jueves, 11 de mayo de 2023

Cuatro años (de) más

    Leía el otro día que el actual presidente de los Estados Unidos declaraba en una entrevista retrasmitida por la televisión en horas de máxima audiencia que tenía intención de volver a presentarse a las elecciones para repetir en el cargo, si salía elegido, porque aspiraba a un segundo mandato ya que aún tenía “trabajo que terminar” para reforzar la economía y reafirmar el liderazgo de EE.UU. en el extranjero. Con lo de extranjero se refería, claro está, al mundo.
 
    El octogenario que ha dado suficientes muestras de incipiente, si no avanzada ya, demencia senil afirmaba sin falsa modestia: “He adquirido muchísima sabiduría y sé más que la gran mayoría de la gente” (I have acquired a hell of a lot of wisdom and know more than the vast majority of people). 
 
 
    Trataba así el inquilino de la Casa Blanca de quitar importancia a los rumores sobre su avanzada edad y su incipiente chochera o chochez, como prefiera decirse, que ambos términos, según la docta Academia, significan en castellano “Mostrar debilitadas las facultades mentales por efecto de la edad”, que le hace creerse uno de los más sabios de los mortales, afirmando que era la persona con más experiencia que se había presentado nunca a la presidencia de ese país. 
 
    Intentaba así el señor Biden, que en caso de ganar tendrá 86 años al final de su segundo mandato, tranquilizar a sus votantes sobre su provecta edad, presentándola como una ventaja y no como un inconveniente para desempeñar el cargo que ocupa. 
 
 
     Leía yo por otra parte, para desquitarme de tanta información como recibe uno aunque no quiera todos los días por los medios de producción de noticias, unos versos olvidados de Eurípides, de una tragedia perdida titulada Éolo de la que conservamos este fragmento que cita Estobeo, donde el autor da voz a un anciano que dice hablando en general de la vejez y que traduzco un tanto libremente pero en su propio ritmo de trímetros yámbicos: ¡Ay, qué verdad entraña el cuento antiguo aquel! / Los viejos nada somos más que ya runrún / y puros huesos, de vanos sueños yendo en pos; / perdido el juicio, creemos tener aún razón (φεῦ φεῦ, παλαιὸς αἶνος ὡς καλῶς ἔχει· / γέροντες οὐδέν ἐσμεν ἄλλο πλὴν ψόφος / καὶ σχῆμ᾽, ὀνείρων δ᾽ ἕρπομεν μιμήματα·  / νοῦς δ᾽ οὐκ ἔνεστιν, οἰόμεσθα δ᾽ εὖ φρονεῖν.
 
    Creo que le vienen de pegada al caso de este personaje, que no es más que ruido y apariencia, mera imagen, que persigue como un loco sueños tales como la grandeza de América y mantener el liderazgo yanqui en todo el mundo mundial, y, lo peor de todo, que careciendo de inteligencia natural, cree que está en sus cabales y que tiene buen juicio y que además ha adquirido muchísima sabiduría -literalmente usó la expresión a hell of a lot of wisdom que literalmente sería 'un infierno de un montón de sabiduría'-, o mejor "un mogollón infernal de sabiduría", cuando lo que tiene es un hell of a lot of insanity, o sea, 'un carajal infernal de demencia', como demuestra precisamente el hecho de que se crea tan sabio y no sólo eso sino muchísimo más sabio que el común de los mortales, tan ignorantes que somos.

miércoles, 10 de mayo de 2023

Lecciones de economía: 11.- Execración del dinero.

    Hay quienes, declarándose anticapitalistas, consideran, no sin una ingenuidad de lo más candorosa por su parte, que otro sistema financiero es posible y que hay que apostar por una banca pública alternativa bajo control democrático de las inversiones y beneficios, que no se subordine al gran capital y  que impulse políticas económicas ajenas a los intereses del poder financiero y favorecedoras de la gente, a pesar del descubrimiento de que las entidades bancarias estafan impunemente a sus clientes e incluso los asaltan con audacia digna de delincuente.

    No son los ladrones los que atracan el banco sino los propios banqueros los que extorsionan como vulgares cacos a sus clientes con prácticas que calificaríamos con el adjetivo de moda por lo menos de tóxicas,  que los enriquecen a ellos a costa de empobrecer a cientos de familias con préstamos e hipotecas. 

    La Banca, como en los juegos de azar, -hagan juego, señores y señoras- no sólo nunca pierde, sino que siempre gana y se las arregla para llevarse la parte del león.


    Durante la crisis consustancial al sistema económico se ha visto cómo el Estado socorría cual caballero medieval y rescataba con fondos públicos  a la bienamada damisela de la Banca en apuros, que amenazaba con declararse en bancarrota. Si la Banca incurriera en los números rojos de la ruina, se desplomaría todo el sistema con ella. 
 
    Los que claman por una economía de rostro más humano critican las faraónicas ayudas estatales otorgadas, a la vez que proponen como solución del problema la nacionalización de los bancos por parte del Estado, que crearía así una banca pública potente, con vocación social de servicio ciudadano, alejada de malas prácticas, con criterios de proximidad a los votantes y contribuyentes, sobre todo en el mundo rural y ajena  al sistema financiero estafador, corrupto y especulativo, lo que es una contradicción interna porque la Banca en general y cualquier tipo de entidad bancaria en particular se fundamentan precisamente en la estafa, la corrupción y la especulación.


    Aquí no vamos a proponer ninguna solución al problema, que no tenemos. Lo que hemos venido haciendo a lo largo de estas entregas en las que hemos ido desgranando cómo la economía se ha convertido en la nueva religión -laica, eso sí, pero no menos religiosa que la otra- es un análisis del problema, es decir, en el sentido etimológico del término, un intento de disolución. En lugar de buscar alternativas al sistema económico imperante, deberíamos perder nuestra fe, que es su único sustento, en él,  y la confianza de que puede cambiarse a mejor, y ya veríamos después lo que pasaba. En lugar de buscar una solución al problema, proponemos la di-solución.

    No todo se reduce a dinero, pero no porque haya cosas y personas de por sí que se salven de la quema, sino porque no hay todo que valga. Pero el hecho de que no pueda cumplirse ese ideal totalitario y el que sea mentiroso y falso como Judas no significa que no sea mortífero y letal para la gente que no se cuenta.

