jueves, 15 de abril de 2021
Hombre precavido vale por dos (I)
miércoles, 14 de abril de 2021
"Por mí y por todos mis compañeros"
El Consejo General de Colegios Oficiales de Farmacéuticos (CGCOF), partidario incondicional como es de la presunta “vacuna” del covid-19 (que no ha sido aprobada todavía sino autorizada provisionalmente para experimentación por razón de “emergencia sanitaria”), ha sacado un eslogan propagandístico que dice “Me vacuno por mí y por todos”, que me chirría un poco por la razón que luego explicaré, pero me trae a la memoria a mí el juego infantil al que todos seguramente hemos jugando alguna vez: el escondite. Les recuerdo un poco a los lectores cómo lo jugaba yo.
Pero me chirría un poco el eslogan farmacéutico porque no es lo mismo que el juego. Si me vacuno yo, lo hago sólo por mí, para, si me contagio pese a la presunta vacuna -y es posible que me suceda-, atenuar los efectos en mi persona, no para, contagiado yo, dejar de contagiar a los demás. El eslogan de que hacerlo por mí es también hacerlo por mis compañeros, por todos los demás, es por lo tanto mendaz y responde a lo que yo llamaría un egoísmo altruista, valga la contradicción: Es un egoísmo -salvarse uno a sí mismo atenuando los síntomas de su contagio- que se vende con la coartada del altruismo, como que uno lo hace también para redimir a los demás.
Las autoridades sanitarias no dejan de advertir a los inoculados de que no están inmunizados y por lo tanto deben seguir manteniendo distancias de seguridad, usando mascarillas y demás gaitas, como si no lo estuvieran, porque de hecho no lo están. Lo que han recibido no es una vacuna que los inmunice, sino un fármaco que se está experimentando en la actualidad no con enfermos, lo que podría entenderse, sino con población sana, cosa inadmisible.
Se trata con ese lema de fomentar la idea de que si uno decide inocularse el tratamiento que proponen los farmacéuticos está haciendo algo no sólo por sí mismo, librándose del mal, sino también por el resto de la sociedad. Lo que se hace por la salvación de uno, egoísmo puro, se presenta como acto solidario que se hace también por los demás, altruismo desinteresado. Y eso es lo que falla porque, según dicen las autoridades sanitarias que dicen los expertos y cacarean los periodistas, la vacuna -vamos a llamarla así para entendernos, aunque no sea una vacuna y todavía no esté aprobada al no haberse acabado los ensayos que se están realizando ahora en la gente que se somete a ella voluntariamente- no inmuniza, es decir no evita que uno se contagie e infecte a los demás, simplemente aligera los síntomas de la infección en quien ha recibido el tratamiento farmacológico.
Es verdad que los periodistas usan el verbo “inmunizar” como sinónimo de “vacunar” y como todo el día están hablando de lo mismo, para no repetir siempre la misma matraca -es algo que estudian, supongo, en primero de periodismo-, utilizan sinónimos y publican titulares como este que recojo al azar de El diario de Huelva del 2 de abril a título de ejemplo: “Unos 30.400 onubenses ya se han inmunizado frente al coronavirus”. Inmunizados, pese a lo que dice el periódico, no están esos 30.400 onubenses. ¿Debería el periodista haber dicho “vacunado”? Tampoco es verdad. Lo que está recibiendo la población no es una vacuna, sino un tratamiento farmacológico, pero no médico, propiamente hablando, porque no se receta bajo prescripción médica individual. Y lo está recibiendo voluntariamente, aunque haya mucha presión, tanta que mucha gente cree que es obligatorio someterse.
