-Cíclope, me has preguntado mi nombre propio y yo mismo / te lo diré; pero dame el presente, tal prometiste: / Nadie tengo por nombre. Y Nadie me llaman a mí mi / madre, mi padre y todos los otros, mis compañeros.
-Cíclope, me has preguntado mi nombre propio y yo mismo / te lo diré; pero dame el presente, tal prometiste: / Nadie tengo por nombre. Y Nadie me llaman a mí mi / madre, mi padre y todos los otros, mis compañeros.
(Cita Previa)
-¿Tiene cita previa? -No. -Pues lo siento, pero no puede pasar si no tiene cita. Pídala telemáticamente, y vuelva usted mañana, que dijo Larra, o cuando sea.
Una anciana diagnosticada de demencia senil a consecuencia del mal de Alzheimer que padece pregunta lúcida: -¿Dónde están mis recuerdos? ¿Dónde fueron a parar?
(Lapsus linguae)
El Ministro de Sanidad quebequés a propósito de la vacuna: «Tenemos prisa por empezar a eliminar (¿de la lista de espera?) a nuestras personas vulnerables».
La institución del individuo personal es tan indestructible que resucitará tras la muerte al son de la trompeta del arcángel Gabriel el día final de Armagedón.
Bando
de alcaldesa: -A
mis vecinos les pido que se autoconfinen por el bien de todos. Eso es
lo primero (que
se encierren) para
poder salir de esto poco a poco.
El señor Bill Gates y su señora, Melinda Gates, calificados por nuestro entrañable Periódico Global, de cuyo nombre propio no quiero hacer mención, como “la pareja de filántropos”, publican una carta en donde reflexionan sobre el pasado año 2020, afirmando que “las distinciones entre países ricos y pobres se derrumbaron ante un virus para el cual las fronteras no existen”, como si por arte de magia hubieran desaparecido los ricos y los pobres ante el poder igualitario de la Muerte que no hace distingos a la hora de llevarse a todo el mundo al otro barrio y que como dijo Horacio lo mismo da una patada a las soberbias puertas de los palacios de los príncipes que a las chabolas de los pobres, pero que no soluciona las desigualdades económicas en este mundo, como parece que quieren dar a entender los multimillonarios filántropos norteamericanos que subvencionan los periódicos mundiales donde luego aparecen publicadas sus cartas.
Según ellos, todos estamos en el mismo barco (we are all in this together), a lo que la voz del pueblo y la razón común les dice que no es verdad. En todo caso todos estamos en el mismo océano, donde unos navegan en lujosos yates como ellos, otros en lanchas o barquichuelas, otros nadando con salvavidas y muchos sin él a merced de la corriente y las olas, y muchísimos naufragan y se ahogan...
El señor y la señora Gates definen el 2020 como el año “en que la salud global se volvió local” (the year global health went local), y parecen muy orgullosos de esta ingeniosa frasecilla a juzgar por las veces que la repiten a lo largo de su epístola, aunque parece que la cosa también podría verse al revés: la salud local es la que se volvió un problema global. Lo privado y particular se volvió un asunto público y general, y viceversa, habida cuenta de la teoría conspirativa del contagio.
Ellos, a pesar de sus miles de millones de dólares, tienen la conciencia tranquila, no lo dicen, pero se deduce de su carta porque se sienten orgullosos de la fundación que crearon hace dos décadas, centrada en la salud mundial, una salud siempre preventiva y nunca curativa, y encaminada según ellos “a mejorar la vida del mayor número posible de personas”.
A pesar de todas las dificultades, la señora y el señor Gates son optimistas, ven que se acerca el final del principio, ven que “brilla un rayo de esperanza en el horizonte” y están convencidos de que las nuevas herramientas, se refieren a las vacunas principalmente, “pronto empezarán a flexionar la curva de forma rotunda”.
Profesora de instituto dando clase en Seúl (Corea)
Esperemos que la susodicha vacuna no sea como el caballo de Troya y no suceda como con la aciaga profecía de la ninguneada y sin embargo clarividente Casandra, que se opuso a su entrada, pero nadie hizo caso de sus advertencias premonitorias. Esperemos que la inoculación de la vacuna en el organismo humano traiga la solución al problema, y no, como creía aquella loca visionaria, su agravación. Esperemos que la propia vacuna no sea un virus troyano que, si lo introducimos en nuestro organismo pensando que es el antivirus perfecto, acabe destruyéndolo y arrasándolo, porque de su interior saldrá el enemigo que pretendíamos combatir y que creíamos haber vencido, y aprovechará el relajo de nuestro sistema inmunitario que se cree a salvo durante el sueño para sembrar la desolación y permitir, haciéndose viral, que entren a saco todos los víruses del mundo. Y Troya será pasto de las llamas.
