Dicen que hace cincuenta y cinco años, el 20 de julio de 1969, el Hombre puso el pie sobre la superficie nunca antes hollada de la Luna, la mítica Selene de los griegos. Y Neil Amstrong pronunció la frase de que era un pequeño paso para un hombre y un gran salto para la humanidad.
Aquello fue la apoteosis del espectáculo televisivo: el triunfo de la televisión, que se le imponía así a toda la población del planeta Tierra inculcándole la nueva fe audiovisual.
El “yo sólo creo en lo que veo”, que decían los más escépticos, se convirtió en “yo sólo creo lo que veo en la televisión”; la caja tonta de la tele, el arma de distracción masiva más poderosa y de manipulación de masas de individuos que se haya inventado nunca.
Recuerdo que sólo había un televisor en casa, que había que esperar cinco minutos a que el transformador o alternador, ya no recuerdo cómo se llamaba, se calentara para oír el sonido primero y ver al fin las imágenes en blanco y negro después de la única cadena de televisión que había en España.
Recuerdo que mi padre, consciente de que era un momento histórico que yo nunca olvidaría, me despertó a las tantas de la mañana para que viera en directo con legañas en los ojos -a las 4 horas 56 minutos exactamente, según me dice ChatGPT-, el espectáculo retransmitido a todo el globo terráqueo.
Algo dentro de mí me decía, sin embargo, que aquella fe que nos querían inculcar a fuerza de imágenes era falsa: Es mentira, como todos hemos sospechado alguna vez. El Hombre como tal no ha pisado nunca la Luna, pese a la fotografía de la huella de Aldrin.
La Luna, aquella luna llena de julio que resplandecía luminosa en medio de la bóveda celeste, no ha sido conquistada todavía. Nox erat et caelo fulgebat Luna sereno, que cantó Horacio: "Era de
noche y la luna brillaba en el cielo sereno". Sigue como estaba, virgen inmaculada, reina del universo y de la noche, inalcanzable, sola y lejana como una utopía. La Luna, musa de poetas y de lunáticos, no ha sido conquistada por la sencilla razón de que si lo hubiera sido ya no sería la luna.
El moderno rapto de Europa lo ejecuta el tío Sam, nuevo Zeus metamorfoseado en la taurina OTAN, la hermanita de la caridad del Sagrado Corazón de Jesucristo.
La
visita del jefe del Estado, el rey, la reina y los presidentes
central y autonómico reciben del pueblo a la cara el barro, insultos
y abucheos que merecen.
La
catana o catán del samurái no se desenvaina a la ligera y se guarda
acto seguido de nuevo; desenfundada, ha de servir a su propósito a
la fuerza: desgarrar.
Al demócrata que dice “quien no vota no puede quejarse”, hay que replicarle que quien no puede es, precisamente, el que legitima votando el sistema de dominio.
No es nada extraño que los primeros relojes públicos fueran colocados en las catedrales europeas, habida cuenta del carácter religioso del cómputo del tiempo.
Cuando César, según cuenta Lucano, visitó el solar de la arrasada ciudad de Troya comprobó que no perduraban ni sus ruinas: solo quedaba un nomen memorabile.
El objetivo del alfanje desenvainado no puede ser otro más que la muerte del enemigo, porque es el destino que lleva grabado en su legendario acero damasceno.
Antes de la Hégira, la migración de Mahoma en el año 622 de la era cristiana, la Arabia preislámica no contaba los años, no había comenzado la historia todavía.
A los cuatro
jinetes del apocalipsis se une el quinto y más apocalíptico, sin el que la peste, la guerra, el hambre y la muerte no son nada: es la información.
(Divinas palabras) Dios inspira al profeta contra los enemigos de Israel con palabras terribles: “Espada, sal de la vaina para degollar; afílate para dar la muerte, y relumbrar”.
En otras épocas hablaban de otra vida, la verdadera, situada en el más allá; ahora ponen ese futuro glorioso en el más acá, la misma falacia cambiada de lugar.
Inoculan en la juventud el virus del emprendedor que hace realidad sus sueños, cuando realizarlos es lo peor que se puede hacer con ellos, es echarlos a perder.
(Bobdylanesca) Una pregunta sin respuesta que valga flota en el aire, y no hace falta ser meteorólogo para saber en qué dirección sopla el viento o si ya ha dejado de soplar.
(Mi voto no se lo doy a cualquiera) El régimen democrático vigente está sometido a la mercadotecnia desde el momento en que el voto es un preciado objeto de consumo que se vende y que se compra.