Luego no me sirve el eslogan farmacéutico que me recordaba al juego del escondite. Lo hago sólo por mí (y por los laboratorios farmacéuticos que están detrás rivalizándose entre sí y haciéndose la competencia). Y eso es lo que se está escondiendo y ocultando. Y lo hago por las compañías y emporios farmacéuticos, que a ese escondite juegan, ya que me estoy prestando voluntariamente a ser su conejillo de Indias sin recibir ninguna compensación a cambio más que la vaga promesa de un pasaporte vacunal que me dará la posibilidad de poder viajar y alguna que otra ventaja en restaurantes y grandes almacenes asociados... Y lo hago por el CGCOF que decía al principio, y que afirma que "la campaña de vacunación frente al covid-19 es el reto sanitario, social y económico más importante y urgente que tiene España en estos momentos" (el subrayado es mío).
martes, 13 de abril de 2021
Desahucio de las entidades bancarias
Las entidades bancarias, como gustan de denominarse los bancos con expresión rimbombante, se percatan del peligro de que sus clientes pudieran acostumbrarse a vivir con menos, y de que descubrieran de paso que menos pufede ser a la larga más y mejor.
Puede que lo peor de la crisis no sea el aumento del paro, ni el declive del P.I.B. ni el hundimiento de las bolsas nacionales e internacionales. Según la Asociación de la Banca Española (A.B.E.) , lo peor que podría pasar “sería que la gente se diera cuenta de que puede vivir con menos dinero, menos bienes y menos servicios, y de que no pasa absolutamente nada. Si los ciudadanos se acostumbran a estar igual de bien gastando ahora 20 cuando antes gastaban 80, entonces apaga y vámonos”.
El miedo que subyace por debajo del miedo que tienen los banqueros es que la gente descubra que se puede vivir no ya "con menos dinero", sino sin dinero.
Los tiempos de incertidumbre económica han provocado que la gente ahorre en el supermercado, use la ropa que se compra durante unos meses más y posponga sine die decisiones como la de cambiar de coche o de televisión o adquirir una segunda residencia. Si descubrimos que realmente no necesitamos un pack de televisión por cable y ADSL de alta velocidad que cuesta 90 euros al mes, pues se acaba el negocio de la televisión por cable y del ADSL. No digamos ya si descubrimos que se puede vivir sin televisión sin más... Si reciclamos la ropa, regalándosela a familiares y amigos, se acaba el negocio de la moda.
Mucha gente que durante el fin de semana se encerraba en los centros comerciales, y siempre acababa comprándose lo que menos necesitaba, ahora se va a dar un paseo por el campo, que es más barato y, además, más saludable para los pulmones y la faldriquera. Mucha gente, que antes se gastaba un dineral en unas vacaciones, ahora se queda en casa y descubre que no necesitaba irse de vacaciones a ningún destino turístico para descubrir que no existe el viaje y pasárselo igual de bien o mejor.
Al fuego, Stanislav Plutenko (2009)
El portavoz de la
A.B.E. reconoció a micrófono cerrado: “si la gente deja de gastar
más de lo que puede permitirse, a ver qué cojones inventamos los
Bancos para no hundirnos en la miseria, viviendo como vivimos de la
usura de los préstamos”. Ahí se ve clara la estrategia bancaria: Hay que hacer que la gente gaste "más de lo que pueda permitirse", porque la Banca vive de la deuda que contraemos con ella.
Está claro, si no volvemos a consumir masivamente productos que luego no usaremos ni gastaremos, la Banca pierde mucho dinero, tanto que podría acabar perdiendo la Banca, contra el adagio de que siempre gana la Banca. Y si pierde la Banca, se declara la bancarrota.
¿Quien le dará al banco el dinero y los intereses del préstamo del coche del hijo si ese hijo aguanta con el popó de papá o se compra uno de segunda mano en vez de un flamante último modelo, o prefiere, más sensato todavía, prescindir del coche y utilizar el transporte público, los pies y la bicicleta?
El endeudamiento generalizado es un estímulo intrínseco y ya permanente para la revalorización de “activos“ y la creación de los pasivos, La mayoría endeudada fía su redención en la politiquería orquestada mientras el endeudamiento instituido consigue asignar valor al patrimonio que esa deuda genera. Ya no hay 'valor' ni se consigue revalorizar sin un endeudamiento global.
lunes, 12 de abril de 2021
De la mascarilla como sustituto del velo islámico
Resulta sarcástico cómo un Estado moderno y democrático como el francés, surgido de una revolución que hizo que todo cambiara para seguir igual, y que hizo del laicismo una de las señas de identidad de su república, después de prohibir en el ámbito público y político el uso del velo islámico femenino, obliga ahora a toda la ciudadanía por razones sanitarias a llevar una mascarilla, que no deja de ser un sucedáneo del velo del islam.
