lunes, 21 de febrero de 2022

Aprender a desaprender (y II)

Dos propuestas: Frente a la inmensa tarea del aprendizaje que nos propone el sistema de enseñanza o educativo que quier alargarse a toda la vida, hay que reivindicar la tarea del largo desaprendizaje para liberarnos del lastre de lo que hemos aprehendido. Por otra parte, frente a la propuesta de emprendimiento que nos inculca el sistema capitalista de producción que padecemos, reclamamos el desprendimiento. Hay que ser emprendedor, nos dicen para ocultar la vergüenza que les da decir que hay que ser empresario.
 
Creación de sentimiento de culpa: La religión católica nos hacía creer que teníamos lo que nos merecíamos, que éramos pecadores, estigmatizados como estábamos por el pecado original más los que luego nosotros cometíamos, y culpables -mea culpa, mea maxima culpa-, según la terminología cristiana, o responsables, según la religión laica imperante hoy en día, de nuestra propia desgracia por causa de nuestra poca inteligencia, capacidades o esfuerzo. Logran así que nosotros, en vez de rebelarnos como deberíamos hacer contra el sistema y romper las cadenas que nos subyugan, nos volvamos contra nosotros mismos, anulando nuestro amor propio, cayendo en la depresión y en la inhibición de nuestro sentido crítico y acción, y acabemos yendo al piscólogo o al pisquiatra para que resuelva "nuestro" problema con sesiones de psicoterapia, psicoanálisis y toda suerte de fármacos antidepresivos. Nos han hecho además sentirnos responsables de nuestra propia salud en el colmo del delirio sanitario. 
   
Cartel del Gobierno Nacional (de Paraguay)
 
Del sentido de la historia: La historia de la humanidad no tiene ningún sentido, es un sinsentido, como nuestra propia vida. Ni la sociedad ni la ciencia avanzan hacia ninguna meta por ningún camino. Nosotros  tampoco. 
 
Una paradoja: Antoine de Saint Exupéry en El principito escribió que lo esencial era invisible a los ojos. Es verdad. Yo me digo: Si quieres ver, cierra los ojos.

Muriendo lentamente. Nos estamos muriendo nosotros y las cosas continuamente, deshaciéndonos sin cesar. Ahora mismo. Convirtiéndonos en otro, en otra cosa. La ilusión en que nos hacen vivir es un matrimonio entre la fe en el futuro y en el pasado, la historia, y el continuo pasar que está fuera de la realidad. Entenderlo es sentirlo. Para entenderlo y sentirlo habría que romper la ilusión de nosotros mismos, tan falsa pero tan poderosa.
 
Una cosa es la realidad, el nombre propio y nuestro personaje real, y otra la verdad. Lo único que se puede decir de la realidad, a parte de la tautología perogrullesca de que es real, como su nombre indica, es que es falsa, porque si fuera verdadera no necesitaría pedirnos, como hace a cada paso, que creamos en ella: no necesitaría de nuestra fe para poder existir y proclamar su verdad. Eso es lo que nos hace por lo menos desconfiar de ella y por lo más sospechar que no es verdadera. 
 
 
 
 
Por otra parte, creo que todos guardamos más o menos el vivo recuerdo en algún lugar de nuestra memoria de cuando siendo niños vimos por primera vez nuestra propia imagen reflejada en un espejo, y alguien o algo nos dijo: "¡Ése eres tú!". Lo que yo recuerdo de ese momento es mi estupefacción y mi rechazo: "No, ese no soy yo". O mejor: "Yo no soy ese" (es decir, yo tampoco soy el que creo que soy). No sé quién soy, pero desde luego no soy ese que veo al otro lado del espejo, mi propia imagen.

Uno no se libera nunca definitivamente de la ilusión del engaño, y nunca llega, por lo tanto, a la verdad sobre sí mismo ni, huelga decirlo, sobre lo demás tampoco, primero porque no hay verdad (en la realidad) y segundo porque yo, como persona real que soy, soy conservador por esencia y también necesito creer que soy el que soy y que me llamo como me llamo, aunque en mi fuero interno sepa, como mi niño antiguo, que no soy ése, que no es verdad que yo sea el que soy



Odi et amo. El llamado delito de odio, del que tanto se oye hablar últimamente, es una amenaza contra la libertad de expresión. Se han tipificado determinados ejercicios de la libertad de expresión como “delitos de odio”, como si el odio fuera de por sí un delito, como si no fuera la otra cara del amor, como nos recordaba Catulo en su célebre odi et amo. Bajo la acusación de “discurso del odio” se esconde, camuflada de buenos sentimientos, la vieja censura inquisitorial, ese intento totalitario que quiere privarnos de la libertad de pensar y de sentir y de decir lo que sentimos y pensamos. Ambos, odio y amor, amor y odio, son sentimientos muy humanos, dos caras de la misma moneda. Y así como antaño se reivindicaba el amor libre, deberíamos proclamar ahora la urgencia del odio igualmente libre y despenalizado.
 
La penalización del odio responde al nuevo paternalismo de Estado basado en el consumo y la ilusión de libertad de elección: frente al capitalismo salvaje en que nos hemos instalado confortablemente existe un proteccionismo moral y cultural reforzado por las redes (anti)sociales, en las que puedes mentir, engañar publicitar y vender a tu propia madre pero no enseñar un pezón o decir que las vacunas no son tales vacunas, sino experimentos genéticos de nula eficacia o seguridad.



Declaran ilegales los discursos que incitan al odio y los penalizan para fomentar el amor al sistema, y para que el mensaje contestatario llegue al menor número de gente posible y puedan contener la infección.

Políticamente incorrecto. Hay un discurso políticamente correcto que se basa en un sistema de verdades oficiales que se repiten obsesiva- y machaconamente a modo de mantras perniciosos en los medios de conformación de masas, en la escuela y demás instituciones académicas, que están coartando la libertad de expresión.  De hecho la palabra “libertad” se está convirtiendo en un término maldito: nadie menciona a la bicha, porque todos dan por sentado que no hace falta mencionarla, que hay libertad, que existe, como dicen ellos, igual que Dios. Y es precisamente, dime de qué presumes y te diré de qué careces, aquello que nos falta.

domingo, 20 de febrero de 2022

Aprender a desaprender (I)

Frente al empeño de algunos pedodemagogos o demopedagogos modernos, da lo mismo como se quiera llamarlos,  de enseñarnos a aprender, he aquí una pequeña contribución en sentido contrario para aprender a desaprender lo enseñado y aprendido.

