Los sondeos de opinión no revelan lo que la gente opina, sino lo que el gobierno quiere que opine, lo políticamente correcto. Las respuestas de los encuestados dependen de la pregunta que se les formule, del modo en que se haga, y de quién se la formule. La gente interrogada a veces no se atreve a decir y reconocer honestamente que no sabe, y entonces contesta lo primero que se le ocurre sin reflexionar mucho en ello, dando una respuesta cualquiera para salir del brete, por lo que las opiniones de este tipo no tienen mucha fiabilidad y están expuestas a todo tipo de cambios.
viernes, 14 de enero de 2022
De la manipulación política o el caso de la OTAN
jueves, 13 de enero de 2022
Breve mensajería y villancico ferlosiano
miércoles, 12 de enero de 2022
Notas (in)hospitalarias
El mito siempre se ha adelantado a la explicación racional o lógica. Ahí está el lecho de Procusto, instalado en el imaginario colectivo occidental en el Hos(pi)tal Coridalós, no lejos del centro de Atenas. Se trata, en efecto, de un establecimiento que hospeda a los viajeros y transeúntes. El dueño de este sanatorio/tanatorio se encarga de recostar al paciente en el lecho y de medirle los parámetros biológicos que considera normales: tensión, saturación, sangría, pulso, fiebre, al objeto de regulárselos para equipararlo al patrón ideal. Pretende hacer así de él, con la mejor intención del mundo, un ciudadano estandarizado. La alegoría de este catre procusteano representa el triunfo de la mediocridad y de la uniformidad, la imposición del ideal abstracto sobre la vida.
He hecho un juego de palabras que no es inocente y que equipara el término sanatorio con el de tanatorio. El cambio de la letra inicial desencadena una tormenta de sugerencias: en la España rural se han cerrado los consultorios médicos, centros de atención primaria, sanatorios (ahora le atienden a uno telefónicamente en el mejor de los casos; pulse uno si quiere hablar con un especialista...), y en su lugar se han abierto numerosos tanatorios. Una sola letra nos sugiere que donde nos sanan nos matan.
El Hos(pi)tal Coridalós, aunque era un establecimiento privado, se presentaba en principio como un espacio policlínico de servicio público, donde el prefijo poli- aludía a la pólis griega, a la ciudad-estado: es decir el Hos(pi)tal era una ciudad repleta de lechos de Procusto. El lecho clínico -el término griego klíne, de donde deriva el adjetivo clínico, significa precisamente “lecho”- se convertía así en la auténtica cara del Estado, de la Polis. Sin embargo, modernamente, habida cuenta de los muchos especialistas que atienden estos establecimientos, se toma el término Policlínica como clínica atendida por varios expertos o Procustos, como si fuese un compuesto no ya de 'pólis' ciudad, que es lo que era en principio, sino de 'polýs' 'mucho'.
En frente del lecho clínico de Procusto se halla una pantalla laica, oblonga, negra que, previa monetización, arroja imágenes y palabras que llenan el vacío del templo y del tiempo entreteniendo la agonía de los clientes. Durante la noche, una pequeña lucecita roja resplandece y parpadea llamando nuestra atención, reclamando el pago. Esa pantalla indigna ni siquiera está colocada sobre la cabecera de la cama como los Cristos y Vírgenes dolientes de antaño, sino enfrente de los incrédulos ojos del paciente, a fin de ofrecerle distracción.
El miedo que corroe a los pacientes durante su ingreso semivoluntario es recaer en la temible Unidad de Cuidados Intensivos, donde se halla el último, más elaborado y pluscuamperfecto modelo del Lecho de Procusto. Algunos conjuran ese terror pánico intentando huir con la imaginación de ese descenso a los infiernos, y sueñan con una Unidad de Descuidados Intensivos (y Extensivos): porque la salud no consiste en cuidarse, sino en descuidarse. La salud es olvidarse del cuerpo, porque lo contrario, la Sanidad, no nos lo permite: ella es la enfermedad y la enfermedad es la conciencia del cuerpo que no nos deja vivir.
No hay nada más inhóspito, menos hospitalario, que el Hospital. Uno quiere olvidarse de su cuerpo, pero el personal sanitario que entra y sale a cualquier hora, con los instrumentos rituales del culto, y con preguntas (im)pertinentes cómo si uno ha depositado ya sus heces en el inodoro, hacen imposible ese bendito olvido de uno mismo y de todo, y esa vuelta a donde se halla la belleza, que es obviamente fuera y lejos de allí.
No hay ningún erotismo hospitalario. Las enfermeras son todas iguales, clónicas, todas van plastificadas como si fueran astronautas. Sólo asoman sus ojos detrás de una pantalla y de dos o tres mascarillas buconasales, nunca unas piernas, unas manos desnudas, una sonrisa... En el pabellón de infecciosos sólo hay voces, cuerpos sin almas.