La mascarilla no despersonaliza a los seres humanos, deshumaniza a las personas. Su única ventaja, si se puede llamar así, es su carácter igualitario que no discrimina sexualmente, ya que se impone a los dos sexos. Pero el mal de muchos es, ya se sabe, el consuelo de los tontos.
Alguien replicará que no es lo mismo una razón religiosa que una sanitaria a la hora de una imposición. No lo es y sí lo es. No lo es porque obviamente son razones de distinta índole; y sí lo es porque en ambos casos se trata de justificar una obligación. Poco importa que el argumento de la coartada sea religioso o sanitario, desde el momento en que la Sanidad se ha convertido en la nueva Religión y nuevo culto, y su credo es la Ciencia vulgarizada y dogmática. En ambos casos se le ordena a la gente lo que debe y lo que no debe hacer.
Ya no se trata de salvar las almas como en los viejos tiempos medievales, sino los cuerpos. 'Salvar vidas' es el eslogan o grito de guerra ahora de la mayoría de los Estados democráticos.
El laicismo es la condición del laico. Y laico, etimológicamente, significa “del pueblo, popular”. El término procede del griego λαϊκός (laïkós), adjetivo derivado del sustantivo λαός (laós) a través del intermedio latino. En griego λαός (laós) significa pueblo en cuanto reunión de hombres y se opone a δῆμος (démos), que es el pueblo en cuanto organización política. El laicismo es la independencia de la gente de cualquier organización o confesión religiosa. De lo que no se libra el pueblo como λαός (laós) es de su dominación estatal, que no deja de ser una organización religiosa desde el momento en que el Estado es la nueva Iglesia y los ciudadanos sus feligreses, identificándose así torticeramente con el pueblo como δῆμος (démos). La expresión "estado laico", por lo tanto, no deja de ser una contradicción en sus términos: no puede haber un estado verdaderamente popular porque si hay Estado no hay pueblo, en el sentido griego de λαός (laós) y, viceversa, si hay pueblo no hay Estado.
En este sentido el Estado moderno, a través de sus autoridades sanitarias, nos impone, como el viejo clero, una serie de obligaciones. Una de ellas es el uso de las mascarillas que deben tapar nuestra boca y nariz para que no contagiemos con las más sencillas y económicas, aunque no estemos infectados, a nuestros congéneres al respirar. Las hay más complicadas que, además de evitar que contagiemos, nos defienden como un escudo protector del contagio exterior. Prácticamente herméticas, resulta no ya costoso, sino imposible respirar con ellas sin que uno padezca hipoxia y sienta que se ahoga y asfixia. Parece obvio que cuanto menos respiremos menos contraeremos un virus respiratorio, por lo que en último extremo de lo que se trata es de dejar de respirar.
De alguna
manera el Estado francés, volviendo a él, y la mayoría de los otros Estados
modernos, nos están imponiendo el velo islámico, el velo de la
sumisión, que es lo que significa originariamente “islam”, como se sabe. Me refiero al niqab, no al hiyab.
Al hablar del velo islámico hay que hacer alusión al inevitable burka afgano, que cubre totalmente el cuerpo femenino de pies a cabeza, y que sólo deja traslucir los ojos a través de una rejilla. El burka afgano es lo más parecido al traje de un astronauta o al Equipo de Protección Individual médico.
