Ante la proximidad de las vacaciones, muchos padres se
plantean cómo van a soportar a sus hijos y a
sobrevivir. Ellos son seguramente lo que más quieren en este
mundo, y durante el año echan de menos poder pasar más
tiempo juntos, pero cuando llega el verano no saben qué hacer con sus
vástagos y optan por mandar a las adorables criaturas a un campamento en
el norte de Burgos, a estudiar inglés a
Irlanda o a Gran Bretaña o a clases particulares y actividades
extraescolares y complementarias de lo que sea.
Y es que una vez liberados los niños del yugo de la
institución escolar en verano (aestate pueri si ualent, satis
discunt, que dijo Marcial: en verano los niños si están bien de salud,
bastante aprenden ya), lo que sirve para que el yugo sea más
tolerable en septiembre, se ve cuál es la función real de la
escuela, esencialmente represiva y de guardería de la infancia: un
parking temático donde so pretexto de educación se recluye a los niños
en estado semisalvaje para su domesticación y que entren por el aro como
fierecillas domadas. El amor paternofilial se resiente como una
especie de obligación, una suerte de
deber contraído al que hay que resignarse, no un gozo, por lo que hay
que
hacer de tripas corazón o ponerle al mal tiempo buena cara.
Si “misoginia” designa una especie de odio, aborrecimiento o mero juicio despectivo hacia las mujeres característico
de nuestra sociedad patriarcal; “misopedia” designa lo
mismo -odio, desprecio, μίσος misos en griego- pero relativo esta vez a los niños -παῖς παιδός pais, paidós-,
tan insoportables para el
“misopeda” como las mujeres para el misógino, lo que, no menos que lo
primero, define a nuestra sociedad esencialmente patriarcal.
La enorme
misopedia inherente a nuestras tribus desarrolladas del
primer mundo se caracteriza porque hay que
proteger a la infancia y salvaguardarla de sí misma, lo que conlleva
aparejados malos tratos -"es por tu bien", se les dice a las criaturas-
y el hecho de
que muchas parejas prefieran criar perros o gatos, que les resultan
más gratificantes, aunque cuando llegan las vacaciones
tampoco sepan muy bien qué hacer con sus mascotas y, en el peor de los
casos, las abandonen en una gasolinera.
Los niños ya no salen a jugar bulliciosos a la
calle porque hay coches que pueden atropellarlos, pederastas que
pueden violarlos -aunque hay una excesiva alarma social en torno a las
violaciones de niños, quizá sean más frecuentes de lo que se piensa en
el seno del "dulce" hogar que en
la calle; ¿por qué, si no, ni siquiera se bañan ya niños y niñas,
gloria bendita de verlos, despreocupados y desnudos en las playas?-, hay
peligrosos psicópatas, secuestradores, terroristas asesinos que hacen
la guerra santa musulmana, traficantes de órganos, trata de blancas y
muchos otros peligros
indefinidos acechando a la vuelta de cada esquina, por lo que se quedan,
qué
pena, enclaustrados en casa, como si eso fuera lo mejor, enchufados a la
consola de viedojuegos o al móvil que los inmoviliza en internet o a
la caja tonta y estupefaciente, o a las tres cosas a la vez. El hogar
está lleno de instrumentos tecnológicos y
juegos para que el niño pueda quedarse el mayor tiempo posible en
casa, cadenas y rejas que le impiden ser libre.
Los niños ya no recorren las calles de la ciudad
para ir andando al colegio o al juego porque no tienen autonomía ni
movilidad, por eso un adulto los acompaña como si fuera su Ángel de la Guarda y los lleva en coche casi
siempre a todas partes en sus desplazamientos cotidianos hasta bien entrada la
adolescencia.
Habría que reeducar a los niños en el placer de
trasladarse a pie o en bicicleta, invitándolos a ir sin el
acompañamiento paterno o de un adulto, sin miedo ninguno a cualquier parte. Los niños ya no pueden jugar en las plazas y en las
calles porque se han convertido en aparcamientos y vías para
automóviles, lo que supone un excesivo acaparamiento del suelo
público y urbano por parte de los coches. Sería bello, muy hermoso,
que liberáramos las plazas de los aparcamientos automovilísticos y las recuperásemos
para paseo, descanso y juego de niños, y que los peatones
reconquistásemos las calles, y que todas ellas, no sólo algunas céntricas de las ciudades, fueran peatonales.
Un niño no puede jugar a la pelota si no se mete a
entrenar en un equipo con camiseta, pantalones cortos, zapatillas y
chándal, con un entrenador y toda la parafernalia; a poco que se descuide se lo
profesionaliza desde bien pequeño, convirtiendo el juego en deporte, que es lo peor que hay.
La infancia es un lujo que los niños de hoy están
privados de disfrutar por sus mayores, quienes, sin embargo,
disfrutaron de la suya. Los adultos los controlan, dirigen y entrenan,
condenándolos a una nueva doble enfermedad: la soledad y la dependencia.
Necesitan permiso paterno para estar fuera de casa, y hasta para tirarse
un
pedo. Se reduce así su movilidad,
restringiéndose además a determinados lugares controlados y
videovigilados. No les dejan encontrarse libremente en la calle con
otros niños que no sean sus amigos ni con otros adultos que no sean sus
padres, porque se les inculca el miedo a los desconocidos y al mismo tiempo que vale más lo malo conocido que lo bueno por
conocer, y, en definitiva, que vale más lo malo que lo bueno, porque el
mal es por su propio bien, lo que es un auténtico disparate.
El empeño de los padres, profesores y educadores ya no es como hace algunas
generaciones, promover progresivamente la autonomía de los infantes,
sino garantizar su dependencia y su tutela. Fuera de casa, prosperan las ludotecas y los parques
temáticos siempre bajo la atenta mirada sobreprotectora y la
custodia y control videovigilante de los adultos.
Los mayores consideran al niño un “educando”,
es decir, un sujeto que debe ser educado cuanto antes, lo antes posible, que tiene valor no por lo
que es sino por lo que llegará a ser el día de mañana. El niño de
carne y hueso es negado, no importa, no existe. El niño está, como
la poesía de Celaya, “cargado de futuro”, excesivamente
sobrecargado, diría yo más bien; no es una realidad, sino un proyecto "educativo".
No importa lo que es, sino lo que será mañana,
para lo que se le hace que no sea nada ahora, se mata, de alguna de las
maneras
que hemos descrito, su infancia, subordinada a un bosquejo en
perspectiva, al boceto de un plan trazado por otros. El futuro ciudadano
democrático, votante y contribuyente, será, por
consiguiente, un niño frustrado, sin infancia. Recordemos el Principito
de Antoine de
Saint-Exupéry: “Todas las personas mayores han sido niños antes.
(Pero pocas se acuerdan).” O a Jean Genet, que escribió en alguna parte:
"Vivir es sobrevivir a un niño muerto".