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domingo, 18 de octubre de 2026

¡Que viene el Coco! (y II)

      Bruselas, que dicen que es la capital de la vieja Europa transmutada en Unión Europea, da la voz de alarma: “Rusia planea nuevos sabotajes y ataques híbridos, amenazando con usar armas nucleares contra los países de la OTAN en plena escalada de tensión en el Báltico”. La preparación para la guerra es mucho más que eso: es una necesidad. Lo que sacan en conclusión los Veintisiete es que Europa debe armarse y rearmarse más. Pero paralelamente al desembolso de euros en armas, hay que convencer a la ciudadanía de que el rearme es necesario y para ello hay que señalar un enemigo al que enfrentarse: Rusia, y el malvado zar que la regenta. 

    Si realmente no hay una amenaza, queda muy feo el gasto, que va en detrimento de otras inversiones que se juzgan más necesarias, así que hay que crear la amenaza. Hay que generar un clima prebélico y mentalizar a la ciudadanía fomentando una alarma social considerable porque el miedo nos hace maleables. La industria armamentística mundial crece a marchas forzadas: sus productos se consideran necesarios, lo que aumenta la producción y las ventas. El discurso del rearme y de la necesidad de estar armados hasta los dientes ante la inminencia de una situación bélica en suelo europeo no admite debate. Partidos políticos, tertulianos, analistas... se echan en tromba contra quien se atreve a criticar la inteligencia militar, ese flagrante oximoro, y la geopolítica que dicen. Los propios medios de conformación masiva no tienen muy claro qué está pasando. Mucho menos, la gente, esencialmente parvisciente y aterrorizada por los titulares alarmistas. Son tiempos duros para un discurso de paz, a pesar de la educación que a tal fin se imparte en las escuelas. Europa, sin embargo, tampoco está desarmada, como quieren hacernos creer, porque en los últimos años no han parado de crecer los gatos militares, pero ese es el leit motiv del mercado de las ideas que circulan. 


    Mensajes alarmistas como el siguiente, que apela a una acción personal individual, aparecen de cuando en cuando lanzados por los Servicios de Protección Civil: "Prepárate. Protégete. Y ten siempre listo tu kit de emergencia básico. Puedes necesitarlo si tienes que pasar unos días sin luz, agua o gas, o en caso de evacuación”. Lo que se nos dice es que no salgamos a la calle, porque  lo primero que suele hacer la gente cuando pasan estas cosas es salir a la calle a ver qué pasa. Lo que se nos dice es que si pasa algo de esto nadie va a estar ahí para ayudarnos, que lo que tenemos que hacer es encerrarnos -confinarnos, como se decía hace cinco años- setenta y dos horas en casa con nuestros bienes de primera necesidad y los primeros auxilios y no abrirle la puerta a nadie, no vaya a ser que se cuele y nos entre el virus del Nilo, por ejemplo, que ya está causando sus estragos. 

    No se dice en qué consiste esa difusa amenaza; podría ser un incendio, un chaparrón torrencial, un apagón eléctrico... Es evidente que cosas como estas pasan, pero con estos mensajes lo que se hace únicamente es crear miedo que ya se sabe que no beneficia a nadie ni a nada bueno.

    Desde la industria cultural se promueve un individualismo cerril y con las series distópicas que emiten las plataformas para pábulo de televidentes lo que se fomenta es el miedo a un futuro catastrófico. La hipótesis de un eventual ataque ruso es una distopía más, una situación de la que no hay pruebas porque aún no se ha producido, al igual que una invasión alienígena extraterrestre o un ataque de zombis resucitados de las tumbas de todos los cementerios. 

 

    Escribe Curtin, hablando del odio estadounidense a Rusia: Es un fenómeno de alcance casi teológico. Incluso precede a la primera Guerra Fría. Podríamos decir que estamos en la segunda Guerra Fría, pero quizás sería aún más preciso afirmar que la primera nunca terminó. Los mitos perduran, y el temor, casi satánico, a los malvados rusos y chinos está profundamente arraigado en la psique estadounidense. 
 