Lo que más le conviene a cualquiera. Liberarse uno del peso de las conveniencias.

Ideas del tiempo: Hay dos imaginaciones igualmente falsas del tiempo: la cíclica y la lineal: la cíclica responde al ritmo natural, circular, repetitivo del eterno retorno de lo mismo que sin embargo nuna es exactamente lo mismo, propio de las sociedades agrícolas y de la tradición oriental en la que el ser humano nace y renace constantemente como ave Fénix de sus propias cenizas; la imaginación del tiempo lineal, por su parte, procede de la cultura judeocristiana, y se fundamenta en la imagen de una línea recta que fluye desde el pasado atravesando  el presente inasible hacia el futuro. Pero el tiempo de verdad no es ni lo uno ni lo otro: ni un círculo ni una línea recta, vanas figuras geométricas. Reconozcámoslo: no tenemos ni idea de lo que es el tiempo. Cuando nos hacemos una idea de él, ya no es lo que era: el pájaro ha volado y escapado de la jaula.


Cultura. La cultura, igual que el ministerio que lleva o llevaba su nombre,  es un invento del gobierno, como escribió Rafael Sánchez Ferlosio, para crear un ministerio y un ministro, esencialmente incultos, que lleven su nombre, a fin de entretenernos, anestesiarnos y amodorrarnos.

Capitalismo: El modo de producción capitalista no se define por su capacidad de producir riqueza sino, más bien, por su afán de destruirla. Si se considera que la mayoría de las mercancías que se producen hoy en el mundo dentro de seis meses estarán en el contenedor de la basura se comprende enseguida que el capitalismo no fabrica mesas, coches, ordenadores, lavadoras etcétera sino “obsolescencias” que pronto será "residuos". El consumidor que se empeña durante seis meses en usarlos como si fueran mesas, coches, ordenadores y lavadoras acaba él mismo siendo consumido por el deseo de sustituirlos lo antes posible por sus llamadas actualizaciones. En consumidor consumido, convertido él mismo en un residuo marginal de un sistema económico de producción que no produce, valga la redundancia, mesas, coches, ordenadores, lavadoras etcétera sino ideas, que son su verdadera producción, es decir, basura escatológicamente pura. 

Éxito y fracaso. Son cosa de los negocios y de las empresas y empresarios, no cosa nuestra. Nuestra vida no puede considerarse ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario.
 
  
No todos somos demócratas. Un presidente del gobierno, de cuyo nombre no quiero acordarme, ha dicho que no sé qué desafío afectaba a la democracia misma. Y añadió: por tanto, nos concierne a todos. Ahí está la mentira. La mayoría -eso es la democracia- no somos todos. Lo que concierne a la democracia puede referirse a la mayoría, pero no a todos. ¡Qué afán totalitario tienen hasta los más demócratas! Pero no todos somos demócratas. Algunos, hay que decirlo,  somos ácratas y no demócratas. Nunca podemos ser todos porque continuamente estamos entrando y saliendo más. Nunca podremos ser buenos súbditos porque esos son los que se dejan contar, los que se están quietos, estabulados, firmes, sumisos, reducidos al número de su documento nacional de identidad, constreñidos a ser lo que son y nada más que lo que son, prietas las filas de votantes y contribuyentes. 

Infantilización: La publicidad nos trata como si fuésemos menores de edad en todos los sentidos de la palabra, incluido el de débiles mentales que necesitan la tutela del Gran Hermano. Si nos tratan como si fuéramos niños o preadolescentes, nosotros, por hipnosis sugestiva, tendemos a responder como tales. Eso es lo malo. Nos infantilizan y nosotros, encima, nos lo creemos.


 
Chantaje emocional: Apelan, más que a nuestra reflexión racional, a la emotividad, practicando la vieja técnica del chantaje emocional que pretende provocar un cortocircuito en el análisis lógico y una disonancia cognitiva, logrando, de paso, inculcarnos ideas, prejuicios, temores o compulsiones que inducirán a los comportamientos que esperan de nosotros.

Promoción de la ignorancia y la mediocridad: La calidad de la enseñanza obligatoria que se imparte al alumnado y la ciudadanía es mediocre y paupérrima, cada vez más, vertiginosamente más, al tiempo que aumenta el tiempo de escolarización obligatoria. Desde los medios de conformación de masas, se impone, además, la moda de ser estúpido, vulgar, chabacano, grosero e inculto. Es lo que está mandado, lo que Dios, o sea el Estado manda.

sábado, 19 de febrero de 2022

Contra los profesores (y II)

     Amós Comenio, en efecto, fue un obispo, teólogo y pedagogo del siglo XVII, uno de los fundadores y responsables de la moderna educación y su cacareado sistema educativo. Versado en el arte de la alquimia, aplicó el concepto de esta al proceso de la ilustración, hasta el punto de que la naturaleza religiosa de la educación y la fe que políticos y economistas depositan en ella, dedicándole enormes sumas de dinero público, es tan evidente que su carácter de piedra filosofal de nuestro sistema político, económico y social corre el peligro de pasar inadvertido. Su dogma fundamental, su idolatría, es que el proceso educativo aumenta el valor del ser humano, capitalizándolo y conduciéndolo hacia una vida mejor y un horizonte constante de progreso. No estamos hablando de la educación religiosa, sino de la naturaleza religiosa inherente a toda educación por muy laica que como ahora se pretenda. 


 
Magister: Veni, puer, disce sapere. (Ven, niño, aprende a saber)
Puer: Quid hoc est sapere? (¿Qué es eso de saber?)
Magister: Omnia, quae necessaria, recte intellegere, recte agere, recte eloqui. (Entender correctamente, obrar correctamente y decir correctamente todo lo que es necesario)
Puer: Quis me hoc docebit? (¿Quién me lo enseñará?)
Magister: Ego, cum Deo. (Yo, con Dios)
Puer: Quomodo? (¿Cómo?)
Magister: Te per omnia ducam, tibi omnia ostendam, tibi omnia nominabo. (Voy a conducirte por todo, a enseñarte todo, a nombrarte todo).
Puer: En! Adsum! Duc me, in nomine Dei. (¡Venga! ¡Aquí estoy! Condúceme, en el nombre de Dios).