    El dinero te proporciona un futuro como si te estuviera dando la vida -a veces decimos que hay que ganarse la vida, cuando queremos decir que hay que ganar dinero, equiparando dos términos que no son equivalentes en modo alguno sino contrapuestos y aun repugnantes-, ya que lo que te da el dinero en realidad es un sustituto, un simulacro, un sucedáneo de la vida, pero no la vida desde el momento en que te está matando al exigirte que te sacrifiques en sus aras. El futuro es algo que no está aquí, es un objeto de fe, como la propia muerte, siempre futura, nunca presente, que el Estado y el Mercado se encargan de administrarnos en cómodos plazos.


 
    El Estado está al servicio del Capital, y viceversa. Eso puede verlo cualquiera. No hay la menor diferencia entre lo uno y lo otro. No hay distinción entre educación pública y educación privada, de hecho ambas forman una tupida red de "centros sostenidos con fondos públicos", como tampoco la hay entre televisión pública y privada, desde el momento en que Estado y Capital son dos caras de la misma moneda, los políticos meros gestores económicos, y los economistas los que dictan las líneas maestras de la política y gobierno.

    Hay que decir, ya que estamos hablando de educación, nunca bancos y empresas tuvieron tanto “interés” hasta ahora, nunca mejor empleado el término, en la educación, ni tanto poder para imponer sus criterios al margen de unas administraciones que se limitan a aplaudir estas “innovaciones pedagógicas” consistentes en la utilización de las TIC, acrónimo de Tecnologías de la Información y la Comunicación, cuando nunca hemos estado más desinformados e incomunicados que ahora gracias precisamente a esos cacharros vertiginosamente obsolescentes que nos venden, y los medios digitales como herramientas fundamentales del conocimiento y la necesidad de adaptarse a las “necesidades que impone la sociedad del siglo XXI y el nuevo milenio" fomentando la educación financiera mejor que la filosofía, la literatura o la música y las artes.
 
    Nunca antes se había criticado tanto el gran fracaso de la educación actual, la necesidad de cambiar radicalmente las metodologías a fin de adaptarse a los "nuevos" tiempos que corren, la falta de preparación y motivación del profesorado y el hecho de que su papel se limite, como si eso fuera poco, a ser un mero (sic) transmisor de conocimientos, ya que debería ser una especie de guía espiritual o gurú, es decir, un pedagogo como el único que hubo, al decir de Machado, como Herodes, que llevaba a los niños a ya sabemos dónde.

 La barca de Caronte, José Benlliure (1919)

    Por otro lado, los psicólogos, esos modernos psicopompos o psicagogos como Caronte de almas muertas,  apelan a que expresemos nuestras emociones positivas, a que derrochemos a tutiplén el optimismo más simplista y ramplón, a la ingenuidad del pensamiento positivo y el wishful thinking que nos vaticinan la tierra prometida de una felicidad inalcanzable, a que proclamemos nuestros amores y no nuestros odios. 
 
    De hecho se ha criminalizado y tipificado el delito de odio, pero no el del amor: hay que ser lover y no hater. Nos invitan a que expresemos nuestros gustos personales, opiniones e idiotismos apretando el botón de "me gusta" en todas las redes sociales. Te hacen creer que si no te adaptas a la sociedad no es problema de la sociedad sino un problema personal tuyo propio, que eres un in-a-dap-ta-do, pero que puedes solucionar "tu problema" con medicación o con la ayuda psicotearapeútica de un coach profesional y personalizado siempre que seas más positivo y políticamente correcto y estés dispuesto a empezar el día por la mañana con una generosa sonrisa de oreja a oreja. 

    Nos aconsejan que no seamos la oveja negra del rebaño, con lo que nos están diciendo por otra parte que, efectivamente, somos una oveja y formamos parte de la grey de un rebaño, que no seamos la manzana podrida del cesto que contagia su podredumbre a las demás, que nos conformemos con la realidad, porque eso es todo y lo único que hay. Alimentan el consumismo fomentando nuestro papel de consumidores y te aconsejan una tarde de compras ociosas contra la depresión y la melancolía, a la vez que predican la obediencia social más acrítica y ciega y nos imponen la conveniencia de una estúpida felicidad. 
 
    Sin embargo, lo que le sale a la gente de lo más profundo de sus adentros como desahogo, lo que nos viene de abajo, porque de arriba no puede venirnos nada bueno, es maldecir a Dios y cagarse en lo más sagrado, que es Él,  es decir, el dinero y la puta -nunca mejor dicho- madre que es la realidad que lo parió.

martes, 9 de mayo de 2023

Haciendo balance: peor el remedio -el inóculo- que la enfermedad.

    Ahora que la OMS da por finiquitada la catastrófica pandemia universal, y que el BOE, o sea El País sentencia en su editorial del ocho de los corrientes titulado el “Fin oficial de la covid” (sic, en femenino) que hemos dejado atrás la mayor amenaza sanitaria que ha tenido que afrontar la humanidad desde la mortífera gripe de 1918 (tal cual), es hora de hacer balance.

    El editorialista de El Periódico Global se deshace en elogios apologéticos de la 'vacuna'. No es extraño cuando, consultando la página de las subvenciones de la  Bill and Melinda Gates Foundation, comprobamos que Ediciones El País, S.L. recibió en octubre del año pasado una cuantiosa subvención de 1.205.016 (un millón doscientos cinco mil dieciséis) dólares norteamericanos a fondo perdido por su contribución a la “Global Health and Development”, o sea al Desarrollo y la Salud Mundial, a través de la “Public Awareness and Analysis”, es decir, gracias al análisis y a la concienciación pública que lleva a cabo la línea editorial del rotativo.

 

     El editorialista lamenta, claro está, que las eficientes (?) 'vacunas' no llegaran a todo el globo y que los países pobres, donde la mortalidad fue por cierto bien escasa, se hayan quedado desprovistos de ellas, pobrecitos: Pero no hay que olvidar que muchos países pobres siguen desprotegidos por falta de vacunas, lo que constituye uno de los fracasos más lamentables de la estrategia mundial contra la pandemia. Fue un gran hito desarrollar vacunas eficaces en tan poco tiempo, pero ese éxito científico -le faltó también el eufemismo 'letalis'- no se ha completado con una estrategia justa de distribución en el ámbito planetario.

