Vivimos
tiempos bíblicos y plucuambíblicos, apocalípticos en el sentido
etimológico del término de reveladores, nos tienen en vilo y nos
desvelan la catástrofe.
Los sacrificios se hacen siempre por algo,
generalmente en aras del bien común, en beneficio de otros o de
otro, distinto, claro está, del chivo que se inmola.
Hay comités de expertos, pediatras, pedagogos,
médicos y sobre todo padres, que apoyan la matanza de los inocentes.
Se le hiela a uno el alma sólo de pensarlo.
La masacre de los inocentes, narrada sólo en el evangelio de Mateo, no
tiene muchos visos de ser histórica, pero posee un valor simbólico
metafórico innegable.
El
rey Herodes, como el faraón egipcio, ordena la ejecución de los recién
nacidos, temeroso de que alguno pueda llegar a arrebatarle con los años
el poder.
El
rey Herodes ordenó sacrificar a todos los niños del reino, y si eso
nos parece una atrocidad, es porque no es historia ni leyenda, es
porque es actualidad.
Herodes
no duda en ordenar el sangriento asesinato múltiple de las criaturas
inocentes nacidas en Belén menores de dos años con tal de no verse
destronado.
Herodes es la violencia institucional de policía y
ejército, el adoctrinamiento educativo, la información que es
propaganda, y el poderoso caballero Don Dinero.
La masacre de los incoentes, Nicolas Poussin (c. 1618)
El óleo de Poussin de la masacre de los inocentes refleja
la Sagrada Familia: la madre que grita, el soldado/padre ejecutor y el
niño que va a ser sacrificado.
Herodes
trata de educar, es decir, de matar al niño que acaba de nacer, ésa es
la dedicación esencial de los padres, maestros, pedagogos y del Poder en
general.
A
los niños, inocentes criaturas perversas polimorfas, hay que matarlos,
porque un niño, eso lo sabe cualquiera, es, si se lo deja suelto, una
cosa peligrosa.
Eso
que se llama ‘educación’ consiste esencialmente en hacer del niño todo
un hombre hecho y derecho llevándolo al matadero y pudridero, es decir, a
su futuro.
Educar
al niño es domesticarlo, someterlo para que cuando se ponga a pensar no
se vaya por las nubes, sino que lo haga según las ideas y patrón
establecidos.
La matanza de los inocentes, Giotto (1303-1305)
En
el fresco de Giotto hay dos planos: arriba el rey Herodes, abajo sus
súbditos: a un lado los verdugos, al otro las madres, en el centro los
niños inmolados.
Pero
no todo es tan fatal. Aunque Herodes mata a las tiernas criaturas, no
las mata nunca del todo: Dios aprieta pero no ahoga, por más que no deje
de apretar.
La
educación nos inculca la fe en lo que es, en lo que sea, fe que
cultivan la Ciencia y la Filosofía, como antaño cultivara la Teología
sin mucha diferencia.
Herodes
nunca mató a todos los inocentes, a todos los niños, siempre queda algo
del niño muerto que renace en las empalagosas y entrañables fiestas
navideñas.
El
Ángel, mensajero del futuro, le dice a José que huya a Egipto con la
madre y el hijo porque Herodes quiere matar al niño llamado a derrocar
al mandatario.
La matanza de los inocentes, Guido Reni (1611)
En
el lienzo de Guido Reni dos angelotes aguardan en el cielo con palmas
de martirio a los niños ejecutados para consagrarlos como futuros santos
inocentes.
Si algo de sangre nos queda en las venas, rebeldía
contra lo que está mandado y amor hacia lo que no se sabe, es para sublevarnos contra el poder y el capital.
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