(Correo en el buzón electrónico) "Ten en cuenta", mensaje de la entidad bancaria. Asunto: "Los ciberdelincuentes pueden hacerse pasar por tu banco". Excusatio non petita, accusatio manifesta.
Los trogloditas de la mediática caverna platónica matarían, si pudieran, a quien pretendiera desatarles y conducirlos, liberándolos de las sombras, a la luz.
El futuro es un vacío que hay que rellenar con proyectos como hacen los políticos con la agenda 2030, como si fuéramos a encontrarlo a la vuelta de la esquina.
Eran
niños pobres que, sin falso pudor y con toda la naturalidad del mundo,
se lanzaban al agua
desnudos en la machina a recoger las monedas que les arrojaban los
señoritos y
que ellos sacaban del fondo de la bahía en la boca para ir luego a gastarlas
comprando alguna chuchería o yendo al cine, si llegaba para tanto, a ver alguna
película, viviendo un poco así de la picaresca del
puerto.
Raqueros de Santander, José Cobo Calderón (1999)
Ya el novelista costumbrista cántabro José María de Pereda
retrataba a estos chavales en su novela “Sotileza”. Hay, además, una foto de
1890 en la que se ha inspirado el moderno grupo escultórico de José Cobo
Calderón, que ahora se puede ver en el
paseo marítimo de Santander, obra que los inmortaliza.
Según el Diccionario de la Real, raquero significa, aplicado a un
buque o embarcación pequeña, “que va pirateando o robando por las costas”;
referido a persona es aquella que anda al raque, y, en sentido general, “ratero
que hurta en puertos y costas”.
El raque se define como el acto de recoger los objetos perdidos en
las costas por algún naufragio o echazón. En cuanto a la etimología, aunque es dudosa según Corominas, se propone
el germánico *rakan “recoger con rastrillo”, conservado en inglés to rake “rastrillar”. Otros relacionan la palabra con el alemán das Wrack, "barco o buque naufragado", de donde el compuesto Wrackteil aplicado a los pecios (o pecíos), que son los restos del naufragio. De raque deriva “raquear” con el significado
de “hurtar” y “raquero” como “merodeador de playa”, palabras ambas atestiguadas en 1884.
¡Qué
pena que ya no haya raqueros, o raquerucos, como se dice
cariñosamente con este diminutivo tan querido en Cantabria, que se bañen
con el traje de baño decente que la naturaleza les ha dado, que es la
desnudez
de los vivos cueros! ¡Qué pena que las aguas de la bahía estén cada vez
más
contaminadas y sucias! ¡Qué pena que los únicos nadadores que se lancen
al
agua en el paseo marítimo para envidia y gozo de los paseantes y
transeúntes sean estas
esculturas!
Raquero que en el muelle del puerto de Santander mira en la noche
a la luna llena como si fuera una moneda de plata antes de zambullirse en el
fondo del mar a rescatarla.
Mammón confiere al hombre una riqueza de la que nunca goza porque el gozo es una gracia, es decir, algo gratuito, que solo puede otorgar la gracia de Dios. Pero en el mundo reina la compraventa, la no-gracia o des-gracia de Dios.
No se puede ser fiel a ambos señores: ser fiel a uno implica ser infiel al otro. Se puede ser fiel a Mammón gestionando las riquezas y bienes del mundo, haciéndolas fructificar según la ley del dinero, haciendo el juego político y económico; y se puede hacer incluso con cierta moralidad. Se puede fomentar, por ejemplo, el comercio justo, pero el comercio, digan lo que digan, es esencialmente injusto.
"Esta subordinación no
está necesariamente restringida a la venta de esclavos o a la fuerza
de trabajo. Ocurre en toda transacción de venta, la cual
inevitablemente comienza una relación competitiva, destructiva
aunque la venta sea de un objeto ordinario. En todo caso, una persona
trata de establecer superioridad sobre otra. La idea de que la venta
puede ser un servicio es falsa; en verdad, lo único que se expresa
en la transacción es un deseo de poder, un deseo de subordinar la
vida al dinero. La relación de venta,
además, tiene otra característica, que deriva de lo que ya hemos
dicho: profana lo que es sagrado." (Jacques Ellul)
La adoración de Mamón, Evelyn de Morgan (1909)
La reacción de Jesús, sigue diciendo Ellul, contra los vendedores del Templo no es una reacción moralista contra un comercio poco honesto o poco justo, es la execración de los profanadores del Templo, los que han introducido el comercio o des-gracia de Dios en un lugar donde debería manifestarse la gracia de Dios, y representaban lo que se iba a cumplir pronto a manos de Judas: el sacrificio en el sentido de venta de una vida humana por treinta monedas.
