracismo durante su exilio y a la vuelta de él hasta su muerte, y convirtió su aislamiento y soledad en un retiro fecundo para escribir una obra deslumbrante. El último aforismo me viene a propósito del dichoso informe PISA, acrónimo de Programmme for International Student Assessment, o sea el programa para la evaluación internacional de los estudiantes, del que habla todo el mundo últimamente por la vergüenza nacional que ha supuesto el varapalo del suspenso de nuestro sistema educativo, informe que ha venido a corroborar un secreto a voces: la presencia de vagos y discapacitados para el estudio en las aulas españolas, de lo que en realidad se alegran los políticos, porque esa y no otra era la pretensión de sus sucesivas reformas educativas que hemos venido padeciendo. En las aulas españolas el profesor es un patético chouman, por no decir un auténtico payaso, encargado de entretener y divertir a sus alumnos, procurando que no se aburran, sin exigirles demasiado, prácticamente nada a cambio, de modo que sean estúpidamente felices sin saber ni hablar ni escribir, perdiendo el lenguaje recién aprendido por la afasia educativa, dependiendo de las pantallas hasta la extenuación y perdiendo la comunicación con sus compañeros. El niño listo, inteligente, inquieto, necesita aburrirse para salir de sí mismo y de su entorno. 

lunes, 12 de agosto de 2024

Maldito vacacionismo (y II)

 

"El turismo mata a la ciudad. Turistas, volved a casa. No sois bienvenidos"
 
    Cuando muchos destinos turísticos se preguntan cómo frenar un alud de visitantes que son incapaces de digerir, aquí seguimos haciendo reverencias a los turistas, ahora veraneantes, tanto nacionales como extranjeros que llegan por tierra, mar y aire y que vienen, en realidad, a colonizarnos. Hasta ahora se ha vendido como la salvación de nuestra precaria economía, pero lo que persiguen las autoridades que lo fomentan no es más que su lucro personal: pan para hoy, como dice la gente, y hambre para mañana. Contra la idea de que el turismo crea riqueza, hay que decir que no es verdad, la riqueza no se crea de la nada, se concentra en otras y cada vez más pocas manos. 
 
    Pero la aversión que siente la gente normal y corriente contra la turistificación del territorio no se limita a eso, sino que se extiende a la mayoría de los ámbitos de nuestra vida y a todo un sistema que nos explota y aliena convirtiéndonos en consumidores. El turismo convierte en mercancía todo lo que toca, incluso las cosas que todavía no lo eran, como los paisajes, los olores, los sabores, el ambiente, la naturaleza, las relaciones sociales... hasta endosarles una etiqueta y ponerles un precio a todas esas cosas. La expansión del turismo está íntimamente relacionada con el colonialismo, y en definitiva con el consumismo y el capitalismo, que capitaliza todas las cosas y personas, convertidas en recursos (human resources). 

Veranear en casa, Gabriel Pérez-Juana (2024)

 
    Pero no hay que perder de vista que no todo el mundo viaja por ocio y vacaciones, sino que también hay mucha gente que, emigrando de sus países, acaba inmigrando a otros para trabajar en sectores generalmente mal pagados que, qué casualidad, suelen estar ligados al turismo. 
 
    No hay adjetivos que valgan para salvar el turismo: no hay turismo de calidad -en realidad 'de alto poder adquisitivo'-, ni turismo sostenible. Porque lo que no se sostiene es el propio turismo masificado como está, ese moverse masivamente para cambiar de lugar, como si así cambiásemos nosotros también. Por eso es preciso dejar de ser turistas, y, lo que es lo mismo, dejar de ser mercancías y rebelarse contra la explotación del trabajo y el consumo, y reivindicar, como proponíamos en otra ocasión, contra la diversión que nos venden, el bendito aburrimiento. 
 
 
 
    Decía el anuncio publicitario de una agencia de viajes o mejor dicho, de destinos turísticos, dado que ya no hay viajes: “Quedarse en casa no es divertido. Escápate”. Y yo me pregunto: ¿Quién nos manda divertirnos? ¿Por qué tenemos que escapar? ¿Vamos a escapar, trasladándonos, de nosotros mismos? ¿Qué hay de malo no ya en aburrirse sino en negarse a divertirse como un idiota? ¿Acaso el que vaya a escaparse va a evadirse de sí mismo y de sus problemas? ¿No se escapará sólo de su casa? Está claro que la aludida agencia mercantil quiere que nos escapemos so pretexto de divertirnos porque, si nos quedamos en casa, ella no hace negocio a costa de nuestro aburrimiento, bendito sea. José Bergamín nos ha regalado este precioso aforismo: "El aburrimiento de la ostra produce perlas".

sábado, 10 de agosto de 2024

Maldito vacacionismo (I)

    En este país en el mes de agosto no está en su sitio ni Dios: todo el mundo se va de vacaciones, hasta el gobierno -lo que no significa que estemos desgobernados, ¡qué más quisiéramos!, sino que el ejecutivo no es imprescindible a la hora de mantenernos estabulados. Todo el mundo se va de veraneo al mar, a la montaña, al pueblo, a donde sea, huyendo de sus obligaciones, sin darse cuenta de que huir es también una obligación. 
 
