«(…) la creencia de que las causas que triunfan tendrían que ser las únicas de interés para los historiadores conduce, como James Joll observó recientemente, al menosprecio de muchos aspectos del pasado que son estimables y tienen interés, y reduce nuestra visión del mundo.»
martes, 19 de octubre de 2021
Vencedores y vencidos: una lección de historia.
lunes, 18 de octubre de 2021
El precio justo
El recurso que hacen los comerciantes y mercachifles de poca monta
del engaño y la falsedad para vendernos sus mercancías, a las que
previamente ponen un precio que deben justificar, recorre como un
verdadero leit-motiv toda la literatura antigua. Y es que las cosas
tienen siempre el valor que queramos darles para su uso, pero el
precio que se les pone para su comercio nunca es, como en el infame concurso televisivo, un precio justo. Para
justipreciar hay que mentir necesariamente. No hay ningún precio justo. Recordemos, a este propósito además, aquello que don Antonio Machado dijo tan bien en pocas palabras: "Todo necio confunde valor y precio".
Frente a la costumbre occidental del precio fijo, que nunca es tal, pese a su nombre, sujeto como está según la disposición y demanda del producto a subidas y bajadas, la costumbre oriental del regateo en que se debate el precio parece un poco más sensata. El comprador y el vendedor discuten el precio hasta llegar a un acuerdo satisfactorio para ambos, lo que no anula tampoco la noción de que el producto tiene un precio, es decir un valor de cambio medido por el dinero en términos cuantitativos, al margen de su valor de uso.
Según el tetimonio que Platón le hace decir a Sócrates en el Protágoras, el sofista o intelectual, que hace publicidad y venta de bienes inmateriales como son sus conocimientos, haciendo de ellos también un comercio para el alma, se comporta igual que cualquier comerciante o mercachifle, a diferencia del propio Sócrates que no cobraba por sus enseñanzas. Tanto los comerciantes como los intelectuales que comercian con la cultura y las obras de arte engañan a la contraparte comercial gracias al elogio desmesurado de lo que venden para justificar el precio que le ponen.
Oigamos a Sócrates (313 c-e): “De modo que, amigo, cuidemos de que no nos engañe el sofista con sus elogios de lo que vende, como el traficante y el tendero con respecto al alimento del cuerpo. Pues tampoco ellos saben, de las mercancías que traen ellos mismos, lo que es bueno o nocivo para el cuerpo, pero las alaban al venderlas; y lo mismo los que se las compran, a no ser que uno sea un maestro de gimnasia o un médico. Así también, los que introducen sus enseñanzas por las ciudades para venderlas al por mayor o al por menor a quien lo desee, elogian todo lo que venden; y seguramente algunos también desconocerán, de lo que venden, lo que es bueno o nocivo para el alma. Y del mismo modo también los que las compran, a no ser que por casualidad se encuentre por allí un médico del alma”.
La publicidad, siempre engañosa, es el instrumento que en primer lugar crea la apetencia de una cosa, lo que a menudo se ha llamado la “necesidad”, es decir, la creencia de que esa cosa es necesaria o conveniente, y, en segundo lugar, la propaganda persuade al comprador de que el valor de esa cosa se corresponde con el precio con el que se ha tasado, incitándole a participar en el proceso de compraventa. La publicidad era, entonces como hoy, el medio empleado para atraer a la gente a la compraventa. Pero no sólo eran los bienes materiales de consumo como el pan y el vino los objetos de la publicidad, como queda dicho, sino que también la cultura, sólo aparentementre extraña a la lógica del mercado, era un bien vendible, sin que los que comercian con ella sepan si es buena o mala, pese a lo mucho que la elogian.
Igualmente sucede en nuestros días con la salud y con los medicamentos que supuestamente la procuran. Los fabricantes y expendedores deben engañarnos para que procedamos al consumo de los productos diciéndonos que son buenos y saludables, lo que se consigue a veces repitiendo una y mil veces una consigna, que suele ser mentira. La mentira, mil veces repetida, suena a verdadera. Se nos asegura, por ejemplo, que un fármaco es seguro, cuando no se sabe a ciencia cierta que lo sea. Nos repite por todos los medios a su alcance, que no son pocos, que un medicamento o una vacuna no tiene efectos secundarios especialmente preocupantes a corto, medio y largo plazo cuando no se ha experimentado nunca antes.