Resulta conmovedor leer cómo se preocupan los Gates porque, ante una crisis global como esta, las empresas, como hacen habitualmente, “tomen decisiones impulsadas por un afán de lucro” o los gobiernos “actúen con el objetivo limitado de proteger únicamente a sus propios ciudadanos”, como si ese no fuera su cometido, y unos y otros no miren como miran ellos por el bien común y global, palabra mágica esta última que vale por mundial, y que tanto acarician nuestros buenos samaritanos.
Para que esto no suceda porque sería muy poco altruista entra en juego la filantropía, es decir, el desinteresado amor a la humanidad sin ánimo lucrativo de los señores Gates que reconocen tener relaciones sólidas “con la OMS, con expertos, con gobiernos y con el sector privado” en los que han invertido, según declaran, 1.750 millones de dólares, que se dice enseguida, para luchar contra la Covid-19, lo que implica, en primer lugar crearla o, si ya existía, magnificarla. Pues para ser un héroe hay que tener un monstruo que combatir que esté a la altura de la proeza heroica que se pretende, y si el monstruo no es tan fiero como lo pintan, hay que maquillarlo y hacer que parezca más fiero de lo que es a fin de infundir pánico y terror. Todo héroe crea el monstruo contra el que dice combatir.
Pero llegados a este punto, cuando creíamos que todo iba a solucionarse con la dichosa vacunación que ellos promueven y fomentan, el señor y la señora Gates nos dicen que hay que priorizar la igualdad -¿económica?- y, que tenemos que... “prepararnos para la próxima pandemia”.
O sea, que para cuando salgamos de esta, si salimos alguna vez, ya nos tienen preparada otra. Nuestro gozo en un pozo. Vendrán más pandemias. Vendrán más pestes.
El
multimillonario filántropo, por su parte, sentencia en un alarde
visionario: La amenaza de la próxima pandemia seguirá cerniéndose
sobre nuestras cabezas, a menos que el mundo tome medidas para
prevenirla. El remedio de la inexistente próxima pandemia no es la curación, sino la prevención. Pero si la prevenimos, no lo dudemos, la estamos atrayendo: ya hay cita previa.
Acaban su larga carta escribiendo que, aunque cuesta imaginarlo, la pandemia llegará a su fin algún día, gracias a la “impresionante labor de los líderes surgidos durante el último año para guiarnos a través de esta crisis”. Esos líderes, además de nuestros mandatarios responsables, son todos aquellos que están en primera línea luchando contra la pandemia (sanitarios, profesores, padres y madres, vecinos caritativos que cuidan de que nadie pase hambre en el barrio...), y sobre todo “la pareja de filántropos”, según la expresión de nuestro entrañable periódico local que se ha vuelto global, pareja que se despide de nosotros deseándonos “buena salud” en estos tiempos difíciles.
Aceptamos la realidad como si fuera la verdad, y cuando alguien nos dice que son dos cosas distintas, que la realidad es falsa, una mentira mental, pero real que nos condiciona, necesitamos mucha energía y lucidez para romper ese condicionamiento, el hechizo de ese encantamiento.
La mente, al igual que un paraguas, no sirve si no se abre (abiertamente=mente abierta)
Forma parte de la educación hacer que aceptemos la realidad. Hay quien dice que tenemos que tener conciencia de la realidad, como si la conciencia fuera un espejo donde se refleja esa vieja y arrugada dama, sin percatarse de que la conciencia es la realidad, por lo que no conviene contradecir una opinión con otra contraria, sino, más bien, librarse de todas las opiniones: ese es el proceso de la razón en marcha que destruye allá por donde pasa todas las mentiras.
Resulta un poco desalentador que tantos jóvenes acaben formando parte del cuerpo de la Ertzaintza para de ese modo labrarse un futuro, como se decía antaño, que es lo que les promete el Gobierno vasco equiparando el término "futuro" a un buen sueldo y estabilidad laboral, algo que sus carreras y otras ambiciones profesionales no les proporcionan.
Y es que esta oferta de plazas puede ser muy atractiva para un joven que ha estudiado, se ha preparado y lleva años buscando una oportunidad laboral que no le llega, por lo que sigue viviendo con sus padres y dependiendo económicamente de ellos sin ver ninguna luz a la salida de este túnel. Estudiar un año escaso y prepararse físicamente en un gimnasio para, una vez aprobada la oposición, cobrar un buen sueldo y adquirir así una estabilidad económica que les permita hacer vida de adulto, puede ser para estos jóvenes tan goloso, como se suele decir, como una bolsa de caramelos a la puerta de un colegio a la salida de clase.