    Nosotros somos parviscientes. No vamos a arrogarnos el galardón de nihilscientes, porque algo sabríamos si declaramos que no sabemos nada, pero sí el de pocosapientes, sabemos muy poca cosa, pero de lo poco que sabemos es que, aunque no nos guste que nos lo digan, estamos amugronados por la propaganda (del latín propagare 'amugronar vides': meter debajo de tierra el vástago o tallo doblado de una planta sin separarlo del tronco o tallo principal, dejando fuera la extremidad o cogollo de aquel para que eche raíces la parte enterrada y forme otra nueva planta, término este de propaganda tomado de la locución “de propaganda fide”, título de una congregación del Vaticano, sobre la propagación de la fe, es decir, sobre la fe que ha de ser difundida o propagada por el universo mundo), y eso, poca cosa es, pero sí que lo sabemos.   

sábado, 17 de octubre de 2026

¡Que viene el Coco! (I)

    Me ha sorprendio, leyendo el otro día el artículo Russia, Satan and the Parviscient Crowd de Edward Curtin, publicado el 11 de octubre en Off-Guardian, el empleo del neologismo “parviscient” que hace el autor aplicado a “crowd”, la multitud. Está formado sobre el adjetivo latino parvus -a -um: 'poco, pequeño, escaso', y el verbo scio, 'saber', origen de scientia como conjunto de las cosas que se saben, por lo que significaría pocosapiente. 
 
    La docta Academia no reconoce parvisciente ni parvisciencia, como tampoco reconoce su contrario, que sería plurisciente y plurisciencia, para el acumulador y la acumulación de conocimientos respectivamente. Este último, precisamente, lo utilizó García Calvo en su traducción de Heraclito para verter al castellano el término griego πολυμαθίη 'polymathíe' en el fragmento 40 de la edición de Diels-Kranz (24 de García Calvo), sobre cómo la posesión de muchos saberes no garantiza de por sí la inteligencia, traducido así: “ello es, en fin, que plurisciencia no enseña a tener seso: que se lo habría enseñado a Hesíodo y también a Pitágoras, y asimismo a Jenófanes y a Hecateo”. 
 
    Tenemos dese hace mucho tiempo en nuestra lengua la pareja omnisciente y omnisciencia, paralela y similar a consciente y consciencia, formados etimológicamente sobre el adjetivo omnis -e 'todo' y el dichoso verbo scio 'saber', atributos aplicados a Dios sobre todas las cosas. Nuestro diccionario, en efecto, define omnisciencia en primera instancia como 'conocimiento de todas las cosas reales y posibles, atributo exclusivo de Dios' y en segunda acepción como 'conocimiento de muchas ciencias o materias'. Frente a esta pareja totalitaria, brilla por su ausencia en nuestro diccionario su contraria, que sería, me atrevo a aventurar, nihilsciente/nihilsciencia, aunque sí está reconocido nesciente, vulgarmente 'necio', definido como 'que no sabe' y nesciencia, entendida como 'ignorancia, necedad, falta de ciencia'.
 
  
    Volviendo al título del artículo de Curtin “Rusia, Satnás y la multitud parvisciente”, 'pocosapiente' sería más transparente sin duda en castellano. Critica allí, entrando ya en el asunto, el autor a “los estadounidenses parviscientes que están envenenados por largos años de propaganda antirrusa”, y también dice, al final del artículo: “Pero cuando los mitos dominan las mentes, los hechos no importan. La multitud parvisciente, envenenada por la propaganda prolongada, odia a Rusia más que a la guerra (…)”. 
 
    El adjetivo no es muy transparente en castellano, pero en inglés lo es mucho menos, donde solo su final puede resultar familiar. No es un término, desde luego, para usar en una conversación habitual, pero no está de más en un artículo intelectual como este que trata de analizar cómo la propaganda, citando a Jacques Ellul, abduce a la mayoría democrática, y cómo los norteamericanos -y por extensión, podemos añadir nosotros, los europeos también-  odian a Rusia y se ven a sí mismos como un país bendecido y bueno, que tiene una misión divina de difundir la “democracia” y la “libertad” por todo el mundo, basados en una cosmología política dualista y maniquea -lo divino contra lo demoníaco- que está tan arraigada en el imaginario colectivo yanqui, y de la que, como apuntábamos hace un rato, también nos han insuflado a los europeos en general y a los españoles en particular para justificar los ofensivos gastos militares de armamento defensivo, inculcándonos el odio a Rusia, que es la última versión del Coco, ese fantasma que se figura para meter miedo a los niños, una voz de creación fonética expresiva que repite sílaba oscura formada por una consonante oclusiva velar sorda que provoca un cierre momentáneo de la salida del aire y su brusca liberación y una vocal que se articula abocinando los labios y retrayendo la lengua...
     Se cuenta por cierto que los compañeros de Vasco de Gama le dieron este nombre, que en portugués ya era el de un fantasma terrorífico, al fruto del cocotero por la similitud de la cáscara esférica y sus tres agujeros con una cabeza peluda con ojos y boca.
 