Lo triste de todo es que muchos de los que se dedican a vendernos el producto elogiando su bondad, como le dice el bueno de Sócrates a su interlocutor, desconocen lo que es nocivo tanto para el cuerpo como para el alma. Igual que nosotros, los compradores que, como dice la voz popular, “hemos sido engañados”.
domingo, 17 de octubre de 2021
Últimas noticias
sábado, 16 de octubre de 2021
No hay Dios ni dioses que valgan
οὐκ εἰσίν, οὐκ εἴσ’, εἴ τις ἀνθρώπων θέλει
μὴ τῷ παλαιῷ μῶρος ὢν χρῆσθαι λόγῳ.
Hay quien opina que Eurípides no era ateo, y que hizo que su personaje, Belerofonte, fuera castigado precisamente por su proclamación de ateísmo con su trágico final. Sin embargo, Eurípides era considerado un sindiós por sus conciudadanos, por ejemplo por Aristófanes, que lo critica y se burla de él en alguna comedia por enseñar a la juventud que no había dioses.
El razonamiento de Belerofonte es bastante claro: no hay dioses en el cielo, no los hay, lo repite dos veces por si alguien no se ha enterado, a no ser que uno quiera creer, aunque ni siquiera dice "creer", un verbo muy cristiano que no se había inventado todavía con el sentido de "tener fe", sino dar crédito o prestar atención (χρῆσθαι chréesthai) como un estúpido (μῶρος móoros), en lo que hemos traducido como "trasnochados cuentos" (παλαιῷ λόγῳ palaióoi lógooi, literalmente una doctrina o enseñanza o razonamiento antiguos), es decir, en cuentos de viejas como aquel otro de que viene el coco.
viernes, 15 de octubre de 2021
Decir amén a todo
Los musulmanes, al igual que los judíos y los cristianos, concluyen sus oraciones con la misma fórmula litúrgica: amén. Las tres grandes religiones monoteístas coinciden en el empleo de esta vieja palabra de origen hebrea o arameo אמן.
Su origen, pues, remonta al judaísmo, de donde se extendió al cristianismo, que en su origen era una secta judía -una religión no es más que una secta que ha triunfado- y de ahí al islam (en árabe آمين āmīn). La palabra en cualquiera de sus tres versiones -judía, cristiana, islámica- sirve para reafirmar la fe del creyente en un solo dios, una divinidad monoteísta todopoderosa.
En lenguaje coloquial español, “decir amén a todo” significa decir que sí a todo, es una forma de expresar el conformismo con la realidad el que expresan las tres grandes iglesias. El espíritu religioso, sin embargo, es inconformista con la realidad.
Rafael Sánchez Ferlosio en su ensayo “O Religión o Historia” (1984) define la religiosidad “como rechazo del principio de realidad por criterio pertinente para determinar el bien y el mal del mundo” y por lo tanto como negación también de la legitimación histórica que determina identidades étnicas o nacionales.
En el evangelio cristiano se expresa la consigna “niégate a ti mismo”, profundamente religiosa, a la que, sin embargo, la vuelve boca abajo la moral de identidad, diciendo “afírmate a ti mismo”, junto con toda la familia de expresiones de la moderna jerga psicológica de la “autorrealización”.
La religiosidad para don Rafael sería, por lo tanto, todo lo
contrario de decir precisamente amén a todo, sería, más bien esa
obstinación del espíritu contra el mundo dado con su impío
principio del “así es, así ha sido y así será por siempre”. Cita Ferlosio en el mencionado ensayo unos viejos versos castellanos ("Vinieron los sarracenos / y nos molieron a palos, / que Dios protege a los malos / cuando son más que los buenos") donde los buenos son los derrotados, que tienen la fuerza de la razón, y los malos los vencedores, que tienen la razón de la fuerza y la benevolencia de Dios, que se asocia siempre al triunfo y la victoria. Ponen estos versos de relieve, igual que el hexámetro de Lucano Victrix causa deis placuit, sed uicta Catoni ("Plugo a los dioses razón vencedora, a Catón la vencida") cómo el fundamento del Estado, que es la victoria como razón jurídica, es profundamente antirreligioso.