Lo cierto es que es un caramelo envenenado porque muchos de esos jóvenes están tirando sus carreras profesionales por la borda para acabar siendo algo que, seguramente, nunca habrían querido ser, pero a lo que se resignan porque -a la fuerza ahorcan- creen que es la única manera de abrirse paso en la vida.
Los talentos huyen de Euskadi y los que se quedan se malogran, vamos a decirlo así, al unirse a la Ertzaintza, si no acaban dando saltos de empleo precario en empleo precario sin posibilidad de avanzar o engrosando las filas de las largas listas del desempleo.
Sería preferible una Euskadi, y una España, y una Europa y un mundo en definitiva con menos policías y con mucho más personal sanitario, por ejemplo. Pero ese futuro parece que no le importa mucho al Gobierno vasco (ni al español, ni al europeo, ni al mundial). Sería interesante que el País vasco no destacara por ser el lugar de la Unión Europea con más presencia policial más acusada, ya que presenta una ratio de 6,9 efectivos por cada mil habitantes.
Me entero de que una Organización No Gubernamental llamada “Cooperación Internacional” (Living for others, en la lengua del Imperio) ha lanzado una campaña con etiqueta de almohadilla tuitera denominada #TocarSinContacto para acercarse a las personas que lo necesitan “aunque no pueda ser físicamente por la pandemia del Covid-19”. Y como no pueden arrimarse físicamente, según dicen, van a intentarlo, digo yo, metafísicamente... Animan principalmente a los jóvenes a sumarse como buenos samaritanos a su campaña de voluntariado pandémico... dentro siempre, claro está, del marco normativo de la Nueva Normalidad.

Según uno entra en su página güeb, se encuentra con un lema que pone: "El futuro va a ser mejor. Lo estamos cambiando." Se supone que mejor que el presente: la zanahoria delante de las orejeras del borrico. A continuación hay una pestaña en la que se lee QUIERO CAMBIAR EL MUNDO. Si uno clica allí, resulta que hay tres procedimientos para lograr el portento: -Con una donación (económica, por supuesto); -Haciendo voluntariado samaritano; y -Desde mi empresa (?) a través de colaboraciones institucionales de entidades tanto públicas como privadas, es decir, volvemos al punto primero: dinero para cambiar el mundo... Resulta de una ingenuidad que roza el candor más absoluto y la candidez más bobalicona pensar que se puede cambiar el mundo de alguna de esas dos maneras. Al fin se reducen a dos: dar pasta a una oenegé o trabajar gratis para ella.
Sobre estas oenegés hay que decir que aunque no sean creaciones propiamente dichas de los gobiernos y de los poderosos señores de este mundo, como indica su definición de “no-gubernamentales”, sí que suelen ser pro-gubernamentales y suelen estar subvencionadas económicamente y fomentadas por los gobiernos y por el mecenazgo de algunos milmillonarios filántropos, mandatarios a los que de hecho les hacen el juego y la cama.
"Para tocar un corazón no hace falta contacto físico", reza uno de sus lemas, y para ser voluntario o gestor de una ONG tampoco hace falta mucho, la verdad sea dicha, basta con albergar buenas intenciones y sentimientos. Y para "mirar con cercanía a los demás" ya están los reality shows de la televisión y las redes sociales.
Estamos ante una paradoja: ¿cómo podemos contactar con una persona sin tocarla, sin darle un apretón de manos, sin abrazarla, sin darle un beso, sin acariciarla, sin sentir su calor humano? Imposible: si no hay tacto no hay contacto real.
Podrá haber contacto virtual. De hecho el término "contacto virtual" ha tenido éxito en el mundo de las telecomunicaciones y de las redes sociales donde se cuentan por cientos y miles los followers o seguidores fantasmagóricos que tiene uno.
La expresión coloquial de “darle un toque a alguien” con el sentido de ponerle a prueba o de sondearle respecto a algún asunto ha quedado ya obsoleta y es desde hace algún tiempo sinónima de llamarle por teléfono... como si viniera preparándose la sustitución del contacto carnal, que se juzga peligroso, contagioso, al estar supuestamente todos apestados, por el virtual.
Ese es el mensaje subliminal que hay detrás de esta campaña: todos estamos apestados, por lo que es menester que guardemos la distancia física, pero no la social, nos recuerdan los vendedores de teléfonos inalámbricos, tabletas, ordenadores personales y demás cachivaches, porque podemos comunicarnos con los demás a través de medios tecnológicos asépticos y seguros y tejer nuestras propias redes sociales...