Jesús expulsa a los mercaderes del templo, Alexander Bida (1885)
El dinero es una fuerza destructiva de la vida, y Dios representaba la resistencia contra esta fuerza agresiva y destructora.
Hay una convención tácita y un consenso de todos extraño, una confianza ciega, que conduce a los hombres a atribuir al dinero un valor que de por sí no tiene, porque carece per se de valor de uso y de valor de cambio. El dinero no tiene fuerza material si no se la atribuyen los hombres. En la medida en que los hombres se la conceden, el dinero se convierte en dueño y señor de los Estados, de los ejércitos, de las masas, de la inteligencia. No es una cuestión moral de buen o mal uso, sino espiritual. Crea el fenómeno de compraventa: todo lo que se hace se paga, todo se compra, incluido el hombre.
Mammón, G. F. Watts (1885)
Durante la Edad Media se puede hablar de un combate de la Iglesia contra el Dinero: prohibición del interés, exaltación de la pobreza a través del correspondiente voto, regulación del comercio, teoría del precio justo y salario justo, limosna franca... pero en la actualidad podemos afirmar que la Iglesia ha sido vencida por el Dinero.
Así que hoy día, habida cuenta del proceso histórico, debemos reconocer, como señala Agustín García Calvo en "De Dios" (pág. 107), que el Dinero ha venido a ser la Suma Realidad o Realidad de las realidades porque en Él se anulan todas las diferencias entre las cosas, y por lo tanto "Dios y Mamona son el mismo", y que es "Dios" el que va a convertirse en Nombre Propio de la Realidad de las realidades y del Objeto de la Fe, pues Mamona o Mammón, el dinero, no ha dado el paso a convertirse del todo, como 'Dios' en Nombre Propio entre nosotros para nombrar al Objeto Último de la Fe.
La AEMET, Agencia Española de Meteorología, había pronosticado un otoño más cálido y seco de lo habitual, pero de pronto hizo su aparición la DANA, acrónimo formado con las siglas de 'Depresión Aislada en Niveles Altos', que es el aislamiento de una gota fría en las alturas, que ha sido según los medios (in)formativos: la peor y más destructora DANA de la historia de España, lo que no es exacto, como veremos.
Incluso emplean metáforas como la japonesa 'un tsunami imparable' o la bíblica 'apocalipsis en Valencia', para la gota fría que deja, sin que esté cerrado el cómputo, más de un centenar de muertos, un centenar de vidas humanas, y provoca daños materiales incalculables, cientos de millones en pérdidas en las provincias de Albacete y Murcia.
"Caridad -hoy diríamos solidaridad- para las provincias inundadas"
Otros medios más prudentes, dicen que es la DANA más mortífera en décadas, y otros acotan del siglo XXI, del que llevamos apenas una cuarta parte. Sin embargo, la historia, cuya musa Clío suele representarse tomando registro escrito, nos dice que si nos remontamos a la riada de Santa Teresa el 15 de octubre de 1879, resulta que hubo más de mil muertes en las provincias de Murcia, Almería y Alicante... Y que más cerca de nosotros en el tiempo hubo episodios igualmente devastadores en la provincia de Valencia en 1982 y 1987, lo que atestigua que estos fenómenos no son tan recientes como nos parecen ahora que volvemos a sufrirlos.
Portada de El Pueblo, 13 de noviembre de 1897
Puede resultar interesante remontarse a la gran riuá de Valencia en 1957, una inundación 'histórica', como la actual, en la que los muertos oficiales, según las fuentes franquistas de la época, fueron 85, pero los reales se estima que muchos más. De ella se informa en esta página de La Vanguardia cumplidamente. El video adjunto de RTVE muestra la visita del Dictador a la ciudad de Valencia.
Ante la conmoción que supone la DANA actual, muchos se apresuran a atribuir su causa, su culpa, al cambio climático, o a la crisis climática y aun al caos climático producidos por el calentamiento global del planeta. Sin embargo, no es tan sencillo porque no estamos ante “fenómenos nuevos” creados por el calentamiento global, aunque eso es lo que piensa gran parte de la población adoctrinada por los medios (in)formativos, sino ante fenómenos meteorológicos que han existido siempre y mecanismos atmosféricos que pueden verse agravados, pero no causados, por el actual calentamiento global.
La inundación de Murcia, el Rey Alfonso XII "lleva el consuelo a los desgraciados habitantes del pueblo de Alcantarilla" 20 de octubre de 1879.