jueves, 14 de octubre de 2021
Cuestión de vida o muerte
martes, 12 de octubre de 2021
Hamburguesa y paquete de condones a cambio
lunes, 11 de octubre de 2021
Añoranza de la paz del campo sin compraventa
En la comedia de Aristófanes Los Acarnienses o Los carboneros Diceópolis, nombre parlante del protagonista, es decir nombre común ascendido a la categoría de Nombre Propio, que podemos traducir, por Buenciudadano o Buenvecino, como hace Agustín García Calvo en su versión, se dirige al público en el monólogo del exordio desolado porque es el primero en llegar a la Asamblea donde se va a tratar el tema de la guerra que asola la ciudad y no hay nadie todavía. Maldice la ciudad y añora su pueblo acaba de llegar evocando la Edad de Oro primigenia, típica de su pueblo de Acarna, el más vasto de los municipios de la región griega del Ática, del que ha tenido que salir huyendo para refugiarse entre los muros de la ciudad. No hay nadie en la Asamblea, pero no dejan de oírse los gritos de los mercaderes del ágora de Atenas que instan a los viandantes a comprar, comprar y comprar. Echa de menos el silencio de Acarna, donde el aprovisionamiento de los bienes de consumo no estaba subordinado a las reglas de compraventa del mercado, y añora un mundo mejor, libre de la guerra y del tráfago comercial. Son los versos 28-36, que Agustín García Calvo traduce así en su versión rítmica:
Oh país, país.
Y yo el primero siempre a la Asamblea vengo
del pueblo, aquí me siento, y viéndome aquí solo,
suspiro, me desperezo, bostezo, pedorreo,
en la arena escribo, arranco pelos, echo cuentas,
mirando allá hacia el campo, en amores de la paz,
en odio de la ciudad, añorando aquel mi pueblo,
que nunca oyó pregón de “¡Compren el carbón!”
ni “Aceite” ni “Vinagre”, ni de comprar sabía,
sino que él de todo daba, y ¡fuera intermediarios!
He aquí el texto original en griego antiguo, sobre el que destaco en negrita algunas palabras que son importantes por su trascendencia etimológica, es decir, porque seguimos usándolas todavía en las lenguas modernas formando parte de muchas de nuestras palabras derivadas de ellas, y seguimos hablando griego sin ser conscientes de ello:
ὦ πόλις πόλις.
ἐγὼ
δ᾽ ἀεὶ πρώτιστος εἰς ἐκκλησίαν
νοστῶν κάθημαι· κᾆτ᾽ ἐπειδὰν ὦ μόνος,
στένω κέχηνα σκορδινῶμαι πέρδομαι,
ἀπορῶ γράφω παρατίλλομαι λογίζομαι,
ἀποβλέπων ἐς τὸν ἀγρὸν εἰρήνης ἐρῶν,
στυγῶν μὲν ἄστυ τὸν δ᾽ ἐμὸν δῆμον ποθῶν,
ὃς οὐδεπώποτ᾽ εἶπεν, ἄνθρακας πρίω,
οὐκ ὄξος οὐκ ἔλαιον, οὐδ᾽ ᾔδει ‘πρίω,’
ἀλλ᾽ αὐτὸς ἔφερε πάντα χὠ πρίων ἀπῆν.
En la traducción en prosa del llorado Luis Gil Fernández, recientemente fallecido, resuenan así los mismos versos: ¡Oh ciudad! ¡Oh ciudad! Yo, sin embargo, llego siempre antes que nadie a la asamblea y me siento. Luego, aburrido de estar solo, suspiro, bostezo, me estiro, me peo, no sé qué hacer, dibujo en el suelo, me arranco pelos, hago mis cuentas, con la mirada puesta en mi tierra, deseoso de paz, aborreciendo la ciudad, añorando mi pueblo, que jamás pregonó “compra carbones”, ni “compra vinagre, ni “compra aceite”, y ni siquiera conocía eso de “compra”, pues por sí mismo producía de todo y no había allí quien te aserrara el oído diciendo “compra”.
Encontramos en el texto que Aristófanes pone en boca del bueno de Diceópolis la doble dicotomía de la ciudad y el campo por un lado, y por el otro de la guerra y la paz: las primeras víctimas de la guerra fueron los ciudadanos forzados a abandonar sus tierras y a establecerse dentro de los muros de la ciudad. Diceópolis es un representante de estos campesinos urbanizados por causa de la guerra, lo que explica su añoranza del campo y de la paz. La idea de la conquista de la paz y del regreso al bienamado y añorado campo está aquí enfatizada por la alusión mítica a la Edad de Oro, en la que la tierra producía de suyo todos los bienes para la humanidad y no existía el trabajo, como la evocó Hesíodo en su obra Trabajos y Días cuando los hombres vivían igual que los dioses, sin preocupaciones, libres de esfuerzos y trabajos, y la tierra les ofrecía todos sus frutos sin tasa de balde.
domingo, 10 de octubre de 2021
Catecismo y virus
Saco aquí a colación unos dibujos del artista Francisco Javier Velasco (Oviedo 1973), alias Fano. Fano se define a sí mismo no como un dibujante cristiano sino como un cristiano que dibuja. También dice que el dibujo le permite hacer visible lo invisible, y a eso se dedica este profesor de Religión que daba clases en un colegio de un barrio marginal de Málaga, llamado María de la O, del que ahora es director, con una población semianalfabeta, donde necesitaba dibujar para transmitir de esta manera las enseñanzas evangélicas a sus catecúmenos.