    El éxito se debe a que hemos alcanzado un grado de inmunidad (les ha faltado decir 'rebañega') inducida por las vacunas o por la respuesta natural a la infección suficientemente amplio como para mantener el patógeno bajo control. Admiten al menos -les ha costado, pero lo admiten al fin y a la postre- que la inmunidad no se debe exclusivamente al inóculo, sino también a la respuesta natural, es decir, a la exposición al virus, una exposición que, so pretexto de protegernos, nos prohibieron a nosotros encerrándonos 99 días y sus respectivas 99 noches aquí en España, por poner el caso, donde padecimos uno de los confinamientos más severos del mundo, según palabras de nuestro propio presidente que lo decretó sin empacho y que nos vendió que la vacuna era la libertad. Lo dijo tres veces quizá por aquello de que no bastaba una dosis, sino tres. 

 

    Sin embargo  nuestro benemérito Periódico Global advierte, citando a la propia Organización, también subvencionada por la mentada Fundación del señor y la ex señora Gates, lo siguiente: La extinción de la emergencia según la OMS no elimina las secuelas de la pandemia, entre ellas la covid persistente. Bonita contradicción: oficialmente ha finalizado, pero, sin embargo, persiste "la" covid persistente, valga la redundancia: Afecta a entre el 10% y el 15% de las personas infectadas, incluidas muchas que ni siquiera tuvieron que ser hospitalizadas. Se trata de un cuadro muy amplio de afecciones, que aqueja mayoritariamente a personas de entre 30 y 50 años. En España puede alcanzar a 1,5 millones de personas, muchas de ellas aún por diagnosticar. Todavía se investigan las causas, pero la hipótesis más plausible es que persisten en el organismo partículas virales que provocan una respuesta inflamatoria permanente con muy diferentes y a veces graves afecciones, también en el ámbito de la salud mental.

    ¿No será, me pregunto yo, que lo que persiste no es "la" covid, sino las secuelas de la 'vacuna'? ¿No será que ha sido peor el remedio -la inoculación- que la enfermedad? 

    La mortalidad ha sido baja en todos los países del mundo pese al dato que manejan la ONU y la propia OMS de que las muertes por covid-19 sumarían quince millones en los dos primeros años de la pandemia. 

    Según el editorial que estamos comentando de nuestro benemérito Periódico Global, alias El País: A día de hoy ha dejado un balance de 765 millones de contagios notificados —la cifra real nunca se llegará a saber— y 6,9 millones de muertes oficialmente registradas, aunque la propia OMS estima que la cifra real supera los 20 millones

    Muy significativo el inciso entre guiones de que la cifra real nunca llegaremos a saberla. 

    Si hubo un exceso de mortalidad fue de ancianos, personas con problemas cardiovasculares y respiratorios a los que se les dejó morir literalmente porque se dijo, falsamente, que no había tratamiento para sus dolencias hasta que no saliera una vacuna. El inóculo salió deprisa, corriendo y mal, con carácter experimental y no impedía contagiarse ni transmitir la enfermedad.  Como la gente se inoculó mayoritariamente y pilló la enfermedad, cuya letalidad era baja, se difundió la idea de que la sospechosa sustancia protegía de las formas graves y de la muerte, hasta que se fue viendo que tampoco eso era verdad, aunque algunas almas cándidas creyeron que gracias al inóculo habían sobrevivido y salvado su vida y se dijeron aliviadas: ¡Menos mal!

    A la hora de hacer balance, salta a la vista que ha sido peor el remedio, insisto, que la enfermedad. Y con el remedio me refiero a la salvífica 'vacuna', auténtica hostia consagrada, y a las medidas que impusieron la mayoría de los gobiernos, salvo el sueco y pocos más, que no sirvieron para nada bueno, la verdad.

    Hoy esa “nueva” enfermedad se llama gripe, bronquitis, catarro, neumonía, trancazo, y se puede tratar como siempre se han tratado esas enfermedades, sin recurrir a ningún producto experimental mágico y maravilloso, que al final ha resultado que no sólo no era eficaz y seguro, como cacareaban al unísono políticos, periodistas orgánicos y personajones de la tele, sino francamente tóxico, lo que se traduce, ahora sí, en un aumento de la mortalidad por causas desconocidas que nadie se explica, así como en un incremento de miocarditis, trombosis, accidentes cerebrovasculares, embolias, cánceres, además del aumento significativo de la esterilidad que afecta tanto a varones como a mujeres. 

La gran ola de Kanagawa, Hokusai (1831)
 
     No hay que bajar la guardia, señala el benemérito rotativo subvencionado por la Fundación de Bill y Melinda: Que la covid-19 haya dejado de ser una emergencia sanitaria global no implica que la pandemia haya terminado. La lección más potente para el futuro está en saber prever y articular un mecanismo de gobernanza y solidaridad global que permita dar una respuesta más justa y equitativa ante una eventual futura amenaza.

   Habrá que tener cuidado con la articulación de ese "mecanismo de gobernanza y solidaridad global" que proponen y es como para echarse a temblar ante una eventual amenaza futura mortífera siempre por venir.

lunes, 8 de mayo de 2023

Lecciones de economía: 10. -El dinero es crédito y el crédito pura deuda.

    La paulatina evanescencia del dinero físico y su sustitución por el electrónico o plástico, lejos de ser una metamorfosis del dinero, pone en evidencia no una nueva forma, sino su forma verdadera, lo que era y es la esencia misma del dinero: deuda contraída. 

    El número de tarjetas de crédito es ya muy superior a las de débito, cara y cruz de la misma moneda digital. Con la de débito se efectúan operaciones siempre que hay fondos efectivos disponibles en la cuenta corriente, mientras que una tarjeta de crédito permite hacerlo aun cuando no haya dinero contante y sonante en ese momento: es un préstamo automático que concede el Banco sin necesidad de mayor justificación, que permite disponer de un efectivo que no existe todavía, que aún no se ha materializado. 
 
    En el momento de su utilización el cliente está contrayendo automáticamente con el Banco una deuda que no le será perdonada nunca porque el Señor, ay, ya no perdona nuestras deudas, como hacía antaño cuando se le rezaba el Padrenuestro como Dios manda y se le rogaba aquello en latín de dimitte nobis débita nostra sicut et nos dimíttimus debitóribus nostris (perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores).

Dinero electrónico o plástico
 
    Estas tarjetas incentivan el consumo a través del crédito, que nos otorgan y que nos endeuda. El pago puede hacerse de forma total a mes vencido o fraccionado “en cómodos plazos”, pero cuando se hace de este modo los intereses suelen ser elevados, lo que hace que se forren a costa de eso las entidades bancarias, que suelen vincular,  o fidelizar como dicen ellas,  al cliente cuando pide un préstamo de envergadura para adquirir una vivienda o el último modelo de la marca de un automóvil, obligándolo a domiciliar su nómina, sus recibos, su plan de pensiones en su caso y sus tarjetas de crédito y débito. 
 