El Sumo Sacerdote, llámese Procusto, lleva guantes de plástico con los que a veces se permite tocar el hombro o la pierna de algún paciente, con un gesto que pretende inspirar cierta confianza disfrazada de ternura. Siempre que entra en el habitáculo insiste en que el paciente debe ponerse una mascarilla buconasal. En la planta de infecciosos los pacientes no llevan mascarilla, pero cada vez que entra algún sanitario les advierte de que deben embozársela a fin de respirar con dificultad. ¿Qué tal respira? Pregunta Procusto. "Si le soy sincero, muy mal cuando me pongo la mascarilla, y muchísimo mejor cuando puedo desprenderme de ella". Procusto dice que lo entiende. Sin embargo, no va a liberar a nadie de esa obligación de asfixiarse.
En alguna ocasión los pacientes rechazan la comida que les ofrece el hostelero. Algunos, llevados por motivos humanitarios, le han rogado que se la den a un comedor caritativo. Pero no puede ser. En la Corte del Rey de los Altos Protocolos, la comida que no es ingerida, aunque no se haya tocado para nada, bien envuelta y plastificada como sale de la cocina, debe ser eliminada: se destruye todo. Una lástima que se desaproveche tanta comida con el hambre que hay en el mundo... Pero son... ¡los protocolos! los que mandan. ¡Cuánto despilfarro!
Del
lecho de Procusto instalado en el Hos(pi)tal Coridalós nos liberó,
volviendo al mito primigenio, un héroe, Teseo, que acabó con su creador, sometiéndolo a él a la misma tortura que él imponía a sus huéspedes.
¿Quién nos librará ahora, en pleno siglo XXI, del Estado
Terapéutico, esa bestia inmunda que se dice filantrópica y que hace
lo que hace, es decir, el mal por nuestro bien? ¿Ha nacido ese héroe? Probablemente
no esté muy lejos, quizá dentro de nosotros mismos, aguardando agazapado.
martes, 11 de enero de 2022
Sanidad contra salud, salud contra Sanidad
¡GOCE USTED DE SALUD PERFECTA!.- No tiene desperdicio la siguiente leyenda, que leí una vez al dorso de una estampita.
lunes, 10 de enero de 2022
Una madre desahuciada
María, que quería proteger a sus vástagos de las irracionales medidas coronavíricas, ha sido castigada por el Estado alemán.
Una de sus hijas, aunque estaba asintomática, resultó positiva, y se le impuso una cuarentena hasta el 31 de diciembre pasado. Cada vez que hablaba por teléfono con su madre, la niña lloraba.
La situación me ha traído a la memoria la bellísima canción de Lou Reed The Kids, de su álbum más siniestramente bello que es Berlín (1973), un auténtico descenso a los infiernos. Lou canta con cierta contención, la guitarra no permite presagiar la tragedia explosiva del último tramo del tema, con el llanto real de los niños.
Cuenta la historia de una madre a la que le quitan la custodia de sus hijos porque decían que no era una buena madre, que era una prostituta y una drogadicta a quienes los servicios sociales del Estado le quitan la custodia de los hijos. Desgarrador final con el llanto de los niños llamando a gritos a la madre.
domingo, 9 de enero de 2022
Mentirosas mentes
Escribíamos en
Algo in mente, a propósito de la etimología de “mente”, que el derivado más
chocante a primera vista era el verbo mentir, que ya existía en latín MENTIRI, y
que en principio significaba inventar, imaginar, derivando después a su
significado actual y más conocido de no decir la verdad y, por lo tanto,
engañar.
sábado, 8 de enero de 2022
Aleluya
Uno de los temas musicales que más versiones ha recibido es, sin duda, el Aleluya de Leonard Cohen. La versión más notable que conozco es la del misteriosamente desaparecido Jeff Buckley, una voz prodigiosa, capaz de los más increíbles registros, y una guitarra no menos prodigiosa. Disfrutemos de ella. Ya lo decía don Quijote: "Donde música hubiere, cosa mala no existiere". La música, como sabemos desde Orfeo, es capaz de resucitar a los muertos.
viernes, 7 de enero de 2022
Cuatro preguntas
1ª.- Se habla a menudo del "nivel de vida" de la gente, y se califica de "alto" y "bajo", "bueno" y "malo". Se dice que hay ascenso o descenso. Pero ¿cómo se mide el nivel de vida? ¿Qué fiabilidad merecen los indicadores que se emplean para determinar el nivel de vida?
2ª.-Dicen que España debería incorporarse con pleno derecho al club de los países ricos. ¿De verdad? ¡No me hagan reír que me meo por las patas abajo! ¿No nos iría mejor seguir siendo lo que somos, pobres, y brillar como miembro de pleno derecho en el club de los países pobres pero honrados?
