Me ha sorprendio, leyendo el otro día el artículo Russia, Satan and the Parviscient Crowd de Edward Curtin, publicado el 11 de octubre en Off-Guardian, el empleo del neologismo “parviscient” que hace el autor aplicado a “crowd”, la multitud. Está formado sobre el adjetivo latino parvus -a -um: 'poco, pequeño, escaso', y el verbo scio, 'saber', origen de scientia como conjunto de las cosas que se saben, por lo que significaría pocosapiente.
La docta Academia no reconoce parvisciente ni parvisciencia, como tampoco reconoce su contrario, que sería plurisciente y plurisciencia, para el acumulador y la acumulación de conocimientos respectivamente. Este último, precisamente, lo utilizó García Calvo en su traducción de Heraclito para verter al castellano el término griego πολυμαθίη 'polymathíe' en el fragmento 40 de la edición de Diels-Kranz (24 de García Calvo), sobre cómo la posesión de muchos saberes no garantiza de por sí la inteligencia, traducido así: “ello es, en fin, que plurisciencia no enseña a tener seso: que se lo habría enseñado a Hesíodo y también a Pitágoras, y asimismo a Jenófanes y a Hecateo”.
Tenemos dese hace mucho tiempo en nuestra lengua la pareja omnisciente y omnisciencia, paralela y similar a consciente y consciencia, formados etimológicamente sobre el adjetivo omnis -e 'todo' y el dichoso verbo scio 'saber', atributos aplicados a Dios sobre todas las cosas. Nuestro diccionario, en efecto, define omnisciencia en primera instancia como 'conocimiento de todas las cosas reales y posibles, atributo exclusivo de Dios' y en segunda acepción como 'conocimiento de muchas ciencias o materias'. Frente a esta pareja totalitaria, brilla por su ausencia en nuestro diccionario su contraria, que sería, me atrevo a aventurar, nihilsciente/nihilsciencia, aunque sí está reconocido nesciente, vulgarmente 'necio', definido como 'que no sabe' y nesciencia, entendida como 'ignorancia, necedad, falta de ciencia'.
Volviendo al título del artículo de Curtin “Rusia, Satnás y la multitud parvisciente”, 'pocosapiente' sería más transparente sin duda en castellano. Critica allí, entrando ya en el asunto, el autor a “los estadounidenses parviscientes que están envenenados por largos años de propaganda antirrusa”, y también dice, al final del artículo: “Pero cuando los mitos dominan las mentes, los hechos no importan. La multitud parvisciente, envenenada por la propaganda prolongada, odia a Rusia más que a la guerra (…)”.
El adjetivo no es muy transparente en castellano, pero en inglés lo es mucho menos, donde solo su final puede resultar familiar. No es un término, desde luego, para usar en una conversación habitual, pero no está de más en un artículo intelectual como este que trata de analizar cómo la propaganda, citando a Jacques Ellul, abduce a la mayoría democrática, y cómo los norteamericanos -y por extensión, podemos añadir nosotros, los europeos también- odian a Rusia y se ven a sí mismos como un país bendecido y bueno, que tiene una misión divina de difundir la “democracia” y la “libertad” por todo el mundo, basados en una cosmología política dualista y maniquea -lo divino contra lo demoníaco- que está tan arraigada en el imaginario colectivo yanqui, y de la que, como apuntábamos hace un rato, también nos han insuflado a los europeos en general y a los españoles en particular para justificar los ofensivos gastos militares de armamento defensivo, inculcándonos el odio a Rusia, que es la última versión del Coco, ese fantasma que se figura para meter miedo a los niños, una voz de creación fonética expresiva que repite sílaba oscura formada por una consonante oclusiva velar sorda que provoca un cierre momentáneo de la salida del aire y su brusca liberación y una vocal que se articula abocinando los labios y retrayendo la lengua...
Se cuenta por cierto que los compañeros de Vasco de Gama le dieron este nombre, que en portugués ya era el de un fantasma terrorífico, al fruto del cocotero por la similitud de la cáscara esférica y sus tres agujeros con una cabeza peluda con ojos y boca.
A nadie nos gusta que nos digan que somos víctimas de la propaganda, pero eso es y no otra cosa lo que somos. Los medios de conformación masivos se
han hecho cumplido eco en los últimos días de un posible ataque por parte de
Rusia a alguno de los países miembros de la OTAN. Es posible un eventual ataque de
Moscú. Ante esa posibilidad se impone una acción “preventiva”
que pasa por el “refuerzo” de las defensas terrestres, marítimas y aéreas: por tierra, mar y aire. Hay que estar preparados y la preparación consiste, además del rearme
efectivo al que llevamos tiempo asistiendo, en la mentalización: No estamos en guerra, que sepamos, pero reconozcamos que sabemos muy poco, parviscientes que somos, y que podríamos estarlo en breve si alguna vez hemos dejado de estarlo.
¡Que vienen los rusos! es el equivalente del infantiloide ¡Que viene
el Coco!, una de cuyas variantes es ¡Que viene el lobo!, con el que los
pastores de almas amedrentan al rebaño de borregos... Y al final ya sabemos
que es el propio pastor el que vende los corderos que ha criado y preservado del depredador al matarife que los sacrifica para el carnívoro consumo.