También hay que señalar que los suelos de las costas mediterráneas suelen estar urbanizados y hormigonados, y muchas veces se construye, para aprovechar el terreno, en los bordes de las ramblas, que son los torrentes o caudales ocasionales debido a las lluvias estacionales que cuando se producen arramblan, como su nombre indica, con todo lo que encuentran, son un factor agravante porque el agua que cae en cantidad no puede ser absorbida por esos suelos, lo que debería tenerse en cuenta a la hora de reducir el impacto de estos fenómenos.
Inundaciones como la de Valencia son recurrentes y solo pueden paliarse con acciones preventivas. Una de las cuales sería, según el diario El Confidencial el pantano del Plan Sur, que la habría evitado, pero en vez de construirlo se destruyen las presas que podrían detener el flujo de las aguas caídas, incrementando el riesgo.
Los datos de precipitación diaria de Valencia desde 1937 no presentan tendencia al alza, sino recurrencia. Tras la gran riada de 1957 (que es el mayor pico de la gráfica) se desvió el curso del río, para proteger el centro de la capital del Turia.
Los Llibres del Consell indican graves riadas en Valencia en 25 ocasiones, en 1321, 1328, 1340, 1358, 1406, 1427, 1475, 1517, 1540, 1581, 1589, 1590, 1610, 1651, 1672, 1731, 1776, 1783, 1845, 1860, 1864, 1870, 1897, 1949 y 1957. Esto no tendría mucho que ver en principio con el cambio climático que se está produciendo en la actualidad, lo que no impide que este argumento vaya a utilizarse para hacernos creer que la eliminación de emisiones de dióxido de carbono o CO2 sería la solución de este problema, dado que en el siglo XIV, desde que tenemos registros, no había las emisiones que hay en la actualidad, y sin embargo ya se producían estos fenómenos recurrentes
En el evangelio de Mateo (VI, 24) leemos: “Ninguno puede servir a dos señores: porque o tendrá aversión al uno, y amor al otro: o si se sujeta al primero, mirará con desdén al segundo. No podéis servir a Dios y a las riquezas”. Y en el de Lucas, por su parte, otra versión de lo mismo (XVI, 13): “Ningún criado puede servir a dos amos: porque o aborrecerá al uno, y amará al otro: o se aficionará al primero, y no hará caso del segundo: no podéis servir a Dios y a las riquezas”.
El dicho final que transmiten ambos evangelistas (“No podéis servir a Dios y a las riquezas”) aparece a veces en otras versiones como “No podéis servir a Dios y al dinero”. Las
palabras “riquezas” y “dinero” son traducciones, a su vez de la palabra no latina
“Mammona”, que emplea Jesús y que proviene del arameo ܡܲܡܘܿܢ (māmōn),
que significa justamente "riqueza" o "dinero". El dicho advierte de la imposibilidad de ser leal a dos intereses contrapuestos, al espiritual, digamos, y al económico, porque son en principio incompatibles, aunque en realidad, como veremos más adelante, no lo sean tanto como parecían.
Su origen etimológico exacto no está del todo claro, pero generalmente se cree que deriva de una raíz semítica relacionada con términos de confianza o seguridad, indicando, por lo tanto, la fe o la confianza en la riqueza. La
etimología de Mammon, que Martin Achard toma de Hauck, es «Aman», raíz
que implica un sentido de estabilidad, de firmeza, y de la que derivan
los términos que significan: ser fiel, tener confianza- ser estable, durable -creer- y también verdad, fidelidad.
Mammón y su esclavo, Sacha Schneider (1896)
En
el poeta cristiano Prudencio(Hamartigenia u Origen del
pecado, v. 428) aparece el adjetivo mammoneus “que solo atiende al
lucro, interesado, codicioso, avariento” aplicado al sustantivo
fidem, en un hexámetro: mammoneamque fidem pacis sub amore
sequuntur, que quiere decir algo así como: Y por amor de la paz
siguen fe de Mamón lucrativa. En el latín cristiano fides,
traducción del griego πίστις, «designa el acto del espíritu
y el objeto al que este se aplica”, recogiendo el significado
religioso, propio del latín arcaico y perdido con el tiempo. A la
fides, que es en Prudencio la fe cristiana, le aplica el autor aquí un calificativo que la convierte en la fe heterodoxa que se pone en el dinero, como si
dijéramos, con palabra de la jerga económica, el crédito que se le da.
Con el tiempo Mamón se personificó en la literatura medieval como un demonio o divinidad pagana que representaba la codicia y la avaricia, lo que explica la variante popular “No podéis servir a Dios y al diablo”, salvo que se demuestre que, con el proceso histórico del devenir de los tiempos, han venido a ser lo mismo.