    A nadie nos gusta que nos digan que somos víctimas de la propaganda, pero eso es y no otra cosa lo que somos. Los medios de conformación masivos se han hecho cumplido eco en los últimos días de un posible ataque por parte de Rusia a alguno de los países miembros de la OTAN. Es posible un eventual ataque de Moscú. Ante esa posibilidad se impone una acción “preventiva” que pasa por el “refuerzo” de las defensas terrestres, marítimas y aéreas: por tierra, mar y aire. Hay que estar preparados y la preparación consiste, además del rearme efectivo al que llevamos tiempo asistiendo, en la mentalización: No estamos en guerra, que sepamos, pero reconozcamos que sabemos muy poco, parviscientes que somos, y que podríamos estarlo en breve si alguna vez hemos dejado de estarlo.  
 
       ¡Que vienen los rusos! es el equivalente del infantiloide ¡Que viene el Coco!, una de cuyas variantes es ¡Que viene el lobo!, con el que los pastores de almas amedrentan al rebaño de borregos... Y al final ya sabemos que es el propio pastor el que vende los corderos que ha criado y preservado del depredador al matarife que los sacrifica para el carnívoro consumo.

domingo, 1 de junio de 2025

A la tercera va la vencida.

    La impresentable presidenta que regenta la Unión Europea ha recibido el premio Carlomagno 2025, el máximo galardón del viejo continente para quienes como ella promueven los devaluados valores europeos: una defensa ofensiva, mayor innovación tecnológica -¡lo que nos faltaba!-, ampliación de la UE a nuevos miembros -más Una, más Grande, más Libre-, y la protección de la democracia -no faltaba más, la democracia es la perfección ideal del Régimen- y de la resiliencia, que es el nombre secular de la vieja resignación cristiana. 
 
    La lógica implacable del lenguaje orgüeliano se ha implantado en el discurso político europeo en la lengua del Imperio, of course, que ya no es el latín, sino el inglés. Según dicha lógica, war is peace,  la guerra es el camino hacia la paz -si uis pacem, para bellum, que decían los romanos, y así les fue- mientras que la paz es solo una tregua para preparar la guerra, que es el objetivo de toda política que se precie, por aquello de aquel barón y militar prusiano de que la política no es más que la continuación de la guerra por otros medios (no menos violentos al fin y a la postre), y, podemos añadir nosotros, viceversa, la guerra no es solo la continuación de la política, sino el acto esencialmente político que fundamenta el dominio del Estado sobre el pueblo. 
 
     Los europeos nos hemos visto embarcados de la noche a la mañana en un buque pilotado por unos gobernantes que cual caballeros medievales pretenden “hacer sangrar a Rusia”, con el declarado pretexto de salvar a la princesa que es Ucrania atacada por el dragón, que es Rusia,  para lo que es preciso no solo armarse de valor, sino además de armas de destrucción masiva, no vaya a ser que la ocasión nos pille indefensos e inermes. Nos arrastran, pues, con los ojos vendados a la que ya se ha bautizado, por aquello de que no hay dos sin tres, como la tercera guerra mundial, y ya se sabe que como dice a veces la gente, a la tercera va la vencida: el desastre de un conflicto en el que todos seremos perdedores. Europa vuelve a ser raptada y arrebatada por el toro bravo de la beligerancia geoestratégica.
 

    El silencio del pueblo, de la gente, clama al cielo y resulta ensordecedor en todos los países, por no hablar de los presuntos intelectuales orgánicos, que callan como putas, lo que son. Hemos sido anestesiados, insensibilizados a fuerza de informativos telediarios. Cuando alguien levanta su voz contra el rearme enloquecido que predican, proponga o no otra cosa, porque para oponerse a algo no hace falta dar alternativas, sino decir simple- y llanamente que no, es enseguida tachado de “marioneta de Putin”, de hacerle el juego al zar ruso, que es lo que él quiere, que todos bailemos a su son. No hay matices: o estás conmigo o contra mí.
 
    Uno puede condenar la invasión rusa de Ucrania, camuflada de operación especial (militar), pero puede comprender a la vez que es la lógica consecuencia de la persistencia de una organización (militar) cancerígena como es la OTAN, calificada de defensiva, y que, lejos de disolverse cuando desapareció el Pacto de Varsovia, como hubiera sido lo esperado al no tener en frente al bloque comunista rival, siguió ampliándose y llevó su expansión, que ya es metástasis, hasta las fronteras mismas de Rusia, violando los tratados internacionales.
 

