¡GOCE USTED DE SALUD PERFECTA!.- No tiene desperdicio la siguiente leyenda, que leí una vez al dorso de una estampita.
martes, 11 de enero de 2022
Sanidad contra salud, salud contra Sanidad
lunes, 10 de enero de 2022
Una madre desahuciada
María, que quería proteger a sus vástagos de las irracionales medidas coronavíricas, ha sido castigada por el Estado alemán.
Una de sus hijas, aunque estaba asintomática, resultó positiva, y se le impuso una cuarentena hasta el 31 de diciembre pasado. Cada vez que hablaba por teléfono con su madre, la niña lloraba.
La situación me ha traído a la memoria la bellísima canción de Lou Reed The Kids, de su álbum más siniestramente bello que es Berlín (1973), un auténtico descenso a los infiernos. Lou canta con cierta contención, la guitarra no permite presagiar la tragedia explosiva del último tramo del tema, con el llanto real de los niños.
Cuenta la historia de una madre a la que le quitan la custodia de sus hijos porque decían que no era una buena madre, que era una prostituta y una drogadicta a quienes los servicios sociales del Estado le quitan la custodia de los hijos. Desgarrador final con el llanto de los niños llamando a gritos a la madre.
domingo, 9 de enero de 2022
Mentirosas mentes
Escribíamos en
Algo in mente, a propósito de la etimología de “mente”, que el derivado más
chocante a primera vista era el verbo mentir, que ya existía en latín MENTIRI, y
que en principio significaba inventar, imaginar, derivando después a su
significado actual y más conocido de no decir la verdad y, por lo tanto,
engañar.
sábado, 8 de enero de 2022
Aleluya
Uno de los temas musicales que más versiones ha recibido es, sin duda, el Aleluya de Leonard Cohen. La versión más notable que conozco es la del misteriosamente desaparecido Jeff Buckley, una voz prodigiosa, capaz de los más increíbles registros, y una guitarra no menos prodigiosa. Disfrutemos de ella. Ya lo decía don Quijote: "Donde música hubiere, cosa mala no existiere". La música, como sabemos desde Orfeo, es capaz de resucitar a los muertos.
viernes, 7 de enero de 2022
Cuatro preguntas
1ª.- Se habla a menudo del "nivel de vida" de la gente, y se califica de "alto" y "bajo", "bueno" y "malo". Se dice que hay ascenso o descenso. Pero ¿cómo se mide el nivel de vida? ¿Qué fiabilidad merecen los indicadores que se emplean para determinar el nivel de vida?
2ª.-Dicen que España debería incorporarse con pleno derecho al club de los países ricos. ¿De verdad? ¡No me hagan reír que me meo por las patas abajo! ¿No nos iría mejor seguir siendo lo que somos, pobres, y brillar como miembro de pleno derecho en el club de los países pobres pero honrados?
3ª.- No veo nada de malo en la falta de horizontes -metáfora del futuro- que dicen que tienen las nuevas generaciones. ¿No será el horizonte un trampantojo, digo yo, como la zanahoria que le ponen al burro por delante para que no vuelva la vista atrás y vaya por el camino establecido?
Y 4ª.- Cuando dos soldados de guardia se encontraban en una ronda nocturna, para reconocerse, tenían que dar una clave cada uno de ellos y pedirle al otro la contraclave. El primero que hablaba daba "el santo y seña", generalmente dos nombres propios, uno de persona o sea de un santo del santoral cristiano, y el otro de una ciudad, que empezaban por la misma letra del abecedario, por ejemplo la A: Santo y Seña: "Ana, Ávila". A lo que el otro miembro de la patrulla debía contestar con la contraseña (el password en la lengua del Imperio), que solía ser un nombre común que empezaba por la misma letra, verbigracia: amor.
Era una manera de reconocerse entre los propios soldados, mediante una contraseña que se cambiaba cada día. Pero cuando el centinela se encontraba con un desconocido, es decir, con alguien que no pertenecía al campamento, solía preguntarle: ¿Quién vive? Era la pregunta que antaño dirigía el centinela a las tinieblas, a lo desconocido.
No deberíamos preguntar quién vive, como si reclamáramos que alguien se identifique con el Documento Nacional de Identidad, como exige la policía cuando nos detiene, sino algo mucho más profundo y, por lo tanto, menos falso. Nuestro nombre propio es real, por supuesto, pero no deja de ser falso. Movidos aquí por el amor a la verdad, que es odio hacia la mentira, nos preguntamos mejor: ¿Vive alguien? ¿Alguien vive?
jueves, 6 de enero de 2022
Tolerancia cero
Los políticos profesionales son tan políticamente correctos que por no decir “intolerancia”, que suena muy intransigente porque lleva la negación (in-) incorporada, utilizan el término 'tolerancia', cargado de positividad, para, acto seguido, negarlo añadiéndole un cero a la derecha en la expresion “tolerancia cero”, que es eufemismo de lo mismo, pero parece más transigente y tolerante. Recuérdese que el cero es la cifra por antonomasia: El término 'cifra' procede del árabe sífr, que significa 'vacío' y que se aplicó en romance en principio al cero, y sólo posteriormente a los demás guarismos.