Los franceses durante la colonización de Argelia organizaron ceremonias de desvelamiento forzoso de mujeres musulmanas. Un cartel propagandístico incitaba a las musulmanas argelinas a desvelarse voluntariamente y no ocultar su belleza a los ojos del colono invasor. Se difundió en Argelia durante la ocupación francesa, distribuido por el ejército como arma de guerra psicológica. Era como si no contentos con el dominio del país, quisieran poseer también a sus mujeres, desvelarlas, desnudarlas porque, como decía el mariscal francés Thomas Robert Bugeaud (1784-1849), colonizador de Argelia: “Los árabes se nos escapan, porque esconden a sus mujeres de nuestras miradas”. "¿No es, pues, usted hermosa?" Decía el cartel en la lengua de Molière. "Descúbrase (o desvélese)".
domingo, 11 de abril de 2021
El pájaro en la jaula
El canario, enjaulado; / la jaula, abierta; / pero el pobre no sabe / volar que pueda.
No falta nunca alpiste / ni agua en su celda. / Se siente muy seguro / cautivo en ella.
El pájaro cantando / ahuyenta penas. / Sus trinos de oro puro / revolotean.
Ha perdido una pluma / amarillenta. / Un soplo de aire fresco / lejos la lleva.
Atrofiadas sus alas, / no se despliegan, / y en su confinamiento / sueñan que vuelan.
Así nosotros mismos, / almas en pena, / no vemos, encerrados, / que hay una puerta.
viernes, 9 de abril de 2021
¡Trágala (la realidad)!
El Trágala era la canción con la que los liberales españoles escarnecían a los partidarios del gobierno absolutista durante el primer tercio del siglo XIX. La docta Academia define “trágala” como, coloquialmente, un “hecho por el que se obliga a alguien a aceptar o soportar algo a la fuerza”. La copla que les cantaban repetía el imperativo “trágala”, y daba a entender a los realistas la obligación que tenían de admitir por ley tenían o soportar -tragar popularmente- aquello que rechazaban y de lo que eran enemigos declarados: la constitución de Cádiz de 1812.
El estribillo decía así: «Trágala, trágala, / tú, servilón, / tú que no quieres / Constitución». Lo de servilón, aumentativo de servil, era el dicterio con que los liberales calificaban justamente a los partidarios de la monarquía absoluta de Fernando VII.
Y los realistas, que eran los partidarios del rey, por su parte respondían a aquellos con esta contrarréplica «Trágala, trágala / tú, liberal, / tú que no quieres / corona real»).
Lo que los reaccionarios tenían que tragar era la Constitución; los
liberales, por su parte, la Corona Real. ¿Qué
les diríamos, en el primer tercio del siglo XXI, doscientos años después, nosotros que hemos tragado y seguimos tragando la realidad y la realeza por un tubo a los unos y a los otros?
Y ¿qué nos cantaríamos a nosotros mismos, que hemos tragado tantos trágalas hasta atragantarnos -la mascarilla, la distancia social, el Estado de Alarma, el toque de queda, los cierres perimetrales, los enfermos asintomáticos, los "casos" de enfermos imaginarios de Molière que tienen que hacerse una prueba de laboratorio para saber si están enfermos porque no tienen ningún síntoma, los geles hidroalcohólicos, las estadísticas con sus curvas planas, los hospitales colapsados, el virus coronado y la televisión y la interné por un tubo, una lista interminable de mentiras y más mentiras-, tantos trágalas que básicamente pueden resumirse en uno que sería la estúpida expresión "Nueva Normalidad", que es como llaman ahora al hecho de aceptar la Realidad, porque "es lo que hay"? Trágala, trágala / ya la tragué; / ¡las tragaderas / que yo tendré!
jueves, 8 de abril de 2021
¿Quién manda aquí?
miércoles, 7 de abril de 2021
¿Qué puede enseñarnos Lucrecio?
Según la física materialista de Epicuro que sigue fielmente su discípulo Lucrecio, los hombres y las cosas están formados por partículas diminutas que, moviéndose, determinan la vida. Estas partículas son los átomos, palabra griega que significa “in-divisibles”, y que Lucrecio, que se queja de la penuria de la lengua latina, patrii sermonis egestas, traduce al latín como “elementa” o “primordia”.