    La guerra de Ucrania, que vino a sustituir a la guerra contra el virus coronado en todas nuestras pantallas, tanto las hegemónicas del salón de casa familiar, presidido por el televisor, como las de nuestros móviles individuales, dura ya tres años; las víctimas a ambos lados superan con mucho el millón, aunque ninguno de los países enfrentados dé cifras fidedignas de muertos, heridos y mutilados. A lo que hay que añadir los millones de ucranianos -o ucranios, según el execrable Periódico Global(ista), que huyeron del país, unos a Europa Occidental, llegando algunos hasta las Españas mismas, otros a Rusia, todos ellos intentando escapar de la violencia desatada por sus democráticos gobiernos, un auténtico desastre. Y nuestros democráticos gobiernos, negándose a aceptar que, dada la desigual relación de fuerzas, la guerra está perdida, arropan al presidente ucraniano, el títere NATO de los Estados Unidos,  prometiendo el envío de más armas y dinero y hasta tropas auxiliares si hacen falta, para que el ejército de ese país siga luchando hasta el último hombre y la última mujer equiparada al hombre en el arte de la guerra. 
 
    Buen tema musical sobre manipulación mediática en el siguiente vídeo del rapero Yaco: Ucrania.
 

martes, 10 de diciembre de 2024

¿La hora de qué?

    El editorial de El Periódico Global, alias El País, del día 23 de noviembre de 2024 es repugnantemente vomitivo. Lleva por título «La hora de los europeos ante Ucrania», y se muestra preocupado porque el señor  Donald Trump, que ha ganado las elecciones norteamericanas como todo el mundo sabe, deje de apoyar a Ucrania como ha hecho hasta la fecha el señor Joe  Biden manejando a Zelenski, su títere NATO, y deje de suministrarle dineros y munición.
 
 
    El artículo, que resume la opinión de la casa editorial, destaca por su falta de imparcialidad y de sentido crítico mínimo ante los planteamientos de la OTAN. Que el Periódico Global que se autopercibe como serio y de tendencia progresista, favorable al adelanto de España por la izquierda que propone el gobierno, se comporte como si fuera un fanático militoste partidario de la guerra a sueldo del Ministerio de Defensa y de la OTAN es, cuando menos, preocupante y escandaloso. 
 
    El Periódico Global es el moderno paladín que quiere evitar el colapso de su dama amenazada por el malvado zar ruso. “Por todo ello, es la hora de los europeos. Ya no cabe confiar en el paraguas de seguridad de EEUU. Hay que respaldar a Ucrania para evitar su colapso”. El Periódico Global lamenta que Europa no tenga mucha capacidad de producción de armas, pero, como contrapartida, puede “hacerse un mayor esfuerzo financiero o, por ejemplo, comprar en el mercado armas que hoy Europa no produce”. Así, lo dice con un par, y se queda tan ancho y tan fresco. Vamos al mercado persa, regateamos un poco y compramos al fin armas que le regalamos a nuestra dama para que se defienda del pérfido dragón. 
 
 
    Por eso dice: “Es necesario compensar la probable caída del apoyo estadounidense a Kiev para que la paz que busca Trump no sea una capitulación”. Europa no aspira a la paz, que sería una capitulación, no nos engañemos, sino la victoria sobre la madre Rusia. 
 
    Pero el párrafo más ominosamente perverso y falso como él solo es el siguiente: “España debe, en esto, contribuir adecuadamente. Se halla en el furgón de cola del gasto en defensa de los aliados. Debe recuperar terreno con rapidez. No vale el argumento de la lejanía geográfica. España es parte de una alianza y de la Unión Europea. Recibió apoyo económico en momentos de dificultad. Debe contribuir a la seguridad común”. España, en efecto, es parte de una alianza, de la OTAN, pero recuérdese en qué condiciones entramos. 
 
    No sé si estamos en el furgón de cola del gasto en defensa -llaman defensa a lo que es agresión- de los aliados, pero lo que es evidente para cualquiera que tenga dos dedos de frente es que el verdadero gasto militar español no sólo ha superado el 2% del PIB como manda la Alianza y los Estados Unidos que la regentan, sino que supera el 5%, porque la mayor parte de este dispendio está oculta en partidas de otros ministerios. 
 
 
    El Periódico Global miente impunemente, y sus lectores lo saben, pero les da igual, cuando dice que Rusia utiliza «armas inquietantes», como si el uso de esas armas no tuviera relación alguna con el lanzamiento por parte de la OTAN de misiles de largo alcance, autorizados por el senil Tío Sam, no menos inquietantes. Miente y peca de imparcialidad cuando habla de “la destrucción de infraestructuras y actos de sabotaje” por parte de Rusia, no mencionando que la mayor destrucción fue la del gasoducto Nord Stream, que no realizó Rusia precisamente como se dijo desde el primer momento y luego se ha podido averiguar. 
 