   No es una huida irresponsable, sino todo lo contrario, es un derecho profesional: es una fuga programada y favorecida desde arriba por el Estado y el Mercado -tanto monta- para someternos, como siempre, a los que andamos por aquí abajo y a veces nos dejamos engañar con el espejismo vacacional, ese perverso invento del gobierno, al igual que el trampantojo del fin de semana, mero pretexto para que la semana, que no se acaba nunca de verdad vuelva a empezar una y otra vez.   Su rueda de hámster, en efecto, gira sin fin desde la creación del mundo, e incluso antes, ya que la semana ya existía antes de que Dios, nuestro Señor, creara el mundo en siete días. Por eso la expresión 'fin de semana', finde o week-end es un engaño que pretende ocultar el uróboro o serpiente-que-se-muerde-la-cola, es decir el hecho de que la semana, propiamente hablando, nunca finaliza.
 
    
    La ministra de Sanidad, cuyo nombre propio no merece la pena mencionarse, del sedicente gobierno progresista con el que las Españas avanzan no se sabe ni por qué camino ni a dónde, declara que todos los profesionales -sanitarios- tienen derecho a veranear, se supone que todos juntos y a la vez, lo que parece que justifica el cierre de hospitales -camas, dice la ministra, que ya no vuelven a abrirse hasta que empiece el curso en septiembre. Como se hace todos los veranos y como lo hacen todos los reinos de taifas, pues se sigue haciendo, así que vale más no enfermar en verano ni necesitar atención médica y cuidados sanitarios: "Todos los veranos se cierran camas. Esto no es ninguna novedad. Todas las comunidades cierran camas, cierran quirófanos y cierran lugares (?),  porque los profesionales tienen derecho a disfrutar de sus vacaciones". 
 
    “Spain is different” se convirtió en 1950 en el eslogan más cacareado que señalaba el despegue de la España franquista como gran destino turístico para los guiris. Se vendía nuestro país al turista “un millón”, que venía a dejarnos la limosna de sus divisas, blanqueando así de paso la oprobiosa dictadura. 
 
 
     Pronto empezaron a llegar las plagas de vacacionistas, y a invadirnos y colonizarnos. De aquel España es diferente hemos pasado al España es diversa, con sus diecisiete reinos democráticos de taifas o autonomías “asimétricas”,  en algunas de las cuales, como la nuestra, hemos patentado el lema publicitario Cantabria infinita.
 
    Con el tiempo se ha visto que el exceso de visitantes puede deteriorar gravemente el patrimonio cultural. En 2002, por ejemplo, se prohibió el acceso a la cueva de Altamira, a consecuencia de los daños que el flujo de gente ocasionaba en su interior. Permanecieron cerradas al público doce años, reabriéndose en 2014 con controles muy estrictos sobre el número de personas que podían adentrarse en la gruta: creo que cinco por semana. Entrar en la cueva original supone inscribirse en una lista de espera que a fecha de hoy parece que está cerrada definitivamente. 
 
    Paralelamente al cierre de la cueva, se realizó una fiel reproducción de las pinturas, inaugurándose la conocida como NeoCueva de Altamira, lo que permitió disfrutar a todo el mundo del simulacro de la maravilla pictórica de su Gran Sala, sin riesgo alguno para los trazos milenarios. Hoy en día, ya hay incluso quien, siguiendo el ejemplo de Altamira, propone construir réplicas de centros históricos hiperturistificados, con el fin de descongestionarlos y preservarlos para las futuras generaciones. 
 
 
    De todas formas, el patrimonio más amenazado por el turismo no son los monumentos históricos, sino la posibilidad misma de unas ciudades, unos pueblos y una naturaleza habitables y no masificadas. A pesar de las evidencias del impacto negativo que el turismo masivo tiene sobre la economía, el patrimonio y el bienestar, cuestionarlo sigue siendo tabú en nuestro país y en nuestra infinita comunidad autónoma, Cantabria, abierta por vacaciones, que “vive, si a esto puede llamarse 'vida', del turismo”.