Según nuestro poeta es el miedo a la muerte lo que envenena la vida, porque de la muerte en sí nada sabemos al no tener ninguna experiencia previa. El miedo a la muerte nace de creencias vanas, es decir de nuestra ignorancia. Pensamos que es algo malo porque creemos saber en qué consiste. La muerte no es nada porque cuando ella es nosotros ya no somos, y cuando nosotros somos ella no es: somos incompatibles, como sentenció el divino Epicuro.
Parece que san Jerónimo quiso vengarse de Lucrecio volviéndolo loco y haciendo que se suicidara, es decir, escribiendo para la posteridad que se suicidó, lo cual se contradice con su obra, una de las más lúcidas que nos ha dejado la antigüedad grecolatina.
martes, 6 de abril de 2021
Nótulas coronavíricas (y III)
Los gobiernos pretenden, seguramente con la mejor intención del mundo, salvar a sus súbditos de la muerte, cosa que no pueden hacer porque los mortales no tenemos el don de la inmortalidad. Sin embargo insisten en su misión de “salvar vidas” con una expresión que recuerda a la que esgrimía la Iglesia de “salvar almas (del purgatorio)”. Tanto el argumento de “salvar vidas” que aduce el Estado Terapéutico ahora como el de “salvar almas” que aducía la Iglesia antaño son la coartada perfecta que sirve para justificar la razón de ser de ambas instituciones benéficas, que, so pretexto de hacer el bien velando por nuestra integridad corporal y espiritual respectivamente, hacen el mal y no poco, sino mucho. En aras de salvar nuestra vida y nuestra alma matan a la gente, condenándonos a la peor de las muertes en vida, aterrorizándonos con el espantajo de la señora inmortal de la guadaña, y a la desesperada salida del suicidio. El Ogro Filantrópico nos ama tanto que se dedica a hacernos imposible la vida que tenemos, es decir, a suministrarnos la Muerte por nuestro bien después de aterrorizarnos con la amenaza de la muerte que pende como espada de Damoclés sobre nuestras cabezas coronadas. Las condiciones que se imponen reducen el mero vivir a un subsistir o existir desprovisto de vitalidad y de libertad, que es lo que hace una vida digna de vivirse. El distanciamiento social que nos aleja de nuestros semejantes porque son peligrosos, acercándonos a la fantasmagoría de la World Wide Web donde los contactos no son contagiosos como los carnales y gozosos, el uso de mascarillas que nos impiden respirar adecuadamente, y la interminable soledad que nos empuja al consumo de todo tipo de fármacos legales e ilegales.
Qué bueno lo que dice la subdirectora general esa de la OMS de que es "normal que haya personas que han sido inmunizadas y mueren". Vaya, vaya... Según parece, la inmunización como le dicen a la presunta vacunación no nos da la inmortalidad que casi nos prometían a cambio del chute del suero mágico... Los afirmacionistas de la letalidad del virus coronado decían que cuando moría una persona con patologías previas y CON el virus coronado (es decir con PCR positiva) había muerto POR causa del virus siempre, mientras que los negacionistas decíamos que el virus era casual, no causal, y que los fallecimientos se debían más bien a las patologías previas unidas a lo avanzado de la edad de la mayoría de los fallecidos y a las medidas de contención del presunto virus. Pues bien, ahora se han cambiado las tornas. Cuando muere alguien después de haber recibido la presunta vacuna, es decir, cuando muere CON la presunta vacuna puesta, los que defienden la letalidad del virus, dicen que es casual y no causal la relación con los casos de trombosis cerebrales, por ejemplo, que se están investigando, mientras que nosotros, los negacionistas de la letalidad del virus coronado, decimos que ha muerto POR la presunta y que la relación es causal, o, por lo menos, concomitante. ¿Mucha coincidencia, no? Convencidos como estamos de la maldad intrínseca de la presunta vacuna, nos hacemos eco del escepticismo popular que ha razonado que muchas veces suelen ser peores los remedios, como este de matar pulgas a cañonazo limpio, que las enfermedades que se pretenden combatir. No nos entra en la cabeza la terca fe de carbonero que están poniendo los medios, con la televisión a la cabeza, en su defensa a pesar de, como cacarean ellos, toda evidencia científica. Permítasenos, al menos, dudar de la seguridad de la presunta.
lunes, 5 de abril de 2021
El periodismo como sostén de la realidad
Unas declaraciones de un veterano periodista español, Iñaki Gabilondo, llaman mi atención porque dicen más verdad de la que suelen decir los periodistas, dedicados como cariátides (no en vano algunos se llaman columnistas), a sostener y no enmendar el templo de la realidad, o, como ellos prefieren decir, la actualidad.