    Pero el Periódico Global nos anima a comprar armas. Hay que atribuirle al editorialista, sin embargo, una virtud, la sinceridad con la que reconoce que el esfuerzo militar español que demanda «limitará los recursos disponibles para otras partidas de gasto». Pero quiere remediarlo con las consabidas monsergas de la Ministra impresentable del Ramo de que el gasto militar no se contradice con valores progresistas y que no hay progreso, cohesión social, seguridad y democracia sin una mayor inversión militar. 
 
    ¿De verdad se creen los propietarios y redactores de ese periódico que el ejército nos garantiza valores progresistas, cohesión social, seguridad y democracia? ¿En qué país viven y vivimos? ¿Actuaron los efectivos del ejército español desde el primer momento para remediar el desastre de las lluvias torrenciales e inundaciones valencianas?
 
 
    No se quiere aquí justificar la invasión rusa, Dios nos libre de ello, pero sí situarla en su contexto, por lo que hay que decirlo una vez más, la guerra en Ucrania se pudo evitar, se pudo parar en los primeros días- y no fue Rusia quien se negó a firmar el alto el fuego-, y se puede evitar que continúe esta sangría humana y económica, esta peligrosísima escalada militar que solo beneficia a los Señores de la Guerra, a las empresas energéticas de uno y otro lado y a algunos multimillonarios.
 
    A lo mejor sí que ha llegado la hora de Europa, o la de España, por lo menos, de desentendernos de la tutela americana, cerrando las bases yanquis, saliendo de la Alianza Atlántica, resucitando aquel viejo eslogan de OTAN NO, BASES FUERA, y liberando ingentes recursos para lo que verdaderamente nos importa, que no es la guerra precisamente. de uno y otro lado.

jueves, 20 de junio de 2024

El jefe Montaña de Orgullo

    Si bien es verdad que los nombres propios de las personas son especialmente odiosos (nomina sunt odiosa, según el clásico adagio latino), no lo son sólo porque los denominados no quieran ser mencionados, sino también porque en el fondo sus antropónimos no dejan de ser indiferentes, irrelevantes y fácilmente intercambiables. 
 
    Pero también es cierto, según otro latinajo, que el nombre propio puede ser un presagio (nomen est omen) que caracterice, es decir, que imprima carácter a la persona que lo lleva, por ejemplo el nombre parlante del jefe siux 'Caballo Loco'. Cuando el nombre propio es un nombre parlante es ominoso y abominable por el significado que le confiere al que lo porta, como si se tratara de un destino fatal e inevitable. 
 
    Pues bien, ese es el caso del señor Jens Stoltenberg (cuyo apellido noruego 'stolten berg' significa 'Montaña de Orgullo' en román paladino), el secretario general de la OTAN/NATO, el cual está considerando desplegar más armas nucleares sin especificar si serán de las malas o de las buenas, es decir, de las democráticas, pacíficas y bien intencionadas y estrictamente defensivas, o de las otras... Es de agradecer que se ahorre la narrativa, es decir, el cuento, dicho más claramente, de que las armas que Occidente suministra a Ucrania son para su legítima defensa del invasor, porque no se sostiene en modo alguno. 
 
 
    Ha afirmado (y aquí vienen a cuento otros latines más claros que el agua: excusatio non petita, accusatio manifesta) que la organización cuyos secretos custodia y que regenta no es parte del conflicto, pero reforzará su apoyo a Ucrania para que se respete su legítimo derecho a la autodefensa desplegando más armas nucleares en medio de la creciente amenaza de Rusia y China. 
 
    No ha revelado, sin embargo, cuántas ojivas nucleares iba a exhibir tras desabrocharse la bragueta para enviar un mensaje directo a sus enemigos mostrando el arsenal  testicular. Quieren sacar los misiles, inequívocos símbolos fálicos, de donde los guarda y mostrarlos como medio disuasorio, prestos para el combate, emulando al bravucón perdonavidas que reta al enemigo -¿quién es el enemigo del pueblo, de los pueblos, si no son los gobiernos?- a ver quién la tiene más larga, y no se trata precisamente de la vergüenza, sino de la chorra, con una arrogancia y una fanfarronería que son imperdonables.
 
    «El objetivo de la OTAN, por supuesto, es un mundo sin armas nucleares, pero mientras existan armas nucleares, seguiremos siendo una alianza nuclear porque un mundo en el que Rusia, China y Corea del Norte tienen armas nucleares, la OTAN no es la más peligrosa», afirmó el jefe Montaña de Orgullo contradiciendo las palabras con los hechos y los fines con los medios. 
 
    En este conflicto hay un tercer elemento que no es ni el invasor ni el invadido, y que está detrás de la organización que el señor Stoltenberg regenta, que es Guásinton, cuyo fanatismo guerrerista se manifiesta descaradamente detrás de todo esto. ¿Quién quiere la guerra? ¿Quién representa un peligro para la humanidad? ¿A quién hay que detener lo antes posible? ¿Quién está arrastrando al mundo al báratro del abismo? 
 
