domingo, 18 de octubre de 2026

¡Que viene el Coco! (y II)

      Bruselas, que dicen que es la capital de la vieja Europa transmutada en Unión Europea, da la voz de alarma: “Rusia planea nuevos sabotajes y ataques híbridos, amenazando con usar armas nucleares contra los países de la OTAN en plena escalada de tensión en el Báltico”. La preparación para la guerra es mucho más que eso: es una necesidad. Lo que sacan en conclusión los Veintisiete es que Europa debe armarse y rearmarse más. Pero paralelamente al desembolso de euros en armas, hay que convencer a la ciudadanía de que el rearme es necesario y para ello hay que señalar un enemigo al que enfrentarse: Rusia, y el malvado zar que la regenta. 

    Si realmente no hay una amenaza, queda muy feo el gasto, que va en detrimento de otras inversiones que se juzgan más necesarias, así que hay que crear la amenaza. Hay que generar un clima prebélico y mentalizar a la ciudadanía fomentando una alarma social considerable porque el miedo nos hace maleables. La industria armamentística mundial crece a marchas forzadas: sus productos se consideran necesarios, lo que aumenta la producción y las ventas. El discurso del rearme y de la necesidad de estar armados hasta los dientes ante la inminencia de una situación bélica en suelo europeo no admite debate. Partidos políticos, tertulianos, analistas... se echan en tromba contra quien se atreve a criticar la inteligencia militar, ese flagrante oximoro, y la geopolítica que dicen. Los propios medios de conformación masiva no tienen muy claro qué está pasando. Mucho menos, la gente, esencialmente parvisciente y aterrorizada por los titulares alarmistas. Son tiempos duros para un discurso de paz, a pesar de la educación que a tal fin se imparte en las escuelas. Europa, sin embargo, tampoco está desarmada, como quieren hacernos creer, porque en los últimos años no han parado de crecer los gatos militares, pero ese es el leit motiv del mercado de las ideas que circulan. 


    Mensajes alarmistas como el siguiente, que apela a una acción personal individual, aparecen de cuando en cuando lanzados por los Servicios de Protección Civil: "Prepárate. Protégete. Y ten siempre listo tu kit de emergencia básico. Puedes necesitarlo si tienes que pasar unos días sin luz, agua o gas, o en caso de evacuación”. Lo que se nos dice es que no salgamos a la calle, porque  lo primero que suele hacer la gente cuando pasan estas cosas es salir a la calle a ver qué pasa. Lo que se nos dice es que si pasa algo de esto nadie va a estar ahí para ayudarnos, que lo que tenemos que hacer es encerrarnos -confinarnos, como se decía hace cinco años- setenta y dos horas en casa con nuestros bienes de primera necesidad y los primeros auxilios y no abrirle la puerta a nadie, no vaya a ser que se cuele y nos entre el virus del Nilo, por ejemplo, que ya está causando sus estragos. 

    No se dice en qué consiste esa difusa amenaza; podría ser un incendio, un chaparrón torrencial, un apagón eléctrico... Es evidente que cosas como estas pasan, pero con estos mensajes lo que se hace únicamente es crear miedo que ya se sabe que no beneficia a nadie ni a nada bueno.

    Desde la industria cultural se promueve un individualismo cerril y con las series distópicas que emiten las plataformas para pábulo de televidentes lo que se fomenta es el miedo a un futuro catastrófico. La hipótesis de un eventual ataque ruso es una distopía más, una situación de la que no hay pruebas porque aún no se ha producido, al igual que una invasión alienígena extraterrestre o un ataque de zombis resucitados de las tumbas de todos los cementerios. 

 

    Escribe Curtin, hablando del odio estadounidense a Rusia: Es un fenómeno de alcance casi teológico. Incluso precede a la primera Guerra Fría. Podríamos decir que estamos en la segunda Guerra Fría, pero quizás sería aún más preciso afirmar que la primera nunca terminó. Los mitos perduran, y el temor, casi satánico, a los malvados rusos y chinos está profundamente arraigado en la psique estadounidense. 
 
    Nosotros somos parviscientes. No vamos a arrogarnos el galardón de nihilscientes, porque algo sabríamos si declaramos que no sabemos nada, pero sí el de pocosapientes, sabemos muy poca cosa, pero de lo poco que sabemos es que, aunque no nos guste que nos lo digan, estamos amugronados por la propaganda (del latín propagare 'amugronar vides': meter debajo de tierra el vástago o tallo doblado de una planta sin separarlo del tronco o tallo principal, dejando fuera la extremidad o cogollo de aquel para que eche raíces la parte enterrada y forme otra nueva planta, término este de propaganda tomado de la locución “de propaganda fide”, título de una congregación del Vaticano, sobre la propagación de la fe, es decir, sobre la fe que ha de ser difundida o propagada por el universo mundo), y eso, poca cosa es, pero sí que lo sabemos.   

3 comentarios:

  1. Este sistema de gobernanza no ha dejado de estar en guerra contra el mundo y sus pobladores sacrificando la vida de éstos en el altar de los intereses económicos, la destrucción ha sido tan fructífera, animada, estúpida y asumida, que no pueden menos que aumentar la misma, con los restos de estupidez de las poblaciones como garantía, propulsados por la competencia y seducidos por la innovación y el progreso, en el desarrollo estratégico de la propaganda y mayor funcionalidad y operatividad en el armamento.

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  2. el número de personas contrarias a la guerra y al rearme aumenta a medida que el peligro se percibe como inminente. Lo que, a primera vista, podía parecer un control total de las élites sobre las sociedades se revela, en la actual coyuntura geopolítica, como un factor de extrema debilidad: la imposibilidad sistemática de los gobernantes de contar con la dedicación y la lealtad de la opinión pública. Es precisamente por eso por lo que la élite se dedica a la frenética construcción del enemigo externo: lo necesita desesperadamente para intentar recomponer un frente interno totalmente indefenso.

    https://www.lafionda.org/2026/10/03/il-conto-alla-rovescia-della-guerra-tra-popolo-ed-elite/

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