    ...Y entonces el maestro comienza a enseñarle al niño el abecedario y empieza así su alfabetización, dentro de una liturgia escolar que agrupa a niños y niñas por edades, a veces también por sexos, en un recinto consagrado a ese fin, el aula, dentro de un centro penitenciario, donde son adoctrinados por personal cualificado... Y lo primero que el niño aprende es el curriculum oculto del sistema educativo, una mentira: extra scholam nulla salus: fuera del recinto escolar no hay salvación; que lo que no se enseña en la escuela carece de valor y lo que se aprende fuera de ella no vale la pena aprenderlo. Y también que hay dos mundos: el real al que está abocado y al que un día entrará, mal que le pese, y el sagrado, en el que se le encierra “para que aprenda”, en el que todo es “por su bien”, es decir, para que se prepare para el siempre incierto día de mañana y para pasar por el aro como domada fierecilla.

    Comenio diseñó el mapa educativo por el cual, hasta hoy, nuestras sociedades continúan orientándose y rigiéndose. La vida se configura como una escuela permanente en un constante proceso de enseñanza y aprendizaje, como dicen ahora los pedagogos; y el ser humano, como un homo educandus, un animal que ha de ser educado “para que aprenda... a aprender”.
 
      Cuando entré por primera vez en la sala donde se congregan los profesores antes de empezar las clases (denominadas hoy con 'corrección' lingüística 'Salas de Profesores y Profesoras'), comprobé que allí, en lo que yo creía en mi ingenuidad que era un templo de sabiduría, se decían las mismas tonterías que en la calle,  el nivel intelectual era paupérrimo, y su conversación giraba en torno a reivindicaciones salariales, siempre insuficientes para un trabajo tan ímprobo, y a los alumnos, que eran unos auténticos zoquetes. 
 
    Había básicamente dos modelos de profesores: el autoritario y conservador, de índole tradicional, enemigo de los medios audiovisuales y de las nuevas tecnologías, que dictaba sus lecciones magistrales ex cathedra y que estaba ya cuando yo empecé ya en franca decadencia, y el mayoritario o democrático y progresista, que pactaba con los alumnos todas las medidas y que se consideraba uno más, en el que yo milité, y que me parece tan execrable como el otro o más, que de entrada se presenta como 'profe guay'.
 
Profesores con faldas contra los estereotipos sexistas... ¡y con mascarilla!
 
     Los profesores más jóvenes que he conocido en estos últimos tiempos, procedentes todos ellos de las canteras de la ESO, eran en su mayoría, además de prepotentes y arrogantes como los viejos, extremadamente sumisos a las ideas dominantes y creídos. Los más creídos son, después de todos, los que más creen, en el sentido de que tienen fe en su misión profesional de apostolado laico. No son los profesores autoritarios de antaño ni tampoco los progres, sino los colegas de hoy, que resultan al fin y a la postre tan repelentes como aquellos porque disfrazan su condición de lobo bajo la piel del cordero. Consideran que ellos no tienen que enseñar los rudimentos de sus respectivas materias, sino que su principal tarea es formar a los alumnos integralmente para lo que es preciso adoctrinarlos. Están convencidos de ser educadores en lugar de enseñantes o docentes.
 
    El peor recuerdo, sin embargo, que conservo de mi dedicación a la enseñanza no es el trato con los alumnos curso tras curso ni tampoco con los colegas, sino la creciente burocracia que exige la administración a través de la inspección a los profesores, que ha ido aumentando según pasaban los años hasta extremos increíbles,  y los requisitos cada vez más imperiosos de las sucesivas reformas educativas,  una burocracia que se ha digitalizado con la entrada de las nuevas tecnologías en las aulas en los últimos años, lo que en lugar de resolver el problema lo ha complicado más todavía y agravado.

viernes, 18 de febrero de 2022

Contra los profesores (I)

    Le tomo prestado el título para esta entrada a Sexto Empírico: Contra los profesores. En latín Aduersus mathematicos. En el griego original: Πρὸς μαθηματικούς (pròs mathēmatikoús). Despotricaba Sexto Empírico, en efecto, contra los profesores o mathēmatikoí, que eran los depositarios del saber y encargados de enseñar las disciplinas que constituían en la antigüedad helenístico-romana la base de la formación cultural de las personas educadas, que la Edad Media heredó en sus célebres trivium (gramática, retórica y dialéctica) y quadrivium (aritmética, geometría, astronomía y música), llegando hasta nuestra educación -ya no enseñanza- primaria y secundaria. 
 
    Sexto, en efecto, anula enseguida la condición del maestro y el discípulo: el maestro es aquel que no tiene nada que enseñar, y sin embargo enseña (lo que no sabe), y el discípulo, aquel que no tiene nada que aprender y, por lo tanto, no aprende nada una vez que ha entrado en uso de razón y lengua. Solo se salva quizá de la quema la enseñanza del arte de leer y escribir. Pero para aprender a leer y a escribir, como para hablar, no hacen falta profesores. El maestro, pues, es aquel que posee un título que acredita su ignorancia.
 
 
    Soy consciente de que metiéndome con los profesores tiro piedras contra mi propio tejado, contra el tejado al menos que a mí también me cobijó, como profesor que he sido. Pero creo que esa condición me autoriza precisamente a hablar en contra de lo que tan bien conozco. Me hago eco del refrán: “Pájaro mal nacido es el que ensucia su nido”. El nido al que me refiero es la educación, nombre actual de la enseñanza, que era denominación más honesta. Acepto ser un “pájaro mal nacido” como el del refrán, y me dispongo a defecar sobre mi propio nido. Considero que eso me da derecho a opinar sobre la educación y los problemas de esta que son responsabilidad del profesorado: el desinterés del gremio en primer lugar por la enseñanza de la materia que imparte, falta de formación adecuada y el peor de todos... el desprecio por los alumnos que son considerados seres inferiores, o, como dice un colega, infraseres. 
 
    Estos seres inferiores vienen de casa cada vez peor educados para que los eduquen los profesores creándolos a su deplorable imagen y lamentable semejanza porque sus padres no pueden hacerlo. Hay que conseguir que sean buenos, y buenos quiere decir, ante todo, obedientes. Son educandos, que no es un gerundio según la vieja gramática, sino un gerundivo latino, es decir un participio de futuro pasivo con la idea de que se va a sufrir como sujeto paciente una acción que se proyectará en el tiempo, y significa que han de ser educados, que serán adiestrados como fierecillas domadas para que pasen por el aro, según la metáfora circense en la que el domador fuerza al tigre o al león a pasar por el aro envuelto en llamas. 
 