 
    Si respondemos, siguiendo al jefe Montaña de Orgullo, que Rusia, y no el tío Sam, que está el pobre con demencia senil cognitiva, se debe a que la manipulación diaria y periódica llevada a cabo por los medios de (in)formación de la opinión pública, que no del pueblo, ha logrado, con su propaganda militar, trafulcar las cosas haciéndonos ver a los amigos como enemigos y a los enemigos como amigos, y más aún, haciéndonos creer que los problemas son las soluciones. 
 
    Stoltenberg casi ha superado a Órgüel diciendo que cuanto más nos preparemos para la guerra -guerra preventiva o profiláctica-, antes acabará, o sea, que la guerra es la paz, y que debemos prepararnos para la guerra -otro latinajo aborrecible: si uis pacem, para bellum- para que dure lo menos posible y acabe cuanto antes, lo que no parece tener mucho o ningún fundamento lógico, pero hay que creerlo por lo absurdo que es (credo quia absurdum, y se me acabó el repertorio de latinajos culteranos). 
 
    Si todavía alguien duda de que ésta no es la guerra de Rusia contra Ucrania, sino la guerra sucia -y todas lo son porque no hay ninguna limpia- que Guásinton está librando contra Moscú (utilizando a Ucrania y a Zelensky, el actor Nato, con mayúscula, como meros títeres de los que en un determinado momento no tiene ningún empacho en prescindir porque le importan un bledo), es que es un “caput insanabile” o cabeza loca que, como decía Horacio, no lograrían curar ni una triple dosis de Antíciras, evocando la isla griega donde abundaba el eléboro “prouechoso para purgaçión de la cabeça”, la planta medicinal cuya raíz se suministraba a los dementes como remedio contra la locura. 
 

miércoles, 20 de marzo de 2024

Quieren guerra

    Consideran los que mandan en Europa que hay que preparar a la población para que aguante con resiliencia, que es como llaman ahora a la resignación, lo que nos están echando encima: más guerras y más pandemias en pro de la industria armamentista y de la farmacopólica respectivamente. Así como los gobiernos democráticos europeos gastaron cantidades ingentes de dinero en vacunas experimentales contra el bicho coronado, mascarillas, guantes, pruebas diagnósticas y demás parafernalia enriqueciendo al farmacopolio y a la corruptela política que enseguida sacó tajada del negocio y fomentando de paso las nuevas tecnologías de la (in)formación e incomunicación (telemedicina, tele-educación, tele-entretenimiento, telegestión... ) ahora destinan enormes partidas de dinero a los juguetes bélicos y a la tecnología militar por aquello de reactivar la economía.

    "Preparémonos para la guerra": han sido las palabras pronunciadas en los últimos días por el presidente galo, más peligroso que un mono con dos pistolas, que ya jugó un papel estelar durante la pandemia insistiendo en vacunar a todo Cristo viviente, y que no quiere perder protagonismo ahora. Por eso propuso enviar tropas europeas a Ucrania. La locura se ha apoderado del viejo continente de la mano de sus presidentes de gobierno, de la diplomacia europea y del engendro de la Comisión Europea. Quieren llevarnos a la guerra como sea. Los principales mandatarios europeos, víctimas de una locura colectiva, se han puesto de acuerdo mediante señales de humo en tañer los tambores de guerra. Hasta los Verdes en Alemania, esos ecologistas que querían salvar el planeta, han revelado la auténtica tonalidad del color político que los define, que es el caqui de los uniformes militares

    La ministra de Defensa española, la Hormiga Atómica, nos dice que la amenaza de guerra "es total y absoluta". Hay que justificar el sacrificio económico que supone la inversión que están llevando a cabo.  La amenaza no es abstracta, sino muy concreta y real. Ha dicho que Putin está dispuesto a atacarnos con armas nucleares, y tenemos que ser conscientes del riesgo en que vivimos. Llama especialmente la atención cómo la izquierda progresista española de salón, que está gobernando para que no gobierne la extrema derecha, ha pasado del “No a la guerra” y del “No es no”, al sí incondicional sin paliativos. 

 

    Esa guerra es contra Rusia, que nunca ha hecho nada contra Europa. De hecho, si somos rigurosos con la memoria histórica, es Europa la que atacó varias veces a Rusia, aunque con resultados desafortunados, y  es Rusia la que liberó a Europa del nazismo en su momento. Pero en el viejo continente prefiere seguir la grotesca narrativa de Jólivuz que nos presenta a los estadounidenses como únicos liberadores.