De hecho se llegó a decir que Mamón era el nombre de un demonio que subyuga a la humanidad, lo que probablemente está ya en Agustín de Hipona, quien en su Del sermón de la Montaña, II, 14 comenta el dicho
evangélico atribuido a Jesús de que no se puede servir a dos
señores, a Dios y a Mammona, que en hebreo, dice,
significa “las riquezas”. Y añade que corresponde también con
el nombre púnico o cartaginés ya que en esa lengua la ganancia se
dice “Mammon”. Y comenta a continuación, equiparando a Mamona
con el diablo: Quien sirve a Mamona (las riquezas) se somete a un
señor duro y pernicioso; en efecto, amarrado por la propia pasión,
está sometido al diablo y no le ama, porque ¿quién hay que ame al
diablo?, pero, sin embargo, le soporta.
Jesús lo personifica considerándolo una especie de divinidad, haciendo que el nombre común ascienda a la categoría de nombre propio. No es una divinidad pagana con la que Jesús quiera decir que hay que elegir entre el Dios verdadero y esta divinidad pagana.
En el Tárgum y en el Talmud, según el libro de Jacques Ellul "Dinero y poder” (originalmente “L'homme et l'argent', publicado en 1954), ya está personalizado. Es un pretendiente a la divinidad que forma parte de los elementos de este mundo que están llamados a desaparecer con la llegada del Reino de Dios.
Dios y Mammón están opuestos en la predicación de Jesús. Hay dos mundos: el de la compraventa y el de la gratuidad, radicalmente contrarios, extraños entre sí y contrapuestos El dinero no es un objeto sino un sujeto. Jesús no aconseja ganarlo honestamente o que haya que usarlo bien, como ha hecho la Iglesia con su limosna caritativa y su voto hipócrita de pobreza, sino que tiene un poder comparable al de Dios, que se constituye en dueño y señor del hombre, por eso cuando el hombre cree que puede servirse del dinero, se engaña totalmente porque es el dinero el que se sirve de él subordinándolo a sus fines y avasallándolo. No está en nuestras manos dirigir el uso del dinero, porque él -habría que escribir Él, con mayúscula honorífica reservada al Altísimo- tiene una potencia directriz, lo que le confiere un carácter sacrosanto.
Cristo expulsando del Templo a los cambistas, El Greco (1570)
"Así, cuando afirmamos que usamos el dinero, cometemos un gran error. Podemos, si estamos obligados, usar el dinero, pero es el dinero el que en realidad nos usa y nos convierte en sus sirvientes poniéndonos bajo su ley y subordinándonos a sus fines. No hablamos solamente de nuestra vida interior; nos referimos a nuestra situación global. No somos libres para dirigir el uso del dinero de un modo u otro, pues estamos en las manos de su poder controlador” (Jacques Ellul).
Al filósofo y lingüista norteamericano Noam Chomsky no se le perdona que viva tanto como está viviendo, ya que si se descuida va a llegar a centenario, así que ya le tienen preparado el obituario preventivo. Se le dio por muerto este verano, recuérdese, y tuvo que salir a desmentirlo su mujer. Simplemente, había sufrido un ictus -¿fruto de la vacuna?- y, dado de alta del hospital, y a raíz de eso, sabemos ahora, ha perdido la capacidad de hablar y escribir que hasta ahora había tenido, lo que aprovechan algunos para sacar a relucir algunos de sus descubrimientos más interesantes en forma de máximas o aforismos.
Aquí ya hablamos en su momento de una de sus contribuciones más importantes a la crítica política: Fabricando el consentimiento. En la entrada De cómo nos manipulan (apuntes pseudo-chomsyanos), dábamos cuenta de aquellas diez estrategias de manipulación en forma de píldoras breves que se le atribuyen y que él mismo reconocía que no había escrito nunca así literal- y sistemáticamente, aunque podían estar desperdigadas a lo largo y ancho de su vasta obra de libros y artículos periodísticos.
Pero Noam Chomsky, tan lúcido en sus análisis políticos, también cayó en la trampa que tantas veces había denunciado, como escribíamos en ¿Chochea Noam Chomsky?. Cediendo al miedo ante la realidad de la falsa pandemia, creyó que había unos expertos, que en el nombre desinteresado de la Ciencia, iban a salvar a la humanidad de un virus presuntamente asesino.