Pasando por el aro  
 
    Ivan Illich en La sociedad desescolarizada relacionaba el desarrollo de la educación con la figura del obispo Jon Amos Komensky, más conocido con el nombre de Comenius o Amós Comenio, que pretendía “enseñar todo a todo el mundo”. No sólo es un precursor de la pedagogía moderna, sino también un experto alquimista. La alquimia, en palabras de Illich (op. cit.) “pretendía transmutar el plomo vil, los elementos vulgares, en oro, haciendo pasar sus espíritus destilados por las 12 etapas del enriquecimiento”. Los alumnos, según la impostura alquimista, serían el plomo vil, los seres inferiores que decíamos antes, que deben ser transmutados, gracias al proceso educativo, en oro puro, lo que no deja de ser una grosera superchería: la gran estafa de la educación.  El plomo vil es plomo vil y nunca podrá convertirse en oro. 
 
      Ya lo advertía Sexto Empírico cuando distinguía entre “inexpertos o legos” y “expertos”: el inexperto no puede convertirse en experto cuando es inexperto, ni tampoco cuando es experto, pues entonces no se convierte en experto sino que lo es. Lo que traducido a nuestro propósito significa que el plomo vil es plomo y no puede convertirse en oro. Y si es oro en lugar de plomo vil tampoco puede convertirse en lo que ya es de por sí, puesto que ya lo es. Y prosigue nuestro escéptico Sexto Empírico con su razonamiento:  Pues si es inexperto, es como un hombre ciego o sordo de nacimiento, y así como éste no podrá nunca formarse un concepto de los colores o de los sonidos, del mismo modo el inexperto, en tanto que inexperto, ciego y sordo como es en lo que concierne a los principios técnicos, tampoco será capaz de ver u oír nada de ellos; y si se ha convertido en experto ya no se le enseña, sino que está instruido.

jueves, 17 de febrero de 2022

Del triunfo y victoria de la Ciencia

    La ciencia progresa que es una barbaridad, como decía el otro, pero el progreso de la ciencia consiste en mejorar sus explicaciones con la pretensión de llegar a una explicación que sea definitiva y verdadera para lo que debe contradecirse constantemente, tarea inacabable. Las cosas necesitan explicaciones y de buscarlas se encarga la ciencia, pero esas explicaciones no se encuentran en las cosas mismas, sino en el lenguaje que habla de ellas. La causa -origen de nuestra palabra cosa- "es algo siempre escurridizo, que nunca deja de resbalar entre pertenecer a la esplicación (sic) de las realidades o pertenecer a las realidades que ella esplica (sic)", como dice Agustín García Calvo en los prolegómenos a su traducción de De rerum natura de Lucrecio. De ahí que se recurra a la multicausalidad, es decir, en lugar de buscar una única causa supuestamente verdadera se presentan varias causas que se saben esencialmente falsas para no dejar las cosas sin explicación. Pero el problema no reside en encontrar la causa, sino la cosa, que se da por supuesta, o sea, que suponemos que está ahí, independientemente de la palabra que la nombra y que la crea. Y eso es mucho suponer.   

  

El triunfo de la Ciencia, Jordan Henderson

      Jordan Henderson se hace eco en dos de sus obras del triunfo y de la victoria de la Ciencia, con mayúscula como corresponde a su apoteosis, ya que es la nueva Religión, sobre la libertad y la verdad respectivamente. En primer lugar, el Triunfo de la Ciencia, en el que una alegoría de la Ciencia, personificada como una mujer con bata blanca, mascarilla, guantes y gafas sanitarias y una espada ensangrentada ha cortado la cabeza a otra y la enarbola con su mano derecha recordándonos la escultura de Perseo con la cabeza de Medusa de Benvenuto Cellini. 

Perseo con la cabeza de Medusa,  Benvenuto Cellini (1545)
 

    La mujer, que yace decapitada en el suelo y que es pisoteada por la Ciencia, es, según el artista, Libertas, una vieja diosa romana que personifica la Libertad.  El aura de luz que desprende su cabeza, ese sol luminoso, subraya la idea de triunfo. Un pie de la Ciencia triunfante pisa a la Libertad, que llevaba en la mano un bastón con un gorro frigio -de color rojo, como el de los libertos en la antigüedad, y los revolucionarios franceses en la edad moderna. Con el otro pie la Ciencia pisotea una serpiente que, enroscada sobre el báculo de Asclepio o Esculapio representa la vieja medicina curativa que también ha sido derrotada, al igual que la libertad. Un gato con el lomo erizado contempla, como nosotros, el horror de la escena.


 La Victoria de la Ciencia, Jordan Henderson


    En segundo lugar, la Victoria de la Ciencia. El mismo motivo: una mujer con las mismas características que la otra, sólo que ahora levanta su espada ensangrentada, pisotea a otra, a la que ha decapitado, y que representa a VERITAS, la Verdad en latín. Si alguien se pregunta por qué estas alegorías de la ciencia, la libertad y la verdad son mujeres, se debe sin duda a que en latín los tres términos eran de género gramatical femenino SCIENTIA, LIBERTAS Y VERITAS, género gramatical arbitrario que conservan en castellano. Un papel en sus manos lleva escrita la palabra TRUTH para que no quepa duda de que lo que ha vencido la Ciencia es la verdad, por lo que podemos reinterpretar esta alegoría como el triunfo de la mentira.
La Victoria resulta más macabra y terrorífica, si cabe, que el Triunfo porque no tiene como trasfondo un paisaje natural. La sangre también abunda más tanto en el suelo como en la bata blanca. La mujer con la bata blanca no sólo representa en ambos cuadros el triunfo y la victoria de la Ciencia, como dice el título de los lienzos, sino que sugiere además que el crimen se ha cometido en nombre de la medicina y la sanidad. 

    Viene a decirnos con estos dos óleos el artista que la Ciencia no es ni liberadora ni verdadera, sino todo lo contrario: se alza sobre los cadáveres de la Libertad y de la Verdad, que han sido asesinadas y son por ella pisoteadas. No tiene ningún sentido contraponer Ciencia y Religión, porque la Religión del siglo XXI es la Ciencia, y de la nueva fe religiosa se puede decir, como de la vieja, que es el opio del pueblo, y que en nombre de ella, como dijo Lucrecio, se han cometido "scelerosa atque impia facta", acciones criminales y despiadadas.   

miércoles, 16 de febrero de 2022

El 'green pass' o la alegoría del semáforo verde.