Está mal visto ser intolerante, y una de las acusaciones que más se lanzan los unos a los otros es la de intolerancia, por lo que hay que mostrarse tolerante, pero no con todas las cosas ni situaciones. Si no queremos tolerar la violencia, por ejemplo, apostaremos por la tolerancia 'cero', que es expresión similar a "caso omiso". Hacer caso omiso, es sencillamente, no hacer ningún caso, porque omiso, que la Academia define como 'flojo y descuidado', es el participio irregular o fuerte de omitir, mientras que 'omitido' es el participio regular o débil llamado a funcionar más como adjetivo que como verbo.
Algunos políticos hablan, por ejemplo, de tolerancia cero contra la pedopornografía, que es la pornografía infantil. Y más aún de tolerancia cero contra la pedofilia. Y más aún de tolerancia cero contra la prostitución infantil. Pero no se sublevan contra lo que nos prostituye a adultos y a infantes, que es el capital o dicho de otra manera don Dinero, todopoderoso caballero, que monetariza nuestro tiempo, capitalizándolo. Contra eso no, porque eso es sagrado, incluso ahora cuando se habla de la desaparición del dinero físico, pero no del verdadero, que es el espiritual o virtual. Es más el dinero es ahora más que nunca Dios. Pero se rasgan las vestiduras porque en esta sociedad nuestra se ejerza violencia sexual contra los niños, pero no otras violencias. Y los jueces, hipócritas puritanos, condenan a aquellos que trafican con material pornográfico infantil, reservando la pornografía como material o contenido sensible para los adultos.
La sociedad considera que la violencia contra los niños la ejercen los pedófilos, es decir, los que, según la etimología del término quieren a los niños con acendrado amor, tal vez por aquello de que 'quien bien te quiere te hará sufrir y llorar'. Resulta que los que quieren a los niños los violentan, los violan.
Pero al margen de algunos individuos, los llamados menoreros, que no son tantos, por otra parte, a los que no les atraen sexualmente los adultos, y sí los menores de edad, resulta que la sociedad misma comete en grado sumo el mismo pecado que dice combatir y castigar: violentar a los niños, violarlos, adulterarlos, convertirlos en otros, en adultos.
Y la sociedad en la que vivimos no es
pedófila precisamente, sino pedófoba: tiene miedo y deseo a la vez
de los niños, tiernos angelitos, a los que ama y odia, y por eso
ejerce sobre ellos la violencia de arrebatarles la virginidad de su
libertad e inocencia.
Más sentiencias y sentires (y II)
miércoles, 5 de enero de 2022
Más sentiencias y sentires (I)
martes, 4 de enero de 2022
Algunas paradojas (y II)
Trabajo precario.- Hoy se habla mucho del trabajo precario, como si hubiera alguno que no lo fuera: el trabajo es siempre precario, por eso lanzamos contra él nuestra imprecación: una limosna que se mendiga para poder comprar un poco de vida en el mercado de la existencia: pero se han agotado las existencias de vida en el mercado.
El tiempo es oro. - No quiero que mi tiempo se convierta por la alquimia del rey Midas en oro del que cagó el moro, es decir en dinero, o sea en mierda: el tiempo de verdad, no el de los relojes y calendarios, que ese es mentira cronometrada, es el que nos arrastra ahora mismo, en el que nos estamos hundiendo ahora mismo, este tiempo que cuando queremos aprehenderlo y decir “ahora” ya se nos ha ido de las manos, ya no es ahora.
La nave de los locos, Hyeronimus Bosch, el Bosco (1490-1500)
Falsa identidad. -Yo no tengo identidad verdadera, lo que se dice una identidad propia o idiosincrasia que me defina y caracterice. O, dicho de otra manera, la identidad que tengo es falsa, pero sí tengo, para mi desgracia, DNI (Documento Nacional de Identidad), y eso es una realidad como la copa de un pino.
Del nombre propio. -Es verdad que tengo un nombre propio y unos apellidos, fruto de mi bautismo o inclusión en el registro civil, pero ese nombre y apellidos siendo reales como son, y figurando en mi DNI, sin embargo son falsos: todo nombre en última instancia es un pseudónimo.
Imagen. -Es cierto que yo proyecto una imagen si me miro en un espejo, como todo bicho viviente, como todo dios, imagen que es indudablemente mía, pero yo no soy esa imagen que de mí ven los demás o veo yo mismo si me miro en mi reflejo.
¿Cómo se come esto? -Todos los días son exactamente iguales, y, sin embargo, no hay ninguno exactamente igual que otro.
Lo que salta a la vista. -¿Por qué no vemos lo que es tan evidente que salta a la vista? Porque nuestros ojos no ven las cosas que hay sino las ideas inculcadas que tenemos previamente de las cosas que hay y que nosotros somos incapaces de ver con nuestros propios ojos cegados como están por las ideas.