Ya Karl Marx nos había advertido en 1873 en el posfacio de la edición inglesa de El Capital de la imposición de falsos expertos o expertos interesados económicamente hablando: “Los investigadores desinteresados fueron sustituidos por espadachines (Schwertkämpfer) a sueldo y los estudios científicos imparciales dejaron el lugar a la conciencia turbia y a las perversas intenciones de la apologética”.
Noam Chomsky, en mitad de la ominosa pandemia declarada por la Organización Mundial de la Salud (OMS), se posicionaba
claramente a favor de la narrativa oficial y de la gestión política que de ella se llevaba a cabo. Él, que con tanta lucidez había denunciado la fabricación de
un enemigo (el comunismo, el terrorismo...) a la hora de manipular y gobernar a la gente, no veía ahora la imposición del virus como el enemigo imaginario
que había que combatir en beneficio de todos.
Creyendo que la salvación era la milagrosa pócima cuya inoculación defendían los laboratorios farmacéuticos, llegó a proponer que había que aislar a los que se negaban a inyectarse el suero milagroso. Y no le dolían prendas a la hora de reivindicar
el autoritarismo colectivo que tanto en otras ocasiones había denunciado sobre el derecho individual.
¿Para qué vamos a usar eufemismos? ¿Qué es el aislamiento de
la gente que se rehúsa a ponerse un pinchazo sino el encarcelamiento o
encierro?
Durante la pandemia, Noam Chomsky se puso de parte de la narrativa oficial que defendía la dictadura sanitaria. Otros, muy pocos a la sazón, no dudaron en condenarla, por lo que fueron estigmatizados. Es lo que el Periódico Global, alias El País, hizo entre nosotros afirmando que un intelectual tan lúcido como Giorgio Agamben "naufragó en sus diatribas contra la pandemia". Este es por ejemplo el titular que le dedicaba el periodista Braulio García Jaén en dicho periódico:
"El pensador italiano, autor de lúcidas obras sobre el abuso de la soberanía en democracia, naufragó en diatribas contra la gestión de la pandemia".
Por un lado el citado medio progubernamental reconocía que muchas noticias e injusticias actuales se entendían mejor leyendo
lo que Agamben escribió hace décadas -Homo
sacer. El poder soberano y la nuda vida, su libro más importante y
original, Medios sin fin, y Estado de excepción- como por ejemplo su visión de que el
estado de excepción es la norma del poder político actual.
Agamben desmonta el exterior de los Estados haciéndonos ver que,
para el poder, el ser humano es nuda vida sin más derechos que los
que el Estado tiene a bien reconocerle.
Pero el periodista y el periódico susodichos, citando como autoridad a Juan Evaristo Valls-Boix, despachan a Agamben despectivamente afirmando que frente a la pandemia -y
nos remiten de paso a una página terrorífica del propio diario, donde se dice que Italia registraba la cifra de muertos más alta de
la crisis del coronavirus, 993 fallecidos durante un día, blindando el país
y obligando a guardar cuarentena a quien viajase al extranjero- incurrió “en
esa miopía que supone la literalidad sin contexto” (sic), a raíz del significativo artículo de Agamben titulado “La invención de una pandemia”,
publicado el 21 de febrero de 2020, porque rebajaba la “supuesta”
gravedad de la situación que ese periódico y la mayoría de los medios de conformación de masas agravaban exagerándola hasta la náusea.
Una de las cosas que más me llama la atención es la absoluta dependencia del reloj y el calendario, digamos del tiempo en general, a la que se ven sometidas todas nuestras actividades, desde las más insignificantes de la vida cotidiana hasta las más solemnes, desde las más privadas a las más públicas, cosa que comprobamos cada vez que se produce un cambio de hora que altera los patrones de nuestros horarios de sueño y de vigilia. Y es que ese logro tan antiguo de la humanidad que es la medición de lo que pasa sin que nos demos cuenta de lo que está pasando, o sea del tiempo, se ha convertido en un instrumento de control y de gobierno, convirtiéndonos en controladores controlados.
En lugar de estar a nuestro servicio, de forma que nos diéramos cuenta de lo que pasaba sin darnos cuenta, estamos nosotros al servicio del viejo Crono. Nada se escapa a su dictadura, ni el horario del trabajo ni el del ocio y el desempleo. Incluso las vacaciones y el esparcimiento, esos momentos en los que parecemos olvidarnos del reloj y de la agenda de las cosas que tenemos que hacer porque “están escritas”, están planificados y programados, racionados, mientras los segundos, los minutos, las horas y los días se nos escurren como el agua fugitiva de la fuente de entre los dedos de las manos.