    Que lo verde sea lo autorizado y lo rojo lo que no lo está no deja de ser una convención como otra cualquiera, y es por lo tanto arbitraria como cualquier convención. Se cuenta que en China se trató durante la Revolución Cultural de invertir el significado y de hacer que la luz roja del semáforo diera paso libre y la verde prohibiera el paso a vehículos y peatones, basándose en que el rojo era el color del partido y de la bandera comunista y, por lo tanto, el color nacional, pero parece que el intento fue caótico porque la gente no sabía muy bien a qué atenerse, y unos, apegados a la tradición, funcionaban según la antigua convención, y otros, más jóvenes, seguían las directrices de las nuevas ordenanzas del Partido.


     Que el rojo sea el color de la prohibición se justifica argumentando que es el color de la sangre, y el derramamiento de sangre es señal de peligro. Es además el rojo uno de los primeros colores que se ve en el espectro, el más llamativo, mientras que el verde, que se asocia en política al ecologismo, y en lenguaje sanitario a los quirófanos, resulta más relajante. Quizá por eso al salvoconducto -es un decir- que se han sacado de la manga -es otro decir- gobiernos como el italiano, imitando los colores de los semáforos, le dicen, ávidos de anglicismos, “green pass”, o sea, “pase verde”, como si fuese un semáforo que se pone verde y que nos da paso y vía libre. 
 
Unos ciudadanos muestran el pasaporte covid para acceder a un recinto.

   La fotografía de arriba muestra un hecho, hasta ahora insólito, como si fuera lo más normal del mundo. El comentario del periódico de donde está tomada, completamente falso, dice: “El certificado covid europeo muestra su utilidad para la salud y la economía.” El certificado covid europeo es el green pass de los italianos.  Utilidad para la salud no le veo yo ninguna, porque los poseedores de dicho documento pueden contraer la enfermedad y contagiarla como todo quisque (o más). Que se le llame "pasaporte sanitario" entre nosotros tampoco tiene mucho sentido. Si sanidad es sinónimo de salud, cosa que dudo, no debería llamarse así, a no ser que entendamos lo de sanitario como “expedido por el Ministerio de Sanidad”: un certificado burocrático que dice que el poseedor ha recibido una o dos o tres inyecciones hasta la fecha, lo que no quiere decir que no sea contagioso y que esté sano o que esté más sano que alguien que no lo haya hecho, pero tiene acceso libre. Tampoco le veo yo la utilidad para la economía, por mucho que lo diga el periódico.

     Tanto el nombre -pase, paso- como el color -verde- que evoca el green pass son una regulación del tráfico. Y ya sabemos lo que ocurre en las ciudades donde hay semáforos que regulan el tráfico: se organiza el caos sobre ruedas. Se preguntaba, a propósito de esto, Chicho Sánchez Ferlosio si se ha puesto el guardia a dirigir el tráfico a despecho de los semáforos porque se ha formado un embotellamiento fuera de lo común o se ha formado un embotellamiento fuera de lo común porque el guardia se ha puesto a dirigir el tráfico a despecho de los semáforos. Adivina la respuesta. 

    Lo que quieren los gobiernos es controlar nuestro paso como si fueran un semáforo. Controlan así nuestra obediencia, nuestra sumisión, y por eso utilizan esos colores: rojo prohibición, verde vía libre.


    Quizá lo más sensato es que no hubiera semáforos reguladores del tráfico por respeto a los daltónicos, que no distinguen el color rojo del verde (por lo que no sé si la Dirección General de Tráfico que se encarga de organizar el caos en nuestras carreteras les concederá el permiso de conducir) o que, de haberlos en los lugares peligrosos, por ejemplo en los cruces de caminos,  sólo tuvieran un color que no fuera ni el rojo ni el verde, sino el ámbar de la precaución, o, mejor dicho, del cuidado. Cuando uno llega a ese punto tiene que tener cuidado. Simplemente.

martes, 15 de febrero de 2022

Un presente más brillante

  De Jordan Henderson sacamos hace tiempo una entrada titulada Sonriéndole a la vida a propósito de un significativo cuadro suyo que comentábamos allí. Hoy volvemos sobre su obra pictórica para mostrar uno de sus últimos trabajos relacionado con la dictadura sanitaria también denominada eufemísticametne 'Nueva Normalidad' que llevamos padeciendo durante casi dos años. 
 
     Jordan Henderson en Brighter future ('Un futuro más brillante'), pese lo siniestro de dos imágenes laterales de este a modo de tríptico, quiere transmitirnos con la imagen central una cierta esperanza. 
 
 
Un futuro más brillante, Jordan Henderson
 
    En el centro del siniestro cuadro, un adulto y una niña, un padre y una hija, vestidos ambos con motivos alegres de gran colorido que contrastan con los cráneos descarnados laterales como la vida con la muerte, abren y dejan entrever un escenario natural que se opone a los esqueletos enmascarillados y acribillados con jeringuillas de los dos extremos. Tras ellos se entrevé un atardecer otoñal. 
 
    El motivo de la calavera sostenida por unas manos lo había desarrollado Henderson en un cuadro anterior titulado Safe and sanitized ('Seguro e higienizado'), donde unas manos esposadas que simbolizan la privación de libertad sostienen un cráneo amordazado con una mascarilla roja a guisa de mordaza. Aquí repite ese motivo añadiéndole las jeringuillas de vacunas clavadas aleatoriamente en los cráneos.  
 
 Safe and sanitized, Jordan Henderson

     El edificio que se eleva sobre la multitud a la izquierda es una de las estructuras más emblemáticas de los CDC (Centers for Disease Control and Prevention), los Centros para el Control y la Prevención de las Enfermedades, algo así como nuestro Ministerio de Sanidad estadounidense, en su sede de Atlanta, Georgia. 
 