    Sin embargo, la nueva narrativa que nos imponen presenta a Putin como si fuera el mismísimo Hitler, y la nueva Rusia como el nazismo 2.0, mientras que Zelenski y el batallón Azov ucraniano serían hermanitas de la caridad campeonas de la democracia y los derechos. 

    De hecho resulta significativo cómo se oculta que la guerra es contra Rusia diciendo que es en defensa de Ucrania. El presidente del Gobierno de las 17 Españas, en su cuenta de la Red Social, agradece a la industria armamentística su "compromiso con el apoyo a Ucrania" y que genere empleo de alta cualificación. Está meridianamente claro que quieren guerra.

    Desde hace semanas la narrativa oficial está tratando de mentalizarnos y de justificar la guerra preventiva contra una Rusia ávida de invadir Europa y de lanzar su potencial atómico contra nosotros. Guásinton incluso ha hecho saber que si Ucrania se rinde, la guerra con Rusia sería inevitable, cosa que no se entiende, porque de hecho Ucrania no es miembro de la Alianza Atlántica ni del engendro de la Unión Europea. Realmente no debería sorprendernos que Occidente, liderado por los atlantistas, entrara realmente en guerra con Rusia, porque de lo que se trata es de mantener la hegemonía imperial anglosajona y norteamericana del dólar, para lo que Rusia y China son un obstáculo. 

Guernica, Pablo Picasso (1881-1973) 

    Se ha olvidado el valor de la diplomacia y la negociación. La paz no cotiza en bolsa, como demuestra la que le ha caído al Papa por sugerir que Ucrania debía enarbolar la bandera blanca y negociar la paz.... El gobierno ucraniano ha dicho que ellos sólo tienen una bandera, que es la suya, y que él se meta en sus asuntos. 

    Mientras tanto, el Guernica de Picasso sigue siendo la imagen perfecta del bombardeo informativo al que nos someten a todas horas nuestros mandatarios desde los medios a su alcance: quieren guerra, nos la están echando encima a todas horas como nos echaron el bicho coronado. Es su política, es decir, cuestión de economía.

jueves, 8 de septiembre de 2022

Propaganda de guerra

    Utilizamos el término 'propaganda' para hacer referencia a los mensajes publicitarios comerciales o institucionales y políticos difundidos a través de diferentes medios como radio, televisión, prensa, redes sociales de internet, paneles publicitarios y cualesquiera otros soportes.
 
    La palabra es latina. Se trata de un participio de futuro pasivo o gerundivo, como prefería la gramática tradicional, del verbo propagare que significaba propiamente “amugronar”, es decir, "acodar los mugrones o sarmientos de las vides que, sin cortarlos, se entierran para que arraiguen y den vida a una nueva vid", y de ahí pasó a significar en sentido figurado “extender, hacer crecer, prolongar algo tanto en el tiempo como en el espacio”. 
 
Acodos en viña, propagación de la vid.
 
     El origen del término 'propagar' es agrícola, como corresponde a una lengua de campesinos como en su origen era el latín, que llegó a ser la lengua de un Imperio. Pero, habida cuenta también de que el latín se convirtió en la lengua de la Iglesia Católica, no nos extrañará mucho que el origen del término “propaganda” que nos ocupa venga del ámbito eclesiástico. Llegó, en efecto, al castellano como cultismo en el siglo XVII gracias a la comunidad religiosa que fundó en 1622 el papa Gregorio XV la ‘Sacra Congregatio de Propaganda Fide’, o sea la Sagrada Congregación para la Difusión de la Fe, literalmente de la Fe “que debe ser difundida, que hay que difundir”. El objetivo etimológico y muy significativo de la propaganda era, como se ve, divulgar y esparcir la semilla de la fe.
 
    A partir de los ejemplos de la I Guerra Mundial suministrados por A. Ponsonby, que en 1928 había publicado en Londres Falsehood in Wartime ('La mentira en tiempo de guerra'), Anne Morelli publicó en 2001 Principes élementaires de la propagande de guerre, reeditado en 2010 y a punto de reeditarse otra vez. Estos principios forman un decálogo que no solo vale para caso de guerra. El subtítulo del libro dice que son aplicables 'en casos de guerra fría, caliente y tibia'. Pueden, asimismo, utilizarse en tiempos de paz y en conflictos sociales, económicos como el de China frente a Estados Unidos, y privados o personales, por ejemplo en un caso de divorcio. Aplicables a todos los conflictos, donde se hacen más visibles, sin embargo, es en caso de guerra efectiva. 
 