    Los establecimientos comerciales agradecen, por su parte, también el pago con dinero plástico o electrónico que evita el engorro de dar cambios y de manejar billetes y monedas,  ofreciendo seguros en viajes que nos venden la falsa ilusión de la huida de la realidad, descuentos en gasolineras que alimentan los depósitos de los coches que nos llevan a ninguna parte, establecimientos de hostelería o espectáculos y devoluciones en las compras si no estamos satisfechos con los productos entre otras prácticas ventajas.

    El peligro de la utilización de este instrumento financiero es, aparte de las comisiones, por un lado, de emisión y mantenimiento anual que cobra el Banco,  el alto interés que, generalmente, se aplica a la hora de fraccionar las compras, que suele rondar el 25% muy cercano a la usura, que es un delito y además algo éticamente reprobable, y, sobre todo, el hacer un uso irresponsable, contra el que  los propios economistas y banqueros nos previenen,  y contraer, por ende, una deuda que no seamos capaces de afrontar, y que no va sernos perdonada.

    Quieren presentarse al cliente las tarjetas, si no como algo positivo totalmente, sí como algo neutro y aséptico, de lo que se puede hacer un uso racional y bueno, aunque también completamente irracional y malo, lo que depende del cliente, recayendo en él toda la responsabilidad. 


 
    Algunos argumentan lo mismo sobre las armas de fuego: si disponemos de una pistola podemos hacer un buen uso, no usándola, paradójicamente, o un uso irracional de ella, que es precisamente el que ella reclama y el que nos fuerza a apretar el gatillo a todo lo que se mueva. No en vano reza un proverbio japonés: "Cuando la espada (más propiamente, la catana, que es el arma y el alma, digamos, del samurai) está desenvainada, tiene que matar". Y lo mismo que sucede con las armas, que las carga el diablo, como se sabe, podemos decir del dinero y la deuda que conlleva. 

    El tinglado del sistema político y económico, que sólo sobrevive precisamente fomentando un consumo irracional y desmesurado, se ha denominado tradicionalmente "sociedad de consumo”, como se decía antes, pero según Rafael Sánchez Ferlosio en su libro "Non olet" (editorial Destino, Barcelona 2003) debería llamarse más bien "sociedad de producción", porque su principal objetivo es precisamente la producción de consumidores a cargo de la poderosísima industria publicitaria, hasta el punto de que las empresas se gastan más en publicidad que en producir el objeto de consumo.

    Analiza muy finamente Ferlosio lo que ha dado en llamar la figura del "homo emptor" u hombre comprador, que es, huelga decirlo, el último estadio de la evolución del "homo sapiens sapiens". Toma la expresión seguramente del latinajo "caueat emptor", que significa que tenga cuidado el comprador, ya que asume el riesgo de la adquisición, descartando ulteriores reclamaciones.  


    A imagen y semejanza del término "ludopatía", híbrido grecolatino de “ludus” (juego en latín) y “patheia” (enfermedad en griego), crea él "emopatía”, para calificar la patología de comprar ("emo" en latín es comprar) compulsivamente, la adicción al consumo sin ton ni son. (Otros prefieren llamarla con el helenismo "oniomanía", de "onios" mercancía y "manía" locura, según el modelo de toxicomanía). 
 
    El emópata y el ludópata se arruinarán  porque el último no puede controlarse ante los casinos, loterías y tragaperras que prometen duros a cuatro pesetas, y el  primero ante los escaparates y estanterías de las enormes superficies comerciales donde comprará cosas que no necesita en absoluto pero que le auguran la tierra prometida de la felicidad en la que como Moisés jamás se adentrará.

    Parece que la “patía” o enfermedad en ambos casos, es individual, personal, y que la responsabilidad, por así decirlo, o la culpa, recae en el individuo que la contrae, que tendrá problemas psicológicos, y se convierte así en un enfermo mental,  y no en la sociedad y sus desigualdades sociales y económicas. 
 
    Cito literalmente a Ferlosio: “La total inocencia con que el individuo se ve recompensado por hacerse morada de la enfermedad tiene el congratulable correlato de dejar a su vez garantizada la total pureza e inocuidad patológica y patógena del entorno circundante”. 

    La responsabilidad, que es el correlato laico de la vieja culpa judeocristiana, ya no es social, no recae ya en el entorno que ha provocado la necesidad de consumir, reducida a la de comprar compulsivamente, y su estudio no corresponde, por lo tanto, a la sociología, sino que sería objeto de la psicología y aun de la psiquiatría, por lo que el caso ya no es político o económico, sino clínico.  Una jugada maestra.



    Esta sociedad de producción, según Ferlosio, ya no produce para satisfacer las necesidades, que pueden ser lujos o caprichos mismamente, de los consumidores, sino que los consumidores, alentados por la publicidad, consumen para satisfacer los intereses, económicos por supuesto e irracionales, de la producción.

domingo, 7 de mayo de 2023

THE pandemic END

    En el cómic, publicado en 2017 bajo el título de 'Astérix en Italia', los dos simpáticos protagonistas, Astérix y Obélix, incorrecto este último políticamente dada su obesidad mórbida,  se enfrentaban en una carrera de cuadrigas (mejor que cuádrigas que tanto se oye), que son los carros tirados por cuatro caballos -había también bigas y trigas de dos y tres respectivamente-,  a un tal Coronavirus, sí, así se llamaba, que era un malvado personaje... enmascarado.

    Hay un guiño indudable en el cómic a la espectacular carrera del circo de la película Ben-Hur de William Willer (1959): los caballos de Astérix son blancos como la nieve inmaculada, y representan el bien, mientras que los del auriga enmascarado (y su fiel Bacillus) son negros como los del pérfido Mesala, y personifican, por lo tanto, la maldad. 
 
 
    Astérix y Obélix, los personajes antológicos creados por Uderzo y Goscinny y recreados por los actuales encargados del cómic, Jean-Yves Ferri y Didier Conrad, se enfrentan a un misterioso rival, llamado 'Coronavirus', o sea el virus o veneno coronado.
 