 Edificio de los CDD en Atlanta (Georgia)
    
     A la derecha se alza el inconfundible edificio del Capitolio de los Estados Unidos. La Estatua de la Libertad de bronce que corona su cúpula ha sido sustituida aquí por el Caduceo, en el que dos serpientes se enroscan alrededor de una vara alada, un símbolo antiguo que algunos confunden con el báculo de Asclepio, o de Esculapio en su versión latina, el dios de la medicina, pero que es atributo de Hermes, el Mercurio romano y dios del comercio, por lo que simboliza la sociedad de consumo, aunque Henderson juega con la ambigüedad que genera el símbolo: la medicina comercializada. Ironía de Henderson: la libertad ha sido desplazada por el Comercio y la Medicina prostituida a él. 
 
 
 
    También a la derecha se encuentra el antiguo símbolo de la medicina, precisamente, que todavía se utiliza ampliamente, la Vara de Asclepio (una serpiente única enroscada alrededor de un bastón). Aquí la serpiente se eleva por encima de sus "pacientes", a los que aterroriza, y el pomo de la parte superior de la vara es un cráneo humano diminuto empalado en la aguja de una gran jeringuilla. Esta interpretación de la Vara de Asclepio capta con mayor precisión el espíritu de la medicina profiláctica moderna. 
 
 
Cúpula del Capitolio en Guásinton con la estatua de la Libertad
 
    Un futuro más brillante se titula el trabajo de Henderson. Quizá nos sobra la palabra "futuro" en el título del cuadro, porque lo que se adivina no es el porvenir, sino una realidad distinta que se abre ya cuando se cierra el siniestro escenario de la Nueva Normalidad fomentada por los gobiernos del mundo y por esa serpiente que se enrosca sobre el báculo de Asclepio, el dios al que los médicos le juran que lo principal de su tarea es no hacer daño (primum non nocere), símbolo del que se ha apropiado la OMS, por lo que está aquí también representada: la Organización Mundial de la Salud, cuyas siglas forman en inglés un acrónimo significativo: WHO (World Health Organization). ¿Quién -who en la lengua del Imperio- es el responsable en última instancia de la pandemia universal? La respuesta está en dicha lengua una vez que levantamos el tono interrogativo de pregunta.
 

lunes, 14 de febrero de 2022

Peligroso asomarse al interior

    Si no existiera el miedo, habría que inventarlo para someter a la ciudadanía. Caviló en su fuero interno el Ministro del Interior del Gobierno del país. No lo proclamó a la prensa porque no podía declarar algo así con la boca grande a los medios de comunicación en la rueda de prensa. Pero estaba firmemente convencido de ello. No tenía por qué preocuparse de corroborar esa hipótesis. No necesitaba inventar el terrorismo porque ya existía realmente en el país desde tiempos muy remotos. Era el monstruo que había creado el propio Ministro del Interior para poder combatirlo y justificar su propia existencia, la existencia de su Ministerio, y en última instancia del Gobierno.

    Resulta que el Presidente del país más poderoso del mundo declara ahora, para atizar el fuego, que existe -con el verbo grandilocuente que se emplea para Dios y todas las abstracciones ideológicas- una amenaza terrorista global, es decir, del mundo mundial, creíble -con este adjetivo apelan a la vieja fe decimonónica para resucitarla-,  que ya no procede de un pequeño país árabe del que casi nadie ha oído hablar pero cuyo nombre inspira pavor, sino de todos y cada uno de sus súbditos, que somos nosotros, potenciales bombas contagiosas. Dicho Presidente, en el que algunos ingenuos creyeron ver alguna vez una esperanza de regeneración para la humanidad, se embarca con todo su equipo, por lo tanto, en luchar contra un fantasma que él ha creado, lo que en la lengua del imperio llaman: Global War on Terrorism o sea GWOT. 

Viñeta de Pastecca (Iván Tubau, 1973)
 
     El Ministerio del Interior pedía su colaboración a la ciudadanía desde su página web en la guerrra emprendida contra el  nuevo enemigo al que se le declaraba la guerra: “La colaboración ciudadana, que es fundamental para combatir el terrorismo y la delincuencia organizada, también lo es para enfrentarnos a este nuevo enemigo despiadado que surge ahora, muchísimo más temible que todos los anteriores habidos y que habrá. Por el cual motivo si Vd. tiene conocimiento, indicio o sospecha de su estado de salud o de sus vecinos que pudieran estar relacionadas con la propagación de este Virus, no dude en ponerse en contacto con nosotros: Vd. mismo puede ser un peligroso supercontagiador e ignorarlo: colabore con la policía sanitaria: denúnciese. Es por el bien de todos.”

    El Ministerio de Defensa del mismo país negociaba desde hacía mucho tiempo la venta de más de doscientos carros de combate a otro país que, lejos de ser una (pseudo-, como todas) -democracia, era una monarquía absoluta pero muy rica gracias a sus yacimientos petrolíferos y a las reservas recientemente descubiertas de minerales preciosos, una dictadura en la que la mujer vive fuertemente segregada y discriminada por razón de su sexo, y la homosexualidad está castigada como un delito de pena capital con muerte por ahorcamiento.

    Esta situación, lejos de ser un impedimento para el establecimiento de tratos comerciales y lejos de provocar una intervención humanitaria o invasión armada del primer país sobre el segundo, es ignorada y pasada por alto. Sin duda porque el suculento contrato que están a punto de firmar es multimillonario: supera los tres mil millones,  lo que constituye una suma astronómica, difícilmente imaginable.

 

 

    El dinero, aunque no proporciona la felicidad y es causa de desgracias múltiples, caviló el primer ministro, es siempre bienvenido en las arcas y los bolsillos de los magnates de un  país que pretende así solucionar de alguna manera la crisis económica que ellos mismos habían desencadenado y generado.

    La Ministra de Sanidad, por su parte, escuchaba boquiabierta las cavilaciones en voz alta del Ministro del Interior de su gabinete. Se dijo a sí misma, frotándose las manos: "Si no existiera el enemigo letal, habría que inventarlo sin duda alguna para poder combatirlo y derrotarlo, y sojuzgar a la ciudadanía convenciéndola de que todo el mundo es potencialmente contagioso. Hay dos posibilidades teóricas, se dijo a sí misma: lanzar un virus respiratorio severo agudo que obligue a toda la población, una vez perdidos el sentido común, además del olfato y el gusto, al uso de mascarilla (y aun doble mascarilla) en espacios exteriores e interiores, eso, o un virus gastrointestinal que obligue a llevar pañales en el culo a toda la población so pena  de en el momento menos pensado cagarse uno, si no los llevase, como suele decirse vulgarmente, por las patas abajo. El grupo de expertos debe estudiar ambas posibilidades y decantarse inmediatamente por el lanzamiento de uno de esos dos virus para avisar a la prensa y a todos los medios."  Hay que declarar, en todo caso, el Estado de Alarma para que la excepción se convierta en la regla. No importa que alguien diga que es anticonstitucional. Lo primero es la salud. Esa y no otra es la constitución de las personas. Sólo hace falta convencer a la gente, reducida a 'población' y 'ciudadanía', de que su vida y la de sus seres queridos corre peligro para justificar lo injustificable. 

