"Creo, y lo creo profundamente, -escribe Pasolini- que el verdadero fascismo es eso que los sociólogos, con excesiva bondad, han denominado «la sociedad de consumo». Una definición que parece inocua, puramente indicativa. Pero nada más lejos. Si uno observa bien la realidad y, sobre todo, si uno sabe leer en las cosas que lo rodean, en el paisaje, en el diseño urbano y, sobre todo, en los hombres, ve que los resultados de esta despreocupada sociedad de consumo son los resultados de una dictadura, de un fascismo con todas las letras.
Para mí la cuestión es muy compleja, pero también está muy clara: el verdadero fascismo, lo he dicho y lo repito, es el de la sociedad de consumo, y los democristianos -los demócratas en general, diríamos nosotros-, aun sin percatarse de ello, se han encontrado con que son los auténticos y genuinos fascistas de hoy. A este respecto, los fascistas «oficiales» no son más que los continuadores del fascismo arqueológico: y en calidad de tales, no deben tomarse en consideración.
Solo que este odio se dirige, a veces con buena fe y otras con perfecta mala fe, contra el adversario equivocado, contra los fascistas arqueológicos en vez de contra el poder real".
Pasolini nos pone en guardia contra una nueva forma de fascismo, más sutil e insidiosa, entendida «como normalidad, como codificación del trasfondo brutalmente egoísta de una sociedad». Es el sistema de consumo, que desde los años sesenta se encarga
de la homologación cultural de todos los países: un poder sin rostro, sin camisa negra y sin fez, pero capaz de moldear vidas y conciencias. Más de cincuenta años después, estas intervenciones mantienen intacta su fuerza crítica, lo que nos permite captar algunos de los rasgos más profundos del mundo actual.
Cuenta Pasolini que una periodista que le hizo una
entrevista en 1962 estaba muy preocupada porque tenía un hijo
adolescente que era fascista, al que había llevado a ver la película
documental All'armi, siam fascisti!, que repasa la historia de Italia
desde principios del siglo XX analizando los orígenes, el
desarrollo y las huellas del fascismo desde su creación hasta 1961,
para que viera lo ridícula y delirante que era la figura de Mussolini,
il Duce, como en efecto le pareció al muchacho. Pero como comenta Pasolini "en el fondo, el hijo es menos fascista que la madre;
o, por lo menos, hay en su fascismo algo noble de lo que él mismo
sin duda no puede ser consciente: una protesta, una rabia. En su
honestidad de adolescente, él sabe que el mundo en el que vive es,
en el fondo, atroz: y arremete contra él con toda la fuerza del
escándalo que tiene para un muchacho su idea del fascismo. El
fascismo de la madre, en cambio, implica un desmoronamiento moral,
una complicidad con la manipulación artificial de las ideas con las
que el neocapitalismo está modelando su nuevo poder". El atractivo que el fascismo ejerce sobre la juventud, según Pasolini, no consiste en lo que propone dicha ideología, sino en el rechazo radical de la sociedad actual.

Diego Fusaro, por su parte, ha señalado en varias ocasiones que la característica de la política europea moderna tiene dos vertientes: el antifascismo en
ausencia de fascismo y el anticomunismo en ausencia de comunismo, lo que
supone que mientras unos y otros combaten contra enemigos inexistentes, se rinden y ponen al servicio del capitalismo financiero, que no tiene ideología, sino intereses, económicos, por supuesto, es decir, políticos.
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