 
    Los irreductibles galos que poblaban aquella "aldea que resiste, todavía y siempre, al invasor", tuvieron que vérselas con el fiero Coronavirus, que no era tan fiero sin embargo como lo pintaban los políticos y los medios de comunicación, ni tan invencible como parecía,  porque, a punto de ganarles la partida, sufre un accidente en el último momento a escasos metros de la meta, lo que origina su derrota y la victoria de los simpáticos amigos. 
 

     Al despojarse Coronavirus de la máscara, el lector descubre que, tras ésta, se escondía, no podía ser menos, el virus más mortífero que hay, el mismísimo Julio César, el enemigo invasor imperialista y globalizador ávido de hacerse con el triunfo, el Poder absoluto. 
 
    Téngase en cuenta que el término 'coronavirus' data de los años 60 del siglo pasado y que hay una docena de tipos conocidos de virus coronados, todos ellos inofensivos, pero este era el más pernicioso de todos, porque no era un inocuo virus, como ha quedado demostrado, sino el mismísimo Poder que nos confinó entre las cuatro paredes de nuestro dulce hogar, nos obligó a enmascararnos y a guardar la distancia con los demás y sólo nos concedía un salvoconducto para viajar y acceder a eventos sociales si nos inoculábamos una sustancia experimental que ha resultado al fin y a la postre más peligrosa que la novedosa enfermedad más vieja que el catarro que pretendía combatir. 


     Y resulta que viene ahora la OMS, y el señor Tedros Adhanon  Ghebreyesus que la regenta se quita la mascarilla, y pone fin a la farsa pandémica tres años después de declarada la 'emergencia sanitaria internacional' digna de la doctrina secreta del doctor Knock con veinte millones de víctimas, según su falaz estimación, a sus espaldas, muertos que justificarían las injustificables medidas implementadas. Y todavía habrá algún gilipollas que crea que, si no hubiéramos hecho lo que hicimos, obedeciendo a los que nos lo mandaron, habríamos muerto todos, o, al menos, ya que no la totalidad, la mayoría.
 

sábado, 6 de mayo de 2023

Lecciones de economía: 9. - El poder del dinero y el dinero del Poder.

    ¿Hay dinero falso? ¿Se puede falsificar el dinero? No es una pregunta fácil de responder, porque lo primero que habría que desmentir es la dicotomía verdadero/falso aplicada al dinero con la que le otorgamos credibilidad, cuando en realidad todo el dinero que circula en el mundo, aunque de curso legal, es intrínsecamente falso.

    Lo mismo sucede con la creación de un “banco malo”, impulsada por los gobiernos. Crean un banco malo para que creamos que las entidades bancarias que hay son bondadosas y desinteresadas hermanitas de la caridad.

    Asimismo, la utilización de la expresión “mercado negro” conlleva una petición de principio: se presupone que frente al “mercado negro” existiría un “mercado blanco”, con las connotaciones de bondad, pureza y limpieza asociadas generalmente a este color. Sucede lo mismo con la expresión blanquear dinero. Del mismo modo cuando se habla de comercio justo se está justificando el comercio en último extremo. 

 
    Preguntémonos qué es lo que se blanquea cuando hablamos de blanquear dinero negro. Más que el dinero en sí, parece que la “negrura” se le contagia al vil metal por la ilegalidad de la mercancía o por el fraude de la transacción económica realizada, cuando en verdad esta otra dicotomía maniquea blanco/negro lo que hace es ocultar la realidad. Es como si se quisiera dar a entender que el dinero, el mercado, los bancos, el comercio son medios inocentes de los que se puede hacer un uso bueno o malo, que dependería de los usuarios, es decir, de las personas, y no es así. Cualquier uso financiero que se haga es intrínsecamente malicioso.

    Nuestro dinero sólo vale algo porque aceptamos que valga algo y que cuente. Dejaría de existir si no creyéramos en él, es decir, si no lo aceptásemos como medio de pago y endeudamiento. La cuestión se basa en la confianza que todos tenemos de que no ya con los billetes y las monedas, que no son más que calderilla barata, sino con el número de nuestra tarjeta de crédito/débito o simplemente con nuestra firma estampada en un cheque vamos a conseguir adquirir bienes y servicios. Las cosas no son así: con dinero no se puede comprar ninguna cosa buena, nada bueno, sólo sustitutos, simulacros, sucedáneos de las cosas buenas de verdad. El dinero reduce las cosas a futuro, y el futuro es un objeto de fe, un trampantojo que nos obnubila y esclaviza.
    ¡Cómo cambian los tiempos! Hablar de dinero, que antes se consideraba un síntoma de mala educación, que se evitaba pudorosamente en las conversaciones, es ahora objeto de la Educación Secundaria Obligatoria, y se llama fomento del espíritu financiero, económico, empresarial o, más neutro aparentemente,  emprendedor, y se incluye como asignatura troncal en el Bachillerato de Ciencias Sociales y de Humanidades con una formulación matemática y una jerga pseudocientífica y especializada que lo único que pretende es que no haya Dios ni Cristo que entienda sus manejos.

    ¿Qué da valor al dinero? Buena pregunta. La fe que tenemos depositada en él, una fe expresada numéricamente en forma de crédito. La nueva moneda no es una moneda física o real porque el dinero ya no es material, concreto, sino espiritual, virtual e ideal, abstracto, una especie de contrato que establecen los estados con las instituciones bancarias nacionales e internacionales. ¿En qué consiste ese contrato nupcial entre el Estado y el Capital? 

El atracador, el banco, viñeta de Forges.

    Los bancos crean el dinero y se lo “venden” a los estados a cambio de más dinero. Estado y Capital se lo venden a sus clientes y súbditos, que se endeudan de por vida, deuda que asegura la hegemonía de los grupos financieros y de los poderes político-económicos. El dinero, creado por los bancos ex nihilo, sin correspondencia con ningún recurso o riqueza material, es utilizado por los estados a cambio de una deuda aplicada con interés; el “nuevo dinero” creado de la nada adquiere valor a partir del previamente existente, que deberá forzosamente someterse a inflación; del latín inflatio, es la acción y el efecto de inflar: hinchazón sería un sinónimo, y una imagen gráfica: la de un globo inflado que se eleva como el alza sostenida de los precios al consumo. La población hace frente al pago de esa deuda trabajando como puta tras rastrojo, de modo  que la deuda, la inflación y la esclavitud humana en forma de trabajo asalariado quedan garantizados indefinidamente sine die.