 

    Por su parte, el Vicepresidente, que había sido cesado o que había dimitido, nunca se sabrá muy bien qué había pasado en aquel gabinete, hacía unas declaraciones explosivas a sus íntimos que casi pasaban desapercibidas: "Yo ya no soy político, puedo decir la verdad."   Mentía, evidentemente, porque político seguía siéndolo, como todo bicho humano: lo que ya no era era político profesional.

domingo, 13 de febrero de 2022

Varia

 


Según la EMA, s.e.u.o., se reportan 8.807 muertes hasta el 20 de enero a raíz de las vacunas COVID-19 en Europa. Sin embargo, según Eudravigilance hasta el 29 de enero 38.983. En todo caso, sean 38.983 o sean 8.907 los muertos son demasiados, ¿no es un sarcasmo seguir cacareando que las susodichas vacunas "salvan vidas"? 

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Dice una actriz: El teatro es terapéutico, es un alivio descansar de nosotros mismos. Lo dice el actor, que deja de ser el que es, que descansa de ser él mismo para ser otro, pero también puede decirlo el espectador que, durante la hora y media que dura más o menos pero por ahí la representación, se olvida de sí mismo, si la obra es buena, y se mete en la piel y el decorado de otro, aliviándose de la gravedad de sus problemas y de sí mismo. Quizá eso y no otra cosa sea la catarsis de la que hablaba Aristóteles, la terapia del teatro. 

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Por más vueltas que le doy, / no encuentro ningún sentido / a seguir siendo el que soy.

 Por más vueltas que le doy, / no sé yo de donde vengo / ni tampoco a dónde voy.

Por más vueltas que le doy, / modo alguno yo no encuentro / de poder saber quién soy.*

*Variante: de reconocer quién soy

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¿Quién tiene la razón? Planteémonos la cuestión como un tetralema, es decir con cuatro posibles respuestas: -El que dice: 6 -El que dice: 9. -Los dos -Ninguno de los dos. -El que dice 6 no tiene la razón porque lo que para él es un 6, es su opinión personal, para su compañero -que puede ser el mismo desde otra perspectiva-  es un 9. -El que dice 9 no tiene la razón porque lo que para él es un 9, es su opinión personal, para su compañero -que puede ser el mismo desde otra perspectiva-  es un 6. -Ninguno de los dos tiene la razón porque una misma cosa no puede ser a la vez dos cosas distintas dependiendo del punto de vista o de la opinión personal de cada uno. -Los dos tienen la razón, pero una misma cosa no puede ser dos cosas distintas ni puede contradecirse según la perspectiva que se adopte. 
 
Adivina adivinanza

Vio un pastor en la montaña / lo que no ve el Rey de España, / lo que Dios, que todo ve, / no ha podido nunca ver.

Hay otras versiones de este acertijo que ejemplifica sin querer el principo de identidad. El hecho de que en algunas, como la siguiente, intervenga el Rey de Castilla, si no es una rima forzada, delata su posible antigüedad. 

Vio en la montaña un pastor / lo que no el Rey de Castilla / ni el Pontífice en su silla / ni Dios, con ser Dios, lo vio.

Un hombre en el campo ve / lo que el Rey no ve en su villa; / ni el Pontífice en su silla, / ni Dios con su gran poder, / tampoco ha podido ver.

(Solución:  La respuesta correcta sería “otro como él”. No puede responderse “un pastor”, porque eso también podrían verlo el Rey de España, el pontífice o Dios mismo. Sin embargo ni el Rey de España (o el de Castilla), ni el Papa ni Dios pueden ver otro como ellos porque sólo hay uno, habida cuenta de la monarquía y del monoteísmo.

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RIP

       Los antiguos romanos les deseaban a sus muertos que la tierra les fuera leve, es decir, que no les pesase: STTL: sit tibi terra leuis. Los cristianos utilizaron en seguida el acrónimo RIP: Requiescat In Pace sobre las tumbas, que en estos tiempos en que ya no se estudia latín se ha sustituido por su traducción DEP: Descanse En Paz. En la lengua del Imperio, curiosamente, el acrónimo latino RIP, responde a Rest In Peace, lo mismo básicamente que el inglés.


    Me preguntaba yo por qué les deseábamos a los muertos la paz, y me venía enseguida a la mente la idea metafórica de que la vida es una guerra, y que sólo al final del camino se encotraba la paz, como cantaba el llorado Franco Battiato en Nómadas (1988): camminatore che vai cercando la pace al crepuscolo, la troverai, la troverai alla fine della strada. Un bello epitafio: "Caminante que vas buscando la paz en el crepúsculo, la encontrarás, la encontrarás al final de tu camino." 


     Y en seguida me venía a la mente el célebre fragmento de Heraclito de que la Guerra es padre de todos “de todos rey, y a los unos los señaló dioses, a los otros hombres, a los unos los hizo esclavos, a los otros libres”. En griego la metáfora es más poderosa que en castellano porque la guerra se dice ho pólemos y tiene género gramatical masculino. Algunos traductores prefieren, de hecho, traducir el término griego por un sinónimo de guerra que sea de género gramatical masculino en epsañol como: “El combate es el padre de todos, de todos rey...”, pero las palabras masculinas “combate” o “enfrentamiento” o “confrontamiento”, que también podrían valer como sinónimos, no tienen la misma fuerza semántica que “guerra”, mucho más poderosa y sugerente.
 
