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miércoles, 30 de septiembre de 2026

El penal de Tetuán

En Tetuán, palomita blanca que no alza el vuelo,

 sufro yo, condenado, pena de cautiverio. 

 

Me han caído diez años, uno tras otro, encima, 

con sus noches en vela y envilecidos días. 

  A la sombra me pudro del calendario y tacho 

cada día que pasa y hora que ya ha pasado.

 En la lóbrega cárcel, plaga de cucarachas

 y cochambre a raudales, mugre, humedad y ratas. 

Hacinados cincuenta y nueve en la misma celda,

prisioneros del rey moro, maldito sea. 

 Suena fuera, lejana, voz de llamada al rezo; 

yo, cerrados los párpados, oigo ulular el viento. 

 Entra a veces del patio de un limonero, intensa, 

la fragancia aromática que hace que me estremezca. 



 Solo hay tiempo: gotean en la clepsidra aciaga 

los minutos que nunca colman la alberca de agua.

 Recostado en el suelo, fúnebre lecho, duermo, 

y un silencio elocuente oigo que clama al cielo: 

 "Para que otros se crean libres, estamos presos, 

y nos quitan aquello mismo que no tenemos. 

 Fuera no hay libertad; dentro, ningún atisbo". 

¡Ay, penal de Tetuán, donde me muero vivo!