    Los grupos financieros dan sentido y razón de ser a la clase política que, respaldada mejor que elegida democráticamente por la mayoría de la población, que nunca por la totalidad, porque la mayoría no somos todos, se encargará de aprobar leyes, regulaciones económicas, declarar guerras so pretexto de misiones humanitarias de defensa de la democracia y de los derechos humanos y de lucha contra el terrorismo o contra el virus, y –en definitiva- “tomar las medidas” que perpetúen el sistema.

    La gente se ve así forzada a trabajar para sobrevivir -no hablemos de vida, sino de supervivencia- porque estamos trocando nuestras posibilidades vitales por futuro, esa entelequia inalcanzable como el horizonte siempre lejano, que, cuando creemos haber conquistado, se nos escapa, y se convierte en un espejismo que vamos dejando atrás, por futuro, es decir, por dinero, que es deuda, una deuda que hay que satisfacer porque Dios, que es el propio Dinero, nuestro Padre Celestial, ya no perdona nuestras deudas “como nosotros perdonamos a nuestros deudores”, como le rezábamos antes en el Padrenuestro, sino que exige su satisfacción inmediata so pena de embargo y de desahucio decretados por el poder judicial del Estado a su servicio.

    ¿Con qué se engaña a la gente en la trampa del dinero? ¡Con más dinero! El aumento del poder adquisitivo hace que la gente firme el contrato con el sistema monetario y solicite un préstamo, ignorante de que ese contrato es su condena al futuro, es decir, la sentencia de su muerte.

viernes, 5 de mayo de 2023

Marginalia

Ileísmo

El ileísmo, consistente en hablar de uno mismo en tercera persona, es recurso literario, pero también coloquial: el menda o este menda soy yo despersonalizado.

 
 
¿Tecnoloqué?
¿Cuál es el fin de la tecnología? La tecnología es una entelequia en el sentido aristotélico: no tiene más fin que su propio desarrollo infinito y su progreso.
 
 Creemos que el usuario controla la tecnología y hace uso mejor o peor de ella, y no vemos cómo la herramienta, por ejemplo el esmarfon, controla a sus usuarios. 
 A la vejez viruelas: Senectudes Libertarias
Si a los veinte años no te rebelas no tienes corazón, y si a los sesenta sigues manteniendo vivo el rescoldo no tienes cabeza pero te sigue latiendo el corazón.
 
 La pertinaz sequía 
El adjetivo 'pertinaz' se consagró en el siglo XIX como epíteto o compañero inseparable y tenaz del sustantivo 'sequía': la pertinaz sequía, la sequía pertinaz. 
 
 El NODO, noticiario propagandístico del cine del domingo, popularizó el dicho: el caudillo luchaba contra la pertinaz sequía inaugurando pantanos por doquier. 
 

 El Primero de Mayo
 Consagran un día al trabajo en vez de a la pereza y abolición del dinero: El Día del Trabajo los sindicatos salen a la calle para reclamar subidas salariales. 
 
El güiquén de tres días
 Creen que luchan contra la imposición judeocristiana del trabajo cuando reivindican la semana laboral de cuatro días, pero el finde no es el fin de la semana.
 
 τῶν γὰρ ἠλιθίων ἀπείρων γενέθλα 
(Simónides de Ceo, citado por Platón) 
Ya lo dijo el poeta Simónides en griego antiguo: la generación de necios es infinita, y popularmente el vulgo: el número de tontos crece cada día que amanece
 
 
El envenenador que curaba
 Érase una vez un médico anestesista que provocaba paros cardíacos a los pacientes que iban a ser operados a fin de reanimarlos después “salvándoles la vida”...
 
 «L'État, c'est eux» Bertrand de Jouvenel (1903-1987) 
 Acierta y yerra a la par De Jouvenel cuando a la pregunta ¿Somos el Estado? responde No, el Estado son ellos; todos somos sin querer funcionarios del Estado.

jueves, 4 de mayo de 2023

Al son de la balalaica

    Hay en la película “Doctor Zhivago" (1965) una breve pero significativa escena que constituye una preciosa reflexión sobre la revolución rusa, telón de fondo temático del filme, cuyo centenario celebraban los historiadores el año 2017.
    Un hombre del pueblo, ya entrado en años y que sólo aparece una vez en pantalla, formula una pregunta ante la noticia de la entrada de Lenín en Moscú tras el derrocamiento del último zar de la madre Rusia: -“¿Ese Lenín va a ser el nuevo zar entonces?” No es una pregunta ingenua, como puede parecer a primera vista, sino que lleva incorporada en su planteamiento la respuesta positiva que sugiere,  porque es una pregunta retórica: Lenín, en efecto, será el nuevo zar de todas las Rusias. El pueblo, ese gran escéptico resignado, sabe muy bien aquello de "a rey muerto, rey puesto".
 
    El igualitarismo comunista, sin embargo, trató de disimular la jerarquía política y militar existente utilizando la expresión "tovarich" ('camarada') aplicada a todo el mundo, haciendo que entre los bolcheviques revolucionarios, equiparados por el rasero apelativo de la palabra “camarada”, que literalmente significa en castellano “compañero de cámara o de cuarto”, reinara la confusión y se ocultara el hecho que parecía desaparecer como por arte de magia de que no era lo mismo pese al mismo tratamiento igualitario ser el zar, Kaiser, sha, César -todas ellas desfiguraciones del nombre latino de Gaius Iulius Caesar- o superior jerárquico que ostenta el poder de mando de la vasta Rusia, y el subordinado sumiso y obediente, último funcionario gris u hombre del Partido o del pueblo.

    Sería una ingenuidad pensar que porque todos tengamos el mismo tratamiento  o porque vistamos todos el mismo uniforme que dicta la moda o el Partido como en la China de Mao seamos iguales de hecho, una ingenuidad creer que han desaparecido la jerarquía, el escalafón de mando, los jefes, sustituidos por los líderes, que son el mismo perro con británico collar, y los súbditos porque hayamos generalizado el tuteo, como se hace en la lengua del Imperio y se comienza a hacer entre nosotros. 
 
    Y no es que las cosas cambien para seguir igual, es que cambian para empeorar, porque continúan como estaban pero con el embeleco de que no son las mismas, lo que sucedió en España, sin ir demasiado lejos, con la restauración borbónica tras la dictadura franquista, que lo dejó todo 'atado y bien atado' como tantas veces certeramente se dijo, y el advenimiento de la llamada transición y democracia, que no deja de ser otro nombre para disimular la misma y oprobiosa dictadura del Estado y el Capital.