    La visión de la vida como guerra hace que imaginemos la muerte como la paz de la guerra. Bellum omnium contra omnes: la guerra de todos contra todos, como escribió varias veces el filósofo Thomas Hobbes, sólo que él se refería a las condiciones de vida del ser humano antes de su organización estatal, y ahora hay que referirlas a la organización que nos ha impuesto Leviatán.  

sábado, 12 de febrero de 2022

El simbolismo de la estaca

    El cantautor catalán Lluis Llach compuso una canción, L'estaca en 1968, que se convirtió enseguida en todo un himno prohibido contra la dictadura franquista en primer lugar, y que alcanzó enseguida la categoría de un símbolo contra todo tipo de dictaduras o ataduras. Actualmente se cuentan hasta cincuenta versiones de esta canción en francés, inglés, corso, vasco, occitano, italiano, sueco...  La canción, compuesta originalmente en catalán, se ha traducido a numerosas lenguas, y ha llegado a popularizarse tanto que, según la inevitable Güiquipedia, en algunos lugares se considera que es una canción autóctona, convertida en un símbolo de lucha por la libertad. Al parecer ha sido himno del sindicato polaco Solidarnosc, de la revolución tunecita de 2011 y hasta de un club de rugby... Compuesta y cantada originalmente en catalán, se ha interpretado también como un alegato a favor de la independencia de Cataluña del  garrote del Estado español. Si Cataluña logra la independencia algún día, la canción sin embargo podrá seguirse cantando: la estaca en ese caso ya no representaría a España, sino a la propia Cataluña. Es lo bueno de algunos símbolos, que valen para todas las circunstancias.

 

          La letra es un diálogo entre un abuelo llamado Siset y un joven. El viejo le dice al muchacho que si no ve la estaca a la que están amarrados y que les impide andar. Si no ve la atadura, jamás podrá liberarse de ella. Pero esa atadura no es solo individual, sino colectiva, por eso es preciso tirar fuerte todos juntos para romperla.

    La expresión 'estar a (la) estaca' es en la jerga marinera estar con sujeción, sin poder separarse de un lugar. De ahí que se diga que si alguien está a la estaca está reducido a pocos medios, a escasas facultades, como dice la docta Academia con su inmensa pedantería, y, en definitiva, que tiene poca libertad. El verbo 'estacar', por su parte, significa clavar en tierra una estaca y atar a ella una bestia. Se ha empleado sobre todo, en la esfera caballeresca, para sujetar al caballo. Por lo que el simbolismo de la estaca está relacionado íntimamente con la falta de la libertad, dado que es el obstáculo que  impide el movimiento circunscribiéndolo a un punto.

  En la siguiente imagen se insiste precisamente en esto último, en tirar todos juntos de la cuerda que nos ata a la estaca, que por otro lado está podrida, para que caiga, por lo que no será difícil derribarla. La canción se convierte enseguida en un himno que se corea, que anima tanto a cantar el estribillo como, haciendo lo que dice la letra, a tirar todos juntos de la cuerda para liberarnos de la sujeción.

 

        El problema de esta imagen es que no refleja la atadura individual de cada uno de los que están tirando de la cuerda para derribarla: es una exhibición de tiro de cuerda en equipo. Deberíamos suponer una única estaca a  la que todos estamos amarrados por una cuerda individual, de modo que tirando todos y cada uno de ella podamos troncharla.

     He aquí la letra, compuesta por Lluis Llach a los veinte años, en versión original y traducida al castellano:

      L'avi Siset em parlava / de bon matí al portal / mentre el sol esperàvem / i els carros vèiem passar. 

El viejo Siset me hablaba / al amanecer, en el portal, / mientras esperábamos la salida del sol / y veíamos pasar los carros.

Siset, que no veus l'estaca / on estem tots lligats? / Si no podem desfer-nos-en / mai no podrem caminar! 

 Siset: ¿No ves la estaca / a la que estamos todos atados? / Si no conseguimos liberarnos de ella / nunca podremos andar.

Si estirem tots, ella caurà  / i molt de temps no pot durar, / segur que tomba, tomba, tomba / ben corcada deu ser ja. / Si jo l'estiro fort per aquí / i tu l'estires fort per allà, / segur que tomba, tomba, tomba, / i ens podrem alliberar. 


Si yo tiro fuerte por aquí / y tú tiras fuerte por allí, / seguro que cae, cae, cae, / y podremos liberarnos. / Si tiramos todos, ella caerá. / Ya no puede durar mucho tiempo. / Seguro que cae, cae, cae, / pues debe estar ya bien podrida.

  Però, Siset, fa molt temps ja, / les mans se'm van escorxant,/ i quan la força se me'n va / ella és més ampla i més gran. 

 ¡Pero, ha pasado tanto tiempo así! / Las manos se me están desollando, / y en cuanto abandono un instante, / se hace más gruesa y más grande.

Ben cert sé que està podrida / però és que, Siset, pesa tant, / que a cops la força m'oblida. / Torna'm a dir el teu cant: 

 Ya sé que está podrida, / pero es que, Siset, pesa tanto, / que a veces me abandonan las fuerzas./ Repíteme tu canción.

Si estirem tots, ella caurà... 

 Si tiramos todos, ella caerá...

L'avi Siset ja no diu res, / mal vent que se l'emportà, / ell qui sap cap a quin indret / i jo a sota el portal. 

 El viejo Siset ya no dice nada; / se lo llevó un mal viento / - él sabe hacia donde -, / mientras yo continúo bajo el portal.

I mentre passen els nous vailets / estiro el coll per cantar / el darrer cant d'en Siset, / el darrer que em va ensenyar. 


Y cuando pasan los nuevos muchachos, / alzo la voz para cantar /
el último canto de Siset, el último que me enseñó. 

 Si estirem tots, ella caurà... 

 Si tiramos todos, ella caerá...

 


     Puede suceder como escribíamos en Confidencias de un paquidermo, recreando la fábula de Jorge Bucay, que esa estaca ya no exista, o que sólo exista ya en nuestra mente, porque es fruto de nuestra educación, o que siendo insuficiente para detenerlos, como les sucede a los elefantes adultos, estos no hagan amago de tirar de ella y se limiten a moverse en círculo, sin alejarse de la tranca. Cuando son jóvenes, son encadenados a una estaca de la que entonces no tienen fuerzas para liberarse. Cuando son adultos, siguen encadenados a la misma estaca, ridícula ya, de la que ya no les costaría nada zafarse dada la robustez que ha adquirido su masa corporal, pero ni siquiera lo intentan porque han aprendido la lección, porque creen que es imposible.  No en vano se ha dicho muchas veces que las cadenas más difíciles de romper y las prisiones de la que es prácticamente imposible escapar, porque son las de máxima seguriad, son las mentales.  El que no sabe que está prisionero nunca intentará escapar de la prisión.