Tras medio siglo de actividad profesional, que se dice pronto, este hombre decide retirarse paulatinamente de los medios de creación y manipulación de la opinión pública a los que ha servido fielmente durante tanto tiempo descolgándose con unas jugosas confesiones.
Al comentario no exento de cierto amable reproche del entrevistador de “usted parece el periodista que huye de la actualidad porque ya no la soporta”, responde: “Para hacer este trabajo hay que tener fe (y yo la estaba perdiendo)”. Respuesta con la que le da la razón en parte, reconociendo que ya no soporta la actualidad, y razonando el motivo de su incomodidad personal de tener que salir todos los días a la palestra con un "escepticismo excesivo".
Con eso ya está dicho todo: el trabajo del periodista es defender la realidad, la actualidad como él dice. Su labor improbus consiste en sostener que la actualidad es la verdad, y para eso hace falta mucha fe porque si la actualidad fuera verdad se sostendría por sí misma ella sola y no necesitaría de la periódica charlatanería impresa y expresa de los reporteros que dé cumplida cuenta de ella.
El sano escepticismo o falta de fe hace que a uno le entre el gusanillo de la duda, la duda razonable que, a su vez, hace que uno se sienta incómodo con su trabajo y de algún modo empachado, como sostenía en declaraciones a otro medio: “Me retiro de este territorio a petición propia porque deseo dejar de hacer comentarios y análisis políticos. (…) El problema es que estoy empachado. Sé defender mis opiniones, pero cada vez me cuesta más tenerlas”.
Reconoce el afamado comentarista político que tiene, como todo hijo de vecino, sus opiniones particulares, pero cada vez le cuesta más “tenerlas”, es decir, albergarlas y asumirlas como propias, como si la razón común que le asiste a él como nos asiste a todos le estuviera liberando de la necesidad de defender a capa y espada lo menos común que tenemos, nuestras convicciones, dentro de lo común que es que cada cual tenga sus propias opiniones. Por eso reconoce, confidencialmente: “Para asomarse día a día hacen falta unas fuerzas que ya no tengo y una fe que flaquea. No quiero ser el cenizo pesimista de las 8:30. Antes de que se apague la luz, prefiero iluminar otros rincones”.
Es una lástima que el desengaño, por así llamarlo, les llegue a las personas a una edad tan avanzada, que necesitemos tantos años, setenta y ocho en su caso, para que, como él dice, nos flaquee la fe, para que la obesa mórbida que es esa virtud teologal se nos quede en los puros y desnudos huesos. Pero así como no hay razones para el optimismo, tampoco debe haberlas para el pesimismo ceniciento.
Facta non uerba (hechos, no palabras) dice el proverbio clásico, pero no hay facta sin uerba, no hay actualidad sin un periodismo que la sostenga. La actualidad no deja de ser una de las hipóstasis de la eternidad, al igual que los bancos son la hipóstasis del capitalismo. Y el hecho de que los hechos, valga la redundancia, necesiten palabras muestra de alguna manera su vulnerabilidad e inconsistencia, y revela que quizá no estén tan hechos como parece a simple vista. Tal vez los hechos no estén tan hechos como su nombre indica, o "hacidos", como diría un niño que está aprendiendo a hablar. Acaso no estén tan hechos como para que, a falta de palabras que los justifiquen, no puedan deshacerse. Esto último no está garantizado por nada ni por nadie, desde luego. Pero por eso mismo puede merecer la pena intentarlo, por si acaso.





