No olvidemos que la
catequesis, que es la enseñanza del catecismo, es pedagogía. Y eso
es lo que nos enseñan los dibujos de Fano, una pedagogía en primer lugar al servicio de la iglesia católica, apostólica y romana, y en segundo y no menos importante lugar, como veremos, una pedagogía al servicio de la dictadura sanitaria que impone a todos los niños y adolescentes unas medidas profilácticas sin ningún fundamento racional, como el uso de la mascarilla quirúrgica, que no impide el contagio y que se ha convertido en un símbolo de sumisión, el lavado compulsivo de manos y la distancia con los otros niños.
Analicemos alguno de sus dibujos, como este de
resonancias bíblicas veterotestamentarias, en el que un Moisés sanitario conduce a
niños y ancianos abriéndose paso después de haber hecho que se retiren las aguas del Mar Rojo
para que el pueblo elegido pueda huir de Egipto, que es la peste, y
dirigirse a la tierra prometida, que es la Nueva Normalidad, ilustración en la que aparecen ya
las mascarillas y los guantes. Sólo le ha faltado un optimista: "Todo va a salir bien".
O este otro dibujo, dedicado a un colegio religioso, donde se representan las omnipresentes mascarillas quirúrgicas, la distancia de seguridad de 2 metros, y el Espíritu Santo en forma de blanca paloma con un gel desinfectante para que los niños se laven las manos como Poncio Pilatos. Una mascarilla gigante enarbolada por un clérigo y por la Virgen María como si fuera un paraguas protege a todos del chaparrón vírico.
Tres personajes con mascarillas los tres. ¿Quiénes son? ¿Son niños y adolescentes? Eso parece a primera vista. Pero no, los personajes no son niños, pese a sus rasgos infantiloides. Sólo hay un niño, que es la figura central, y es, no puede ser otro, el Niño Jesús, porque estamos ante la Sagrada Familia: a la izquierda san José barbudo, en el centro el Niño, y a la derecha la Virgen María, que tiene en sus manos el agua bendita para que el Niño se lave las manos. Una paloma blanca, que representa, supongo, al Espíritu Santo sostiene una cinta métrica que delimita la distancia de seguridad que hay que guardar de un metro y medio para evitar el contagio personal. Se ha reducido en medio metro la distancia de la imagen anterior, que predicaba los dos metros. Al fondo se ve la Iglesia con su campanario y su cruz, todo ello orlado por unas misteriosas flechas rojas de derecha a izquierda, donde se convierten en verdes hasta señalar la puerta del templo, lo que parece que quiere decir que sin esas medidas (mascarilla, gel hidroalcohólico y distancia de seguridad) no se puede entrar a la casa de Dios.
La Iglesia que fue la madre nodriza espiritual de la humanidad durante la Edad Media, la Alma Mater antes que la Universidad ostentara este título, ha renunciado a muchas de sus enseñanzas durante la pandemiocracia. Los templos estuvieron cerrados a cal y canto. Dejaron de sonar las campanas y de celebrarse misas presenciales. Cuando se reabrieron, los feligreses debían sentarse separados, y dejaron de darse fraternalmente la paz unos a otros como hacían antes durante la ceremonia.
Hay que recordar que en otras épocas pasadas no se cerraron los templos. Los sacerdotes sacaban a los santos en procesión para rogarles el cese de la peste. Y los papas no hacían propaganda de la industria farmacéutica, como ha llegado a hacer Su Santidad el Papa actual, bendiciendo, como si de la mismísima hostia consagrada se tratara, la vacuna a la que se refirió como “un acto de amor”, un amor a los demás, y a uno mismo, con un oximoro flagrante: un amor altruista que a la vez es egoísta, y viceversa. ¿Cómo se entiende eso?
¿Quién se imagina a san Francisco de Asís en lugar de abrazar y besar a los leprosos manteniéndose alejado de ellos para no contagiarse? ¿Se imagina alguien a Jesucristo lavándoles los pies a sus discípulos con guantes antivirales y mascarilla?
Me quedo, sin embargo, con esta imagen de Fano que puede decir más de lo que parece a simple vista que pretende. Ignoro si es anterior a la pandemiocracia o no, pero representa a un Cristo crucificado a modo de paciente doliente en una cama de hospital, probablemente en una Unidad de Cuidados Intensivos, que puede evocar más que a una víctima del virus coronado, a una de la yatrogenia.