Lógica de los mercados. -¿Por qué dicen los gobiernos que hay que plegarse a la lógica de los mercados? ¿Será porque los mercados llevan la voz cantante y sonante? ¿Qué pintan entonces los gobiernos?
lunes, 3 de enero de 2022
Algunas paradojas (I)
Héroes monstruosos.- Hay héroes que a fuerza de luchar contra los mostros para liberarnos de su maléfico influjo acaban pareciéndose a los propios endriagos contra los que combatían. Así pues, los legendarios caballeros andantes acaban convirtiéndose en los fabulosos dragones y basiliscos de los romances antiguos de los libros de caballerías contra los que lidiaban, como si se reencarnaran en los mostros que ellos mismos crearon a fin de combatirlos.
El sonido del silencio.- Podemos oír el sonido estremecedor de un trueno, la melodía de una flauta que suena desgranada en la lejanía como el viento, el latido de nuestro propio corazón, el canto armonioso de un pájaro al amanecer. ¿Es posible, sin embargo, que en medio de tanto ruido como hacen las máquinas y tamaño alboroto como vivimos podamos oír y escuchar siquiera una sola vez las notas musicales del silencio que nos arrebata con el suave susurro de su dulce y casi imperceptible melopea y nos aporta, como diría el poeta Manuel G. Prada, “la anestesia del olvido"? Un sonido preñado de profundo silencio sería la canción inaudita del universo entero. ¿Podemos prestar oído y atención a ese sonido hondo del silencio, ajenos al despertador que nos levanta del lecho a toque de diana todas las madrugadas, y movernos al compás de las tácitas ondas de su sintonía?
Las Aguas del Leteo por las llanuras del Elisio, John Roddan Spencer Stanhope (1880)
El mal menor.- Elegir entre dos males el mal menor no es, digan lo que digan, un buen negocio. Entre dos males no hay que elegir ninguno: esa es la mejor elección.
Consumo ergo sum.- Modifiquemos el “Cogito, ergo sum” o “Pienso, luego existo” de Descartes, por un: Consumo, ergo sum: consumo, por lo tanto, me consumo, lo que significa que existo. Soy un consumidor de existencias, de mi propia existencia en primer lugar. Dicho de otro modo: Sufro, luego existo. El dolor te hace sentirte vivo, te hace existir, porque la existencia es sufrimiento puro, auténtico dolor, como un diamante incandescente en estado bruto.
El otro jueves.- Este mundo no es nada del otro jueves, del jueves inexistente que no forma parte de la semana. Este mundo no es nada, valga la redundancia, del otro mundo, que es el que todos llevamos en nuestros corazones, el que todos llevamos dentro. Llevamos un mundo nuevo dentro de nuestros corazones, como dicen que dijo el anarquista Buenaventura Durruti, un mundo que se rebela contra este.
Cosas que me encantan. -Me encanta callejear, caminar sin rumbo fijo en una ciudad desconocida, es decir, en mi ciudad, la ciudad que creo conocer y en realidad desconozco, pasear sin ningún objetivo concreto ni prisa, sin plano ni guía turística; es la única forma que conozco de conocer, valga la redundancia, una ciudad desconocida como la que conozco como mía: pateándola, descubriéndola a cada paso.
Detalle de 'Las Aguas del Leteo por las llanuras del Elisio'.
Puntualidad.- Me encanta no llevar reloj. Y, paradójicamente, me gusta ser puntual. Siempre llego a mis citas antes de tiempo. Prefiero esperar a que me esperen. Odio la dictadura del reloj en la que vivimos en este mundo moderno. Si debo subordinarme a él es por razones laborales; en cuanto puedo me libro de él, me libero del trabajo. De todas formas el peor reloj que hay no es el de pulsera, sino el despertador: ese es el que más odio, el que nos despierta a toque de diana como en el cuartel. Me encanta despertar con el canto de los pájaros y los rayos del sol entrando por la ventana o las rendijas de la puerta, no que me despierte el despertador.
Sumisión a las autoridades. ¿Cómo es posible que los galenos estén tan sometidos a los mandatos gubernamentales de las llamadas autoridades sanitarias como para perder el más mínimo espíritu crítico y negarse a admitir que estamos asistiendo al fracaso de la vacunación? ¿Quién puede dejar de ver, a no ser que sea un lacayo del gobierno o un mozo de botica a sueldo de los laboratorios farmacéuticos, que una inyección que hay que repetir cada tres meses no es una vacuna sino un producto que estimula el virus, sobre todo cuando ni evita ni el contagio ni la transmisión de la enfermedad?.
Odio
libre.- Más que
predicar el amor libre, vamos a propugnar aquí el odio libre hacia
todas las instituciones, pero no hacia las personas de carne y hueso,
pobrecitas ellas; casi ninguna se merece nuestra aversión, sólo las
que tienen mucha personalidad, una personalidad arrebatadora que nos
arrolla a los demás avasallándonos. Odio libre, liberación del
odio, pues, a muerte a todas las instituciones. Gracias al odio a las
instituciones, dejo de ser el que soy, es decir, el sustentador de la
institución que más odio, la primera de todas: el último reducto
de Dios: yo mismo.