Leo en una de esas redes en las que incurro yo rara pero alguna vez, a la fuerza ahorcan, que en el colegio de la nieta de una mujer de mediana edad ha habido un pequeño que ha resultado positivo en la prueba esa de la peceerre, por lo que cuatro clases de párvulos de cinco años permanecen encerrados a cal y canto en sus casas durante diez días, custodiados por sus madres, que los mantienen aislados sin que se les arrime nadie para preservar su pureza infantil angelical...
La abuela se queja de que su hija, una de esas ahora abnegadas madres de familia, no la deja coger a la nieta en brazos, abrazarla y darle unos besazos y achuchones cada vez que la ve, pese a que se pone la pañoleta que lleva al cuello a guisa de mascarilla cubriendo boca y nariz, para evitar las broncas y la riña de su hija...
Desde luego, la burbuja familiar, reducida a su mínima expresión histórica, la sagrada familia, es la ONG ideal perfecta para el gobierno, funcionando como el perfecto trampolín de las políticas del Ministerio de Sanidad y de la perniciosa Organización Mundial de la Salud.
¿Qué será de estos niños, me pregunto yo, sometidos a la tortura de las disposiciones irracionales del Estado terapéutico y profiláctico encerrados entre cuatro paredes, sin contacto con el mundo exterior y con los otros? ¿Se rebelarán contra el sistema o serán, más bien, la generación más domesticada, dócil y esclava que ha pisado la faz de la tierra desde que el mundo es mundo?
Que a alguien le disparen un proyectil de “foam” de calibre 40 milímetros, peso de 220 gramos y alcance, al parecer, de una velocidad que llega a superar los 300 quilómetros por hora, supuestamente menos letal que las pelotas de goma utilizadas hasta la fecha por los antidisturbios, no le hará mucha o, más bien, ninguna gracia. Las pelotas de goma rebotaban y sus impactos eran impredecibles, mientras que estas nuevas balas de viscoelástica son bastante precisas y certeras, y dependen de la puntería del agente que dispara. Ahora bien, si uno sabe que se dispara sin voluntad de herirle porque “ha sido sin querer”, le deja a uno un poco más tranquilo, aunque le reviente un ojo de la cara, por ejemplo.
Reflejan estos reportajes una imagen tan idealizada del policía que sabe que está siendo grabado y visto por todo tipo de telespectadores que al final uno casi acaba deseando que le detengan a uno mismo, que le lleven al calabozo y, si se tercia, que le planten un par de hostias bien dadas... ¿Por qué? ¿Cómo que por qué? Porque uno seguramente se lo merece, y, porque, como decía el otro, algo habrá hecho uno, aunque no sea muy consciente de ello...
Esos programas venden un producto propagandístico: la imagen del poli bueno, que encarna los ideales de perfección y rectitud de las fuerzas de “orden público”, frente al ciudadano normal y corriente que muestra poco civismo y representa la imperfección, la torpeza y el desorden.
Estos programas deforman la realidad so pretexto de informar de ella. La observación modifica la realidad de lo observado, configurando una nueva pero falsa realidad. De hecho puede afirmarse que la realidad se crea o recrea en el acto mismo de la observación.
De todo hay en la viña del Señor. En la vida cotidiana, esa que no suele salir por la televisión, uno se encuentra, sin embargo, con verdaderos y vulgares mercenarios, portadores de placa, porra y pistola, con una soberbia, chulanganería, violencia, impunidad y falta de escrúpulos en exceso, y no pocos justifican la violencia policial escudándose en que estaban cumpliendo órdenes que siempre vienen de arriba, de los mandos, por lo que parece que no son responsables de su actuación.
Por supuesto que también, afortunadamente, uno se encuentra con sujetos que, pese a desempeñar esa profesión que les exige hacer uso de la fuerza, saben comportarse y no llegan a utilizar nunca el arma reglamentaria que el Estado pone en sus manos, como aquel guardia civil jubilado que se enorgullecía de que nunca había hecho uso de su pistola... Pero hay polis buenos y malos... El gran defecto del “poli bueno” es que excusa, protege y encubre a menudo por corporativismo al “poli malo”.
“Vamos a
tirar a dar” no es una frase descontextualizada ni una frase hecha
o expresión coloquial. Es una declaración de intenciones en toda regla que retrata la violencia institucional intrínseca que encarnan los cuerpos y
fuerzas de seguridad del Estado. Ellos no manejan las armas que portan; las armas les manejan a ellos. El gatillo llama al dedo. El
problema es que algunos tienen, además de fácil el gatillo, muy buena puntería.

El escéptico es el que no cree, porque los que creen, los creyentes, ya no necesitan investigar nada, ni preguntarse por las cosas, ni mirarlas con detenimiento: se creen en posesión ortodoxa de la verdad.