3ª.- No veo nada de malo en la falta de horizontes -metáfora del futuro- que dicen que tienen las nuevas generaciones. ¿No será el horizonte un trampantojo, digo yo, como la zanahoria que le ponen al burro por delante para que no vuelva la vista atrás y vaya por el camino establecido?
Y 4ª.- Cuando dos soldados de guardia se encontraban en una ronda nocturna, para reconocerse, tenían que dar una clave cada uno de ellos y pedirle al otro la contraclave. El primero que hablaba daba "el santo y seña", generalmente dos nombres propios, uno de persona o sea de un santo del santoral cristiano, y el otro de una ciudad, que empezaban por la misma letra del abecedario, por ejemplo la A: Santo y Seña: "Ana, Ávila". A lo que el otro miembro de la patrulla debía contestar con la contraseña (el password en la lengua del Imperio), que solía ser un nombre común que empezaba por la misma letra, verbigracia: amor.
Era una manera de reconocerse entre los propios soldados, mediante una contraseña que se cambiaba cada día. Pero cuando el centinela se encontraba con un desconocido, es decir, con alguien que no pertenecía al campamento, solía preguntarle: ¿Quién vive? Era la pregunta que antaño dirigía el centinela a las tinieblas, a lo desconocido.
No deberíamos preguntar quién vive, como si reclamáramos que alguien se identifique con el Documento Nacional de Identidad, como exige la policía cuando nos detiene, sino algo mucho más profundo y, por lo tanto, menos falso. Nuestro nombre propio es real, por supuesto, pero no deja de ser falso. Movidos aquí por el amor a la verdad, que es odio hacia la mentira, nos preguntamos mejor: ¿Vive alguien? ¿Alguien vive?
jueves, 6 de enero de 2022
Tolerancia cero
Los políticos profesionales son tan políticamente correctos que por no decir “intolerancia”, que suena muy intransigente porque lleva la negación (in-) incorporada, utilizan el término 'tolerancia', cargado de positividad, para, acto seguido, negarlo añadiéndole un cero a la derecha en la expresion “tolerancia cero”, que es eufemismo de lo mismo, pero parece más transigente y tolerante. Recuérdese que el cero es la cifra por antonomasia: El término 'cifra' procede del árabe sífr, que significa 'vacío' y que se aplicó en romance en principio al cero, y sólo posteriormente a los demás guarismos.
Está mal visto ser intolerante, y una de las acusaciones que más se lanzan los unos a los otros es la de intolerancia, por lo que hay que mostrarse tolerante, pero no con todas las cosas ni situaciones. Si no queremos tolerar la violencia, por ejemplo, apostaremos por la tolerancia 'cero', que es expresión similar a "caso omiso". Hacer caso omiso, es sencillamente, no hacer ningún caso, porque omiso, que la Academia define como 'flojo y descuidado', es el participio irregular o fuerte de omitir, mientras que 'omitido' es el participio regular o débil llamado a funcionar más como adjetivo que como verbo.
Algunos políticos hablan, por ejemplo, de tolerancia cero contra la pedopornografía, que es la pornografía infantil. Y más aún de tolerancia cero contra la pedofilia. Y más aún de tolerancia cero contra la prostitución infantil. Pero no se sublevan contra lo que nos prostituye a adultos y a infantes, que es el capital o dicho de otra manera don Dinero, todopoderoso caballero, que monetariza nuestro tiempo, capitalizándolo. Contra eso no, porque eso es sagrado, incluso ahora cuando se habla de la desaparición del dinero físico, pero no del verdadero, que es el espiritual o virtual. Es más el dinero es ahora más que nunca Dios. Pero se rasgan las vestiduras porque en esta sociedad nuestra se ejerza violencia sexual contra los niños, pero no otras violencias. Y los jueces, hipócritas puritanos, condenan a aquellos que trafican con material pornográfico infantil, reservando la pornografía como material o contenido sensible para los adultos.
La sociedad considera que la violencia contra los niños la ejercen los pedófilos, es decir, los que, según la etimología del término quieren a los niños con acendrado amor, tal vez por aquello de que 'quien bien te quiere te hará sufrir y llorar'. Resulta que los que quieren a los niños los violentan, los violan.
Pero al margen de algunos individuos, los llamados menoreros, que no son tantos, por otra parte, a los que no les atraen sexualmente los adultos, y sí los menores de edad, resulta que la sociedad misma comete en grado sumo el mismo pecado que dice combatir y castigar: violentar a los niños, violarlos, adulterarlos, convertirlos en otros, en adultos.
Y la sociedad en la que vivimos no es
pedófila precisamente, sino pedófoba: tiene miedo y deseo a la vez
de los niños, tiernos angelitos, a los que ama y odia, y por eso
ejerce sobre ellos la violencia de arrebatarles la virginidad de su
libertad e inocencia.