 

miércoles, 3 de mayo de 2023

Lecciones de economía: 8. -Dinero y artes.

    Decía Antonio Machado: Todo necio confunde valor y precio. Las artes, como todas las cosas en este mundo, no se libran del proceso comercial que las convierte en mercancías y en propiedades privadas, por lo que sus obras tienen un precio, y a menudo muy alto, tan alto que muchas veces resulta incalculable, hasta el punto de que suele estar en razón inversamente proporcional al del valor y utilidad que tienen para la gente, por lo que cuanto menos valen para el común de los mortales, más caras se pagan, y viceversa. 
 
    Hoy,  como decía Óscar Guail con su agudeza habitual, conocemos el precio de todo y el valor de nada, aunque los precios de las cosas nunca sean fijos del todo, sometidos como están a los vaivenes y oscilaciones del mercado según su disponibilidad y según las fluctuaciones de las leyes de la oferta y la demanda. 

    Como el precio de una obra de arte, de un cuadro, de una melodía musical, de una poesía, de un razonamiento filosófico o de una narración es tan difícil de calcular, porque hay que efectuar su conversión a dinero, capitalización o catargiriosis, cosa que parece imposible pero se hace, se recurre para su tasación a las subastas donde las producciones artísticas se venden al mejor postor, adjudicándoles su propiedad al que está dispuesto a pagar más por ellas. 

 ¿Arte o chatarra?

    La palabra subasta, por cierto, procede de la preposición latina sub (bajo) y del sustantivo hasta (lanza). Cuando a un ciudadano se le requisaban los bienes, se clavaba una lanza para indicar que aquello estaba custodiado por el poder militar del Estado y nadie podía tocarlo hasta que no se celebrara una venta pública y se adjudicara al que más pagara por ellos tras una pública puja. Lo mismo sucedía con el botín de guerra, en el que se incluían los prisioneros, que, habiendo perdido su libertad, se subastaban en pública almoneda como esclavos que pasaban a ser propiedad de los dueños que los adquirieran. 

    Llegamos, pues, a la conclusión de que las obras de arte y los artistas también se venden y también cotizan, y sus cotizaciones suelen estar en razón inversa a su valor. Cotizar es término económico que significa pagar una cuota y fijar un precio en la Bolsa, que deriva del latín “quota” (cuánto), por lo que la cotización de una obra está relacionada con la cantidad de dinero que cuesta, pero no con la calidad, que como se ha dicho suele ir en la proporción de a mayor cotización menor calidad y viceversa: los que más venden, por otra parte, son los más vendidos.

    Uno de los pintores más cotizados del siglo XX es sin duda Salvador Dalí. Su firma da inmediatamente valor a cualquier cosa, por muy insignificante o anodina que sea. El poeta surrealista francés André Breton rebautizó despectivamente al pintor catalán con el anagrama "Avida Dollars", que definía perfectamente la relación de Dalí con el dinero, y lo expulsó del grupo surrealista por considerar que prostituía su arte al comercializarlo.

 

    Avida Dollars es, en efecto, un anagrama: Las diez letras de este latín macarrónico, que significa "deseosa de dólares", escritas en otro orden corresponden al nombre y apellido del pintor Salvador Dalí. El adjetivo "avida" está en forma femenina. A veces se traduce por "sediento", pero, más propiamente sería "sedienta de dólares". ¿Por qué el femenino? Pues porque podemos sobreentender, por ejemplo, el sustantivo "persona" o "alma": Dalí era una alma deseosa de dinero. También podemos sobreentender, en una alusión a su codicia, mujer codiciosa de dinero: prostituta, artista que comercializa su arte, que se/lo vende.

 La fuente, marcel Duchamp (1917)

    El urinario de Duchamp demostró que cualquier cosa podía considerarse una obra de arte con tal de que el artista, en este caso Marcel Duchamp (1887-1968), la declarara tal chef d'oeuvre –le puso el título de La Fuente (1917)- , la separara de su contexto original (en este caso, un retrete) y la situara en un nuevo marco adecuado -una galería, una exposición o un museo-, y algún crítico especializado o entendido en arte la considerara como tal “obra de arte” u “obra maestra”. Fue firmada inicialmente por “R. Mutt”, un nombre desconocido en el mundo artístico, por lo que se rechazó, pero cuando se supo que R. Mutt era un pseudónimo detrás del que se escondía Marcel Duchamp, reconocido artista vanguardista, se reconsideró como una obra de arte escultórica con un significado trascendente que estaba implícito en su título.

    Otro ejemplo bastante más significativo de catargiriosis o conversión en dinero es la obra “Mierda de artista” de Piero Manzoni (1933-1962). ¿En qué consistía esta singular obra maestra de arte? El artista firmó –y la simple firma de Manzoni le imprimió carácter de arte a la obra e incrementó su valor dándole un significado y su cotización- noventa latas de conserva con la etiqueta “Mierda de artista. Peso neto 30 gramos. Conservada al natural. Producida y envasada en mayo 1961” escrita en cuatro idiomas para que estuviera bien claro: italiano, francés, inglés y alemán (le faltó el castellano). ¡Vendió cada lata al precio equivalente a la cotización que tenía el oro en el día! Pero lo curioso ha sido que la lata número 69 de las 90 que firmó ha alcanzado la cotización actual de 275.000 euros en una subasta reciente de Milán. La artística caca se ha vendido no ya a precio de vil metal, su peso en oro, sino más cara aún que el oro. Se ignora cuál es el contenido de estas latas de conserva herméticamente cerradas, si Manzoni defecó y depositó sus heces en su interior, porque, según parece, ninguna ha sido abierta, todavía.

Mierda de artista, Piero Manzoni (1961)

    ¿Qué convierte las cosas en arte, ya que cualquier cosa puede convertirse en obra de arte? En primer lugar, la personalidad de un artista estampada en la firma de su nombre propio; en segundo lugar, la exhibición del objeto en una galería consagrada o museo donde se exponen otras obras de arte. El objeto se ha convertido como por arte de magia ya en obra de arte, aunque no haya ningún proceso creativo detrás en su realización, gracias a la firma del artista. Y en último lugar, el beneplácito de  la crítica especializada, que considera que la pieza es una obra de arte y como tal la consagra, aunque el público no entendido no comparta esa opinión y no la valore. 
 