      Como la población en general no es muy favorable ni entusiasta de la guerra, la propaganda bélica intenta convencerla de sus buenos propósitos, movilizarla. Los gobiernos, sobre todo si son democráticos, necesitan el consentimiento de la gente, por lo que deben persuadirla de la inevitabilidad o necesidad de la guerra. Estos principios sirven para movilizar a la población en favor de una guerra que en principio no es la suya ni le va ni le viene, para lo que se utilizan los medios de comunicación, que están al servicio de poderes económicos interesados en la venta de armamentos.
 
La mano negra que mueve las otras manos que mueven los hilos.
 
    Anne Morelli los aplica a las guerras de Afganistán y de Iraq. Nosotros podemos aplicárselos a la guerra de Ucrania, de rabiosa actualidad. 
 
1º.- Nosotros no queremos la guerra. (La U.E. y la OTAN no quieren la guerra, pero apoyan y ayudan a Ucrania, enviando armamento -echando así gasolina al fuego- y aprobando sanciones contra Rusia, que se configura como el enemigo. Ambas instituciones se declaran pacifistas, como en general todos los ejércitos). 
 
2º.- El enemigo es el único responsable de la guerra. (Putin, el nuevo zar ruso como le denominan, empezó la guerra invadiendo avasalladoramente Ucrania hace ya seis meses. A esta acusación, sin embargo, puede objetársele lo que decía Maquiavelo: el que toma el primero las armas no es forzosamente el culpable, puede haber alguien más culpable: el que lo ha forzado a tomar las armas. Había unos acuerdos que Ucrania no respetó, que desde 2014 bombardeaba intensamente el Donestk, y como sus víctimas eran prorrusas o rusófonas no contaban. Cuando Rusia reacciona, se produce el escándalo: Putin ha invadido Ucrania). 
 
3º.- El enemigo tiene el rostro del diablo o de un monstruo. (Putin y los rusos en general son el mismo demonio, capaces de cometer todo tipo de atrocidades. Es la clásica dicotomía de los buenos y los malos la que aparece aquí: nosotros somos los buenos, los enemigos son los malos. Por supuesto la dicotomía es reversible según el bando desde el que se mire).
 
4º.- Defendemos una causa noble y no intereses particulares. (Estamos defendiendo a un pequeño país atacado y avasallado por una potencia gigantesca. En la defensa de este pequeño país nos estamos perjudicando a nosotros mismos, pero aceptamos ese sacrificio por lo justa que es nuestra causa). 
 
5º.- El enemigo provoca a propósito atrocidades; nosotros, si cometemos algún error, es involuntariamente. (Las acciones del enemigo son brutales 'crímenes de guerra': ataques a la población civil, mujeres, ancianos y niños. Nosotros no hacemos eso, o si lo hacemos es sin querer, es un efecto colateral indeseado). 
 
 
6.- El enemigo utiliza armas no autorizadas e ilegales. (Se ha dicho, por ejemplo, que Moscú usa misiles hipersónicos contra los ucranianos. Un titular de prensa occidental: “Rusia ha usado en Ucrania más de 200 tipos de armas prohibidas, según The New York Times”) 
 
7.- Sufrimos pocas pérdidas mientras que las del enemigo son enormes. (Las agencias de propaganda a raíz sobre todo de la primera guerra mundial construyen fábulas, falsas informaciones -fake news, se llaman hoy-, intentando despertar las emociones. Borrell, el Alto Representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad (sic), ha declarado, anticipándose a los hechos, que Rusia “ha perdido la guerra”).
 
8.- Artistas e intelectuales sostienen la causa ucraniana. (Zelenski, el propio presidente ucraniano, es un artista, y se ha ganado la simpatía de la mayoría de la sociedad del espectáculo que o aplaude al títere titiritero o guarda silencio. La única voz que protestó por la injerencia del presidente ucraniano en el festival de Cannes fue la de un nonagenario Jean-Luc Godard). 
 
9.- La causa que defendemos tiene un carácter sagrado y noble. (En realidad este principio se funde con el 4º. Frente al autoritarismo totalitario del régimen de Putin, la Unión Europea y la OTAN, y el tío Sam que está detrás de ambas, predican la democracia y la libertad y defienden al más débil contra el más fuerte). 
 
10.- Los que ponen en duda nuestra propaganda son traidores, agentes del enemigo (Propaganda es lo que hacen los demás, no lo que hacemos nosotros, que es “información”. La Unión Europea hace propaganda a favor de Ucrania pero no lo llama así: lo considera información, comunicación e incluso pedagogía. Nosotros no tenemos prácticamente acceso a la propaganda rusa. La censura de la Unión Europea nos prohíbe ver hoy Russia Today o Sputnik, violando flagrantemente la libertad de expresión).