En los pocos momentos en los que somos capaces de romper esta rutina que nos esclaviza haciendo algo que no estaba previsto, a menudo involuntariamente, afloran sensaciones y reminiscencias, a destiempo y a contratiempo, de lo que algún día fuimos, de lo que podríamos haber llegado a ser si nos hubieran y hubiéramos nosotros mismos dejado libres y no nos hubiéramos impuesto el trampantojo del futuro, que sustituye las cosas presentes y palpables por las ideales e inasibles.
Una de las trampas que nos tienden los que pretenden gobernar nuestras vidas es la constante mención del futuro, y su evocación, como si fuera algo palpable que ya hubiera pasado. Nos prometen un futuro mejor, un futuro brillante lleno de esperanza y de ilusión. El futuro es humo, humo es lo que nos venden y prometen diciendo que tenemos un gran porvenir, mucho futuro, que es nuestro, por delante…
En otras épocas hablaban de otra vida, de la verdadera vida, siempre futura, instalada en el más allá. Ahora nos ponen ese futuro glorioso en el más acá, en el año 2030 por ejemplo de la era cristiana, para lo que programan una agenda, pero es la misma falacia cambiada de sitio. A los políticos se les hace la boca agua y se les llena de palabras cargándonos ese futuro de promesas electorales. Pero esa fe en el porvenir que nos inculcan no sirve más que para que aceptemos la mortecina realidad y el aborregamiento gregario que nos imponen en la actualidad, una realidad que es la muerte de lo que podía haber sido si no se hubiera sacrificado precisamente en las aras sangrientas de un tiempo que no es, porque no hay futuro que valga, no hay futuro que venga a quitarnos lo que tenemos ahora, lo poco y lo mucho que tenemos ahora, que es la vida misma.
Hay
dos concepciones sobre el tiempo: la cíclica, que parece que es la más
antigua y está ligada al desarrollo de la agricultura y al retorno de
las estaciones y a la alternancia del día y la noche, y la lineal, más moderna, que lo presenta como una progresión de los ciclos anuales hacia
el futuro, que sustituyó a la primera
imponiéndose definitivamente a raíz de un acontecimiento que crea la historia y la divide en un antes y un después.
Algunas
revoluciones, como la francesa, intentaron romper con el calendario
tradicional, pero en realidad lo que hicieron no fue romper con el
Tiempo, sino sustituir el viejo calendario por el republicano, adoptado por la Convención Nacional desde 1792
hasta 1896, en que fue abolido por Napoleón, sustituyendo el engendro judeocristiano de la semana, que es la división del tiempo más aleatoria y que menos corresponde a ningún ciclo natural, que
ya habían consagrado los hebreos en la Biblia con la creación
del mundo en siete días, por un período de decenas, que dividiría los
meses en tres, adoptando el sistema decimal.
Calendario republicano de la Revolución Francesa.
El
calendario se volvió a implantar brevemente tras el derrocamiento de
Napoleón en 1814, y fue usado también por la efímera Comuna de París de
1871, según la inevitable Güiquipedia, sin que supusiera ningún cambio sustancial. A fin de cuentas solo se trataba de sustituir el cómputo de siete por el de diez.
Que lo que gobierna nuestra vida es el reloj es algo que sentimos cuando nos cambian la hora como por ejemplo ayer, 27 de octubre, en que nos hicieron pasar por real decreto al llamado “horario de invierno”, retrasando los relojes y agrandando en una hora más la duración del día, que pasó de tener 24 horas a 25. Es entonces cuando nos damos cuenta de lo cronometrados que estamos y de lo mucho que dependemos del horologio, que es como llamaban los antiguos al reloj de sol o de arena, palabra compuesta de hora, 'tiempo' y del verbo lego 'contar'.
Hay un origen religioso en el cómputo del tiempo.
Lo vemos fácilmente en el mundo islámico, en el que solo empezaron a contarse los años a partir de la Hégira o huida de Mahora de la Meca a Medina en el 622 de la era cristiana.
En el islam se realizan cinco oraciones obligatorias al día, lo que supone una regulación, más o menos precisa, de las horas diurnas: al alba, al mediodía, a media tarde, al ponerse el sol y por la noche. Era el almuédano, almuecín o muecín el que hace muchos años convocaba de viva voz a la oración cinco veces al día, desde lo alto del minarete de la mezquita para anunciar que había llegado la hora del rezo obligatorio.