    Frente al  profanum vulgus, se alza la opinión del único que entiende, además del artista, que es el crítico especializado, que se convierte así en sumo sacerdote del culto de Apolo y  las Musas, y dictamina lo que puede entrar y lo que no en la Historia del Arte. El resto del público -no entendido- queda excluido y considerado "ignorante" del arte moderno y contemporáneo.

    La alquimia pretendía encontrar la piedra filosofal que trans-mutaba todas las cosas en oro, y que era el elixir de la eterna juventud que rejuvenecía y confería la inmortalidad: pues bien, esa piedra filosofal es el dinero, lo más abstracto, que efectivamente trans-muta todas las cosas en oro y las  idealiza. La merda d' artista es el lógico producto del artista di merda.

    Hemos sacralizado el concepto de creación y el de originalidad, cuando en realidad la mayoría de las producciones artísticas, sometidas a derechos de autor como están, no tienen ningún valor para la gente, y la mayoría de las obras de arte contemporáneas son, como suele decirse vulgarmente, “una mierda pinchada en un palo”, lo que, paradójicamente, aumenta su cotización en la bolsa de valores del mercado y las subvenciones estatales. 

    Lo que más se promociona y subvenciona econónicamente hablando suele ser lo que menos vale para la gente y el pueblo, lo más inocuo y lo menos peligroso para el Estado y el Capital, como sabemos desde que la figura de Mecenas dio nombre al mecenazgo y a la protección de los poetas bajo el principado de Augusto, exigiéndoles que cantaran las glorias del nuevo régimen imperial.

martes, 2 de mayo de 2023

Duane Michals, Narciso o la realidad y sus imágenes.

    Desconocía la obra del fotógrafo autodidacta estadounidense Duane Michals (nacido en 1932), hasta que he visto por casualidad una serie de fotografías suya titulada “Narciso”. Me llamó la atención que un fotógrafo actual se interesase todavía por un tema mitológico y pictórico como este de Narciso, de claras reminiscencias clásicas, renacentistas y homoeróticas masculinas, que remonta nada más y nada menos que a las Metamorfosis de Ovidio,  lo que podía deberse a la homosexualidad declarada de Duane Michals y a su interés por retratar la belleza del desnudo masculino, pero también a su más importante descubrimiento de la falsedad de la realidad y sus apariencias.


 
    Investigando sobre su obra descubro que se trata de un fotógrafo bastante honesto y poco habitual porque es muy crítico con el arte fotográfica que practica y con la sobrevaloración de las imágenes en nuestra sociedad actual, que Débord acertó a definir como “la sociedad del espectáculo”.  
 
    Precisamente estas fotografías  de Narciso si algo nos transmiten es esa desconfianza de la última foto, la quinta de la serie, hacia la propia imagen proyectada en el agua que se desvanece y hacia todas las imágenes. 

    Michals ha dejado escrito que los fotógrafos siempre miran a las cosas, pero nunca se cuestionan por la naturaleza de las cosas mismas (Photographers are always looking at things, but they never question the nature of the thing itself). Aparte de las citadas influencias renacentistas o surrealistas (la obra pictórica de René Magritte, por ejemplo), hay en él una clara tendencia narrativa, como él mismo reconoce, y mucha influencia del cine y de la animación, por lo que sus series fotográficas se prestan a convertirse enseguida en modernos GIF,s. o formatos gráficos animados en la Red. 


    Duane Michals ha abandonado en algunas ocasiones la imagen fotográfica en favor de la descripción puramente verbal, como si fuera consciente de que una imagen no vale más que mil palabras, como se suele decir, sino que, por el contrario, la palabra puede despertar muchas veces en nosotros más de mil imágenes y más sugerencias que una imagen. Comenzó a escribir poesía por la frustración que producían en él las limitaciones inherentes a la propia fotografía (I began to write poetry because of my frustration with the inherent limitations of the photograph)

    Las fotografías de Michals son frecuentemente series de imágenes, acompañadas a veces por textos y explicaciones a propósito, como si fuera consciente de que la imagen de por sí no basta para reflejar la realidad, es decir, para captar la luz, que eso y no otra cosa es lo que significa la palabra griega “fotografía” (descripción, dibujo o reproducción -grafía- de la luz -foto-). Sirva como ejemplo esta "Salvación", donde figura escrito en la lengua del Imperio que "Ningún americano tiene el derecho de imponer su moral propia a ningún otro americano"


    Mediante el uso de una secuencia fotográfica o serie de imágenes consecutivas consigue narrar pequeñas historias con movimiento, casi cinematográficas, pero partiendo siempre de una imagen estática, o transmitir el mensaje que desea, que casi siempre consiste en la desconfianza sobre la propia realidad, entretejida como está por una tupida red de apariencias.

    Su reflexión para mí más importante es que la fotografía reproduce fielmente, con una fidelidad exquisita, dice él, la apariencia de las cosas, pero las cosas no son nunca lo que aparentan,  y que por eso no sólo no hay que fiarse de las apariencias, como dice la gente, sino de la realidad tampoco (Photography reproduces with exquisite fidelity the appearance of things, but things are not always what they appear to be)


  Cito textualmente de una página que leo sobre él: Una de las más importantes de estas piezas exclusivamente textuales, que puede considerarse casi como una declaración de principios es A Failed Attempt to Photograph Reality -Un esfuerzo fallido a la hora de fotografiar la realidad- (1975), que consta de solo cuatro frases en las que resume con maravillosa economía su entendimiento de que cualquier intento de fotografiar ‘la realidad’ sólo puede desembocar en el fracaso precisamente porque se basa en una confusión entre la experiencia y la apariencia transitoria de las cosas. Su conclusión “soy un reflejo que fotografía otros reflejos dentro de un reflejo”, sugiere un profundo malestar frente a todo el proceso de intentar atrapar la apariencia, un proceso inútil que para él resulta en la incertidumbre sobre su propia existencia.

    Una serie fotográfica muy famosa de Michals, relacionada con los espejos y sus reflejos, es The Heisenberg Magic Mirror of Uncertainty, 1998, donde alude al principio de incertidumbre de Heisenberg, que podríamos glosar, grosso modo,  como "la observación de la realidad modifica la realidad observada". La deformación de la imagen que ofrecen los espejos, por otra parte, nos recuerda a nuestro Valle-Inclán y a sus espejos cóncavos y convexos -esperpénticos- del Callejón del Gato madrileño, y hace que nos preguntemos dónde está el esperpento, si en el reflejo de la sociedad, en la sociedad reflejada o en ambos.