En la actualidad son los altavoces los que difunden la llamada, con el Allahu akbar que se repite cuatro veces, y que a veces se traduce como Alá es grande, cuando su correspondencia en román paladino sería: Dios es grande. A continuación se dice dos veces Testifico que no hay más dios que Dios y que Mahoma es su profeta o mensajero. Y el mensaje principal: acudid a la oración, volviendo a repetirse la grandeza de Dios, su unicidad y la calidad de Mahoma como su profeta.
En el mundo cristiano, más secularizado que el islámico, quizá no nos parezca tan evidente este origen religioso, pero si nos remontamos a la Edad Media feudal podemos afirmar que la estricta regulación de la vida monástica que dividía las horas del día en ocho horas canónicas (maitines, laudes, prima, tercia, sexta -origen de nuestra siesta nacional-, nona, vísperas y completas) en las que convocaba a los monjes a rezar acabó por imponerse extra muros sobre la vida menos regularizada y reglamentada en principio de los seglares.
En pueblos y ciudades se rezaba tres veces al día el ángelus, al amanecer, al mediodía -todavía recuerdo yo cuando se retransmitía la oración del ángelus en que el arcángel anunciaba a la virgen María que iba a ser la madre de Jesús por Radio Nacional de España, cosa que se hizo hasta el 3 de febrero de 1981- y al atardecer, para lo que sonaban las campanas de iglesias y catedrales llamando a la oración.
El ángelus, J.-F. Millet (1857-1859)
Y en particular se puede señalar a la orden benedictina, a la que se le atribuye el lema 'ora et labora', que en su apogeo llegó a gobernar 40.000 monasterios, que contribuyó de manera crucial a regular el ritmo de la máquina capitalista, recordándonos que el reloj no era simplemente un medio para llevar el registro de las horas, sino para sincronizar la acción humana.
Señala John Zerzan en su opúsculo “Beginning of Time, End of Time”, incluido en Time
and Time Again, edit. Detritus Books Olympia, Washington (2018), que con la aparición de los primeros relojes públicos en Europa en el siglo XIV se produjo, alrededor de 1345, la división de la hora en sesenta minutos y del minuto en sesenta segundos.
En El tiempo y sus inconvenientes escribe Zerzan: “El reloj descendía de la catedral, al tribunal y al palacio de justicia, al banco y a la estación de ferrocarril y, finalmente, a la muñeca y al bolsillo de cada ciudadano decente. El tiempo debía hacerse más «democrático» para colonizar realmente la subjetividad”. Expresa
muy bien Zerzan cómo el tiempo baja de las altas esferas de la vida
pública religiosa y civil al pueblo llano, que acabará incorporando el
reloj individual hasta la perfección absoluta de estar todos
sincronizados.
Finalmente, no necesitamos ni cambiar nuestros relojes. Ellos solos se actualizan en nuestros ordenadores y teléfonos inteligentes.
"Solo una cosa no hay. Es el olvido". Verso de Borges, que se cita con otra sintaxis: Si hay algo que no existe es el olvido, sustituyendo el hay por el existe.
Chirrían en mis oídos produciéndome urticaria palabras y expresiones como empoderar, poner en valor, implementar, resiliencia y desarrollo económico sostenible.
Vacunan a los niños de gripe en España porque, antes del invento de dicho suero, millares de ellos morían contagiando y llevándose por delante a sus abuelos.
Jehová bombardea Tiro, la histórica y portuaria ciudad libanesa, hoy Patrimonio de la Humanidad, transformando su antaño codiciada púrpura en sangre derramada.
La
Menestrala sanitaria amenaza con embozarnos otra vez a todos, todas y
todes en los centros (in)hospitalarios, si empeoran, como se prevé, las
circunstancias.
Una definición impecablemente certera de Henry Louis Mencken: "La democracia es una patética creencia en la sabiduría colectiva de la ignorancia individual".
Para el intelectual à la mode vamos sin duda hacia la catástrofe climática, mucho más inevitable y decisiva que una eventual tercera guerra mundial definitiva.
El escenario del mundo actual presenta el falso dilema de tener que elegir entre Escila, derecha, y Caribdis, izquierda; sea cual sea la elección, naufragarás.
El pastor, al que se le aparece el ángel del Señor, se caga del susto por la pata abajo ante el anuncio de la buena nueva de que ha nacido en Belén el salvador.
La diferencia entre una lengua y un dialecto, según Max Weinreich, es que la lengua es un dialecto con una autoridad política y militar detrás que la sustenta.
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Para deleite del oído: Una pieza del compositor y laudista italiano Joan Ambrosio Dalza, que vivió en la segunda mitad del siglo XV, tan fresca y tan viva como hace quinientos años, cuando fue compuesta, interpretada por Thomas Dunford.